Escrito entre diciembre de 1851 y marzo de 1852

Publicado por primera vez como primer cuaderno de la «revista no periódica» Die Revolution, Nueva York, 1852

Firmado: Karl Marx

Impreso según la edición de 1869, cotejado con las ediciones de 1852 y 1885

Die Revolution. Eine Zeitschrift in zwanglosen Heften.

Herausgegeben von

J. Weydemeyer.

Erstes Heft.

Der 18te Brumaire des Louis Napoleon

von

Karl Marx.

New-York.

Expedition: Deutsche Vereins-Buchhandlung von Schmidt und Helmich.

William Street Nr. 191.

1852.

Portada de la revista Die Revolution, en la que

El dieciocho Brumario de Luis Bonaparte fue publicado por primera vez

I

Hegel observa en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, por así decirlo, dos veces. Olvidó agregar: la primera vez como gran tragedia, la segunda como miserable farsa.* Caussidière por Danton, Louis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848-1851 por la Montaña de 1793-1795, el Sobrino por el Tío. ¡Y la misma caricatura se repite en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del dieciocho Brumario!*

Los hombres hacen su propia historia, pero no la hacen a su libre arbitrio, bajo circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo aquellas circunstancias con que se encuentran directamente, que existen y les han sido legadas por el pasado. La tradición de todas las generaciones muertas oprime como una pesadilla el cerebro de los vivos. Y precisamente cuando éstos parecen dedicarse a transformarse a sí mismos y a las cosas, a crear algo que jamás existió, en esas épocas de crisis revolucionaria conjuran temerosos en su auxilio los espíritus del pasado, toman prestados sus nombres, sus consignas de guerra, su ropaje, para representar con este disfraz de antigua veneración y este lenguaje prestado la nueva escena de la historia universal. Así, Lutero se disfrazó con la máscara del apóstol Pablo; la Revolución de 1789-1814 se vistió alternativamente con el ropaje de la República romana y con el del Imperio romano, y la Revolución de 1848 no supo hacer nada mejor que parodiar, ora a 1789, ora a la tradición revolucionaria de 1793-1795. Del mismo modo, el principiante que ha aprendido un idioma nuevo lo traduce siempre a su lengua materna; pero sólo se habrá asimilado el espíritu del nuevo idioma y será capaz de expresarse libremente en él cuando se mueva dentro de él sin reminiscencias y haya olvidado en él su lengua nativa. La consideración de esta nigromancia histórico-universal revela enseguida una diferencia saltante. Camille Desmoulins, Danton, Robespierre, Saint-Just, Napoleón, los héroes, lo mismo que los partidos y las masas de la vieja Revolución francesa, cumplieron la tarea de su época, que era la de desencadenar e instaurar la moderna sociedad burguesa, con ropaje romano y con frases romanas. Los primeros derribaron los cimientos feudales y segaron las cabezas feudales que habían crecido sobre ellos. Napoleón creó dentro de Francia las condiciones bajo las cuales podía desarrollarse la libre concurrencia, explotarse la propiedad territorial parcelada y emplearse las desencadenadas fuerzas productivas industriales de la nación; y más allá de las fronteras francesas barrió por doquier las instituciones feudales hasta el punto en que era necesario para dar a la sociedad burguesa en Francia un ambiente adecuado y actualizado del continente europeo. Una vez establecida la nueva formación social, desaparecieron los colosos antediluvianos y con ellos la romanidad resucitada: los Brutos, los Gracos, los Publicolas, los tribunos, los senadores y hasta el propio César. La sociedad burguesa, en su realidad sobria, había engendrado a sus verdaderos intérpretes y portavoces en los Say, Cousin, Royer-Collard, Benjamin Constant y Guizot; sus verdaderos comandantes estaban sentados detrás del mostrador, y el testarudo Luis XVIII era su jefe político. Enteramente absorbida por la producción de la riqueza y por la pacífica lucha de la competencia, ya no comprendía que los fantasmas de los días de Roma habían velado su cuna. Pero, por muy poco heroica que sea la sociedad burguesa, habían sido necesarios para traerla al mundo el heroísmo, el sacrificio, el terror, la guerra civil y las batallas de los pueblos. Y en las tradiciones clásicamente austeras de la República romana sus gladiadores encontraron los ideales y las formas artísticas, los autoengaños que necesitaban para ocultarse a sí mismos las limitaciones burguesas del contenido de sus luchas y mantener su pasión a la altura de la gran tragedia histórica. Así, un siglo antes, en otra fase de desarrollo, Cromwell y el pueblo inglés habían tomado del Antiguo Testamento el lenguaje, las pasiones y las ilusiones para su revolución burguesa. Alcanzado el verdadero fin, consumada la transformación burguesa de la sociedad inglesa, Locke suplantó a Habacuc.

Así, la resurrección de los muertos en aquellas revoluciones servía para glorificar las nuevas luchas, no para parodiar las antiguas; para magnificar en la imaginación la tarea dada, no para huir de su solución en la realidad; para encontrar de nuevo el espíritu de la revolución, no para hacer pasear otra vez a su fantasma.

De 1848 a 1851 sólo anduvo vagando el fantasma de la vieja revolución, desde Marrast, el républicain en gants jaunes,* que se disfrazó de viejo Bailly, hasta el aventurero que oculta sus vulgares y repulsivos rasgos bajo la férrea máscara mortuoria de Napoleón. Todo un pueblo, que se había imaginado que mediante una revolución se había dado a sí mismo un impulso acelerado de movimiento, se encuentra de repente retrotraído a una época fenecida, y para que no quepa ninguna duda sobre la recaída, reaparecen las viejas fechas, la vieja cronología, los viejos nombres, los viejos edictos, que hacía ya mucho tiempo eran materia de erudición anticuaria, y los viejos esbirros de la ley, que parecían desde hacía largo tiempo descompuestos. La nación se siente como aquel inglés loco en Bedlam que se figura vivir en tiempos de los antiguos faraones y a diario se lamenta del duro trabajo que tiene que realizar como buscador de oro en las minas de Etiopía, emparedado en ese subterráneo calabozo, una lámpara que apenas alumbra sujeta a la cabeza, a sus espaldas el capataz de los esclavos con un largo látigo, y en las salidas una confusa barahúnda de mercenarios bárbaros que no entienden ni a los forzados de las minas ni unos a otros, ya que no hablan una lengua común. «Y todo esto se espera de mí», suspira el inglés loco, «de mí, libre ciudadano británico, para hacer oro para los viejos faraones.» «Para pagar las deudas de la familia Bonaparte», suspira la nación francesa. El inglés, mientras estaba en su sano juicio, no podía deshacerse de la idea fija de hacer oro. Los franceses, mientras estuvieron metidos en la revolución, no pudieron deshacerse del recuerdo de Napoleón, como lo demostró la elección del 10 de diciembre. Anhelaban regresar de los peligros de la revolución a las ollas de Egipto, y el 2 de diciembre de 1851 fue la respuesta. No sólo tienen una caricatura del viejo Napoleón, sino que tienen al viejo Napoleón mismo, caricaturizado tal como tiene que aparecer a mediados del siglo XIX.

La revolución social del siglo XIX no puede sacar su poesía del pasado, sino sólo del futuro. No puede empezar consigo misma antes de haberse despojado de toda superstición acerca del pasado. Las revoluciones anteriores necesitaban rememoraciones de la historia universal pasada para adormecerse acerca de su propio contenido. Para llegar a su propio contenido, la revolución del siglo XIX tiene que dejar que los muertos entierren a sus muertos.* Allí la frase iba más allá del contenido; aquí el contenido va más allá de la frase.

La Revolución de Febrero fue un ataque por sorpresa, una toma de la vieja sociedad desprevenida, y el pueblo proclamó este inesperado golpe de mano como un hecho de importancia histórica, inaugurador de la nueva época. El 2 de diciembre, la Revolución de Febrero es conjurada por un truco de tahúr, y lo que parece derrocado ya no es la monarquía, sino las concesiones liberales que le fueron arrancadas a lo largo de siglos de lucha. En lugar de que la sociedad conquistase para sí un nuevo contenido, parece como si sólo el Estado regresase a su forma más antigua, a la dominación desvergonzadamente simple del sable y la cogulla. Tal es la respuesta al coup de main de febrero de 1848, dada por el coup de tête* de diciembre de 1851. Lo que fácil viene, fácil se va. Sin embargo, el tiempo intermedio no ha transcurrido en vano. Durante los años de 1848 a 1851, la sociedad francesa recuperó, y lo hizo por un método revolucionario, abreviado, los estudios y las experiencias que, en un curso de desarrollo regular, por así decirlo conforme al manual, hubieran debido preceder a la Revolución de Febrero si ésta había de ser algo más que una conmoción superficial. Ahora la sociedad parece haber retrocedido más allá de su punto de partida; en verdad, primero tiene que crear para sí misma el punto de partida revolucionario, la situación, las relaciones, las condiciones bajo las cuales únicamente se vuelve seria la revolución moderna.

Las revoluciones burguesas, como las del siglo XVIII, avanzan tempestuosamente de éxito en éxito, sus efectos dramáticos se sobrepujan unos a otros, los hombres y las cosas parecen engarzados en brillantes resplandores, el éxtasis es el espíritu cotidiano; pero son de corta vida, pronto alcanzan su cénit, y una larga depresión crapulosa se apodera de la sociedad antes de que ésta aprenda a asimilarse con sobriedad los resultados de su período de tormenta y de ímpetu. En cambio, las revoluciones proletarias, como las del siglo XIX, se critican a sí mismas constantemente, se interrumpen sin cesar en su propio curso, vuelven sobre lo que parecía ya conseguido para comenzarlo de nuevo, se mofan con despiadada minuciosidad de las insuficiencias, las debilidades y las mezquindades de sus primeros intentos, parecen derribar a su adversario sólo para que éste recobre nuevas fuerzas de la tierra y vuelva a erguirse ante ellas más gigantesco, y retroceden una y otra vez ante la prodigiosidad infinita de sus propios fines, hasta que se crea una situación que hace imposible todo retroceso y las condiciones mismas gritan:

¡Hic Rhodus, hic salta! ¡Aquí está la rosa, baila aquí!

* Este pasaje reza como sigue en la edición de 1852: «Hegel observa en alguna parte que todos los grandes hechos y personajes de la historia universal se producen, por así decirlo, dos veces. Olvidó agregar: la primera vez como gran tragedia, la segunda como miserable farsa. ¡Caussidière por Danton, Louis Blanc por Robespierre, la Montaña de 1848-51 por la Montaña de 1793-95, y el condestable de Londres con la primera docena de tenientes cargados de deudas que se presentaron por el pequeño cabo con su banda de mariscales! ¡El dieciocho Brumario del idiota por el dieciocho Brumario del genio! ¡Y la misma caricatura en las circunstancias que acompañan a la segunda edición del dieciocho Brumario! La primera vez, Francia al borde de la bancarrota, esta vez el propio Bonaparte en el umbral de la prisión de deudores; entonces la coalición de las grandes potencias en las fronteras de Francia, esta vez la coalición Ruge-Darasz en Inglaterra y la coalición Kinkel-Brentano en América; entonces un San Bernardo que cruzar, esta vez una compañía de gendarmes que enviar al otro lado del Jura; entonces más que un Marengo que ganar, esta vez la Gran Cruz de la Orden de San Andrés que ganar y el respeto del Berliner National-Zeitung que perder.» — Ed.

* Republicano de guantes amarillos. — Ed.

* Cf. Mateo, 8:22. — Ed.

* Golpe de cabeza. — Ed.

Por lo demás, cualquier observador medianamente competente, aunque no hubiera seguido paso a paso el desarrollo francés, debía tener el presentimiento de que a la revolución le aguardaba un fiasco inaudito. Bastaba oír los autocomplacientes aullidos de victoria con que los señores demócratas se felicitaban mutuamente por las benéficas consecuencias del segundo domingo de mayo de 1852. En sus mentes, el segundo domingo de mayo de 1852 se había convertido en idea fija, en dogma, como el día en que Cristo reaparecería y comenzaría el milenio en las mentes de los quiliastas. Como siempre, la debilidad se había refugiado en la fe en milagros, se figuraba vencido al enemigo cuando solo lo había conjurado en la imaginación, y perdía toda comprensión del presente en una pasiva glorificación del futuro que le aguardaba y de las hazañas que tenía *in petto*⁽*⁾ pero que aún no quería hacer públicas. Aquellos héroes que buscan refutar su probada incapacidad ofreciéndose mutuamente simpatía y reuniéndose en masa, habían liado sus bártulos, recogido sus coronas de laurel por adelantado y estaban justamente ocupados en descontar en la bolsa las repúblicas *in partibus*⁽**⁾ para las que ya habían organizado providentemente el personal gubernamental con toda la calma de su carácter modesto. El 2 de diciembre los fulminó como un rayo en cielo sereno, y los pueblos que en épocas de pusilanimidad gustan de ahogar sus aprensiones íntimas con los gritones más ruidosos se habrán convencido quizá de que han pasado los tiempos en que el graznido de los gansos podía salvar el Capitolio.

⁽*⁾ En reserva. — *N. del ed.*  
⁽**⁾ *In partibus infidelium* — literalmente: en tierras de infieles. Se añade al título de los obispos católicos romanos que poseen diócesis puramente nominales en países no cristianos. En sentido figurado significa: «que no existe realmente». — *N. del ed.*

La Constitución, la Asamblea Nacional, los partidos dinásticos, los republicanos azules y rojos, los héroes de África, el trueno de la tribuna, el relampagueo de la prensa diaria, toda la literatura, los nombres políticos y las reputaciones intelectuales, el código civil y el código penal, la *liberté, égalité, fraternité* y el segundo domingo de mayo de 1852: todo ha desaparecido como una fantasmagoría ante el conjuro de un hombre a quien ni sus enemigos tienen por mago. El sufragio universal parece haber sobrevivido solo por un momento, para hacer de propia mano su testamento ante los ojos del mundo y declarar en nombre del pueblo mismo: «Todo lo que nace merece perecer, como nada que valga.»⁽*⁾

⁽*⁾ Goethe, *Fausto*, primera parte, «Studierzimmer». — *N. del ed.*

No basta decir, como hacen los franceses, que su nación fue sorprendida. A una nación y a una mujer no se les perdona la hora desprevenida en que el primer aventurero que llega pudo violarlas.⁽⁾ El enigma no se resuelve con tales giros de lenguaje, sino que solo se formula de otro modo. Queda por explicar cómo una nación de treinta y seis millones puede ser sorprendida y entregada sin resistencia al cautiverio por tres estafadores.

⁽⁾ La edición de 1852 dice aquí: «pudo violarlas y apropiárselas». — *N. del ed.*

Recapitulemos en sus grandes líneas las fases que recorrió la Revolución Francesa desde el 24 de febrero de 1848 hasta diciembre de 1851.

Se distinguen tres períodos principales: el período de febrero; del 4 de mayo de 1848 al 28 de mayo de 1849: el período de la constitución de la república o de la Asamblea Nacional Constituyente; del 28 de mayo de 1849 al 2 de diciembre de 1851: el período de la república constitucional o de la Asamblea Nacional Legislativa.⁽©⁾

⁽©⁾ Aquí y más abajo, en las ediciones alemanas de 1852, 1869 y 1885, la fecha de apertura de la Asamblea Legislativa se da erróneamente como 29 de mayo de 1849. — *N. del ed.*

El primer período, del 24 de febrero, o sea, del derrocamiento de Luis Felipe, al 4 de mayo de 1848, reunión de la Asamblea Constituyente, el período de febrero propiamente dicho, puede calificarse de prólogo de la revolución. Su carácter se expresó oficialmente en el hecho de que el gobierno improvisado por él se declaró a sí mismo provisional y, como el gobierno, todo lo que se propuso, intentó o enunció durante este período se proclamó a sí mismo como puramente provisional. Nadie ni nada se aventuró a reclamar el derecho a la existencia y a la acción real. Todos los elementos que habían preparado o determinado la revolución, la oposición dinástica, la burguesía republicana, la pequeña burguesía democrático-republicana y los obreros socialdemócratas, encontraron provisionalmente su lugar en el gobierno de febrero.

No podía ser de otro modo. Las jornadas de febrero apuntaban originalmente a una reforma electoral que ampliase el círculo de los políticamente privilegiados dentro de la propia clase poseedora y derrocase la dominación exclusiva de la aristocracia financiera. Pero cuando se llegó al conflicto real, cuando el pueblo subió a las barricadas, la Guardia Nacional mantuvo una actitud pasiva, el ejército no ofreció resistencia seria y la monarquía huyó, la república pareció cosa natural. Cada partido la interpretó a su manera. El proletariado, que la había conquistado con las armas en la mano, le imprimió su sello y la proclamó república social. Así quedó indicado el contenido general de la revolución moderna, contenido que⁽*⁾ se hallaba en la más singular contradicción con todo lo que, dados los materiales disponibles, el grado de educación alcanzado por las masas, las circunstancias y relaciones existentes, podía realizarse inmediatamente en la práctica.

⁽*⁾ La edición de 1852 dice aquí: «como no puede ser de otro modo en el prólogo de un drama». — *N. del ed.*

Por otra parte, las pretensiones de todos los elementos restantes que habían colaborado en la revolución de febrero fueron reconocidas en la parte del león que obtuvieron en el gobierno. Por eso en ningún período encontramos una mezcla más confusa de frases ampulosas e incertidumbre y torpeza efectivas, de afanes más entusiastas de innovación y de dominio más completo de la vieja rutina, de más aparente armonía del conjunto de la sociedad y de más profundo extrañamiento entre sus elementos. Mientras el proletariado parisino se deleitaba todavía en la visión de las amplias perspectivas que se le habían abierto y se entregaba a serias discusiones sobre problemas sociales, las viejas fuerzas sociales se habían agrupado, reunido, reflexionado y encontrado un apoyo inesperado en la masa de la nación, los campesinos y los pequeños burgueses, que se precipitaron de golpe a la escena política tras la caída de las barreras de la monarquía de Julio.

El segundo período, del 4 de mayo de 1848 hasta fines de mayo de 1849, es el período de la constitución, de la fundación de la república burguesa. Inmediatamente después de las jornadas de febrero, no solo la oposición dinástica fue sorprendida por los republicanos y los republicanos por los socialistas, sino toda Francia por París. La Asamblea Nacional, que se reunió el 4 de mayo de 1848, había surgido de las elecciones nacionales y representaba a la nación. Fue una viva protesta contra las aspiraciones de las jornadas de febrero y estaba llamada a reducir los resultados de la revolución a la medida burguesa. En vano el proletariado parisino, que al instante comprendió el carácter de esta Asamblea Nacional, intentó el 15 de mayo, pocos días después de su reunión, negar por la fuerza su existencia, disolverla, desintegrar de nuevo en sus partes constitutivas la forma orgánica con la que el espíritu reaccionario de la nación amenazaba al proletariado. Como es sabido, el 15 de mayo no tuvo otro resultado que el de eliminar a Blanqui y sus camaradas, es decir, a los verdaderos jefes del partido proletario,⁽*⁾ de la escena pública durante todo el ciclo que estamos considerando.

⁽*⁾ La edición de 1852 dice aquí: «los verdaderos jefes del partido proletario, los comunistas revolucionarios». — *N. del ed.*

A la monarquía burguesa de Luis Felipe solo puede seguirle una república burguesa, es decir, mientras bajo aquella gobernaba un sector limitado de la burguesía en nombre del rey, ahora gobernará toda la burguesía en nombre del pueblo. Las exigencias del proletariado parisino son desvaríos utópicos, a los que hay que poner fin. A esta declaración de la Asamblea Nacional Constituyente respondió el proletariado parisino con la insurrección de junio, el acontecimiento más colosal en la historia de las guerras civiles europeas. La república burguesa triunfó. De su lado estaban la aristocracia financiera, la burguesía industrial, las capas medias, los pequeños burgueses, el ejército, el lumpenproletariado organizado en la Guardia Móvil, los intelectuales, el clero y la población rural. De lado del proletariado parisino no había nadie más que él mismo. Más de 3.000 insurrectos fueron masacrados después de la victoria, y 15.000 fueron deportados sin juicio. Con esta derrota, el proletariado pasa al fondo de la escena revolucionaria. Intenta volver a primer plano cada vez que el movimiento parece tomar un nuevo impulso, pero con un gasto de fuerza cada vez menor y resultados cada vez más escasos. Tan pronto como una de las capas sociales situadas por encima de él entra en efervescencia revolucionaria, el proletariado se alía con ella y comparte así todas las derrotas que sufren los distintos partidos, unos tras otros. Pero estos golpes ulteriores se atenúan cuanto más se distribuyen sobre toda la superficie de la sociedad. Los dirigentes más importantes del proletariado en la Asamblea y en la prensa van cayendo sucesivamente víctimas de los tribunales, y pasan a encabezarlo figuras cada vez más equívocas. En parte se lanza a experimentos doctrinarios, bancos de intercambio y asociaciones obreras, a un movimiento, pues, en el que renuncia a revolucionar el viejo mundo con los grandes recursos combinados de este, y busca más bien, a espaldas de la sociedad, por vía privada, dentro de sus limitadas condiciones de existencia, realizar su salvación, y por ello naufraga necesariamente. Parece no poder ya ni redescubrir en sí la grandeza revolucionaria ni recobrar nueva energía de las nuevas conexiones que establece, hasta que todas las clases contra las que luchó en junio yacen postradas a su lado. Pero al menos sucumbe con los honores de la gran lucha histórica mundial; no solo Francia, toda Europa tiembla ante el terremoto de junio, mientras que las derrotas subsiguientes de las clases superiores se consiguen a un precio tan barato que necesitan de la exageración más descarada por parte del partido vencedor para poder pasar siquiera por acontecimientos, y se vuelven tanto más ignominiosas cuanto más alejado está el partido vencido del partido proletario.

La derrota de los insurrectos de junio había preparado y allanado ciertamente el terreno sobre el cual se podía fundar y edificar la república burguesa, pero al mismo tiempo había demostrado que en Europa las cuestiones en litigio son otras que la de «república o monarquía». Había revelado que aquí república burguesa significa el despotismo ilimitado de una clase sobre otras clases. Había probado que en países de vieja civilización, con una formación de clases desarrollada, con condiciones modernas de producción y con una conciencia intelectual en la que todas las ideas tradicionales han sido disueltas por el trabajo de los siglos, la república significa en general solo la forma política de la revolución de la sociedad burguesa y no su forma conservadora de vida, como, por ejemplo, en los Estados Unidos de Norteamérica, donde, aunque ya existen clases, estas no se han fijado todavía, sino que cambian e intercambian continuamente sus componentes en flujo constante, donde los modernos medios de producción, en vez de coincidir con una población excedente estancada, compensan más bien la relativa escasez de cabezas y brazos, y donde, por último, el movimiento febril y juvenil de la producción material, que tiene que apropiarse un mundo nuevo, no ha dejado tiempo ni ocasión para abolir el viejo mundo de los espíritus.

Durante las jornadas de junio, todas las clases y todos los partidos se habían unido en el Partido del Orden contra la clase proletaria, como el Partido de la Anarquía, del socialismo, del comunismo. Habían «salvado» a la sociedad de «los enemigos de la sociedad». Habían dado a su ejército, como contraseña, las consignas de la vieja sociedad: «propiedad, familia, religión, orden», y habían proclamado ante los cruzados contrarrevolucionarios: «¡Con este signo vencerás!». Desde ese instante, tan pronto como uno cualquiera de los numerosos partidos que se habían agrupado bajo ese signo contra los insurrectos de junio intenta ocupar el campo de batalla revolucionario en interés de su propia clase, cae derribado ante el grito de: «¡Propiedad, familia, religión, orden!». La sociedad se salva tantas veces cuantas se contrae el círculo de sus dominadores, cada vez que un interés más exclusivo se mantiene frente a otro más amplio. Toda demanda de la más simple reforma financiera burguesa, del liberalismo más ordinario, del republicanismo más formalista, de la democracia más superficial, es simultáneamente castigada como «atentado contra la sociedad» y estigmatizada como «socialismo». Y, por último, los sumos sacerdotes de la «religión y el orden»* son arrojados a puntapiés de sus trípodes pitios, sacados de sus lechos en la oscuridad de la noche, metidos en coches celulares, encerrados en calabozos o enviados al destierro; su templo es arrasado hasta los cimientos, se sella su boca, se rompe su pluma, se hace trizas su ley en nombre de la religión, de la propiedad, de la familia, del orden. Fanáticos burgueses del orden son abatidos a tiros en sus balcones por turbas de soldados ebrios, sus santuarios domésticos son profanados, sus casas bombardeadas por diversión... en nombre de la propiedad, de la familia, de la religión y del orden. Por último, la escoria de la sociedad burguesa forma la sagrada falange del orden y el héroe Krapilinski** se instala en las Tullerías como «salvador de la sociedad».

* En el original alemán: «Religion und Ordnung». Según la lista de erratas de la edición de 1852, debería decir: «Religion der Ordnung» («religión del orden»), pero la corrección no se introdujo en las ediciones de 1869 y 1885. — Ed.

** Krapilinski, uno de los personajes centrales del poema de Heine «Zwei Ritter» (Romanzero). Aquí alude Marx a Luis Bonaparte. — Ed.

II

Volvamos a tomar los hilos del desarrollo.

La historia de la Asamblea Nacional Constituyente desde las jornadas de junio es la historia de la dominación y de la disgregación de la fracción republicana de la burguesía, de esa fracción que se conoce con los nombres de republicanos tricolores, republicanos puros, republicanos políticos, republicanos formalistas, etc.

Bajo la monarquía burguesa de Luis Felipe, esta fracción había constituido la oposición republicana oficial y, por consiguiente, un elemento reconocido del mundo político de entonces. Tenía sus representantes en las Cámaras y una considerable esfera de influencia en la prensa. Su órgano parisino, el National, era considerado, a su modo, tan respetable como el Journal des Débats. Su carácter correspondía a esa posición bajo la monarquía constitucional. No era una fracción de la burguesía unida por grandes intereses comunes y delimitada por condiciones de producción específicas. Era una camarilla de burgueses, escritores, abogados, oficiales y funcionarios de mentalidad republicana, que debía su influencia a las antipatías personales del país contra Luis Felipe, a los recuerdos de la vieja república, a la fe republicana de cierto número de entusiastas y, sobre todo, al nacionalismo francés, cuyo odio a los tratados de Viena y a la alianza con Inglaterra mantenía siempre despierto. Una gran parte del séquito que el National tenía bajo Luis Felipe se debía a ese imperialismo oculto, el cual, por consiguiente, podía enfrentársele más tarde, bajo la república, como un rival mortal en la persona de Luis Bonaparte. Combatía a la aristocracia financiera, como todo el resto de la oposición burguesa. Las polémicas contra el presupuesto, que en Francia estaban íntimamente ligadas a la lucha contra la aristocracia financiera, proporcionaban demasiado barata popularidad y demasiado abundante materia para puritanos artículos de fondo* como para no ser explotadas. La burguesía industrial le estaba agradecida por su defensa servil del sistema proteccionista francés, que, sin embargo, aceptaba más por motivos nacionales que de economía nacional; la burguesía en su conjunto, por sus virulentas denuncias del comunismo y del socialismo. Por lo demás, el partido del National era puramente republicano, es decir, exigía una forma republicana, en lugar de monárquica, de la dominación burguesa y, sobre todo, la parte del león en esa dominación. En cuanto a las condiciones de esa transformación, no las veía en modo alguno claras. En cambio, lo que para él era claro como la luz del día, y así lo reconoció públicamente en los banquetes reformistas de los últimos días de Luis Felipe, era su impopularidad frente a los pequeño‑burgueses democráticos y, en particular, frente al proletariado revolucionario. Estos republicanos puros, como es, por lo demás, propio de los republicanos puros, estaban ya a punto de contentarse por el momento con una regencia de la duquesa de Orleans, cuando estalló la revolución de Febrero y asignó a sus representantes más conocidos un puesto en el Gobierno Provisional. Desde un principio, gozaron naturalmente de la confianza de la burguesía y de la mayoría en la Asamblea Nacional Constituyente. Los elementos socialistas del Gobierno Provisional fueron excluidos inmediatamente de la Comisión Ejecutiva que la Asamblea Nacional formó al reunirse, y el partido del National aprovechó el estallido de la insurrección de junio para disolver también la Comisión Ejecutiva y deshacerse con ello de sus rivales más próximos, los republicanos pequeñoburgueses o democráticos (Ledru‑Rollin, etc.). Cavaignac, el general del partido republicano burgués que dirigió la matanza de junio, ocupó el lugar de la Comisión Ejecutiva con una suerte de autoridad dictatorial. Marrast, antiguo redactor jefe del National, se convirtió en presidente perpetuo de la Asamblea Nacional Constituyente, y los ministerios, así como todos los demás puestos importantes, correspondieron a los republicanos puros.

* Marx emplea las palabras inglesas «leading articles». — Ed.

La fracción republicana burguesa, que desde hacía largo tiempo se consideraba la heredera legítima de la monarquía de Julio, vio así superadas sus más caras esperanzas; pero no alcanzó el poder como lo había soñado bajo Luis Felipe, mediante una revuelta liberal de la burguesía contra el trono, sino mediante un levantamiento del proletariado contra el capital, levantamiento abatido a metralla. Lo que se había imaginado como el acontecimiento más revolucionario se presentó, en realidad, como el más contrarrevolucionario. El fruto cayó en su regazo, pero cayó del árbol del conocimiento, no del árbol de la vida.

La dominación exclusiva de los republicanos burgueses duró solamente del 24 de junio al 10 de diciembre de 1848. Se resume en la redacción de una constitución republicana y en el estado de sitio de París.

La nueva Constitución no era en el fondo más que la edición republicanizada de la Carta constitucional de 1830. La estrecha calificación electoral de la monarquía de Julio, que excluía del poder político incluso a una gran parte de la burguesía, era incompatible con la existencia de la república burguesa. La revolución de Febrero, en lugar de esa calificación, había proclamado de inmediato el sufragio universal directo. Los republicanos burgueses no podían deshacer ese acontecimiento. Tuvieron que contentarse con añadir la limitación de un domicilio de seis meses en el distrito electoral. La vieja organización de la administración, del sistema municipal, del sistema judicial, del ejército, etc., siguió existiendo intangible, o, donde la Constitución la modificaba, el cambio afectaba al índice de materias, no al contenido; al nombre, no a la materia.

