I

Colonia, 18 de diciembre de 1849

«En Alemania reina el orden.» Tal es el gran lema actual de nuestros gobernantes, ya sean príncipes, aristócratas, burgueses o cualquier otra fracción de ese partido recién formado que en inglés podría llamarse el partido de los traficantes del orden. «En Alemania reina el orden»; y sin embargo, jamás hubo, ni siquiera bajo el «Sacro Imperio Romano» de antaño, una confusión como la que reina actualmente en Alemania bajo el reinado del «Orden».

Bajo el viejo sistema, antes de la revolución de 1848, al menos sabíamos quién nos gobernaba. La vieja Dieta Federal de Fráncfort se hacía sentir mediante leyes contra la libertad de prensa, mediante tribunales de excepción, mediante trabas impuestas incluso a las constituciones ficticias con que se permitía a ciertas poblaciones alemanas engañarse a sí mismas. ¡Pero ahora! Apenas sabemos nosotros mismos cuántos Gobiernos Centrales tenemos en este país. Existe, en primer lugar, el Vicario del Imperio, instituido por la disuelta Asamblea Nacional y quien, aunque carece de todo poder, se aferra a su puesto con la mayor obstinación. En segundo lugar, existe el «Interin», una especie de cosa —nadie sabe exactamente qué—, algo así como una resurrección de la vieja Dieta, urdido bajo la antigua influencia predominante de Prusia, el cual «Interin» está incitando al viejo Vicario (que más o menos representa el interés austríaco) a que dimita y entregue su puesto en sus manos. Mientras tanto, ninguno de los dos tiene el menor poder. En tercer lugar, está la «Regencia del Imperio», elegida en Stuttgart por la Asamblea Nacional en los últimos días de su existencia, y los restos de aquella Asamblea, la «Izquierda Decidida» y la «Izquierda Extrema», las cuales dos Izquierdas, junto con la «Regencia», representan a los demócratas y tenderócratas «moderados y filosóficos» de Alemania. Este gobierno «imperial» celebra sus sesiones en una taberna en Berna, Suiza, y tiene aproximadamente tanto poder como los dos precedentes. En cuarto lugar, está lo que se llama la Liga de los Tres Reyes, o el «Estado Federal Confinado (o Refinado, no sé cuál)», urdida con el fin de hacer al rey de Prusia Emperador sobre todos los Estados menores de Alemania. ¡Se la llama «Liga de los Tres Reyes» porque todos los reyes, a excepción del rey de Prusia, se oponen a ella!, y ella misma se llama «Estado Federal Confinado» porque, aunque en dolores de parto desde el 28 de mayo pasado, ¡no hay esperanza alguna de que llegue a producir algo con probabilidades de vivir! En quinto lugar, están los Cuatro Reyes, de Hannóver, Sajonia, Baviera y Wurtemberg, decididos a hacer lo que les plazca y a no someterse a ninguna de las susodichas «Impotencias Centrales»; y por último, está Austria, intentando por todos los medios mantener su supremacía en Alemania y apoyando, por tanto, a los Cuatro Reyes en sus esfuerzos por independizarse de la ascendencia prusiana. Mientras tanto, los gobiernos reales, los que detentan el poder, son Austria y Prusia. Gobiernan Alemania mediante el despotismo militar y hacen y deshacen leyes a su antojo. Entre sus dominios y dependencias se extienden, como terreno casi neutral, los cuatro reinos, y será en este terreno, y particularmente en Sajonia, donde las pretensiones de las dos grandes potencias se enfrenten. No hay, sin embargo, posibilidad alguna de un conflicto serio entre ellas. Tanto Austria como Prusia saben demasiado bien que sus fuerzas han de permanecer unidas si quieren sofocar el espíritu revolucionario extendido por toda Alemania, Hungría y aquellas partes de Polonia pertenecientes a las potencias en cuestión. En caso necesario, además, «nuestro amado cuñado», el ortodoxo Zar de todas las Rusias, intervendría y prohibiría a sus lugartenientes de Austria y de Prusia seguir peleándose entre sí.

Esta confusión sin igual de gobiernos, de pretensiones, de reclamaciones, de derecho federal alemán, tiene, sin embargo, una ventaja enorme. Los republicanos alemanes estaban hasta ahora divididos en federalistas y unitarios; los primeros tenían su fuerza principal en el sur. La confusión resultante de todo intento de reorganizar Alemania en un Estado federativo debe poner de manifiesto que cualquier plan de ese tipo resultará abortado, impracticable y necio, y que Alemania está demasiado avanzada en civilización para ser gobernable bajo forma alguna que no sea la República Alemana, Una e Indivisible, Democrática y Social.

Me habría gustado decir unas palabras sobre la absolución de Waldeck y Jacoby, pero la falta de espacio me lo impide. Baste decir que, por lo menos durante algunos meses, será completamente imposible para el gobierno de Prusia obtener un veredicto de culpabilidad en los procesos políticos, salvo, tal vez, en algunos rincones remotos donde la clase de los jurados está tan fanatizada como los orangistas del Ulster.

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II

Curiosas revelaciones sobre ...