Londres, viernes 20 de agosto de 1852

Poco antes de que la Cámara de los Comunes saliente se disolviera, resolvió acumular cuantas dificultades fuese posible para sus sucesores en su camino al Parlamento. Votó una ley draconiana contra el soborno, la corrupción, la intimidación y, en general, las prácticas electorales deshonestas.

Se ha elaborado una larga lista de preguntas, las más inquisitivas y rigurosas que quepa concebir, que, en virtud de esta ley, pueden formularse a los peticionarios o a los miembros en ejercicio. Se les puede exigir, bajo juramento, que declaren quiénes fueron sus agentes y qué comunicaciones mantuvieron con ellos. Se les puede preguntar y obligar a declarar no sólo lo que saben, sino lo que «creen, conjeturan y sospechan» en cuanto al dinero gastado, ya sea por ellos mismos o por cualquier otra persona que actúe —autorizada o no— en su nombre. En una palabra, ningún miembro puede atravesar este extraño calvario sin riesgo de perjurio, si tiene la más mínima idea de que es posible o probable que alguien haya sido llevado a exceder, en su nombre, los límites de la ley.

Ahora bien, aun suponiendo que esta ley dé por hecho que los nuevos legisladores se tomarán la misma libertad que el clero, el cual sólo cree en algunos de los Treinta y Nueve Artículos, pero se las ingenia para firmarlos todos, quedan sin embargo cláusulas suficientes para hacer del nuevo Parlamento la asamblea más virginal que jamás haya pronunciado discursos y aprobado leyes para los tres reinos. Y en yuxtaposición con las elecciones generales inmediatamente posteriores, esta ley asegura a los tories la gloria de que, bajo su administración, se ha proclamado teóricamente la mayor pureza electoral y, en la práctica, se ha llevado a cabo la mayor corrupción electoral.

«Se procede a una nueva elección, y aquí se desata una escena de soborno, corrupción, violencia, embriaguez y asesinato sin parangón desde los tiempos en que el viejo monopolio tory reinaba de forma suprema. ¡Oímos hablar realmente de soldados con fusiles cargados y bayonetas caladas, que se llevan por la fuerza a electores liberales, arrastrándolos ante los ojos del terrateniente para que voten contra su propia conciencia, y de esos mismos soldados disparando con puntería deliberada contra las personas que se atrevían a solidarizarse con los electores cautivos, y cometiendo asesinatos en masa entre el pueblo que no ofrecía resistencia! [Alusión al suceso de Six Mile Bridge, Limerick, condado de Clare.] Podrá decirse: ¡Eso fue en Irlanda! Sí, y en Inglaterra han empleado a su policía para destrozar los tenderetes de los que se les oponían; han enviado a sus bandas organizadas de rufianes nocturnos, merodeando por las calles para interceptar e intimidar a los electores liberales; han abierto las cloacas de la embriaguez; han derramado a raudales el oro de la corrupción, como en Derby, y en casi todos los lugares disputados han ejercido una intimidación sistemática.»

Hasta aquí el People's Paper de Ernest Jones. Ahora, después de este semanario cartista, escuchemos al semanario del partido opuesto, el órgano más sobrio, más racional y más moderado de la burguesía industrial, The London Economist:

«Creemos poder afirmar que en estas elecciones generales ha habido más servilismo, más corrupción, más intimidación, más fanatismo y más libertinaje que en ninguna ocasión anterior... Se dice que se ha recurrido al soborno de manera más extensa en estas elecciones que en muchos años anteriores... En cuanto a la cantidad de intimidación e influencia indebida de todo tipo que se ha practicado en las últimas elecciones, es probablemente imposible formarse una idea exagerada... Y cuando sumamos todo esto —la embriaguez brutal, las intrigas bajas, la corrupción masiva, la intimidación bárbara, la integridad de los candidatos torcida y manchada, los electores honestos que se arruinan, los débiles que son sobornados y deshonrados; las mentiras, las estratagemas, las calumnias que se pasean a plena luz del día, desnudas y sin vergüenza, la profanación de palabras sagradas, el mancillar de nombres nobles— nos quedamos horrorizados ante el holocausto de víctimas, de cuerpos destruidos y almas perdidas, sobre cuya pira funeraria se erige un nuevo Parlamento.»