El inevitable estado mayor general de las libertades de 1848 —libertad personal, libertad de prensa, de palabra, de asociación, de reunión, de enseñanza y de religión, etc.— recibió un uniforme constitucional que las hacía invulnerables. Pues cada una de estas libertades es proclamada como derecho absoluto del citoyen francés, pero siempre con la nota marginal de que es ilimitada en tanto no esté limitada por los «derechos iguales de los demás y la seguridad pública» o por «leyes» destinadas a establecer precisamente esa armonía de las libertades individuales entre sí y con la seguridad pública. Por ejemplo: «Los ciudadanos tienen derecho a asociarse, a reunirse pacíficamente y sin armas, a peticionar y a expresar sus opiniones por la prensa o de cualquier otro modo. El disfrute de estos derechos no tiene otro límite que los derechos iguales de los demás y la seguridad pública.» (Capítulo II de la Constitución francesa, § 8.) — «La enseñanza es libre. La libertad de enseñanza se ejercerá en las condiciones fijadas por la ley y bajo la vigilancia del Estado.» (Ibídem, § 9.) — «El domicilio de todo ciudadano es inviolable, salvo en las formas prescritas por la ley.» (Capítulo II, § 3.) Etc., etc. La Constitución, por consiguiente, remite constantemente a futuras leyes orgánicas que deberán hacer efectivas esas notas marginales y regular el disfrute de estas libertades irrestrictas de manera que no resulten conflictivas entre sí ni con la seguridad pública. Y más tarde, esas leyes orgánicas fueron creadas por los amigos del orden, y todas esas libertades reguladas de tal modo que la burguesía, al disfrutarlas, no se encuentre estorbada por los derechos iguales de las otras clases. Allí donde se prohíben enteramente esas libertades a «los otros» o se permite su disfrute bajo condiciones que no son más que otras tantas trampas policíacas, ello ocurre siempre y solamente en interés de la «seguridad pública», es decir, de la seguridad de la burguesía, tal como prescribe la Constitución. En el período siguiente, ambas partes apelan, por consiguiente, con plena justicia a la Constitución: tanto los amigos del orden, que abolieron todas esas libertades, como los demócratas, que todas las reclamaban. Pues cada párrafo de la Constitución contiene su propia antítesis, su propia Cámara Alta y su propia Cámara Baja, a saber: la libertad en la frase general y la abolición de la libertad en la nota marginal. Así, mientras se respetaba el nombre de la libertad y sólo se impedía su realización efectiva —por supuesto, de un modo legal—, la existencia constitucional de la libertad permanecía intacta, invulnerable, por muy mortales que fueran los golpes que se asestaban a su existencia en la vida real.

Esta Constitución, tan ingeniosamente hecha invulnerable, era, sin embargo, como Aquiles, vulnerable en un punto: no en el talón, sino en la cabeza, o, mejor dicho, en las dos cabezas en que desembocaba: la Asamblea Legislativa, por un lado, y el Presidente, por otro. Recórrase la Constitución y se verá que únicamente los párrafos en que se define la relación del Presidente con la Asamblea Legislativa son absolutos, positivos, no contradictorios, imposibles de desvirtuar. Pues aquí se trataba de que los republicanos burgueses se pusieran a cubierto. Los §§ 45‑70 de la Constitución están redactados de tal modo que la Asamblea Nacional puede destituir al Presidente constitucionalmente, mientras que el Presidente sólo puede destituir a la Asamblea Nacional inconstitucionalmente, sólo descartando la Constitución misma. Aquí, pues, la Constitución desafía su destrucción violenta. No sólo consagra la división de poderes,

Como la Carta de 1830, la amplía hasta convertirla en una contradicción insoportable. El juego de los poderes constitucionales, como llamaba Guizot a la querella parlamentaria entre el poder legislativo y el ejecutivo, se juega en la Constitución de 1848 continuamente a va-banque. De un lado hay 750 representantes del pueblo, elegidos por sufragio universal y reelegibles; forman una Asamblea Nacional incontrolable, indisoluble e indivisible, una Asamblea Nacional que goza de omnipotencia legislativa, decide en última instancia sobre la guerra, la paz y los tratados comerciales, posee ella sola el derecho de amnistía y, por su permanencia, ocupa perpetuamente el primer plano de la escena. Del otro lado está el Presidente, con todos los atributos del poder real, con autoridad para nombrar y destituir a sus ministros independientemente de la Asamblea Nacional, con todos los recursos del poder ejecutivo en sus manos, distribuyendo todos los cargos y disponiendo así en Francia de los medios de subsistencia de al menos un millón y medio de personas, pues tantas dependen de los quinientos mil funcionarios y oficiales de todos los grados. Tiene tras de sí a todas las fuerzas armadas. Disfruta del privilegio de indultar a criminales individuales, de suspender la Guardia Nacional, de disolver, con la conformidad del Consejo de Estado, los consejos generales, cantonales y municipales elegidos por los propios ciudadanos. La iniciativa y la dirección le están reservadas en todos los tratados con países extranjeros. Mientras que la Asamblea actúa constantemente en las tablas y está expuesta a la crítica pública diaria, él lleva una vida retirada en los Campos Elíseos, y esto con el artículo 45 de la Constitución ante sus ojos y en su corazón, que le grita a diario: “¡Frère, il faut mourir!”. ¡Tu poder cesa el segundo domingo del hermoso mes de mayo del cuarto año después de tu elección! ¡Entonces se acabó tu gloria, la pieza no se representa dos veces, y si tienes deudas, procura saldarlas a tiempo con los 600.000 francos que la Constitución te ha prodigado, a menos que, acaso, prefieras ir a Clichy el segundo lunes del hermoso mes de mayo! — Así, mientras que la Constitución asigna el poder efectivo al Presidente, procura asegurar el poder moral a la Asamblea Nacional. Aparte de que es imposible crear un poder moral mediante artículos de ley, la Constitución se deroga aquí una vez más al hacer que el Presidente sea elegido por todos los franceses mediante sufragio directo. Mientras que los votos de Francia se dispersan entre los 750 miembros de la Asamblea Nacional, aquí, por el contrario, se concentran en un solo individuo. Mientras que cada representante del pueblo por separado representa sólo a tal o cual partido, a tal o cual ciudad, a tal o cual cabeza de puente, o incluso a la mera necesidad de elegir a alguno de los 750, sin que se examine de cerca ni la causa ni el hombre, él es el elegido de la nación, y el acto de su elección es el triunfo que el pueblo soberano juega una vez cada cuatro años. La Asamblea Nacional elegida se halla en una relación metafísica con la nación, pero el Presidente elegido en una relación personal. En efecto, la Asamblea Nacional exhibe en sus representantes individuales los múltiples aspectos del espíritu nacional, pero en el Presidente este espíritu nacional encuentra su encarnación. Frente a la Asamblea, él posee una especie de derecho divino; es Presidente por la gracia del pueblo.

Tetis, la diosa del mar, había profetizado a Aquiles que moriría en la flor de la juventud. La Constitución, que como Aquiles tenía su punto débil, también tenía, como Aquiles, el presentimiento de que debía ir a una muerte prematura. A los republicanos puros, autores de la Constitución, les bastaba con lanzar una mirada desde el cielo elevado de su república ideal al mundo profano para percibir cómo la arrogancia de los realistas, de los bonapartistas, de los demócratas, de los comunistas, así como su propio descrédito, aumentaba día a día en la misma medida en que se aproximaban a la conclusión de su gran obra de arte legislativa, sin que por ello Tetis tuviera que abandonar el mar para comunicarles el secreto. Intentaron burlar al destino con una argucia en la Constitución, a través de su artículo 111, según el cual toda moción de revisión de la Constitución debe ser apoyada por al menos tres cuartas partes de los votos, emitidos en tres debates sucesivos entre los cuales debe mediar siempre un mes entero, con la condición adicional de que voten no menos de 500 miembros de la Asamblea Nacional. Con ello no hicieron más que el intento impotente de seguir ejerciendo, cuando no fueran más que una minoría parlamentaria —como ya se veían proféticamente en su imaginación—, un poder que en aquel momento, cuando disponían de una mayoría parlamentaria y de todos los recursos de la autoridad gubernamental, se les escapaba día a día de sus débiles manos.

Finalmente, la Constitución, en un párrafo melodramático, se confía «a la vigilancia y al patriotismo de todo el pueblo francés y de cada francés en particular», después de haber confiado previamente en otro párrafo a los «vigilantes» y «patrióticos» franceses a las tiernas atenciones penales del Alto Tribunal de Justicia, la “haute cour”, inventada por ella al efecto.

Tal fue la Constitución de 1848, que el 2 de diciembre de 1851 no fue derribada por una cabeza, sino que cayó al contacto de un simple sombrero; un sombrero, cierto es, de tres picos, napoleónico.

Mientras los republicanos burgueses en la Asamblea se afanaban en idear, discutir y votar esta Constitución, Cavaignac, fuera de la Asamblea, mantenía el estado de sitio de París. El estado de sitio de París fue la comadrona de la Asamblea Constituyente en los dolores de su parto republicano. Si la Constitución es luego puesta fuera de existencia por las bayonetas, no hay que olvidar que también por las bayonetas, y éstas vueltas contra el pueblo, tuvo que ser protegida en el vientre materno, y por las bayonetas tuvo que ser sacada a la luz. Los antepasados de los «republicanos respetables» habían enviado su símbolo, la bandera tricolor, de gira por Europa. Ellos mismos, a su vez, produjeron un invento que por sí solo se abrió paso por todo el continente, pero que regresó a Francia con amor siempre renovado hasta naturalizarse hoy en la mitad de sus departamentos: el estado de sitio. Un invento espléndido, empleado periódicamente en cada crisis sucesiva a lo largo de la Revolución Francesa. Pero el cuartel y el vivac, que así se ponían periódicamente sobre la cabeza de la sociedad francesa para comprimirle el cerebro y calmarla; el sable y el fusil, a los que periódicamente se permitía actuar como jueces y administradores, como guardianes y censores, hacer de policías y velar como serenos; el bigote y el uniforme, que periódicamente se pregonaban como la sabiduría suprema de la sociedad y como su rector —¿no estaban, al fin y al cabo, destinados el cuartel y el vivac, el sable y el fusil, el bigote y el uniforme a dar con la idea de salvar a la sociedad de una vez y para siempre proclamando su propio régimen como el más alto y librando por completo a la sociedad civil de la molestia de gobernarse a sí misma? El cuartel y el vivac, el sable y el fusil, el bigote y el uniforme estaban tanto más obligados a dar con esta idea cuanto que entonces podían esperar también un mejor pago en metálico por sus altos servicios, mientras que del estado de sitio meramente periódico y de los rescates transitorios de la sociedad a instancias de tal o cual fracción burguesa, poco sustancioso se cosechaba, salvo algunos muertos y heridos y algunas muecas amistosas de los burgueses. ¿No debería, al fin, un día, jugar el ejército al estado de sitio en su propio interés y para su propio beneficio, sitiando al mismo tiempo los bolsos burgueses? Por lo demás, dicho sea de paso, no hay que olvidar que el coronel Bernard, el mismo presidente de la comisión militar que bajo Cavaignac hizo deportar sin juicio a 15.000 insurrectos, se halla en este momento de nuevo al frente de las comisiones militares activas en París.

Mientras que, con el estado de sitio en París, los republicanos respetables, los republicanos puros, plantaron el semillero en el que habían de crecer los pretorianos del 2 de diciembre de 1851, en cambio merecen elogios por el hecho de que, en lugar de exaltar el sentimiento nacional como bajo Luis Felipe, ahora, cuando disponían del poder nacional, se arrastraban ante los países extranjeros, y en lugar de liberar a Italia, la dejaron reconquistar por austríacos y napolitanos. La elección de Luis Bonaparte como Presidente el 10 de diciembre de 1848 puso fin a la dictadura de Cavaignac y a la Asamblea Constituyente.

En el artículo 44 de la Constitución se dice: «El Presidente de la República Francesa no debe haber perdido nunca su condición de ciudadano francés». El primer presidente de la República Francesa, L. N. Bonaparte, no sólo había perdido su condición de ciudadano francés, no sólo había sido un agente especial de policía inglés, sino que incluso era un suizo naturalizado.

He discutido en otro lugar la significación de la elección del 10 de diciembre. No volveré aquí sobre ello. Baste señalar aquí que fue una reacción de los campesinos, que habían tenido que pagar los costos de la revolución de Febrero, contra las demás clases de la nación, una reacción del campo contra la ciudad. Gozó de gran aprobación en el ejército, al que los republicanos del National no habían proporcionado ni gloria ni aumento de paga, entre la gran burguesía, que saludaba a Bonaparte como puente hacia la monarquía, y entre los proletarios y pequeño burgueses, que lo saludaban como un azote para Cavaignac. Más adelante tendré ocasión de profundizar en la relación de los campesinos con la Revolución Francesa.

El período que va del 20 de diciembre de 1848 hasta la disolución de la Asamblea Constituyente, en mayo de 1849, comprende la historia de la caída de los republicanos burgueses. Después de haber fundado una república para la burguesía, expulsado al proletariado revolucionario del campo de batalla y reducido por el momento al silencio a la pequeña burguesía democrática, ellos mismos son desplazados por la masa de la burguesía, que con toda justicia confisca esta república como propiedad suya. Esta masa burguesa era, sin embargo, realista. Una parte de ella, la gran

Una, la de los terratenientes, había gobernado durante la Restauración y era, por tanto, legitimista. La otra, la de la aristocracia financiera y los grandes industriales, había gobernado durante la monarquía de julio y era, en consecuencia, orleanista. Los altos dignatarios del ejército, de la universidad, de la iglesia, del foro, de la Academia y de la prensa se repartían entre uno y otro bando, aunque en proporciones diversas. Aquí, en la república burguesa, que no llevaba el nombre de Borbón ni el de Orleans, sino el de Capital, habían encontrado la forma de Estado en la que podían gobernar conjuntamente. Ya la insurrección de junio los había unido en el «Partido del Orden». Ahora era necesario, en primer lugar, apartar a la pequeña camarilla de los republicanos burgueses que aún ocupaba los escaños de la Asamblea Nacional. Tan brutales como habían sido estos republicanos puros en su abuso de la fuerza física contra el pueblo, tan cobardes, melindrosos, sin espíritu, quebrantados e incapaces de combatir se mostraban ahora en su retirada, cuando se trataba de defender su republicanismo y sus derechos legislativos frente al poder ejecutivo y a los realistas. No necesito relatar aquí la ignominiosa historia de su disolución. Fue un desvanecerse, no un sucumbir. Su historia ha terminado para siempre, y, tanto dentro como fuera de la Asamblea, en el período siguiente figuran sólo como recuerdos, recuerdos que parecen recobrar vida cada vez que se pone de nuevo sobre el tapete el mero nombre de República y cuantas veces el conflicto revolucionario amenaza con rebajarse al nivel más bajo. Señalo de paso que el periódico que dio nombre a este partido, el *National*, se convirtió al socialismo en el período siguiente.

Antes de terminar con este período, debemos echar todavía una mirada retrospectiva a los dos poderes, uno de los cuales aniquiló al otro el 2 de diciembre de 1851, mientras que, desde el 20 de diciembre de 1848 hasta el final de la Asamblea Constituyente, habían vivido en relaciones conyugales. Nos referimos a Luis Bonaparte, de un lado, y al partido de los realistas coaligados, el Partido del Orden, de la gran burguesía, del otro. Al acceder a la presidencia, Bonaparte formó enseguida un ministerio del Partido del Orden, a cuyo frente puso

* Para evitar repeticiones (véase más abajo, pp. 180-181), Marx omite el siguiente párrafo, que aparece en la edición de 1852: «De ahí que la historia de la Constitución o fundación de la República Francesa se divida en tres períodos: del 4 de mayo al 24 de junio de 1848 — lucha de todas las clases y elementos de clase unidos en febrero bajo la dirección de los republicanos burgueses contra el proletariado, terrible derrota del proletariado; del 25 de junio de 1848 al 10 de diciembre de 1848 — gobierno de los republicanos burgueses, redacción de la Constitución, estado de sitio en París, dictadura de Cavaignac; del 20 de diciembre de 1848 a fines de mayo de 1849 — lucha de Bonaparte y del Partido del Orden contra la Asamblea Constituyente republicana, derrota de ésta, fin de los republicanos burgueses.» — Ed.

a Odilon Barrot, el viejo líder, *nota bene*, de la fracción más liberal de la burguesía parlamentaria. El señor Barrot había conseguido al fin la cartera ministerial, cuyo espectro lo perseguía desde 1830, y lo que es más, la presidencia del ministerio; pero no, como él había imaginado bajo Luis Felipe, en calidad de jefe más avanzado de la oposición parlamentaria, sino con la tarea de dar muerte a un parlamento, y como confederado de todos sus archienemigos, jesuitas y legitimistas. Llevó por fin la novia a casa, pero sólo después de que ella hubiera sido prostituida. Bonaparte parecía borrarse por completo. Este partido actuaba por él.

La primera reunión del consejo de ministros resolvió la expedición a Roma, la cual, se acordó, debía emprenderse a espaldas de la Asamblea Nacional y cuyos medios debían serle arrancados mediante falsos pretextos. Así comenzaron estafando a la Asamblea Nacional y conspirando secretamente con las potencias absolutistas extranjeras contra la República romana revolucionaria. De la misma manera y con las mismas maniobras preparó Bonaparte su golpe del 2 de diciembre contra la Asamblea Legislativa realista y su república constitucional. No olvidemos que el mismo partido que formó el ministerio de Bonaparte el 20 de diciembre de 1848, formó la mayoría de la Asamblea Nacional Legislativa el 2 de diciembre de 1851.

En agosto, la Asamblea Constituyente había decidido disolverse sólo después de haber elaborado y promulgado toda una serie de leyes orgánicas destinadas a complementar la Constitución. El 6 de enero de 1849, el Partido del Orden hizo que un diputado llamado Rateau presentase la moción de que la Asamblea dejase de lado las leyes orgánicas y decidiese más bien su propia disolución. No sólo el ministerio, con Odilon Barrot a la cabeza, sino todos los miembros realistas de la Asamblea Nacional la acosaron, insinuando que su disolución era necesaria para el restablecimiento del crédito, para la consolidación del orden, para poner fin a la indefinida situación provisional y establecer un estado de cosas definitivo; que la Asamblea obstaculizaba la eficacia del nuevo gobierno y que sólo por malicia pretendía prolongar su existencia; que el país estaba cansado de ella. Bonaparte tomó nota de todas estas invectivas contra el poder legislativo, las aprendió de memoria y demostró a los realistas parlamentarios, el 2 de diciembre de 1851, que él había aprendido de ellos. Repitió contra ellos sus propias consignas.

El ministerio Barrot y el Partido del Orden fueron más lejos. Hicieron que por toda Francia se elevaran peticiones a la Asamblea Nacional, en las que se rogaba amablemente a este cuerpo que desapareciera. Condujeron así a las masas populares inorganizadas al ataque contra la

Asamblea Nacional, la expresión constitucionalmente organizada del pueblo. Enseñaron a Bonaparte a apelar de las asambleas parlamentarias al pueblo. Por fin, el 29 de enero de 1849, llegó el día en que la Asamblea Constituyente debía decidir acerca de su propia disolución. La Asamblea Nacional encontró el edificio donde celebraba sus sesiones ocupado por los militares; Changarnier, el general del Partido del Orden, en cuyas manos se había unido el mando supremo de la Guardia Nacional y de las tropas de línea, pasó una gran revista militar en París, como si se preparara una batalla, y los realistas coaligados declararon amenazadoramente a la Asamblea Constituyente que se emplearía la fuerza si no se mostraba dispuesta.* La Asamblea estaba dispuesta, y sólo se regateó un plazo muy corto. ¿Qué fue el 29 de enero sino el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851, sólo que ejecutado por los realistas con Bonaparte contra la Asamblea Nacional republicana? Los señores no se dieron cuenta, o no quisieron darse cuenta, de que Bonaparte se aprovechó del 29 de enero de 1849 para que una parte de las tropas desfilara ante él frente a las Tullerías, y se aferró con avidez precisamente a esta primera convocatoria pública del poder militar contra el poder parlamentario para sugerir a Calígula. Ellos, por cierto, sólo veían a su Changarnier.

Un factor que motivó particularmente al Partido del Orden para acortar por la fuerza la duración de la vida de la Asamblea Constituyente fueron las leyes orgánicas complementarias de la Constitución, como la ley de educación, la ley sobre el culto religioso, etcétera. Para los realistas coaligados era de la mayor importancia que fueran ellos mismos quienes hicieran estas leyes y no se las dejaran hacer a los republicanos, que se habían vuelto desconfiados. Entre estas leyes orgánicas, sin embargo, figuraba también una ley sobre la responsabilidad del Presidente de la república. En 1851, la Asamblea Legislativa estaba ocupada precisamente en la redacción de dicha ley, cuando Bonaparte anticipó a ese golpe con el golpe del 2 de diciembre. ¡Qué no hubieran dado los realistas coaligados en su campaña parlamentaria de invierno de 1851 por tener a mano la Ley de Responsabilidad, y además redactada por una Asamblea republicana, hostil y desconfiada!

Después de que la Asamblea Constituyente destrozase por sí misma su última arma el 29 de enero de 1849, el ministerio Barrot y los amigos del orden la acosaron hasta la muerte, no dejaron nada por hacer que pudiera humillarla y arrancaron a la impotente Asamblea, desesperada de sí misma, leyes que le costaron el último resto de respeto ante el público. Bonaparte,

* El original dice: «dass man Gewalt anwenden werde, wenn sie nicht willig sei», paráfrasis irónica de un pasaje del poema de Goethe «Der Erlkönig»: «Und bist du nicht willig, so brauch ich Gewalt» («Y si no quieres, usaré la fuerza»). — Ed.

ocupado con su idea napoleónica fija, tuvo la desfachatez de explotar públicamente esta degradación del poder parlamentario. Pues cuando, el 8 de mayo de 1849, la Asamblea Nacional aprobó un voto de censura contra el ministerio* a causa de la ocupación de Civitavecchia por Oudinot, y le ordenó que hiciera volver la expedición romana a su finalidad ostensible, Bonaparte publicó esa misma noche en el *Moniteur* una carta a Oudinot, en la que lo felicitaba por sus hazañas heroicas y, en contraste con los parlamentarios plumíferos, se presentaba ya como el protector magnánimo del ejército. Los realistas sonrieron ante esto. Lo consideraban simplemente como su incauto. Finalmente, cuando Marrast, el presidente de la Asamblea Constituyente, creyó por un momento que la seguridad de la Asamblea Nacional corría peligro y, fundándose en la Constitución, requirió a un coronel y a su regimiento, el coronel se negó, alegó la disciplina en su apoyo y remitió a Marrast a Changarnier, quien lo rechazó desdeñosamente con la observación de que no le gustaban las *batonnettes intelligentes** En noviembre de 1851, cuando los realistas coaligados querían entablar la lucha decisiva con Bonaparte, trataron de imponer en su famoso proyecto de ley de los cuestores el principio de la requisa directa de tropas por el Presidente de la Asamblea Nacional. Uno de sus generales, Le Flô, había firmado el proyecto. En vano Changarnier votó a favor y Thiers rindió homenaje a la sabiduría previsora de la anterior Asamblea Constituyente. El ministro de la Guerra, Saint-Arnaud, le respondió como Changarnier había respondido a Marrast, ¡y entre las aclamaciones de la Montaña!

Así, el Partido del Orden, cuando aún no era la Asamblea Nacional, cuando todavía era sólo el ministerio, había estigmatizado por sí mismo el régimen parlamentario. ¡Y clama ahora porque el 2 de diciembre de 1851 desterró a este régimen de Francia!

Le deseamos un buen viaje.

III

El 28 de mayo de 1849 se reunió la Asamblea Nacional Legislativa. El 2 de diciembre de 1851 fue dispersada. Este período abarca el lapso de vida de la república constitucional o parlamentaria.

* La resolución de la Asamblea Constituyente sobre la expedición romana, aprobada el 7 de mayo de 1849, se publicó al día siguiente en Le Moniteur universel. — Ed.
** Bayonetas que pensaban. — Ed.

En la primera Revolución Francesa, al gobierno de los constitucionalistas sigue el gobierno de los girondinos, y al gobierno de los girondinos el de los jacobinos. Cada uno de estos partidos se apoya en el partido más progresista. Tan pronto como ha llevado la revolución lo bastante lejos como para no poder seguirla, y mucho menos para marchar a su cabeza, es desplazado por el audaz aliado que está detrás de él y enviado a la guillotina. Así, la revolución se mueve en una línea ascendente.

* Para evitar repeticiones (véase más abajo, p. 181), Marx omite el siguiente párrafo, que aparece en la edición de 1852: «Se divide en tres períodos principales: del 28 de mayo de 1849 al 13 de junio de 1849, lucha entre la democracia y la burguesía, derrota de la...

Con la revolución de 1848 ocurre lo contrario. El partido proletario aparece como un apéndice del partido pequeñoburgués democrático. Éste lo traiciona y lo abandona el 16 de abril, el 15 de mayo [^a] y en las jornadas de junio. El partido democrático, a su vez, se apoya sobre los hombros del partido burgués republicano. Los republicanos burgueses, apenas creen haberse consolidado, se sacuden al incómodo camarada y se sostienen sobre los hombros del Partido del Orden. El Partido del Orden encoge los hombros, deja caer a los republicanos burgueses y se echa sobre los hombros de la fuerza armada. Todavía se imagina estar sentado sobre esos hombros cuando, una buena mañana, advierte que los hombros se han transformado en bayonetas. Cada partido patea hacia atrás al que lo presiona y se apoya en el de adelante, que lo empuja hacia atrás. No es de extrañar que en esta ridícula postura pierda el equilibrio y, después de hacer las inevitables muecas, se derrumbe con curiosas cabriolas. Así, la revolución se mueve en una línea descendente. Se encuentra en este estado de movimiento retrógrado antes de que la última barricada de febrero haya sido despejada y se haya constituido la primera autoridad revolucionaria.

El período que tenemos ante nosotros encierra la más abigarrada mezcla de contradicciones clamorosas: constitucionalistas que conspiran abiertamente contra la Constitución; revolucionarios que son confesadamente constitucionales; una Asamblea Nacional que quiere ser omnipotente y siempre sigue siendo parlamentaria; una Montaña que encuentra su vocación en la paciencia y responde a sus actuales derrotas profetizando futuras victorias; realistas que forman los *patres conscripti*[^b] de la república y que, por la fuerza de la situación, se ven obligados a mantener en el extranjero a las casas reales enemigas a las que se adhieren, y en Francia a la república, que detestan; un [^c]  
 [^c]: partido pequeñoburgués o democrático; del 13 de junio de 1849 al 31 de mayo de 1850, dictadura parlamentaria de la burguesía, es decir, de la coalición de orleanistas y legitimistas o del Partido del Orden, dictadura que se completa con la abolición del sufragio universal; del 31 de mayo de 1850 al 2 de diciembre de 1851, lucha entre la burguesía y Bonaparte, derrocamiento de la dominación burguesa, fin de la república constitucional o parlamentaria. — Ed.  
poder ejecutivo que encuentra su fuerza precisamente en su debilidad y su respetabilidad en el desprecio que inspira; una república que no es más que la infamia combinada de dos monarquías, la Restauración y la monarquía de Julio, con un rótulo imperial: alianzas cuyo primer requisito es la separación; luchas cuya primera ley es la indecisión; agitación desenfrenada y vacua en nombre de la tranquilidad; la más solemne predicación de la tranquilidad en nombre de la revolución; pasiones sin verdad, verdades sin pasión; héroes sin hazañas heroicas, historia sin acontecimientos; un desarrollo cuyo único motor parece ser el calendario, haciéndose fatigoso por la constante repetición de las mismas tensiones y distensiones; antagonismos que periódicamente parecen exaltarse hasta un punto culminante, para luego perder su agudeza y desvanecerse sin poder resolverse; esfuerzos exhibidos con pretensión y terror filisteo ante el peligro de que el mundo se acabe, y al mismo tiempo las más mezquinas intrigas y comedias cortesanas representadas por los redentores del mundo, que en su *laissez-aller*[^d] nos recuerdan menos el Día del Juicio que los tiempos de la *Fronda*[^e]: el genio colectivo oficial de Francia reducido a la nada por la astuta estupidez de un solo individuo; la voluntad colectiva de la nación, cada vez que habla por el sufragio universal, buscando su expresión adecuada a través de los enemigos inveterados de los intereses de las masas, hasta que al fin la encuentra en la voluntad propia de un filibustero. Si alguna sección de la historia ha sido pintada gris sobre gris[^f], es ésta. Los hombres y los acontecimientos aparecen como Schlemihls invertidos, como sombras que han perdido sus cuerpos. La revolución misma paraliza a sus propios portadores y dota de apasionada fuerza sólo a sus adversarios. Cuando el “espectro rojo”, continuamente conjurado y exorcizado por los contrarrevolucionarios, aparece por fin, no lo hace con el gorro frigio de la anarquía en la cabeza, sino con el uniforme del orden, con pantalones rojos.

[^b]: Padres conscriptos, designación colectiva de los senadores en la Antigua Roma. — Ed.  
[^d]: Dejar que las cosas sigan su curso. — Ed.  
[^e]: Fronda. — Ed.  
[^f]: G. W. F. Hegel, *Grundlinien der Philosophie des Rechts*. Vorrede. — Ed.

