Publicado en el *Tribune* los días 25 y 28 de octubre, 6, 7, 12 y 28 de noviembre de 1851; 27 de febrero, 5, 15, 18 y 19 de marzo, 9, 17 y 24 de abril, 27 de julio, 19 de agosto, 18 de septiembre y 2 y 23 de octubre de 1852

Firmado: Karl Marx

I
ALEMANIA EN VÍSPERAS DE LA REVOLUCIÓN

[*New-York Daily Tribune*, núm. 3282, 25 de octubre de 1851]

El primer acto del drama revolucionario en el continente europeo ha concluido. Los “poderes que eran” antes del huracán de 1848 vuelven a ser “los poderes que son”, y los gobernantes más o menos populares de un día, gobernadores provisionales, triunviros, dictadores, con su séquito de representantes, comisarios civiles, comisarios militares, prefectos, jueces, generales, oficiales y soldados, son arrojados a costas extranjeras y “transportados más allá de los mares”, a Inglaterra o América, para formar allí nuevos gobiernos *in partibus infidelium\**, comités europeos, comités centrales, comités nacionales, y anunciar su advenimiento con proclamas tan solemnes como las de cualquier otro potentado menos imaginario.

No cabe imaginar una derrota más señalada que la sufrida por el partido —o, mejor, los partidos— revolucionarios continentales en todos los puntos de la línea de batalla. Pero ¿y qué? ¿No ha abarcado la lucha de las clases medias británicas por su supremacía social y política cuarenta y ocho años, y la de las clases medias francesas cuarenta años de luchas sin par? ¿Acaso estuvo su triunfo más cerca que en el preciso momento en que la monarquía restaurada se creía más firmemente asentada que nunca? Han pasado hace mucho los tiempos de aquella superstición que atribuía las revoluciones a la mala voluntad de unos cuantos agitadores. Todo el mundo sabe hoy que, dondequiera que se produce una convulsión revolucionaria, ha de existir en el fondo alguna necesidad social, impedida por instituciones caducas para satisfacerse. Puede que esa necesidad no se sienta aún con la fuerza y la generalidad suficientes para asegurar un éxito inmediato; pero todo intento de represión violenta no hará sino ponerla de manifiesto cada vez con más fuerza, hasta que rompa sus cadenas. Por tanto, si hemos sido vencidos, no nos queda más que hacer que empezar otra vez desde el principio. Y, por fortuna, el intervalo de descanso, probablemente muy breve, que se nos concede entre el cierre del primer acto y el comienzo del segundo del movimiento, nos da tiempo para una labor muy necesaria: el estudio de las causas que hicieron necesario tanto el reciente estallido como su derrota; causas que no hay que buscar en los esfuerzos accidentales, en los talentos, faltas, errores o traiciones de algunos de los dirigentes, sino en la situación social general y en las condiciones de existencia de cada una de las naciones convulsionadas. El hecho de que los súbitos movimientos de febrero y marzo de 1848 no fueron obra de individuos aislados, sino manifestaciones espontáneas e irresistibles de necesidades y exigencias nacionales, más o menos claramente comprendidas, pero sentidas de un modo muy vivo por numerosas clases en cada país, es un hecho reconocido en todas partes; pero cuando se inquiere por las causas de los éxitos contrarrevolucionarios, se encuentra uno por doquier la respuesta fácil de que fue el señor Tal o el ciudadano Cual quien “traicionó” al pueblo. Respuesta que, según las circunstancias, podrá ser muy verdadera o no, pero que en ningún caso explica nada, ni siquiera muestra cómo pudo suceder que el “pueblo” se dejara traicionar de ese modo. ¡Y qué pobre porvenir le aguarda a un partido político cuyo único fondo de conocimientos consiste en el hecho solitario de que el ciudadano Tal no es de fiar!

La investigación y exposición de las causas, tanto de la convulsión revolucionaria como de su supresión, revisten además una importancia de primer orden desde el punto de vista histórico. Todas esas mezquinas querellas y recriminaciones personales, todas esas afirmaciones contradictorias —que si fue Marrast, o Ledru-Rollin, o Louis Blanc, o cualquier otro miembro del Gobierno Provisional, o todos ellos juntos, quienes condujeron la revolución contra los escollos en que naufragó—, ¿qué interés pueden tener, qué luz pueden ofrecer al americano o al inglés que observaron todos estos movimientos diversos desde una distancia demasiado grande para permitirles distinguir los detalles de las operaciones? Ningún hombre en su sano juicio creerá jamás que once hombres,\* en su mayoría de capacidad muy mediocre tanto para el bien como para el mal, fueran capaces de arruinar en tres meses a una nación de treinta y seis millones, a menos que esos treinta y seis millones vieran tan poco su camino por delante como los once. Pero cómo sucedió que esos treinta y seis millones fueron llamados de pronto a decidir por sí mismos qué camino tomar, aunque en parte anduviesen a tientas en un oscuro crepúsculo, y cómo se extraviaron luego y se permitió por un momento que sus viejos dirigentes volvieran a la dirección, ésa es precisamente la cuestión.

Por consiguiente, si intentamos exponer ante los lectores del *Tribune* las causas que, al tiempo que hicieron necesaria la Revolución alemana de 1848, llevaron de modo igualmente inevitable a su represión momentánea en 1849 y 1850, no se esperará de nosotros que ofrezcamos una historia completa de los acontecimientos tal como se sucedieron en aquel país. Los acontecimientos posteriores y el juicio de las generaciones venideras decidirán qué parte de esa masa confusa de hechos aparentemente accidentales, incoherentes e incongruentes ha de formar parte de la historia del mundo. Aún no ha llegado el momento para semejante tarea; debemos limitarnos a los límites de lo posible y darnos por satisfechos si logramos hallar causas racionales, basadas en hechos indiscutibles, que expliquen los acontecimientos principales, las vicisitudes capitales de aquel movimiento, y nos den una pista sobre la dirección que el próximo estallido —tal vez no muy lejano— imprimirá al pueblo alemán.