Los medios de corrupción e intimidación fueron los habituales: la influencia directa del Gobierno. Así, a un agente electoral en Derby, detenido en flagrante delito de soborno, se le encontró una carta del mayor Beresford, el secretario de Guerra, en la que ese mismo Beresford abre un crédito en una firma comercial para gastos electorales. El Poole Herald publica una circular del Almirantazgo dirigida a los oficiales de media paga, firmada por el comandante en jefe de una estación naval, solicitando sus votos para los candidatos ministeriales. — También se ha empleado la fuerza de las armas directamente, como en Cork, Belfast, Limerick (en esta última localidad murieron ocho personas). — Amenazas de desahucio por parte de los terratenientes contra sus arrendatarios si no votaban con ellos. Los agentes de tierras de Lord Derby dieron en esto el ejemplo a sus colegas. — Amenazas de boicot contra los tenderos, de despido contra los obreros, embriaguez, etc., etc. — A estos medios profanos de corrupción, los tories añadieron los espirituales: la proclamación real contra las procesiones católicas se promulgó para inflamar el fanatismo y el odio religioso; por todas partes se alzó el grito de «No al papismo». Uno de los resultados de esta proclamación fueron los disturbios de Stockport. Los curas irlandeses, por supuesto, replicaron con armas similares.

Apenas ha terminado la elección, y ya un solo Consejero de la Reina ha recibido instrucciones de veinticinco lugares para invalidar las actas parlamentarias debido a soborno e intimidación. Se han firmado peticiones contra miembros electos y se han recaudado los gastos del proceso en Derby, Cockermouth, Barnstaple, Harwich, Canterbury, Yarmouth, Wakefield, Boston, Huddersfield, Windsor y un gran número de otros lugares. De ocho a diez miembros derbyitas está probado que, incluso en las circunstancias más favorables, serán rechazados mediante petición.

Los principales escenarios de este soborno, corrupción e intimidación fueron, por supuesto, los condados agrícolas y los burgos podridos de los pares, para cuya conservación en el mayor número posible habían gastado los whigs toda su sagacidad en el proyecto de reforma de 1831. Los distritos electorales de las grandes ciudades y de los condados manufactureros densamente poblados eran, por sus circunstancias particulares, terreno muy desfavorable para tales maniobras.

Los días de elecciones generales son tradicionalmente en Gran Bretaña las bacanales de la embriaguez y el libertinaje, los términos convencionales del agiotaje para el descuento de las conciencias políticas, las épocas de cosecha más rica para los taberneros. Como dice un periódico inglés, «estas saturnales recurrentes nunca dejan de dejar huellas duraderas de su pestilente presencia». Y es muy natural. Son saturnales en el antiguo sentido romano de la palabra. El amo se convertía entonces en siervo, el siervo en amo. Si el siervo es amo por un día, ese día reinará la brutalidad sin límites. Los amos eran los grandes dignatarios de las clases dominantes, o de sectores de clases; los siervos formaban la masa de esas mismas clases, los electores privilegiados rodeados por la masa de los no electores, los miles que no tenían otra vocación que ser meros comparsas y cuyo apoyo, vocal o manual, siempre parecía deseable, aunque sólo fuera por el efecto teatral.

Si se sigue la historia de las elecciones británicas durante el último siglo o más, uno se siente tentado a preguntarse no por qué los Parlamentos británicos eran tan malos, sino, por el contrario, cómo lograron ser siquiera tan buenos como fueron y representar, aunque en una refracción difusa, el movimiento real de la sociedad británica. De igual modo que los adversarios del sistema representativo deben sorprenderse al constatar que cuerpos legislativos en los que la mayoría abstracta —el accidente del mero número— es decisiva, deciden y resuelven sin embargo según las necesidades de la situación —al menos durante el período de su plena vitalidad—. Siempre será imposible, aun forzando al máximo las deducciones lógicas, derivar de las relaciones de meros números la necesidad de un voto acorde con el estado real de las cosas; pero de un estado de cosas dado se seguirá siempre como de suyo la necesidad de ciertas relaciones de miembros. El soborno tradicional de las elecciones británicas, ¿qué otra cosa era sino otra forma, tan brutal como popular, en que se manifestaba la fuerza relativa de los partidos contendientes? Sus respectivos medios de influencia y de dominio, que en otras ocasiones utilizaban de manera normal, se representaban aquí durante unos días de manera anormal y más o menos burlesca. Pero la premisa seguía siendo que los candidatos de los partidos rivales representaban los intereses de la masa de los electores, y que los electores privilegiados representaban a su vez los intereses de la masa sin voto o, más bien, que esta masa sin voto no tenía aún intereses específicos propios. Las sacerdotisas délficas tenían que embriagarse con vapores para poder encontrar oráculos; el pueblo británico tiene que embriagarse con ginebra y cerveza negra para poder encontrar a sus descubridores de oráculos, los legisladores. Y dónde había que buscar a esos descubridores de oráculos, eso era algo que se daba por descontado.

