POLACOS, CHECOS Y ALEMANES*

[New-York Daily Tribune, núm. 3395, 5 de marzo de 1852]

Por lo que se ha expuesto en los artículos anteriores, ya resulta evidente que, a menos que sucediera a la de marzo de 1848 una nueva revolución, en Alemania las cosas volverían forzosamente a lo que eran antes de este acontecimiento. Pero es tal la complejidad del tema histórico sobre el cual tratamos de arrojar alguna luz, que los acontecimientos posteriores no pueden entenderse con claridad sin tomar en consideración lo que podríamos llamar las relaciones exteriores de la Revolución alemana. Y estas relaciones exteriores eran de naturaleza no menos intrincada que los asuntos internos.

Toda la mitad oriental de Alemania, hasta el Elba, el Saale y la Selva Checa[1], ha sido, como es bien sabido, reconquistada durante los últimos mil años a invasores de origen eslavo. La mayor parte de estos territorios han sido germanizados hasta la extinción completa de toda nacionalidad y lengua eslavas desde hace varios siglos; y, si exceptuamos unos cuantos restos totalmente aislados, que en conjunto suman menos de cien mil almas (casubios en Pomerania, vendos o sorbios en Lusacia), sus habitantes son, a todos los efectos, alemanes. Pero el caso es distinto a lo largo de toda la frontera de la antigua Polonia y en los países de lengua checa, en Bohemia y Moravia. Aquí las dos nacionalidades se entremezclan en todos los distritos; las ciudades son, por lo general, más o menos alemanas, mientras que el elemento eslavo predomina en las aldeas rurales, donde, sin embargo, también se desintegra y retrocede gradualmente ante el avance constante de la influencia alemana.

La razón de este estado de cosas es la siguiente. Desde los tiempos de Carlomagno, los alemanes han dirigido sus esfuerzos más constantes y perseverantes a la conquista, colonización o, al menos, civilización del Este de Europa. Las conquistas de la nobleza feudal entre el Elba y el Óder, y las colonias feudales de las órdenes militares de caballeros en Prusia y Livonia, no hicieron más que sentar las bases de un sistema mucho más amplio y eficaz de germanización a cargo de las clases medias comerciantes y manufactureras, las cuales, en Alemania como en el resto de la Europa occidental, adquirieron importancia social y política a partir del siglo XV. Los eslavos, y particularmente los eslavos occidentales (polacos y checos), son esencialmente una raza agrícola; el comercio y las manufacturas nunca gozaron de gran favor entre ellos. La consecuencia fue que, al aumentar la población y surgir ciudades en estas regiones, la producción de todos los artículos manufacturados cayó en manos de inmigrantes alemanes, y el intercambio de estas mercancías por productos agrícolas se convirtió en monopolio exclusivo de los judíos, quienes, si es que pertenecen a alguna nacionalidad, son en estos países ciertamente más alemanes que eslavos. Esto ha sido así, aunque en menor grado, en todo el Este de Europa. El artesano, el pequeño tendero, el pequeño fabricante es, hasta el día de hoy, alemán en Petersburgo, Pesht, Jassy e incluso Constantinopla; mientras que el prestamista, el tabernero, el buhonero —hombre muy importante en estos países de población dispersa— es muy generalmente un judío, cuya lengua materna es un alemán horriblemente corrompido. La importancia del elemento alemán en las localidades fronterizas eslavas, que aumentaba así con el crecimiento de las ciudades, el comercio y las manufacturas, se incrementó aún más cuando resultó necesario importar de Alemania casi todos los elementos de la cultura intelectual; tras el comerciante y el artesano alemanes, vinieron a establecerse en suelo eslavo el clérigo alemán, el maestro de escuela alemán, el sabio alemán. Y, por último, la férrea pisada de los ejércitos conquistadores o la cautelosa y bien premeditada garra de la diplomacia no solo siguieron, sino que muchas veces se adelantaron al avance lento pero seguro de la desnacionalización operada por el desarrollo social. Así, grandes partes de Prusia occidental y de Posen han sido germanizadas desde la primera partición de Polonia, mediante ventas y concesiones de dominios públicos a colonos alemanes, mediante estímulos a los capitalistas alemanes para que establecieran fábricas, etc., en aquellas comarcas y, muy a menudo también, mediante medidas de un despotismo excesivo contra los habitantes polacos del país.