Y en primer lugar, ¿cuál era el estado de Alemania en vísperas de la revolución?

La composición de las diferentes clases del pueblo que constituyen la base de toda organización política era en Alemania más complicada que en ningún otro país. Mientras que en Inglaterra y Francia el feudalismo quedó enteramente destruido o, por lo menos, reducido, como en el primer país, a unas pocas formas insignificantes por una clase media poderosa y rica, concentrada en las grandes ciudades y en particular en la capital, la nobleza feudal alemana había conservado una gran parte de sus antiguos privilegios. El sistema feudal de tenencia de la tierra prevalecía casi por doquier. Los señores de la tierra habían conservado incluso la jurisdicción sobre sus arrendatarios. Despojados de sus privilegios políticos, del derecho a controlar a los príncipes, conservaban casi toda su supremacía medieval sobre los campesinos de sus dominios, así como su exención de impuestos. El feudalismo florecía más en unas localidades que en otras, pero en ninguna parte, salvo en la margen izquierda del Rin, había sido destruido por completo.\* Esta nobleza feudal, entonces sumamente numerosa y en parte muy rica, era considerada oficialmente como el primer “estamento” del país. Proporcionaba los altos funcionarios del gobierno y nutría casi exclusivamente la oficialidad del ejército.

La burguesía alemana distaba mucho de ser tan rica y de estar tan concentrada como la de Francia o Inglaterra. Las antiguas manufacturas de Alemania habían sido destruidas por la introducción del vapor y por la supremacía rápidamente creciente de las manufacturas inglesas; las manufacturas más modernas, iniciadas bajo el sistema continental\** napoleónico, establecidas en otras partes del país, no compensaban la pérdida de las antiguas ni bastaban para crear un interés manufacturero lo bastante fuerte como para imponer sus necesidades a la atención de gobiernos celosos de toda extensión de la riqueza y el poder no nobiliarios. Si Francia llevó sus manufacturas de seda victoriosas a través de cincuenta años de revoluciones y guerras, Alemania, durante el mismo tiempo, poco menos que perdió su antiguo comercio del lino. Las comarcas manufactureras, además, eran escasas y estaban muy dispersas; situadas tierra adentro y utilizando en su mayoría puertos extranjeros, holandeses o belgas, para sus importaciones y exportaciones, tenían poco o ningún interés en común con las grandes ciudades portuarias del mar del Norte y del Báltico; eran, sobre todo, incapaces de crear grandes centros manufactureros y comerciales como París y Lyon, Londres y Manchester. Las causas de este atraso de las manufacturas alemanas eran múltiples, pero dos bastarán para explicarlo: la situación geográfica desfavorable del país, alejada del Atlántico, que se había convertido en la gran vía del comercio mundial, y las continuas guerras en que Alemania se vio envuelta y que se libraron en su suelo desde el siglo XVI hasta nuestros días. Fue esta falta de número, y particularmente de todo lo que se pareciera a un número concentrado, lo que impidió a la burguesía alemana alcanzar aquella supremacía política de que la burguesía inglesa disfruta desde 1688 y que la francesa conquistó en 1789. Y sin embargo, desde 1815, la riqueza, y con la riqueza la importancia política de la clase media en Alemania, crecía sin cesar. Los gobiernos se veían obligados, aunque a regañadientes, a plegarse por lo menos a sus intereses materiales más inmediatos. Puede llegarse a afirmar con verdad que desde 1815 hasta 1830, y desde 1832 hasta 1840, toda parcela de influencia política que, habiendo sido concedida a la clase media en las constituciones de los Estados menores, le fue arrebatada de nuevo durante los dos períodos arriba indicados de reacción política —que cada una de esas partículas fue compensada con alguna ventaja más práctica que se les permitió. Cada derrota política de la clase media traía consigo una victoria en el terreno de la legislación mercantil. Y, desde luego, el Arancel Protector prusiano de 1818 y la formación del Zollverein\*** valían mucho más para los comerciantes y fabricantes de Alemania que el equívoco derecho de expresar, en las cámaras de algún minúsculo ducado, su desconfianza hacia unos ministros que se reían de sus votos. Así, con la riqueza creciente y el comercio en expansión, la burguesía llegó pronto a una fase en la que encontró que el desarrollo de sus intereses más importantes era frenado por la constitución política del país —por su división arbitraria entre treinta y seis príncipes de tendencias y caprichos contradictorios—; por las trabas feudales que pesaban sobre la agricultura y el comercio a ella vinculado; por la inquisitiva superintendencia a que una burocracia ignorante y presuntuosa sometía todas sus transacciones. Al mismo tiempo, la extensión y consolidación del Zollverein, la introducción general de las comunicaciones por vapor y la creciente competencia en el comercio interior aproximaron más entre sí a las clases comerciales de los diferentes Estados y provincias, igualaron sus intereses y centralizaron su fuerza. La consecuencia natural fue que toda su masa pasó al campo de la oposición liberal y que la burguesía alemana libró su primera lucha seria por el poder político. Este cambio puede fecharse en 1840, a partir del momento en que la burguesía de Prusia asumió la dirección del movimiento de la clase media alemana. Más adelante volveremos sobre este movimiento de la oposición liberal de 1840-1847.