Hemos visto que el ministerio que Bonaparte instaló el 20 de diciembre de 1848, en el día de su Ascensión[^g], era un ministerio del Partido del Orden, de la coalición legitimista y orleanista. Este ministerio Barrot-Falloux había sobrevivido a la Asamblea Constituyente republicana, cuyo período de vida había acortado más o menos violentamente, y se encontraba todavía al timón. Changarnier, el general de los realistas coaligados, continuaba reuniendo en su persona el mando general de la Primera División Militar y de la Guardia Nacional de París. Por último, las elecciones generales habían asegurado al Partido del Orden una amplia mayoría en la Asamblea Nacional. Allí los diputados y los pares de Luis Felipe se encontraron con una hueste sagrada de legitimistas, para quienes muchas papeletas de la nación se habían transformado en billetes de entrada al escenario político. Los representantes bonapartistas del pueblo eran demasiado escasos para poder formar un partido parlamentario independiente. Aparecían simplemente como la *mauvaise queue*[^h] del Partido del Orden. De este modo, el Partido del Orden estaba en posesión del poder gubernamental, del ejército y del cuerpo legislativo, en suma, de todo el poder del estado; moralmente se había fortalecido por las elecciones generales, que hacían aparecer su dominación como la voluntad del pueblo, y por el triunfo simultáneo de la contrarrevolución en todo el continente europeo.

[^g]: Ese día Luis Bonaparte se instaló en el palacio presidencial de los Campos Elíseos (véase también la nota “b” de la pág. 116 de este volumen). — Ed.  
[^h]: *bp*: Apéndice lastimoso. — Ed.

Nunca un partido abrió su campaña con mayores recursos ni bajo auspicios más favorables.

Los republicanos puros, náufragos, se encontraron reducidos a una camarilla de unos cincuenta hombres en la Asamblea Legislativa Nacional, con los generales de África Cavaignac, Lamoricière y Bedeau a la cabeza. El gran partido de oposición, sin embargo, era la Montaña. El partido socialdemócrata se había dado a sí mismo este nombre bautismal parlamentario. Disponía de más de 200 de los 750 votos de la Asamblea Nacional y, por consiguiente, era por lo menos tan poderoso como cualquiera de las tres fracciones del Partido del Orden tomada por separado. Su inferioridad numérica frente a toda la coalición realista parecía compensada por circunstancias especiales. No sólo las elecciones en los departamentos demostraban que había ganado un considerable séquito entre la población rural. Contaba en sus filas con casi todos los diputados de París; el ejército había hecho una confesión de fe democrática al elegir a tres suboficiales[^i], y el jefe de la Montaña, Ledru-Rollin, a diferencia de todos los representantes del Partido del Orden, había sido elevado a la dignidad de par parlamentario por cinco departamentos, que habían concentrado sus votos en él. En vista de los inevitables choques de los realistas entre sí y de todo el Partido del Orden con Bonaparte, la Montaña parecía tener, pues, el 28 de mayo de 1849, todos los elementos del éxito a su favor. Quince días después lo había perdido todo, incluido el honor [^j].

[^i]: La edición de 1852 añade: «Estaban suficientemente representados para contar como figuras en una movilización general contra las fuerzas armadas republicanas». — Ed.  
[^j]: Paráfrasis de la célebre frase «Todo está perdido, salvo el honor», atribuida al rey Francisco I de Francia. — Ed.

Antes de proseguir la historia parlamentaria, son necesarias algunas observaciones para evitar los equívocos comunes acerca del carácter general de la época que tenemos ante nosotros. Visto con ojos de demócratas, el período de la Asamblea Legislativa Nacional se ocupa de lo mismo que el de la Asamblea Constituyente: la simple lucha entre republicanos y realistas. Sin embargo, el movimiento mismo lo resumen ellos en el único santo y seña: “reacción”: noche en la que todos los gatos son pardos y que les permite desgranar sus lugares comunes de guardias nocturnos. Y, ciertamente, a primera vista el Partido del Orden revela un embrollado nudo de diferentes fracciones realistas, que no sólo intrigan unas contra otras —cada una buscando elevar a su propio pretendiente al trono y excluir al pretendiente de la fracción contraria—, sino que también se unen todas en el odio común y en los ataques comunes contra la “república”. En oposición a esta conjura realista, la Montaña, por su parte, aparece como la representante de la “república”. El Partido del Orden parece estar perpetuamente empeñado en una “reacción”, dirigida contra la prensa, la asociación y cosas semejantes, ni más ni menos que en Prusia, y que, como en Prusia, se lleva a cabo en forma de brutal intervención policial por la burocracia, la gendarmería y los tribunales. La “Montaña”, por su parte, está igualmente ocupada de continuo en rechazar estos ataques y defender así los “eternos derechos del hombre”, como todo partido popular así llamado lo ha hecho, más o menos, durante siglo y medio. Pero si se mira más de cerca la situación y los partidos, esta apariencia superficial, que vela la lucha de clases y la fisonomía peculiar de este período[^k], desaparece.

Legitimistas y orleanistas, como hemos dicho, formaban las dos grandes fracciones del Partido del Orden. ¿Era lo que mantenía a estas fracciones apegadas a sus pretendientes y las separaba entre sí únicamente la flor de lis y la tricolor, la Casa de Borbón y la Casa de Orleans, distintos matices del realismo, era, en fin, su fe realista? Bajo los Borbones, había gobernado la gran propiedad territorial, con sus curas y lacayos; bajo los Orleans, la alta finanza, la gran industria, el gran comercio, es decir, el capital, con su séquito de abogados, profesores y oradores de lengua untuosa. La monarquía legítima era simplemente la expresión política de la dominación hereditaria de los señores de la tierra, así como la monarquía de Julio no era más que la expresión política de la dominación usurpada de los burgueses advenedizos. Por tanto, lo que mantenía separadas a las dos fracciones no eran los llamados principios, eran sus [^l]

[^k]: La edición de 1852 dice aquí: «y la convierte así en una mina de oro para políticos de café y paladines republicanos». — Ed.  
[^l]: La edición de 1852 añade aquí: «y la convierte así en una mina de oro para políticos de café y paladines republicanos». — Ed.

condiciones materiales de existencia, dos tipos diferentes de propiedad; era el viejo contraste entre la ciudad y el campo, la rivalidad entre el capital y la propiedad territorial. Que al mismo tiempo viejos recuerdos, enemistades personales, temores y esperanzas, prejuicios e ilusiones, simpatías y antipatías, convicciones, artículos de fe y principios los ataban a una u otra casa real, ¿quién podría negarlo? Sobre las distintas formas de propiedad, sobre las condiciones sociales de existencia, se alza toda una superestructura de sentimientos, ilusiones, modos de pensar y concepciones de la vida diferentes y distintamente formados. La clase entera los crea y forma a partir de sus fundamentos materiales y de las relaciones sociales correspondientes. El individuo singular, a quien le son transmitidos por la tradición y la educación, puede imaginarse que ellos constituyen los verdaderos móviles y el punto de partida de su actividad. Mientras que orleanistas y legitimistas, mientras que cada fracción buscaba hacerse creer a sí misma y a la otra que era la lealtad a sus dos casas reales lo que los separaba, los hechos probaron más tarde que eran más bien sus intereses divididos los que prohibían la unificación de las dos casas reales. Y así como en la vida privada se distingue entre lo que un hombre piensa y dice de sí mismo y lo que realmente es y hace, así en las luchas históricas hay que distinguir todavía más el lenguaje y las aspiraciones imaginarias de los partidos de su organismo real y de sus intereses reales, su concepción de sí mismos de su realidad. Orleanistas y legitimistas se encontraron lado a lado en la república, con las mismas pretensiones. Si cada lado deseaba efectuar la restauración de su propia casa real contra el otro, eso significaba simplemente que cada uno de los dos grandes intereses en que se divide la burguesía —propiedad territorial y capital— buscaba restaurar su propia supremacía y la subordinación del otro. Hablamos de dos intereses de la burguesía, pues la gran propiedad territorial, pese a su coquetería feudal y orgullo de raza, ha sido convertida en completamente burguesa por el desarrollo de la sociedad moderna. Así, los tories en Inglaterra creyeron durante mucho tiempo que estaban entusiasmados por la monarquía, la iglesia y las bellezas de la vieja Constitución inglesa, hasta que el día del peligro les arrancó la confesión de que solo están entusiasmados por la renta.

Los realistas coligados proseguían sus intrigas unos contra otros en la prensa, en Ems, en Claremont, fuera del parlamento. Tras bastidores, volvían a vestir sus viejas libreas orleanistas y legitimistas y se enzarzaban de nuevo en sus viejos torneos. Pero en el escenario público, en sus grandes representaciones de estado, como un gran partido parlamentario, se despedían de sus respectivas casas reales con meras reverencias y aplazaban la restauración de la monarquía ad infinitum. Hacían su verdadero negocio como Partido del Orden, es decir, bajo un título social, no político; como representantes del orden burgués mundial, no como caballeros de princesas errantes; como la clase burguesa contra otras clases, no como realistas contra los republicanos. Y como Partido del Orden ejercieron una dominación más ilimitada y más severa sobre las otras clases de la sociedad que nunca antes bajo la Restauración o bajo la monarquía de Julio, dominación que, en general, solo era posible bajo la forma de la república parlamentaria, pues solo bajo esta forma podían unirse las dos grandes divisiones de la burguesía francesa y poner así a la orden del día el dominio de su clase en lugar del régimen de una fracción privilegiada de la misma. Si, no obstante, como Partido del Orden, insultaban también a la república y expresaban su repugnancia hacia ella, esto no sucedía meramente como resultado de recuerdos realistas. El instinto les enseñaba que la república, cierto es, completa su dominación política, pero al mismo tiempo socava su fundamento social, puesto que ahora tienen que enfrentarse a las clases subyugadas y contender contra ellas sin mediación, sin el ocultamiento que ofrece la corona, sin poder desviar el interés nacional mediante sus luchas subordinadas entre ellos mismos y con la monarquía. Era un sentimiento de debilidad lo que les hacía retroceder ante las condiciones puras de su propia dominación de clase y añorar las formas anteriores, más incompletas, más subdesarrolladas y, precisamente por eso, menos peligrosas de esta dominación. Por otra parte, cada vez que los realistas coligados entraban en conflicto con el pretendiente que se les enfrenta, con Bonaparte, cada vez que creían su omnipotencia parlamentaria en peligro por el poder ejecutivo, cada vez, por tanto, que tenían que exhibir su título político a su dominación, se presentaban como republicanos y no como realistas, desde el orleanista Thiers, que advierte a la Asamblea Nacional que la república los divide menos, hasta el legitimista Berryer, quien, el 2 de diciembre de 1851, como tribuno envuelto en una banda tricolor, arenga al pueblo reunido ante el ayuntamiento del décimo distrito en nombre de la república. Ciertamente, un eco burlón le responde: ¡Enrique V! ¡Enrique V!

Frente a la burguesía coligada, se había formado una coalición entre pequeños burgueses y obreros, el llamado partido socialdemócrata. Los pequeños burgueses se vieron mal recompensados después de las jornadas de junio de 1848, sus intereses materiales puestos en peligro y las garantías democráticas que debían asegurar la realización de esos intereses puestas en cuestión por la contrarrevolución. En consecuencia, se acercaron más a los obreros. Por otra parte, su representación parlamentaria, la Montaña, apartada durante la dictadura de los republicanos burgueses, había reconquistado en la última mitad de la vida de la Asamblea Constituyente su popularidad perdida mediante la lucha con Bonaparte y los ministros realistas. Había concertado una alianza con los jefes socialistas. En febrero de 1849, banquetes celebraron la reconciliación. Se redactó un programa conjunto, se establecieron comités electorales conjuntos y se presentaron candidatos conjuntos. La punta revolucionaria fue arrancada de las reivindicaciones sociales del proletariado y se les dio un giro democrático; la forma puramente política fue despojada de las reivindicaciones democráticas de la pequeña burguesía y su punta socialista puesta de relieve. Así surgió la socialdemocracia. La nueva Montaña, resultado de esta combinación, contenía, aparte de algunos figurantes obreros y algunos miembros de las sectas socialistas, los mismos elementos que la vieja Montaña, solo que numéricamente más fuerte. Sin embargo, en el curso de su desarrollo, había cambiado con la clase que representaba. El carácter peculiar de la socialdemocracia se resume en el hecho de que se exigen instituciones democrático-republicanas como medio, no para superar dos extremos, capital y trabajo asalariado, sino para debilitar su antagonismo y transformarlo en armonía. Por diferentes que sean los medios propuestos para la consecución de este fin, por mucho que se lo adorne con nociones más o menos revolucionarias, el contenido sigue siendo el mismo. Este contenido es la reforma de la sociedad por vía democrática, pero una reforma dentro de los límites de la pequeña burguesía. Solo que no hay que formarse la idea mezquina de que la pequeña burguesía, por principio, quiere imponer un interés de clase egoísta. Cree más bien que las condiciones especiales de su emancipación son las condiciones generales dentro de las cuales únicamente puede salvarse la sociedad moderna y evitarse la lucha de clases. Tan poco hay que imaginarse que los representantes democráticos sean todos ellos tenderos o partidarios entusiastas de los tenderos. Por su educación y su posición individual pueden estar tan distantes de ellos como el cielo de la tierra. Lo que los hace representantes de la pequeña burguesía es el hecho de que en sus mentes no van más allá de los límites que esta no sobrepasa en la vida, que, en consecuencia, se ven impulsados teóricamente a los mismos problemas y soluciones a los que el interés material y la posición social impulsan a esta en la práctica. Tal es, en general, la relación entre los representantes políticos y literarios de una clase y la clase que representan.

Después del análisis que hemos dado, es obvio que si la Montaña contiende continuamente con el Partido del Orden por la república y los llamados derechos del hombre, ni la república ni los derechos del hombre son su fin último, como tampoco un ejército al que se quiere desarmar y que se resiste toma el campo para seguir en posesión de sus propias armas.

Inmediatamente, tan pronto como se reunió la Asamblea Nacional, el Partido del Orden provocó a la Montaña. La burguesía sentía ahora la necesidad de acabar con la pequeña burguesía democrática, así como un año antes había comprendido la necesidad de deshacerse del proletariado revolucionario. Solo que la situación del adversario era diferente. La fuerza del partido proletario estaba en las calles, la de la pequeña burguesía en la Asamblea Nacional misma. Se trataba, pues, de sacarlos con artimañas de la Asamblea Nacional a las calles y hacer que ellos mismos destrozaran su poder parlamentario, antes de que el tiempo y las circunstancias pudieran consolidarlo. La Montaña se precipitó de cabeza en la trampa.

El bombardeo de Roma por las tropas francesas fue el cebo que se le arrojó. Violaba el Artículo V de la Constitución, que prohíbe a la República Francesa emplear sus fuerzas militares contra la libertad de otro pueblo. Además, el Artículo 54 prohibía toda declaración de guerra por parte del poder ejecutivo sin la aprobación de la Asamblea Nacional, y por su resolución del 8 de mayo, la Asamblea Constituyente había desaprobado la expedición romana. Sobre estos fundamentos, Ledru-Rollin presentó una proposición de acusación contra Bonaparte y sus ministros el 11 de junio de 1849. Exasperado por las picaduras de avispa de Thiers, se dejó arrastrar realmente hasta el punto de amenazar con que defendería la Constitución por todos los medios, incluso con las armas en la mano. La Montaña se puso en pie como un solo hombre y repitió este llamamiento a las armas. El 12 de junio, la Asamblea Nacional rechazó la proposición de acusación, y la Montaña abandonó el parlamento. Los acontecimientos del 13 de junio son conocidos: la proclama lanzada por una sección de la Montaña declarando a Bonaparte y sus ministros «fuera de la Constitución»; la procesión callejera de las guardias nacionales democráticas, que, desarmadas como estaban, se dispersaron al encontrarse con las tropas de Changarnier, etc., etc. Una parte de la Montaña huyó al extranjero; otra fue procesada ante el Alto Tribunal de Bourges, y un reglamento parlamentario sometió al resto a la vigilancia escolástica del Presidente de la Asamblea Nacional. París fue declarado de nuevo en estado de sitio y disuelta la parte democrática de su Guardia Nacional. De este modo quedaron quebrantados la influencia de la Montaña en el parlamento y el poder de los pequeños burgueses en París.

Lyon, donde el 13 de junio había dado la señal para una sangrienta insurrección de los obreros, fue, junto con los cinco departamentos circundantes, declarada igualmente en estado de sitio, estado que ha continuado hasta el momento presente.

El grueso de la Montaña había dejado en la estacada a su vanguardia, al negarse a firmar su proclama. La prensa había desertado; sólo dos periódicos<a href="#fn1"><sup>*</sup></a> se habían atrevido a publicar el pronunciamiento. Los pequeñoburgueses traicionaron a sus representantes, ya que los guardias nacionales o bien se mantuvieron alejados o, allí donde aparecieron, impidieron el levantamiento de barricadas. Los representantes habían engañado a los pequeñoburgueses, pues los supuestos aliados del ejército no se dejaron ver por ninguna parte. En fin, en lugar de sacar de ello un refuerzo, el partido democrático había contagiado al proletariado con su propia debilidad y, como suele ocurrir con las grandes hazañas de los demócratas, los jefes tuvieron la satisfacción de poder acusar a su «pueblo» de deserción, y el pueblo la satisfacción de poder acusar a sus jefes de estafa.

Raras veces se había anunciado una acción con más estruendo que la campaña inminente de la Montaña; raras veces se había pregonado un acontecimiento con mayor certeza ni con más antelación que la inevitable victoria de la democracia. Y es que los demócratas creen, sin duda, en las trompetas ante cuyos sones se derrumbaron las murallas de Jericó.<a href="#fn2"><sup>**</sup></a> Y cada vez que se plantan ante los muros del despotismo, intentan imitar el milagro. Si la Montaña quería triunfar en el parlamento, no debía haber llamado a las armas. Si en el parlamento llamaba a las armas, no debía haber actuado en la calle de manera parlamentaria. Si la manifestación pacífica iba en serio, entonces era una insensatez no prever que sería recibida de forma belicosa. Si se pretendía una lucha real, entonces resultaba extraño deponer las armas con las que habría que haberla librado. Pero las amenazas revolucionarias de los pequeñoburgueses y de sus representantes democráticos no son más que intentos de intimidar al adversario. Y cuando se han metido en un callejón sin salida, cuando se han comprometido lo bastante como para verse obligados a poner en práctica sus amenazas, lo hacen entonces de un modo equívoco que de todo huye menos de los medios para alcanzar el fin y que procura buscar excusas para sucumbir. La estruendosa obertura que anunciaba el combate se apaga en un leve murmullo tan pronto como ha de comenzar la lucha; los actores dejan de tomarse en serio a sí mismos, y la acción se viene abajo por completo, como un globo pinchado.

Ningún partido exagera más sus medios que el partido democrático; ninguno se engaña más a la ligera sobre la situación. Puesto que una parte del ejército había votado por ella, la Montaña estaba ahora convencida de que el ejército se sublevaría a su favor. ¿Y con ocasión de qué? De una ocasión que, desde el punto de vista de las tropas, no tenía otro significado que el de que los revolucionarios tomaban partido por los soldados romanos contra los soldados franceses. Por otra parte, los recuerdos de junio de 1848 estaban aún demasiado frescos para que no existiera, de parte del proletariado, una profunda aversión hacia la Guardia Nacional y una desconfianza absoluta de los jefes de las sociedades secretas hacia los jefes democráticos. Para allanar estas diferencias, era necesario que estuvieran en juego grandes intereses comunes. La violación de un artículo abstracto de la Constitución no podía proporcionar esos intereses. ¿Acaso no había sido violada repetidamente la Constitución, según aseguraban los propios demócratas? ¿Acaso no la habían estigmatizado los periódicos más populares como un zurcido contrarrevolucionario? Pero el demócrata, por cuanto representa a la pequeña burguesía, es decir, una clase de transición en la que los intereses de dos clases se embotan al mismo tiempo mutuamente, se imagina por encima del antagonismo de clases en general. Los demócratas conceden que una clase privilegiada se les enfrenta, pero ellos, junto con todo el resto de la nación, forman el pueblo. Lo que ellos representan es el derecho del pueblo; lo que les interesa es el interés del pueblo. De ahí que, cuando se avecina una lucha, no necesiten examinar los intereses y las posiciones de las distintas clases. No necesitan sopesar sus propios recursos con demasiado sentido crítico. Sólo han de dar la señal y el pueblo, con todos sus recursos inagotables, se precipitará sobre los opresores. Ahora bien, si en la práctica sus intereses resultan ser poco interesantes y su potencia impotencia, entonces o bien la culpa es de pérfidos sofistas que escinden al pueblo indivisible en campos hostiles diferentes, o bien el ejército estaba demasiado embrutecido y cegado para comprender que los fines puros de la democracia son también lo mejor para él, o bien toda la empresa ha naufragado por un detalle en su ejecución, o bien un accidente imprevisto ha echado a perder esta vez la partida. En todo caso, el demócrata sale de la derrota más ignominiosa tan inmaculado como inocente entró en ella, con la convicción recién ganada de que está llamado a vencer, no de que él mismo y su partido tengan que abandonar el viejo punto de vista, sino, por el contrario, de que las condiciones han de madurar para adecuarse a él.

Por consiguiente, no hay que imaginarse a la Montaña, diezmada y rota como estaba, y humillada por el nuevo reglamento parlamentario, como algo particularmente miserable. Si el 13 de junio eliminó a sus jefes, dejó sitio, por otro lado, a hombres de menor calibre, a quienes halagaba esta nueva posición. Si su impotencia en el parlamento ya no podía ponerse en duda, ahora tenían derecho a limitar sus acciones a arrebatos de indignación moral y declamaciones ampulosas. Si el Partido del Orden fingía ver encarnados en ellos, como últimos representantes oficiales de la revolución, todos los terrores de la anarquía, ellos podían en realidad ser tanto más insulsos y modestos. Se consolaron, sin embargo, del 13 de junio con la profunda sentencia: ¡Pero si se atreven a atacar el sufragio universal, entonces… entonces les mostraremos de qué estamos hechos! <i>Nous verrons!</i><a href="#fn3"><sup>*</sup></a>

Por lo que se refiere a los montañeses que huyeron al extranjero, baste señalar aquí que Ledru-Rollin, por cuanto en apenas quince días había logrado arruinar irremediablemente al poderoso partido a cuya cabeza estaba, se encontró ahora llamado a formar un gobierno francés <i>in partibus</i>;<a href="#fn4"><sup>**</sup></a> que, a medida que el nivel de la revolución bajaba y los grandes personajes oficiales de la Francia oficial se volvían más enanos, su figura en la distancia, alejada del escenario de la acción, parecía crecer en estatura; que pudo figurar como pretendiente republicano para 1852, y que emitió circulares periódicas a los valacos y a otros pueblos, en las que los déspotas del continente son amenazados con las hazañas de él y de sus confederados. ¿Se equivocaba del todo Proudhon cuando les gritó a estos señores: «<i>Vous n’êtes que des blagueurs</i>»?<a href="#fn5"><sup>***</sup></a>

El 13 de junio, el Partido del Orden no sólo había quebrantado a la Montaña, sino que había logrado la subordinación de la Constitución a las decisiones mayoritarias de la Asamblea Nacional. Y entendía la república en este sentido: que la burguesía gobierna aquí en formas parlamentarias, sin topar, como en una monarquía, con barrera alguna como el poder de veto del ejecutivo o el derecho a disolver el parlamento. Era una república parlamentaria, como la llamó Thiers.<a href="#fn6"><sup>****</sup></a> Pero si el 13 de junio la burguesía aseguró su omnipotencia dentro de la cámara parlamentaria, ¿no infligió al parlamento mismo, frente a la autoridad ejecutiva y al pueblo, una debilidad incurable al expulsar a su parte más popular? Al entregar a numerosos diputados sin más a requerimiento de los tribunales, abolió su propia inmunidad parlamentaria. El reglamento humillante al que sometió a la Montaña exaltó al presidente de la república en la misma medida en que degradó a los representantes individuales del pueblo. Al estigmatizar una insurrección para la protección de la carta constitucional como un acto anárquico dirigido a la subversión de la sociedad, se cerró a sí mismo la posibilidad de apelar a la insurrección en caso de que la autoridad ejecutiva violase la Constitución en relación con ella. Y, por la ironía de la historia, el general que por instrucciones de Bonaparte bombardeó Roma y proporcionó así la ocasión inmediata para la revuelta constitucional del 13 de junio, aquel mismo Oudinot tuvo que ser el hombre que el Partido del Orden ofreció, implorante e inútilmente, al pueblo como general en favor de la Constitución contra Bonaparte el 2 de diciembre de 1851. Otro héroe del 13 de junio, Vieyra, que fue ensalzado desde la tribuna de la Asamblea Nacional por las brutalidades que había cometido en las redacciones de los periódicos democráticos al frente de una banda de guardias nacionales pertenecientes a los círculos de la alta finanza —este mismo Vieyra estaba iniciado en la conspiración de Bonaparte y desempeñó un papel esencial a la hora de privar a la Asamblea Nacional, en la hora de su muerte, de toda protección por parte de la Guardia Nacional.

El 13 de junio tuvo otro significado aún. La Montaña había querido forzar la acusación contra Bonaparte. Su derrota fue, por tanto, una victoria directa de Bonaparte, su triunfo personal sobre sus enemigos democráticos. El Partido del Orden obtuvo la victoria; Bonaparte no tuvo más que cobrarla. Y así lo hizo. El 14 de junio podía leerse en los muros de París una proclama en la que el presidente, de mala gana, en contra de su voluntad, por así decirlo, obligado por la mera fuerza de los acontecimientos, sale de su claustral aislamiento y, posando de virtud incomprendida, se queja de las calumnias de sus adversarios y, mientras parece identificar su persona con la causa del orden, más bien identifica la causa del orden con su persona. Por lo demás, la Asamblea Nacional había aprobado, ciertamente, con posterioridad la expedición contra Roma, pero Bonaparte había tomado la iniciativa en el asunto. Tras haber reinstalado al Sumo Sacerdote Samuel en el Vaticano, podía esperar entrar en las Tullerías como el rey David.<a href="#fn7"><sup>*</sup></a> Se había ganado a los curas.

La revuelta del 13 de junio se limitó, como hemos visto, a una pacífica procesión callejera. No había, por tanto, laureles marciales que conquistar frente a ella. Sin embargo, en una época tan pobre en héroes y en acontecimientos, el Partido del Orden transformó esta batalla incruenta en una segunda Austerlitz. La tribuna y la prensa ensalzaron al ejército como el poder del orden, en contraste con las masas populares que representan la impotencia de la anarquía, y exaltaron a Changarnier como el «baluarte de la sociedad», un engaño en el que él mismo acabó por creer. De manera subrepticia, sin embargo, los cuerpos que parecían dudosos fueron trasladados de París; los regimientos que en las elecciones habían mostrado los sentimientos más democráticos fueron desterrados de Francia a Argelia; los espíritus turbulentos dentro de las tropas fueron relegados a destacamentos penales, y finalmente se llevó a cabo de manera sistemática el aislamiento de la prensa respecto a los cuarteles y de los cuarteles respecto a la sociedad civil.

<a name="fn1">*</a> André Dupin.— <i>Ed.</i> <i>La Réforme</i> y <i>La Démocratie pacifique.— Ed.</i>
<a name="fn2"></a> Cf. Josué 6, 5 y 6, 20.— <i>Ed.</i>
<a name="fn3">*</a> Ya veremos.— <i>Ed.</i>
<a name="fn4"></a> Aquí en el sentido de «en el extranjero». Véase también la nota a pie de página en págs. 5, 107, 282.— <i>Ed.</i>
<a name="fn5">***</a> «No sois más que fanfarrones». De la carta de Proudhon «Aux citoyens Ledru-Rollin, Charles Delescluze, Martin Bernard, et consorts, Rédacteurs du <i>Proscrit</i>, a Londres», publicada en el periódico <i>Le Peuple</i> en julio de 1850.— <i>Ed.</i>
<a name="fn6">****</a> En su discurso ante la Asamblea Legislativa el 17 de enero de 1851.— <i>Ed.</i>
<a name="fn7">*</a> Alusión irónica a la unción de David como rey por el profeta Samuel, según el Antiguo Testamento.

He aquí el punto de viraje decisivo en la historia de la Guardia Nacional francesa. En 1830 fue decisiva para el derrocamiento de la Restauración. Bajo Luis Felipe, toda rebelión en que la Guardia Nacional se puso del lado de las tropas fracasó. Cuando en las jornadas de febrero de 1848 mostró una actitud pasiva ante la insurrección y equívoca ante Luis Felipe, éste se dio por perdido y, en efecto, lo estaba. Así arraigó la convicción de que la revolución no podía triunfar sin la Guardia Nacional, ni el ejército contra ella. Tal era la superstición del ejército respecto a la omnipotencia civil. Las jornadas de junio de 1848, en las que toda la Guardia Nacional, junto con las tropas de línea, sofocó la insurrección, habían fortalecido esa superstición. Tras la asunción del mando por Bonaparte, la posición de la Guardia Nacional quedó un tanto debilitada por la unión inconstitucional, en la persona de Changarnier, del mando de sus fuerzas con el mando de la Primera División del Ejército.

Del mismo modo que el mando de la Guardia Nacional aparecía aquí como un atributo del general en jefe, así la Guardia Nacional misma aparecía ahora solo como un apéndice de las tropas de línea. Finalmente, el 13 de junio quedó quebrantado su poder, y no solo por su desmovilización parcial, que a partir de entonces se repitió periódicamente en toda Francia, hasta que no quedaron de ella más que meros fragmentos. La manifestación del 13 de junio fue, ante todo, una manifestación de los guardias nacionales democráticos. No habían empuñado, ciertamente, sus armas, pero sí vestido sus uniformes contra el ejército; precisamente en este uniforme residía, sin embargo, el talismán. El ejército se convenció de que aquel uniforme era un paño de lana como cualquier otro. El hechizo se rompió. En las jornadas de junio de 1848, la burguesía y la pequeña burguesía estuvieron unidas como Guardia Nacional con el ejército contra el proletariado; el 13 de junio de 1849, la burguesía dejó que la Guardia Nacional pequeñoburguesa fuese dispersada por el ejército; el 2 de diciembre de 1851, la Guardia Nacional de la burguesía misma había

desaparecido, y Bonaparte se limitó a registrar este hecho cuando más tarde firmó el decreto que ordenaba su disolución. De este modo, la burguesía había destrozado por sí misma su última arma contra el ejército, pero tuvo que destrozarla en el momento en que la pequeña burguesía ya no estaba detrás de ella como vasalla, sino ante ella como rebelde, así como en general estaba condenada a destruir con su propia mano todos sus medios de defensa contra el absolutismo tan pronto como ella misma se hubo vuelto absoluta.

