En su declaración durante la sesión del 27 de octubre, el inspector de policía Junkermann, de Crefeld, dijo que

«había confiscado un paquete que contenía ejemplares del Catecismo rojo»; iba dirigido al camarero de una posada de Crefeld y llevaba el matasellos de Düsseldorf. Contenía asimismo una carta adjunta sin firmar. «No ha sido posible identificar al remitente.» «Como ha señalado la acusación, la carta adjunta parecía estar escrita de puño y letra de Marx.»

En la sesión del 28 de octubre, el perito (???) Renard descubrió que la carta estaba, en efecto, escrita por la mano de Marx. La carta adjunta decía:

«¡Ciudadano! Teniendo plena confianza en usted, le hacemos entrega de 50 ejemplares del Rojo. Su tarea consistirá en deslizarlos bajo las puertas de los ciudadanos —preferentemente obreros— que se sepa simpatizan con la Revolución, el sábado 5 de junio, a las once de la noche. Contamos decididamente con sus virtudes cívicas y esperamos, por tanto, que cumpla esta instrucción. La Revolución está más cerca de lo que muchos piensan. ¡Viva la Revolución!

«Berlín, mayo de 1852.
Con saludos fraternales.

El Comité Revolucionario»

El testigo Junkermann declaró además que «los paquetes en cuestión habían sido enviados al testigo Chianella».

El jefe superior de policía de Berlín, Hinckeldey, era el comandante supremo encargado de las operaciones contra los acusados en Colonia durante las investigaciones preliminares. Los laureles ganados por Maupas le quitaban el sueño.

En el proceso figuran como actores dos jefes de policía, uno vivo y otro muerto, un superintendente (sólo uno, pero un Stieber), dos tenientes de policía, uno de ellos constantemente en viaje de Londres a Colonia, el otro viajando sin cesar de Colonia a Londres, miríadas de agentes y subagentes de policía, con nombre, anónimos, heterónimos, seudónimos, con cola y sin ella. Por último, un inspector de policía.

Tan pronto como el *Kölnische Zeitung* llegó a Londres con las declaraciones escuchadas los días 27 y 28 de octubre, Marx se dirigió al magistrado de Marlborough Street, donde copió del periódico el texto de la carta adjunta e hizo certificar la copia, y al mismo tiempo la siguiente declaración jurada:

1. Que él no había escrito la carta en cuestión;
2. que sólo había tenido conocimiento de su existencia por el *Kölnische Zeitung*;
3. que jamás había visto el llamado Catecismo rojo;
4. que nunca había contribuido en modo alguno a su distribución.

De paso, puede señalarse que si se demuestra la falsedad de una declaración de este tipo hecha ante un magistrado, se considera perjurio en Inglaterra, con todas las consecuencias que de ello se derivan.

El documento arriba mencionado fue enviado a Schneider II, pero apareció al mismo tiempo en el *London Morning Advertiser* , pues durante el proceso había ido ganando terreno la convicción de que, en lo tocante al secreto de la correspondencia, el correo prusiano parece tener la peculiar noción de que las cartas confiadas a su custodia deben mantenerse secretas para el destinatario.

La acusación se opuso a la presentación del documento, incluso a efectos de comparación. Pues la acusación sabía que una simple ojeada de la carta adjunta original a la copia oficialmente certificada por Marx revelaría el engaño; la imitación deliberada de su letra no podía permanecer oculta ni siquiera para un jurado tan perspicaz como aquél. Por eso, para defender la moralidad del Estado prusiano, la acusación denunció todo intento de comparación.

Schneider II observó

«que Chianella, el destinatario que había proporcionado espontáneamente información a la policía sobre la supuesta identidad del remitente y que incluso se había ofrecido a actuar como espía, no había pensado en lo más mínimo en Marx a este respecto.»

Nadie que haya leído una sola línea de Marx podría atribuirle la autoría de esta melodramática carta adjunta. La hora del sueño de medianoche en verano, el 5 de junio*, y el procedimiento oficiosamente gráfico de deslizar el Rojo bajo las puertas de los filisteos revolucionarios —eso podría apuntar tal vez a la mentalidad de Kinkel, así como las referencias a las «virtudes cívicas» y la manera en que se «cuenta decididamente» con que se cumpla esta «instrucción» militar parecen reflejar la imaginación de un Willich. Pero ¿por qué Kinkel-Willich habrían de escribir sus recetas para la revolución con la letra de Marx?