La gran masa de la nación, que no pertenecía ni a la nobleza ni a la burguesía, se componía, en las ciudades, de la clase de los pequeños comerciantes y tenderos y de los trabajadores, y en el campo, de los campesinos.

\* *In partibus infidelium* —literalmente: en tierras habitadas por infieles. Estas palabras se añaden al título de los obispos católicos romanos nombrados para diócesis puramente nominales en países no cristianos. En sentido figurado, significan “sin existencia real”. — Ed.

\* Miembros del Gobierno Provisional francés. — Ed.

\** El sistema continental o bloqueo continental: sistema de medidas adoptado por Napoleón I en 1806 con el fin de aislar económicamente a Inglaterra y obligarla así a capitular. El Decreto de Berlín del 21 de noviembre de 1806 prohibía a los países dependientes de Francia comerciar con Inglaterra o con sus colonias. Fue abolido en 1814. — Ed.

\*** Unión aduanera de los Estados alemanes bajo la égida de Prusia. — Ed.

La clase de los pequeños comerciantes y tenderos es sumamente numerosa en Alemania, a consecuencia del desarrollo raquítico que los grandes capitalistas e industriales, como clase, han tenido en ese país. En las ciudades mayores constituye casi la mayoría de los habitantes; en las más pequeñas predomina por completo, al no existir competidores más ricos que le disputen la influencia. Esta clase, de las más importantes en todo cuerpo político moderno y en todas las revoluciones modernas, lo es aún más en Alemania, donde durante las luchas recientes desempeñó generalmente el papel decisivo. Su posición intermedia entre la clase de los grandes capitalistas, comerciantes e industriales, la burguesía propiamente dicha, y la clase proletaria o industrial, determina su carácter. Aspirando a la posición de la primera, el menor revés de la fortuna arroja a los individuos de esta clase a las filas de la segunda. En los países monárquicos y feudales, la costumbre de la corte y de la aristocracia se hace necesaria para su existencia; la pérdida de esa costumbre podría arruinar a una gran parte de ella. En las ciudades más pequeñas, una guarnición militar, un gobierno de condado, un tribunal de justicia con su séquito, constituyen muy a menudo la base de su prosperidad; retírense éstos, y caerán los tenderos, los sastres, los zapateros, los ebanistas. Así, eternamente zarandeada entre la esperanza de ingresar en las filas de la clase más rica y el temor de verse reducida a la condición de proletarios o incluso de indigentes; entre la esperanza de promover sus intereses conquistando una participación en la dirección de los asuntos públicos y el miedo de provocar, con una oposición inoportuna, la ira de un gobierno que dispone de su propia existencia, porque tiene el poder de quitarle sus mejores clientes; poseedora de pequeños medios, cuya inseguridad está en razón inversa a su cuantía; esta clase es sumamente vacilante en sus opiniones. Humilde y rastreramente sumisa bajo un poderoso gobierno feudal o monárquico, se vuelve hacia el liberalismo cuando la burguesía está en ascenso; se apodera de violentos arrebatos democráticos tan pronto como la burguesía ha asegurado su propia supremacía, pero recae en el abyecto desaliento del miedo en cuanto la clase que está por debajo de ella, los proletarios, intenta un movimiento independiente. Pronto veremos cómo esta clase, en Alemania, pasa alternativamente de una a otra de estas etapas.

La clase obrera en Alemania está, en su desarrollo social y político, tan a la zaga de la de Inglaterra y Francia como la burguesía alemana lo está de la burguesía de esos países. De tal amo, tal criado. La evolución de las condiciones de existencia de una clase proletaria numerosa, fuerte, concentrada e inteligente, marcha pareja con el desarrollo de las condiciones de existencia de una burguesía numerosa, rica, concentrada y poderosa. El movimiento de la clase obrera nunca es independiente, nunca tiene un carácter exclusivamente proletario, hasta que todas las distintas fracciones de la burguesía, y en particular su fracción más progresista, los grandes industriales, han conquistado el poder político y remodelado el Estado según sus necesidades. Entonces es cuando el conflicto inevitable entre el patrón y el obrero se hace inminente y ya no puede aplazarse por más tiempo; cuando a la clase obrera ya no se la puede contentar con esperanzas ilusorias y promesas que jamás se cumplirán; cuando el gran problema del siglo XIX, la abolición del proletariado, se plantea por fin de manera franca y en su justa luz. Ahora bien, en Alemania, la masa de la clase obrera no estaba empleada por esos modernos señores de la manufactura de los que Gran Bretaña ofrece tan espléndidos especímenes, sino por pequeños artesanos cuyo sistema manufacturero entero es una simple reliquia de la Edad Media. Y así como hay una enorme diferencia entre el gran señor del algodón y el pequeño zapatero o maestro sastre, existe una distancia correspondiente entre el despierto operario fabril de las modernas Babilonias manufactureras y el tímido oficial sastre o ebanista de una pequeña ciudad de provincia, que vive en circunstancias y trabaja según un plan muy poco diferente del de los hombres de la misma especie hace unos quinientos años. Esta ausencia general de condiciones modernas de vida, de modos modernos de producción industrial, estaba acompañada, naturalmente, por una ausencia casi igualmente general de ideas modernas, y, por tanto, no es de extrañar que, al estallar la revolución, una gran parte de las clases trabajadoras clamara por el restablecimiento inmediato de los gremios y de las corporaciones de oficios privilegiados medievales. Sin embargo, de los distritos manufactureros, donde predominaba el sistema moderno de producción, y a consecuencia de las facilidades de intercomunicación y de desarrollo intelectual que ofrecía la vida migratoria de un gran número de obreros, se formó un núcleo fuerte cuyas ideas sobre la emancipación de su clase eran mucho más claras y más conformes a los hechos existentes y a las necesidades históricas; pero no eran más que una minoría. Si el movimiento activo de la burguesía puede fecharse a partir de 1840, el de la clase obrera comienza su advenimiento con las insurrecciones de los obreros fabriles de Silesia y Bohemia* en 1844,° y pronto tendremos ocasión de pasar revista a las distintas etapas por las que atravesó este movimiento.

