El señor Guizot ve dos razones particulares por las cuales la Revolución inglesa tomó un curso más favorable que la francesa: primero, porque la Revolución inglesa fue de carácter profundamente religioso y por tanto de ningún modo rompió con todas las tradiciones del pasado; segundo, porque desde su inicio mismo no actuó de manera destructiva sino conservadora, y el Parlamento defendió las viejas leyes vigentes contra las usurpaciones de la Corona.

En cuanto al primer punto, el señor Guizot olvida que el librepensamiento, que tanto le horroriza en la Revolución francesa, no fue llevado a Francia desde otro país que Inglaterra. Locke fue su padre, y con Shaftesbury y Bolingbroke asumió esa forma aguda y espiritual que luego se desarrolló tan brillantemente en Francia. Llegamos así a la curiosa conclusión de que el librepensamiento en el que, según el señor Guizot, naufragó la Revolución francesa, fue uno de los productos más esenciales de la religiosa Revolución inglesa.

En lo que respecta al segundo punto, el señor Guizot olvida por completo que la Revolución francesa comenzó de manera tan conservadora como la inglesa, de hecho mucho más. El absolutismo, particularmente tal como se manifestó finalmente en Francia, fue aquí también una innovación, y fue contra esta innovación contra la que se alzaron los parlamentos y defendieron las viejas leyes, los *us et coutumes* de la vieja monarquía basada en los estamentos. Mientras que el primer paso de la Revolución francesa fue la resurrección de los Estados Generales, que habían permanecido inactivos desde Enrique IV y Luis XIII, ningún hecho de conservadurismo clásico igual puede encontrarse en la Revolución inglesa.

Según el señor Guizot, el principal resultado de la Revolución inglesa fue que el Rey fue puesto en una posición en la que no podía gobernar contra la voluntad del Parlamento, particularmente de la Cámara de los Comunes. Toda la revolución consistió en que ambos bandos, la Corona y el Parlamento, se excedieron en el comienzo y fueron demasiado lejos hasta que al fin, bajo Guillermo III, encontraron el equilibrio correcto y se neutralizaron mutuamente. El señor Guizot considera superfluo mencionar que la subordinación de la monarquía al Parlamento fue su subordinación al dominio de una clase. No necesita, por tanto, entrar en los detalles de cómo esta clase adquirió el poder necesario para convertir finalmente a la Corona en su servidora. En su opinión, las únicas cuestiones implicadas en toda la lucha entre Carlos I y el Parlamento eran prerrogativas puramente políticas. Ni una palabra sobre la razón por la cual el Parlamento y la clase representada en él necesitaban estas prerrogativas. Igualmente poco tiene que decir sobre la interferencia directa de Carlos I en la libre competencia, que ponía en peligro el comercio y la industria de Inglaterra cada vez más; o sobre su dependencia del Parlamento, la cual, debido a sus constantes apuros financieros, se volvía tanto mayor cuanto más buscaba desafiar al Parlamento. De ahí que la única explicación que puede encontrar para toda la revolución sea la malevolencia y el fanatismo religioso de alborotadores individuales que no se conformaban con una libertad moderada. Tampoco puede el señor Guizot ilustrarnos sobre la conexión entre el movimiento religioso y el desarrollo de la sociedad burguesa. La república, también, es naturalmente solo la obra de unas pocas personas ambiciosas, fanáticas y malintencionadas. Que aproximadamente al mismo tiempo se hicieran intentos de establecer una república igualmente en Lisboa, Nápoles y Messina, inspirados asimismo, como en Inglaterra, en Holanda, es un hecho que omite mencionar por completo. Aunque el señor Guizot nunca pierde de vista la Revolución francesa, ni siquiera extrae la simple conclusión de que en todas partes la transición de la monarquía absoluta a la monarquía constitucional se efectúa solo después de luchas feroces y después de pasar por una forma republicana de gobierno, y que incluso entonces la vieja dinastía, habiéndose vuelto inútil, tiene que ceder el paso a una línea colateral usurpadora. La única información que puede darnos sobre el derrocamiento de la monarquía inglesa restaurada consiste en los lugares comunes más triviales. Ni siquiera menciona sus causas inmediatas: el temor de los nuevos grandes propietarios territoriales creados por la Reforma de que el catolicismo pudiera ser restablecido, en cuyo caso naturalmente habrían tenido que devolver todas las tierras de las que habían despojado a la Iglesia —procedimiento en el cual siete décimas partes de toda la superficie de Inglaterra habrían cambiado de manos—; el pavor de la burguesía comercial e industrial ante el catolicismo, que de ningún modo convenía a sus intereses; la despreocupación con la que los Estuardo, para su propio beneficio y el de la aristocracia cortesana, vendieron toda la industria inglesa, así como el comercio, al gobierno de Francia, es decir, al único país que en ese momento competía peligrosamente, y en muchos aspectos con éxito, con los ingleses, etc. Como el señor Guizot omite en todas partes los puntos más importantes, todo lo que le queda es una narración de lo más inadecuada y banal de meros acontecimientos políticos.

