Nada hay más deseable que el hecho de que las personas que estuvieron a la cabeza del partido activo, ya sea antes de la revolución en las sociedades secretas o en la prensa, o después en puestos oficiales, fuesen por fin retratadas con los colores descarnados de un Rembrandt, en plena vitalidad. Hasta ahora estas personalidades nunca han sido representadas tal como realmente eran, sino solo en su atuendo oficial, con coturnos en los pies y aureolas alrededor de la cabeza. Toda verosimilitud se pierde en esas imágenes idealizadas, rafaelescas.

Cierto es que las dos presentes publicaciones prescinden de los coturnos y las aureolas con que hasta ahora aparecían los “grandes hombres” de la Revolución de Febrero. Penetran en la vida privada de esas gentes, nos las muestran en atuendo informal, rodeadas de todos sus múltiples subordinados. Pero no por ello dejan de estar muy lejos de ser una representación real y fiel de personas y acontecimientos. De sus autores, uno es un confeso mouchard de larga data de Luis Felipe, y el otro un conspirador veterano de profesión cuyas relaciones con la policía son asimismo muy ambiguas y de cuya capacidad de comprensión tenemos un temprano indicio en el hecho de que pretende haber visto «esa espléndida cadena de los Alpes cuyos picos plateados deslumbran la vista» entre Rheinfelden y Basilea, y «los Alpes renanos cuyos picos lejanos se pierden en el horizonte» entre Kehl y Karlsruhe. De tales personas, máxime cuando además escriben para justificarse, no podemos por supuesto esperar sino una crónica escandalosa más o menos exagerada de la Revolución de Febrero.

El señor de la Hodde, en su panfleto, intenta retratarse a sí mismo a la manera del espía de la novela de Cooper. Él, según afirma, se ha ganado la gratitud de la sociedad paralizando durante ocho años las sociedades secretas. Pero el espía de Cooper dista mucho del señor de la Hodde. El señor de la Hodde, que trabajó en Le Charivari, fue miembro del Comité Central de la Société des nouvelles saisons desde 1839, fue coeditor de La Réforme desde su fundación y al mismo tiempo espía asalariado del prefecto de policía Delessert, no queda comprometido por nadie más que por Chenu. Su publicación es una respuesta directa a las revelaciones de Chenu, pero cuida mucho de no decir ni una sílaba en respuesta a las acusaciones de Chenu concernientes al propio de la Hodde. Esa parte de las memorias de Chenu, al menos, es, pues, auténtica.

«En una de mis excursiones nocturnas», relata Chenu, «observé a de la Hodde paseándose arriba y abajo por el quai Voltaire… Llovía a torrentes, circunstancia que me dio que pensar. ¿Acaso este querido amigo de la Hodde se servía también de la caja de los fondos secretos, por casualidad? Pero me acordé de sus canciones, de sus magníficas estrofas sobre Irlanda y Polonia, y sobre todo de los violentos artículos que escribía para el diario La Réforme» (mientras que el señor de la Hodde intenta hacer creer que él amansó a La Réforme). «“Buenas noches, de la Hodde, ¿qué diablos haces aquí a estas horas y con este tiempo espantoso?” — “Espero a un canalla que me debe dinero, y como pasa por aquí todas las noches a esta hora, va a pagarme, o si no…” — y golpeó violentamente con su bastón el pretil del terraplén.»

De la Hodde intenta quitárselo de encima y camina hacia el Pont du Carrousel. Chenu parte en dirección contraria, pero solo para ocultarse bajo las arcadas del Institut. De la Hodde vuelve enseguida, mira con cuidado en todas direcciones y vuelve a pasearse de un lado a otro.

«Un cuarto de hora después divisé el carruaje con dos farolitos verdes que mi exagente me había descrito» (un antiguo espía que había revelado a Chenu en prisión un gran número de secretos y contraseñas de la policía). «Se detuvo en la esquina de la rue des Vieux Augustins. Un hombre se apeó; de la Hodde se dirigió directamente hacia él; hablaron un momento, y vi a de la Hodde hacer un movimiento como si se guardara dinero en el bolsillo. — Después de este incidente hice todo lo posible para que de la Hodde fuera excluido de nuestras reuniones y, sobre todo, para impedir que Albert cayera en alguna trampa, pues era la piedra angular de nuestro edificio [...] Algunos días después La Réforme rechazó un artículo de de la Hodde. Esto hirió su vanidad de escritor. Le aconsejé que se vengara fundando otro diario. Siguió este consejo y con Pilhes y Dupoty llegó incluso a publicar el prospecto de un periódico, Le Peuple, y durante ese tiempo nos libramos casi por completo de él.» (Chenu, pp. 46-48 [p. 55].)