Por último, estaba la gran clase de los pequeños agricultores, el campesinado, que, con su apéndice de jornaleros agrícolas, constituye una mayoría considerable de la nación entera. Pero esta clase se subdividía a su vez en diferentes fracciones. Estaban, en primer lugar, los agricultores más acomodados, lo que en Alemania se llama Gross y Mittel-Bauern, propietarios de fincas más o menos extensas, cada uno de los cuales disponía de los servicios de varios trabajadores agrícolas. Esta clase, situada entre los grandes terratenientes feudales no sujetos a impuestos y el campesinado menor y los jornaleros agrícolas, por razones obvias encontró en una alianza con la burguesía antifeudal de las ciudades su rumbo político más natural. En segundo lugar, estaban los pequeños propietarios libres, que predominaban en la región del Rin, donde el feudalismo había sucumbido ante los poderosos golpes de la gran Revolución Francesa. Pequeños propietarios libres independientes semejantes existían también aquí y allá en otras provincias, donde habían logrado comprar las cargas feudales que antes recaían sobre sus tierras. Esta clase, sin embargo, era una clase de propietarios libres sólo de nombre, pues sus propiedades estaban generalmente hipotecadas hasta tal punto, y en condiciones tan onerosas, que no era el campesino, sino el usurero que había adelantado el dinero, el verdadero propietario de la tierra. En tercer lugar, los arrendatarios feudales, a los que no se podía desalojar fácilmente de sus tierras, pero que tenían que pagar una renta perpetua o realizar a perpetuidad cierta cantidad de trabajo en favor del señor del feudo. Por último, los jornaleros agrícolas, cuya condición, en muchas grandes explotaciones, era exactamente la del mismo tipo en Inglaterra, y que, en todos los casos, vivían y morían pobres, mal alimentados y como esclavos de sus empleadores. Estas tres últimas clases de la población agrícola, los pequeños propietarios libres, los arrendatarios feudales y los jornaleros agrícolas, nunca se habían preocupado mucho de la política antes de la revolución, pero es evidente que este acontecimiento debía de abrirles una nueva carrera, llena de brillantes perspectivas. A cada uno de ellos la revolución ofrecía ventajas, y una vez emprendido seriamente el movimiento, era de esperar que, cada cual por su turno, se sumaran a él. Pero al mismo tiempo es igualmente evidente, y lo confirma igualmente la historia de todos los países modernos, que la población agrícola, a causa de su dispersión en un gran espacio y de la dificultad de lograr un acuerdo entre una porción considerable de ella, nunca puede intentar un movimiento independiente con éxito; necesita el impulso inicial de la gente más concentrada, más ilustrada y más fácilmente movilizable de las ciudades.

El precedente breve esbozo de las más importantes de las clases que en su conjunto formaban la nación alemana al estallar los recientes movimientos, bastará ya para explicar gran parte de la incoherencia, incongruencia y aparente contradicción que prevalecieron en ese movimiento. Cuando intereses tan variados, tan contradictorios, que se entrecruzan de modo tan extraño, entran en violenta colisión; cuando estos intereses en pugna en cada distrito, en cada provincia, se mezclan en proporciones diferentes; cuando, sobre todo, no hay un gran centro en el país, ni Londres ni París, cuyas decisiones, por su peso, puedan hacer innecesario librar la misma batalla una y otra vez en cada localidad; ¿qué otra cosa cabe esperar sino que la contienda se disuelva en una masa de luchas inconexas, en las que se gasta una enorme cantidad de sangre, energía y capital, pero que a pesar de todo quedan sin ningún resultado decisivo?

La desmembración política de Alemania en tres docenas de principados de mayor o menor importancia se explica igualmente por esta confusión y multiplicidad de los elementos que componen la nación, y que a su vez varían en cada localidad. Donde no hay intereses comunes no puede haber unidad de propósito, y mucho menos de acción. La Confederación Germánica, es cierto, fue declarada eternamente indisoluble; sin embargo, la Confederación y su órgano, la Dieta, nunca representaron la unidad alemana. El punto más alto al que jamás llegó la centralización en Alemania fue la creación del Zollverein; mediante él, los Estados del Mar del Norte se vieron igualmente forzados a formar una Unión Aduanera propia,° quedando Austria envuelta en su arancel prohibitorio separado. Alemania tuvo la satisfacción de estar dividida, a todos los efectos prácticos, entre tres potencias independientes tan sólo, en lugar de entre treinta y seis. Por supuesto, la supremacía suprema del Zar ruso, tal como se estableció en 1814, no experimentó cambio alguno por este motivo.

Una vez extraídas estas conclusiones preliminares de nuestras premisas, veremos en el próximo artículo cómo las susodichas clases del pueblo alemán fueron puestas en movimiento una tras otra, y qué carácter asumió este movimiento al estallar la Revolución Francesa de 1848.

