[New-York Daily Tribune, No. 3292, November 6, 1851]

En nuestro último artículo nos hemos limitado casi exclusivamente a aquel Estado que, durante los años 1840 a 1848, fue con mucho el más importante en el movimiento alemán; a saber, Prusia. Sin embargo, es hora de echar una rápida mirada a los demás Estados de Alemania durante el mismo período.

En cuanto a los pequeños Estados, desde los movimientos revolucionarios de 1830, habían pasado por completo bajo la dictadura de la Dieta, es decir, de Austria y Prusia. Las diferentes constituciones, establecidas tanto como medio de defensa contra los dictados de los Estados mayores como para asegurar popularidad a sus principescos autores y unidad a heterogéneas asambleas de provincias, formadas por el Congreso de Viena sin ningún principio rector —esas constituciones, por ilusorias que fuesen, habían resultado, sin embargo, peligrosas para la autoridad de los propios príncipes pequeños durante los tiempos excitados de 1830 y 1831. Fueron casi destruidas; lo poco que se permitió que subsistiera era menos que una sombra, y se necesitaba la locuaz autocomplacencia de un Welcker, un Rotteck, un Dahlmann, para imaginar que pudiera fluir resultado alguno de la humilde oposición, mezclada con adulación degradante, que se les permitía exhibir en las impotentes cámaras de esos pequeños Estados.

El sector más enérgico de la clase media en estos Estados menores, muy poco después de 1840, abandonó todas las esperanzas que anteriormente había cifrado en el desarrollo del gobierno parlamentario en esas dependencias de Austria y Prusia. Tan pronto como la burguesía prusiana, y las clases aliadas a ella, mostraron una seria resolución de luchar por el gobierno parlamentario en Prusia, se les permitió tomar la dirección del movimiento constitucional en toda la Alemania no austriaca. Es un hecho que hoy ya nadie discutirá, que el núcleo de aquellos constitucionalistas de la Alemania central que más tarde se separaron de la Asamblea Nacional de Francfort y que, por el lugar de sus reuniones separadas, fueron llamados el «partido de Gotha»,’ mucho antes de 1848 contemplaba un plan que, con pocas modificaciones, propusieron en 1849 a los representantes de toda Alemania. Pretendían la exclusión total de Austria de la Confederación Alemana, la creación de una nueva Confederación con una nueva ley fundamental y un parlamento federal, bajo la protección de Prusia, y la incorporación de los Estados más insignificantes a los mayores. Todo esto debía realizarse en el momento en que Prusia ingresara en las filas de la monarquía constitucional, estableciera la libertad de prensa, asumiera una política independiente de la de Rusia y Austria y, de ese modo, permitiera a los constitucionalistas de los Estados menores obtener un control real sobre sus respectivos gobiernos. El inventor de este plan fue el profesor Gervinus, de Heidelberg (Baden). Así, la emancipación de la burguesía prusiana debía ser la señal para la de las clases medias alemanas en general, y para una alianza, ofensiva y defensiva, de ambas contra Rusia y Austria; pues Austria era, como veremos en seguida, considerada como un país completamente bárbaro, del cual se sabía muy poco, y eso poco no en favor de su población; por consiguiente, a Austria no se la consideraba parte esencial de Alemania.

En cuanto a las demás clases de la sociedad, en los Estados menores, seguían, con más o menos rapidez, la estela de sus iguales en Prusia. La pequeña burguesía se mostraba cada vez más descontenta con sus respectivos gobiernos, con el aumento de los impuestos, con los recortes de aquellos falsos privilegios políticos de los que solía jactarse al compararse con los «esclavos del despotismo» en Austria y Prusia; pero hasta ese momento no había nada definido en su oposición que pudiera caracterizarla como un partido independiente, distinto del constitucionalismo de la alta burguesía. El descontento entre el campesinado también crecía, pero es bien sabido que este sector del pueblo, en tiempos de calma y paz, jamás hace valer sus intereses ni asume su posición como clase independiente, salvo en países donde está establecido el sufragio universal. Las clases trabajadoras en los oficios y manufacturas de las ciudades empezaban a contagiarse del «veneno» del socialismo y el comunismo, pero como había pocas ciudades de importancia fuera de Prusia y aún menos distritos manufactureros, el movimiento de esta clase, debido a la falta de centros de acción y propaganda, era extremadamente lento en los Estados menores.

