«Nosotros habíamos votado en contra de la heredabilidad del cargo de Jefe Supremo del Imperio; al día siguiente nos abstuvimos de votar. Sin embargo, cuando tuvimos ante nosotros el resultado global, tal como había surgido de la voluntad de la mayoría de una Asamblea elegida sobre la base del sufragio universal, declaramos que nos someteríamos. De no haberlo hecho, habríamos demostrado que no encajábamos en la sociedad civil en general.»* (pág. 43.)

Según el señor L. Simon «de Tréveris», por tanto, los miembros más extremos de la Asamblea de Fráncfort ya no «encajaban en la sociedad civil en general». El señor L. Simon «de Tréveris» parece considerar, así, que los límites de la sociedad civil en general son aún más estrechos que los límites de la Iglesia de San Pablo.

Dicho sea de paso, en su confesión del 11 de abril de 1849, el señor Simon tuvo el tacto de revelar el secreto tanto de su oposición anterior como de su posterior conversión.

«Brumas frías se han alzado de las sombrías aguas de la diplomacia del Vormärz. Estas brumas se condensarán en nubes y tendremos una tormenta preñada de ruina, que amenaza con descargar en primer lugar sobre la torre de la iglesia en la que estamos sentados. Tomad precauciones y procurad un pararrayos que desvíe el rayo lejos de vosotros mismos.»

Es decir, señores, ¡lo que ahora está en juego es nuestro pellejo!

Las propuestas miserables, los compromisos mezquinos que la izquierda de Fráncfort ofreció a la mayoría en la cuestión del Emperador y tras el humillante regreso de la diputación ante el Emperador, meramente para retenerlos en la Asamblea, los sucios intentos de acuerdo que por aquel entonces hacían en todas direcciones, todo ello recibe su consagración superior en las siguientes palabras del señor Simon:

«Los acontecimientos del pasado año han convertido la palabra acuerdo en blanco de un sarcasmo muy inquietante. Apenas es posible hablar ya de ella sin ser objeto de burla. Y, sin embargo, de dos posibilidades sólo una puede realizarse: o las personas se ponen de acuerdo unas con otras, o se arrojan unas sobre otras como bestias salvajes.» (pág. 43.)

Es decir, o las partes interesadas libran su batalla hasta el final, o la aplazan por medio de cualquier compromiso que elijan. Esto último es, en todo caso, «más culto» y «más humano». Con su teoría antes expuesta, dicho sea de paso, el señor Simon abre una serie interminable de acuerdos, mediante los cuales seguirá siendo aceptable en toda y cualquier «sociedad civil».

La difunta Constitución Imperial se justifica mediante la siguiente deducción filosófica:

«La Constitución Imperial era, pues, de hecho, propiamente la expresión de lo que era posible sin nuevos esfuerzos de violencia… Era la expresión viva (!) de la monarquía democrática y, por tanto, de una contradicción de principio. Pero ya han existido de hecho muchas cosas que eran contradictorias en principio, y precisamente de la existencia real de contradicciones de principio se desarrolla la vida ulterior.» (pág. 44.)

Ya se ve que aplicar la dialéctica hegeliana es aún bastante más difícil que citar retazos de versos de Schiller. La Constitución Imperial, si había de perdurar «realmente» a pesar de su «contradicción de principio», debería al menos haber expresado de una manera «acorde con el principio» esa contradicción que «realmente» existía. «Realmente», se alzaban de un lado Prusia y Austria, el absolutismo militar, y del otro el pueblo alemán, estafado en los frutos de su insurrección de marzo, estafado en gran medida por su necia fe en la miserable Asamblea de Fráncfort, y a punto de atreverse por fin a emprender una nueva lucha contra el absolutismo militar. Esta contradicción real sólo podía resolverse mediante un conflicto real. ¿Expresaba la Constitución Imperial esa contradicción? En lo más mínimo. Expresaba la contradicción tal como existía en marzo de 1848, antes de que Prusia y Austria hubieran recuperado sus fuerzas, antes de que la oposición hubiera sido escindida, debilitada y desarmada por derrotas parciales. No expresaba más que la infantil autoilusión de los señores de la Iglesia de San Pablo, quienes, todavía en marzo de 1849, se imaginaban capaces de dictar leyes a los gobiernos prusiano y austríaco, y asegurarse para toda la posteridad la posición de Barrots imperiales alemanes, una posición tan lucrativa como segura.