Londres, septiembre de 1851

II
EL ESTADO PRUSIANO

[New-York Daily Tribune, No. 3284, October 28, 1851]

El movimiento político de la clase media, o burguesía, en Alemania, puede datarse a partir de 1840. Había sido precedido por síntomas que mostraban que la clase adinerada e industrial de aquel país estaba madurando hacia un estado que ya no le permitiría continuar apática y pasiva bajo la presión de un monarquismo medio feudal, medio burocrático. Los príncipes más pequeños de Alemania, en parte para asegurarse una mayor independencia frente a la supremacía de Austria y Prusia, o frente a la influencia de la nobleza en sus propios Estados, en parte para consolidar en un todo las provincias desconectadas unidas bajo su dominio por el Congreso de Viena,* otorgaron, uno tras otro, constituciones de carácter más o menos liberal. Podían hacerlo sin peligro alguno para sí mismos; pues si la Dieta de la Confederación, esta mera marioneta de Austria y Prusia, pretendía usurpar su independencia como soberanos, sabían que al resistir sus dictados serían respaldados por la opinión pública y las Cámaras; y, si por el contrario, estas Cámaras se volvían demasiado fuertes, podían fácilmente disponer del poder de la Dieta para quebrantar toda oposición. Las instituciones constitucionales bávaras, de Württemberg, de Baden o de Hannover no podían, bajo tales circunstancias, dar lugar a una lucha seria por el poder político, y por tanto la gran masa de la clase media alemana se mantuvo en general muy al margen de las mezquinas rencillas suscitadas en las legislaturas de los pequeños Estados, sabiendo bien que sin un cambio fundamental en la política y la constitución de las dos grandes potencias de Alemania, ningún esfuerzo ni victoria secundarios serían de utilidad alguna. Pero, al mismo tiempo, una raza de abogados liberales, oposicionistas profesionales, surgió en estas pequeñas asambleas: los Rotteck, los Welcker, los Roemer, los Jordan, los Stüve, los Eisenmann, esos grandes «hombres populares» (Volksmänner), quienes, después de una oposición más o menos ruidosa, pero siempre infructuosa, de veinte años, fueron llevados a la cumbre del poder por la marea primaveral revolucionaria de 1848, y quienes, después de haber mostrado allí su absoluta impotencia e insignificancia, fueron derribados de nuevo en un instante. Estos primeros especímenes, en suelo alemán, del traficante en política y oposición, mediante sus discursos y escritos familiarizaron al oído alemán con el lenguaje del constitucionalismo, y por su mera existencia presagiaron la proximidad de un tiempo en que la clase media se apoderaría de las frases políticas que estos locuaces abogados y profesores acostumbraban usar sin saber mucho acerca del sentido que originalmente se les atribuía, y las restauraría a su significado propio.

La literatura alemana también se debatía bajo la influencia de la excitación política en la que toda Europa se había visto arrojada por los acontecimientos de 1830.¹⁰ Un constitucionalismo tosco, o un republicanismo aún más tosco, eran predicados por casi todos los escritores de la época. Se volvió cada vez más costumbre, particularmente entre las suertes inferiores de literatos, compensar la falta de talento en sus producciones con alusiones políticas que seguramente atraían la atención. Poesía, novelas, revistas, el drama, toda producción literaria rebosaba de lo que se llamaba «tendencia», es decir, con exhibiciones más o menos tímidas de un espíritu antigubernamental. Para completar la confusión de ideas que reinaba después de 1830 en Alemania, con estos elementos de oposición política se mezclaban recuerdos universitarios mal digeridos de la filosofía alemana y espigueos mal comprendidos del socialismo francés, particularmente del saintsimonismo; y la camarilla de escritores que se explayaba sobre este conglomerado heterogéneo de ideas se autodenominaba presuntuosamente «Joven Alemania» o «la Escuela Moderna».¹¹ Desde entonces se han arrepentido de sus pecados juveniles, pero no han mejorado su estilo de escribir.

Finalmente, la filosofía alemana, ese termómetro tan complicado, pero al mismo tiempo el más seguro del desarrollo de la mente alemana, se había declarado en favor de la clase media cuando Hegel pronunció, en su Filosofía del Derecho,* que la Monarquía Constitucional era la forma de gobierno final y más perfecta. En otras palabras, proclamó el advenimiento próximo de las clases medias del país al poder político. Su escuela, después de su muerte, no se detuvo aquí. Mientras que la sección más avanzada de sus seguidores, por un lado, sometía toda creencia religiosa al crisol de una crítica rigurosa y sacudía hasta sus cimientos el antiguo edificio del cristianismo, al mismo tiempo

* G.W.F. Hegel. Grundlinien der Philosophie des Rechts, § 273.— Ed.

ponían sobre el tapete principios políticos más audaces de lo que hasta entonces los oídos alemanes habían tenido la suerte de oír exponer, e intentaban restaurar a la gloria la memoria de los héroes de la primera Revolución Francesa. El abstruso lenguaje filosófico en que estas ideas estaban revestidas, si oscurecía la mente tanto del escritor como del lector, cegaba igualmente los ojos del censor, y así fue que los escritores «jóvenes hegelianos» disfrutaron de una libertad de prensa desconocida en todas las demás ramas de la literatura.

Era, pues, evidente que la opinión pública estaba experimentando un gran cambio en Alemania. Gradualmente, la vasta mayoría de aquellas clases cuya educación o posición en la vida les permitía, bajo una monarquía absoluta, adquirir alguna información política y formarse algo parecido a una opinión política independiente, se unieron en una poderosa falange de oposición contra el sistema existente. Y al emitir juicio sobre la lentitud del desarrollo político en Alemania, nadie debería omitir tener en cuenta la dificultad de obtener información correcta sobre cualquier tema en un país donde todas las fuentes de información estaban bajo el control del Gobierno; donde desde la escuela de pobres y la escuela dominical, hasta el periódico y la universidad, nada se decía, enseñaba, imprimía o publicaba que no hubiera obtenido previamente su aprobación. Véase Viena, por ejemplo. El pueblo de Viena, en industria y manufacturas, quizá segundo a ninguno en Alemania, en espíritu, coraje y energía revolucionaria, demostrando ser muy superior a todos, era sin embargo más ignorante en cuanto a sus verdaderos intereses, y cometió más torpezas durante la revolución que ningún otro, y esto se debió, en muy gran medida, a la ignorancia casi absoluta respecto de los más comunes asuntos políticos en que el Gobierno de Metternich había logrado mantenerlos.