Tanto en Prusia como en los Estados menores, la dificultad de dar salida a la oposición política creó una especie de oposición religiosa en los movimientos paralelos del catolicismo alemán y del congregacionalismo libre.* La historia nos ofrece numerosos ejemplos en los cuales, en países que gozan de los beneficios de una Iglesia de Estado y donde la discusión política está encadenada, la oposición profana y peligrosa contra el poder mundano se oculta bajo la lucha más santificada y aparentemente más desinteresada contra el despotismo espiritual. Muchos gobiernos que no permiten que ninguno de sus actos sea discutido, vacilan antes de crear mártires y excitar el fanatismo religioso de las masas. Así, en Alemania, en 1845, en cada Estado, ya fuera la religión católica romana o la protestante, o ambas, eran consideradas parte integrante de la ley del país. En cada Estado, también, el clero de una u otra de esas confesiones, o de ambas, formaba una parte esencial del aparato burocrático del gobierno. Atacar la ortodoxia protestante o católica, atacar el clericalismo, era, pues, realizar un ataque solapado contra el propio gobierno. En cuanto a los católicos alemanes, su misma existencia constituía un ataque contra los gobiernos católicos de Alemania, particularmente Austria y Baviera; y como tal fue tomada por esos gobiernos. Los congregacionalistas libres, disidentes protestantes que se asemejaban en algo a los unitarios ingleses y americanos,* profesaban abiertamente su oposición a la tendencia clerical y rígidamente ortodoxa del rey de Prusia y de su ministro favorito para el Departamento de Instrucción y Asuntos Eclesiásticos, el señor Eichhorn. Las dos nuevas sectas, que se extendieron rápidamente por un momento, la primera en países católicos, la segunda en países protestantes, no tenían otra distinción que su diferente origen; en cuanto a sus dogmas, concordaban perfectamente en este punto importantísimo: que todos los dogmas definidos eran nulos. Esta carencia de toda definición era su esencia misma; pretendían construir ese gran templo bajo cuyo techo pudieran unirse todos los alemanes; representaban así, en forma religiosa, otra idea política del momento: la de la unidad alemana; y sin embargo, jamás pudieron ponerse de acuerdo entre sí.

La idea de la unidad alemana, que las sectas arriba mencionadas trataban de realizar al menos en el terreno religioso, inventando una religión común para todos los alemanes, fabricada expresamente para su uso, costumbres y gusto, esa idea estaba, en efecto, muy extendida, particularmente en los Estados menores. Desde la disolución del Imperio Alemán por Napoleón,* el grito en favor de una unión de todos los disjecta membra* del cuerpo alemán había sido la expresión más general de descontento con el orden de cosas establecido, y más aún en los Estados menores, donde lo costoso de una corte, de una administración, de un ejército, en suma, el peso muerto de los impuestos, aumentaba en razón directa de la pequeñez e impotencia del Estado. Pero qué había de ser esa unidad alemana una vez realizada era una cuestión sobre la cual los partidos discrepaban. La burguesía, que no deseaba serias conmociones revolucionarias, se contentaba con lo que, según veíamos, consideraban «practicable», a saber, una unión de toda Alemania, con exclusión de Austria, bajo la supremacía de un gobierno constitucional de Prusia; y ciertamente, sin conjurar peligrosas tormentas, no se podía hacer nada más en aquel momento. La pequeña burguesía y el campesinado, en la medida en que estos últimos se preocupaban de tales cosas, no llegaron nunca a ninguna definición de esa unidad alemana que tan clamorosamente pedían; unos pocos soñadores, en su mayoría reaccionarios feudalistas, esperaban el restablecimiento del Imperio Alemán; unos pocos ignorantes, sedicentes radicales, admiradores de las instituciones suizas, de las cuales aún no habían hecho esa experiencia práctica que más tarde los desengañó del modo más grotesco, se pronunciaban por una república federada; y solo el partido más extremo se atrevía en aquella época a pronunciarse por una República Alemana, una e indivisible. De modo que la unidad alemana era en sí misma una cuestión preñada de desunión, discordia y, en el caso de ciertas eventualidades, incluso de guerra civil.

