1) La supremacía de Rusia emerge abiertamente. Hegemonía dividida entre Prusia y Austria. Los Estados menores formalmente asegurados una vez más gracias a su rivalidad, cierto. Pero los príncipes de los Estados menores (por ej., Hesse, Baden) desacreditados ante los ojos de la mayoría de los alemanes, y con ello las diferencias entre las diversas casas y pequeñas ciudades, que todavía en 1848 se afirmaban tan tenazmente, quedan destruidas. Del mismo modo, como consecuencia de los resultados del movimiento de 1848, disminuye la autoridad de todos los poderes oficiales existentes.

2) Prusia. Aunque excluida del gobierno, humillada, con una Constitución de farsa, la burguesía alcanzó todo y más de lo que se atrevió a demandar en 1847.

3) Austria — hasta ahora se dio preferencia al campesinado, cosechó los resultados de la revolución.

Proteccionismo.*

4) Diferencias de política comercial entre Austria y Prusia. Librecambio; en Prusia la nobleza, como en Inglaterra la burguesía industrial.

Karl Marx

Hay una división del comercio en comercio entre comerciantes y comerciantes, por un lado, y entre comerciantes y consumidores, por otro. En el primer caso tiene lugar una transferencia de capital, en el segundo un intercambio de ingreso por capital; el primero tiene su propio dinero, el segundo su propia moneda. Esta distinción, hecha por Adam Smith, es muy importante y ha sido subrayada por Tooke, e incluso antes por el Informe del Comité del Bullion.[41] Lo que falta, sin embargo, es un examen de la relación entre estas dos clases de comercio y de dinero.

(1) Todas las crisis muestran, de hecho, que el comercio entre comerciantes y comerciantes rebasa constantemente los límites fijados por el comercio entre comerciantes y consumidores. Todas las proposiciones adelantadas por los economistas para demostrar la imposibilidad de la sobreproducción, o al menos de la sobreproducción universal, tratan únicamente del comercio entre comerciantes y comerciantes, como ya señaló acertadamente Sismondi en su polémica contra McCulloch. Esto se hace aún más evidente si se considera que por lo menos tres cuartas partes del intercambio entre comerciantes y consumidores consiste en el intercambio entre los obreros, por un lado, y los detallistas y artesanos, por otro; ahora bien, este intercambio depende a su vez del intercambio entre los obreros y los capitalistas industriales, el cual, a su vez, está determinado por el intercambio entre comerciante y comerciante — cercle vicieux.

(2) Es cierto que, como dice Adam Smith, el intercambio entre comerciantes y comerciantes tiene que estar circunscrito por el intercambio entre comerciantes y consumidores, puesto que los precios a los que se venden las mercancías a estos últimos son los precios finales, que deben cubrir retroactivamente los costos de producción desembolsados en las transacciones precedentes, así como los beneficios. Sin embargo, sobre la base de la proposición de Adam Smith, toda la economía ha sido neciamente simplificada en exceso por Proudhon y otros. La cuestión no es tan simple. En primer lugar, el comercio entre comerciantes y comerciantes en Inglaterra, por ejemplo, no está ni mucho menos circunscrito por el comercio entre comerciantes y consumidores en Inglaterra, sino más o menos por el que se da entre comerciantes y consumidores en el mercado mundial en su conjunto. Por ejemplo, la Compañía de la India o los comerciantes de las Indias Orientales envían añil al mercado de Londres. Allí se subasta. Esta es una transacción entre comerciantes y comerciantes. El comprador del añil vende una parte en Francia, Alemania, etc., donde es comprado por diversos comerciantes y fabricantes. El que ellos recuperen al final el precio del añil dependerá de cómo se venda el producto final al consumidor, que tal vez viva en las islas Jónicas, en Afganistán o en Adelaida. Sería, pues, erróneo decir que el comercio entre comerciantes y comerciantes de un país está limitado por el comercio entre comerciantes y consumidores de ese país. Si ese comercio es universal, está limitado por el comercio entre comerciantes y consumidores en el mercado mundial, y tanto más cuanto que el comercio entre comerciantes y comerciantes se realiza en gran escala y el país ocupa una posición destacada en el mercado mundial.