Como vemos, este espía à la Cooper resulta ser una prostituta política del tipo más vil, que ronda por la calle bajo la lluvia aguardando el pago de su regalo por el primer oficial de paz que pase. Vemos además que no era de la Hodde, como él querría hacernos creer, sino Albert quien estaba al frente de las sociedades secretas. Esto se desprende de todo el relato de Chenu. El mouchard “en interés del orden” se transforma aquí de repente en el escritor ofendido, furioso porque los artículos del corresponsal del Charivari no sean aceptados sin reparos por La Réforme, y que por ello rompe con La Réforme, un auténtico órgano del partido en el cual pudo ser de alguna utilidad a la policía, para fundar un nuevo periódico en el que, a lo sumo, pudo satisfacer su vanidad de escritor. Así como las prostitutas hacen uso de sentimientos de una cierta especie, así este mouchard procuró valerse de sus pretensiones literarias para escapar de su sucio papel. El odio hacia La Réforme, que impregna todo su panfleto, se resuelve en el más trivial resentimiento de escritor. Al final vemos que durante el período más importante de las sociedades secretas, poco antes de la Revolución de Febrero, de la Hodde fue siendo cada vez más excluido de ellas; y esto explica por qué, según su relato, en total oposición a Chenu, aquellas decayeron cada vez más en ese período.

Llegamos ahora a la escena en que Chenu describe la denuncia de las traiciones de de la Hodde después de la Revolución de Febrero. El partido de La Réforme se había reunido con Albert en el Luxembourg por invitación de Caussidiére. Estaban presentes Monnier, Sobrier, Grandménil, de la Hodde, Chenu, etc. Caussidiére abrió la reunión y luego dijo:

«“Hay un traidor entre nosotros. Constituiremos un tribunal secreto para juzgarlo.” — Grandménil, como el de más edad de los presentes, fue nombrado presidente, y Tiphaine secretario. “Ciudadanos”, continuó Caussidiére como fiscal público, “durante largo tiempo hemos estado acusando a patriotas honestos. Lejos estábamos de sospechar qué serpiente se había deslizado entre nosotros. Hoy he descubierto al auténtico traidor: ¡es Lucien de la Hodde!” — Este, que hasta entonces había permanecido impasible, se levantó de un salto ante una acusación tan directa. Hizo un movimiento hacia la puerta. Caussidiére la cerró rápidamente, sacó una pistola y gritó: “¡Un solo movimiento y le vuelo los sesos!” — De la Hodde protestó apasionadamente su inocencia. “Muy bien”, dijo Caussidiére. “He aquí un legajo que contiene mil ochocientos informes al prefecto de policía”… y dio a cada uno de nosotros los informes que le concernían especialmente. De la Hodde negó obstinadamente que aquellos informes, firmados Pierre, provinieran de él, hasta que Caussidiére leyó en voz alta la carta publicada en sus memorias, en la cual de la Hodde ofrecía sus servicios al prefecto de policía y que había firmado con su verdadero nombre. A partir de entonces el miserable dejó de negar y trató de excusarse alegando la pobreza que le había dado la idea fatal de arrojarse en brazos de la policía. Caussidiére le tendió la pistola, el último medio de escapatoria que le quedaba. De la Hodde suplicó entonces a sus jueces y pidió clemencia entre gemidos, pero ellos permanecieron inflexibles. Bocquet, uno de los presentes, agotada su paciencia, empuñó la pistola y se la ofreció tres veces con las palabras: ‘¡Allons, vuele los sesos, cobarde, o lo mato yo mismo!’ — Albert se la arrebató de la mano, diciendo: ‘¡Pero piense usted, un pistoletazo aquí en el Luxembourg haría acudir a todo el mundo corriendo!’ — ‘Es verdad’, gritó Bocquet, ‘necesitamos veneno.’ ‘¿Veneno?’, dijo Caussidiére. ‘Yo traje veneno conmigo… de todas clases.’ Tomó un vaso, lo llenó de agua, la cual azucaró, luego vertió un polvo blanco y se lo ofreció a de la Hodde, quien retrocedió con horror: ‘¿Quieren matarme entonces?’ — ‘Sí, claro que sí’, dijo Bocquet, ‘beba.’ — De la Hodde era horrible de ver. Sus facciones estaban cenicientas, y su cabello, muy rizado y bien cuidado, se erizaba sobre su cabeza. Su rostro estaba bañado en sudor. Imploró, lloró: ‘¡No quiero morir!’ Pero Bocquet, inflexible, aún le tendía el vaso. ‘Allons, beba’, dijo Caussidiére, ‘todo habrá acabado antes de que se dé cuenta de lo ocurrido.’ — ‘No, no, no beberé.’ Y en su estado de enajenación añadió con un gesto terrible: ‘¡Oh, me vengaré de todos estos tormentos!’

Cuando se vio que ninguna apelación a su pundonor surtía efecto, finalmente se perdonó a de la Hodde por intercesión de Albert, y fue conducido a la prisión de la Conciergerie.» (Chenu, pp. 134-36 [pp. 147-50].)