No se necesita mayor explicación de por qué, bajo semejante sistema, la información política era un monopolio casi exclusivo de aquellas clases de la sociedad que podían permitirse pagar para que se la introdujera de contrabando en el país, y más particularmente de aquellas cuyos intereses eran atacados más seriamente por el estado de cosas existente —a saber, las clases manufactureras y comerciales—. Ellas, por tanto, fueron las primeras en unirse en masa contra la continuación de un absolutismo más o menos disfrazado, y desde su paso a las filas de la oposición debe datarse el comienzo del verdadero movimiento revolucionario en Alemania.

El pronunciamiento oposicionista de la burguesía alemana puede datarse desde 1840, desde la muerte del último rey de Prusia,*

* Frederick William III.— Ed.

el último fundador sobreviviente de la Santa Alianza de 1815.¹² El nuevo rey era conocido por no ser partidario de la monarquía predominantemente burocrática y militar de su padre. Lo que las clases medias francesas habían esperado del advenimiento de Luis XVI, la burguesía alemana lo esperaba, en cierta medida, de Frederick William IV de Prusia. Todo el mundo estaba de acuerdo en que el viejo sistema estaba caduco, desgastado y debía ser abandonado; y lo que se había soportado en silencio bajo el viejo rey, ahora se proclamaba en voz alta como intolerable.

Pero si Luis XVI, «Louis-le-Désiré», había sido un simple simplón, sin pretensiones, medio consciente de su propia nulidad, sin opiniones fijas, gobernado principalmente por los hábitos contraídos durante su educación, «Frederick William-le-Désiré» era algo muy diferente. Aunque ciertamente superaba a su original francés en debilidad de carácter, no carecía ni de pretensiones ni de opiniones. Se había familiarizado, a su manera de aficionado, con los rudimentos de la mayoría de las ciencias, y se creía, por tanto, lo bastante instruido como para considerar definitivo su juicio sobre cualquier asunto. Estaba seguro de ser un orador de primera fila, y ciertamente no había viajante de comercio en Berlín que pudiera superarlo ni en prolijidad de ingenio fingido ni en fluidez de elocución. Y sobre todo, tenía sus opiniones. Odiaba y despreciaba el elemento burocrático de la monarquía prusiana, pero solo porque todas sus simpatías estaban con el elemento feudal. Siendo él mismo uno de los fundadores y principales contribuyentes del «Semanario político de Berlín»,* la llamada Escuela Histórica (una escuela que vivía de las ideas de Bonald, De Maistre y otros escritores de la primera generación de legitimistas franceses),¹⁰ aspiraba a una restauración, tan completa como fuera posible, de la posición social predominante de la nobleza. El rey, primer noble de su reino, rodeado en primera instancia por una espléndida corte de poderosos vasallos, príncipes, duques y condes; en segunda instancia, por una nobleza inferior numerosa y rica; gobernando según su discreción sobre sus leales burgueses y campesinos, y siendo así él mismo el jefe de una jerarquía completa de rangos o castas sociales, cada una de las cuales debía gozar de sus privilegios particulares y estar separada de las demás por la barrera casi insalvable del nacimiento o de una posición social fija e inalterable; equilibrando todo este conjunto de castas o «estamentos del reino», al mismo tiempo, tan finamente en poder e influencia, que una completa independencia de acción debía quedar reservada al rey: tal era el beau idéal que

* Berliner politisches Wochenblatt.— Ed.

Frederick William IV se propuso realizar, y que está intentando realizar de nuevo en el momento actual.

Pasó algún tiempo antes de que la burguesía prusiana, no muy versada en cuestiones teóricas, descubriera el verdadero significado de la tendencia de su rey. Pero lo que muy pronto descubrió fue el hecho de que él se empeñaba en cosas completamente contrarias a lo que ellos querían. Apenas el nuevo rey encontró su «facundia» desatada por la muerte de su padre, se puso a proclamar sus intenciones en innumerables discursos; y cada discurso, cada acto suyo contribuyó en gran medida a enajenarle las simpatías de la clase media. No le habría importado mucho eso, de no haber sido por algunas realidades duras y alarmantes que interrumpieron sus sueños poéticos. ¡Ay, que el romanticismo no es muy rápido en hacer cuentas, y que el feudalismo, desde Don Quijote, siempre echa la cuenta sin la huéspeda! Frederick William IV participaba en demasía de ese desprecio por el dinero contante que ha sido la herencia más noble de los hijos de los cruzados. Al subir al trono se encontró con un sistema de Gobierno costoso, aunque arreglado con parsimonia, y un Tesoro del Estado medianamente lleno. En dos años todo rastro de superávit se había gastado en fiestas cortesanas, viajes reales, larguezas, subvenciones a nobles menesterosos, arruinados y codiciosos, etc., y los impuestos regulares ya no bastaban para las exigencias de la corte ni del Gobierno. Y así, Su Majestad se encontró muy pronto colocado entre un déficit flagrante, por un lado, y una ley de 1820, por el otro, según la cual todo nuevo empréstito o todo aumento de los impuestos entonces existentes era ilegal sin el consentimiento de «la futura Representación del Pueblo».* Esta representación no existía; el nuevo rey estaba menos inclinado incluso que su padre a crearla; y si lo hubiera estado, sabía que la opinión pública había cambiado maravillosamente desde su ascenso al trono.