Si es lícito formular una hipótesis sobre los «orígenes, aún algo oscuros», de esta carta adjunta escrita con una mano imitada: la policía encontró los 50 Rojos en Crefeld, así como la oportuna y altisonante carta adjunta. Ya en Colonia, ya en Berlín, *qu’importe*?, hicieron copiar el texto con la letra de Marx. ¿Con qué fin? «Para aumentar el valor de su mercancía.»

Sin embargo, ni siquiera el fiscal jefe se atrevió a volver a la carta adjunta en su discurso catilinario. La dejó caer. De modo que no contribuyó a determinar el aún faltante «hecho punible».

VI

EL GRUPO WILLICH-SCHAPPER

Con la derrota de la revolución de 1848-1849, el partido del proletariado en el continente perdió el uso de la prensa, la libertad de expresión y el derecho de asociación, es decir, los instrumentos legales de organización del partido de los que había gozado por una vez durante aquel breve intervalo. La posición social de las clases que representaban permitió tanto a los partidos liberal-burgueses como a los democrático-pequeñoburgueses mantenerse unidos de una forma u otra y hacer valer sus intereses comunes con mayor o menor eficacia a pesar de la reacción. Después de 1849, como antes de 1848, al partido proletario sólo le quedaba un camino abierto: el de la asociación secreta. En consecuencia, después de 1849 surgió en el continente toda una serie de sociedades proletarias clandestinas, que eran descubiertas por la policía, condenadas por los tribunales, quebrantadas por las cárceles y continuamente resucitadas por la fuerza de las circunstancias.

Algunas de estas sociedades secretas apuntaban directamente al derrocamiento del Estado existente. Esto estaba plenamente justificado en Francia, donde el proletariado había sido derrotado por la burguesía y, por tanto, atacar al gobierno existente y atacar a la burguesía eran una y la misma cosa. Otras sociedades secretas tenían por objetivo organizar al proletariado en un partido, sin preocuparse de los gobiernos existentes. Esto era necesario en países como Alemania, donde tanto la burguesía como el proletariado habían sucumbido ante sus gobiernos semifeudales y donde, en consecuencia, un asalto victorioso contra los gobiernos existentes, en vez de quebrantar el poder de la burguesía o, en todo caso, de las llamadas clases medias, contribuiría en un primer momento a que éstas se hicieran con el poder. No hay duda de que aquí también los miembros del partido proletario tomarían parte de nuevo en una revolución contra el *statu quo*, pero no era tarea suya preparar esa revolución, hacer agitación, conspirar ni tramarla. Podían dejar esa preparación a las circunstancias en general y a las clases directamente implicadas. Tenían que dejársela a ellas si no querían abandonar la posición de su propio partido y las tareas históricas que se derivan por sí mismas de las condiciones que rigen la existencia del proletariado. Para ellos, los gobiernos contemporáneos no eran más que fenómenos efímeros, el *statu quo* un breve lugar de parada, y la tarea de afanarse en él podía dejarse a los pequeños demócratas de miras estrechas.

La «Liga de los Comunistas», por tanto, no era una sociedad conspiradora, sino una sociedad que pugnaba secretamente por crear un partido proletario organizado, porque el proletariado alemán está públicamente privado, *igni et aqua*, de escribir, hablar y reunirse. De una sociedad así sólo puede decirse que conspira contra el *statu quo* en el mismo sentido en que el vapor y la electricidad conspiran contra él.

Salta a la vista que una sociedad secreta de esta clase, que se propone formar no el partido gubernamental del futuro, sino el partido de oposición del futuro, no podía ejercer sino pocos atractivos para individuos que, por una parte, ocultaban su insignificancia personal pavoneándose con el ropaje teatral del conspirador y, por otra, deseaban satisfacer su ambición mezquina el día de la próxima revolución, y que deseaban sobre todo parecer importantes en el momento, arrebatar su parte del botín de la demagogia y ser bien acogidos entre los charlatanes y curanderos de la democracia.

Así, se desgajó de la Liga de los Comunistas —o, si se prefiere, fue desgajado— un grupo que exigía, ya que no conspiraciones reales, al menos la apariencia de conspiraciones, y que por eso reclamaba una alianza directa con los héroes democráticos del momento: era el grupo Willich-Schapper. Era característico de ellos que Willich figurase, junto con Kinkel, entre los empresarios del negocio del empréstito revolucionario germano-americano.’