El autotitulado espía à la Cooper se vuelve cada vez más patético. Lo vemos aquí en toda su ignominia, solo capaz de enfrentarse a sus oponentes mediante la cobardía. Lo que le reprochamos no es que no se pegara un tiro, sino que no disparara contra el primero que se le pusiera por delante entre sus oponentes. Pretende justificarse a posteriori mediante un panfleto en el cual intenta presentar toda la revolución como una mera escroquerie. El título de ese panfleto debería ser: El policía desilusionado. Demuestra que una verdadera revolución es exactamente lo contrario de las ideas de un mouchard, quien, como los “hombres de acción”, ve en toda revolución la obra de una pequeña camarilla. En tanto que todos los movimientos que fueron provocados de manera más o menos artificial por camarillas no pasaron de ser meras insurgencias, del propio relato de de la Hodde se desprende con claridad que, por un lado, los republicanos oficiales al comienzo de las jornadas de Febrero aún desesperaban de alcanzar la república, y que, por otro lado, la burguesía se vio obligada a ayudar a alcanzar la república sin quererlo, y que, por tanto, la República de Febrero fue obra de la fuerza de las circunstancias que empujaba a las masas proletarias, ajenas a toda camarilla, a salir a las calles y mantenía en casa a la mayoría de la burguesía o la forzaba a una acción común con los proletarios. — Lo que de la Hodde revela aparte de esto es bien escaso y no pasa del más banal cotilleo. Solo una escena reviste interés: la reunión de los demócratas oficiales en la noche del 21 de febrero en el local de La Réforme, en la cual los líderes se declararon firmemente opuestos a un ataque por la fuerza.

El contenido de sus discursos testimonia, en líneas generales, una comprensión de la situación todavía correcta para aquella fecha. Resultan ridículos solo por su estilo pomposo y por las pretensiones posteriores de esas mismas personas de haber trabajado consciente y deliberadamente por la revolución desde el principio. Y lo peor, dicho sea de paso, que de la Hodde puede decir de ellos es que lo toleraron durante tanto tiempo en su seno.

Pasemos a Chenu. ¿Quién es el señor Chenu? Es un conspirador veterano, que ha tomado parte en toda insurrección desde 1832 y a quien la policía conoce perfectamente. Llamado a filas para el servicio militar, desertó muy pronto y permaneció sin ser descubierto en París, pese a su reiterada participación en conspiraciones y en la revuelta de 1839.* En 1844 se presentó en su regimiento, y, cosa extraña, pese a sus conocidos antecedentes, el general de división le ahorró un consejo de guerra. Y eso no fue todo: no cumplió el servicio entero en el regimiento, sino que se le permitió regresar a París. En 1847 se hallaba implicado en la conspiración de las bombas incendiarias***; escapó a una tentativa de detención, mas, a pesar de todo, permaneció en París, aunque se le había condenado en contumacia a cuatro años de prisión. Sólo cuando sus compañeros de conspiración le acusaron de estar en connivencia con la policía se marchó a Holanda, de donde regresó el 21 de febrero de 1848. Después de la Revolución de Febrero llegó a capitán de la guardia de Caussidière. Éste sospechó muy pronto de él (sospecha que tenía un alto grado de probabilidad) que estuviese en relación con la policía especial de Marrast, y lo despachó sin mucha resistencia a Bélgica y más tarde a Alemania. El señor Chenu se prestó de bastante buen grado a sucesivas incorporaciones a los cuerpos de voluntarios belgas, alemanes y polacos. Y todo ello en un momento en que el poder de Caussidière comenzaba ya a tambalearse, y pese a que Chenu afirma haber tenido un dominio completo sobre él; así sostiene que obligó a Caussidière, mediante una carta amenazadora, a ponerle en libertad inmediatamente cuando en una ocasión había sido arrestado. Baste esto en cuanto al carácter y la credibilidad de nuestro autor.

Las cantidades de afeite y pachulí con que las prostitutas intentan sofocar los aspectos menos atractivos de su ser físico tienen su contrapartida literaria en el *bel esprit* con que de la Hodde perfuma su folleto. Las cualidades literarias del libro de Chenu, en cambio, recuerdan con frecuencia al *Gil Blas* por su ingenuidad y la vivacidad de su exposición. Tal como en las más variadas aventuras Gil Blas sigue siendo siempre un criado y lo juzga todo con el rasero de un criado, así Chenu sigue siendo siempre, desde la revuelta de 1832 hasta su destitución de la prefectura, el mismo conspirador de baja estofa, cuya forma particular de estrechez de miras puede, dicho sea de paso, distinguirse muy claramente de las torpes rumias del *faiseur* literario que el Elíseo le ha asignado. Es evidente que tampoco en el caso de Chenu puede hablarse de comprensión alguna del movimiento revolucionario. Por esta razón, los únicos capítulos de su libro que presentan algún interés son aquellos en los que describe, más o menos desinhibidamente, las cosas que él mismo ha observado: *Los conspiradores* y *Caussidière el héroe*.

