I

[Notes to the People, n.º 47, 21 de marzo de 1852]

Desde el pasado 2 de diciembre, todo el interés que la política exterior, o al menos la continental, pueda suscitar, lo acapara ese afortunado y temerario tahúr, Luis Napoleón Bonaparte. «¿Qué está haciendo? ¿Irá a la guerra, y con quién? ¿Invadirá Inglaterra?» Estas preguntas se plantean con certeza allí donde se habla de asuntos continentales.

Y ciertamente hay algo asombroso en el hecho de que un aventurero relativamente desconocido, colocado por azar al frente del poder ejecutivo de una gran república, se apodere, entre la puesta y la salida del sol, de todos los puestos importantes de la capital, disperse el parlamento como paja al viento, sofoque la insurrección metropolitana en dos días, los tumultos provinciales en dos semanas, se imponga, mediante una elección fraudulenta, a todo el pueblo y establezca, al mismo tiempo, una constitución que le confiere todos los poderes del Estado.¹⁰⁷ Semejante cosa no ha ocurrido, semejante vergüenza no ha sido soportada por nación alguna desde que las legiones pretorianas de la Roma decadente pusieron el imperio en subasta y lo vendieron al mejor postor. Y la prensa de la clase media de este país, desde The Times hasta The Weekly Dispatch, no ha dejado pasar, desde los días de diciembre, ocasión alguna sin desahogar su virtuosa indignación contra el déspota militar, el traicionero destructor de las libertades de su país, el extintor de la prensa, etcétera.

Ahora bien, con todo el desprecio debido a Luis Napoleón, no creemos que corresponda a un órgano de la clase obrera* sumarse a este coro de vituperios altisonantes en el que los respectivos

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periódicos de los agiotistas, los señores del algodón y la aristocracia terrateniente pugnan por superarse unos a otros en denuestos. A estos señores bien podría recordárseles el verdadero estado de la cuestión. Tienen todas las razones para clamar, pues cuanto Luis Napoleón arrebató a otros, no lo arrebató a las clases trabajadoras, sino a aquellas mismas clases cuyos intereses en Inglaterra representa la susodicha porción de la prensa. No es que Luis Napoleón no hubiera despojado con igual gusto a las clases trabajadoras de cualquier cosa que pudiera parecerle deseable, pero es un hecho que en diciembre pasado las clases trabajadoras francesas no podían ser despojadas de nada, porque todo cuanto valía la pena tomar ya les había sido arrebatado durante los tres años y medio de gobierno parlamentario burgués que siguieron a las grandes derrotas de junio de 1848. De hecho, ¿qué quedaba por arrebatarles en vísperas del 2 de diciembre? ¿El sufragio? De él las había despojado la ley electoral de mayo de 1850. ¿El derecho de reunión? Este se había limitado desde hacía tiempo a las clases «seguras» y «bien dispuestas» de la sociedad. ¿La libertad de prensa? Pues bien, la verdadera prensa proletaria había sido ahogada en la sangre de los insurgentes de la gran batalla de junio, y esa sombra suya que sobrevivió durante algún tiempo había desaparecido hacía mucho bajo la presión de leyes mordaza, revisadas y perfeccionadas en cada sesión sucesiva de la Asamblea Nacional.¹⁰⁸ ¿Sus armas? Se había aprovechado todo pretexto para asegurar la exclusión de todos los obreros de la Guardia Nacional y para limitar la posesión de armas a las clases más ricas de la sociedad.

Así pues, las clases trabajadoras tenían, en el momento del último golpe de Estado, muy poco, si algo, que perder en el capítulo de los privilegios políticos. Pero, por otra parte, las clases medias y capitalistas se hallaban entonces en posesión de la omnipotencia política. Suya era la prensa, el derecho de reunión, el derecho a portar armas, el sufragio, el parlamento. Legitimistas y orleanistas, terratenientes y rentistas, tras treinta años de lucha, habían encontrado al fin un terreno neutral en la forma republicana de gobierno. Y para ellos fue realmente un duro caso verse despojados de todo esto, en el breve espacio de unas horas, y verse reducidos de golpe al estado de nulidad política al que ellos mismos habían reducido a los trabajadores. Esta es la razón por la que la prensa «respetable» inglesa se muestra tan furiosa ante las ilegales indignidades de Luis Napoleón. Mientras dichas indignidades, ya fueran del gobierno ejecutivo o del parlamento, se dirigían contra las clases trabajadoras, pues bien, eso, por supuesto, estaba muy bien; pero tan pronto como una política similar se extendía a «las personas de mejor clase», a los «intelectos acomodados de la nación», ¡ah!, eso era completamente distinto, y correspondía a todo amante de la libertad alzar la voz en defensa del «principio».