Tal es, en resumen, la relación de este partido con la mayoría de la Liga de los Comunistas, a la que pertenecían los acusados de Colonia. Bürgers y Röser la definieron de manera sucinta y exhaustiva en las sesiones de la Audiencia de Colonia.

Detengámonos, antes de poner punto final a nuestro relato, para echar una ojeada al comportamiento del grupo Willich-Schapper durante el proceso de Colonia.

Como se señaló más arriba, los datos contenidos en los documentos que Stieber le birló al grupo ponen de manifiesto que sus documentos seguían llegando a manos de la policía incluso después del robo de Reuter. Hasta el día de hoy, el grupo no ha dado explicación alguna de este fenómeno.

Schapper conocía los hechos del pasado de Cherval mejor que nadie. Sabía que Cherval había ingresado en la Liga a propuesta suya en 1846, y no a propuesta de Marx en 1848, etc. Con su silencio, confirma las mentiras de Stieber.

El grupo sabía que Haacke, miembro suyo, había escrito la carta amenazadora al testigo Haupt; pero deja que la sospecha pese sobre las cabezas del partido de los acusados.

Moses Hess, miembro del grupo y autor del Catecismo rojo*™ —esa desdichada parodia del Manifiesto del Partido Comunista—, Moses Hess, que no sólo escribe sino que también distribuye sus propias obras, sabía exactamente a quién había entregado paquetes de su Rojo. Sabía que Marx no le había privado de su profusión de Rojos ni en la medida de un solo ejemplar. Pero Moses dejó caer tranquilamente la sospecha sobre los acusados, como si hubiera sido su partido el que pregonó su Rojo, junto con su melodramática carta adjunta, por la provincia del Rin.

Que el grupo hizo causa común con la policía prusiana se desprende no sólo de su silencio, sino también de sus manifestaciones: siempre que intervinieron en el proceso no fue en el banquillo con los acusados, sino como «testigos de la Corona».

Hentze, amigo y benefactor de Willich, que admitió conocer las actividades de la Liga, pasó unas semanas en Londres con Willich y luego viajó a Colonia, donde declaró falsamente que Becker (contra quien existían muchas menos pruebas que contra él mismo) había sido miembro de la Liga en 1848.

Hatzel, según revela el archivo de Dietz, era miembro del grupo y recibía apoyo financiero del mismo. Ya había sido procesado en Berlín por su vinculación con la Liga y ahora comparecía como testigo de la acusación. Su testimonio era falso, pues inventó una conexión enteramente ficticia entre los Estatutos de la Liga y el armamento excepcional del proletariado berlinés durante la revolución.

Steingens, cuyas propias cartas demostraron (en la sesión del 18 de octubre) que era el principal agente del grupo en Bruselas, compareció en Colonia no como acusado, sino como testigo.

Poco antes de la acción judicial de Colonia, Willich y Kinkel enviaron a Alemania como emisario a un oficial sastre.* Kinkel no pertenecía propiamente al grupo, pero Willich era codirector del préstamo revolucionario germano-americano.

En aquel momento Kinkel se hallaba ya amenazado por el peligro que más tarde se haría realidad: que los garantes de Londres lo apartaran a él y a Willich del control de los fondos del préstamo y que el dinero retornase a América pese a sus indignadas protestas. Kinkel necesitaba con urgencia la pseudo-misión en Alemania y una pseudo-correspondencia con Alemania, en parte para demostrar que allí subsistía un campo para sus actividades revolucionarias y los dólares americanos, y en parte para dar un pretexto a los enormes gastos de correspondencia, portes postales, etc., que él y Willich lograban cargar en la cuenta (véase la circular litografiada del conde O. Reichenbach). Kinkel sabía que no tenía contactos ni con los liberales burgueses ni con los demócratas pequeñoburgueses en Alemania. Como no podía permitirse ser exigente, utilizó a un emisario del grupo como emisario de la Liga Revolucionaria Germano-Americana.20

La única función de este emisario consistía en fomentar la hostilidad de los obreros hacia el partido de los acusados en Colonia. Hay que reconocer que el momento estaba bien elegido y ofreció un nuevo pretexto, en el último instante, para reabrir la investigación. La policía prusiana había sido plenamente informada de la identidad del emisario, del día de su partida y de su itinerario. ¿Quién la informó de ese modo? Ya lo veremos. Sus espías estuvieron presentes en las reuniones secretas que aquél celebró en Magdeburgo e informaron sobre los debates. Los amigos de los acusados de Colonia, en Alemania y en Londres, temblaron.