La propensión de los pueblos latinos a la conspiración, y el papel que las conspiraciones han desempeñado en la historia moderna de España, Italia y Francia, son bien conocidos. Tras la derrota de los conspiradores españoles e italianos a comienzos de los años veinte, Lyon, y sobre todo París, se convirtieron en los centros de los clubes revolucionarios. Es un hecho notorio que la burguesía liberal encabezó las conspiraciones contra la Restauración hasta 1830. Después de la Revolución de Julio tomó el relevo la burguesía republicana; el proletariado, adiestrado en la conspiración ya bajo la Restauración, empezó a predominar hasta el punto de que la burguesía republicana fue disuadida de conspirar por las fracasadas batallas callejeras. La *Société des saisons*, a través de la cual Barbès y Blanqui organizaron la revuelta de 1839, era ya exclusivamente proletaria, y lo mismo ocurría con las *Nouvelles saisons*, formadas después de la derrota, cuyo jefe era Albert y en las que participaron Chenu, de la Hodde, Caussidière, etc. A través de sus dirigentes, la conspiración estaba constantemente en contacto con los elementos pequeñoburgueses representados por *La Réforme*, pero se mantuvo siempre estrictamente independiente. Estas conspiraciones nunca abarcaron, por supuesto, a la masa amplia del proletariado parisino. Se limitaban a un número comparativamente pequeño y continuamente fluctuante de miembros, compuesto en parte por conspiradores veteranos, inmutables, legados regularmente por cada sociedad secreta a su sucesora, y en parte por obreros recién reclutados.

De estos conspiradores veteranos, Chenu no describe prácticamente más que a la clase a la que él mismo pertenece: los conspiradores profesionales. Con el desarrollo de las conspiraciones proletarias surgió la necesidad de una división del trabajo; los miembros se dividían en conspiradores ocasionales, *conspirateurs d’occasion*, es decir, obreros que se dedicaban a la conspiración junto con su otro empleo, limitándose a asistir a las reuniones y a mantenerse prestos para presentarse en el lugar de concentración a la orden de los jefes, y conspiradores profesionales, que consagraban toda su energía a la conspiración y vivían de ella. Formaban el estrato intermedio entre los obreros y los jefes, e incluso con frecuencia se infiltraban en estos últimos.

La situación social de esta clase determina por completo su carácter desde el primer momento. La conspiración proletaria les procura, naturalmente, medios de subsistencia muy limitados e inciertos. De ahí que se vean constantemente obligados a meter mano en las cajas de la conspiración. Algunos de ellos entran también en conflicto directo con la sociedad civil en cuanto tal y comparecen ante los tribunales de policía con un mayor o menor grado de dignidad. Su precario sustento, dependiente en cada caso más de la casualidad que de su actividad; su vida irregular, cuyas únicas escalas fijas son las tabernas de los *marchands de vin* —los lugares de cita de los conspiradores—; su inevitable trato con toda clase de gente dudosa, los sitúa en esa categoría social que en París se conoce como *la bohème*. Estos bohemios democráticos de origen proletario —hay también bohemios democráticos de origen burgués, holgazanes democráticos y *piliers d’estaminet*— son, por tanto, o bien obreros que han abandonado su trabajo y, como consecuencia, se han vuelto disolutos, o bien personajes surgidos del *lumpemproletariado* que aportan a su nuevo género de vida todos los hábitos disolutos de aquella clase. Se comprende que en estas circunstancias se encuentre a unos cuantos *repris de justice* implicados en casi todos los procesos de conspiración.

Todo el género de vida de estos conspiradores profesionales posee un marcado carácter bohemio. Sargentos reclutadores de la conspiración, van de *marchand de vin* en *marchand de vin*, tomando el pulso a los obreros, buscando a sus hombres, engatusándolos para la conspiración y haciendo que la caja de la sociedad o sus nuevos amigos paguen los litros inevitablemente consumidos en el proceso. En realidad, es el *marchand de vin* quien les da cobijo. Con él pasa la mayor parte de su tiempo el conspirador; aquí tiene sus citas con sus colegas, con los miembros de su sección y con los posibles reclutas; aquí, por último, tienen lugar las reuniones secretas de las secciones (grupos) y de los jefes de sección. El conspirador, de suyo muy sanguíneo como todos los proletarios parisinos, pronto se convierte en un perfecto *bambocheur* en esta atmósfera tabernaria continua. El siniestro conspirador, que en sesión secreta exhibe una autodisciplina espartana, de pronto se deshiela y se transforma en un parroquiano de taberna a quien todo el mundo conoce y que sabe muy bien cómo disfrutar de su vino y de sus mujeres. Esta sociabilidad se ve además intensificada por los constantes peligros a que está expuesto el conspirador; en cualquier momento puede ser llamado a las barricadas, donde puede morir; a cada paso le tiende la policía trampas que pueden llevarlo a la cárcel o incluso a galeras. Tales peligros constituyen el verdadero atractivo del oficio; cuanto mayor es la inseguridad, tanto más se apresura el conspirador a apurar los placeres del momento. Al mismo tiempo, la familiaridad con el peligro le hace completamente indiferente a la vida y a la libertad. Se encuentra tan a gusto en la prisión como en la taberna. Está dispuesto para la acción cualquier día. La temeridad desesperada que se manifiesta en toda insurrección parisina es introducida precisamente por estos veteranos conspiradores profesionales, los *hommes de coups de main*. Son ellos los que levantan y mandan las primeras barricadas, los que organizan la resistencia, dirigen el saqueo de las armerías y la requisa de armas y municiones en las casas, y llevan a cabo, en plena sublevación, esas audaces incursiones que tan a menudo siembran la confusión en el partido gubernamental. En una palabra, son los oficiales de la insurrección.