La lucha, pues, el 2 de diciembre, se libró principalmente entre las clases medias y Luis Napoleón, el representante del ejército. Que Luis Napoleón lo sabía, lo demostró con las órdenes dadas al ejército durante la lucha del día 4, de disparar principalmente sobre «los caballeros de levita». La gloriosa batalla de los bulevares es suficientemente conocida; y una serie de descargas sobre ventanas cerradas y burgueses desarmados bastó para sofocar, en la clase media de París, todo movimiento de resistencia.

Por otra parte, las clases trabajadoras, aunque ya no podían ser privadas de ningún privilegio político directo, no estaban en absoluto desinteresadas en la cuestión. Tenían que perder, ante todo, la gran oportunidad de mayo de 1852, cuando todos los poderes del Estado debían expirar simultáneamente y cuando, por primera vez desde junio de 1848, esperaban disponer de un terreno propicio para una lucha; y, aspirando como aspiraban a la supremacía política, no podían permitir que se produjera ningún cambio violento de gobierno sin ser llamadas a interponerse entre los partidos contendientes como árbitros supremos y a imponerles su voluntad como ley del país. Así pues, no podían dejar pasar la ocasión sin mostrar a las dos fuerzas enfrentadas que existía un tercer poder en el campo, el cual, aunque momentáneamente apartado del teatro de las contiendas oficiales y parlamentarias, estaba siempre dispuesto a intervenir tan pronto como la escena se trasladara a su propia esfera de acción: la calle. Pero, por otra parte, no debe olvidarse que incluso en este caso el partido proletario actuaba bajo grandes desventajas. Si se alzaban contra el usurpador, ¿no defendían y preparaban virtualmente la restauración y dictadura de ese mismo parlamento que había demostrado ser su enemigo más encarnizado? Y si se declaraban de inmediato por un gobierno revolucionario, ¿no iban a asustar, como de hecho ocurrió en las provincias, a la clase media hasta empujarla a una unión con Luis Napoleón y el ejército? Además, debe recordarse que la flor y nata misma de la clase obrera revolucionaria había sido muerta durante la insurrección de junio, o deportada y encarcelada bajo innumerables pretextos distintos desde aquel acontecimiento. Y, finalmente, existía este hecho que por sí solo bastaba para asegurar a Napoleón la neutralidad de la gran mayoría de las clases trabajadoras: el comercio iba excelentemente, y los ingleses saben muy bien que con una clase obrera plenamente empleada y bien pagada no se puede provocar agitación alguna, y mucho menos una revolución.

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Se dice ahora muy comúnmente en este país que los franceses deben de ser un hatajo de viejas, pues de lo contrario no se someterían a semejante trato. Concedo de buen grado que, como nación, los franceses merecen, en el momento actual, tales adornados epítetos. Pero todos sabemos que los franceses dependen, en sus opiniones y acciones, más del éxito que cualquier otra nación civilizada. Tan pronto como se imprime un cierto giro a los acontecimientos en este país, lo siguen casi sin resistencia hasta que se ha alcanzado el último extremo en esa dirección. La derrota de junio de 1848 imprimió un giro contrarrevolucionario tal a Francia y, a través de ella, a todo el continente. La presente ascensión del imperio napoleónico no es sino el hecho culminante de una larga serie de victorias contrarrevolucionarias que llenaron los tres últimos años; y, una vez emprendida la pendiente, era de esperar que Francia siguiera cayendo hasta tocar fondo. Cuán cerca pueda estar de ese fondo no es fácil decirlo; pero cualquiera puede ver que se acerca a él muy rápidamente. Y si la historia pasada de Francia no ha de verse desmentida por las acciones futuras del pueblo francés, podemos esperar confiadamente que cuanto más profunda sea la degradación, tanto más súbito y deslumbrante será el resultado. Los acontecimientos, en estos tiempos nuestros, se suceden unos a otros con una rapidez tremenda, y lo que antes le costaba a una nación un siglo entero recorrer, hoy en día se supera muy fácilmente en un par de años. El viejo imperio duró catorce años; el águila imperial tendrá una suerte extraordinaria si la reanimación, en la escala más mezquina, de esta pieza de teatro dura otros tantos meses. ¿Y luego?