Entre tanto, el Partido del Orden celebraba la reconquista de un poder que parecía perdido en 1848 y que solo en 1849 se volvía a encontrar, libre de sus trabas, celebraba mediante invectivas contra la república y la Constitución, mediante maldiciones a todas las revoluciones futuras, presentes y pasadas, incluida aquella que sus propios jefes habían hecho, y mediante leyes por las que se amordazaba a la prensa, se destruía la asociación y se regulaba el estado de sitio como institución orgánica. La Asamblea Nacional suspendió luego sus sesiones desde mediados de agosto hasta mediados de octubre, tras haber nombrado una comisión permanente para el período de su ausencia. Durante este receso, los legitimistas intrigaban con Ems, los orleanistas con Claremont, Bonaparte mediante giras principescas, y los Consejos Departamentales en deliberaciones sobre una revisión de la Constitución: incidentes que se repiten regularmente en los recesos periódicos de la Asamblea Nacional y que me propongo discutir solo cuando se conviertan en acontecimientos. Aquí cabe solo añadir que fue impolítico por parte de la Asamblea Nacional desaparecer de la escena durante intervalos considerables y dejar que solo una sola figura, aunque lamentable, se dejase ver a la cabeza de la república, la de Luis Bonaparte, mientras que, para escándalo del público, el Partido del Orden se desmembraba en sus partes integrantes monárquicas y seguía sus encontrados deseos de Restauración. Tan a menudo como el ruido confuso del parlamento se apagaba durante estos recesos y su cuerpo se disolvía en la nación, se volvía inequívocamente claro que solo faltaba una cosa para completar la verdadera forma de esta república: hacer permanente el receso de aquella y reemplazar la inscripción de esta última —Liberté, Egalité, Fraternité— por las palabras inequívocas: ¡Infantería, Caballería, Artillería!

IV

A mediados de octubre de 1849, la Asamblea Nacional volvió a reunirse. El 1 de noviembre, Bonaparte la sorprendió con un mensaje en el que anunciaba la destitución del ministerio Barrot-Falloux y la formación de un nuevo ministerio. Jamás ha despedido nadie lacayos con menos ceremonia que Bonaparte a sus ministros. Las patadas que estaban

destinadas a la Asamblea Nacional se las llevaron, entre tanto, Barrot y compañía.

El ministerio Barrot, como hemos visto, se había compuesto de legitimistas y orleanistas, un ministerio del Partido del Orden. Bonaparte lo había necesitado para disolver la Asamblea Nacional Constituyente republicana, para llevar a cabo la expedición contra Roma y para quebrantar al partido democrático. Detrás de este ministerio, él se había eclipsado en apariencia, había entregado el poder gubernamental en manos del Partido del Orden y se había puesto la modesta máscara de carácter que el gerente responsable de un periódico llevaba bajo Luis Felipe, la máscara del homme de paille.* Ahora arrojaba una máscara que ya no era el velo ligero tras el cual podía ocultar su fisonomía, sino una máscara de hierro que le impedía mostrar una fisonomía propia. Había nombrado el ministerio Barrot para hacer saltar la Asamblea Nacional republicana en nombre del Partido del Orden; lo destituía para declarar su propio nombre independiente de la Asamblea Nacional del Partido del Orden.

No faltaban pretextos plausibles para esta destitución. El ministerio Barrot descuidó incluso los miramientos que hubieran dejado aparecer al Presidente de la república como un poder al lado de la Asamblea Nacional. Durante el receso de la Asamblea Nacional, Bonaparte publicó una carta a Edgar Ney en la que parecía desaprobar la actitud liberal del Papa, del mismo modo que, en oposición a la Constituyente, había publicado una carta en la que elogiaba a Oudinot por el ataque a la República Romana. Cuando ahora la Asamblea Nacional votaba el presupuesto para la expedición a Roma, Víctor Hugo, so capa de liberalismo, sacó a relucir esta carta para discutirla. El Partido del Orden, con exclamaciones desdeñosas e incrédulas, ahogó la idea de que las ideas de Bonaparte pudieran tener alguna importancia política. Ni uno solo de los ministros recogió el guante por él. En otra ocasión, Barrot, con su bien conocida retórica hueca, dejó caer desde la tribuna palabras de indignación sobre las «abominables intrigas» que, según su afirmación, tenían lugar en el entorno inmediato del Presidente. Finalmente, al tiempo que el ministerio obtenía de la Asamblea Nacional una pensión de viudedad para la duquesa de Orleans, rechazaba toda proposición de aumentar la lista civil del Presidente. Y en Bonaparte, el pretendiente imperial estaba tan íntimamente ligado al aventurero en la ruina que la

* Hombre de paja.

gran idea, la de que él estaba llamado a restaurar el imperio, se complementaba siempre con la otra, la de que era misión del pueblo francés pagar sus deudas.

El ministerio Barrot-Falloux fue el primer y último ministerio parlamentario que Bonaparte puso en pie. Su destitución constituye, por tanto, un punto de viraje decisivo. Con él, el Partido del Orden perdió, para no reconquistarlo jamás, un puesto indispensable para el sostenimiento del régimen parlamentario, la palanca del poder ejecutivo. Es inmediatamente obvio que en un país como Francia, donde el poder ejecutivo dispone de un ejército de funcionarios de más de medio millón de individuos y, por consiguiente, mantiene constantemente una inmensa masa de intereses y existencias en la más absoluta dependencia; donde el Estado envuelve, controla, regula, vigila y tutela a la sociedad civil desde sus manifestaciones de vida más amplias hasta sus más insignificantes palpitaciones, desde sus modos de ser más generales hasta la existencia privada de los individuos; donde, gracias a la más extraordinaria centralización, este cuerpo parasitario adquiere una ubicuidad, una omnisciencia, una capacidad de movilidad acelerada y una elasticidad que solo encuentran parangón en la dependencia inerme, en la suelta amorfa del cuerpo político real —es obvio que, en semejante país, la Asamblea Nacional pierde toda influencia real cuando deja de disponer de los puestos ministeriales, si al mismo tiempo no simplifica la administración del Estado, reduce en lo posible el ejército de funcionarios y, finalmente, deja que la sociedad civil y la opinión pública creen órganos propios, independientes del poder gubernamental. Pero precisamente con la conservación de esa extensa máquina estatal en sus numerosas ramificaciones están entretejidos del modo más estrecho los intereses materiales de la burguesía francesa. Aquí encuentra ésta puestos para su población excedente y se resarce, en forma de salarios estatales, de lo que no puede embolsarse en forma de ganancia, interés, rentas y honorarios. Por otra parte, sus intereses políticos la compelían a aumentar a diario las medidas represivas y, por tanto, los recursos y el personal del poder estatal, al mismo tiempo que tenía que librar una guerra ininterrumpida contra la opinión pública y mutilar, maniatar, recelosamente los órganos independientes del movimiento social, allí donde no lograba amputarlos del todo. Así, la burguesía francesa se veía constreñida por su posición de clase a aniquilar, de un lado, las condiciones vitales de todo poder parlamentario y, por tanto, también del suyo propio, y a hacer irresistible, de otro lado, el poder ejecutivo que le era hostil.

El nuevo ministerio se llamó el ministerio d'Hautpoul. No porque el general d'Hautpoul hubiera recibido el rango de primer ministro.

Más bien, simultáneamente con la destitución de Barrot, Bonaparte abolió esta dignidad, que, en verdad, condenaba al Presidente de la república a la condición de la nadería jurídica de un monarca constitucional, pero de un monarca constitucional sin trono ni corona, sin cetro ni espada, sin irresponsabilidad, sin la posesión imprescriptible de la más alta dignidad del Estado y, lo que era peor, sin lista civil. El ministerio d'Hautpoul solo contenía a un hombre de prestigio parlamentario, el prestamista Fould, uno de los más notorios de la alta finanza. A él le tocó la cartera de finanzas. Consúltense las cotizaciones de la bolsa de París y se verá que a partir del 1 de noviembre de 1849 los fondos franceses suben y bajan con la subida y la baja de las acciones bonapartistas. Mientras Bonaparte se había procurado así un aliado en la bolsa, al mismo tiempo se apoderó de la policía nombrando a Carlier prefecto de policía de París.

Sólo en el curso del desarrollo, sin embargo, pudieron salir a la luz las consecuencias del cambio de ministros. Para empezar, Bonaparte había dado un paso adelante solo para ser empujado hacia atrás de manera tanto más ostensible. A su brusco mensaje siguió la más servil declaración de fidelidad a la Asamblea Nacional. Cuantas veces los ministros osaron hacer un tímido intento de presentar sus caprichos personales como propuestas legislativas, parecían cumplir, contra su voluntad y compelidos por su posición, encargos cómicos de cuya esterilidad estaban convencidos de antemano. Cuantas veces Bonaparte dejaba escapar sus intenciones a espaldas de los ministros y jugueteaba con sus “idées napoléoniennes”°°, sus propios ministros lo desmentían desde la tribuna de la Asamblea Nacional. Sus anhelos usurpatorios no parecían hacerse oír sino para que no se apagaran las risotadas maliciosas de sus adversarios. Se comportaba como un genio no reconocido, al que todo el mundo toma por un simplón. Nunca gozó del desprecio de todas las clases en medida más plena que durante este período. Nunca gobernó la burguesía de manera más absoluta, nunca ostentó con más ostentación las insignias de la dominación.

No me corresponde escribir aquí la historia de su actividad legislativa, que se resume en este período en dos leyes: la ley que restablecía el impuesto sobre el vino y la ley de enseñanza que abolía la incredulidad.¹ Mientras a los franceses se les dificultaba más beber vino, se les brindaba con tanta mayor abundancia el agua de la verdadera vida. Si en la ley del impuesto sobre el vino la burguesía declaraba intangible el viejo y odioso sistema fiscal francés, mediante la ley de enseñanza procuraba

a ele Government securities.— Fd.

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El 18 Brumario de Luis Bonaparte 14]

asegurar entre las masas el viejo estado de ánimo que soportaba el sistema fiscal. Asombra ver a los orleanistas, los burgueses liberales, esos viejos apóstoles del volterianismo y de la filosofía ecléctica, confiar a sus enemigos hereditarios, los jesuitas, la superintendencia del espíritu francés. Pero, si bien orleanistas y legitimistas podían separarse respecto a los pretendientes al trono, comprendían que para asegurar su dominación unida era necesario unir los medios de represión de dos épocas, que los medios de sojuzgamiento de la Monarquía de Julio debían ser complementados y reforzados por los medios de sojuzgamiento de la Restauración.

Los campesinos, decepcionados en todas sus esperanzas, aplastados más que nunca, de un lado, por el bajo nivel de los precios del grano, y de otro, por la creciente carga de los impuestos y de las deudas hipotecarias, empezaron a agitarse en los departamentos. Se les respondió con una persecución contra los maestros de escuela, a los que se sometió al clero, con una persecución contra los maires,* a los que se sometió a los prefectos, y con un sistema de espionaje al que todos fueron sometidos. En París y en las grandes ciudades, la reacción misma tiene la fisonomía de su época y desafía más que derriba. En el campo se vuelve sorda, mezquina, raquítica, fatigante y vejatoria; en una palabra, el gendarme. Se comprende cómo tres años de régimen del gendarme, consagrados por el régimen del cura, tenían que desmoralizar a las masas inmaduras.

Por mucha pasión y declamación que empleara el Partido del Orden contra la minoría desde la tribuna de la Asamblea Nacional, su discurso se mantenía tan monosilábico como el de los cristianos, cuyas palabras debían ser: «Sí, sí; no, no».˃ Tan monosilábico en la tribuna como en la prensa. Plano como un acertijo cuya respuesta se conoce de antemano. Tratárase del derecho de petición o del impuesto sobre el vino, de la libertad de prensa o del libre comercio, de los clubs o de la carta municipal, de la protección de la libertad personal o de la regulación del presupuesto del Estado, la consigna retornaba constantemente, el tema seguía siendo siempre el mismo, el veredicto estaba siempre listo e invariablemente decía: «¡Socialismo!». Incluso el liberalismo burgués es declarado socialista, la ilustración burguesa socialista, la reforma financiera burguesa socialista. Era socialista construir un ferrocarril donde ya existía un canal, y era socialista defenderse con un bastón cuando se era atacado con un estoque.

Esto no era una mera figura retórica, una moda o una táctica de partido. La burguesía tenía una clara percepción de que todas las armas

* Alcaldes. — Ed.
˃ Mateo 5:37. — Ed.

que había forjado contra el feudalismo volvían sus puntas contra ella misma, de que todos los medios de cultura que había producido se rebelaban contra su propia civilización, de que todos los dioses que había creado se apartaban de ella. Comprendía que todas las llamadas libertades civiles y los órganos del progreso atacaban y amenazaban su dominación de clase simultáneamente en su base social y en su cima política, y que por tanto se habían vuelto «socialistas». En esta amenaza y en este ataque discernía acertadamente el secreto del socialismo, cuyo alcance y tendencia juzga con más acierto que el propio llamado socialismo; éste, en consecuencia, no puede comprender por qué la burguesía endurece insensiblemente su corazón contra él, ya sea que lamente sentimentalmente los sufrimientos de la humanidad, o que, en espíritu cristiano, profetice el milenio y el amor fraterno universal, o que, en estilo humanístico, divague sobre el espíritu, la cultura y la libertad, o que, de manera doctrinaria, excogite un sistema para la conciliación y el bienestar de todas las clases. Lo que la burguesía no captaba, sin embargo, era la conclusión lógica de que su propio régimen parlamentario, de que su dominación política en general, estaba ahora también condenada a caer bajo el veredicto general de condenación como socialista. Mientras la dominación de la clase burguesa no se hubiera organizado completamente, mientras no hubiera adquirido su expresión política pura, el antagonismo de las otras clases no podía aparecer tampoco en su forma pura, y donde aparecía no podía tomar el giro peligroso que transforma toda lucha contra el poder estatal en una lucha contra el capital. Si en todo movimiento vital de la sociedad veía la «tranquilidad» amenazada, ¿cómo podía querer mantener a la cabeza de la sociedad un régimen de inquietud, su propio régimen, el régimen parlamentario, ese régimen que, según la expresión de uno de sus portavoces, vive en la lucha y por la lucha? El régimen parlamentario vive de la discusión; ¿cómo ha de prohibir la discusión? Todo interés, toda institución social, se transforma aquí en ideas generales, debatidas como ideas; ¿cómo ha de sostenerse un interés, una institución, por encima del pensamiento e imponerse como artículo de fe? La lucha de los oradores en la tribuna evoca la lucha de los plumíferos de la prensa; el club de debates en el parlamento se complementa necesariamente con los clubs de debates en los salones y las tabernas; los representantes, que apelan constantemente a la opinión pública, otorgan a la opinión pública el derecho de expresar su verdadero sentir en las peticiones. El régimen parlamentario lo deja todo a la decisión de las mayorías; ¿cómo las grandes mayorías de fuera del parlamento no van a querer decidir? Cuando se toca el violín en la cúspide del Estado, ¿qué otra cosa cabe esperar sino que los de abajo bailen?

Así, al estigmatizar ahora como «socialista» lo que antes había

exaltado como «liberal», la burguesía confiesa que sus propios intereses le dictan que debe ser liberada del peligro de su propia dominación; que, para restablecer la tranquilidad en el país, hay que acallar primero su parlamento burgués; que, para conservar intacto su poder social, hay que quebrantar su poder político; que el burgués individual puede seguir explotando a las otras clases y gozar tranquilo de la propiedad, la familia, la religión y el orden, sólo a condición de que su clase sea condenada, junto con las demás clases, a la misma nulidad política; que, para salvar su bolsa, tiene que perder la corona, y que la espada destinada a salvaguardarla tiene que quedar suspendida al mismo tiempo sobre su propia cabeza como una espada de Damocles.

En el dominio de los intereses de la ciudadanía en general, la Asamblea Nacional se mostró tan improductiva que, por ejemplo, las discusiones sobre el ferrocarril París-Aviñón, iniciadas en el invierno de 1850, aún no estaban maduras para una conclusión el 2 de diciembre de 1851. Donde no reprimía, o no reaccionaba, estaba aquejada de una esterilidad incurable.

Mientras el ministerio de Bonaparte tomaba en parte la iniciativa en la elaboración de leyes con el espíritu del Partido del Orden, y en parte incluso superaba la dureza de ese partido en su ejecución y administración, él, por otro lado, mediante propuestas neciamente pueriles procuraba ganar popularidad, hacer resaltar su oposición a la Asamblea Nacional e insinuar una reserva secreta a la que solo temporalmente las condiciones le impedían poner sus tesoros ocultos a disposición del pueblo francés. Tal fue la propuesta de decretar un aumento de paga de cuatro sous diarios a los suboficiales. Tal fue la propuesta de un banco de préstamos de honor para los trabajadores. Dinero como donación y dinero fiado: con perspectivas como éstas esperaba seducir a las masas. Donaciones y préstamos: a esto se reduce la ciencia financiera del lumpenproletariado, sea de alto o bajo rango. Tales eran los únicos resortes que Bonaparte sabía poner en movimiento. Jamás pretendiente alguno ha especulado más estúpidamente con la estupidez de las masas.

La Asamblea Nacional se encolerizó repetidamente ante estos inequívocos intentos de ganar popularidad a sus expensas, ante el creciente peligro de que este aventurero, a quien sus deudas espoleaban y ninguna reputación consolidada refrenaba, se arriesgara a un golpe desesperado. La discordia entre el Partido del Orden y el Presidente había adquirido un carácter amenazante cuando un acontecimiento inesperado lo arrojó de nuevo, arrepentido, a sus brazos. Nos referimos a las elecciones parciales del 10 de marzo de 1850. Estas elecciones se celebraron para cubrir los escaños de representantes que, después del 13 de junio, habían quedado vacantes por prisión o destierro. París eligió solo candidatos socialdemó-

cratas.* Incluso concentró la mayoría de los votos en un insurrecto de junio de 1848, en DeFlotte. De este modo, la pequeña burguesía parisina, en alianza con el proletariado, se vengó de su derrota del 13 de junio de 1849. Parecía haber desaparecido del campo de batalla en el momento del peligro solo para reaparecer en él en una ocasión más propicia, con fuerzas combatientes más numerosas y con un grito de batalla más audaz. Una circunstancia parecía aumentar el peligro de esta victoria electoral. El ejército votó en París por el insurrecto de junio contra La Hitte, un ministro de Bonaparte, y en los departamentos mayoritariamente por los montagnards, quienes también aquí, aunque ciertamente no de manera tan decisiva como en París, mantuvieron la preponderancia sobre sus adversarios.

Bonaparte se vio de pronto enfrentado una vez más a la revolución. Como el 29 de enero de 1849, como el 13 de junio de 1849, también el 10 de marzo de 1850 desapareció tras el Partido del Orden. Hizo una reverencia, pidió perdón pusilánimemente, se ofreció a nombrar el ministerio que pluguiera a instancias de la mayoría parlamentaria, imploró incluso a los jefes de los partidos orleanista y legitimista, a los Thiers, los Berryer, los Broglie, los Molé, en suma, a los llamados burgraves,* que tomaran ellos mismos el timón del Estado. El Partido del Orden demostró ser incapaz de aprovechar esta oportunidad que no volvería jamás. En vez de apoderarse audazmente del poder que se le ofrecía, ni siquiera obligó a Bonaparte a restablecer el ministerio destituido el 1 de noviembre; se contentó con humillarlo por medio de su perdón y agregando al señor Baroche al ministerio d’Hautpoul. Como fiscal público, este Baroche había bramado y rabiado ante el Tribunal Supremo de Bourges, la primera vez contra los revolucionarios del 15 de mayo,** la segunda contra los demócratas del 13 de junio, ambas veces por un atentado contra la Asamblea Nacional. Ninguno de los ministros de Bonaparte contribuyó posteriormente más a la degradación de la Asamblea Nacional, y después del 2 de diciembre de 1851 lo volvemos a encontrar cómodamente instalado y bien remunerado como vicepresidente del Senado. Había escupido en la sopa de los revolucionarios para que Bonaparte pudiera rematarlos.

El partido socialdemócrata, por su parte, parecía empeñarse sólo en buscar pretextos para poner de nuevo en duda su propia victoria y despuntar su filo. Vidal, uno de los representantes recién elegidos por París, había sido elegido simultáneamente en Estrasburgo. Se le indujo a renunciar a la elección por París y aceptar la de Estrasburgo. Y así, en vez de hacer definitiva su victoria en las urnas y

* François Vidal, Hippolyte Carnot y Paul Defflotte. — Ed.
** Se refiere a la manifestación del 15 de mayo de 1848. — Ed.

obligar con ello al Partido del Orden a disputársela inmediatamente en el parlamento, en vez de forzar al adversario a luchar en el momento del entusiasmo popular y de un estado de ánimo favorable en el ejército, el partido democrático fatigó a París durante los meses de marzo y abril con una nueva campaña electoral, dejó que las pasiones populares exacerbadas se consumieran en este repetido juego electoral provisional, dejó que la energía revolucionaria se saciara con éxitos constitucionales, se disipara en pequeñas intrigas, declamaciones huecas y movimientos ficticios, dejó que la burguesía se reagrupara e hiciera sus preparativos y, por último, debilitó la significación de las elecciones de marzo mediante un comentario sentimental en las elecciones parciales de abril, a saber, la elección de Eugenio Sue. En una palabra, le gastó al 10 de marzo una broma del Día de los Inocentes de Abril.

La mayoría parlamentaria comprendió la debilidad de sus antagonistas. Sus diecisiete burgraves —pues Bonaparte le había dejado a ella la dirección y la responsabilidad del ataque— redactaron una nueva ley electoral, cuya introducción fue confiada al señor Faucher, quien solicitó para sí este honor. El 8 de mayo introdujo la ley por la cual se abolía el sufragio universal, se imponía a los electores como condición una residencia de tres años en la localidad de la elección y, finalmente, la prueba de esta residencia se hacía depender, para los obreros, de un certificado de sus patronos.

Así como los demócratas se habían agitado y rabiado de manera revolucionaria durante la contienda electoral constitucional, así ahora, cuando era necesario probar con las armas en la mano la seriedad de aquellas victorias electorales, predicaban de manera constitucional el orden, la calma majestuosa (calme majestueux), la acción legal, es decir, la sumisión ciega a la voluntad de la contrarrevolución, que se imponía como ley. Durante el debate, la Montaña puso en vergüenza al Partido del Orden afirmando, frente a la pasión revolucionaria de éste, la actitud desapasionada del filisteo que se mantiene dentro de la ley, y fulminándolo con el terrible reproche de proceder de manera revolucionaria. Incluso los diputados recién elegidos se esforzaban por demostrar con su acción decorosa y discreta qué error era denigrarlos como anarquistas y considerar su elección como una victoria de la revolución. El 31 de mayo la nueva ley electoral fue aprobada. La Montaña se contentó con introducir de contrabando una protesta en el bolsillo del Presidente. A la ley electoral siguió una nueva ley de prensa, por la cual los periódicos revolucionarios fueron suprimidos por completo.* Habían merecido su suerte. El National y La Presse, dos órganos burgueses, quedaron después de este diluvio como los puestos avanzados más extremos de la revolución.

Hemos visto cómo durante marzo y abril los líderes democráticos

* Alusión a la ley de prensa del 16 de julio de 1850. — Ed.

habían hecho todo para enredar al pueblo de París en una lucha ficticia, cómo después del 8 de mayo hicieron todo para apartarlo de una lucha real. Además de esto, no debemos olvidar que el año 1850 fue uno de los años más espléndidos de prosperidad industrial y comercial, y el proletariado parisino estaba, por tanto, plenamente empleado. Pero la ley electoral del 31 de mayo de 1850 lo excluyó de toda participación en el poder político. Lo apartó de la arena misma de la lucha. Arrojó a los obreros de nuevo a la posición de parias que habían ocupado antes de la revolución de Febrero. Al dejarse conducir por los demócratas frente a semejante acontecimiento y olvidar los intereses revolucionarios de su clase por un bienestar momentáneo, renunciaron al honor de ser un poder conquistador, se rindieron a su destino, demostraron que la derrota de junio de 1848 los había puesto fuera de combate por años y que el proceso histórico volvería a transcurrir por ahora sobre sus cabezas. En cuanto a la democracia pequeñoburguesa, que el 13 de junio había gritado: «¡Pero si alguna vez se ataca al sufragio universal, entonces ya les enseñaremos!», se consoló ahora con el argumento de que el golpe contrarrevolucionario que la había alcanzado no era ningún golpe y la ley del 31 de mayo no era ninguna ley. El segundo domingo de mayo de 1852, todo francés se presentaría en el local electoral con una papeleta en una mano y una espada en la otra. Con esta profecía se dio por satisfecha. Por último, el ejército fue disciplinado por sus oficiales superiores para las elecciones de marzo y abril de 1850, del mismo modo que lo había sido para las del 28 de mayo de 1849. Esta vez, sin embargo, dijo decididamente: «La revolución no nos engañará una tercera vez».

La ley del 31 de mayo de 1850 fue el golpe de Estado de la burguesía. Todas sus conquistas sobre la revolución hasta entonces sólo habían tenido un carácter provisional. Estaban en peligro tan pronto como la Asamblea Nacional existente se retiraba de la escena. Dependían de los azares de una nueva elección general, y la historia de las elecciones desde 1848 probaba irrefutablemente que el dominio moral de la burguesía sobre la masa del pueblo se perdía en la misma medida en que se desarrollaba su dominación efectiva. El 10 de marzo el sufragio universal se declaró directamente contra la dominación de la burguesía; la burguesía respondió proscribiendo el sufragio universal. La ley del 31 de mayo era, por tanto, una de las necesidades de la lucha de clases. Por otra parte, la Constitución requería un mínimo de dos millones de votos para hacer válida la elección del Presidente de la república. Si ninguno de los candidatos a la presidencia obtenía este mínimo, la Asamblea Nacional debía elegir al Presidente de entre los cinco*

* El original dice aquí erróneamente: «de entre los tres». — Ed.

candidatos que mayor número de votos hubieran obtenido. En la época en que la Asamblea Constituyente hizo esta ley, diez millones de electores figuraban en los registros. En su opinión, por tanto, una quinta parte de las personas con derecho al voto era suficiente para hacer válida la elección presidencial. La ley del 31 de mayo suprimió por lo menos tres millones de votos de los registros electorales, redujo el número de personas con derecho al voto a siete millones y, sin embargo, mantuvo el mínimo legal de dos millones para la elección presidencial. Elevó, pues, el mínimo legal de un quinto a casi un tercio de los votos efectivos, esto es, hizo todo lo posible para sacar la elección del Presidente de las manos del pueblo y pasarla a las manos de la Asamblea Nacional. Así, mediante la ley electoral del 31 de mayo, el Partido del Orden parecía haber asegurado doblemente su dominio, al entregar la elección de la Asamblea Nacional y la del Presidente de la república a la parte estacionaria de la sociedad.

VI

Tan pronto como la crisis revolucionaria hubo sido capeada y el sufragio universal abolido, estalló de nuevo la lucha entre la Asamblea Nacional y Bonaparte.

La Constitución había fijado el sueldo de Bonaparte en 600.000 francos. Apenas seis meses después de su instalación, logró aumentar esta suma al doble, pues Odilon Barrot arrancó a la Asamblea Nacional Constituyente una asignación extraordinaria de 600.000 francos al año para las llamadas partidas de representación. Después del 13 de junio, Bonaparte había hecho plantear peticiones similares, esta vez sin obtener respuesta de Barrot. Ahora, después del 31 de mayo, se aprovechó inmediatamente del momento favorable e hizo que sus ministros propusieran en la Asamblea Nacional una Lista Civil de tres millones. Una larga vida de vagabundeo aventurero lo había dotado de las antenas más desarrolladas para palpar los momentos débiles en que podía exprimir dinero a sus burgueses. Practicaba un chantage* regular. La Asamblea Nacional había violado la soberanía del pueblo con su asistencia y su consentimiento. Él amenazaba con denunciar su crimen ante el tribunal del pueblo si ella no aflojaba los cordones de la bolsa y compraba su silencio con tres millones al año. Había despojado a tres millones de franceses de su derecho al voto. Él exigía, por cada francés fuera de circulación, un franco en circulación, precisamente tres millones de francos. Él, el elegido de seis millones, reclamaba daños y perjuicios

* Chantaje. — Ed.

por los votos de los que decía haber sido estafado con carácter retroactivo. La Comisión de la Asamblea Nacional rechazó a este peticionario importuno. La prensa bonapartista amenazó. ¿Podía la Asamblea Nacional romper con el Presidente de la república en un momento en que fundamental y definitivamente había roto con la masa de la nación? Rechazó la Lista Civil anual, es cierto, pero concedió una subvención extraordinaria por una sola vez de 2.160.000 francos. Se hizo así culpable de la doble debilidad de conceder el dinero y de mostrar al mismo tiempo por su enojo que lo concedía de mala gana. Veremos más adelante para qué fin necesitaba Bonaparte el dinero. Después de este enfadoso epílogo, que siguió pisando los talones a la abolición del sufragio universal y en el que Bonaparte cambió su actitud humilde durante la crisis de marzo y abril por una insolencia desafiante ante el parlamento usurpador, la Asamblea Nacional suspendió sus sesiones por tres meses, del 11 de agosto al 11 de noviembre. En su lugar dejó una Comisión Permanente de veintiocho miembros, que no contenía bonapartistas, pero sí algunos republicanos moderados. La Comisión Permanente de 1849 sólo había incluido a hombres del orden y bonapartistas. Pero en aquel entonces el Partido del Orden se declaró en permanencia contra la revolución. Esta vez la república parlamentaria se declaró en permanencia contra el Presidente. Después de la ley del 31 de mayo, éste era el único rival que aún se enfrentaba al Partido del Orden.