El gran enigma para el señor Guizot, aquel para el que solo ve una explicación en la inteligencia superior de los ingleses, el enigma del conservadurismo de la Revolución inglesa, es la alianza persistente de la burguesía con la mayoría de los grandes propietarios territoriales, una alianza que distingue esencialmente la Revolución inglesa de la francesa, que eliminó la gran propiedad territorial mediante el parcelamiento. Esta clase de grandes propietarios territoriales aliada con la burguesía —que, dicho sea de paso, surgió ya bajo Enrique VIII— no se encontraba en contradicción con las condiciones de existencia de la burguesía como lo estaba la propiedad territorial francesa en 1789, sino, por el contrario, en perfecta armonía con ellas. De hecho, sus propiedades territoriales no eran propiedad feudal sino burguesa. Por un lado, los propietarios territoriales suministraban a la burguesía industrial la fuerza de trabajo necesaria para hacer funcionar sus manufacturas y, por otro, estaban en condiciones de desarrollar la agricultura de acuerdo con el nivel de la industria y el comercio. De ahí sus intereses comunes con la burguesía; de ahí su alianza con ella.

Para el señor Guizot, la historia inglesa termina con la consolidación de la monarquía constitucional en Inglaterra. Para él, todo lo que siguió fue meramente un agradable juego de balancín entre tories y whigs, algo semejante al gran debate entre el señor Guizot y el señor Thiers. En realidad, sin embargo, fue solo con la consolidación de la monarquía constitucional cuando comenzó el desarrollo a gran escala y la transformación de la sociedad burguesa en Inglaterra. Donde el señor Guizot solo ve tranquila calma y paz idílica, en realidad se estaban desarrollando los conflictos más violentos, las revoluciones más radicales. Fue bajo la monarquía constitucional cuando la manufactura se desarrolló primero hasta una extensión hasta entonces desconocida, para dejar paso, posteriormente, a la gran industria, la máquina de vapor y las gigantescas fábricas. Clases enteras de la población desaparecen, y otras nuevas con nuevas condiciones de existencia y nuevas necesidades ocupan su lugar. Surge una nueva burguesía, más colosal. Mientras la vieja burguesía combate la Revolución francesa, la nueva conquista el mercado mundial. Se vuelve tan omnipotente que incluso antes de que la Reform Bill ponga el poder político directo en sus manos, obliga a sus adversarios a aprobar leyes casi exclusivamente en su interés y según sus necesidades. Gana para sí la representación directa en el Parlamento y la utiliza para destruir los últimos restos de poder real que retiene la propiedad territorial. Por último, está empeñada actualmente en demoler por completo el hermoso edificio de la constitución inglesa que tanto admira el señor Guizot.

Mientras el señor Guizot felicita a los ingleses por el hecho de que en su país las detestables excrecencias de la vida social francesa —el republicanismo y el socialismo— no han sacudido los cimientos de la monarquía, la única fuente de salvación, los antagonismos de clase en la sociedad inglesa se han vuelto más agudos que en ningún otro país. Aquí, a una burguesía poseedora de una riqueza y unas fuerzas productivas sin igual se opone un proletariado cuya fuerza y concentración son igualmente sin igual. Así, lo que el señor Guizot reconoce en Inglaterra viene a reducirse finalmente a esto: que aquí, bajo la protección de la monarquía constitucional, se han desarrollado elementos de revolución social mucho más numerosos y mucho más radicales que en todos los demás países del mundo juntos.