Huelga añadir que estos conspiradores no se limitan a la organización general del proletariado revolucionario. Es precisamente asunto suyo anticiparse al proceso de evolución revolucionaria, llevarlo artificialmente al punto de crisis, lanzar una revolución de improviso, sin que existan las condiciones para ella. Para ellos, la única condición para la revolución es la preparación adecuada de su conspiración. Son los alquimistas de la revolución, y se caracterizan exactamente por la misma confusión mental y las mismas obsesiones estrechas de miras que los viejos alquimistas. Se lanzan sobre inventos que supuestamente habrán de obrar milagros revolucionarios: bombas incendiarias, artefactos destructivos de efecto mágico, revueltas de las que se espera un efecto tanto más milagroso y asombroso cuanto menos racional es su base. Ocupados en tales maquinaciones, no tienen otro propósito que el más inmediato de derrocar al gobierno existente, y sienten el más profundo desprecio por la ilustración más teórica de los proletarios acerca de sus intereses de clase. De ahí su irritación, más plebeya que proletaria, contra los *habits noirs*, gente de mayor o menor grado de instrucción que representan ese aspecto del movimiento, de los cuales, sin embargo, nunca pueden independizarse del todo, ya que son los representantes oficiales del partido. Los *habits noirs* sirven también a veces como su fuente de dinero. Ni que decir tiene que los conspiradores se ven obligados a seguir, de grado o por fuerza, el desarrollo del partido revolucionario.

El rasgo característico del modo de vida de los conspiradores es su batalla con la policía, con la que mantienen exactamente la misma relación que los ladrones y las prostitutas. La policía tolera las conspiraciones, y no sólo como un mal necesario: las tolera como centros que puede mantener bajo fácil observación y donde se reúnen los elementos revolucionarios más violentos de la sociedad, como fraguas de la revuelta, que en Francia se ha convertido en un instrumento de gobierno tan necesario como la propia policía, y finalmente como lugar de reclutamiento para sus propios mouchards políticos. Así como los más útiles cazadores de bribones, los Vidocq y sus compinches, se extraen de la clase de los rufianes mayores y menores, ladrones, escrocs y quebrados fraudulentos, y a menudo vuelven a su antiguo oficio, exactamente del mismo modo los policías políticos de menor rango se reclutan entre los conspiradores profesionales. Los conspiradores están en contacto constante con la policía, entran en conflicto con ella sin cesar; cazan a los mouchards, del mismo modo que los mouchards los cazan a ellos. El espionaje es una de sus principales ocupaciones. No es de extrañar, por tanto, que el corto paso de ser un conspirador de oficio a ser un espía de policía pagado se dé con tanta frecuencia, facilitado como está por la pobreza y la prisión, por las amenazas y las promesas. De ahí la red de sospecha ilimitada dentro de las conspiraciones, que ciega por completo a sus miembros y les hace ver mouchards en sus mejores hombres, y en los verdaderos mouchards a las personas más dignas de confianza. Que estos espías reclutados entre los conspiradores se dejen involucrar con la policía en su mayoría con la sincera convicción de que podrán burlarla, que logren desempeñar un doble papel durante un tiempo, hasta que sucumben cada vez más a las consecuencias de su primer paso, y que la policía sea a menudo realmente burlada por ellos, es evidente. Que, por lo demás, un conspirador de este tipo caiga en las trampas de la policía depende enteramente de la coincidencia de circunstancias y más bien de una diferencia cuantitativa que cualitativa en la fuerza de carácter.

Éstos son los conspiradores que Chenu desfila ante nosotros, a menudo de una manera muy viva, y cuyos caracteres describe a veces con entusiasmo y a veces a regañadientes. Él mismo, dicho sea de paso, es el epítome del conspirador de oficio, hasta en sus algo ambiguas conexiones con la policía de Delessert y de Marrast.

En la medida en que el proletariado de París se destacó como partido por sí mismo, estos conspiradores perdieron parte de su influencia dominante, se dispersaron y encontraron una peligrosa competencia en las sociedades secretas proletarias, cuyo objetivo no era la insurrección inmediata sino la organización y el desarrollo del proletariado. Incluso la revuelta de 1839 fue decididamente proletaria y comunista. Pero después se produjeron las divisiones que tanto lamentan los veteranos conspiradores; divisiones que tuvieron su origen en la necesidad de los obreros de esclarecer sus intereses de clase y que encontraron expresión en parte en las propias conspiraciones anteriores y en parte en nuevas asociaciones de propaganda. La agitación comunista que Cabet inició con tanta fuerza poco después de 1839 y las controversias que surgieron dentro del Partido Comunista pronto dejaron fuera de juego a los conspiradores. Tanto Chenu como de la Hodde admiten que en la época de la Revolución de Febrero los comunistas eran, con mucho, el grupo de partido más fuerte entre el proletariado revolucionario. Los conspiradores, si no querían perder su influencia sobre los obreros y con ello su importancia como contrapeso a los habits noirs, se vieron obligados a sumarse a esta tendencia y adoptar ideas socialistas o comunistas. Así surgió, ya antes de la Revolución de Febrero, el conflicto entre las conspiraciones obreras, representadas por Albert, y la gente de la Réforme, el mismo conflicto que se reprodujo poco después en el Gobierno Provisional. Por supuesto, nunca soñaríamos con confundir a Albert con estos conspiradores. Se desprende de ambas obras que Albert supo afirmar su propia posición independiente por encima de ellos, sus instrumentos, y ciertamente no pertenece a esa categoría de personas que practicaban la conspiración para ganarse el pan de cada día.