Resumiendo, pues; tal era la situación de Prusia y de los Estados menores de Alemania a fines de 1847. La clase media, sintiendo su poder y resuelta a no soportar por más tiempo las cadenas con que un despotismo feudal y burocrático trababa sus transacciones comerciales, su productividad industrial, su acción común como clase; una parte de la nobleza terrateniente, hasta tal punto transformada en productora de meras mercancías comercializables que compartía intereses y hacía causa común con la clase media; la clase de los pequeños comerciantes, descontenta, refunfuñando contra los impuestos, contra los obstáculos puestos a sus negocios, pero sin ningún plan definido para reformas que aseguraran su posición en el cuerpo social y político; el campesinado, oprimido aquí por exacciones feudales, allá por prestamistas, usureros y abogados; los trabajadores de las ciudades, contagiados por el descontento general, que odiaban por igual al Gobierno y a los grandes capitalistas industriales, y cogían el contagio de las ideas socialistas y comunistas; en suma, una masa heterogénea de oposición, brotando de intereses diversos, pero más o menos conducida por la burguesía, en cuyas primeras filas marchaba a su vez la burguesía de Prusia y particularmente la de la Provincia del Rin. De otro lado, gobiernos que discrepaban en muchos puntos, desconfiados unos de otros, y particularmente del de Prusia, en el que, sin embargo, tenían que apoyarse para su protección; en Prusia, un gobierno abandonado por la opinión pública, abandonado incluso por una parte de la nobleza, apoyado en un ejército y una burocracia que cada día se infectaban más con las ideas y quedaban sometidos a la influencia de la burguesía opositora —un gobierno, además de todo esto, sin un céntimo en el sentido más literal de la palabra, y que no podía procurarse un solo centavo para cubrir su creciente déficit más que rindiéndose a discreción a la oposición de la burguesía. ¿Hubo jamás una posición más espléndida para la clase media de un país, mientras luchaba por el poder contra el gobierno establecido?

Londres, septiembre de 1851

IV
AUSTRIA

[New-York Daily Tribune, No. 3293, November 7, 1851]

Hemos de considerar ahora Austria, ese país que hasta marzo de 1848 estuvo tan sellado a los ojos de las naciones extranjeras casi tanto como China antes de la última guerra con Inglaterra.

Por supuesto, aquí solo podemos tomar en consideración la Austria alemana. Los asuntos de los austriacos polacos, húngaros o italianos no pertenecen a nuestro tema, y en la medida en que, desde 1848, hayan influido en la suerte de los austriacos alemanes, habrán de ser tenidos en cuenta más adelante.