Cuando los hilos del desarrollo en Inglaterra se enredan en un nudo que ya no puede cortar, ni siquiera en apariencia, con meras frases políticas, el señor Guizot recurre a frases religiosas, a la intervención armada de Dios. Así, por ejemplo, el espíritu del Señor desciende de repente sobre el ejército e impide que Cromwell se proclame rey, etc., etc. Desde su conciencia, Guizot busca seguridad en Dios; desde el público profano, en su estilo.

Efectivamente, no solo *les rois s’en vont*, sino también *les capacités de la bourgeoisie s’en vont*.

Karl Marx y Frederick Engels

RESEÑA
(Enero-Febrero de 1850)

*A tout seigneur, tout honneur.* Comencemos por Prusia.

El Rey de Prusia hace todo lo posible por empujar la situación actual de acuerdo tibio, de compromiso inadecuado, hacia una crisis. Otorga una constitución y, tras varios contratiempos, crea dos Cámaras que revisan esta constitución. Justamente para que la constitución pueda parecer lo más aceptable posible a la Corona, las Cámaras eliminan cada artículo que pudiera de algún modo ser objetable para ella, y creen que ahora el Rey confirmará la constitución con su juramento de inmediato. Pero al contrario. A fin de dar a las Cámaras una prueba de su “escrupulosidad real”, Federico Guillermo publica un anuncio en el que hace nuevas propuestas para la mejora de la constitución, propuestas cuya aceptación privaría a dicho documento incluso del menor rastro de la más insignificante de las llamadas garantías civiles constitucionales. El Rey espera que las Cámaras rechacen estas propuestas —al contrario. Si las Cámaras habían sido defraudadas por la Corona, ahora se aseguraron de que la Corona fuera defraudada por ellas. Lo aceptan todo: cámara de los pares y tribunales extraordinarios, Landsturm y vinculación, meramente para no ser enviadas a casa, meramente para obligar al Rey al fin a prestar un solemne juramento “corporal”. Así es como un burgués constitucional prusiano toma su venganza.

Al Rey le resultará difícil inventar una humillación que pueda parecer demasiado dura para estas Cámaras. Se sentirá finalmente obligado a declarar que “cuanto más sagrado tiene el juramento que ha de prestar, tanto más se presentan ante su alma los deberes que Dios le ha impuesto para con la patria amada”, y tanto menos le permite su “escrupulosidad real” confirmar mediante juramento una constitución que le ofrece todo a él, pero nada al país.

Los señores de la difunta “Dieta Unida”, que ahora se encuentran de nuevo juntos en las Cámaras, tienen tanto miedo de ser empujados de vuelta a su vieja situación, tal como era antes del 18 de marzo, porque entonces tendrían de nuevo ante sí la revolución, que esta vez no les traerá rosas. Es más, en 1847 todavía pudieron negar el préstamo para el supuesto ferrocarril oriental, mientras que en 1849 primero concedieron efectivamente al gobierno el préstamo en cuestión, y después plantearon humildísimamente al gobierno la cuestión del derecho teórico a conceder el dinero.

Mientras tanto, la burguesía fuera de las Cámaras se deleita con las decisiones de los jurados que absuelven a los acusados de delitos políticos, demostrando así su oposición al gobierno. En estos procesos, por un lado el gobierno y por el otro la democracia representada por los acusados y el público, se desacreditan a intervalos regulares. Recordamos a nuestros lectores el proceso del «siempre constitucional» Waldeck, el proceso en Tréveris, etc.