En segundo lugar. Como la clase obrera constituye la mayor parte de los consumidores, podría decirse que el hecho de que el ingreso de la clase obrera disminuya —no en un país, como piensa Proudhon, sino en el mercado mundial— conduce a un desequilibrio entre producción y consumo y, por tanto, a la sobreproducción. Esto es en gran medida correcto. Pero se ve modificado por la creciente prodigalidad de las clases poseedoras. Sería erróneo plantear esta proposición de manera incondicional, como si el comercio del plantador estuviera determinado por el consumo de sus negros.

En tercer lugar. El comercio entre comerciantes y comerciantes crea en buena medida el comercio entre comerciantes y consumidores. Por ejemplo, cuando los fabricantes reciben grandes pedidos de especuladores, los obreros están plenamente ocupados, sus salarios aumentan y también su consumo. Las empresas especulativas de construcción de ferrocarriles crean realmente un consumo en gran escala, que al final resulta ser enteramente «improductivo». También hallamos que, de hecho, el comercio entre comerciantes y consumidores se ve en la mayoría de los casos frustrado finalmente por el comercio entre comerciantes y comerciantes. La crisis empieza siempre en aquél, a menudo, por supuesto, después de que se haya satisfecho la demanda de las limitadas fuerzas del consumo, pero a menudo simplemente porque la oferta excede las estimaciones aparentes (por ej., en las especulaciones con cereales).

En cuarto lugar. La sobreproducción no debe atribuirse únicamente a la producción desproporcionada, sino a la relación entre la clase de los capitalistas y la de los obreros.

(3) En cuanto a la moneda que se encuentra en las dos formas distintas de comercio —la moneda utilizada en el comercio propiamente dicho y la moneda utilizada en el intercambio de ingreso por mercancías, es decir, por partículas de capital—, no basta constatar que existe una división entre ambas clases de moneda; se trata también de su conexión e interacción. El dinero de los particulares, de los consumidores, es decir, en primer lugar, de todos los estamentos políticos e ideológicos, en segundo lugar, de los que viven de la renta de la tierra, en tercer lugar, de los llamados capitalistas (no industriales), de los acreedores públicos, etc., incluso de los obreros (en las cajas de ahorro); en suma, el excedente de los ingresos de las clases no comerciantes de la población por encima de sus gastos cotidianos y por encima de aquella parte de su dinero que ellos mismos creen tener que tener siempre a su disposición, esto es, que guardan (atesoran) en casa como reserva, este excedente es la fuente principal de los depósitos, los cuales forman a su vez la base principal del dinero comercial. Las transferencias, las operaciones de crédito, en suma, todo el movimiento monetario dentro de este mundo comercial, dependen de los depósitos de aquella parte de la población que no se compone principalmente de comerciantes. En caso de fallo del crédito, los depósitos son retirados del comercio. El capital se vuelve improductivo, porque los medios que permiten a las clases que dirigen la producción utilizar este capital quedan destruidos en sus manos. Por otra parte, dado que estas clases necesitan dinero para sus transacciones entre sí y el banquero ya no presta dinero al almacenista y al fabricante, el ingreso de los consumidores disminuye y, en consecuencia, también la cantidad de dinero en sus manos, de modo que las quejas por la falta de dinero se trasladan del mundo comercial al mundo de los consumidores.

(4) Sería erróneo decir que la falta de crédito es de importancia primordial en tiempos de crisis, y que la moneda no tiene importancia. Es evidente, por las razones antes mencionadas, que la cantidad de circulante se encuentra entonces en su punto más bajo precisamente porque, por un lado, su velocidad ha disminuido y, por otro, porque se requiere dinero en efectivo en numerosas transacciones donde antes no era necesario. Pero precisamente esto acentúa la gran diferencia entre la cantidad de dinero y el valor de las operaciones realizadas con una cantidad relativamente pequeña de circulante. Por tanto, hay de hecho una falta de circulante y no una falta de capital. El capital pierde su valor y no puede ser valorizado. Pero ¿qué significa no puede ser valorizado en este contexto? No puede ser transformado en moneda, y es precisamente su convertibilidad lo que constituye su valor. Sin embargo, a pesar de todo, el capital existe.