El asunto de la bomba de 1847, un asunto en el que la acción directa de la policía fue mayor que en cualquier caso anterior, dispersó finalmente a los más obstinados y contrarios de los veteranos conspiradores y empujó a sus antiguas secciones al movimiento proletario propiamente dicho.

A estos conspiradores profesionales, la gente más violenta de sus secciones y los détenus politiques* de origen proletario, en su mayoría veteranos conspiradores ellos mismos, los encontramos de nuevo como Montagnards en la Prefectura de Policía después de la Revolución de Febrero. Los conspiradores, sin embargo, forman el núcleo de toda la compañía. Es comprensible que estas personas, de repente armadas y apiñadas aquí, en su mayoría en términos bastante familiares con sus prefectos y sus oficiales, no pudieran dejar de formar un cuerpo algo turbulento. Así como la Montaña de la Asamblea Nacional era una parodia de la Montaña original y con su impotencia demostraba de la manera más palmaria que las viejas tradiciones revolucionarias de 1793 ya no bastan hoy, así los Montagnards de la Prefectura de Policía, la nueva versión de los sans-culottes originales, demostraron que en la revolución moderna este sector del proletariado es también insuficiente y que sólo el proletariado en su conjunto puede llevar a cabo la revolución.

Chenu describe el estilo de vida sans-culotte de esta honorable compañía en la Prefectura de una manera sumamente viva. Estas escenas cómicas, en las que el señor Chenu fue obviamente un participante activo, a veces son bastante salvajes, pero muy comprensibles en vista del carácter de los viejos bambocheurs conspiradores, y forman un contraste necesario e incluso saludable con las orgías de la burguesía en los últimos años de Luis Felipe.

Citaremos sólo un ejemplo del relato de cómo se establecieron en la Prefectura.

“Cuando rompió el día, vi llegar a los jefes de grupo uno tras otro con sus hombres, pero en su mayor parte desarmados [...]. Llamé la atención de Caussidiére sobre ello. ‘Conseguiré armas para ellos’, dijo. ‘Busca un lugar adecuado para acuartelarlos en la Prefectura.’ Cumplí esta orden al instante y los envié a ocupar aquel antiguo cuerpo de guardia de la policía donde a mí mismo me habían tratado tan vilmente. Un momento después los vi volver corriendo. ‘¿Adónde vais?’, les pregunté. ‘El cuerpo de guardia está ocupado por una multitud de policías’, me respondió Devaisse; ‘están profundamente dormidos y buscamos algo con que despertarlos y echarlos fuera.’—Se armaron entonces con lo que caía en sus manos: baquetas, fundas de sable, correas dobladas y palos de escoba. Luego mis muchachos, que todos tenían mayores o menores motivos para quejarse de la insolencia y brutalidad de los durmientes, se les echaron encima a puñetazos y durante más de media hora les dieron una lección tan dura que algunos de ellos tardaron un buen rato en recuperarse. Al oír sus gritos de terror me precipité hacia allí, y sólo a duras penas logré abrir la puerta que los Montagnards, prudentemente, mantenían cerrada por dentro. Era un espectáculo digno de verse ver a los policías salir disparados medio desvestidos al patio. Bajaron las escaleras de un salto, y por suerte para ellos conocían todos los rincones y recovecos de la Prefectura y pudieron escapar de la vista de sus enemigos pisándoles los talones. Una vez dueños del lugar cuya guarnición acababan de relevar con tanta cortesía, nuestros Montagnards se engalanaron triunfalmente con lo que los vencidos habían dejado atrás, y durante mucho tiempo se les pudo ver paseándose arriba y abajo por el patio de la Prefectura, con las espadas al costado, las casacas sobre los hombros y las cabezas resplandecientes con los sombreros de tres picos tan temidos antes por la mayoría de ellos.” (Pp. 83-85 [pp. 95-96].)

Ahora que hemos conocido a los Montagnards, volvámonos hacia su jefe, el héroe de la saga de Chenu, Caussidiére. Chenu lo desfila ante nosotros tanto más a menudo cuanto que todo el libro ‘está de hecho dirigido contra él’.