II

[Notes to the People, n.º 48, 27 de marzo de 1852]

Aunque a primera vista pudiera parecer que en el momento actual Luis Napoleón, en Francia, gobierna con omnipotencia imperturbada y que, acaso, el único poder, aparte del suyo, es el de las intrigas cortesanas que lo asedian por todos lados y conspiran unas contra otras con el propósito de obtener favor exclusivo e influencia sobre el autócrata francés, en realidad las cosas son muy distintas. Todo el secreto del éxito de Luis Napoleón reside en que, por las tradiciones de su nombre, ha sido colocado en una posición que le permite mantener, por un momento, el equilibrio entre las clases contendientes de la sociedad francesa. Pues es un hecho que bajo el manto del estado de sitio, bajo el despotismo militar que ahora vela a Francia, la lucha de las diferentes clases de la sociedad prosigue tan encarnizada como siempre. Esa lucha, que se ha librado durante los últimos cuatro años con pólvora y bala, solo ha tomado ahora una forma diferente. Del mismo modo que una guerra prolongada agota y fatiga a la nación más poderosa, así la guerra abierta y sangrienta del último año ha fatigado y agotado momentáneamente la fuerza militar de las diferentes clases. Pero la guerra de clases es independiente de la guerra real, y no siempre necesita barricadas y bayonetas para ser librada; la guerra de clases es inextinguible mientras existan las diversas clases con sus intereses y posiciones sociales antagónicas y contrapuestas; y todavía no hemos oído que desde el bendito advenimiento del pseudo-Napoleón, Francia haya dejado de contar entre sus habitantes a grandes terratenientes y jornaleros agrícolas, o medieros, grandes prestamistas y pequeños propietarios hipotecados, capitalistas y obreros.

La posición de las distintas clases en Francia es justamente ésta: la revolución de febrero había derrocado para siempre el poder de los grandes banqueros y agiotistas; tras su caída, todas las demás clases de la población de las ciudades tuvieron su momento. Primero, los obreros, durante los días del primer entusiasmo revolucionario; luego, los pequeños tenderos republicanos bajo Ledru-Rollin; luego, la fracción republicana de la burguesía bajo Cavaignac; por último, las clases medias monárquicas unidas, bajo la última Asamblea Nacional. Ninguna de estas clases fue capaz de retener firmemente el poder que por un momento poseyó; y últimamente, entre las divisiones siempre recurrentes de los monárquicos legitimistas, o el interés terrateniente, y los monárquicos orleanistas, o el interés dinerario, parecía inevitable que el poder se les escapara de nuevo de las manos y retornara a las de la clase obrera, de la que cabía esperar que se hubiera vuelto más apta para sacarle partido.

Pero había otra clase poderosa en Francia, poderosa, no por las grandes propiedades individuales de sus miembros, sino por su número y por sus mismas carencias. Esa clase —los pequeños propietarios rurales hipotecados, que constituían al menos tres quintas partes de la nación francesa— era lenta en actuar y lenta en ser afectada, como todas las poblaciones rurales; se aferraba a sus viejas tradiciones, desconfiaba de la sabiduría de los apóstoles de todos los partidos procedentes de las ciudades, y recordando que había sido feliz, libre de deudas y relativamente rica en tiempos del Emperador*, puso, por medio del sufragio universal, el poder ejecutivo en manos de su sobrino. La activa agitación del partido democrático socialista, y más todavía el desengaño que las medidas de Luis Napoleón no tardaron en depararles, llevó a una parte de esta clase campesina a las filas del partido Rojo; pero la masa de ellos se aferró a sus tradiciones, y dijo que si Luis Napoleón no había probado aún ser el Mesías que se esperaba que fuera, era culpa de la Asamblea Nacional que lo amordazaba. Además de la masa del campesinado, Luis Napoleón, él mismo una especie de encumbrado miembro del hampa elegante, y rodeado por la élite de la hampa a la moda, encontró apoyo en la porción más degradada y disoluta de la población de las ciudades. Este elemento de fuerza lo unificó en un cuerpo asalariado denominado «Sociedad del 10 de Diciembre». Apoyándose así en el campesinado para el voto, en la chusma para las manifestaciones ruidosas, en el ejército, siempre dispuesto a derrocar un gobierno de charlatanes parlamentarios, y pretendiendo hablar en nombre de las clases trabajadoras, podía aguardar tranquilamente el momento en que las rencillas del parlamento de la clase media le permitieran intervenir y asumir un dominio más o menos absoluto sobre esas clases, ninguna de las cuales, después de cuatro años de lucha sangrienta, había demostrado ser lo bastante fuerte para alzarse con una supremacía duradera. Y esto es lo que hizo el 2 de diciembre último.