La cosa se manifiesta en primer lugar en la negativa a descontar letras de cambio, incluso aquellas basadas en transacciones bona fide. Y la letra de cambio es dinero comercial, su valor representa capital comercial. La convertibilidad de los billetes de banco en oro es un asunto menor; el fracaso de los billetes de banco sólo agrava las crisis comerciales. La verdadera dificultad es la inconvertibilidad de las mercancías, esto es, del capital real, en oro y billetes de banco. Por esta razón, cuando estos fenómenos aparecieron en 1793, 1825 y 1847, fue posible remediarlos, allí donde existía realmente capital, mediante la emisión de letras del Tesoro y billetes de banco. Además, no puede afirmarse que estas letras y billetes fueran capital. Eran meramente circulante. La crisis no terminó, pero sí terminó la crisis monetaria. La convertibilidad de los billetes de banco, por tanto, se basa en la convertibilidad de los valores, y no sólo en la banca sino también en el comercio. Pero incluso los valores que por su naturaleza misma se consideran convertibles, como los títulos del Estado y las letras a corto plazo, dejan de ser convertibles. Parece que no se trata en modo alguno de una cuestión de mercancías, sino de la convertibilidad de los signos de valor que las representan. Las mercancías dejan de ser dinero, no son convertibles en dinero. La culpa de esto se adjudica naturalmente al sistema monetario, a una forma particular de este sistema. Se debe a la existencia del sistema monetario, así como este último se basa en el modo de producción actual. Pero la convertibilidad de los billetes de banco en oro es, en última instancia, necesaria, porque la convertibilidad de las mercancías en dinero es necesaria; en otras palabras, porque las mercancías tienen valor de cambio, y este valor requiere un equivalente especial distinto de las mercancías, es decir, porque de hecho prevalece el sistema de intercambio privado.

En realidad, la depreciación del dinero está incluso en proporción inversa a la depreciación de las mercancías. Pero los billetes de banco pueden depreciarse en términos de oro sólo porque las mercancías pueden depreciarse en términos de billetes de banco. En todo caso, ¿qué significa depreciación de los billetes de banco? Que en un momento dado, las mercancías, es decir, su valor, no pueden transformarse en oro o plata, y que cada eslabón intermedio entre las mercancías y el oro, o cada sustituto, sigue siendo un simple [...]

[41] Cámara de los Comunes, ordenado imprimir el 8 de junio de 1810. — Ed.

...sustituto, y por tanto sin valor. La cuestión principal, por consiguiente, sigue siendo siempre la inconvertibilidad de las mercancías, del capital mismo. Es un desatino cuando algunos dicen que no hay escasez de circulante, sino escasez de capital. El circulante no viene al caso. Pues de lo que aquí se trata es precisamente de la diferencia entre capital, es decir, mercancías, y circulante. De lo que se trata es del hecho de que el primero no entraña necesariamente al segundo como su representante, es decir, como su precio en el mundo comercial; de que el capital deja de ser circulante, de que ya no puede circular y carece ya de valor. Cuando el capital aparece como asunto secundario, resulta ridículo presentar el circulante como asunto secundario. Sin embargo, en el otro bando hay aún más despropósito. Reconocen la inconvertibilidad del capital y se burlan de la convertibilidad de los billetes de banco. Pero quieren compensarla mediante algún artificio u otro y modificando el sistema monetario. Como si la inconvertibilidad del capital no estuviese ya contenida en la existencia de cualquier sistema monetario, como si incluso no estuviese contenida en la existencia de productos bajo la forma de capital. Intentar alterar esto sobre la base existente significa despojar al dinero de sus cualidades monetarias, sin conferir al capital la cualidad de ser siempre intercambiable, y además por su justo precio.

La existencia de un sistema monetario entraña no solo la posibilidad, sino incluso la realidad de esta separación, y el hecho de que este sistema exista prueba que la inconvertibilidad del capital, por ser adecuada al dinero, está ya entrañada por la existencia del capital, y por tanto por toda la organización de la producción. Sería igualmente erróneo, sin embargo, decir que la presión sobre el mercado monetario fue causada simplemente por operaciones crediticias fraudulentas. El dinero como tal implica el sistema de crédito. O ambos son producidos por la misma causa. Los hombres de Birmingham,*» que quieren eliminar los inconvenientes del dinero poniendo grandes cantidades de dinero en circulación, o rebajando el patrón monetario, son, por supuesto, unos necios. Proudhon, Gray y otros que quieren conservar el dinero, pero de tal manera que ya no tenga las propiedades del dinero, también son unos necios. Puesto que es en el mercado monetario donde irrumpe toda la crisis y todos los rasgos de la producción burguesa reaparecen como síntomas, los cuales, es cierto, se convierten en causas incidentales, nada hay más sencillo de comprender que el hecho de que sea el dinero lo que los reformadores de miras estrechas, aferrados al punto de vista burgués, quieren reformar. Como quieren conservar el valor y el intercambio privado, conservan la división entre el producto y su intercambiabilidad. Pero quieren modificar el signo de esta división de tal manera que exprese identidad.*