Las principales acusaciones contra Caussidiére se refieren a su estilo de vida moral, sus manejos desenvueltos con letras de cambio y otros modestos intentos de procurarse dinero a los que puede recurrir y recurre cualquier commis voyageur parisino emprendedor endeudado. En efecto, sólo la cuantía del capital determina si los casos de fraude, lucro abusivo, estafa y especulación bursátil en los que se basa todo el comercio, caen en algún grado bajo el Code pénal. En lo que respecta a los golpes de bolsa y al fraude chino, que son especialmente típicos del comercio francés, vale la pena remitir por ejemplo a las picantes descripciones de Fourier en los Quatre mouvements, la Fausse industrie, el Traité de l’unité universelle y sus obras póstumas.*° El señor Chenu ni siquiera intenta probar que Caussidiére explotara su cargo de Prefecto de Policía en provecho propio. Ciertamente un partido puede felicitarse si sus adversarios victoriosos no pueden hacer más que exponer patéticos ejemplos de inmoralidad comercial. ¡Qué contraste entre las mezquinas trapacerías del commis voyageur Caussidiére y los grandiosos escándalos de la burguesía en 1847! La única razón de todo el ataque es que Caussidiére pertenecía al partido de la Réforme, que trataba de ocultar su falta de energía y clarividencia revolucionarias tras protestas de virtud republicana y un porte de sombría gravedad.

Caussidiére es la única figura entretenida entre los dirigentes de la Revolución de Febrero. En su calidad de loustic* de la revolución, era un jefe de lo más apropiado para los veteranos conspiradores profesionales. Sensual y dotado de sentido del humor, parroquiano de larga data de los más variados cafés y tabernas, feliz de vivir y dejar vivir, pero al mismo tiempo un valiente soldado, que ocultaba bajo una bonhomie ancha de hombros y falta de inhibición una gran astucia, un pensamiento sagaz y una aguda observación, poseía un cierto tacto revolucionario y energía revolucionaria. En aquella época, Caussidiére era un auténtico plebeyo que odiaba a la burguesía instintivamente y compartía en alto grado todas las pasiones plebeyas. Apenas se hubo instalado en la Prefectura cuando ya conspiraba contra Le National, aunque sin descuidar por ello la cocina ni la bodega de su predecesor. Inmediatamente organizó una fuerza militar para sí, se aseguró un periódico, lanzó clubes, distribuyó papeles y en general actuó desde el primer momento con gran seguridad en sí mismo. En veinticuatro horas la Prefectura se transformó en una fortaleza desde la cual podía desafiar a sus enemigos. Pero todos sus planes quedaron en meros proyectos o se redujeron en la práctica a bromas plebeyas que no condujeron a nada. Cuando los conflictos se agudizaron, compartió la suerte de su partido, que quedó indeciso en el medio entre la gente de Le National y los revolucionarios proletarios como Blanqui. Sus Montagnards se dividieron; los viejos bambocheurs se le volvieron demasiado grandes y ya no pudieron ser refrenados, mientras que la fracción revolucionaria se pasó a Blanqui. El propio Caussidiére se fue aburguesando cada vez más en su cargo oficial de Prefecto y representante; el 15 de mayo* se mantuvo prudentemente en segundo plano y se excusó en la Cámara de manera irresponsable; el 23 de junio desertó de la insurrección en el momento crucial. Como recompensa, naturalmente fue destituido de la Prefectura y poco después enviado al exilio.

Pasemos ahora a algunos de los pasajes más significativos de Chenu y de la Hodde acerca de Caussidiére.

Apenas fue nombrado de la Hodde, en la noche del 24 de febrero, secretario general de la Prefectura bajo las órdenes de Caussidière, cuando este último le dijo:

«Necesito aquí gente de fiar. El aspecto administrativo de las cosas se arreglará siempre más o menos solo; por el momento he conservado a los viejos funcionarios; en cuanto los patriotas estén adiestrados, los mandaremos a paseo. Eso es una cuestión secundaria. Lo que tenemos que hacer es convertir la Prefectura en el baluarte de la revolución; den a nuestros hombres instrucciones en ese sentido; tráiganlos aquí a todos. Una vez que tengamos aquí a mil camaradas de confianza, llevaremos la batuta. Ledru-Rollin, Flocon, Albert y yo nos entendemos, y espero que todo salga bien. El National está en la cuerda floja. Y después de eso republicanizaremos el país como es debido, le guste o no».

«Acto seguido, Garnier-Pagès, el alcalde de París, bajo cuyo mando el National había puesto a la policía, acudió de visita y sugirió a Caussidière que tal vez prefiriera hacerse cargo de la comandancia del castillo de Compiègne en lugar del desagradable puesto de la Prefectura. Caussidière respondió con esa voz suya, aguda y atiplada, que tan extrañamente contrastaba con sus anchas espaldas: “¿Ir a Compiègne? Ni hablar. Aquí se me necesita. Ahí abajo tengo a varios cientos de alegres muchachos que están haciendo un trabajo espléndido; espero el doble más. Si ustedes en el Hôtel de Ville no tienen suficiente voluntad o valor, yo podré ayudarlos... ¡Ja, ja, la révolution fera son petit bonhomme de chemin, il le faudra bien!” — “¡La revolución! ¡Pero si ha terminado!” — “¡Bah, no ha hecho más que empezar!”. El pobre alcalde se quedó allí plantado con cara de completo idiota.» (De la Hodde, p. 72 [pp. 103-105].)