Esta posición relativa de las clases y los partidos experimentó un cambio radical desde el momento en que las clases medias industriales y comerciales, la burguesía, tomaron posición como partido oficial al lado de los whigs y los tories, y especialmente desde la aprobación del proyecto de reforma de 1831. Estos burgueses no eran en modo alguno aficionados a las costosas maniobras electorales, a los faux frais de las elecciones generales. Consideraban más barato competir con la aristocracia terrateniente mediante la moral general que mediante medios pecuniarios personales. Por otra parte, eran conscientes de representar un interés universalmente predominante de la sociedad moderna. Estaban, pues, en condiciones de exigir que los electores se rigieran por sus intereses nacionales comunes, no por motivos personales y locales, y cuanto más recurrían a este postulado, más se concentraba esta última especie de influencia electoral, por la composición misma de los distritos, en la aristocracia terrateniente, pero se le sustraía a las clases medias. Así, la burguesía abogó por el principio de las elecciones morales y forzó la promulgación de leyes en ese sentido, cada una de ellas destinada a ser una salvaguardia contra la influencia local de la aristocracia terrateniente; y en efecto, a partir de 1831, el soborno adoptó una forma más civilizada y oculta, y las elecciones generales transcurrieron de manera más sobria que antes. Cuando por fin la masa del pueblo dejó de ser un mero coro, que tomaba parte más o menos apasionada en la lucha de los héroes oficiales, sorteando los lotes entre ellos, participando en alborotos, en parrandas báquicas, en la creación de divinidades parlamentarias, como los Curetes cretenses en el nacimiento de Júpiter, y recibiendo paga y convite por tal participación en su gloria —cuando los cartistas rodearon en masas amenazantes todo el círculo dentro del cual debía desarrollarse la lucha electoral oficial, y observaron con desconfianza escrutadora cada movimiento que se producía en él—, entonces una elección como la de 1852 no podía sino suscitar indignación universal, y arrancar incluso al conservador Times, por primera vez, algunas palabras en favor del sufragio universal, y hacer gritar como una sola voz a toda la masa del proletariado británico. ¡Los enemigos de la reforma han dado a los reformistas los mejores argumentos; tal es una elección bajo el sistema de clases; tal es una Cámara de los Comunes con semejante sistema electoral!

Para comprender el carácter del soborno, la corrupción y la intimidación, tal como se han practicado en las últimas elecciones, es necesario llamar la atención sobre un hecho que operaba en una dirección paralela.

Si se examinan las elecciones generales desde 1831, se comprobará
que, en la misma medida en que aumentaba la presión de la mayoría no votante
del país sobre el cuerpo privilegiado de electores,
en que se oía con más fuerza la reivindicación, por parte de las clases medias, de una
ampliación del círculo de los distritos electorales, y, por parte de la clase obrera, de
extinguir todo rastro de un círculo privilegiado semejante..., en esa misma
medida el número de electores que efectivamente votaban se hacía cada vez
menor, y los distritos electorales se contraían así cada vez más.
Nunca fue este hecho más llamativo que en las últimas
elecciones.

Tomemos, por ejemplo, Londres. En la City, el censo electoral
asciende a 26.728; sólo votaron 10.000. En Tower Hamlets hay
23.534 electores inscritos; sólo votaron 12.000. En Finsbury, de
20.025 electores, no llegó a votar la mitad. En Liverpool, escenario de una
de las contiendas más animadas, de 17.433 electores inscritos, sólo
13.000 acudieron a las urnas.

Estos ejemplos bastarán. ¿Qué demuestran? La apatía de
los distritos electorales privilegiados. Y esta apatía, ¿qué demuestra?
Que han caducado, que han perdido todo
interés en su propia existencia política. Esto no es en modo alguno apatía
contra la política en general, sino contra una especie de política cuyo
resultado, la mayoría de las veces, sólo puede consistir en ayudar a los
tories a expulsar a los whigs, o a los whigs a vencer a los tories. Los
distritos electorales sienten instintivamente que la decisión ya no reside
en el Parlamento ni en la formación del Parlamento. ¿Quién
derogó las leyes de cereales? Desde luego, no los votantes que habían elegido
un Parlamento proteccionista, ni mucho menos el propio Parlamento
proteccionista, sino única y exclusivamente la presión desde fuera. En esta
presión desde fuera, en otros medios de influir sobre el Parlamento
distintos del voto, cree ahora incluso una gran parte de los electores. Consideran
el modo de votar hasta ahora legal como una formalidad anticuada,
pero desde el momento en que el Parlamento hiciera frente
a la presión desde fuera y dictara leyes a la nación
en el sentido de sus estrechos distritos electorales, se sumarían al
asalto general contra todo el anticuado sistema de maquinaria.

El soborno y la intimidación practicados por los tories no fueron, pues,
más que experimentos violentos para devolver a la vida a cuerpos
electorales moribundos, que se han vuelto incapaces de producción
y que ya no pueden crear resultados electorales decisivos ni Parlamentos
verdaderamente nacionales. ¿Y el resultado? El viejo Parlamento fue
disuelto porque, al final de su carrera, se había disuelto en
secciones que se paralizaban mutuamente por completo. El
nuevo Parlamento comienza donde terminó el viejo; está paralítico
desde el momento mismo de nacer.