El gobierno del príncipe Metternich giraba sobre dos goznes: primero, mantener a raya a cada una de las diferentes naciones sometidas al dominio austriaco mediante todas las demás naciones en condiciones similares; segundo, y éste ha sido siempre el principio fundamental de las monarquías absolutas, apoyarse en dos clases, los terratenientes feudales y los grandes capitalistas agiotistas, y equilibrar al mismo tiempo la influencia y el poder de cada una de estas clases con el de la otra, para dejar al Gobierno plena independencia de acción. La nobleza terrateniente, cuyos ingresos consistían íntegramente en rentas feudales de toda especie, no podía sino sostener a un gobierno que era su única protección contra aquella clase oprimida de siervos de cuyos despojos vivía; y cada vez que la parte menos acaudalada de esa nobleza, como en Galitzia en 1846, se alzaba en oposición contra el Gobierno, Metternich soltaba al instante sobre ellos a esos mismos siervos, que en cualquier caso aprovechaban la ocasión para descargar una terrible venganza sobre sus opresores más inmediatos”. Por otra parte, los grandes capitalistas de la Bolsa estaban encadenados al gobierno de Metternich por la enorme participación que tenían en los fondos públicos del país. Austria, restablecida en su pleno poder en 1815 –que restauró y mantuvo en Italia la monarquía absoluta desde 1820–, liberada de parte de sus obligaciones por la bancarrota de 1810,* había restablecido muy pronto, tras la paz, su crédito en los grandes mercados de dinero europeos, y a medida que su crédito crecía giraba contra él. Así, todos los grandes negociantes en dinero europeos habían comprometido porciones considerables de su capital en los fondos austriacos; todos ellos estaban interesados en mantener el crédito de ese país, y como el crédito público austriaco, para sostenerse, requería siempre nuevos empréstitos, se veían obligados de vez en cuando a adelantar nuevo capital para sostener el crédito de los títulos por el que ya habían adelantado. La larga paz posterior a 1815 y la aparente imposibilidad de que un imperio milenario, como Austria, se derrumbara, aumentaron el crédito del gobierno de Metternich en una proporción asombrosa y lo hicieron incluso independiente de la buena voluntad de los banqueros y agiotistas vieneses; pues mientras Metternich podía obtener dinero en abundancia en Fráncfort y Ámsterdam, tenía, por supuesto, la satisfacción de ver a los capitalistas austriacos a sus pies. Estos, además, estaban en todos los demás aspectos a su merced; las grandes ganancias que los banqueros, agiotistas y contratistas del gobierno siempre se las arreglan para extraer de una monarquía absoluta, quedaban compensadas por el poder casi ilimitado que el gobierno poseía sobre sus personas y fortunas; y, por tanto, no cabía esperar de este sector ni la más pequeña sombra de oposición. Así, Metternich tenía asegurado el apoyo de las dos clases más poderosas e influyentes del imperio, y poseía, además, un ejército y una burocracia que, para todos los fines del absolutismo, no podían estar mejor constituidos.

Los funcionarios civiles y militares al servicio de Austria forman una raza aparte; sus padres han estado al servicio del Káiser, y sus hijos lo estarán también; no pertenecen a ninguna de las múltiples nacionalidades congregadas bajo el ala del águila bicéfala; son, y siempre han sido, trasladados de un extremo a otro del imperio, de Polonia a Italia, de Alemania a Transilvania; húngaro, polaco, alemán, rumano, italiano, croata, todo individuo que no esté sellado con la autoridad «imperial y real» y que lleve un carácter nacional propio, es igualmente despreciado por ellos; no tienen nacionalidad, o, más bien, solo ellos constituyen la verdadera nación austriaca. Es evidente qué instrumento tan dúctil y al mismo tiempo poderoso, en manos de un jefe inteligente y enérgico, debe ser semejante jerarquía civil y militar.

En cuanto a las demás clases de la población, Metternich, en el verdadero espíritu de un estadista del Antiguo Régimen, se preocupaba poco por su apoyo. Respecto a ellas, tenía una sola política: sacarles lo más posible en forma de impuestos y, al mismo tiempo, mantenerlas tranquilas. La burguesía comercial e industrial crecía lentamente en Austria. El comercio del Danubio era relativamente insignificante; el país sólo poseía un puerto, Trieste, y el tráfico de este puerto era muy limitado. En cuanto a los fabricantes, gozaban de una protección considerable, que llegaba incluso, en la mayoría de los casos, a la exclusión completa de toda competencia extranjera; pero esta ventaja se les había concedido principalmente con miras a aumentar su capacidad contributiva, y quedaba altamente contrarrestada por las restricciones internas a la industria, los privilegios de los gremios y otras corporaciones feudales, que se mantenían escrupulosamente mientras no obstaculizaran los fines y miras del gobierno. Los pequeños comerciantes estaban encerrados en los estrechos límites de estos gremios medievales, que mantenían a los distintos oficios en una perpetua guerra de privilegios unos contra otros y, al mismo tiempo, al excluir casi por completo a los individuos de la clase trabajadora de la posibilidad de ascender en la escala social, conferían una especie de estabilidad hereditaria a los miembros de esas asociaciones involuntarias. Por último, al campesino y al obrero se les trataba como mera materia imponible, y el único cuidado que se tenía con ellos era mantenerlos, en lo posible, en las mismas condiciones de vida en que ya se encontraban y en que sus padres habían existido antes que ellos. Con este fin, toda autoridad hereditaria establecida de antiguo se mantenía del mismo modo que la del Estado; la autoridad del terrateniente sobre el pequeño arrendatario, la del fabricante sobre el operario, la del pequeño maestro sobre el oficial y el aprendiz, la del padre sobre el hijo, era mantenida en todas partes de manera rígida por el gobierno, y todo acto de desobediencia se castigaba, como una transgresión de la ley, con ese instrumento universal de la justicia austriaca: el palo.