Cuando la Asamblea Nacional se reunió de nuevo en noviembre de 1850, parecía que, en lugar de las pequeñas escaramuzas que hasta entonces había tenido con el Presidente, una lucha grande e implacable, una lucha a vida o muerte entre los dos poderes, se había vuelto inevitable.

Tal como en 1849, también durante el receso parlamentario de este año, el Partido del Orden se había descompuesto en sus distintas fracciones, cada una ocupada en sus propias intrigas de restauración, reforzadas por la muerte de Luis Felipe. El rey legitimista, Enrique V, había llegado incluso a nombrar un ministerio formal que residía en París y en el que ocupaban puestos miembros de la Comisión Permanente. Bonaparte, por su parte, se creía, pues, con derecho a hacer giras por los departamentos franceses y, según la disposición de la ciudad a la que favorecía con su presencia, a divulgar, ora solapadamente, ora de modo más abierto, sus propios planes de restauración y a recabar votos para sí. En estas procesiones, que el gran Moniteur oficial y los pequeños Moniteurs privados de Bonaparte tenían a gala celebrar cual procesiones triunfales, lo acompañaban constantemente personas afiliadas a la Sociedad del 10 de Diciembre. Esta sociedad data del año 1849. Con el pretexto de fundar una sociedad de beneficencia, el lumpenproletariado

de París había sido organizado en secciones secretas, cada una dirigida por agentes bonapartistas, con un general bonapartista* a la cabeza del conjunto. Junto a calaveras decadentes, de medios de subsistencia dudosos y de dudosa procedencia, junto a vástagos arruinados y aventureros de la burguesía, se encontraban vagabundos, licenciados del ejército, licenciados de la cárcel, forzados evadidos de galeras, granujas, saltimbanquis, lazzaroni, carteristas, timadores, jugadores, maquereaus, dueños de burdeles, mozos de cuerda, literatos, organilleros, traperos, afiladores, caldereros, pordioseros; en suma, toda la masa indefinida, disgregada, arrojada de un lado a otro, que los franceses llaman la bohème; de estos elementos afines formó Bonaparte el núcleo de la Sociedad del 10 de Diciembre. Una «sociedad de beneficencia» —en la medida en que, como Bonaparte, todos sus miembros sentían la necesidad de beneficiarse a expensas de la nación trabajadora. Este Bonaparte, que se erige en jefe del lumpenproletariado, que sólo aquí redescubre en forma masiva los intereses que él personalmente persigue, que reconoce en esta escoria, desecho y desperdicio de todas las clases la única clase sobre la cual puede apoyarse incondicionalmente, es el verdadero Bonaparte, el Bonaparte sans phrase.** Viejo y ladino calavera, concibe la vida histórica de las naciones y sus representaciones de Estado como comedia en el sentido más vulgar, como una mascarada en la que los grandes disfraces, palabras y posturas no hacen más que encubrir la más mezquina bribonería. Así, en su expedición a Estrasburgo, donde un amaestrado buitre suizo había representado el papel del águila napoleónica. Para su irrupción en Boulogne, viste a unos cuantos lacayos londinenses con uniformes franceses. Ellos representan al ejército.*** En su Sociedad del 10 de Diciembre, reúne a 10.000 granujas que han de representar el papel del pueblo, como Nick Bottom el del león.**** En un momento en que la burguesía misma representaba la comedia más completa, pero de la manera más seria del mundo, sin infringir ninguna de las pedantescas condiciones de la etiqueta dramática francesa, y se hallaba ella misma medio engañada, medio convencida de la solemnidad de su propia representación de Estado, el aventurero que tomaba la comedia como simple comedia había de triunfar por fuerza. Sólo cuando ha eliminado a su solemne adversario, cuando él mismo toma ahora en serio su papel imperial y, bajo la máscara napoleónica, se imagina que es el verdadero Napoleón, se convierte en víctima de su propia

* Jean Pierre Piat. — Ed.
** La edición de 1852 añade: «inconfundible incluso cuando más tarde, en la plenitud del poder, saldó la deuda con algunos de sus antiguos cómplices de conspiración, junto a los revolucionarios, haciéndolos deportar a Cayena». — Ed.
*** Proxenetas. — Ed.
**** La referencia es a El sueño de una noche de verano, de Shakespeare, Acto I, Escena 2. — Ed.

concepción del mundo, el bufón serio que ya no toma la historia universal por una comedia, sino su comedia por historia universal. Lo que los ateliers nationalaux fueron para los obreros socialistas, lo que las Gardes mobiles fueron para los republicanos burgueses, fue para él la Sociedad del 10 de Diciembre, la fuerza combatiente de partido característica de Bonaparte. En sus viajes, los destacamentos de esta sociedad que atestaban los ferrocarriles tenían que improvisarle un público, escenificar el entusiasmo popular, rugir vive l’Empereur, insultar y apalear a los republicanos, por supuesto bajo la protección de la policía. En sus viajes de regreso a París tenían que formar la vanguardia, prevenir las contramanifestaciones o dispersarlas. La Sociedad del 10 de Diciembre le pertenecía, era su obra, su idea más propia. Todo lo demás que se apropia lo pone en sus manos la fuerza de las circunstancias; todo lo demás que hace, lo hacen las circunstancias por él o se contenta con copiar las hazañas ajenas. Pero Bonaparte, con frases oficiales sobre el orden, la religión, la familia y la propiedad en público, ante los ciudadanos, y con la sociedad secreta de los Schufterle y los Spiegelberg,* la sociedad del desorden, la prostitución y el robo, tras él —ése es Bonaparte mismo como autor original, y la historia de la Sociedad del 10 de Diciembre es su propia historia. Ahora bien, había ocurrido, por excepción, que representantes del pueblo pertenecientes al Partido del Orden cayeron bajo los garrotes de los decembristas. Más aún. Yon, el comisario de policía asignado a la Asamblea Nacional y encargado de velar por su seguridad, actuando sobre la declaración de un tal Allais, informó a la Comisión Permanente de que una sección de los decembristas había decidido asesinar al general Changarnier y a Dupin, el presidente de la Asamblea Nacional, y ya había designado a los individuos encargados de perpetrar el hecho. Puede comprenderse el terror del señor Dupin. Una investigación parlamentaria sobre la Sociedad del 10 de Diciembre, es decir, la profanación del mundo secreto bonapartista, parecía inevitable. Justo antes de la reunión de la Asamblea Nacional, Bonaparte disolvió previsoramente su sociedad, por supuesto sólo sobre el papel, pues en una memoria detallada de finales de 1851 el prefecto de policía Carlier aún intentaba en vano moverlo a disolver realmente a los decembristas.

La Sociedad del 10 de Diciembre había de seguir siendo el ejército privado de Bonaparte hasta que éste lograra transformar el ejército público en una Sociedad del 10 de Diciembre. Bonaparte hizo el primer intento de ello poco después del aplazamiento de la Asamblea Nacional, y precisamente con el dinero que acababa de arrebatarle. Como fatalista, vive en la convicción de que hay ciertos poderes superiores a los cuales el hombre, y el soldado en particular, no puede

* Personajes de Los bandidos, de Schiller. — Ed.

resistirse. Entre estos poderes cuenta, en primer lugar, los cigarros y el champán, las aves frías y el embutido de ajo. En consecuencia, para empezar, agasaja a oficiales y suboficiales en sus aposentos del Elíseo con cigarros y champán, con aves frías y embutido de ajo. El 3 de octubre repite esta maniobra con la masa de la tropa en la revista de St. Maur, y el 10 de octubre la misma maniobra a escala aún mayor en la parada militar de Satory. El tío recordaba las campañas de Alejandro en Asia, el sobrino las marchas triunfales de Baco en la misma tierra. Alejandro era un semidiós, ciertamente, pero Baco era un dios y, además, la deidad tutelar de la Sociedad del 10 de Diciembre.

Tras la revista del 3 de octubre, la Comisión Permanente convocó al ministro de la Guerra, d’Hautpoul. Éste prometió que tales infracciones de la disciplina no volverían a ocurrir. Sabemos cómo el 10 de octubre Bonaparte mantuvo la palabra de d’Hautpoul. Como comandante en jefe del ejército de París, Changarnier había mandado en ambas revistas. Él, a un tiempo miembro de la Comisión Permanente, jefe de la Guardia Nacional, el «salvador» del 29 de enero y del 13 de junio, el «baluarte de la sociedad», el candidato del Partido del Orden a los honores presidenciales, el sospechoso Monk de dos monarquías, no se había reconocido hasta entonces como subordinado del ministro de la Guerra, siempre se había burlado abiertamente de la Constitución republicana y había perseguido a Bonaparte con una ambigua protección señorial. Ahora lo consumía el celo por la disciplina frente al ministro de la Guerra y por la Constitución frente a Bonaparte. Mientras el 10 de octubre una sección de la caballería lanzaba el grito de: «¡Vive Napoléon! ¡Vivent les saucissons!», Changarnier dispuso que al menos la infantería que desfilaba bajo el mando de su amigo Neumayer guardara un silencio glacial. Como castigo, el ministro de la Guerra relevó al general Neumayer de su puesto en París a instigación de Bonaparte, con el pretexto de nombrarlo general en jefe de las divisiones militares catorce y quince. Neumayer rehusó este canje de puestos y tuvo así que dimitir. Changarnier, por su parte, publicó una orden del día el 2 de noviembre, en la que prohibía a las tropas entregarse a gritos políticos o manifestaciones de cualquier clase estando sobre las armas. Los periódicos del Elíseo atacaron a Changarnier; los periódicos del Partido del Orden atacaron a Bonaparte; la Comisión Permanente celebró repetidas sesiones secretas en las que se propuso reiteradamente declarar el país en peligro; el ejército parecía dividido en dos campos hostiles, con dos estados mayores hostiles, uno en el Elíseo, donde residía Bonaparte, el otro en las Tullerías, donde residía Changarnier. Parecía que sólo faltaba la reunión de la Asamblea Nacional para dar la señal de batalla. El público francés juzgaba esta fricción entre Bonaparte y Changar-

nier como aquel periodista inglés que la caracterizó con las siguientes palabras:

«Las criadas políticas de Francia están barriendo la lava incandescente de la revolución con escobas viejas y riñen entre sí mientras hacen su trabajo.»

Entretanto, Bonaparte se apresuró a relevar al ministro de la Guerra, d’Hautpoul, a despacharlo a toda prisa a Argel y a nombrar al general Schramm ministro de la Guerra en su lugar. El 12 de noviembre envió a la Asamblea Nacional un mensaje de prolijidad americana, sobrecargado de pormenores, impregnado de orden, deseoso de reconciliación, constitucionalmente aquiescente, que trataba de todo y de todos, menos de las questions brûlantes del momento. Como de pasada, deslizó la observación de que, según las disposiciones expresas de la Constitución, sólo el presidente podía disponer del ejército. El mensaje se cerraba con las siguientes palabras de gran solemnidad:

«Por encima de todo, Francia exige tranquilidad... Pero obligado por un juramento, me mantendré dentro de los estrechos límites que ella me ha fijado... Por lo que a mí respecta, elegido por el pueblo y debiendo mi poder sólo a él, me plegaré siempre a su voluntad legalmente expresada. Si en esta sesión os pronunciáis por una revisión de la Constitución, una Asamblea Constituyente regulará la posición del poder ejecutivo. En caso contrario, el pueblo pronunciará solemnemente su decisión en 1852. Pero, sean cuales fueren las soluciones del porvenir, pongámonos de acuerdo para que la pasión, la sorpresa o la violencia no decidan jamás el destino de una gran nación... Lo que ocupa mi atención, sobre todo, no es quién gobernará Francia en 1852, sino cómo emplear el tiempo de que dispongo para que el período intermedio transcurra sin agitación ni perturbación. Os he abierto mi corazón con sinceridad; responderéis a mi franqueza con vuestra confianza, a mis buenos propósitos con vuestra cooperación, y Dios hará el resto.»

El lenguaje respetable, hipócritamente moderado, virtuosamente trivial de la burguesía revela su sentido más profundo en boca del autócrata de la Sociedad del 10 de Diciembre y del héroe de los picnic de St. Maur y Satory.

Los burgraves del Partido del Orden no se hicieron ni por un momento ilusiones acerca de la confianza que merecía esta efusión de corazón. Hacía mucho que estaban blasés en materia de juramentos; contaban en sus filas con veteranos y virtuosos del perjurio político. Tampoco habían dejado de oír el pasaje sobre el ejército. Observaron con fastidio que, en su discursiva enumeración de las leyes recientemente promulgadas, el mensaje pasaba en estudiado silencio por alto la ley más importante, la ley electoral, y que, además, para el caso de que no se revisase la Constitución, dejaba la elección del Presidente en 1852 en manos del pueblo. La ley electoral era la bala de plomo atada a los pies del

* Cuestiones candentes. — Ed. Le Moniteur universel, núm. 317, 13 de noviembre de 1850. — Ed.

Partido del Orden, ¡que le impedía caminar y, más aún, lanzarse al asalto! Además, al disolver oficialmente la Sociedad del 10 de Diciembre y destituir al ministro de la Guerra d’Hautpoul, Bonaparte había sacrificado con su propia mano los chivos expiatorios en el altar de la patria. Había mellado el filo de la colisión esperada. Finalmente, el mismo Partido del Orden buscaba con ansiedad evitar, atenuar, disimular todo conflicto decisivo con el poder ejecutivo. Por miedo a perder las conquistas logradas sobre la revolución, dejaba que su rival se llevase los frutos de ellas. «Por encima de todo, Francia reclama tranquilidad». Era lo que el Partido del Orden había gritado a la revolución desde febrero,* lo que el mensaje de Bonaparte gritaba al Partido del Orden. «Por encima de todo, Francia reclama tranquilidad». Bonaparte cometía actos que apuntaban a la usurpación, pero el Partido del Orden cometía «desasosiego» si armaba ruido por esos actos y los interpretaba hipocondríacamente. Las salchichas de Satory se estaban calladas como ratones mientras nadie hablase de ellas. «Por encima de todo, Francia reclama tranquilidad». Bonaparte exigía, pues, que lo dejasen en paz para hacer lo que le pluguiera, y el partido parlamentario estaba paralizado por un doble temor: el de volver a suscitar el desasosiego revolucionario y el de aparecer él mismo como instigador del desasosiego a los ojos de su propia clase, a los ojos de la burguesía. En consecuencia, puesto que Francia reclamaba tranquilidad por encima de todo, el Partido del Orden no se atrevió a responder «guerra» después de que Bonaparte, en su mensaje, hubiese hablado de «paz». El público, que había anticipado escenas de gran escándalo en la apertura de la Asamblea Nacional, fue defraudado en sus expectativas. Los diputados de la oposición, que exigían la presentación del acta de la comisión permanente sobre los sucesos de octubre, fueron derrotados por la mayoría. Por principio, se esquivó todo debate que pudiera suscitar excitación. Los trabajos de la Asamblea Nacional durante noviembre y diciembre de 1850 carecieron de interés.

* 1848. — Ed.

Por fin, hacia fines de diciembre, comenzó una guerra de guerrillas en torno a una serie de prerrogativas del parlamento. El movimiento se empantanó en pequeñas rencillas acerca de las prerrogativas de los dos poderes, ya que la burguesía, al abolir el sufragio universal, había puesto fin por el momento a la lucha de clases.

Un juicio por deudas había sido ganado ante los tribunales contra Mauguin, uno de los representantes del pueblo. A la pregunta del presidente del tribunal, el ministro de Justicia, Rouher, declaró que debía dictarse sin más trámite la orden de arresto del deudor. Así, Mauguin fue arrojado a la cárcel de deudores. La Asamblea Nacional se encendió cuando tuvo conocimiento del atropello. No sólo ordenó su inmediata liberación, sino que incluso lo hizo sacar a la fuerza de Clichy aquella misma noche, por medio de su secretario.ª Sin embargo, para confirmar su fe en la santidad de la propiedad privada y con la idea de abrir, llegado el caso, un asilo a los montagnards que se volvieran molestos, declaró admisible la prisión por deudas de los representantes del pueblo previo consentimiento de la Asamblea. Olvidó decretar que el Presidente también pudiera ser encarcelado por deudas. Destruyó la última apariencia de inmunidad que envolvía a los miembros de su propio cuerpo.

ª Secretario. — Ed.

Se recordará que, basándose en la información suministrada por un tal Allais, el comisario de policía Yon había denunciado a una fracción de los decembristas por planear el asesinato de Dupin y Changarnier. Con este motivo, ya en la primera sesión los cuestores propusieron que el parlamento formase una policía propia, pagada con cargo al presupuesto privado de la Asamblea Nacional y absolutamente independiente del prefecto de Policía. El ministro del Interior, Baroche, protestó contra esta invasión de su esfera. Se llegó a un compromiso miserable, según el cual el comisario de policía de la Asamblea sería pagado de su presupuesto privado y nombrado y destituido por sus cuestores, pero sólo previo acuerdo con el ministro del Interior. Entretanto, el gobierno había emprendido diligencias criminales contra Allais, y aquí resultaba fácil presentar su información como un engaño y, por boca del fiscal, poner en ridículo a Dupin, Changarnier, Yon y a toda la Asamblea Nacional. Acto seguido, el 29 de diciembre, el ministro Baroche escribe una carta a Dupin en la que exige la destitución de Yon. La Mesa de la Asamblea Nacional decide mantener a Yon en su puesto, pero la Asamblea Nacional, alarmada por su violencia en el asunto Mauguin y acostumbrada, cuando ha asestado un golpe al poder ejecutivo, a recibir de éste dos a cambio, no sanciona dicha decisión. Destituye a Yon como recompensa por su celo profesional y se despoja de una prerrogativa parlamentaria indispensable frente a un hombre que no decide de noche para ejecutar de día, sino que decide de día y ejecuta de noche.ᵇ

ᵇ Alusión al hecho de que Bonaparte dio su golpe de Estado la noche del 1 de diciembre de 1851. — Ed.

Hemos visto cómo, en las grandes y llamativas ocasiones, la Asamblea Nacional evitó o sofocó la lucha contra el poder ejecutivo durante los meses de noviembre y diciembre. Ahora la vemos obligada a entablarla en las ocasiones más mezquinas. En el asunto Mauguin confirma el principio de encarcelar a los representantes del pueblo por deudas, pero se reserva el derecho de aplicarlo sólo a los representantes que no le agradan, y litiga por este privilegio infame con el ministro de Justicia. En lugar de aprovechar la supuesta conspiración de asesinato para decretar una investigación sobre la Sociedad del 10 de Diciembre y desenmascarar sin remedio a Bonaparte ante Francia y Europa en su verdadero carácter de jefe del lumpenproletariado parisino, deja que el conflicto se degrade hasta el punto de que la única cuestión entre ella y el ministro del Interior sea quién de los dos tiene la autoridad para nombrar y destituir a un comisario de policía. Así, durante todo este período, vemos al Partido del Orden, obligado por su posición equívoca, a disipar y fragmentar su lucha contra el poder ejecutivo en pequeñas rencillas jurisdiccionales, triquiñuelas, sutilezas leguleyas y disputas de competencias, y a convertir las más ridículas cuestiones de forma en la sustancia de su actividad. No se atreve a plantear el conflicto en el momento en que éste tiene un significado de principios, cuando el poder ejecutivo se ha descubierto realmente y la causa de la Asamblea Nacional sería la causa de la nación. Con ello daría a la nación su consigna, y nada teme más que el que la nación se mueva. En tales ocasiones, rechaza, por consiguiente, las mociones de la Montaña y pasa al orden del día. Una vez dejado caer el problema en sus grandes dimensiones, el poder ejecutivo aguarda tranquilamente el momento en que pueda volver a plantearlo en ocasiones mezquinas e insignificantes, cuando, por así decirlo, se trata sólo de intereses parlamentarios locales. Entonces estalla la cólera reprimida del Partido del Orden, entonces desgarra la cortina del decorado, entonces denuncia al Presidente, entonces declara la república en peligro, pero entonces también su fervor parece absurdo y la ocasión de la lucha parece un pretexto hipócrita o algo que no vale la pena pelear. La tormenta parlamentaria se convierte en tormenta en un vaso de agua, la lucha en una intriga, el conflicto en un escándalo. Mientras las clases revolucionarias se regodean con maligna alegría ante la humillación de la Asamblea Nacional, pues son tan entusiastas de las prerrogativas parlamentarias de esta Asamblea como ésta lo es de las libertades públicas, la burguesía de fuera del parlamento no comprende cómo la burguesía de dentro puede perder el tiempo en tan pequeñas rencillas y poner en peligro la tranquilidad con tan lamentables rivalidades con el Presidente. Se desorienta ante una estrategia que

hace la paz en el momento en que todo el mundo espera batallas, y ataca en el momento en que todo el mundo cree que se ha hecho la paz.

El 20 de diciembre, Pascal Duprat interpeló al ministro del Interior sobre la Lotería de los Lingotes de Oro. Esta lotería era una «hija del Elíseo».* Bonaparte, con sus fieles seguidores, la había traído al mundo, y el prefecto de Policía Carlier la había colocado bajo su protección oficial, a pesar de que la ley francesa prohíbe todas las loterías, con excepción de las rifas con fines benéficos. Siete millones de billetes a un franco cada uno, cuyos beneficios se destinarían ostensiblemente a transportar vagabundos parisinos a California. Por un lado, los sueños de oro debían suplantar los sueños socialistas del proletariado de París, y la seductora perspectiva del premio gordo, reemplazar el doctrinario derecho al trabajo. Naturalmente, los obreros parisinos no reconocieron en el resplandor de los lingotes de oro de California los insignificantes francos que se les sacaban del bolsillo. En lo fundamental, sin embargo, el asunto no era sino un auténtico fraude. Los vagabundos que querían abrir minas de oro en California sin darse la molestia de salir de París eran el propio Bonaparte y sus compinches cargados de deudas. Los tres millones votados por la Asamblea Nacional se habían dilapidado en el libertinaje; de un modo u otro había que rellenar las arcas. En vano había abierto Bonaparte una suscripción nacional para la construcción de las llamadas cités ouvrières, y había figurado él mismo a la cabeza de la lista con una suma considerable. El burgués de corazón duro esperaba, desconfiado, a que pagase su parte, y como esto, naturalmente, no ocurría, la especulación con los castillos socialistas en el aire se vino abajo enseguida. Los lingotes de oro resultaron un mejor reclamo. Bonaparte y Compañía no se contentaron con embolsarse parte del excedente de los siete millones sobre el valor de los lingotes destinados a premios; falsificaron billetes de lotería, emitiendo diez, quince y hasta veinte billetes con el mismo número: ¡una operación financiera en el espíritu de la Sociedad del 10 de Diciembre! Aquí la Asamblea Nacional no se enfrentaba al Presidente ficticio de la república, sino a Bonaparte en carne y hueso. Aquí podía pescarlo in fraganti, en conflicto no con la Constitución, sino con el Code pénal. Si ante la interpelación de Duprat pasó al orden del día, no fue simplemente porque la moción de Girardin de declararse «satisfait» recordara al Partido del Orden su propia corrupción sistemática. El burgués, sobre todo el burgués inflado a

hombre de Estado, complementa su mezquindad práctica con la extravagancia teórica. Como hombre de Estado, se convierte, al igual que el poder estatal que se le enfrenta, en un ser superior contra el que sólo se puede luchar de una manera superior, consagrada.

* La frase «Hija del Elíseo» (Tochter aus Elysium) aparece en el poema de Schiller «A la alegría» como epíteto de la alegría. Marx la emplea como juego de palabras aludiendo a la residencia oficial de Luis Bonaparte en los Campos Elíseos. — Ed.

Bonaparte, quien precisamente por ser un bohemio, un principesco lumpenproletario, llevaba ventaja sobre un burgués canallesco en cuanto que podía librar una lucha sucia, veía ahora, después de que la Asamblea misma lo hubiera guiado con su propia mano por el resbaladizo terreno de los banquetes militares, las revistas, la Sociedad del 10 de Diciembre y, por último, el Code pénal, que había llegado el momento de pasar de una aparente defensiva a la ofensiva. Los pequeños descalabros sufridos entretanto por el ministro de Justicia, el ministro de la Guerra, el ministro de Marina y el ministro de Hacienda,* mediante los cuales la Asamblea Nacional manifestaba su gruñón desagrado, le preocupaban poco. No sólo impidió que los ministros dimitieran reconociendo así la soberanía del parlamento sobre el poder ejecutivo, sino que ahora podía consumar lo que había comenzado durante el receso de la Asamblea Nacional: la separación del poder militar del parlamento, la destitución de Changarnier.

Un periódico del Elíseo** publicó una orden del día presuntamente dirigida durante el mes de mayo a la Primera División del Ejército y, por tanto, procedente de Changarnier, en la cual se recomendaba a los oficiales, en caso de insurrección, no dar cuartel a los traidores en sus propias filas, sino fusilarlos de inmediato y negar las tropas a la Asamblea Nacional si ésta las requiriese. El 3 de enero de 1851, el gabinete fue interpelado acerca de esta orden del día. Para investigar el asunto, pide un plazo de respiro, primero de tres meses, luego de una semana, por último de sólo veinticuatro horas. La Asamblea insiste en una explicación inmediata. Changarnier se levanta y declara que jamás existió tal orden del día. Añade que siempre se apresurará a cumplir las demandas de la Asamblea Nacional y que, en caso de choque, puede contar con él. La Asamblea acoge su declaración con indescriptibles aplausos y aprueba un voto de confianza hacia él. Abdica, decreta su propia impotencia y la omnipotencia del ejército al ponerse bajo la protección privada de un general; pero el general se engaña cuando pone a su disposición contra Bonaparte un poder que sólo posee como feudo del mismo Bonaparte y cuando, a su vez, espera ser protegido por este parlamento, por su propio protegido necesitado de protección.

Changarnier, sin embargo, cree en el poder misterioso con que la burguesía lo ha dotado desde el 29 de enero de 1849. Se considera el tercer poder, que coexiste junto a los otros dos poderes del Estado. Comparte la suerte de los demás héroes, o más bien santos, de esta época, cuya grandeza consiste precisamente en la grande opinión interesada que de ellos se forma su partido en interés propio, y que se reducen a figuras corrientes apenas las circunstancias les exigen hacer milagros. La incredulidad es, en general, el enemigo mortal de estos héroes de renombre y santos reales. De ahí su digna indignación moral ante la falta de entusiasmo mostrada por los ingenios y los burlones.

Esa misma noche, los ministros fueron convocados al Elíseo; Bonaparte insiste en la destitución de Changarnier; cinco ministros se niegan a firmarla; el Moniteur anuncia una crisis ministerial, y la prensa del partido del orden amenaza con formar un ejército parlamentario bajo el mando de Changarnier. El partido del orden tenía autoridad constitucional para dar este paso. Sólo tenía que nombrar a Changarnier presidente de la Asamblea Nacional y requisar todas las tropas que quisiera para su protección. Podía hacerlo con tanta mayor seguridad cuanto que Changarnier seguía estando realmente al frente del ejército y de la Guardia Nacional de París y sólo esperaba ser requisado junto con el ejército. La prensa bonapartista aún no osaba siquiera cuestionar el derecho de la Asamblea Nacional a requisar tropas directamente, un escrúpulo jurídico que, en las circunstancias dadas, no prometía éxito alguno. Que el ejército habría obedecido las órdenes de la Asamblea Nacional es probable si se tiene en cuenta que Bonaparte tuvo que buscar por todo París durante ocho días para encontrar, por fin, a dos generales —Baraguay d’Hilliers y Saint-Jean d’Angély— que se declararon dispuestos a refrendar la destitución de Changarnier. Que el partido del orden, sin embargo, hubiera encontrado en sus propias filas y en el parlamento el número necesario de votos para semejante resolución es más que dudoso, si se considera que ocho días después 286 votos se separaron del partido y que, en diciembre de 1851, en la última hora de la decisión, la Montaña rechazó todavía una propuesta similar. No obstante, quizá los burgraves hubieran logrado aún espolear a la masa de su partido a un heroísmo que consistía en sentirse seguros detrás de un bosque de bayonetas y aceptar los servicios de un ejército que se había pasado a su campo. En lugar de esto, en la noche del 6 de enero, los señores burgraves se dirigieron al Elíseo para disuadir a Bonaparte de la destitución de Changarnier con frases de estadista y razones de Estado. A quien se intenta persuadir, se le reconoce como dueño de la situación. El 12 de enero, Bonaparte, asegurado por este paso, nombra un nuevo ministerio en el que permanecen los jefes del antiguo, Fould y Baroche. Saint-Jean d’Angély se convierte en ministro de la Guerra, el Moniteur publica el decreto de destitución de Changarnier y su mando se divide entre Baraguay d’Hilliers, que recibe la Primera División del Ejército, y Perrot, que recibe la Guardia Nacional. El baluarte de la sociedad ha sido destituido, y mientras esto no hace caer ni una teja de los tejados, las cotizaciones en la bolsa suben, en cambio.