Entre las escenas más divertidas que describe Chenu figura la recepción de los comisarios de policía y los officiers de paix por el nuevo prefecto, que se hallaba en mitad de una comida cuando fueron anunciados.

«“Que esperen —dijo Caussidière—, el prefecto está trabajando.” Siguió trabajando aún una buena media hora y luego montó la escena para la recepción de los comisarios de policía, que entretanto estaban formados en la gran escalinata. Caussidière se sentó majestuosamente en su sillón, con su gran sable al costado; dos montagnards de aspecto salvaje y sanguinario montaban guardia en la puerta, armas al hombro y pipas en la boca. Dos capitanes con los sables desenvainados se situaron a cada lado de su escritorio. Luego estaban todos los jefes de sección y los republicanos que formaban su estado mayor, agrupados por la sala, armados todos con grandes sables y pistolas de caballería, mosquetes y escopetas. Todos fumaban y la nube de humo que llenaba la habitación hacía que sus rostros parecieran aún más sombríos y daba a la escena un aspecto realmente aterrador. En el centro se había dejado un espacio libre para los comisarios de policía. Todos se calaron el sombrero y Caussidière dio la orden de hacerlos pasar. Los pobres comisarios de policía nada deseaban tanto, pues estaban expuestos a las groserías y amenazas de los montagnards, que los habrían querido guisar en todas las salsas habidas y por haber. “¡Pandilla de sinvergüenzas —bramaban—, ahora nos toca a nosotros teneros! ¡De aquí no salís, seréis desollados vivos!...” Al entrar en el despacho del prefecto sintieron que salían de Escila para caer en Caribdis. El primero que puso el pie en el umbral pareció vacilar un instante. No sabía si avanzar o retroceder, tan amenazadoras eran todas las miradas fijas en él. Por fin se aventuró a dar un paso adelante e hizo una reverencia; otro paso y se inclinó más profundamente; otro paso más y se inclinó todavía con mayor profundidad. Cada cual hizo su entrada con profundas reverencias en dirección al terrible prefecto, que recibió todas aquellas muestras de respeto con frialdad y en silencio, la mano apoyada en la empuñadura del sable. Los comisarios de policía contemplaban aquella extraordinaria escena con ojos como platos. Algunos, fuera de sí de miedo y sin duda con ganas de congraciarse con nosotros, encontraron el cuadro imponente y majestuoso. — “¡Silencio!”, ordenó un montagnard en tono sepulcral. — Cuando todos hubieron entrado, Caussidière, que hasta ese momento no había hablado ni se había movido, rompió el silencio y dijo con su voz más temible:

“Hace una semana apenas esperaban ustedes encontrarme aquí en esta posición, rodeado de amigos fieles. ¡De modo que son sus amos hoy, estos republicanos de cartón piedra, como una vez los llamaron! Tiemblan ustedes ante aquellos a quienes sometieron al trato más innoble. Usted, Vassal, fue el más vil séide del gobierno caído, el perseguidor más violento de los republicanos, y ahora ha caído en manos de sus enemigos más implacables, pues no hay aquí presente ni uno solo que escapara a sus persecuciones. Si escuchara yo las justas exigencias que se me plantean, tomaría represalias. Prefiero olvidar. Vuelvan todos a sus puestos; pero, si alguna vez oigo que han echado una mano a alguna trapisonda reaccionaria, los aplastaré como a sabandijas. ¡Váyanse!”

“Los comisarios de policía habían pasado por todas las gradaciones del terror y, felices de escapar con una reprimenda del prefecto, se marcharon de buen humor. Los montagnards que los esperaban al pie de la escalera los escoltaron hasta el final de la rue de Jérusalem con una algarabía de silbidos y burlas. Apenas desapareció el último de ellos, cuando estallamos en una tremenda carcajada. Caussidière estaba radiante y reía más que nadie de la magnífica broma que acababa de gastar a sus comisarios de policía.» (Chenu, pp. 87-90 [pp. 99-102].)

Después del 17 de marzo, en el que Caussidière desempeñó un gran papel, le dijo a Chenu:

«“Puedo levantar a las masas y lanzarlas contra la burguesía cuando se me antoje.”»

(Chenu, p. 140 [p. 154].)

En realidad, Caussidière nunca pasó con sus adversarios de jugar a darles un susto.

Finalmente, a propósito de las relaciones de Caussidière con los montagnards, dice Chenu:

«Cuando mencionaba yo a Caussidière los excesos a que se entregaban sus hombres, suspiraba, pero tenía las manos atadas. La mayoría de ellos habían compartido su vida con él, él había compartido sus alegrías y sus penas; varios le habían hecho buenos servicios. Si no era capaz de refrenarlos, era una consecuencia de su propio pasado.» (P. 97 [pp. 109-110].)

Recordamos a nuestros lectores que ambos libros fueron escritos en la época de la campaña para las elecciones del 10 de marzo. Su efecto se desprende claramente del resultado electoral: la brillante victoria de los rojos.