Ya hemos narrado cómo, el 6 de noviembre, Hirsch compareció ante el magistrado de Bow Street y confesó haber falsificado el libro de actas original bajo la dirección de Greif y Fleury. Fue Willich quien lo indujo a dar ese paso, y fueron Willich y el posadero Scharttner quienes lo acompañaron ante el magistrado. Se hicieron tres copias de la confesión de Hirsch y se enviaron por correo a diversas direcciones de Colonia.

Era de la máxima importancia arrestar a Hirsch tan pronto como abandonara el tribunal. Con la declaración atestiguada oficialmente que obraba en su poder habría sido posible ganar en Londres el pleito perdido en Colonia. Si no a favor de los acusados, en todo caso contra el gobierno. Sin embargo, Willich hizo cuanto estuvo en su mano para imposibilitar ese paso. Guardó el más riguroso silencio no sólo respecto del «partido de Marx», directamente implicado, sino también respecto de los suyos e incluso de Schapper. Únicamente puso en su confianza a Scharttner. Éste declaró que él y Willich habían acompañado a Hirsch al barco, pues según el plan de Willich, Hirsch debía prestar declaración contra sí mismo en Colonia.

Willich comunicó a Hirsch la ruta por la que se habían enviado los documentos, Hirsch informó a la embajada prusiana y la embajada prusiana informó al correo. Los documentos no llegaron a su destino; desaparecieron. Algún tiempo después, Hirsch, que también había desaparecido, reapareció en Londres y declaró en una asamblea pública de demócratas que Willich era su cómplice.

Aunque Hirsch había sido expulsado como espía de la Sociedad de Great Windmill Street en 1851 a propuesta de Willich, éste admitió, al ser interrogado, que había reanudado sus relaciones con Hirsch a principios de agosto de 1852. Pues Hirsch le había revelado que Fleury era un espía prusiano y le había informado de toda la correspondencia de entrada y salida de Fleury. Él, Willich, se servía de ello para mantenerse al corriente de las actividades de la policía prusiana.

Era notorio que Willich había mantenido relaciones de íntima amistad con Fleury durante aproximadamente un año y que había recibido ayuda de él. Pero si Willich sabía desde agosto de 1852 que Fleury era un espía prusiano y si estaba igualmente familiarizado con sus actividades, ¿cómo era posible que ignorase lo del libro de actas original?

¿Que no interviniera hasta que el propio gobierno prusiano reveló que Fleury era un espía?

¿Que interviniera de un modo que, en el mejor de los casos, provocó la salida de Inglaterra de su aliado Hirsch y arrebató de las manos del «partido de Marx» las pruebas oficialmente atestiguadas de la culpabilidad de Fleury?

¿Que siguiera recibiendo ayuda de Fleury, quien se jacta de poseer el recibo de Willich por 15 libras esterlinas?

¿Que Fleury continuara participando activamente en el préstamo revolucionario germano-americano?

¿Que informara a Fleury del lugar de reunión de su propia sociedad secreta, de modo que agentes prusianos en la habitación contigua pudieran levantar acta de los debates?

¿Que revelara a Fleury la ruta del mencionado emisario, el oficial sastre, y que incluso recibiera dinero de Fleury para sufragar los gastos de esa misión?

¿Que, por último, dijera a Fleury que le había indicado a Hentze, que vivía con él, cómo debía declarar contra Becker en el proceso de Colonia?* Hay que admitir — que tout cela n’est pas bien clair.

VII
SENTENCIA

A medida que los misterios policiales se fueron esclareciendo, la opinión pública se manifestó cada vez más en favor de los acusados. Cuando se hizo patente que el libro de actas original era un fraude, se esperó generalmente la absolución. La Kölnische Zeitung se sintió obligada a deferir a la opinión pública y a desvincularse del