Al repeler al ejército, que en la persona de Changarnier se pone a su disposición, y entregar así irrevocablemente el ejército al presidente, el partido del orden declara que la burguesía ha perdido su vocación de gobernar. Ya no existía un ministerio parlamentario. Habiendo perdido ahora realmente su dominio sobre el ejército y la Guardia Nacional, ¿qué medios efectivos le quedaban para mantener al mismo tiempo el poder usurpado del parlamento sobre el pueblo y su poder constitucional frente al presidente? Ninguno. Sólo el recurso a principios impotentes, a principios que ella misma había interpretado siempre meramente como reglas generales, que se prescriben a otros para poder moverse uno mismo con tanta mayor libertad. La destitución de Changarnier y la caída del poder militar en manos de Bonaparte cierran la primera parte del período que estamos considerando, el período de lucha entre el partido del orden y el poder ejecutivo. La guerra entre los dos poderes ha sido ahora abiertamente declarada, se libra abiertamente, pero sólo después de que el partido del orden ha perdido tanto las armas como los soldados. Sin ministerio, sin ejército, sin pueblo, sin opinión pública, después de su ley electoral del 31 de mayo, ya no representante de la nación soberana, sin ojos, sin orejas, sin dientes, sin nada,*** la Asamblea Nacional había experimentado una transformación gradual en un antiguo Parlamento francés**** que tiene que dejar la acción al gobierno y contentarse con gruñir amonestaciones post festum.*****

El partido del orden recibe al nuevo ministerio con una tormenta de indignación. El general Bedeau recuerda la suavidad de la Comisión Permanente durante el receso y la consideración excesiva que había mostrado al renunciar a la publicación de sus actas. El ministro del Interior****** insiste ahora él mismo en la publicación de esas actas, que para entonces ya se han vuelto naturalmente tan insulsas como el agua de acequia, no revelan ningún hecho nuevo y no producen el menor efecto sobre el público blasé. A propuesta de Rémusat, la Asamblea Nacional se retira a sus oficinas y nombra un “Comité para Medidas Extraordinarias”. París se aparta tanto menos de la rutina de su vida cotidiana cuanto que en ese momento el comercio es próspero, las manufacturas están activas, el precio del trigo bajo, los víveres abundan y las cajas de ahorro reciben depósitos frescos a diario. Las “medidas extraordinarias” que el parlamento ha anunciado con tanto ruido se desinflan el 18 de enero en un voto de desconfianza contra los ministros sin que siquiera se mencione al general Changarnier. El partido del orden se había visto obligado a formular su moción de este modo para asegurarse los votos de los republicanos, puesto que, de todas las medidas del ministerio, la destitución de Changarnier es precisamente la única que los republicanos aprueban, mientras que el partido del orden no está en realidad en condiciones de censurar los otros actos ministeriales, que él mismo había dictado.

El voto de desconfianza del 18 de enero fue aprobado por 415 votos contra 286. Así, pues, sólo fue llevado adelante por una coalición de los legitimistas y orleanistas extremos con los republicanos puros y la Montaña. Así demostró que el partido del orden, en los conflictos con Bonaparte, no sólo había perdido el ministerio, no sólo el ejército, sino también su mayoría parlamentaria independiente, que una escuadra de representantes había desertado de su campamento por fanatismo de conciliación, por miedo a la lucha, por cansancio, por consideración familiar hacia los sueldos estatales de sus parientes, por especulación sobre puestos ministeriales vacantes (Odilon Barrot), por puro egoísmo, que hace que el burgués ordinario esté siempre inclinado a sacrificar el interés general de su clase a este u otro motivo privado. Desde el principio, los representantes bonapartistas se adhirieron al partido del orden sólo en la lucha contra la revolución. El jefe del partido católico, Montalembert, ya en aquel entonces había echado su influencia en el platillo bonapartista, pues desesperaba de las perspectivas de vida del partido parlamentario. Por último, los jefes de este partido, Thiers y Berryer, el orleanista y el legitimista, se vieron obligados a proclamarse abiertamente republicanos, a confesar que sus corazones eran monárquicos pero sus cabezas republicanas, que la república parlamentaria era la única forma posible para el dominio de la burguesía en su conjunto. Así, se vieron obligados, ante los ojos de la propia clase burguesa, a estigmatizar los planes de restauración, que continuaban persiguiendo incansablemente a espaldas del parlamento, como una intriga tan peligrosa como insensata.

El voto de desconfianza del 18 de enero alcanzó a los ministros y no al presidente. Pero no era el ministerio, era el presidente quien había...

* Rouher, Schramm, Romain-Desfossés y Fould. — Ed. > La Patrie, 2 de enero de 1851. — Ed.
** La Patrie, 2 de enero de 1851. — Ed.
*** Shakespeare, Como gustéis, Acto II, Escena 7. — Ed.
**** Parlamento francés antiguo. — Ed.
***** Después de la fiesta, es decir, tardíamente. — Ed.
****** Baroche. — Ed.

destituido a Changarnier. ¿Debía el Partido del Orden acusar al propio Bonaparte? ¿A causa de sus veleidades restauradoras? Éstas no hacían más que completar las suyas propias. ¿A causa de su conspiración en relación con las revistas militares y la Sociedad del 10 de Diciembre? Hacía ya mucho que habían enterrado esos temas bajo simples órdenes del día. ¿A causa de la destitución del héroe del 29 de enero y del 13 de junio, del hombre que en mayo de 1850 amenazó con incendiar las cuatro esquinas de París en caso de sublevación? Sus aliados de la Montaña y Cavaignac ni siquiera les permitieron levantar el baluarte caído de la sociedad mediante una declaración oficial de simpatía. Ellos mismos no podían negar al Presidente la autoridad constitucional para destituir a un general. Sólo rabiaban porque hacía un uso no parlamentario de su derecho constitucional. ¿Acaso no habían hecho ellos continuamente un uso inconstitucional de sus prerrogativas parlamentarias, sobre todo en lo tocante a la abolición del sufragio universal? Quedaban, pues, reducidos a moverse dentro de límites estrictamente parlamentarios. Y hizo falta esa peculiar dolencia que desde 1848 asola todo el continente, el cretinismo parlamentario, que mantiene a los infectados por él atrapados en un mundo imaginario y les roba todo sentido, toda memoria, todo entendimiento del rudo mundo exterior —hizo falta ese cretinismo parlamentario para que quienes habían destruido con sus propias manos todas las condiciones del poder parlamentario, y estaban condenados a destruirlas en su lucha con las demás clases, siguieran considerando sus victorias parlamentarias como victorias y creyeran golpear al Presidente al atacar a sus ministros. No hicieron sino darle la oportunidad de humillar de nuevo a la Asamblea Nacional ante los ojos de la nación. El 20 de enero, el Moniteur anunció que se había aceptado la dimisión de todo el ministerio. Con el pretexto de que ningún partido parlamentario disponía ya de mayoría, como lo probaba la votación del 18 de enero, ese fruto de la coalición entre la Montaña y los realistas, y en espera de la formación de una nueva mayoría, Bonaparte nombró un ministerio llamado de transición, del cual ni un solo miembro era diputado, todos ellos individuos absolutamente desconocidos e insignificantes, un ministerio de meros oficinistas y copistas. El Partido del Orden podía ahora agotarse jugando con estas marionetas; el poder ejecutivo ya no consideraba que valiera la pena hacerse representar seriamente en la Asamblea Nacional. Cuanto más puras comparsas eran sus ministros, tanto más concentraba Bonaparte, de manera manifiesta, todo el poder ejecutivo en su propia persona y tanto más margen tenía para explotarlo en su propio provecho.

En coalición con la Montaña, el Partido del Orden se vengó rechazando la concesión al Presidente de 1.800.000 francos, que el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre había obligado a sus oficinistas ministeriales a proponer. Esta vez una mayoría de solo 102 votos decidió la cuestión; así pues, 27 votos más se habían desprendido desde el 18 de enero; la disolución del Partido del Orden avanzaba. Al mismo tiempo, para que no hubiera ni por un momento ningún equívoco sobre el significado de su coalición con la Montaña, desdeñó incluso tomar en consideración una propuesta firmada por 189 miembros de la Montaña en demanda de una amnistía general para los condenados políticos. Bastó que el ministro del Interior, un tal Vaisse, declarase que la tranquilidad era sólo aparente, que en secreto reinaba una gran agitación, que en secreto se estaban organizando sociedades por todas partes, que los periódicos demócratas se preparaban para volver a salir, que los informes de los departamentos eran desfavorables, que los refugiados de Ginebra dirigían una conspiración que se extendía por Lyon a todo el sur de Francia, que Francia se hallaba al borde de una crisis industrial y comercial, que los fabricantes de Roubaix habían reducido las horas de trabajo, que los prisioneros de Belle-Île estaban amotinados… bastó que incluso un simple Vaisse conjurase el espectro rojo para que el Partido del Orden rechazara sin discusión una moción que ciertamente habría conquistado para la Asamblea Nacional una inmensa popularidad y lanzado a Bonaparte de nuevo a sus brazos. En vez de dejarse intimidar por el poder ejecutivo con la perspectiva de nuevos disturbios, habría debido más bien conceder un poco de margen a la lucha de clases, a fin de mantener al poder ejecutivo dependiente de sí mismo. Pero no se sentía a la altura de la tarea de jugar con fuego.

Entretanto, el llamado ministerio de transición siguió vegetando hasta mediados de abril. Bonaparte fatigó y aturdió a la Asamblea Nacional con continuas combinaciones ministeriales nuevas. Ora parecía querer formar un ministerio republicano con Lamartine y Billault, ora uno parlamentario con el inevitable Odilon Barrot, cuyo nombre nunca puede faltar cuando se necesita un primo; luego un ministerio legitimista con Vatimesnil y Benoist d’Azy, y más tarde de nuevo uno orleanista con Maleville. Mientras mantenía así en tensión recíproca a las distintas fracciones del Partido del Orden y las alarmaba en su conjunto con la perspectiva de un ministerio republicano y el consiguiente restablecimiento inevitable del sufragio universal, engendraba al mismo tiempo en la burguesía la convicción de que sus honestos esfuerzos por formar un ministerio parlamentario se veían frustrados por la irreconciliabilidad de las fracciones realistas. Pero la burguesía clamaba con tanta más fuerza por un “gobierno fuerte”; tanto más imperdonable le parecía dejar a Francia “sin administración” cuanto más parecía avecinarse una crisis comercial general que ganaba adeptos para el socialismo en las ciudades, del mismo modo que el precio ruinosamente bajo del trigo lo hacía en el campo. El comercio se paralizaba día a día, los brazos desocupados aumentaban de manera perceptible, diez mil obreros, por lo menos, carecían de pan en París, innumerables fábricas estaban paradas en Rouen, Mulhouse, Lyon, Roubaix, Tourcoing, Saint-Étienne, Elbeuf, etc. En estas circunstancias, Bonaparte pudo aventurarse, el 11 de abril, a restablecer el ministerio del 18 de enero: los señores Rouher, Fould, Baroche, etc., reforzados por el señor Léon Faucher, a quien la Constituyente, en sus últimos días, había estigmatizado por unanimidad —salvo cinco votos de ministros— con un voto de censura por haber enviado telegramas falsos. Así pues, la Asamblea Nacional había obtenido una victoria sobre el ministerio el 18 de enero, había luchado con Bonaparte durante tres meses, sólo para que el 11 de abril Fould y Baroche admitiesen al puritano Faucher como tercer miembro en su alianza ministerial*.

En noviembre de 1849, Bonaparte se había contentado con un ministerio no parlamentario; en enero de 1851, con uno extraparlamentario, y el 11 de abril se sintió lo bastante fuerte para formar un ministerio antiparlamentario, que concertaba armoniosamente en sí mismo los votos de censura de ambas Asambleas, la Constituyente y la Legislativa, la republicana y la realista. Esta gradación de ministerios era el termómetro con el que el parlamento podía medir el descenso de su propio calor vital. A fines de abril, éste había descendido tanto que Persigny, en una entrevista personal, pudo instar a Changarnier a pasarse al campo del Presidente. Bonaparte, le aseguró, consideraba la influencia de la Asamblea Nacional como completamente aniquilada, y ya estaba preparada la proclama que debía publicarse después del golpe de Estado, golpe que se mantenía constantemente a la vista pero que, por azar, se había vuelto a aplazar. Changarnier comunicó a los jefes del Partido del Orden el aviso fúnebre; pero ¿quién cree que las picaduras de chinches son mortales? Y el parlamento, herido, desintegrado y putrefacto como estaba, no pudo decidirse a ver en su duelo con el grotesco jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre otra cosa que un duelo con una chinche. Pero Bonaparte respondió al Partido del Orden como Agesilao al rey Agis: “Te parezco una hormiga, pero un día seré un león”.

* Paráfrasis irónica de la expresión “in eurem Bunde der dritte” («el tercero en vuestra alianza»), del poema «Die Bürgschaft» de Schiller. — N. de la ed.

VI

La coalición con la Montaña y con los republicanos puros, a la que el Partido del Orden se veía condenado en sus vanos esfuerzos por mantener la posesión del poder militar y reconquistar el control supremo del poder ejecutivo, demostraba de modo incontrovertible que había perdido su mayoría parlamentaria independiente. El 28 de mayo, el mero poder del calendario, de la aguja horaria del reloj, dio la señal de su completa desintegración. Con el 28 de mayo comenzaba el último año de vida de la Asamblea Nacional. Ésta tenía ahora que decidir si se continuaba la Constitución sin modificaciones o si se la revisaba. Pero la revisión de la Constitución implicaba no sólo la dominación de la burguesía o de la pequeña burguesía democrática, la democracia o la anarquía proletaria, la república parlamentaria o Bonaparte, ¡implicaba al mismo tiempo Orleans o Borbón! Cayó así en medio del parlamento la manzana de la discordia que estaba llamada a inflamar abiertamente el conflicto de intereses que escindía al Partido del Orden en facciones hostiles. El Partido del Orden era una combinación de sustancias sociales heterogéneas. La cuestión de la revisión generó una temperatura política a la cual el producto se descompuso de nuevo en sus elementos originarios.

El interés de los bonapartistas en una revisión era simple. Para ellos se trataba ante todo de abolir el artículo 45, que prohibía la reelección de Bonaparte y la prórroga de su autoridad. No menos simple aparecía la posición de los republicanos. Éstos rechazaban incondicionalmente cualquier revisión; veían en ella una conspiración universal contra la república. Como disponían de más de una cuarta parte de los votos en la Asamblea Nacional y, según la Constitución, se necesitaban las tres cuartas partes de los votos para que una resolución de revisión fuera legalmente válida y para la convocatoria de una Asamblea revisora, no necesitaban más que contar sus votos para estar seguros de la victoria. Y estaban seguros de la victoria.

Frente a estas posiciones claras, el Partido del Orden se hallaba atrapado en contradicciones inextricables. Si rechazaba la revisión, ponía en peligro el statu quo, pues no dejaría a Bonaparte más que una salida, la de la fuerza, y el segundo domingo de mayo de 1852, en el momento decisivo, entregaría Francia a la anarquía revolucionaria, con un Presidente que había perdido su autoridad, con un parlamento que desde hacía mucho tiempo no la poseía y con un pueblo que se proponía reconquistarla. Si votaba por la revisión constitucional, sabía que votaba en vano y que estaba condenado a fracasar constitucionalmente a causa del veto de los republicanos. Si declaraba inconstitucionalmente vinculante una simple mayoría de votos, entonces sólo podía esperar dominar la revolución si se subordinaba incondicionalmente a la soberanía del poder ejecutivo, en cuyo caso haría de Bonaparte dueño de la Constitución, de su revisión y de sí mismo. Una revisión meramente parcial que prolongara la autoridad del Presidente allanaría el camino a la usurpación imperial. Una revisión general que acortara la existencia de la república haría chocar inevitablemente las pretensiones dinásticas, pues las condiciones de una restauración borbónica y las de una restauración orleanista no sólo eran diferentes, sino que se excluían mutuamente.

La república parlamentaria era más que el terreno neutral en el que las dos fracciones de la burguesía francesa, legitimistas y orleanistas, la gran propiedad territorial y la industria, podían convivir una al lado de la otra con igualdad de derechos. Era la condición inevitable de su dominación común, la única forma de Estado en la que su interés general de clase sometía a sí, al mismo tiempo, tanto las pretensiones de sus fracciones particulares como a todas las demás clases de la sociedad. Como monárquicos recaían en su viejo antagonismo, en la lucha por la supremacía de la propiedad territorial o del dinero, y la expresión suprema de este antagonismo, su personificación, eran sus propios reyes, sus dinastías. De ahí la resistencia del Partido del Orden a la vuelta de los Borbones.

El orleanista y representante del pueblo Creton había presentado periódicamente, en 1849, 1850 y 1851, una moción para la revocación del decreto que desterraba a las familias reales. Periódicamente también el parlamento ofrecía el espectáculo de una asamblea de monárquicos que obstinadamente cerraba las puertas por las que sus reyes exiliados podían regresar a la patria. Ricardo III había asesinado a Enrique VI, comentando que era demasiado bueno para este mundo y que pertenecía al cielo.* Los monárquicos declaraban que Francia era demasiado mala para volver a poseer a sus reyes. Forzados por las circunstancias, se habían convertido en republicanos y sancionaban una y otra vez la decisión popular que había expulsado a sus reyes de Francia.

* Shakespeare, Ricardo III, Acto I, Escena 2. — Ed.

Una revisión de la Constitución —y las circunstancias obligaban a tomarla en consideración— ponía en tela de juicio, junto con la república, la dominación común de las dos fracciones burguesas y reavivaba, con la posibilidad de una monarquía, la rivalidad de los intereses que ésta había representado predominantemente por turno, la lucha por la supremacía de una fracción sobre la otra. Los diplomáticos del Partido del Orden creían poder zanjar la lucha mediante una amalgama de las dos dinastías, mediante una llamada fusión de los partidos monárquicos y sus casas reales. La verdadera fusión de la Restauración y de la monarquía de Julio era la república parlamentaria, en la que los colores orleanista y legitimista se borraban y las diversas especies de burgueses desaparecían en el burgués en cuanto tal, en el género burgués. Ahora, sin embargo, el orleanista debía volverse legitimista y el legitimista orleanista. La realeza, en la que se personificaba su antagonismo, debía encarnar su unidad; la expresión de sus intereses exclusivos de fracción debía convertirse en la expresión de su interés común de clase; la monarquía debía hacer lo que sólo la abolición de dos monarquías, la república, podía y había hecho. Ésta era la piedra filosofal, para producirla se devanaban los sesos los doctores del Partido del Orden. ¡Como si la monarquía legitimista pudiera jamás convertirse en la monarquía del burgués industrial, o la monarquía burguesa en la monarquía de la aristocracia territorial hereditaria! ¡Como si la propiedad territorial y la industria pudieran confraternizar bajo una misma corona, cuando la corona sólo podía ceñir una cabeza, la cabeza del hermano mayor o la del hermano menor! ¡Como si en general la industria pudiera llegar a un arreglo con la propiedad territorial, mientras la propiedad territorial no se decida a hacerse industrial! Si Enrique V muriera mañana, el conde de París no se convertiría por ello en rey de los legitimistas, a menos que dejara de ser el rey de los orleanistas. Los filósofos de la fusión, que se hacían tanto más clamorosos cuanto más se ponía a la orden del día la cuestión de la revisión, que se habían provisto de un órgano oficial diario en la *Assemblée nationale* y que aún en este preciso momento (febrero de 1852) están de nuevo en actividad, consideraban que toda la dificultad radicaba en la oposición y la rivalidad de las dos dinastías. Los intentos de reconciliar a la familia de Orleans con Enrique V, iniciados desde la muerte de Luis Felipe, pero que, como las intrigas dinásticas en general, sólo se representaban mientras la Asamblea Nacional estaba en receso, durante los entr’actes, entre bastidores, más como coquetería sentimental con la vieja superstición que como negocio serio, se convirtieron ahora en grandes funciones de Estado, representadas por el Partido del Orden en el escenario público, en lugar de en teatros de aficionados como hasta entonces. Los correos volaban de París a Venecia, de Venecia a Claremont, de Claremont a París. El conde de Chambord lanza un manifiesto en el que, «con la ayuda de todos los miembros de su familia», anuncia no su restauración, sino la «nacional». El orleanista Salvandy se arroja a los pies de Enrique V. Los jefes legitimistas, Berryer, Benoist d’Azy, Saint-Priest, viajan a Claremont para persuadir al círculo de los Orleans, pero en vano. Los fusionistas perciben demasiado tarde que los intereses de las dos fracciones burguesas no pierden su exclusividad ni ganan flexibilidad cuando se agudizan bajo la forma de intereses familiares, de intereses de dos casas reales. Si Enrique V reconociera al conde de París como su sucesor —el único éxito que la fusión podría alcanzar en el mejor de los casos—, la Casa de Orleans no ganaría ningún derecho que la falta de hijos de Enrique V no le hubiera ya asegurado, pero perdería todos los derechos que había conquistado mediante la revolución de Julio. Renunciaría a sus pretensiones originarias, a todos los títulos que, en casi cien años de lucha, había arrebatado a la rama mayor de los Borbones; trocaría su prerrogativa histórica, la prerrogativa del reino moderno, por la prerrogativa de su árbol genealógico. La fusión, por consiguiente, no sería más que una abdicación voluntaria de la Casa de Orleans, su dimisión ante la legitimidad, una retractación penitente de la iglesia protestante del Estado a la católica. Una retractación, además, que ni siquiera la llevaría al trono que había perdido, sino a las gradas del mismo, sobre las cuales había nacido. Los viejos ministros orleanistas, Guizot, Duchatel, etc., que se apresuraron igualmente a ir a Claremont a anunciar la fusión, no representaban en realidad más que la resaca de la revolución de Julio, la desesperación ante la monarquía burguesa y el monarquismo de los burgueses, la creencia supersticiosa en la legitimidad como último amuleto contra la anarquía. Imaginándose mediadores entre Orleans y Borbón, eran en realidad simples renegados orleanistas, y el príncipe de Joinville los recibió como tales. Por otro lado, la sección viable y belicosa de los orleanistas, Thiers, Baze, etc., convenció a la familia de Luis Felipe con tanta mayor facilidad de que, si bien toda restauración directamente monárquica presuponía la fusión de las dos dinastías y toda fusión semejante presuponía la abdicación de la Casa de Orleans, estaba, por el contrario, completamente de acuerdo con la tradición de sus antepasados reconocer por el momento la república y aguardar hasta que los acontecimientos permitiesen convertir la silla presidencial en un trono. Circularon rumores sobre la candidatura de Joinville, se mantuvo en suspenso la curiosidad pública y, unos meses más tarde, en septiembre, después del rechazo de la revisión, su candidatura fue proclamada públicamente.

El intento de una fusión monárquica de orleanistas con legitimistas no sólo había fracasado; había destruido su fusión parlamentaria, su forma republicana común, y había roto el Partido del Orden en sus partes constitutivas originales; pero cuanto más crecía el distanciamiento entre Claremont y Venecia, cuanto más se desmoronaba su arreglo y ganaba terreno la agitación joinvillista, tanto más vivas y serias se hacían las negociaciones entre el ministro de Bonaparte, Faucher, y los legitimistas.

La descomposición del Partido del Orden no se detuvo en sus elementos originarios. Cada una de las dos grandes fracciones, a su vez, experimentó una nueva descomposición. Era como si todos los viejos matices que antaño habían luchado y pugnado entre sí dentro de cada uno de los dos círculos, ya fuera el legitimista o el orleanista, se hubieran reanimado de nuevo como infusorios secos al contacto con el agua, como si hubieran adquirido de nuevo suficiente energía vital para formar grupos propios y antagonismos independientes. Los legitimistas soñaban que habían vuelto a las controversias entre las Tullerías y el Pabellón Marsan, entre Villèle y Polignac. Los orleanistas revivían los días dorados de los torneos entre Guizot, Molé, Broglie, Thiers y Odilon Barrot.

Aquella parte del Partido del Orden que estaba deseosa de la revisión, pero que se dividía de nuevo sobre los límites de la misma, una fracción compuesta por los legitimistas acaudillados por Berryer y Falloux, por un lado, y por La Rochejaquelein, por otro, y por los orleanistas cansados de luchas, acaudillados por Molé, Broglie, Montalembert y Odilon Barrot, se puso de acuerdo con los representantes bonapartistas sobre la siguiente moción, vaga y amplia:

«Con el objeto de restituir a la nación el pleno ejercicio de su soberanía, los representantes abajo firmantes proponen que la Constitución sea revisada.»*

Al mismo tiempo, sin embargo, declararon unánimemente por boca de su ponente Tocqueville que la Asamblea Nacional no tenía derecho a proponer la abolición de la república, que ese derecho correspondía únicamente a la Cámara revisora. Por lo demás, la Constitución solo podía ser revisada de manera «legal», es decir, solo si se pronunciaban a favor de la revisión las tres cuartas partes de los votos constitucionalmente prescritos. El 19 de julio, después de seis días de tormentoso debate, la revisión fue rechazada, como era de esperar. Cuatrocientos cuarenta y seis votos a favor, doscientos setenta y ocho en contra. Los orleanistas extremos, Thiers, Changarnier, etc., votaron con los republicanos y con la Montaña.

Así, la mayoría del parlamento se pronunció contra la Constitución, pero esta misma Constitución se pronunció a favor de la minoría y declaró que su voto era vinculante. Pero, ¿acaso no había subordinado el Partido del Orden la Constitución a la mayoría parlamentaria el 31 de mayo de 1850 y el 13 de junio de 1849? ¿No se había basado hasta entonces toda su política en la subordinación de los artículos de la Constitución a las decisiones de la mayoría parlamentaria? ¿No había dejado a los demócratas la fe supersticiosa, al estilo del Antiguo Testamento, en la letra de la ley, y los había fustigado por ella? Pero en el momento presente, la revisión de la Constitución no significaba más que la continuación de la autoridad presidencial, como la continuación de la Constitución no significaba más que la deposición de Bonaparte. El parlamento se había pronunciado por él, pero la Constitución se pronunciaba contra el parlamento. Por consiguiente, obró en el sentido del parlamento cuando desgarró la Constitución, y obró en el sentido de la Constitución cuando dispersó el parlamento.

El parlamento había declarado que la Constitución y, con ella, su propia dominación, estaban «fuera del alcance de la mayoría»; con su voto había abolido la Constitución y prorrogado el poder presidencial, al mismo tiempo que declaraba que ni aquélla puede morir ni éste vivir mientras él mismo siga existiendo. Los que iban a enterrarlo estaban ya a la puerta. Mientras debatía sobre la revisión, Bonaparte destituyó al general Baraguay d’Hilliers, que se había mostrado irresoluto, del mando de la primera división militar y nombró en su lugar al general Magnan, el vencedor de Lyon, el héroe de los días de diciembre, una de sus criaturas, que ya bajo Luis Felipe se había comprometido más o menos en favor de Bonaparte con ocasión de la expedición de Boulogne.

* La moción fue presentada en la sesión de la Asamblea Legislativa del 2 de junio de 1851. Véase *Le Moniteur universel*, núm. 154, 3 de junio de 1851. — Ed.

El partido del orden demostró con su decisión sobre la revisión que no sabía ni gobernar ni servir; ni vivir ni morir; ni soportar la república ni derribarla; ni sostener la Constitución ni arrojarla por la borda; ni cooperar con el Presidente ni romper con él. ¿A quién, pues, confiaba la solución de todas las contradicciones? Al calendario, al curso de los acontecimientos. Dejó de pretender dominar los acontecimientos. Por tanto, desafió a los acontecimientos a que lo dominaran a él, y con ello desafió al poder al que, en la lucha contra el pueblo, había ido cediendo un atributo tras otro, hasta quedar impotente ante ese poder. Para que el jefe del poder ejecutivo pudiera trazar con mayor tranquilidad su plan de campaña contra él, fortalecer sus medios de ataque, elegir sus instrumentos y fortificar sus posiciones, resolvió precisamente en este momento crítico retirarse de la escena y aplazar sus sesiones por tres meses, del 10 de agosto al 4 de noviembre.

El partido parlamentario no sólo se disolvió en sus dos grandes fracciones, cada una de las cuales no sólo estaba escindida en su interior, sino que el partido del orden en el parlamento se había enemistado con el partido del orden fuera del parlamento. Los portavoces y escribas de la burguesía, su tribuna y su prensa, en suma, los ideólogos de la burguesía y la burguesía misma, los representantes y los representados, estaban enajenados entre sí y ya no se comprendían.

Los legitimistas de provincias, con su horizonte limitado y su ilimitado entusiasmo, acusaban a sus jefes parlamentarios, Berryer y Falloux, de desertar al campo bonapartista y de defección respecto a Enrique V. Sus almas, puras como la flor de lis, creían en la caída del hombre, pero no en la diplomacia.

Mucho más fatal y decisiva fue la ruptura de la burguesía comercial con sus políticos. Les reprochaba, no como los legitimistas a los suyos, haber abandonado sus principios, sino, por el contrario, aferrarse a principios que se habían vuelto inútiles.

Ya he indicado más arriba que, desde la entrada de Fould en el ministerio, la fracción de la burguesía comercial que había detentado la mayor parte del poder bajo Luis Felipe, a saber, la aristocracia financiera, se había vuelto bonapartista. Fould representaba no sólo los intereses de Bonaparte en la Bolsa, sino también, al mismo tiempo, los intereses de la Bolsa ante Bonaparte. La posición de la aristocracia financiera se describe de manera sorprendente en un pasaje de su órgano europeo, el London Economist. En su número del 1 de febrero de 1851, su corresponsal parisino escribe:

«Ahora se nos dice desde numerosos sectores que Francia exige, por encima de todo, tranquilidad. El Presidente lo declara en su mensaje a la Asamblea Legislativa; se hace eco en la tribuna; se afirma en los periódicos; se anuncia desde el púlpito; lo demuestra la sensibilidad de los fondos públicos ante la menor perspectiva de disturbios, y su firmeza en el instante en que se manifiesta que el ejecutivo es victorioso.»

En su número del 29 de noviembre de 1851, The Economist declara en nombre propio:

«El Presidente es el guardián del orden, y ahora es reconocido como tal en todas las bolsas de Europa.»

La aristocracia financiera, por consiguiente, condenaba la lucha parlamentaria del partido del orden con el poder ejecutivo como una perturbación del orden, y celebraba cada victoria del Presidente sobre sus ostensibles representantes como una victoria del orden. Por aristocracia financiera no debe entenderse aquí meramente a los grandes promotores de empréstitos y especuladores de fondos públicos, respecto de los cuales es inmediatamente obvio que sus intereses coinciden con los del poder estatal. Toda la finanza moderna, todo el negocio bancario, está entretejido de la manera más íntima con el crédito público. Una parte de su capital comercial está necesariamente invertida y colocada a interés en fondos públicos rápidamente convertibles. Sus depósitos, el capital puesto a su disposición y distribuido por ellos entre comerciantes e industriales, provienen en parte de los dividendos de los tenedores de títulos del Estado. Si en todas las épocas la estabilidad del poder estatal fue como Moisés y los profetas para todo el mercado de dinero y para los sacerdotes de este mercado de dinero, ¿por qué no ha de serlo aún más hoy, cuando cada diluvio amenaza con arrasar a los viejos Estados, y con ellos las viejas deudas del Estado?