(5) Los completos simplones, es decir, los demócratas pertinaces e ignorantes, solo están familiarizados con el dinero tal como se usa en el comercio entre comerciantes y consumidores. Por tanto, no conocen la esfera en la que tienen lugar las colisiones, las tempestades de las crisis monetarias y las grandes transacciones financieras. Así, el problema, como todo lo demás, se les aparece a estos simplones tan simple y tonto como ellos mismos. Consideran el comercio entre comerciantes y consumidores como un intercambio directo de valores, en el cual la libertad de cada individuo recibe su suprema confirmación práctica. El antagonismo de clase no está involucrado en modo alguno en este intercambio. Un comerciante se enfrenta a otro, un individuo adinerado se enfrenta a otro. La precondición de que cada individuo debe ser adinerado para poder participar en el comercio de bienes de consumo, es decir, para poder vivir, esta precondición está, por supuesto, dada automáticamente por el hecho de que cada individuo debe trabajar y dejar que su talento actúe, como dice Stirner.

Ante todo, es un hecho histórico, que nadie puede negar, que en todas las formaciones sociales hasta ahora existentes que se basaban en la separación y la contradicción entre castas, tribus, estamentos, clases, etc., el dinero era un componente esencial de esta organización, y el sistema monetario era siempre sintomático del apogeo o la decadencia de dicha organización. Por tanto, no es nuestra tarea probar que el sistema monetario se basa en contradicciones de clase; corresponde a los simplones probar que, a pesar de toda la experiencia histórica previa, el sistema monetario puede tener sentido incluso donde no hay contradicciones de clase, y que este elemento particular, presente en todas las formaciones sociales hasta ahora, podrá sobrevivir en una situación que niega todas las formaciones sociales existentes hasta el momento. Enfrentar a completos simplones con semejante tarea sería demasiado simple. Ellos despachan todo con monosílabos y esto constituye su talento específico. El sistema monetario y todo el sistema actual son, en su opinión, tan sencillos y tan estúpidos como ellos mismos.

Pero visualicemos de nuevo su amado comercio entre consumidores y comerciantes. No miran más allá de él, ni a los lados ni hacia delante ni hacia atrás.

¿Con qué paga el individuo libre sus compras en la tienda del abacero? Usa un equivalente —o signo de valor— de su ingreso. El obrero intercambia su salario, el fabricante su ganancia, el capitalista su interés, el terrateniente su renta —transformados en oro y plata y billetes de banco— en casa del abacero, del zapatero, del carnicero, del panadero, etc. ¿Y qué intercambian el zapatero, el abacero, etc., por el dinero que representa salario, renta, ganancia e interés? Intercambian su capital por él. Reemplazan su capital, lo reproducen y lo expanden en esta transacción.

Así, para empezar, en esta transacción aparentemente tan simple se manifiestan y están presupuestas todas las relaciones de clase, [es decir,] las clases de los obreros, de los terratenientes y de los capitalistas industriales y no industriales. Por otra parte, ante todo y en primer lugar presupone la existencia de estas relaciones sociales específicas, que dan a la riqueza la forma de capital y separan el capital del rédito. La simplicidad desaparece con la transformación en dinero.

El hecho de que el obrero reciba su salario en dinero —e igualmente el terrateniente su renta y el fabricante su ganancia— y no como provisiones en especie, pago en especie o por medio del trueque, muestra simplemente que el sistema monetario presupone un alto nivel de desarrollo y una mayor diferenciación y separación de clases que la ausencia de un sistema monetario en las etapas premonetarias de la sociedad. No hay trabajo asalariado sin dinero, y por tanto tampoco ganancia e interés en esta última forma, y en consecuencia tampoco existe renta de la tierra, ya que esta es simplemente una parte de la ganancia.