En efecto, las clases medias, que en parte habían esperado que el nuevo rey otorgase de inmediato una Constitución, proclamase la libertad de prensa, el juicio por jurados, etc., etc. —en suma, que él mismo se pusiese al frente de aquella revolución pacífica que ellas deseaban para alcanzar la supremacía política—, se habían percatado de su error y se habían vuelto ferozmente contra el rey. En la provincia del Rin, y de manera más o menos general en toda Prusia, se exasperaron hasta tal punto que, careciendo ellas mismas de hombres capaces de representarlas en la prensa, llegaron al extremo de aliarse con el partido filosófico extremo del que hemos hablado más arriba. El fruto de esta alianza fue la *Rheinische Zeitung* de Colonia, un periódico que fue suprimido al cabo de quince meses de existencia, pero a partir del cual puede datarse la existencia de la prensa periódica en Alemania. Esto sucedió en 1842.

El pobre rey, cuyas dificultades comerciales eran la más aguda sátira de sus inclinaciones medievales, se percató muy pronto de que no podía seguir reinando sin hacer alguna leve concesión al clamor popular por esa «representación del pueblo» que, como último residuo de las promesas, largo tiempo olvidadas, de 1813 y 1815, había quedado plasmada en la ley de 1820.* Encontró el modo menos objetable de satisfacer esa ley inoportuna convocando las Comisiones Permanentes de las Dietas Provinciales. Las Dietas Provinciales habían sido instituidas en 1823. Constaban, para cada una de las ocho provincias del reino, de: 1) la alta nobleza, las familias antaño soberanas del Imperio alemán, cuyos jefes eran miembros de la Dieta por derecho de nacimiento; 2) los representantes de los caballeros o baja nobleza; 3) los representantes de las ciudades, y 4) los diputados del campesinado o clase de los pequeños agricultores. Todo estaba dispuesto de tal manera que, en cada provincia, las dos secciones de la nobleza tuviesen siempre la mayoría en la Dieta. Cada una de estas ocho Dietas Provinciales elegía una Comisión, y estas ocho Comisiones fueron ahora convocadas a Berlín para formar una Asamblea Representativa con el fin de votar el tan ansiado empréstito. Se dijo que el Tesoro estaba lleno y que el empréstito se requería, no para necesidades corrientes, sino para la construcción de un ferrocarril del Estado. Pero las Comisiones unidas dieron al rey una negativa rotunda, declarándose incompetentes para actuar como representantes del pueblo, y pidieron a Su Majestad que cumpliese la promesa de una Constitución representativa que su padre había hecho cuando necesitó el auxilio del pueblo contra Napoleón.

La sesión de las Comisiones unidas demostró que el espíritu de oposición ya no se limitaba a la burguesía. Una parte del campesinado se les había unido, y muchos nobles, que eran ellos mismos grandes agricultores en sus propias propiedades y comerciantes de cereales, lana, aguardiente y lino, y que requerían las mismas garantías contra el absolutismo, la burocracia y la restauración feudal, se habían pronunciado igualmente contra el gobierno y a favor de una Constitución representativa. El plan del rey había fracasado de manera señalada; no había conseguido dinero y había aumentado el poder de la oposición. La subsiguiente reunión de las propias Dietas Provinciales fue aún más desafortunada para el rey. Todas ellas pidieron reformas, el cumplimiento de las promesas de 1813 y 1815, una Constitución y una prensa libre; las resoluciones en ese sentido de algunas de ellas estaban redactadas en términos bastante irrespetuosos, y las réplicas malhumoradas del exasperado rey hicieron el mal aún mayor.

Mientras tanto, las dificultades financieras del gobierno seguían aumentando. Durante algún tiempo, las reducciones aplicadas a las partidas consignadas a los distintos servicios públicos, las operaciones fraudulentas con el «Seehandlung», establecimiento comercial que especulaba y comerciaba por cuenta y riesgo del Estado y que desde hacía tiempo venía actuando como su intermediario financiero, habían bastado para guardar las apariencias; las emisiones acrecentadas de papel moneda del Estado habían suministrado algunos recursos, y el secreto, en conjunto, se había guardado bastante bien. Pero todos esos expedientes se agotaron pronto. Se ensayó otro plan: el establecimiento de un Banco, cuyo capital habría de ser aportado en parte por el Estado y en parte por accionistas particulares; la dirección principal correspondería al Estado, de tal modo que permitiera al gobierno girar por elevadas sumas contra los fondos de ese Banco, repitiendo así las mismas operaciones fraudulentas que ya no resultaban viables con el «Seehandlung». Mas, como era natural, no se encontraron capitalistas que entregasen su dinero en semejantes condiciones; los estatutos del Banco tuvieron que ser modificados y la propiedad de los accionistas garantizada contra las usurpaciones del Tesoro antes de que se suscribiese acción alguna. De manera que, fracasado este plan, no quedó sino intentar un empréstito, con tal de que pudiesen hallarse capitalistas dispuestos a prestar su efectivo sin exigir la venia y la garantía de aquella misteriosa «futura representación del pueblo». Se acudió a Rothschild, y este declaró que, si el empréstito fuese garantizado por esa «representación del pueblo», él se encargaría del asunto en el acto; de lo contrario, no podía tener nada que ver con la operación.