También la burguesía industrial, en su fanatismo por el orden, se irritó por las querellas del partido parlamentario del orden con el poder ejecutivo. Después de su votación del 18 de enero con motivo de la destitución de Changarnier, Thiers, Anglas, Sainte-Beuve, etc., recibieron de sus electores, precisamente en los distritos industriales, reprobaciones públicas en las que su coalición con la Montaña era fustigada como alta traición al orden. Si, como hemos visto, las jactanciosas burlas, las mezquinas intrigas que caracterizaron la lucha del partido del orden con el Presidente no merecían mejor acogida, en cambio este partido burgués, que exigía a sus representantes que dejaran pasar el poder militar de su propio parlamento a un aventurero pretendiente sin ofrecer resistencia, no valía siquiera las intrigas que se derrochaban en su interés. Demostraba que la lucha por mantener sus intereses públicos, sus propios intereses de clase, su poder político, sólo lo perturbaba y trastornaba, pues era una perturbación de los negocios privados.

Con apenas alguna excepción, los dignatarios burgueses de las ciudades departamentales, las autoridades municipales, los jueces de los tribunales de comercio, etc., recibían en todas partes a Bonaparte en sus giras de la manera más servil, incluso cuando, como en Dijon, lanzaba un ataque desenfrenado contra la Asamblea Nacional y, especialmente, contra el partido del orden.

Cuando el comercio iba bien, como ocurría aún a comienzos de 1851, la burguesía comercial se enfurecía contra toda lucha parlamentaria, para que no se malhumorara el comercio. Cuando el comercio iba mal, como sucedió constantemente desde finales de febrero de 1851, la burguesía comercial acusaba a las luchas parlamentarias de ser la causa del estancamiento y clamaba para que cesaran, a fin de que el comercio pudiera reanimarse. Los debates sobre la revisión llegaron precisamente en este mal período. Dado que aquí se trataba de si la forma de Estado existente debía ser o no ser, la burguesía se sintió tanto más justificada para exigir a sus representantes que pusieran fin a ese tortuoso arreglo provisional y, al mismo tiempo, que mantuvieran el statu quo. No había contradicción en ello. Por fin del arreglo provisional entendía precisamente su continuación, la postergación a un futuro lejano del momento en que debía tomarse una decisión. El statu quo sólo podía mantenerse de dos maneras: prórroga del poder de Bonaparte o su retiro constitucional y la elección de Cavaignac. Una fracción de la burguesía deseaba esta última solución y no sabía dar mejor consejo a sus representantes que callar y dejar intacta la cuestión candente. Opinaban que si sus representantes no hablaban, Bonaparte no actuaría. Querían un parlamento avestruz que escondiera la cabeza para no ser visto. Otra fracción de la burguesía deseaba, puesto que Bonaparte ya estaba en la silla presidencial, dejarlo sentado en ella, para que todo siguiera en la vieja rutina. Se indignaban de que su parlamento no infringiera abiertamente la Constitución y abdicara sin ceremonias.

Los Consejos Generales de los departamentos, esos cuerpos representativos provinciales de la gran burguesía, que se reunieron a partir del 25 de agosto durante el receso de la Asamblea Nacional, se declararon casi unánimemente por la revisión, y por tanto contra el parlamento y en favor de Bonaparte.

Aún más inequívocamente que en su desavenencia con sus representantes parlamentarios, mostró la burguesía su ira contra sus representantes literarios, su propia prensa. Las sentencias a multas ruinosas y a bochornosas penas de prisión, basadas en veredictos de jurados burgueses, por cada ataque de periodistas burgueses a los deseos usurpadores de Bonaparte, por cada intento de la prensa de defender los derechos políticos de la burguesía contra el poder ejecutivo, asombraron no sólo a Francia, sino a toda Europa.

Mientras el partido parlamentario del orden, con su clamor por la tranquilidad, como he mostrado, se condenaba a la quietud, mientras declaraba que el dominio político de la burguesía era incompatible con la seguridad y la existencia de la burguesía, destruyendo con sus propias manos, en la lucha contra las otras clases de la sociedad, todas las condiciones de su propio régimen, el régimen parlamentario, la masa extraparlamentaria de la burguesía, por su parte, con su servilismo ante el Presidente, con su vilipendio del parlamento, con su brutal maltrato a su propia prensa, invitaba a Bonaparte a suprimir y aniquilar a su sección parlante y escribiente, a sus políticos y a sus literatos, a su tribuna y a su prensa, para poder así dedicarse a sus negocios privados con plena confianza en la protección de un gobierno fuerte y sin trabas. Declaraba inequívocamente que anhelaba deshacerse de su propio dominio político para librarse de las molestias y peligros de gobernar.

¡Y esta burguesía extraparlamentaria, que ya se había rebelado contra la lucha puramente parlamentaria y literaria por el dominio de su propia clase y traicionado a los jefes de esta lucha, se atreve ahora, después del acontecimiento, a acusar al proletariado de no haberse alzado en una lucha sangrienta, en una lucha a muerte, en su favor! Esta burguesía, que a cada momento sacrificaba sus intereses generales de clase, es decir, sus intereses políticos, a los más mezquinos y sórdidos intereses privados, y exigía de sus representantes un sacrificio análogo, ahora se lamenta de que el proletariado haya sacrificado los intereses políticos ideales de ella [la burguesía] a sus propios [del proletariado] intereses materiales. Se presenta como un ser amable, incomprendido y abandonado en la hora decisiva por el proletariado, extraviado por los socialistas. Y encuentra eco general en el mundo burgués. Naturalmente, no hablo aquí de los políticos alemanes de escalera abajo y de los pedantes dogmáticos. Me refiero, por ejemplo, al ya citado Economist, que aún el 29 de noviembre de 1851, es decir, cuatro días antes del golpe de Estado, había declarado a Bonaparte «guardián del orden», y a los Thiers y Berryers «anarquistas», y el 27 de diciembre de 1851, después que Bonaparte hubiera aquietado a esos anarquistas, ya vocifera sobre la traición a «la habilidad, el conocimiento, la disciplina, la influencia mental, los recursos intelectuales y el peso moral de las clases medias y superiores» cometida por las masas de «proletarios ignorantes, indisciplinados y estúpidos». La masa estúpida, ignorante y vulgar no era otra que la propia masa burguesa.

En el año 1851, Francia había pasado, ciertamente, por una especie de pequeña crisis comercial. A fines de febrero, las exportaciones mostraban una disminución en comparación con 1850; en marzo, el comercio sufrió y las fábricas cerraron; en abril, la situación de los departamentos industriales parecía tan desesperada como después de las jornadas de febrero; en mayo, los negocios aún no se habían reanimado; aún el 28 de junio, las existencias del Banco de Francia mostraban, por el enorme crecimiento de los depósitos y el igualmente grande

La disminución de los adelantos sobre letras de cambio indicaba que la producción se hallaba paralizada, y sólo a mediados de octubre empezó a operarse una mejora progresiva de los negocios. La burguesía francesa atribuía este estancamiento del comercio a causas puramente políticas, a la lucha entre el parlamento y el poder ejecutivo, a la precariedad de una forma de gobierno meramente provisional, a la pavorosa perspectiva del segundo domingo de mayo de 1852. No negaré que todas estas circunstancias ejercieron una influencia deprimente sobre algunos ramos industriales en París y en los departamentos. Pero, en todo caso, esa influencia de las condiciones políticas era puramente local e insignificante. ¿Acaso necesita esto otra prueba que el hecho de que la mejora de los negocios se iniciase a mediados de octubre, precisamente en el momento en que la situación política empeoraba, el horizonte político se oscurecía y a cada instante se esperaba un rayo del Elíseo*? Por lo demás, el burgués francés, cuyo “ingenio, saber, perspicacia espiritual y recursos intelectuales” no llegan más allá de sus narices, hubiera podido encontrar, a todo lo largo del período de la Gran Exposición de Londres, la causa de su miseria comercial justo delante de sus narices. Mientras en Francia se cerraban las fábricas, en Inglaterra estallaban quiebras comerciales. Mientras en abril y mayo el pánico industrial alcanzaba su punto culminante en Francia, en abril y mayo el pánico comercial llegaba a su clímax en Inglaterra. La industria lanera francesa sufría al igual que la inglesa, y la sedería francesa junto con la inglesa también. Cierto es que las fábricas de algodón inglesas seguían trabajando, pero ya no con las mismas ganancias que en 1849 y 1850. La única diferencia era que la crisis en Francia era industrial y en Inglaterra comercial; que mientras en Francia las fábricas estaban paradas, en Inglaterra ampliaban sus operaciones, aunque en condiciones menos favorables que en los años anteriores; que en Francia recibieron el golpe más duro las exportaciones, y en Inglaterra las importaciones. La causa común, que naturalmente no ha de buscarse dentro de los límites del horizonte político francés, era evidente. Los años 1849 y 1850 fueron años de la mayor prosperidad material y de una sobreproducción que no se manifestó como tal hasta 1851. A comienzos de este año recibió un nuevo impulso especial con la perspectiva de la Gran Exposición. A esto se añadieron las siguientes circunstancias especiales: primero, la mala cosecha parcial de algodón en 1850 y 1851; luego, la certeza de una cosecha algodonera mayor de lo que se había esperado; primero el alza, después la caída repentina, en suma, las fluctuaciones del precio del algodón. La cosecha de seda cruda, en Francia

* Juego de palabras: Elíseo significa aquí a la vez los cielos y el palacio presidencial de los Campos Elíseos. — Ed.

al menos, había resultado incluso inferior al rendimiento medio. La manufactura lanera, por último, se había expandido tanto desde 1848 que la producción de lana no podía seguirle el paso, y el precio de la lana cruda subió de manera desproporcionada con respecto al precio de los artículos de lana. Aquí tenemos ya, pues, en la materia prima de tres industrias que trabajan para el mercado mundial, un triple motivo para un estancamiento del comercio. Aparte de estas circunstancias especiales, la aparente crisis de 1851 no fue otra cosa que la pausa que la sobreproducción y la sobreespeculación hacen invariablemente al describir el ciclo industrial, antes de reunir todas sus fuerzas para precipitarse febrilmente a través de la fase final de ese ciclo y llegar de nuevo a su punto de partida: la crisis general del comercio. En esos intervalos de la historia del comercio estallan en Inglaterra las quiebras comerciales, mientras que en Francia la industria misma se ve reducida a la inactividad, en parte obligada a retroceder por la competencia, que en ese momento se vuelve insoportable, de los ingleses en todos los mercados, y en parte señalada como industria de lujo para recibir el ataque en cada estancamiento de los negocios. Así, además de las crisis generales, Francia atraviesa crisis comerciales nacionales propias, las cuales, sin embargo, se hallan determinadas y condicionadas mucho más por el estado general del mercado mundial que por las influencias locales francesas. No carecerá de interés comparar el juicio del burgués inglés con el prejuicio del burgués francés. En su informe anual sobre el comercio de 1851, una de las mayores casas de Liverpool escribe:

“Pocos años han desmentido tan completamente las previsiones formadas al comenzar como el que acaba de terminar; en lugar de la gran prosperidad que casi unánimemente se esperaba, ha resultado ser uno de los más descorazonadores que se hayan visto en el último cuarto de siglo, lo cual, por supuesto, se refiere a las clases mercantiles, no a las manufactureras. Y, sin embargo, al empezar el año había ciertamente motivos para esperar lo contrario: las existencias de productos eran moderadas, el dinero abundaba, los alimentos eran baratos, una cosecha abundante estaba bien asegurada, una paz ininterrumpida reinaba en el continente y no había perturbaciones políticas ni fiscales en el país; en verdad, las alas del comercio jamás estuvieron más libres de trabas… ¿A qué causa hay que atribuir, pues, este desastroso resultado? Creemos que al exceso de comercio, tanto en las importaciones

como en las exportaciones. Si nuestros comerciantes no ponen límites más rigurosos a su libertad de acción, nada, excepto un pánico trienal, podrá mantenernos a raya.”*

Imagínese ahora al burgués francés, cómo en las agonías de este pánico comercial su cerebro enloquecido por el comercio se ve torturado, azorado y aturdido por los rumores de golpes de Estado y de la restauración del sufragio universal, por la lucha entre el parlamento y el poder ejecutivo, por la Fronda entre orleanistas y legitimistas,

* “The Spirit of the Annual Trade Circulars. The Year That Is Past”, The Economist, núm. 437, 10 de enero de 1852. — Ed.

por las conspiraciones comunistas del sur de Francia, por supuestas jacqueries en los departamentos de Nièvre y Cher, por los anuncios de los diferentes candidatos a la presidencia, por las consignas charlatanescas de los periódicos, por las amenazas de los republicanos de defender con las armas la Constitución y el sufragio universal, por los evangelios de los héroes emigrados in partibus*, que anunciaban que el mundo se acabaría el segundo domingo de mayo de 1852 —piense en todo esto y se comprenderá— por qué, en este indescriptible y ensordecedor caos de fusión, revisión, prórroga, constitución, conspiración, coalición, emigración, usurpación y revolución, el burgués resopla furioso contra su república parlamentaria: “¡Mejor un fin con terror que un terror sin fin!”.

Bonaparte comprendió este grito. Su poder de comprensión se aguzaba con la creciente turbulencia de los acreedores, los cuales, a cada puesta de sol que acercaba la jornada de liquidación —el segundo domingo de mayo de 1852—, veían un movimiento de los astros protestar contra sus letras de cambio terrenales. Se habían convertido en verdaderos astrólogos. La Asamblea Nacional había truncado las esperanzas de Bonaparte de una prórroga constitucional de su autoridad; la candidatura del príncipe de Joinville le prohibía seguir vacilando.

Si alguna vez un acontecimiento ha proyectado su sombra mucho antes de producirse, ése fue el golpe de Estado de Bonaparte. Ya el 29 de enero de 1849, apenas un mes después de su elección, le había hecho una proposición al respecto a Changarnier. En el verano de 1849 su propio primer ministro, Odilon Barrot, había denunciado solapadamente la política de los golpes de Estado; en el invierno de 1850 lo había hecho Thiers abiertamente. En mayo de 1851 Persigny había intentado de nuevo ganar a Changarnier para el golpe; el Messager de l'Assemblée había publicado una reseña de estas negociaciones. Durante cada tormenta parlamentaria, los periódicos bonapartistas amenazaban con un golpe de Estado, y cuanto más se acercaba la crisis, más subían de tono. En las orgías que Bonaparte celebraba cada noche con hombres y mujeres del hampa elegante, en cuanto se acercaba la medianoche y las copiosas libaciones soltaban las lenguas y encendían las imaginaciones, el golpe de Estado quedaba fijado para la mañana siguiente. Se desenvainaban las espadas, chocaban los vasos, los representantes eran arrojados por la ventana y el manto imperial caía sobre los hombros de Bonaparte, hasta que la mañana siguiente ahuyentaba de nuevo al espectro y París, asombrado, se enteraba por vestales de poca reserva y por indiscretos paladines del peligro del que una vez más había escapado. Durante los meses de septiembre y octubre

* En el extranjero. — Ed. Marx utiliza la expresión inglesa «swell mob».

menudearon los rumores de un golpe de Estado. Simultáneamente, la sombra tomó color, como un abigarrado daguerrotipo. Búsquense los periódicos de septiembre y octubre de los órganos de la prensa diaria europea y se encontrarán, palabra por palabra, insinuaciones como las siguientes: “París está llena de rumores de un golpe de Estado. Se dice que se llenará la capital de tropas durante la noche, y que a la mañana siguiente aparecerán decretos disolviendo la Asamblea Nacional, declarando el departamento del Sena en estado de sitio, restaurando el sufragio universal y apelando al pueblo. Se dice que Bonaparte busca ministros para la ejecución de estos decretos ilegales.” Los despachos que traen estas noticias terminan siempre con la fatídica palabra “aplazado”. El golpe de Estado fue siempre la idea fija de Bonaparte. Con esta idea había vuelto a pisar el suelo francés. Hasta tal punto estaba poseído por ella, que continuamente la traicionaba y la dejaba escapar. Era tan débil que, con igual continuidad, volvía a abandonarla. La sombra del golpe de Estado se había vuelto tan familiar a los parisinos como un fantasma, que no estaban dispuestos a creer en él cuando por fin apareció en carne y hueso. Lo que permitió que el golpe de Estado triunfase no fue, por tanto, ni la reserva reticente del jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre ni el hecho de que la Asamblea Nacional fuese cogida desprevenida. Si triunfó, triunfó a pesar de su indiscreción y con su conocimiento previo, como resultado necesario e inevitable de todo el desarrollo anterior.

El 10 de octubre Bonaparte anunció a sus ministros su decisión de restaurar el sufragio universal; el 16 presentaron sus dimisiones; el 26 se supo en París la formación del ministerio Thorigny. El prefecto de policía Carlier fue reemplazado simultáneamente por Maupas; el jefe de la primera división militar, Magnan, concentró en la capital los regimientos más seguros. El 4 de noviembre reanudó sus sesiones la Asamblea Nacional. No tenía nada mejor que hacer que recapitular de manera breve y sucinta el curso que había seguido y demostrar que había sido enterrada sólo después de muerta.

El primer puesto que perdió en la lucha con el poder ejecutivo fue el ministerio. Tuvo que admitir solemnemente esta pérdida aceptando por su valor pleno el ministerio Thorigny, una pura ficción. La Comisión Permanente recibió al señor Giraud con risas cuando se presentó en nombre de los nuevos ministros. ¡Un ministerio tan débil para medidas tan fuertes como la restauración del sufragio universal! Pero el objetivo preciso era no sacar nada adelante en el parlamento, sino todo contra el parlamento.

El mismo día en que reanudó sus sesiones, la Asamblea Nacional recibió el mensaje de Bonaparte en el que exigía la

restauración del sufragio universal y la abolición de la ley del 31 de mayo de 1850. Aquel mismo día sus ministros presentaron un decreto en este sentido. La Asamblea Nacional rechazó inmediatamente la moción de urgencia del ministerio y el 13 de noviembre rechazó la propia ley por 355 votos contra 348. Así, volvió a rasgar su mandato; confirmó una vez más el hecho de que se había transformado de representante libremente elegido del pueblo en parlamento usurpador de una clase; reconoció una vez más que ella misma había cortado en dos los músculos que unían la cabeza parlamentaria con el cuerpo de la nación.

Si mediante su moción para restaurar el sufragio universal el poder ejecutivo apelaba de la Asamblea Nacional al pueblo, el poder legislativo apeló mediante su Proyecto de Ley de los Cuestores del pueblo al ejército. Este Proyecto de Ley de los Cuestores estaba destinado a establecer su derecho de requisar tropas directamente, de formar un ejército parlamentario. Al designar así al ejército como árbitro entre él mismo y el pueblo, entre él mismo y Bonaparte, al reconocer al ejército como el poder estatal decisivo, tenía que confirmar, por otra parte, el hecho de que hacía tiempo que había renunciado a su pretensión de dominar ese poder. Al debatir su derecho a requisar tropas, en lugar de requisarlas de inmediato, traicionó sus dudas sobre sus propios poderes. Al rechazar el Proyecto de Ley de los Cuestores, confesó públicamente su impotencia. Este proyecto de ley fue derrotado, faltándole a sus proponentes 108 votos para la mayoría. La Montaña inclinó así la balanza. Se encontró en la posición del asno de Buridán, no, ciertamente, entre dos haces de heno con el problema de decidir cuál era el más atractivo, sino entre dos lluvias de golpes con el problema de decidir cuál era la más dura. Por un lado, estaba el miedo a Changarnier; por el otro, el miedo a Bonaparte. Hay que confesar que la posición no era nada heroica.

El 18 de noviembre se presentó una enmienda a la ley de elecciones municipales introducida por el Partido del Orden, en el sentido de que para ser elector municipal bastara un año de domicilio en lugar de tres. La enmienda se perdió por un solo voto, pero este voto único demostró de inmediato ser un error. Al escindirse en sus facciones hostiles, el Partido del Orden había perdido hacía tiempo su mayoría parlamentaria independiente. Mostró ahora que ya no existía mayoría alguna en el parlamento. La Asamblea Nacional se había vuelto incapaz de despachar los asuntos. Sus componentes atomizados ya no se mantenían unidos por ninguna fuerza de cohesión; había exhalado su último aliento; estaba muerta.

Finalmente, pocos días antes de la catástrofe, la masa extraparlamentaria de la burguesía iba a confirmar solemnemente una vez más su

ruptura con la burguesía en el parlamento. Thiers, como héroe parlamentario infectado más que el resto por la enfermedad incurable del cretinismo parlamentario, había, tras la muerte del parlamento, urdido, junto con el Consejo de Estado, una nueva intriga parlamentaria, una Ley de Responsabilidad mediante la cual se pretendía mantener al Presidente firmemente dentro de los límites de la Constitución. Así como, al colocar la primera piedra de los nuevos mercados de París el 15 de septiembre, Bonaparte, como un segundo Masaniello, había hechizado a las *dames des halles*, a las pescaderas —a decir verdad, una pescadera pesaba más en poder real que diecisiete burgraves—; así como tras la introducción del Proyecto de Ley de los Cuestores entusiasmó a los tenientes que agasajó en el Elíseo, así ahora, el 25 de noviembre, arrebató al sector de la burguesía industrial que se había reunido en el circo para recibir de sus manos medallas con ocasión de la Exposición Industrial de Londres. Citaré la parte significativa de su discurso tal como fue recogida por el *Journal des Débats*:

“Con tales éxitos inesperados, estoy justificado para reiterar cuán grande sería la República Francesa si se le permitiera perseguir sus verdaderos intereses y reformar sus instituciones, en lugar de ser constantemente perturbada por los demagogos, por un lado, y por las alucinaciones monárquicas, por el otro. (Fuertes, tormentosos y repetidos aplausos de todas las partes del anfiteatro.) Las alucinaciones monárquicas obstaculizan todo progreso y todas las ramas importantes de la industria. En lugar de progreso, nada más que lucha. Se ve a hombres que antes eran los partidarios más celosos de la autoridad y la prerrogativa real convertirse en partidarios de una Convención meramente para debilitar la autoridad surgida del sufragio universal. (Fuertes y repetidos aplausos.) Vemos a hombres que más han sufrido por la Revolución, y que más la han deplorado, provocar una nueva, y meramente para encadenar la voluntad de la nación... Les prometo tranquilidad para el futuro, etc., etc. (Bravo, bravo, una tormenta de bravos.)”

Así aplaude la burguesía industrial con serviles bravos el golpe de Estado del 2 de diciembre, la aniquilación del parlamento, la caída de su propio dominio, la dictadura de Bonaparte. La tormenta de aplausos del 25 de noviembre tuvo su respuesta en la tormenta de cañonazos del 4 de diciembre, y fue sobre la casa del señor Sallandrouze, que más había aplaudido, sobre la que más bombardearon.

Cromwell, cuando disolvió el Parlamento Largo, entró solo en su recinto, sacó su reloj para que no siguiera existiendo un minuto más del plazo fijado por él, y expulsó a cada uno de los miembros del parlamento con joviales y humorísticas pullas. Napoleón, más pequeño que su prototipo, se presentó al menos el dieciocho de Brumario ante el cuerpo legislativo y le leyó, aunque con voz vacilante, su sentencia de muerte. El segundo Bonaparte, que, por lo demás, se hallaba en posesión de un poder ejecutivo muy distinto del de Cromwell o de Napoleón, no buscó su modelo en los anales de la historia universal, sino en los anales de la Sociedad del 10 de Diciembre, en los anales de los tribunales penales. Roba al Banco de Francia veinticinco millones de francos, compra al general Magnan con un millón, a los soldados con quince francos por cabeza y aguardiente, se reúne con sus cómplices en secreto como un ladrón en la noche, hace forzar las casas de los jefes parlamentarios más peligrosos, y que Cavaignac, Lamoricière, Le Flô, Changarnier, Charras, Thiers, Baze, etc., sean arrancados de sus camas, hace ocupar por las tropas los puntos clave de París y el edificio del parlamento, y fijar de madrugada en todos los muros cartelones de baratillo que proclaman la disolución de la Asamblea Nacional y del Consejo de Estado, la restauración del sufragio universal y la declaración del departamento del Sena en estado de sitio. De igual modo, insertó un poco más tarde en el *Moniteur* un documento falso que afirmaba que parlamentarios influyentes se habían agrupado en torno a él y formaban una consulta de Estado.

El parlamento residual, reunido en el edificio de la alcaldía del décimo distrito y compuesto principalmente de legitimistas y orleanistas, vota la deposición de Bonaparte entre repetidos gritos de “¡Viva la República!”, arenga inútilmente a las multitudes boquiabiertas ante el edificio y es finalmente conducido bajo la custodia de tiradores africanos, primero al cuartel de d’Orsay, y luego empaquetado en furgones celulares y transportado a las prisiones de Mazas, Ham y Vincennes. Así terminó el Partido del Orden, la Asamblea Legislativa y la revolución de Febrero.

Antes de apresurarme a cerrar, resumamos brevemente la historia de esta última:

I. Primer período. Del 24 de febrero al 4 de mayo de 1848. Período de Febrero. Prólogo. Estafa de la fraternidad universal.

II. Segundo período. Período de constitución de la república y de la Asamblea Nacional Constituyente.

1. Del 4 de mayo al 25 de junio de 1848. Lucha de todas las clases contra el proletariado. Derrota del proletariado en las jornadas de Junio.

2. Del 25 de junio al 10 de diciembre de 1848. Dictadura de los republicanos burgueses puros. Redacción de la Constitución. Proclamación del estado de sitio en París. La dictadura burguesa puesta de lado el 10 de diciembre por la elección de Bonaparte como Presidente.

3. Del 20 de diciembre de 1848 al 28 de mayo de 1849. Lucha de la Asamblea Constituyente con Bonaparte y con el Partido del Orden en alianza con él. Fin de la Asamblea Constituyente. Caída de la burguesía republicana.

III. Tercer período. Período de la república constitucional y de la Asamblea Nacional Legislativa.

1. Del 28 de mayo de 1849 al 13 de junio de 1849. Lucha de la pequeña burguesía con la burguesía y con Bonaparte. Derrota de la democracia pequeñoburguesa.

2. Del 13 de junio de 1849 al 31 de mayo de 1850. Dictadura parlamentaria del Partido del Orden. Completa su dominio aboliendo el sufragio universal, pero pierde el ministerio parlamentario.

3. Del 31 de mayo de 1850 al 2 de diciembre de 1851. Lucha entre la burguesía parlamentaria y Bonaparte.

a) Del 31 de mayo de 1850 al 12 de enero de 1851. El parlamento pierde el mando supremo del ejército.

b) Del 12 de enero al 11 de abril de 1851. Es derrotado en sus intentos de recuperar el poder administrativo. El Partido del Orden pierde su mayoría parlamentaria independiente. Su coalición con los republicanos y la Montaña.

c) Del 11 de abril de 1851 al 9 de octubre de 1851. Intentos de revisión, fusión, prórroga. El Partido del Orden se disuelve en sus componentes separados. Se endurece la ruptura del parlamento burgués y la prensa burguesa con la masa de la burguesía.

d) Del 9 de octubre al 2 de diciembre de 1851. Ruptura abierta entre el parlamento y el poder ejecutivo. El parlamento ejecuta su acto de muerte y sucumbe, abandonado por su propia clase, por el ejército y por todas las clases restantes. Fin del régimen parlamentario y del dominio burgués. Victoria de Bonaparte. Imperio restaurado como parodia.

VII

En el umbral de la revolución de Febrero, la república social apareció como una frase, como una profecía. En las jornadas de Junio de 1848, fue ahogada en la sangre del proletariado de París, pero ronda los actos subsiguientes del drama como un fantasma. La república democrática anuncia su llegada. El 13 de junio de 1849 se disipa junto con sus pequeñoburgueses, que han huido, pero en su fuga

hace sonar su propia trompeta con redoblada jactancia. La república parlamentaria, junto con la burguesía, toma posesión del escenario entero; disfruta de su existencia a plenitud, pero el 2 de diciembre de 1851 la entierra acompañada del grito angustiado de los realistas coligados: “¡Viva la República!”.

La burguesía francesa se arredró ante el poder del proletariado obrero; ha llevado al poder al lumpenproletariado, con el jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre a la cabeza. La burguesía mantuvo a Francia en el temor sin aliento a los horrores futuros de la anarquía roja; Bonaparte le descontó ese futuro cuando, el 4 de diciembre, hizo fusilar a los burgueses eminentes del bulevar Montmartre y del bulevar de los Italianos en sus ventanas por el ejército del orden inflamado de aguardiente. La burguesía divinizó la espada; la espada la domina. Destruyó la prensa revolucionaria; su propia prensa ha sido destruida. Puso las reuniones populares bajo vigilancia policial; sus salones están bajo la vigilancia de la policía. Disolvió las Guardias Nacionales democráticas; su propia Guardia Nacional está disuelta. Impuso el estado de sitio; se le impone el estado de sitio. Suplantó los jurados por comisiones militares; sus jurados son suplantados por comisiones militares. Sometió la educación pública al dominio de los curas; los curas la someten a su propia educación. Deportó sin juicio; está siendo deportada sin juicio. Reprimió toda agitación en la sociedad mediante el poder del Estado; toda agitación en su propia sociedad es suprimida por el poder del Estado. Por entusiasmo con su bolsa, se rebeló contra sus propios políticos y hombres de letras; sus políticos y hombres de letras son barridos, pero su bolsa está siendo saqueada ahora que su boca ha sido amordazada y su pluma rota. La burguesía no se cansaba de gritar a la revolución lo que San Arsenio gritaba a los cristianos: “Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, estáte quieto!”. Bonaparte grita a la burguesía: “Fuge, tace, quiesce! ¡Huye, calla, estáte quieto!”.

