El tema que absorbe toda la atención en Alemania es ahora, naturalmente, el asunto de Schleswig-Holstein. Dado que este asunto se comprende muy poco en su país, al igual que en Francia, me permitirá usted dar una rápida visión del mismo.

Se ha mostrado con suficiente claridad que los pequeños Estados independientes que rodean a Alemania son, bajo una forma más o menos liberal, los principales focos de la reacción. Así, Bélgica, el Estado modelo del constitucionalismo, fue el primero en resistir la conmoción de febrero, el primero en proclamar la ley marcial y en dictar sentencias de muerte contra patriotas. Suiza se abrió paso, de manera nada honorable, a través de la tormenta revolucionaria, ocultándose tras la muralla china de la neutralidad mientras la revolución llevaba la iniciativa, y actuando como dócil instrumento de la Santa Alianza contra refugiados desarmados, cuando la reacción volvió a enseñorearse de Europa. Es evidente que el mezquino egoísmo nacional de esos Estados impotentes ha de inducirlos a apoyarse principalmente en los gobiernos viejos, esto es, reaccionarios, tanto más cuanto que no pueden dejar de ser conscientes de que toda revolución europea pone en entredicho su propia independencia nacional, una independencia que a nadie interesa mantener excepto a los partidarios del viejo sistema político.

Dinamarca es otro de esos pequeños Estados que comparten ese orgullo de una independencia nacional y ese deseo exorbitante de engrandecerse.* La independencia y el poder de Dinamarca, un Estado que vive únicamente del despojo del comercio universal mediante los derechos del Sund, solo interesan a Rusia y a una cierta fracción de políticos ingleses. Dinamarca es literalmente esclava de Rusia, en virtud de una serie de tratados acordados en el siglo pasado; y a través de Dinamarca Rusia echa mano de los Dardanelos del Báltico. La vieja escuela de políticos ingleses también se interesa por el engrandecimiento de Dinamarca, de acuerdo con su vieja política de dividir a Europa central en un conjunto de Estados pequeños que se disputen entre sí, dejando así a Inglaterra aplicarles el principio de «divide y vencerás».

La política del partido revolucionario en todos los países ha sido, por el contrario, siempre unir fuertemente a las grandes nacionalidades hasta ahora fragmentadas en pequeños Estados, y asegurar la independencia y el poder, no a esos minúsculos restos de nacionalidades —tales como daneses, croatas, checos, eslovacos, etc., etc., cada uno de los cuales cuenta de inicio con uno a tres millones, o a esos pueblos mestizos presuntos, como los suizos y los belgas—, sino a las nacionalidades grandes y sanas hoy oprimidas por el sistema europeo dominante. Una confederación europea de repúblicas solo puede formarse con naciones grandes e igualmente poderosas; como la francesa, la inglesa, la alemana, la italiana, la húngara y la polaca, pero jamás con esas naciones tan miserablemente impotentes que se autodenominan tales, como los daneses, los holandeses, los belgas, los suizos, etc.

Además, ¿permitirá el partido revolucionario que la posición marítima más importante del norte, la entrada al Báltico, quede para siempre a merced del egoísmo danés? ¿Permitirá que los daneses cubran los intereses de su deuda nacional imponiendo elevados peajes a todo buque que atraviese el Sund y el Belt? De ningún modo.

Dinamarca, mediante ese precioso derecho hereditario que trata a un pueblo como a un montón de bienes muebles, se unió a dos países alemanes, Schleswig y Holstein. Tenían constituciones separadas, comunes a ambos, y derechos tradicionales concedidos por sus príncipes, «de que esos países debían permanecer para siempre juntos e indivisos». La ley de sucesión, además, es diferente en Dinamarca respecto a los dos ducados. En 1815, en el infame Congreso de Viena, donde las naciones fueron divididas y rematadas en subasta, Holstein fue incorporado a la Confederación germánica, pero Schleswig no. Desde ese día el partido nacional danés intentó, en vano, incorporar Schleswig a Dinamarca. Al fin llegó 1848. En marzo se produjo un movimiento popular en Copenhague, y el partido nacional y liberal alcanzó el poder. Decretaron de inmediato una constitución y la incorporación de Schleswig a Dinamarca. La consecuencia fue la insurrección de los ducados y la guerra entre Alemania y Dinamarca.

Mientras los soldados alemanes combatían contra la revolución en Posen, Italia y Hungría, esta guerra de Schleswig fue la única guerra revolucionaria que jamás libró Alemania. La cuestión estribaba en si los schleswigenses debían ser forzados a seguir la suerte de la pequeña, impotente y semicivilizada Dinamarca, y ser esclavos de Rusia para siempre, o si se les debía permitir reunirse a una nación de cuarenta millones de almas, que justo entonces se hallaba enzarzada en la lucha por su libertad, su unidad y la consiguiente recuperación de su fuerza. Y los príncipes alemanes, particularmente el real borracho de Prusia, conocían demasiado bien el significado revolucionario de esta guerra. Es bien conocida la «nota» por la cual la embajada prusiana, el mayor Wildenbruch, propuso al rey de Dinamarca librar la guerra por pura apariencia, lo justo para que los entusiastas revolucionarios daneses y alemanes que se habían alistado como voluntarios en ambos bandos se devorasen unos a otros.° En consecuencia, la guerra fue, por parte alemana, una continua serie de traiciones, hasta la batalla de Fredericia, donde el cuerpo republicano de Schleswig-Holstein, 10.000 hombres, fue sorprendido y destrozado por un número triple de daneses, mientras 40.000 prusianos y otros se hallaban a pocas millas de distancia y los dejaron en la estacada; y hasta la paz traicionera fraguada en Berlín, una paz que permite a Rusia desembarcar tropas en Schleswig, y a Prusia marchar sobre Holstein para aplastar la rebelión que ella misma ha ayudado e instigado, al menos oficialmente.

Si alguna duda había sobre qué bando representaba el interés revolucionario y cuál el reaccionario, ya no puede haberla. Rusia envía su flota a confraternizar con los daneses y a bloquear, junto con ellos, las costas de Schleswig-Holstein. Todos los «poderes constituidos» se alzan contra esta pequeña tribu alemana de no más de 850.000 almas; y solo las simpatías de los revolucionarios de todos los países acuden en ayuda de este pueblo pequeño pero valiente. Caerán sin duda; podrán resistir un tiempo, e incluso derrocar al traicionero gobierno burgués que Prusia les ha impuesto, podrán vencer a daneses y rusos, pero al final serán aplastados, a menos que el ejército prusiano, que seguramente marchará sobre Holstein, se niegue a actuar. Y si esto, que no es en absoluto imposible, llegara a suceder, verían ustedes cómo las cosas en Alemania tomaban otro rumbo. Entonces se produciría un estallido general, y de tal magnitud que 1848 no sería nada en comparación; porque los actos de la Santa Alianza han calado hondo en el pueblo alemán; y si en el 48 incluso la república federativa era imposible, ahora no se aceptaría nada que no fuera la república alemana, una e indivisible, democrática y —en el plazo de seis meses— social.

* No es un hecho generalmente conocido que la anexión de Saboya a Suiza fue muy debatida en este último país en 1848-49, y que los suizos esperaban verla realizada mediante la derrota de la revolución italiana.— Nota de Engels.

° Entregada por Ludwig Wildenbruch el 8 de abril de 1848.— Ed.