Cuando el viejo Arndt pregunta: «¿Cuál es la patria de un alemán?», Federico Guillermo IV responde: Erfurt. No fue muy difícil parodiar la Ilíada en la Batracomiomaquia, pero hasta ahora nadie se ha atrevido a contemplar una parodia de la Batracomiomaquia. El Plan de Erfurt logra parodiar incluso la batalla de las ranas y los ratones de la propia Iglesia de San Pablo. Es, desde luego, completamente irrelevante si la increíble asamblea de Erfurt se reúne de hecho o si el zar ortodoxo lo prohíbe, tan irrelevante como la protesta contra su competencia, al emitir la cual el señor Vogt llegará sin duda a un acuerdo con el señor Venedey. Todo este invento sólo interesa a esos profundos políticos para cuyos artículos de fondo la cuestión de una «Gran Alemania» o una «Pequeña Alemania» era una mina tan rica como indispensable, y a esos burgueses prusianos que viven en la consoladora creencia de que el rey de Prusia lo concederá todo en Erfurt precisamente porque lo ha negado todo en Berlín.

Si la «Asamblea Nacional» de Fráncfort ha de reflejarse más o menos fielmente en Erfurt, entonces la vieja Dieta Federal renacerá en el «Interin» y, simultáneamente, reducida a su más simple expresión, a una comisión federal austro-prusiana. El Interin ya se ha materializado en Wurtemberg y en breve se materializará en Mecklemburgo y Schleswig-Holstein.

Mientras que Prusia ha podido durante mucho tiempo reunir su presupuesto mediante emisiones de papel moneda, empréstitos subrepticios de la Seehandlung y los restos del tesoro estatal, y sólo ahora se ha precipitado por la vía de los empréstitos públicos, en Austria la bancarrota estatal está en plena floración. Un déficit de 155 millones de florines en los primeros nueve meses del año 1849, que con toda seguridad habrá aumentado a 210-220 millones para finales de diciembre; la ruina total del crédito estatal dentro y fuera del país tras el estrepitoso fracaso del intento de obtener un nuevo empréstito; el agotamiento total de los recursos financieros internos: impuestos ordinarios, contribuciones, emisiones de papel moneda; la necesidad de imponer nuevos y desesperados impuestos a un país ya completamente succionado, impuestos que, como puede preverse, no serán pagados: he aquí los rasgos principales en los que la desnuda necesidad financiera se manifiesta en Austria. Simultáneamente, la decadencia del organismo estatal austríaco progresa cada vez más rápidamente. En vano el gobierno la contrarresta mediante centralizaciones convulsivas; la desorganización ya ha alcanzado las extremidades más alejadas del organismo estatal, y Austria se está volviendo intolerable incluso para las nacionalidades más bárbaras, para los pilares principales de la vieja Austria, para los eslavos meridionales en Dalmacia, Croacia y el Banato, los «fieles» fronterizos. Sólo queda un acto de desesperación que ofrece una ligera posibilidad de salvación: una guerra exterior; esta guerra exterior a la que Austria está siendo impulsada irresistiblemente debe completar rápidamente su disolución total.

Tampoco Rusia ha resultado ser lo bastante rica para pagar su fama, la cual, para colmo, ha tenido que comprar al contado. A pesar de las tan cacareadas minas de oro de los Urales y el Altái, a pesar de los inagotables tesoros en las bóvedas de la fortaleza de Pedro y Pablo, a pesar de las compras de rentas en Londres y París, realizadas supuestamente con un excedente de dinero, el zar ortodoxo se ve obligado no sólo a retirar 5.000.000 de rublos de plata, con toda clase de falsos pretextos, de los depósitos de metal que reposan en la fortaleza de Pedro y Pablo como garantía de su papel moneda, y a ordenar la venta de sus rentas en la Bolsa de París, sino también a pedir a la incrédula City de Londres un adelanto de 30 millones de rublos de plata.

Rusia se ha implicado tan profundamente en la política europea a causa de los movimientos de los años 1848 y 1849, que tendrá que ejecutar sus viejos planes contra Turquía, contra Constantinopla, «la llave de su casa», tan rápidamente como pueda, si no han de volverse para siempre imposibles de ejecutar. El avance de la contrarrevolución y el poder cada día creciente del partido revolucionario en Europa occidental, la situación interna de la propia Rusia y el mal estado de sus finanzas la están empujando a una acción rápida. Hemos visto recientemente el preludio diplomático de este nuevo drama estatal oriental; dentro de unos meses presenciaremos el drama mismo.