Luego el señor Simon se felicita a sí mismo y a sus colegas por su total inquebrantabilidad en su ofuscación interesada por la Constitución Imperial:

«¡Confesad avergonzados, oh renegados de Gotha, que en medio de las pasiones acuciantes hemos resistido toda tentación, hemos mantenido fielmente nuestra palabra y no hemos alterado nuestra obra común ni en un ápice!» (pág. 67.)

Luego se refiere a sus hazañas heroicas en relación con Württemberg y el Palatinado, y a su resolución de Stuttgart del 8 de junio, por la que pusieron a Baden bajo la protección del Imperio, aunque en aquel momento el Imperio estaba ya esencialmente bajo la protección de Baden, y sus resoluciones sólo probaban que estaban decididos a no apartarse «ni un ápice» de su cobardía y a mantener por la fuerza una ilusión en la que ellos mismos ya no creían.

La acusación de que «la Constitución Imperial era sólo una máscara para la república» es rechazada con ingenio por el señor Simon como sigue:

«Sólo si la lucha contra todos los gobiernos sin excepción tuviera que ser llevada hasta el final…, ¿y quién os dice entonces que la lucha contra todos los gobiernos sin excepción debiera haber sido llevada hasta el final? ¿Quién puede calcular todas las permutaciones posibles de la batalla y de las fortunas de la guerra, y si los hermanos hostiles» (los gobiernos y el pueblo) «se hubieran encontrado cara a cara después de una lucha sangrienta, exhaustos y sin decidir en cuanto al resultado, y si el espíritu de paz y reconciliación hubiera venido sobre ellos, ¿habríamos perjudicado entonces ni en lo más mínimo el estandarte de la Constitución Imperial, bajo el cual los hermanos podrían haberse tendido las manos mutuamente en conciliación? ¡Mirad a vuestro alrededor! ¡Poneos la mano en el corazón! Escudriñad sinceramente en lo más íntimo de vuestra conciencia, y responderéis, deberéis responder: ¡no, no y mil veces no!» (pág. 70.)

Ésta es la auténtica aljaba oratoria de la que el señor Simon extrajo aquellas flechas que disparó con tan asombroso efecto en la Iglesia de San Pablo. —A pesar de su chatura, sin embargo, este patetismo conmovedor tiene su interés. Muestra cómo los señores de Fráncfort se sentaron tranquilamente en Stuttgart y esperaron a que los partidos hostiles lucharan hasta detenerse mutuamente, para poder interponerse entre los combatientes extenuados en el momento preciso y ofrecerles la panacea de la conciliación, la Constitución Imperial. Y hasta qué punto el señor Simon expresa los pensamientos más íntimos de sus colegas puede verse por la manera en que estos señores están incluso ahora reunidos en Berna, en la posada del señor Benz, en la Kesslergasse, esperando tan sólo a que estalle un nuevo conflicto para poder intervenir cuando los bandos «se encuentren cara a cara, exhaustos y sin decidir en cuanto al resultado», y ofrecerles como base de acuerdo la Constitución Imperial, esa perfecta expresión del agotamiento y la indecisión.

«¡Pero os digo, a pesar de todo ello y por doloroso que sea vagar lejos de la patria, lejos del hogar y lejos de los padres ancianos, por el solitario camino del exilio, no cambiaré mi conciencia pura por el remordimiento de los renegados ni por las noches en vela de los gobernantes, ni siquiera si se me ofreciera un exceso de todos los bienes mundanos!» (pág. 71.)

¡Si al menos fuera posible enviar al exilio a estos señores! Pero ¿no arrastran consigo la patria en sus maletas en forma de los informes estenográficos de Fráncfort? ¿Y no les traen éstos hacia ellos corrientes del aire más puro de la patria y la plenitud de la más hermosa autocomplacencia?

Dicho sea de paso, cuando el señor Simon sostiene que intercede por quienes lucharon por la Constitución Imperial, se entrega a un piadoso engaño. Quienes lucharon por la Constitución Imperial no necesitaban su «Palabra de justicia». Se defendieron mejor y con más energía. Pero el señor Simon tiene que empujarlos al frente para ocultar el hecho de que, en interés de los francforteses que se han comprometido en todos los sentidos, en interés de quienes redactaron la Constitución Imperial, en su propio interés, considera indispensable pronunciar una _oratio pro domo_.