* En cuanto a las relaciones entre Willich y Becker:
«Willich me escribe las cartas más divertidas; no le respondo, pero ello no le impide describirme sus últimos planes para una revolución. Me ha encargado ¡¡¡revolucionar la guarnición de Colonia!!! El otro día nos reímos hasta que nos saltaron las lágrimas. Su idiotez aún traerá la desgracia a incontables personas; pues una sola carta bastaría para asegurar los salarios de cien jueces demagogos durante tres años. Tan pronto como yo haya completado la revolución en Colonia, a él no le importaría asumir la dirección de todas las operaciones ulteriores. ¡Muy amable de su parte!»
(De una carta de Becker a Marx, 27 de enero de 1851.) [Nota de Marx.]

gobierno. Pequeñas informaciones favorables a los acusados y que arrojaban sospechas sobre Stieber hallaron de pronto cabida en columnas que antes sólo habían contenido insinuaciones policiales. Incluso el gobierno prusiano arrojó la toalla. Sus corresponsales en The Times y The Morning Chronicle empezaron a preparar súbitamente a la opinión pública en el extranjero para un desenlace desfavorable. Por más monstruosas y destructivas que fueran las doctrinas de los acusados, por horrorosos que resultaran los documentos hallados en su poder, faltaban sin embargo pruebas concluyentes de una conspiración y, por tanto, era improbable una condena. Tan abatido y desalentado escribía el corresponsal en Berlín de The Times,* haciéndose eco servil de los temores que circulaban en los altos círculos de la ciudad del Spree. Tanto más desmesurado fue, pues, el regocijo de la corte bizantina y de sus eunucos cuando el telégrafo eléctrico transmitió de Colonia a Berlín el mensaje del veredicto de «culpable» dictado por el jurado.

Con el desenmascaramiento del libro de actas, el proceso había entrado en una nueva fase. El jurado ya no era libre de declarar sin más a los acusados culpables o no culpables; tenía que declarar culpables a los acusados — o al gobierno. Absolver a los acusados equivalía a condenar al gobierno.

Respondiendo al informe de la defensa, el fiscal Saedt abandonó el libro de actas original. No quería servirse de un documento sobre el que se había arrojado semejante sombra; él mismo opinaba que era «inauténtico», que era un libro «desafortunado», que había hecho perder mucho tiempo, que no añadía nada sustancial al caso y que el encomiable celo de Stieber lo había llevado en esta ocasión a ser engañado, etcétera.

Pero la propia acusación había sostenido en su escrito de acusación que el libro contenía «mucho de verdad». Lejos de declararlo falso, la acusación sólo había lamentado no poder probar su autenticidad. Ahora bien, si el libro de actas original no era auténtico, aunque Stieber había jurado su autenticidad, la declaración de Cherval en París quedaba invalidada pese al testimonio jurado de Stieber, y a esta declaración había vuelto Saedt en su informe; más aún, toda la prueba material acumulada por los esfuerzos más extenuantes de todas las autoridades del Estado prusiano durante año y medio quedaba invalidada de un solo golpe. La sesión del tribunal prevista para el 28 de julio se aplazó tres meses. ¿Por qué? Porque el jefe de policía Schulz había caído enfermo. ¿Y quién era Schulz? El descubridor original del libro de actas original. Remontémonos aún más atrás. En enero y febrero de 1852 se había registrado el domicilio de la señora doctora Daniels. ¿Con qué fundamento? Con el fundamento descubierto en las primeras páginas del libro de actas original que Fleury había enviado a Schulz, que Schulz había enviado a las autoridades policiales de Colonia, que las autoridades policiales de Colonia habían enviado al juez instructor, y que condujo al juez instructor al domicilio de la señora doctora Daniels.

En octubre de 1851, pese a la conspiración de Cherval, la Sala de Acusación seguía sin descubrir el delito inculpatorio que faltaba y, por instrucciones del ministerio, ordenó por ello una nueva investigación. ¿Quién estaba al cargo de esta investigación? El jefe de policía Schulz. Era, pues, tarea de Schulz descubrir el delito. ¿Qué descubrió Schulz? El libro de actas original. El único material nuevo que aportó se limitaba a las hojas sueltas del libro de actas que más tarde, por orden de Stieber, fueron completadas y encuadernadas. Doce meses de reclusión en régimen de incomunicación para los acusados, simplemente para dar al libro de actas original el tiempo necesario para nacer y crecer. «¡Bagatelas!», exclama Saedt, y encuentra una prueba de la culpabilidad de los acusados en el mero hecho de que ellos y su abogado defensor necesitaran ocho días para limpiar un establo de Augías que todas las autoridades del Estado prusiano habían requerido año y medio para llenar, mientras los acusados permanecían año y medio en prisión. El libro de actas original no era una simple pieza de convicción aislada; era el punto focal en el que confluían todos los hilos tejidos por las diversas autoridades gubernamentales prusianas —embajada y policía, ministerio y magistratura, fiscalía y autoridades postales, Londres, Berlín y Colonia. El libro de actas original significaba tanto para el proceso que fue inventado para que se pudiera fabricar un proceso. Correos, telegramas, interceptación de cartas, detenciones, perjurios para sostener el libro de actas original, falsificaciones para hacerlo existir, intentos de soborno para autentificarlo. Cuando se desveló el misterio del libro de actas original, se desveló al mismo tiempo el misterio de todo el monstruoso proceso.