Finalmente, para reunir en un sistema omnicomprensivo todos estos intentos de crear una estabilidad artificial, el alimento intelectual que se concedía a la nación era seleccionado con el mayor esmero y se distribuía con la mayor parsimonia posible. La educación estaba en todas partes en manos del clero católico, cuyos jefes, al igual que los grandes terratenientes feudales, estaban profundamente interesados en la conservación del sistema existente. Las universidades estaban organizadas de modo que no produjesen más que especialistas, que podían o no alcanzar gran competencia en diversas ramas particulares del saber, pero que, en cualquier caso, excluían aquella formación liberal universal que se espera impartan otras universidades. No había absolutamente prensa periódica, excepto en Hungría, y los periódicos húngaros estaban prohibidos en todas las demás partes de la monarquía. En cuanto a la literatura en general, su ámbito no se había ampliado durante un siglo; se había estrechado nuevamente tras la muerte de José II. Y a lo largo de toda la frontera, dondequiera que los Estados austriacos colindaban con un país civilizado, se establecía un cordón de censores literarios en conexión con el cordón de funcionarios de aduanas, que impedía que ningún libro o periódico extranjero entrara en Austria antes de que su contenido hubiera sido tamizado a fondo dos o tres veces y se le hubiera encontrado puro de hasta la más leve contaminación del espíritu maligno de la época.

Durante unos treinta años después de 1815, este sistema funcionó con un éxito asombroso. Austria permaneció casi desconocida para Europa, y Europa se conocía muy poco en Austria. El estado social de cada clase de la población, y de la población en su conjunto, parecía no haber experimentado el más mínimo cambio. Por mucho rencor que pudiera existir entre clase y clase –y la existencia de este rencor era, para Metternich, una condición principal de gobierno, que incluso fomentaba haciendo de las clases superiores los instrumentos de todas las exacciones del gobierno y arrojando así el odio sobre ellas–, por mucho odio que el pueblo pudiera guardar a los funcionarios inferiores del Estado, no existía, en conjunto, poco o ningún descontento con el Gobierno Central. El Emperador era adorado, y el viejo Francisco I parecía respaldado por los hechos cuando, dudando de la perdurabilidad de este sistema, añadía complacido: «y sin embargo, se mantendrá mientras vivamos yo y Metternich».

Pero se estaba produciendo un lento movimiento subterráneo que desbarataba todos los esfuerzos de Metternich. La riqueza e influencia de la burguesía industrial y comercial aumentaban. La introducción de la maquinaria y de la fuerza del vapor en la industria trastornó en Austria, como lo había hecho en todas partes, las viejas relaciones y condiciones vitales de clases enteras de la sociedad; convirtió a los siervos en hombres libres, a los pequeños campesinos en operarios fabriles; socavó las viejas corporaciones gremiales feudales y destruyó los medios de existencia de muchas de ellas. La nueva población comercial e industrial entró por doquier en colisión con las viejas instituciones feudales. Las clases medias, cada vez más inducidas por sus negocios a viajar al extranjero, introdujeron cierto conocimiento mítico de los países civilizados situados más allá de la línea aduanera imperial; la introducción de los ferrocarriles aceleró, por último, tanto el movimiento industrial como el intelectual. Había también una pieza peligrosa en el edificio estatal austriaco, a saber: la Constitución feudal húngara, con sus procedimientos parlamentarios y sus luchas de la masa empobrecida y opositora de la nobleza contra el Gobierno y sus aliados, los magnates. Presburgo,* sede de la Dieta, se encontraba a las mismas puertas de Viena. Todos los elementos contribuían a crear entre las clases medias de las ciudades un espíritu, no exactamente de oposición, pues la oposición era aún imposible, sino de descontento; un deseo general de reformas, de índole más administrativa que constitucional. Y de la misma manera que en Prusia, una parte de la burocracia se unió a la burguesía. En esta casta hereditaria de funcionarios no se habían olvidado las tradiciones de José II; los empleados gubernamentales más instruidos, que a veces ellos mismos fantaseaban con reformas imaginarias posibles, preferían con mucho el despotismo progresista e intelectual de aquel Emperador al despotismo «paternal» de Metternich. Una parte de la nobleza más pobre se unió igualmente a la clase media, y en cuanto a las clases bajas de la población, que siempre habían encontrado sobrados motivos para quejarse de sus superiores, cuando no del Gobierno, no pudieron en la mayoría de los casos sino adherirse a los deseos reformistas de la burguesía.

