Colonia, 18 de febrero de 1850

El rey de Prusia jura la Constitución y «¡Sirve al Señor!» – Grand C

Por fin Su Majestad el rey de Prusia ha prestado juramento a la llamada «Constitución».2° Si no hubiera sido por la ocasión de pronunciar un discurso, no cabe duda de que esa farsa real jamás habría tenido lugar. Pero su majestad, amante de los discursos, en aras del discurso resolvió tragarse el juramento, con la misma humildad con que se le ha visto tragar tantas cosas indigestas antes, como el célebre «¡Sombrero fuera!» que le gritó el pueblo de Berlín el 19 de marzo de 1848. El juramento no importa nada. ¡Qué es el juramento de un rey, y particularmente de un Federico Guillermo IV! El discurso es el rasgo principal, y vaya un discurso precioso. Piénsese que el majestuoso prusiano declara con la mayor seriedad —y sin que ni él ni nadie en la asamblea estallara en carcajadas— que es un hombre de honor, y que está a punto de dar lo más querido para él: ¡su palabra real! Pero, prosigue —tras una serie de los más estrambóticos esfuerzos oratorios—, da su palabra con una sola condición: que se le haga posible gobernar con esta constitución y cumplir la promesa que hizo hace tres años, a saber: «¡Yo y mi casa serviremos al Señor!».

Lo que este moderno «hombre de honor» entiende por gobernar con la constitución y servir al Señor, se va volviendo bastante claro. Los ministros de Su Majestad han salido a la palestra desde esa farsa del juramento; primero, con dos leyes que eliminan casi por completo la libertad de prensa y el derecho de asociación y de reunión pública; segundo, con una demanda de dieciocho millones de dólares (dos millones y medio de libras esterlinas) para aumentar el ejército. El significado de esto es evidente. Primero destruir en detalle las pocas libertades aparentes que la preciosa pseudoconstitución ha dejado al pueblo, y luego poner al ejército en pie de guerra y marchar con Rusia y Austria contra

Cartas desde Alemania 15

Francia. No cabe duda de que las cámaras burguesas aceptarán todo esto, y así harán posible que el rey gobierne con la constitución y sirva al Señor con su casa.

Este crédito prusiano para el ejército «para hacer frente a eventualidades que pudieran presentarse durante la primavera», hay que tomarlo, junto con las demás medidas de la Santa Alianza, para ver claramente a través de sus tramas. Prusia, además de esos dieciocho millones, ya está negociando un empréstito de dieciséis millones, aparentemente con el fin de construir el gran ferrocarril oriental. Usted sabe demasiado bien, desde el asunto del empréstito ruso, qué espléndido pretexto para reunir dinero ofrecen los ferrocarriles a los gobiernos de la Santa Alianza. Prusia, de este modo, pronto reunirá cinco millones de libras esterlinas, todo lo cual estará a disposición del ministerio de guerra. Rusia, además de los cinco millones de libras esterlinas ya reunidos, está a punto de contratar otro empréstito de treinta y seis millones de rublos de plata, o sea, cinco millones de libras esterlinas. Sólo Austria, después del pobre resultado de su último intento de obtener dinero, tendrá que contentarse con lo que pueda conseguir en casa. ¡Su déficit, como señalé en mi última carta, asciende realmente a doscientos millones de florines (veinte millones de libras esterlinas) en un año! Así, mientras Rusia y Prusia reúnen dinero para hacer la guerra, ¡Austria debe hacer la guerra para reunir dinero!

No cabe duda de que, si no ocurren acontecimientos adversos en Francia, la «santa» campaña se iniciará el mes próximo contra Suiza* y tal vez contra Turquía. Rusia mantiene en Polonia y sus cercanías un ejército de 350.000 hombres, listo para marchar en cualquier momento. Ya ha contratado grandes suministros de víveres que deberán entregarse el mes próximo, no en Polonia, sino en Prusia, en Danzig. El ejército prusiano —que hoy asciende a unos 150.000— puede ser elevado en un mes a 350.000 llamando a filas a la reserva y a la primera clase de la Landwehr. El ejército austriaco —de unos 650.000— no ha sido nunca reducido, sino que, por el contrario, ha aumentado con los prisioneros húngaros. El total de las fuerzas que pueden estar disponibles para una guerra exterior quizá alcance algo así como un millón; pero dos tercios de los prusianos y austriacos están contagiados de la enfermedad democrática y muy probablemente se pasarían al otro bando tan pronto como surgiera la oportunidad.

El primer pretexto para atacar a Suiza son los refugiados alemanes que viven en ese país. Ese pretexto pronto dejará de existir, pues las cobardes persecuciones del gobierno federal obligan directa o indirectamente a todos los refugiados a abandonar Suiza. Ahora hay quizás 600 refugiados alemanes en ese país, e incluso ellos pronto tendrán que abandonarlo. Pero luego surge otro pretexto: la exigencia de Prusia de restaurar la autoridad del rey prusiano en el ex principado de Neufchatel, que se convirtió en república en 1848.4 Y aun si esto se cumpliera, volvería a plantearse la cuestión del Sonderbund, en relación con la nueva constitución federal, que en 1848 sustituyó al antiguo tratado reaccionario de 1814, garantizado por la Santa Alianza. Así, no habrá posibilidad de que Suiza escape a la guerra y a la ocupación extranjera.

Pero el objetivo final de la Santa Alianza es la conquista y partición de Francia. El plan concebido para acabar de una vez con este gran centro revolucionario es el siguiente: una vez conquistada, Francia será dividida en tres reinos: el Sudoeste, o Aquitania (capital, Burdeos), se entregará a Enrique, duque de Burdeos; el Este, o Borgoña (capital, Lyon), se dará al príncipe de Joinville; y el Norte, o la Francia propiamente dicha (capital, París), se concederá a Luis Napoleón, por los señalados servicios que ha prestado a la Santa Alianza. De ese modo, Francia, reducida al antiguo estado de división en que se encontraba hace algunos siglos, sería completamente impotente. ¿Qué le parece a usted este bonito plan, que sin duda surgió de la «histórica» cabeza del rey de Prusia?

Pero téngase por seguro que el pueblo —con el cual la Santa Alianza no ha contado— pondrá muy pronto fin a todas estas tramas y planes, tan pronto como la Santa Alianza empiece a ejecutar sus designios. Porque el pueblo está bien despierto, tanto en Francia como en Alemania, y, por fortuna, es bastante fuerte como para derrotar a todos sus adversarios en cuanto las cosas lleguen a un enfrentamiento general, decisivo y abierto. Y entonces los enemigos de la democracia verán, para su terror, que las movilizaciones de 1848 y 49 no fueron nada en comparación con la conflagración universal que consumirá las viejas instituciones de Europa y alumbrará a las naciones victoriosas un porvenir libre, feliz y glorioso.

*a Véase este volumen, pág. 28. — Ed.*