IX EL PANESLAVISMO. LA GUERRA DE SCHLESWIG-HOLSTEIN

[New-York Daily Tribune, No. 3403, March 15, 1852]

Bohemia y Croacia (otro miembro desmembrado de la familia eslava, sobre el cual actuaron los húngaros como sobre Bohemia los alemanes)

Revolución y contrarrevolución en Alemania 47

fueron la cuna de lo que en el continente europeo se llama «paneslavismo». Ni Bohemia ni Croacia eran por sí solas lo bastante fuertes para existir como nación independiente. Sus respectivas nacionalidades, minadas gradualmente por la acción de causas históricas que las absorben de manera inevitable en una estirpe más enérgica, sólo podían esperar ser restauradas a algo parecido a la independencia mediante una alianza con otras naciones eslavas. Había veintidós millones de polacos, cuarenta y cinco millones de rusos, ocho millones de serbios y búlgaros... ¿por qué no formar una poderosa Confederación de los ochenta millones de eslavos y rechazar o exterminar a los intrusos en el sagrado suelo eslavo, al turco, al húngaro y, sobre todo, al odiado, pero indispensable *Niemetz*, al alemán? Así, en los estudios de unos cuantos diletantes eslavos de la ciencia histórica, surgió este movimiento ridículo y antihistórico, un movimiento que no pretendía nada menos que subyugar al Occidente civilizado bajo el Oriente bárbaro, a la ciudad bajo el campo, al comercio, la industria y la inteligencia bajo la agricultura primitiva de los siervos eslavos. Pero detrás de esta ridícula teoría se erguía la terrible realidad del Imperio ruso, ese imperio que en cada uno de sus movimientos proclama la pretensión de considerar a toda Europa como dominio de la raza eslava y, muy especialmente, de la única parte enérgica de esa raza, de los rusos; ese imperio que, con dos capitales como San Petersburgo y Moscú, aún no ha encontrado su centro de gravedad, mientras la «Ciudad del Zar» (Constantinopla, llamada en ruso Tzarigrad, la ciudad del zar), considerada por cada campesino ruso como la verdadera metrópoli de su religión y de su nación, no sea realmente la residencia de su Emperador; ese imperio que, desde hace ciento cincuenta años, jamás ha perdido, sino que siempre ha ganado territorio en todas las guerras que ha emprendido. Y bien conocidas son en Europa Central las intrigas con que la política rusa apoyó el novedoso sistema del paneslavismo, un sistema mejor que el cual ninguno podía inventarse para sus propósitos. De este modo, los paneslavistas bohemios y croatas, unos intencionadamente, otros sin saberlo, trabajaron en interés directo de Rusia; traicionaron la causa revolucionaria por la sombra de una nacionalidad que, en el mejor de los casos, habría compartido la suerte de la nacionalidad polaca bajo el dominio ruso. No obstante, en honor de los polacos hay que decir que jamás llegaron a enredarse seriamente en esas trampas paneslavistas; y si algunos aristócratas se volvieron furibundos paneslavistas, sabían que bajo la subyugación rusa tenían menos que perder que con una revuelta de sus propios siervos campesinos.

Los bohemios y los croatas convocaron entonces un congreso general eslavo en Praga, para la preparación de la alianza universal eslava.*⁸ Este Congreso habría resultado un fracaso decidido incluso sin la intervención de los militares austríacos. Las diversas lenguas eslavas difieren tanto como el inglés, el alemán y el sueco, y cuando se abrieron las sesiones no existía una lengua eslava común que permitiera a los oradores hacerse entender. Se intentó el francés, pero también resultó incomprensible para la mayoría, y los pobres entusiastas eslavos, cuyo único sentimiento común era un odio común contra los alemanes, se vieron finalmente obligados a expresarse en la odiada lengua alemana, ¡pues era la única que se entendía en general! Pero precisamente entonces se estaba reuniendo en Praga otro congreso eslavo, en forma de lanceros galitzianos, granaderos croatas y eslovacos y artilleros y coraceros bohemios; y este congreso eslavo real y armado, bajo el mando de Windischgratz, en menos de veinticuatro horas expulsó de la ciudad a los fundadores de una supremacía eslava imaginaria y los dispersó a los cuatro vientos.