Así se esfumó toda esperanza de obtener dinero y no hubo posibilidad alguna de escapar a la fatal «representación del pueblo». La negativa de Rothschild se conoció en el otoño de 1846, y en febrero del año siguiente el rey convocó en Berlín las ocho Dietas Provinciales, reuniéndolas en una sola «Dieta Unida». Esta Dieta debía ejecutar, en caso necesario, la labor exigida por la ley de 1820; debía votar empréstitos y aumentos de impuestos, pero fuera de eso no tenía derecho alguno. Su voz en la legislación general había de ser meramente consultiva; había de reunirse, no en períodos fijos, sino cuando pluguiese al rey; no había de debatir sino lo que el gobierno tuviese a bien someterle. Como es natural, los miembros quedaron muy poco satisfechos con el papel que se esperaba que desempeñasen. Repitieron los deseos que habían manifestado al reunirse en las asambleas provinciales; las relaciones entre ellos y el gobierno no tardaron en tornarse acre, y cuando se les reclamó el empréstito, del que nuevamente se dijo que era preciso para construcciones ferroviarias, volvieron a negarse a otorgarlo.

Esta votación puso muy pronto fin a su reunión. El rey, cada vez más exasperado, los despidió con una reprimenda, pero siguió sin dinero. Y, a decir verdad, tenía sobrados motivos para alarmarse por su posición, viendo que la Liga Liberal, encabezada por las clases medias y que comprendía a una gran parte de la baja nobleza y a todos los múltiples descontentos acumulados en los distintos sectores de las capas inferiores —que esa Liga Liberal estaba decidida a conseguir lo que quería. En vano había declarado el rey, en el discurso de apertura, que jamás, jamás otorgaría una Constitución en el sentido moderno de la palabra; la Liga Liberal insistió en una Constitución representativa, moderna y antifeudal, con todas sus secuelas, libertad de prensa, juicio por jurados, etc.; y hasta no obtenerla, no concederían ni un ochavo. Una cosa era evidente: que las cosas no podían seguir así por mucho tiempo, y que o una de las partes debía ceder, o sobrevendría una ruptura, una lucha sangrienta. Y las clases medias sabían que estaban en vísperas de una revolución, y se prepararon para ella. Buscaron, por todos los medios posibles, el apoyo de la clase obrera de las ciudades y del campesinado de los distritos agrícolas, y es bien sabido que, a finales de 1847, apenas había un solo personaje político destacado entre la burguesía que no se proclamase «socialista», a fin de asegurarse la simpatía de la clase proletaria. Pronto veremos en acción a estos «socialistas».

Este afán de la burguesía dirigente por adoptar al menos la apariencia externa del socialismo obedecía a un gran cambio sobrevenido en las clases trabajadoras de Alemania. Desde 1840, existía una fracción de obreros alemanes que, viajando por Francia y Suiza, se habían imbuido en mayor o menor medida de las burdas nociones socialistas y comunistas entonces corrientes entre los obreros franceses. La creciente atención que desde 1840 se prestaba a ideas similares en Francia había puesto de moda también en Alemania el socialismo y el comunismo, y ya en 1843 todos los periódicos abundaban en discusiones sobre cuestiones sociales. En Alemania se formó muy pronto una escuela de socialistas, más caracterizada por la oscuridad que por la novedad de sus ideas; sus principales esfuerzos consistieron en traducir las doctrinas fourieristas, saintsimonianas y otras al lenguaje abstruso de la filosofía alemana. La escuela comunista alemana, enteramente distinta de esta secta, se formó aproximadamente en la misma época.

En 1844 se produjeron los motines de los tejedores de Silesia, seguidos por la insurrección de los estampadores de indianas de Praga. Estos motines, cruelmente reprimidos, motines de obreros no contra el gobierno, sino contra sus patronos, causaron honda sensación y dieron un nuevo impulso a la propaganda socialista y comunista entre los trabajadores. Lo mismo hicieron los motines del pan durante el año de hambre de 1847. En resumen, de la misma manera que la oposición constitucional agrupaba en torno a su bandera al grueso de las clases poseyentes (a excepción de los grandes terratenientes feudales), así las clases trabajadoras de las grandes ciudades cifraban su emancipación en las doctrinas socialistas y comunistas, si bien, dadas las leyes de prensa entonces vigentes, solo podían llegar a conocer muy poco de ellas. No cabía esperar que tuviesen ideas muy definidas acerca de lo que querían; tan solo sabían que el programa de la burguesía constitucional no contenía todo lo que ellas querían y que sus aspiraciones no estaban comprendidas en modo alguno dentro del círculo de ideas constitucionales.

No había entonces en Alemania un partido republicano separado. La gente era, o bien monárquica constitucional, o bien socialista o comunista con mayor o menor nitidez.

Con semejantes elementos, la más leve colisión había de provocar una gran revolución. Mientras la alta nobleza y los antiguos funcionarios civiles y militares constituían los únicos apoyos seguros del sistema imperante; mientras la baja nobleza, las clases medias comerciantes, las universidades, los maestros de escuela de todos los grados, e incluso parte de los rangos inferiores de la burocracia y de los oficiales del ejército, estaban todos coaligados contra el gobierno; mientras tras estos se mantenían las masas descontentas del campesinado y de los proletarios de las grandes ciudades, que por el momento sostenían a la oposición liberal pero que ya murmuraban extrañas palabras acerca de tomar las cosas en sus propias manos; mientras la burguesía estaba dispuesta a derribar al gobierno, y los proletarios se preparaban para derribar a su vez a la burguesía, este gobierno proseguía obstinadamente una trayectoria que había de desembocar en una colisión. Alemania se hallaba, a comienzos de 1848, en vísperas de una revolución, y esta revolución habría de llegar con toda seguridad, incluso aunque la revolución francesa de febrero no la hubiera acelerado.

En nuestro próximo artículo veremos cuáles fueron los efectos de esta revolución parisina sobre Alemania.

Londres, septiembre de 1851

III