Los milagros realizados por la policía fueron necesarios en un principio para ocultar el carácter completamente político del proceso. «Las revelaciones que van a presenciar, señores del jurado —dijo Saedt al abrir la acusación—, les demostrarán que este proceso no es un proceso político.» Pero ahora subraya su carácter político para que se olviden las revelaciones policiales. Tras la instrucción preliminar de año y medio, el jurado necesitaba pruebas objetivas para justificarse ante la opinión pública. Después de la comedia policial de cinco semanas, necesitaban «política pura y simple» para salir del puro embrollo. Por eso Saedt no se limitó al material que había llevado a la Sala de Acusación a

la conclusión de que «no existía ninguna prueba fáctica de una infracción procesable». Fue aún más lejos. Intentó demostrar que la ley contra la conspiración no exige ninguna acción procesable, sino que es simplemente una ley con una finalidad política, y que la categoría de conspiración no es, pues, más que un pretexto para quemar a los herejes políticos de manera legal. El éxito de su tentativa prometía ser tanto mayor cuanto que se decidió aplicar el nuevo Código penal prusiano que había sido promulgado después de que los acusados fueran detenidos. Con el pretexto de que este código contenía disposiciones atenuantes, el tribunal servil pudo permitir su aplicación retroactiva.

Pero si se trataba de un simple proceso político, ¿por qué una instrucción preliminar que duró un año y medio? Por razones políticas.

Puesto que, por tanto, se trata de política, ¿vamos a ponernos a discutir de política en el fondo con un Saedt-Stieber-Seckendorf, con un Gobel, con un gobierno prusiano, con los trescientos más gravados del distrito de Colonia, con el Chambelán Real von Munch-Bellinghausen y con el Freiherr von Fürstenberg? Pas si bête.*

Saedt reconoce (en la sesión del 8 de noviembre) que
«cuando, hace algunos meses, el procurador jefe le encargó que se sumara a él para representar a la acusación en este asunto, y cuando, a consecuencia de ello, empezó a hojear el sumario, se le ocurrió por primera vez la idea de estudiar un poco más a fondo el comunismo y el socialismo. Se sintió impulsado a comunicar al jurado los resultados de sus estudios, sobre todo porque creía poder partir del supuesto de que muchos de ellos, al igual que él mismo, quizá no se habían ocupado gran cosa hasta entonces de la materia.»

Así pues, Saedt compró el conocido compendio de Stein.

Y lo que ha aprendido hoy, lo enseñará a otros mañana.’

Pero la acusación se vio aquejada por una singular desgracia. Buscaba pruebas objetivas para un proceso contra Marx y encontró pruebas objetivas para el caso Cherval. Salió en busca del comunismo propagado por los acusados y encontró el comunismo que ellos combatían. En el compendio de Stein se pueden hallar, en efecto, diversas clases de comunismo, pero no la clase que Saedt buscaba. Stein aún no había registrado el comunismo crítico alemán. Es cierto que Saedt posee un ejemplar del Manifiesto del Partido Comunista, que los acusados reconocen como el manifiesto de su partido. Este Manifiesto contiene un capítulo dedicado a una crítica de toda la literatura anterior del socialismo y del comunismo, es decir, de todo el saber registrado por Stein. De este capítulo tiene que desprenderse la distinción entre la clase de comunismo propugnada por los acusados y todas las clases anteriores; vale decir, el contenido específico y la tendencia política específica de la teoría contra la cual Saedt pretende actuar. Pero ningún Stein le ayudará a salvar este tropiezo. Aquí era indispensable comprender, aunque sólo fuera para acusar. ¿Cómo se las arregló Saedt cuando Stein lo dejó en la estacada? Afirmó:

«El Manifiesto consta de tres secciones. La primera sección contiene una exposición histórica de la situación social de los diversos ciudadanos (!) desde el punto de vista comunista» (¡muy fino!). «...La segunda sección expone el punto de vista comunista frente al proletariado.... Por último, la sección final trata de la posición de los comunistas en los diferentes países....» (!) (Sesión del 6 de noviembre.)