Fue por esa época, digamos 1843 o 1844, cuando, en consonancia con este cambio, surgió en Alemania una rama particular de la literatura. Unos cuantos escritores austríacos —novelistas, críticos literarios, malos poetas, todos ellos de capacidad muy mediocre, pero dotados del peculiar industrialismo propio de la raza judía— se establecieron en Leipzig y en otras ciudades alemanas fuera de Austria, y allí, lejos del alcance de Metternich, publicaron una serie de libros y folletos sobre asuntos austríacos. Ellos y sus editores hicieron con ello «un negocio redondo». Toda Alemania ardía en deseos de iniciarse en los secretos de la política de la China europea, y los propios austríacos, que obtenían esas publicaciones mediante el contrabando en gran escala que se practicaba en la frontera bohemia, sentían aún más curiosidad. Por supuesto, los secretos revelados en esas publicaciones no tenían gran importancia, y los planes de reforma que bosquejaban sus bienintencionados autores llevaban el sello de una inocuidad que rayaba casi en la virginidad política. Una Constitución y una prensa libre para Austria se consideraban cosas inalcanzables; los leales y humildes deseos de esos buenos austríacos apenas iban más allá de reformas administrativas, ampliación de los derechos de las dietas provinciales, admisión de libros y periódicos extranjeros y una censura menos severa.

En todo caso, la creciente imposibilidad de impedir el intercambio literario de Austria con el resto de Alemania y, a través de Alemania, con el mundo, contribuyó en gran medida a la formación de una opinión pública antigubernamental y llevó al menos un poco de información política al alcance de una parte de la población austríaca. Así, hacia finales de 1847, Austria se vio presa, aunque en grado menor, de la agitación política y político-religiosa que por entonces dominaba en toda Alemania; y si su avance en Austria era más silencioso, no dejó por ello de encontrar suficientes elementos revolucionarios sobre los cuales actuar. Estaba el campesino, siervo o arrendatario feudal, aplastado hasta el polvo por las exacciones señoriales o gubernamentales; luego el obrero fabril, obligado a punta de bastón policial a trabajar en las condiciones que al fabricante se le antojaba conceder; luego el oficial artesano, a quien las leyes gremiales vedaban toda posibilidad de independizarse en su oficio; luego el comerciante, que tropezaba a cada paso en sus negocios con reglamentos absurdos; luego el fabricante, en conflicto ininterrumpido con los gremios celosos de sus privilegios o con funcionarios ávidos y entrometidos; luego el maestro de escuela, el sabio, el funcionario de mejor formación, luchando en vano contra un clero ignorante y presuntuoso o contra un superior estúpido y autoritario. En suma, no había una sola clase satisfecha, pues las pequeñas concesiones que el Gobierno se veía obligado a hacer de vez en cuando no las hacía a costa suya —el Tesoro no podía permitírselo—, sino a costa de la alta aristocracia y del clero; y en cuanto a los grandes banqueros y tenedores de fondos públicos, los recientes acontecimientos de Italia, la creciente oposición de la Dieta húngara y el desacostumbrado espíritu de descontento y de clamor de reformas que se manifestaba por todo el Imperio no eran cosas que fortalecieran su fe en la solidez y la solvencia del Imperio austríaco.

Así también Austria marchaba, lenta pero segura, hacia un cambio formidable, cuando de pronto estalló un acontecimiento en Francia que desencadenó de inmediato la tormenta inminente y desmintió la afirmación del viejo Francisco de que el edificio se mantendría en pie tanto durante su vida como durante la de Metternich.

Londres, septiembre de 1851

Vv