La guerra contra Turquía es necesariamente una guerra europea. Tanto mejor para la Santa Rusia, a la que se le da así la oportunidad de obtener un firme punto de apoyo en Alemania, conduciendo allí enérgicamente a su término la contrarrevolución, ayudando a Prusia a conquistar Neuchâtel y, en última instancia, marchando sobre el centro de la revolución, sobre París.

En una guerra europea de este tipo, Inglaterra no puede permanecer neutral. Debe tomar partido contra Rusia. Y para Rusia, Inglaterra es, con mucho, el antagonista más peligroso. Si los ejércitos terrestres del continente no pueden sino debilitarse cada vez más al tener que desplegarse más cuanto más se internan en Rusia, y si su avance, so pena de una repetición de 1812, tiene que detenerse casi por completo en la frontera oriental de la antigua Polonia, Inglaterra dispone de los medios para atacar a Rusia en sus flancos más vulnerables. Aparte de que puede obligar a Suecia a reconquistar Finlandia, San Petersburgo y Odesa están indefensos ante su marina. La marina rusa es notoriamente la peor del mundo, y Kronstadt y Schlisselburg son tan vulnerables a ser capturadas como Saint-Jean d’Acre y San Juan de Ulúa. Y una Rusia sin San Petersburgo ni Odesa es un gigante con las manos cortadas. Es más, Rusia no puede prescindir de Inglaterra para la venta de sus materias primas ni para la compra de productos industriales por ni siquiera seis meses, cosa que se puso claramente de manifiesto en la época del bloqueo continental de Napoleón, pero que ahora es el caso en un grado mucho mayor. El corte del mercado inglés provocaría en pocos meses las convulsiones más violentas en Rusia. Inglaterra, por el contrario, no sólo puede prescindir del mercado ruso durante un tiempo, sino que además puede obtener de otros mercados todas las materias primas rusas. Puede verse que la temida Rusia no es, en modo alguno, tan peligrosa. Sin embargo, tiene que adoptar una forma tan aterradora para el burgués alemán, puesto que controla directamente a sus príncipes y puesto que sospecha, con toda razón, que las hordas bárbaras de Rusia no tardarán en inundar Alemania y, en cierta medida, representar allí un papel mesiánico.

La actitud de Suiza hacia la Santa Alianza en general se asemeja a la de las Cámaras prusianas hacia su rey en particular. Sólo que Suiza tiene detrás un chivo expiatorio adicional al que puede transmitir, duplicados o triplicados, todos los golpes que recibe de la Santa Alianza, un chivo expiatorio que además está indefenso y completamente abandonado a su favor o disfavor: los refugiados alemanes. Es cierto que una sección de los suizos «radicales» en Ginebra, en Vaud y en Berna ha protestado contra la política cobarde del Consejo Federal —cobarde tanto respecto a la Santa Alianza como respecto a los refugiados—; sin embargo, es igualmente cierto que el Consejo Federal tenía razón al sostener que su política era «la de la inmensa mayoría del pueblo suizo». En medio de todo esto, la Autoridad Central continúa con toda tranquilidad llevando a cabo pequeñas reformas burguesas en el interior: centralización de aduanas, de la moneda, del correo, de pesas y medidas; reformas que le aseguran el aplauso de la pequeña burguesía. Por supuesto, no se atreve a ejecutar su decisión relativa a la derogación de los acuerdos de reclutamiento militar, y los hombres de los cantones primitivos siguen acudiendo diariamente en tropel a Como para alistarse al servicio de Nápoles. Pero a pesar de toda su humildad y complacencia hacia la Santa Alianza, una tormenta fatal amenaza a Suiza. En el primer ímpetu de júbilo tras la guerra contra el Sonderbund y en plena euforia después de la Revolución de Febrero, los suizos, de otro modo tan tímidos, se dejaron tentar a cometer acciones imprudentes. Osaron la enormidad de querer ser al fin independientes; se dieron una nueva constitución en lugar de la garantizada por las potencias en 1814; reconocieron la independencia de Neuchâtel en contra de los tratados. Por ello serán castigados, a pesar de todas sus reverencias, su buena disposición y sus servicios policiales. Y una vez que se vea envuelta en la guerra europea, Suiza no se encontrará en la situación más agradable; si Suiza ha insultado a los santos aliados, por otra parte ha traicionado a la revolución.