Es cierto que el ingreso en forma de dinero, es decir, en forma de oro, plata o billetes de banco, ya no muestra que pertenece a un individuo exclusivamente como miembro de una clase determinada, como un individuo de clase, a menos que alguien lo haya obtenido mendigando o robando, es decir, apropiándose indebidamente de un ingreso de este tipo, y represente así a un individuo de clase como resultado de medidas más bien drásticas. La transformación en oro o plata desdibuja el carácter de clase y lo vela. De ahí la aparente igualdad —prescindiendo del dinero— en la sociedad burguesa. De ahí que en una sociedad con un sistema monetario completamente desarrollado, existe, por otro lado, realmente una igualdad civil real de los individuos en la medida en que poseen dinero, independientemente de su fuente de ingreso. En una sociedad tal, a diferencia de la sociedad antigua donde solo los estamentos privilegiados podían intercambiar ciertas cosas, todo está disponible para cualquier persona, todo tipo de intercambio material puede ser efectuado por cualquiera, de acuerdo con la cantidad de dinero en que su ingreso pueda convertirse. Rameras, ciencia, patronazgo, condecoraciones, renta de la tierra, lameculos, todo esto son objetos de intercambio, igual que el café, el azúcar y los arenques. En el caso del sistema estamental, el consumo del individuo, su intercambio material, depende de la división particular del trabajo a la que está subordinado. En el sistema de clases depende solo del medio universal de intercambio que es capaz de adquirir. En el primer caso, él, como persona socialmente circunscrita, toma parte en operaciones de intercambio que están circunscritas por su posición social. En el segundo caso, él, como propietario del medio universal de intercambio, es capaz de obtener todo lo que la sociedad puede ofrecer a cambio de este signo de todo. En el intercambio de dinero por mercancías, en este comercio entre comerciantes y consumidores, el fabricante, cuando compra en la tienda del abacero, es tan consumidor como su obrero, y el sirviente obtiene las mismas mercancías por la misma cantidad de dinero que su amo. Así, la naturaleza específica del ingreso que ha sido transformado en dinero desaparece en este intercambio y las características de clase de todos los individuos se desdibujan y se funden en la categoría de comprador, quien en esta transacción se enfrenta al vendedor. De ahí la ilusión de no ver a un miembro individual de una clase en este acto de comprar y vender, sino al individuo comprador como tal, sin características de clase.

Ahora prescindamos por el momento de la naturaleza específica del ingreso, la cual no es evidente en el oro y la plata más de lo que lo es el olor a orina en el impuesto sobre los burdeles, del cual dijo el emperador romano Adriano: ¡non olet!* Esta naturaleza emerge, sin embargo, en la cantidad de dinero que está a disposición de la persona. El alcance de las compras está determinado en lo principal por la naturaleza del ingreso. La cantidad y el tipo de artículos comprados por la clase más numerosa de consumidores, los obreros, están indicados por la naturaleza de su ingreso. Es verdad, no obstante, que el obrero puede despilfarrar su salario en aguardiente para sí mismo en lugar de comprar carne y pan para sus hijos, cosa que no puede hacer cuando se le paga en especie. Su libertad personal se ha ampliado con ello, es decir, se ha concedido más latitud al dominio del aguardiente. Por otra parte, el dinero que los obreros pueden ahorrar después de pagar por los medios de subsistencia más esenciales puede ser usado por ellos para comprar libros, conferencistas y mítines, en lugar de carne y pan. Están en mejor posición para adquirir los poderes universales de la sociedad, tales como los intelectuales. Donde la naturaleza del ingreso está determinada aún por el tipo de ocupación, no solo como en la actualidad por la cantidad del medio universal de intercambio, sino también por la naturaleza de su ocupación, los modos en que el individuo puede entrar en relaciones con la sociedad y apropiársela están extremadamente limitados, y la organización social para el intercambio de los productos materiales e intelectuales de la sociedad está desde el principio restringida a un método definido y a un contenido particular. El dinero, que es la expresión suprema de la contradicción de clase, por tanto también oscurece las diferencias religiosas, sociales, intelectuales e individuales. Al enfrentarse a la burguesía, los señores feudales, por ejemplo, hicieron intentos fútiles, mediante leyes suntuarias, de contener o quebrantar políticamente este poder universal nivelador del dinero. Así, en las transacciones comerciales entre consumidores y comerciantes, las diferencias cualitativas de clase se transforman en la diferencia cuantitativa de una mayor o menor cantidad de dinero a disposición del comprador; y dentro de una misma clase es la diferencia cuantitativa la que constituye la diferencia cualitativa. De ahí la gran burguesía, la burguesía media y la pequeña burguesía.