Los diputados bohemios, moravos, dálmatas y parte de los polacos (la aristocracia) en la Dieta constituyente austríaca, hicieron en esa Asamblea una guerra sistemática contra el elemento alemán. Los alemanes y una parte de los polacos (la nobleza empobrecida) eran en esta Dieta los principales defensores del progreso revolucionario; la masa de los diputados eslavos, al oponérseles, no se conformaron con mostrar así claramente las tendencias reaccionarias de todo su movimiento, sino que se degradaron lo bastante como para confabularse y conspirar con el mismísimo gobierno austríaco que había disuelto su reunión de Praga. También ellos recibieron su pago por esta conducta infame; tras apoyar al gobierno durante la insurrección de octubre de 1848, acontecimiento que finalmente les aseguró la mayoría en la Dieta, esta Dieta, ya casi exclusivamente eslava, fue disuelta por los soldados austríacos, igual que el congreso de Praga, y los paneslavistas, amenazados con la cárcel si volvían a moverse. Y lo único que han conseguido es que la nacionalidad eslava esté siendo minada en todas partes por la centralización austríaca, resultado que pueden agradecer a su propio fanatismo y ceguera.

Si las fronteras de Hungría y Alemania hubieran dado lugar a alguna duda, ciertamente habría surgido allí otra querella. Pero, afortunadamente, no hubo pretexto, y como los intereses de ambas naciones estaban íntimamente relacionados, lucharon contra los mismos enemigos, a saber, el gobierno austríaco y el fanatismo paneslavista. El buen entendimiento no se vio perturbado ni por un instante. Pero la revolución italiana enredó a una parte, al menos, de Alemania en una guerra intestina; y hay que decirlo aquí como prueba de hasta qué punto el sistema metternichiano había logrado frenar el desarrollo del espíritu público: durante los primeros seis meses de 1848, los mismos hombres que en Viena habían levantado las barricadas, marcharon, llenos de entusiasmo, a alistarse en el ejército que combatía contra los patriotas italianos. Esta deplorable confusión de ideas no duró, sin embargo, mucho tiempo.

Por último, vino la guerra con Dinamarca a causa de Schleswig y Holstein. Estos países, incontestablemente alemanes por la nacionalidad, la lengua y las preferencias, son también necesarios para Alemania desde los puntos de vista militar, naval y comercial. Sus habitantes han luchado duramente, durante los tres últimos años, contra la intrusión danesa. El derecho de los tratados estaba, además, de su parte. La revolución de marzo los llevó a un choque abierto con los daneses, y Alemania los apoyó. Pero mientras en Polonia, en Italia, en Bohemia y, más tarde, en Hungría, las operaciones militares se llevaban con el máximo vigor, en esta, la única guerra popular, la única, al menos en parte, revolucionaria, se adoptó un sistema de marchas y contramarchas sin resultado, y se sometió a una injerencia de la diplomacia extranjera que condujo, tras muchos enfrentamientos heroicos, a un final miserable. Los gobiernos alemanes traicionaron en toda ocasión, durante esta guerra, al ejército revolucionario de Schleswig-Holstein, y dejaron deliberadamente que los daneses lo despedazaran cuando se hallaba disperso o dividido. Los cuerpos de voluntarios alemanes corrieron la misma suerte.

Pero mientras así el nombre alemán no cosechaba más que odio por todas partes, los gobiernos constitucionales y liberales alemanes se frotaban las manos de alegría. Habían conseguido aplastar los movimientos polaco y bohemio.* Habían reavivado por doquier las viejas animosidades nacionales, que hasta entonces habían impedido todo entendimiento y acción común entre alemanes, polacos e italianos. Habían acostumbrado al pueblo a las escenas de guerra civil y de represión por los militares. El ejército prusiano había recuperado su confianza en Polonia, el ejército austríaco en Praga; y mientras la sobreabundante patriotismo («die patriotische Überkraft», como dice Heine>*) de la juventud revolucionaria, pero miope, era llevada a Schleswig y a Lombardía para ser aplastada por la metralla del enemigo, el ejército regular, el verdadero instrumento de acción, tanto de Prusia como de Austria, quedaba en condiciones de reconquistar el favor público mediante victorias sobre el extranjero. Pero repetimos: esos ejércitos, reforzados por los liberales como medio de acción contra el partido más avanzado, apenas hubieron recuperado en cierta medida su propia confianza y su disciplina, se volvieron contra los mismos liberales y restablecieron en el poder a los hombres del viejo sistema. Cuando Radetzky, en su campamento tras el Adigio, recibió las primeras órdenes de los «ministros responsables» de Viena, exclamó: «¡Quiénes son esos ministros? ¡No son el Gobierno de Austria! Austria no está ahora en ninguna parte, sino en mi campamento; yo y mi ejército, nosotros somos Austria; y cuando hayamos derrotado a los italianos, reconquistaremos el Imperio para el Emperador!» Y el viejo Radetzky tenía razón... pero los imbéciles ministros «responsables» de Viena no le hicieron caso.

Londres, febrero de 1852

* Czech.— Ed.
⁸ See below, p. 70.— Ed.
> Heinrich Heine, «Bei des Nachwächters Ankunft zu Paris» (del ciclo *Zeitgedichte*).— Ed.