La burguesía francesa había encontrado hacía tiempo la solución al dilema de Napoleón: “Dans cinquante ans, l’Europe sera républicaine ou cosaque”. Había encontrado la solución en la “république cosaque”.

* La edición de 1852 incluye aquí el siguiente párrafo: «La república social y la democrática sufrieron derrotas, pero la república parlamentaria, la república de la burguesía monárquica, se hundió, al igual que la república pura, la república de los republicanos burgueses». — Ed.

⁠b Según la fe de erratas de la edición de 1852, la segunda parte de esta frase debería rezar: «los sacerdotes se sometieron a su propia educación». Sin embargo, esta modificación no se reprodujo en la edición de 1869. — Ed.

⁠c «Dentro de cincuenta años, Europa será republicana o cosaca». (Las palabras están tomadas del libro de Las Cases, Mémorial de Sainte-Hélène). — Ed.

No, Circe, mediante magia negra, ha deformado esa obra de arte, la

república burguesa, convirtiéndola en una forma monstruosa. Esa república no ha perdido

nada más que la apariencia de la respetabilidad.* La Francia actual” estaba

contenida, en estado acabado, dentro de la república parlamentaria. Bastaba una bayonetada para que el absceso reventara y el monstruo saltara ante nuestros ojos.°

* En la edición de 1852 esta frase reza: «Esa república no ha perdido nada más que sus arabescos retóricos, sus maneras, en una palabra, la apariencia de la respetabilidad». — Ed.

> Francia después del golpe de Estado de 1851. — Ed.

© En la edición de 1852 figuran aquí los dos párrafos siguientes:

«El objetivo inmediato de la revolución de febrero era derrocar a la dinastía de Orleans y a aquella parte de la burguesía que gobernaba bajo ella. No fue hasta el 2 de diciembre de 1851 cuando ese objetivo se alcanzó. Entonces fueron confiscadas las inmensas posesiones de la casa de Orleans, base real de su influencia, y lo que se esperaba después de la revolución de febrero se cumplió después de diciembre: la prisión, la huida, la deposición, el destierro, el desarme y la humillación de los hombres que desde 1830 habían hastiado a Francia con sus apelaciones. Pero bajo Luis Felipe sólo gobernaba una parte de la burguesía comercial. Sus otras fracciones formaban una oposición dinástica y una republicana o se mantenían completamente al margen del llamado país legal [Marx emplea legalen Landes, traducción de la expresión francesa pays légal]. Sólo la república parlamentaria incluyó en su esfera política a todas las fracciones de la burguesía comercial. Además, bajo Luis Felipe la burguesía comercial excluía a la burguesía terrateniente. Sólo la república parlamentaria las colocó lado a lado como poseedoras de iguales derechos, desposó la monarquía de Julio con la monarquía legitimista y amalgamó dos épocas del dominio de la propiedad en una sola. Bajo Luis Felipe, la parte privilegiada de la burguesía ocultaba su dominación bajo la corona; en la república parlamentaria, la dominación de la burguesía —después de haber unido todos sus elementos y convertido su imperio en el imperio de su clase— se reveló desnuda. Así, la revolución había creado primero la forma en que la dominación de la clase burguesa recibió su expresión más amplia, más general y última, y por tanto podía también ser derrocada, sin poder volver a levantarse.

»Sólo ahora se ejecutó la sentencia que en febrero se había dictado contra la burguesía orleanista, es decir, la fracción más viable de la burguesía francesa. Ahora se asestó un golpe demoledor a su parlamento, a sus tribunales de justicia, a sus tribunales de comercio, a sus representaciones provinciales, a su notaría, a su universidad, a su tribuna y a sus tribunales, a su prensa y a su literatura, a sus ingresos administrativos y a sus costas judiciales, a los salarios de su ejército y a sus pensiones estatales, en su espíritu y en su cuerpo. Blanqui había hecho de la disolución de la guardia burguesa la primera exigencia de la revolución, y la guardia burguesa, que en febrero tendió la mano a la revolución para obstaculizar su avance, desapareció de la escena en diciembre. El Panteón mismo es convertido de nuevo en una iglesia ordinaria. Con la última forma del régimen burgués, se ha roto también el hechizo que transfiguraba en santos a sus fundadores del siglo XVIII. Por eso, cuando el 2 de diciembre Guizot se enteró del éxito del golpe de Estado, exclamó: C’est le triomphe complet et définitif du socialisme! ¡Es el triunfo completo y definitivo del socialismo! Es decir: es el derrumbe final y completo de la dominación de la burguesía.» — Ed.

¿Por qué el proletariado parisino no se sublevó después del 2 de diciembre?*

El derrocamiento de la burguesía no había sido hasta entonces más que decretado: el decreto no se había ejecutado. Cualquier insurrección seria del proletariado le habría infundido en el acto nueva vida a la burguesía, la habría reconciliado con el ejército y asegurado a los obreros una segunda derrota de junio.

El 4 de diciembre, el proletariado fue incitado a luchar por burgueses y épicier⁠b. La tarde de aquel día, varias legiones de la Guardia Nacional prometieron presentarse, armadas y uniformadas, en el escenario de la batalla. Pues el burgués y el épicier habían olfateado que en uno de sus decretos del 2 de diciembre Bonaparte abolía el voto secreto y les ordenaba inscribir su «sí» o su «no» en los registros oficiales junto a sus nombres. La resistencia⁠c del 4 de diciembre amedrentó a Bonaparte. Durante la noche hizo fijar carteles en todas las esquinas de París, anunciando el restablecimiento del voto secreto. El burgués y el épicier creyeron que habían alcanzado su objetivo. Los que a la mañana siguiente no se presentaron fueron el burgués y el épicier.

Mediante un golpe de mano durante la noche del 1 al 2 de diciembre, Bonaparte había robado al proletariado parisino sus jefes, los comandantes de barricadas. Un ejército sin oficiales, reacio a combatir bajo la bandera de los montagnards a causa de los recuerdos de junio de 1848 y 1849 y de mayo de 1850,⁠d dejó a su vanguardia, las sociedades secretas, la tarea de salvar el honor insurreccional de París, que la burguesía había entregado tan sin resistencia a la soldadesca que, más tarde, Bonaparte pudo dar, como motivo sarcástico para desarmar a la Guardia Nacional, su miedo —¡no de que volviera sus armas contra él, sino de que los anarquistas las volvieran contra ella misma!*

* En la edición de 1852 este párrafo reza: «¿Por qué el proletariado no rescató a la burguesía? Implícita en esto está la pregunta: ¿Por qué el proletariado parisino no se sublevó después del 2 de diciembre?». — Ed.

⁠b Término peyorativo para tenderos. — Ed.

⁠c En la edición de 1852: «La resistencia sangrienta». — Ed.

⁠d En la edición de 1852 el comienzo de esta frase reza: «Un ejército sin oficiales, demasiado ilustrado por sus recuerdos de junio de 1848 y 1849 y de mayo de 1850 como para luchar bajo la bandera de los montagnards, evaluaba correctamente, por tanto, su propia fuerza y la situación general cuando…». — Ed.

⁠e En la edición de 1852: «su miedo, no de que aquélla volviera sus armas contra él, sino de que los anarquistas las volvieran contra ella misma». — Ed.

«C’est le triomphe complet et définitif du socialisme!» Así caracterizó Guizot el 2 de diciembre. Pero si el derrocamiento de la república parlamentaria contiene en sí el germen del triunfo de la revolución proletaria, su resultado inmediato y palpable fue la victoria de Bonaparte sobre el parlamento, del poder ejecutivo sobre el poder legislativo, de la fuerza sin frases sobre la fuerza de las frases.* En el parlamento, la nación convertía su voluntad general en ley, es decir, convertía la ley de la clase dominante en su voluntad general. Ante el poder ejecutivo, renuncia a toda voluntad propia y se somete al mandato superior de una voluntad ajena, a la autoridad. El poder ejecutivo, en contraste con el legislativo, expresa la heteronomía de una nación, en contraste con su autonomía. Francia, pues, parece haber escapado del despotismo de una clase tan sólo para volver a caer bajo el despotismo de un individuo, y, lo que es más, bajo la autoridad de un individuo sin autoridad. La lucha parece haberse dirimido de tal modo que todas las clases, igualmente impotentes e igualmente mudas, caen de rodillas ante la culata del fusil.

Pero la revolución es radical. Todavía se halla de viaje por el purgatorio. Cumple su obra metódicamente. Para el 2 de diciembre de 1851, había completado la mitad de su trabajo preparatorio; ahora está completando la otra mitad. Primero perfeccionó el poder parlamentario, para poder derrocarlo. Ahora que ha alcanzado esto, perfecciona el poder ejecutivo, lo reduce a su expresión más pura, lo aísla, lo coloca frente a sí como el único blanco, a fin de concentrar contra él todas sus fuerzas de destrucción. Y cuando haya hecho esta segunda mitad de su labor preliminar, Europa saltará de su asiento y exclamará exultante: ¡Bien cavado, viejo topo!⁠f

Este poder ejecutivo, con su enorme organización burocrática y militar, con su extensa y artificial maquinaria estatal, con un ejército de funcionarios de medio millón de hombres, además de otro ejército de otro medio millón, este espantoso cuerpo parasitario que envuelve como una red el cuerpo de la sociedad francesa y le obstruye todos los poros, surgió en los días de la monarquía absoluta, con la decadencia del sistema feudal, a la que contribuyó a acelerar. Los privilegios señoriales de los terratenientes y de las ciudades se transformaron en otros tantos atributos del poder estatal, los dignatarios feudales en funcionarios remunerados, y el abigarrado muestrario de los contradictorios plenos poderes medievales en el plan regulado de una autoridad estatal cuyo trabajo está dividido y centralizado como en una fábrica. La primera revolución francesa, con su tarea de quebrantar todos los poderes locales, territoriales, urbanos y provinciales para crear la unidad civil de la nación, estaba obligada a desarrollar lo que la monarquía absoluta había iniciado: la centralización, pero al mismo tiempo la extensión, los atributos y los agentes del poder gubernamental. Napoleón perfeccionó esta maquinaria estatal. La monarquía

* La edición de 1852 añade: «Así, el único poder del viejo Estado queda primero sólo liberado de su limitación, convirtiéndose en un poder ilimitado y absoluto». — Ed.

⁠f Referencia a Shakespeare, Hamlet, Acto I, Escena 5. — Ed.

legitimista y la monarquía de Julio no añadieron más que una división mayor del trabajo, en la misma medida en que la división del trabajo dentro de la sociedad burguesa creaba nuevos grupos de intereses, y, por tanto, material nuevo para la administración estatal. Todo interés común fue inmediatamente desgajado de la sociedad, contrapuesto a ella como interés superior, general, arrebatado a la actividad de los propios miembros de la sociedad y convertido en objeto de la actividad gubernamental, ya se tratara de un puente, de una escuela y de la propiedad comunal de una aldea, o de los ferrocarriles, la riqueza nacional y la universidad nacional de Francia. Finalmente, en su lucha contra la revolución, la república parlamentaria se vio forzada a fortalecer, junto con las medidas represivas, los recursos y la centralización del poder gubernamental. Todas las revoluciones perfeccionaron esta máquina en lugar de destruirla. Los partidos que contendían por turno por la dominación consideraban la posesión de este inmenso edificio estatal como el principal botín del vencedor.

Pero bajo la monarquía absoluta, durante la primera revolución, bajo Napoleón, la burocracia no era más que el medio para preparar la dominación de clase de la burguesía. Bajo la Restauración, bajo Luis Felipe, bajo la república parlamentaria, fue el instrumento de la clase dominante, por mucho que se esforzara por alcanzar un poder propio.

Sólo bajo el segundo Bonaparte el Estado parece haberse hecho completamente independiente. Frente a la sociedad civil, la máquina estatal ha consolidado su posición de manera tan cabal que el jefe de la Sociedad del 10 de diciembre basta como cabeza suya, un aventurero casual venido del extranjero, alzado como líder por una soldadesca ebria, a la que ha comprado con aguardiente y salchichas, y a la que continuamente tiene que seguir proveyendo con más salchicha. De ahí el abatimiento desesperado, el sentimiento de la más espantosa humillación y degradación que oprime el pecho de Francia y la hace contener el aliento. Se siente deshonrada.

Y, sin embargo, el poder estatal no está suspendido en el aire. Bonaparte

En la edición de 1852 esta frase reza así: «Sólo bajo el segundo Bonaparte parece haberse independizado el Estado de la sociedad y haberla sometido.» El texto proseguía así: «La independencia del poder ejecutivo sale a la luz cuando su jefe ya no necesita genio, su ejército ya no necesita gloria y su burocracia ya no necesita autoridad moral para justificarse.» — Ed.

> La edición de 1852 añade: «Así como a la primera Napoleón apenas le dejó excusa alguna para la libertad, el segundo Bonaparte no le dejó ya excusa alguna para la servidumbre.» — Ed.

representa a una clase, y precisamente a la clase más numerosa de la sociedad francesa, el campesinado parcelario.

Así como los Borbones fueron la dinastía de la gran propiedad territorial y los Orleans la dinastía del dinero, los Bonaparte son la dinastía de los campesinos, es decir, de la masa del pueblo francés. No el Bonaparte que se sometió al parlamento burgués, sino el Bonaparte que dispersó el parlamento burgués es el elegido del campesinado. Durante tres años, las ciudades habían conseguido falsear el sentido de la elección del 10 de diciembre y estafar a los campesinos la restauración del imperio. La elección del 10 de diciembre de 1848 sólo se ha consumado con el golpe de Estado del 2 de diciembre de 1851.

Los campesinos parcelarios forman una masa inmensa, cuyos miembros viven en condiciones similares, pero sin entrar en relaciones múltiples unos con otros. Su modo de producción los aísla a unos de otros, en vez de ponerlos en contacto mutuo. El aislamiento se ve incrementado por los malos medios de comunicación de Francia y por la pobreza de los campesinos. Su campo de producción, la parcela, no admite en su cultivo división alguna del trabajo, ni aplicación de la ciencia, ni, por tanto, diversidad de desarrollo, variedad de talentos, ni riqueza de relaciones sociales. Cada familia campesina se basta casi por completo a sí misma; produce directamente la mayor parte de lo que consume y obtiene así sus medios de vida más bien del intercambio con la naturaleza que del contacto con la sociedad. Una parcela, un campesino y su familia; junto a ellos, otra parcela, otro campesino y otra familia. Unas cuantas decenas de éstos forman una aldea, y unas cuantas decenas de aldeas forman un departamento. De este modo, la gran masa de la nación francesa se forma por simple adición de magnitudes homólogas, como las patatas en un saco forman un saco de patatas. En la medida en que millones de familias viven bajo condiciones económicas de existencia que separan su modo de vida, sus intereses y su cultura de los de las otras clases, y los ponen en oposición hostil frente a éstas, forman una clase. En la medida en que entre estos campesinos parcelarios sólo existe una conexión local, y la identidad de sus intereses no engendra entre ellos comunidad alguna, vínculo nacional ni organización política, no forman una clase. Son, en consecuencia, incapaces de hacer valer sus intereses de clase en su propio nombre, ya sea a través de un parlamento o de una convención. No pueden representarse a sí mismos; tienen que ser representados. Su representante tiene que aparecer al mismo tiempo como su señor, como una autoridad por encima de ellos, como un poder gubernamental ilimitado que los protege contra las otras clases y les manda desde arriba la lluvia y el

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188 Kart Marx

sol. La influencia política de los campesinos parcelarios encuentra, por tanto, su expresión final en el poder ejecutivo que subordina la sociedad a sí mismo.*

La tradición histórica engendró en los campesinos franceses la fe en el milagro de que un hombre llamado Napoleón les devolvería toda la gloria. Y apareció un individuo que se hace pasar por ese hombre porque lleva el nombre de Napoleón, en virtud del Código Napoleón, que establece que la recherche de la paternité est interdite.” Tras un vagabundeo de veinte años y una serie de aventuras grotescas, la leyenda encuentra su cumplimiento y el hombre se convierte en Emperador de los franceses. La idea fija del Sobrino se realizó, porque coincidía con la idea fija de la clase más numerosa del pueblo francés.

Pero, se podría objetar, ¿y las insurrecciones campesinas en media Francia, las incursiones del ejército contra los campesinos, el encarcelamiento y la deportación en masa de campesinos?

Desde Luis XIV, Francia no había experimentado una persecución similar de los campesinos «por prácticas demagógicas».""*

Pero que no haya malentendidos. La dinastía Bonaparte no representa al campesino revolucionario, sino al campesino conservador; no al campesino que quiere ir más allá de la condición de su existencia social, la parcela, sino al que quiere consolidar esta parcela; no a la población rural que, vinculada a las ciudades, quiere derrocar el viejo orden por sus propias energías, sino, por el contrario, a quienes, en estúpida reclusión dentro de ese viejo orden, quieren verse a sí mismos y a sus parcelas salvados y favorecidos por el fantasma del imperio. No representa la ilustración, sino la superstición del campesino; no su juicio, sino su prejuicio; no su futuro, sino su pasado; no sus modernas Cévennes, sino su moderna Vendée.*”

Los tres años de dominio severo de la república parlamentaria habían liberado a una parte de los campesinos franceses de la ilusión napoleónica y los habían revolucionado, aunque sólo fuera superficialmente; pero la burguesía los reprimió violentamente cada vez que se pusieron en movimiento. Bajo la república parlamentaria, la conciencia moderna y la conciencia tradicional del campesino francés contendieron por la supremacía. Este progreso tomó la forma de una lucha incesante entre los maestros de escuela y los curas. La burguesía abatió a los maestros de escuela. Por primera vez, los campesinos hicieron esfuerzos

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* En la edición de 1852, el final de la frase reza así: «...el poder ejecutivo subordinando el parlamento y el Estado subordinando la sociedad a sí mismo». — Ed. Queda prohibida la investigación de la paternidad. — Ed.

por comportarse de manera independiente frente a la actividad del gobierno. Esto se mostró en el conflicto continuo entre los maires y los prefectos. La burguesía depuso a los maires. Finalmente, durante el período de la república parlamentaria, los campesinos de distintas localidades se alzaron contra su propia progenie, el ejército. La burguesía los castigó con estados de sitio y expediciones punitivas. Y esta misma burguesía clama ahora acerca de la estupidez de las masas, la multitud vil,* que la ha traicionado entregándose a Bonaparte. Ella misma ha fortalecido por la fuerza los sentimientos imperiales del campesinado, ha conservado las condiciones que forman la cuna de esta religión campesina. La burguesía, ciertamente, tiene que temer la estupidez de las masas mientras éstas permanezcan conservadoras, y la inteligencia de las masas tan pronto como se vuelven revolucionarias.

En las insurrecciones posteriores al golpe de Estado, una parte de los campesinos franceses protestó, arma en mano, contra su propio voto del 10 de diciembre de 1848. La escuela por la que habían pasado desde 1848 había agudizado su entendimiento. Pero se habían entregado al submundo de la historia; la historia los tomó por la palabra, y la mayoría estaba aún tan llena de prejuicios que precisamente en los departamentos más rojos la población campesina votó abiertamente por Bonaparte. A su juicio, la Asamblea Nacional había obstaculizado su progreso. Él no había hecho más que romper las cadenas que las ciudades habían impuesto a la voluntad del campo. En algunas partes, los campesinos acariciaban incluso la noción grotesca de una convención al lado de Napoleón.

Después que la primera revolución transformó a los campesinos de semi-siervos en propietarios libres, Napoleón confirmó y reguló las condiciones bajo las cuales podían explotar sin ser molestados el suelo de Francia que acababa de tocarles en suerte y saciar su juvenil pasión por la propiedad. Pero lo que ahora está causando la ruina del campesino francés es su propia parcela, la división de la tierra, la forma de propiedad que Napoleón consolidó en Francia. Son precisamente las condiciones materiales las que hicieron del campesino feudal francés un campesino parcelario y de Napoleón un emperador. Dos generaciones han bastado para producir el resultado inevitable: deterioro progresivo de la agricultura, endeudamiento progresivo del agricultor. La forma de propiedad «napoleónica», que a comienzos del siglo XIX era la condición para la liberación y el enriquecimiento de la población rural francesa, se ha desarrollado en el curso de este siglo hasta convertirse en la ley de su esclavización y pauperización.

* Expresión usada por Thiers en su discurso en la Asamblea Legislativa el 24 de mayo de 1850. — Ed.

Y precisamente esta ley es la primera de las «idées napoléoniennes» que el segundo Bonaparte tiene que sostener. Si todavía comparte con los campesinos la ilusión de que la causa de su ruina no hay que buscarla en esta misma propiedad parcelaria, sino fuera de ella, en la influencia de circunstancias secundarias, sus experimentos estallarán como pompas de jabón al contacto con las relaciones de producción.*

El desarrollo económico de la propiedad parcelaria ha cambiado radicalmente la relación de los campesinos con las otras clases de la sociedad. Bajo Napoleón, el fraccionamiento de la tierra en el campo complementaba la libre competencia y los comienzos de la gran industria en las ciudades.” El campesinado era la protesta omnipresente contra la aristocracia terrateniente que acababa de ser derrocada.‘ Las raíces que la propiedad parcelaria echó en el suelo francés privaron al feudalismo de todo alimento. Sus linderos formaban las fortificaciones naturales de la burguesía contra cualquier golpe de mano de sus antiguos señores. Pero, en el curso del siglo XIX, los señores feudales fueron sustituidos por los usureros urbanos; la obligación feudal vinculada a la tierra fue sustituida por la hipoteca; la propiedad aristocrática de la tierra fue sustituida por el capital burgués. La parcela del campesino no es ya más que el pretexto que permite al capitalista extraer del suelo ganancias, intereses y renta, dejando al propio cultivador que se las arregle para sacar su salario. La deuda hipotecaria que grava el suelo de Francia impone al campesinado francés el pago de un interés anual equivalente al interés anual de toda la deuda nacional británica. La propiedad parcelaria, en esta esclavización por el capital a la que su desarrollo la empuja inevitablemente, ha transformado a la masa de la nación francesa en trogloditas.† Dieciséis millones de campesinos (incluyendo mujeres y niños) viven en tugurios, un gran número de los cuales sólo tienen una abertura, otros dos y los más favorecidos sólo tres. Y las ventanas son para una casa lo que los cinco sentidos para la cabeza. El orden burgués, que a comienzos de siglo puso al Estado a montar guardia junto a la parcela recién surgida y la abonó con laureles, se ha convertido en un vampiro que chupa su sangre y su cerebro y los arroja al

* La edición de 1852 añade: «privando a esta ilusión de su último escondite y, en el mejor de los casos, agravando la enfermedad». — Ed.

La edición de 1852 añade: «Incluso las ventajas concedidas al campesinado redundaban en interés del nuevo orden burgués. Esta clase recién creada era la extensión omnilateral del régimen burgués más allá de las puertas de las ciudades, su realización a escala nacional.» — Ed.

© La edición de 1852 añade: «Si era la más favorecida, era también la más adecuada como punto de ataque para la restauración del feudalismo.» — Ed. † En la edición de 1852: «en una nación de trogloditas.» — Ed.

La industria y el comercio, y por tanto los negocios de la clase media, han de prosperar como en invernadero bajo el gobierno fuerte. La concesión de innumerables licencias ferroviarias. Pero el lumpenproletariado bonapartista debe enriquecerse. Los iniciados practican el «tripotage» * en la bolsa con las concesiones ferroviarias. Mas no afluye capital para los ferrocarriles. Obligación del Banco de hacer adelantos sobre las acciones ferroviarias. Pero, al mismo tiempo, hay que explotar al Banco para fines personales y, por tanto, hay que halagarlo. Se exime al Banco de la obligación de publicar su balance semanal. Acuerdo leonino del Banco con el gobierno. Hay que dar trabajo al pueblo. Iniciación de obras públicas. Mas las obras públicas aumentan las cargas del pueblo en materia de impuestos. De ahí la reducción de los impuestos mediante un ataque a los rentistas, por la conversión de los bonos del cinco por ciento al cuatro y medio por ciento. Pero, una vez más, hay que dar una golosina° a la clase media. Por consiguiente, se duplica el impuesto sobre el vino para el pueblo, que lo compra al por menor, © y se reduce a la mitad el impuesto sobre el vino para la clase media, que lo bebe al por mayor. © Disolución de las asociaciones obreras realmente existentes, pero promesas de milagros de asociación en el futuro. Hay que ayudar a los campesinos. Bancos hipotecarios que aceleran su endeudamiento y apresuran la concentración de la propiedad. Pero estos bancos han de utilizarse para hacer dinero © a costa de las fincas confiscadas a la Casa de Orleans. Ningún capitalista quiere aceptar esta condición, que no figura en el decreto, y el banco hipotecario sigue siendo un mero decreto, etc., etc.

Bonaparte quisiera aparecer como el bienhechor patriarcal de todas las clases. Pero no puede dar a una clase sin quitarle a otra. Así como en tiempos de la Fronda se decía del duque de Guisa que era el hombre más obsequioso de Francia porque había convertido todas sus fincas en obligaciones de sus partidarios hacia él, así Bonaparte quisiera ser el hombre más obsequioso de Francia y convertir toda la propiedad, todo el trabajo de Francia, en una obligación personal hacia él. Quisiera robar a toda Francia para poder regalársela a Francia o, mejor dicho, para poder comprar de nuevo a Francia con dinero

* En la edición de 1852 se añade: «De modo que la prisa y la precipitación de estas contradicciones remedan la actividad polifacética y la presteza del Bree yore Ed.»

° Trapisondas.— Ed. , Golosina.— Ed. « Por menor.— Ed. ; © Por mayor.— Ed.

© En la edición de 1852: «para hacer dinero para sí mismo».— Ed.

francés, pues como jefe de la Sociedad del 10 de Diciembre está obligado a comprar lo que debe pertenecerle. Y todas las instituciones estatales, el Senado, el Consejo de Estado, el Cuerpo Legislativo, la Legión de Honor, las medallas de los soldados, los lavaderos, las obras públicas, los ferrocarriles, el état-major * de la Guardia Nacional excluidos los soldados rasos, y las fincas confiscadas a la Casa de Orleans..., todo se convierte en partes integrantes de la institución de la compra. Cada puesto en el ejército y en la máquina gubernamental se convierte en un medio de compra. Pero el rasgo más importante de este proceso, mediante el cual se toma Francia para devolverla, son los porcentajes que van a parar a los bolsillos del jefe y de los miembros de la Sociedad del 10 de Diciembre durante la transacción. La agudeza con que la condesa L., ** la amante del señor de Morny, caracterizó la confiscación de las fincas de Orleans: «C’est le premier vol *** de l’aigle» «es aplicable a cada vuelo de esta águila, que más bien es un cuervo». Él mismo y sus adeptos se gritan mutuamente a diario como aquel cartujo italiano que amonestaba al avaro que, con jactanciosa ostentación, contaba los bienes con que aún podía vivir años venideros: «Tu fai conto sopra i beni, bisogna prima far il conto sopra gli anni.» **** Para no equivocarse en los años, cuentan los minutos. Una pandilla de sujetos turbios se abre paso a empellones hacia la corte, hacia los ministerios, hacia la cabeza de la administración y del ejército; una multitud de los mejores entre los cuales hay que decir que nadie sabe de dónde vienen; una bohème ruidosa, desacreditada, rapaz, que se arrastra dentro de casacas galoneadas con la misma grotesca dignidad que los altos dignatarios de Soulouque. Uno puede visualizar claramente este estrato superior de la Sociedad del 10 de Diciembre si repara en que Véron-Crevel ***** es su predicador de la moral y Granier de Cassagnac su pensador. Cuando Guizot, en tiempos de su ministerio, utilizó a este Granier en un periodicucho de baja estofa contra la oposición dinástica, solía vanagloriarse de él con la pulla: «C’est le roi des drôles», «es el rey de los bufones». Sería un error recordar la Regencia ****** o a Luis XV en relación con la corte y la camarilla de Luis Bonaparte. Pues «ya muchas veces, Francia ha

* Vol significa vuelo y robo. ** «Cuentas tus bienes, primer debieras contar tus años.» *** En su novela La prima Bette, Balzac dibuja al filisteo parisino completamente disoluto en Crevel, personaje basado en el Dr. Véron, propietario del Constitutionnel.

 * Estado Mayor.— Ed. ** Lehon.— Ed. *** “Es el primer vuelo (robo) del águila.” — Ed. **** Citado en el artículo de Dupont “Chronique de l’Intérieur”, Voix du Proscrit, n.° 8, 15 de diciembre de 1850.— Ed. ***** «Rey de los truhanes.»— Ed. ****** En la edición de 1852 se añade: «Y Catón, ¡que se quitó la vida para poder asociarse con héroes en los Campos Elíseos! ¡Pobre Catón!» — Ed.

experimentado un gobierno de queridas; pero nunca antes un gobierno de hommes entretenus». *

Impulsado por las exigencias contradictorias de su situación y hallándose al mismo tiempo, como un prestidigitador, bajo la necesidad de mantener fija en él la mirada del público, como sustituto de Napoleón, mediante sorpresas constantes, es decir, bajo la necesidad de ejecutar un golpe de estado en miniatura cada día, Bonaparte arroja en la confusión a toda la economía burguesa, viola todo lo que a la revolución de 1848 le parecía inviolable, hace a unos tolerantes con la revolución, a otros deseosos de ella, y produce la anarquía real en nombre del orden, al tiempo que despoja de su aureola a toda la máquina estatal, la profana y la hace a la vez repugnante y ridícula. El culto a la Santa Túnica de Tréveris ** lo duplica en París con el culto al manto imperial napoleónico. Pero cuando el manto imperial caiga por fin sobre los hombros de Luis Bonaparte, la estatua de bronce de Napoleón se precipitará desde lo alto de la Columna Vendôme. ***

 * Las palabras citadas son de Madame Girardin.

 * Hommes entretenus: hombres mantenidos.  
 ** En la edición de 1852 se añade: «Y Catón, que se quitó la vida para poder asociarse con héroes en los Campos Elíseos. ¡Pobre Catón!» — Ed.  
 *** En la edición de 1852 no aparece este párrafo.