Ahora bien, de hecho el Manifiesto consta de cuatro secciones, no de tres, pero lo que los ojos no ven, el corazón no lo siente. Saedt pretende, por tanto, que son tres secciones y no cuatro. La sección que para él no existe es precisamente esa maldita sección con la crítica del comunismo tal como la registra Stein, es decir, la sección que contiene la variante específica de comunismo que sostienen los acusados. ¡Pobre Saedt! Primero no puede encontrar una infracción procesable, y ahora no puede encontrar opiniones políticas procesables.

Pero «gris, querido amigo, es toda teoría».

«En los últimos tiempos —observó Saedt—, personas competentes e incompetentes se han ocupado de la llamada cuestión social y de su solución.»

Saedt en todo caso pertenece a los competentes, porque hace tres meses el procurador jefe, Seckendorf, le autorizó oficialmente a estudiar el socialismo y el comunismo. Los Saedt de todos los tiempos y de todos los lugares han declarado unánimemente desde tiempo inmemorial que Galileo era «incompetente» para investigar los movimientos de los cuerpos celestes, pero que el inquisidor que le acusaba de herejía era «competente» para ello. E pur si muove!**

Los acusados, que representaban al proletariado revolucionario, se hallaban indefensos ante las clases dominantes, representadas por el jurado; por consiguiente, los acusados fueron condenados porque comparecían ante este jurado. Lo que pudo conmover por un momento la conciencia burguesa del jurado, así como había hondamente turbado a la opinión pública, fue el desenmascaramiento de las intrigas del gobierno, la corrupción del gobierno prusiano puesta al desnudo ante sus ojos. Pero los miembros del jurado razonaron así: si el gobierno prusiano podía arriesgarse a emplear métodos tan infames y, al mismo tiempo, tan temerarios contra los acusados, si podía, por así decirlo, poner en juego su reputación europea, entonces los acusados debían de ser terriblemente peligrosos, por pequeño que fuera su partido, y sus teorías, en todo caso, tenían que ser una potencia real. El gobierno ha violado todas las leyes del código penal para protegernos de estos monstruosos criminales. Sacrifiquemos nosotros, por nuestra parte, nuestro pequeño point d’honneur para salvar el honor del gobierno. Mostrémonos agradecidos y condenemos.

Con su veredicto de «Culpables», la nobleza renana y la burguesía renana se sumaron al grito lanzado por la burguesía francesa después del 2 de diciembre: «¡La propiedad sólo puede salvarse mediante el robo, la religión sólo mediante el perjurio, la familia sólo mediante la bastardía, el orden sólo mediante el desorden!»

En Francia, todo el edificio político se ha prostituido. Y sin embargo, ninguna institución se prostituyó tan profundamente como los tribunales y los jurados franceses. «¡Superemos a los jueces y jurados franceses!», exclamaron el juez y el jurado en Colonia. En el caso Cherval, inmediatamente después del golpe de Estado, el jurado de París absolvió a Nette, aunque contra él había más pruebas que contra cualquiera de los acusados [de Colonia]. Superemos al jurado del golpe de Estado del 2 de diciembre. Condenando a Röser, Bürgers, etc., condenemos también retrospectivamente a Nette.

Así quedó rota la fe supersticiosa en el jurado, aún imperante en la Prusia renana. La gente comprendió que el jurado era un consejo de guerra de las clases privilegiadas, creado para llenar las lagunas de la ley con la ancha conciencia burguesa.

¡Jena!* ... Ese es el resultado final de un gobierno que necesita semejantes métodos para sobrevivir y de una sociedad que necesita un gobierno así para su protección. La palabra que debe figurar al final del proceso comunista de Colonia es... ¡Jena!

Karl Marx

* Saedt no era solo «competente». Además —como recompensa por su actuación en este proceso— fue nombrado procurador jefe de la provincia del Rin y permaneció en este cargo hasta que fue pensionado, y después, provisto de los santos sacramentos, falleció. [Nota de Engels para la edición de 1885.]