Thomas Carlyle y el culto de los héroes La revolución de 1848 y las jornadas de junio precipitaron la evolución de muchos ideólogos burgueses. Así es como las tendencias reaccionarias se acentuaron aún más. Volviendo sobre Carlyle que acaba de publicar sus Panfletos del último día: el tiempo presente y Prisiones modelo, Engels escribió, en 1850, un estudio para la Nueva Revista Renana, editada en Hamburgo. Apareció bajo la firma de Marx y Engels. Thomas Carlyle es el único escritor inglés sobre el cual la literatura alemana ha ejercido una influencia directa y muy importante. Aunque sólo fuera por cortesía, un alemán no puede dejar pasar sus obras sin concederles su atención. Hemos visto, por la última obra de Guizot, cómo se van las capacidades de la burguesía. En los dos folletos de Carlyle que tenemos ante los ojos, asistimos a la declinación del genio literario ante las luchas históricas que se han hecho extremadamente agudas y a las cuales intenta oponer sus inspiraciones desconocidas, inmediatas, proféticas. Thomas Carlyle tiene el mérito de haberse erguido, con sus escritos, contra la burguesía, y esto en una época en que las concepciones, los gustos y las ideas de ésta dominaban enteramente la literatura inglesa oficial, e incluso lo ha hecho de una manera, a veces, revolucionaria. Así, en su Historia de la Revolución Francesa, en su apología de Cromwell, en su panfleto sobre el cartismo, en Past and Present. Mas en todos estos escritos la crítica del presente está estrechamente ligada a una apología extraordinariamente poco histórica de la Edad Media, muy frecuente, por cierto, entre los revolucionarios ingleses, por ejemplo en Cobbett y en una parte de los cartistas. Mientras que en el pasado admira, al menos, las épocas clásicas de una cierta fase social, el presente lo desespera y el futuro lo asusta. Allí donde reconoce e incluso llega a glorificar la revolución, ésta se concentra, según él, en un individuo aislado, sea un Cromwell, sea un Dantón. Es a ellos a quienes dedica ese culto a los héroes, predicado en sus Lectures on Heroes and Hero-Workship4 como el solo refugio fuera de un presente saturado de desesperación, como una religión nueva. El estilo de Carlyle se parece a sus ideas. Es una reacción directa, violenta, contra el estilo Pecksniff5 de los burgueses ingleses modernos, cuya enfática vulgaridad, prolijidad prudente y confuso fastidio, sentimentalista y moralizador, ha pasado de los cockneys instruidos que lo inventaron a toda la literatura inglesa. Carlyle, al contrario, trata la lengua inglesa como una materia enteramente en bruto que hay que volver a moldear. Giros y palabras envejecidos fueron resucitados; otros fueron inventados según el modelo alemán, especialmente según Jean-Paul.6 El nuevo estilo era, con frecuencia, grandilocuente y de mal gusto, mas, con frecuencia también, brillante y siempre original. En esta relación, igualmente, los Latter-Day Pana phlets7 acusan un singular retroceso.

Por lo demás, es significativo que de toda la literatura alemana, el hombre que ha ejercido la mayor influencia sobre Carlyle haya sido, no Hegel sino el farmacéutico literario Jean-Paul. El culto del genio que Carlyle comparte con Strauss ha sido, en los folletos en cuestión, abandonado por el genio. Sólo queda el culto.

... Ya se ve que el «noble» Carlyle toma de punto de partida una concepción enteramente panteísta. Todo el proceso histórico es determinado, no por el desarrollo de las masas vivientes en sí mismas, que depende, por supuesto, de condiciones determinadas, mas, a su vez. históricamente creadas y cambiantes; es determinado por una ley de la naturaleza, eterna, invariable en todos los tiempos, una ley de la que hoy se aparta y a la que se acerca mañana, y cuyo conocimiento exacto decide todo. Este conocimiento exacto de la ley eterna de la naturaleza, es la verdad eterna, y todo lo demás es falso. Esta concepción reduce todas las contradicciones reales entre las clases, por diferentes que sean según diferentes épocas, en una sola contradicción eterna entre aquellos que han descubierto la ley eterna de la naturaleza y actúan conforme a esa ley, o sea, los sabios y los nobles, y los que deforman esa ley y actúan contrariamente a ella, o sea, los necios y los pillos. La diferencia de clases, que se ha desarrollado históricamente, deviene así una diferencia natural que se debe aceptar y venerar como una parte de la ley eterna de la naturaleza, rindiendo homenaje a los sabios y a los nobles de la naturaleza: es el culto al genio. Toda la concepción del proceso histórico se reduce a la plana trivialidad de la sabiduría de los iluminados y de los francmasones del siglo pasado, a la moral simplista de La flauta mágica y a un saintsimonismo infinitamente decaído y banalizado. Y he aquí que se plantea naturalmente la vieja cuestión de saber quién debe gobernar; de ahí esta conclusión que se plantea súbitamente: se debe gobernar mucho, realmente mucho; nunca se gobernará demasiado, porque el gobierno es la revelación y la afirmación continuas de la ley de la naturaleza ante las masas. Mas, ¿cómo descubrir a los nobles y a los sabios? No los revela un milagro sobrenatural; hay que buscarlos. Volvemos a hallar aquí las diferencias de clases históricas transformadas en diferencias puramente naturales. El noble es noble porque es sabio, porque es iniciado. Hay que buscarlo, pues, entre las clases que detentan el monopolio de la instrucción, es decir, entre las clases privilegiadas; y serán estas mismas clases las que deberán hallarlo en su seno, que deberán pronunciarse sobre sus pretensiones al título de noble y de sabio. Las clases privilegiadas devienen así, de entrada, si no directamente nobles y sabias, al menos, clases «articuladas»; mientras que las clases oprimidas son, naturalmente, clases «mudas y desarticuladas», y así se consagra nuevamente el dominio de clase. Toda esta estrepitosa indignación se transforma en un reconocimiento ligeramente velado del dominio de clase existente; si uno se aflige y gruñe, es sólo porque los burgueses no dan a sus genios desconocidos una plaza a la cabeza de la sociedad y, por razones muy prácticas, no prestan atención alguna a los delirios quiméricos de esos señores. Cómo aquí la palabrería pomposa se transforma en su contrario, cómo el noble, el iniciado y el sabio devienen en la práctica un sinvergüenza, un ignorante y un loco, Carlyle nos lo enseña con un ejemplo impresionante.