De este modo, los últimos setenta años habían cambiado por completo la línea de demarcación entre las nacionalidades alemana y polaca. Al suscitar la Revolución de 1848, de golpe, la reivindicación de todas las naciones oprimidas a una existencia independiente y al derecho de arreglar sus propios asuntos, era muy natural que los polacos exigieran de inmediato la restauración de su país dentro de las fronteras de la antigua República polaca anteriores a 1772. Es cierto que esa frontera, incluso en aquel entonces, resultaba ya obsoleta si se la tomaba como delimitación de las nacionalidades alemana y polaca; cada año se había vuelto más obsoleta desde entonces debido al avance de la germanización; pero, por otro lado, los alemanes habían proclamado tal entusiasmo por la restauración de Polonia, que tenían que esperar que se les exigiera, como primera prueba de la sinceridad de sus simpatías, que renunciaran a su parte del botín. En cambio, ¿debían entregarse regiones enteras, habitadas principalmente por alemanes, grandes ciudades totalmente alemanas, a un pueblo que aún no había dado pruebas de ser capaz de superar un estado de feudalismo basado en la servidumbre agrícola? La cuestión era bastante intrincada. La única solución posible consistía en una guerra con Rusia; la cuestión de la delimitación entre las diferentes naciones revolucionadas se habría subordinado a la de establecer, ante todo, una frontera segura frente al enemigo común; los polacos, al recibir extensos territorios en el este, habrían sido más dóciles y razonables en el oeste; y Riga y Mitau[2] se habrían considerado, al fin y al cabo, tan importantes para ellos como Danzig y Elbing[3]. Así, el partido avanzado de Alemania, juzgando necesaria una guerra con Rusia para mantener el movimiento continental y considerando que la restauración nacional siquiera de una parte de Polonia conduciría inevitablemente a tal guerra, apoyó a los polacos; mientras que el partido liberal de las clases medias dominantes previó claramente su propia caída como consecuencia de una guerra nacional contra Rusia, la cual habría llamado al timón a hombres más activos y enérgicos y, por tanto, con un fingido entusiasmo por la extensión de la nacionalidad alemana, declaró la Prusia polaca —el principal foco de la agitación revolucionaria polaca— parte integrante del Imperio alemán que se proyectaba. Las promesas hechas a los polacos en los primeros días de la exaltación fueron vergonzosamente quebrantadas; los armamentos polacos, organizados con la sanción del gobierno, fueron dispersados y masacrados por la artillería prusiana; y apenas en el mes de abril de 1848, a las seis semanas de la Revolución berlinesa, el movimiento polaco fue aplastado y revivió la vieja hostilidad nacional entre polacos y alemanes. Este inmenso e incalculable servicio al autócrata ruso fue prestado por los liberales ministros-comerciantes Camphausen y Hansemann. Hay que añadir que esta campaña polaca fue el primer medio para reorganizar y reafirmar a ese mismo ejército prusiano que después echó al partido liberal y aplastó el movimiento que los señores Camphausen y Hansemann se habían esforzado tanto en provocar. «Con aquello con que pecaron, con ello son castigados.» Tal ha sido la suerte de todos los advenedizos de 1848 y 1849, desde Ledru-Rollin hasta Changarnier, y desde Camphausen hasta Haynau.

La cuestión de las nacionalidades dio lugar a otra lucha en Bohemia. Este país, habitado por dos millones de alemanes y tres millones de eslavos de lengua checa, poseía grandes recuerdos históricos, casi todos vinculados a la antigua supremacía de los checos. Pero la fuerza de esta rama de la familia eslava estaba quebrantada desde las guerras de los husitas en el siglo XV; las provincias de lengua checa estaban divididas: una parte formaba el reino de Bohemia, otra el principado de Moravia, y una tercera, la región montañosa carpática de los eslovacos, formaba parte de Hungría. Moravos y eslovacos habían perdido hacía mucho tiempo todo vestigio de sentimiento y vitalidad nacionales, aunque en su mayoría conservaban su lengua. Bohemia estaba rodeada de países completamente alemanes por tres de sus cuatro costados. El elemento alemán había hecho grandes progresos en su propio territorio; incluso en la capital, en Praga, las dos nacionalidades estaban más o menos equilibradas; y en todas partes el capital, el comercio, la industria y la cultura intelectual estaban en manos de los alemanes. El principal paladín de la nacionalidad checa, el profesor Palacký, no es en sí mismo sino un sabio alemán enloquecido, que aún hoy no puede hablar correctamente la lengua checa y sin acento extranjero. Pero, como sucede a menudo, la moribunda nacionalidad checa —moribunda de acuerdo con todos los hechos conocidos de la historia en los últimos cuatrocientos años— hizo en 1848 un último esfuerzo por recobrar su antigua vitalidad; un esfuerzo cuyo fracaso, independientemente de cualesquiera consideraciones revolucionarias, habría de demostrar que Bohemia solo podía existir, en adelante, como una porción de Alemania, aunque parte de sus habitantes puedan continuar, tal vez durante algunos siglos, hablando una lengua no alemana.

Londres, febrero de 1852.

[1] Selva Checa. — F. E.
[2] Nombre letón: Jelgava. — N. de la Red.
[3] Nombres polacos: Gdansk y Elblong. — N. de la Red.