Así, el reinado de Luis Napoleón no está sustituyendo la lucha de clases. Se limita a suspender por un tiempo los estallidos sangrientos que señalan de vez en cuando los esfuerzos de una u otra clase por conquistar o mantener el poder político. Ninguna de estas clases era lo bastante fuerte para aventurarse en una nueva batalla con alguna posibilidad de éxito. La propia división de las clases favorecía, por el momento, los proyectos de Napoleón. Él derrocó el parlamento de la clase media y destruyó el poder político de ésta; ¿no deberían alegrarse los proletarios por ello? Y ciertamente, ¡no cabía esperar que los proletarios lucharan por una asamblea que había sido su enemigo más mortífero! Pero al mismo tiempo, la usurpación de Luis Napoleón amenazaba el terreno común de combate de todas las clases, y el último reducto de la clase obrera: la República; por eso, tan pronto como los obreros se levantaron en defensa de la República, la clase media se unió al mismo hombre que acababa de desalojarlos para derrotar, en la clase obrera, al enemigo común de la sociedad. Así sucedió en París —así en las provincias—, y el ejército obtuvo una fácil victoria sobre las clases contendientes y opuestas; y tras la victoria, los millones del campesinado imperialista intervinieron con su voto y, con la ayuda de las falsificaciones oficiales, erigieron el gobierno de Luis Napoleón como el del representante de una Francia casi unánime.

Pero aún ahora, las luchas de clases y los intereses de clase están en el fondo de todo acto importante de Luis Napoleón, como veremos en nuestro próximo artículo. | 

* Napoleón I. — Ed. 

Real Causes Why the French Proletarians Remained Inactive 217 

[Notes to the People, No. 50, April 10, 1852]

Repetimos: Luis Napoleón llegó al poder porque la guerra abierta librada durante los últimos cuatro años entre las diferentes clases de la sociedad francesa las había desgastado, había destrozado sus respectivos ejércitos combatientes, y porque en tales circunstancias, al menos por un tiempo, la lucha de estas clases sólo puede librarse de manera pacífica y legal, mediante la competencia, las organizaciones gremiales y todos los diversos medios de lucha pacífica con los que la oposición de clase contra clase se ha venido librando en Inglaterra desde hace más de un siglo. En estas circunstancias, por así decirlo, interesa a todas las clases contendientes que exista un gobierno llamado fuerte que pueda reprimir y mantener a raya todos esos estallidos menores, locales y dispersos de hostilidad abierta que, sin conducir a resultado alguno, perturban el desarrollo de la lucha en su nueva forma al retrasar la recuperación de fuerzas para una nueva batalla campal. Esta circunstancia puede explicar en cierto modo la innegable aquiescencia general de los franceses con el gobierno actual. Cuánto tiempo ha de transcurrir hasta que tanto la clase obrera como la clase capitalista hayan recuperado suficiente fuerza y confianza en sí mismas para salir a la palestra y reclamar abiertamente, cada una para sí, la dictadura de Francia, nadie puede decirlo desde luego; pero al ritmo al que se desarrollan los acontecimientos hoy en día, lo más probable es que una u otra de estas clases se vea lanzada inesperadamente al campo de batalla, y así la lucha de clase contra clase en las calles pueda renovarse mucho antes de lo que, por la fuerza relativa o absoluta de los partidos, pudiera parecer probable. Porque si el partido revolucionario francés, es decir, el partido de la clase obrera, ha de esperar hasta encontrarse de nuevo en las mismas condiciones de fuerza que en febrero de 1848, bien podría resignarse a una pasividad sumisa de unos diez años, cosa que ciertamente no hará; y al mismo tiempo, un gobierno como el de Luis Napoleón se ve en la necesidad, como veremos más adelante, de enredarse a sí mismo y a Francia en dificultades tales que en última instancia habrán de resolverse mediante un gran golpe revolucionario. No hablaremos de las posibilidades de guerra ni de otros acontecimientos que puedan o no sobrevenir; sólo mencionaremos un suceso tan seguro como que el sol saldrá mañana por la mañana, y ése es una 

Vol. II.) Saturday, March 27, 1852. —[No. 48. 

ERNEST JONES,