.. La era nueva, donde domina el genio, se distingue, pues, de la era antigua, principalmente, por el hecho de que el látigo se imagina que es genial. El genio de Carlyle se distingue de cualquier cancerbero de prisión o de cualquier inspector de los pobres, por la indignación virtuosa y la conciencia moral que lo empujan a maltratar a los pobres sólo para elevarlos a su nivel. Vemos así cómo, en su cólera liberadora, este genio altamente protestatario justifica y amplía fantásticamente las infamias del burgués. Si la burguesía inglesa ha asimilado los pobres a los criminales para desanimar el pauperismo, si en 1834 ha promulgado una ley contra los pobres, Carlyle, por su parte, acusa a los pobres de alta traición, porque el pauperismo produce el pauperismo. Como anteriormente la clase de la cual la historia había hecho una clase dominante, la burguesía industrial, participaba en el genio por la sola razón de ser clase dominante, ahora cada clase oprimida es tanto más excluida del genio, tanto más objeto de la cólera desencadenada de nuestro desconocido reformador, en cuanto está más oprimida. Así sucede con los pobres. Pero su noble cólera moral alcanza su punto culminante cuando se trata de individuos enteramente innobles e infames, «pillos» o sea, criminales. De ellos se trata en el folleto consagrado a las prisiones modelos. Este folleto sólo se distingue del primero por su mayor furor, y tanto más cuanto que está dirigido contra lo que rechaza oficialmente la sociedad existente: contra personas tenidas tras los barrotes. Un furor que ha renunciado incluso al débil pudor que pregonan aún, por conveniencia, los burgueses ordinarios. Lo mismo que en su primer panfleto establece una jerarquía completa de los nobles y se lanza a la busca del más noble entre los nobles, Carlyle establece aquí una jerarquía igualmente completa de pillos y de infames y se esfuerza en poner la mano sobre el más malvado de los malvados, sobre el mayor pillo de Inglaterra, para tener la voluptuosidad de colgarlo. Supongamos que lo atrapa y que lo cuelga; viene luego otro a ser el más malvado, y debe ser, a su vez, colgado; luego otro, y así hasta que se llega a los nobles; luego a los más nobles, y ya no queda nadie, salvo Carlyle, el más noble, que al perseguir a los pillos deviene el asesino de los nobles, y que ha asesinado, además, en los pillos lo que tenían de noble; el más noble de los nobles que deviene, a veces, el más infame de los pillos y, como tal, debe colgarse él mismo. Así se resolverían todos los problemas relativos al gobierno, al Estado, a la organización del trabajo, a la jerarquía de los nobles, y la ley eterna de la naturaleza se realizaría al fin.

4 Los héroes y el culto a los héroes.

5 Personaje de la novela de Dickens Martin Chuzzlewit. Prototipo del pequeñoburgués de la época victoriana, cuyos rasgos sobresalientes son el egoísmo, la hipocresía y la cobardía. 6 Jean-Paul Richter (1763-1825): Poeta y novelista alemán, autor de las novelas Hespérus y La vida de Quintus Pixlein. 7 Panfletos del último día.

C. Marx -F. Engels: «Thomas Carlyle: Panfletos del último día, núm. 1: El tiempo presente, núm.

2: Prisiones Modelos», Londres, 1850. F.

Mehring: La herencia literaria de Marx, Engels y Lassalle, tomo III, pp. 414-426, Stuttgart, 1913.

Las jeremiadas del socialismo feudal Por su situación histórica, las aristocracias inglesa y francesa se vieron llamadas a escribir panfletos contra la sociedad burguesa moderna. En la revolución francesa de julio de 1830, en el movimiento inglés por la reforma, habían sucumbido, una vez más, bajo los golpes del aborrecido advenedizo. De ellas no podía esperarse una lucha política seria. No les quedaba más que la lucha literaria. Mas, incluso en el dominio literario, la vieja fraseología de la Restauración se había hecho imposible. Para crearse simpatías, se necesitaba que la aristocracia aparentara perder de vista sus intereses propios y dirigir su acta de acusación contra la burguesía, por el solo interés de la clase obrera explotada. Se agenciaba de tal suerte la satisfacción de canturrear burlonamente a su nuevo amo y osar zumbarle en las orejas con profecías de muy mal augurio.

Así nació el socialismo feudal, mezcla de jeremiadas y de pasquinadas, de reminiscencias del pasado y de amenazas del porvenir. Si, a veces, su crítica amarga, mordaz e ingeniosa, golpeaba a la burguesía en el corazón, su impotencia absoluta para comprender la marcha de la historia moderna la ha cubierto constantemente de ridículo. A guisa de bandera, estos señores enarbolaban la alforja del mendigo para agrupar tras ellos al pueblo. Mas tan pronto el pueblo les seguía el paso, percibía sobre el trasero de esos señores los viejos blasones feudales y se dispersaba con grandes carcajadas irreverentes.