En Francia, donde la propia burguesía dirige la reacción en su propio interés, y donde la forma republicana de gobierno permite a la reacción su desarrollo más libre y consecuente, la represión de la revolución se está ejecutando de la manera más desvergonzada y violenta. En el breve espacio de un mes se tomaron una tras otra las siguientes medidas: la restauración del impuesto sobre las bebidas, que consuma directamente la ruina de la mitad de la población rural, la circular d’Hautpoul, que nombra a los gendarmes espías incluso de los funcionarios civiles, la ley sobre los maestros de escuela, que declara que todos los maestros de enseñanza primaria están sujetos a la destitución arbitraria por los prefectos, la ley de educación, que entrega las escuelas a los curas, la ley de deportación, en la que la burguesía da rienda suelta a toda su reprimida sed de venganza contra los insurrectos de junio y, a falta de otro verdugo, los entrega al clima más mortífero de toda Argelia. Ni siquiera mencionaremos las innumerables deportaciones de incluso los extranjeros más inocentes, que no han cesado desde el 13 de junio.

El propósito de esta violenta reacción burguesa es, naturalmente, restaurar la monarquía. Sin embargo, la restauración monárquica se ve considerablemente obstaculizada por los diversos pretendientes mismos y por los partidos que tienen en el país. Los legitimistas y los orleanistas, los dos partidos monárquicos más fuertes, se contrapesan más o menos mutuamente; el tercer partido, los bonapartistas, es con mucho el más débil. Luis Napoleón, a pesar de sus siete millones de votos, no posee siquiera un partido real, sino simplemente una camarilla. Aunque la mayoría de la Cámara le presta un apoyo constante en la dirección general de la reacción, se ve abandonado tan pronto como emergen sus intereses particulares de pretendiente, abandonado no sólo por la mayoría sino también por sus ministros, quienes cada vez le desmienten y le obligan a declarar por escrito al día siguiente, a pesar de todo, que gozan de su confianza. Las disputas en las que se ve envuelto con la mayoría, por muy graves que puedan ser las consecuencias a las que conduzcan, hasta ahora no han sido, por esta razón, más que episodios cómicos en los que el Presidente de la República ha desempeñado siempre el papel de incauto. Huelga decir que en estas condiciones cada facción monárquica conspira con la Santa Alianza por iniciativa propia. La Assemblée nationale es lo bastante desvergonzada como para amenazar públicamente al pueblo con los rusos; ya hay sobradas pruebas de que Luis Napoleón está tramando algo con Nicolás.

En la misma medida en que avanza la reacción, crecen también naturalmente las fuerzas del partido revolucionario. La gran masa de la población rural, arruinada por las consecuencias del parcelamiento de la tierra, por la carga tributaria y por el carácter puramente fiscal de la mayoría de los impuestos, perjudicial incluso desde el punto de vista de la burguesía, defraudada por las promesas de Luis Napoleón y de los diputados reaccionarios, la masa de la población rural se ha arrojado en brazos del partido revolucionario y profesa un socialismo, ciertamente, en su mayor parte, todavía muy tosco y burgués. El temple revolucionario hasta de los departamentos más legitimistas lo prueba la última elección en el departamento del Gard, el centro del realismo y del “terror blanco” de 1815, donde fue elegido un rojo.* La pequeña burguesía, oprimida por el gran capital, que ha vuelto a adoptar exactamente la misma posición en el comercio y en la política que bajo Luis Felipe, ha seguido a la población rural. El viraje es tan marcado que hasta el traidor Marrast y el diario de los tenderos, el Siècle, han tenido que declararse socialistas. La posición de las distintas clases entre sí, de la cual las relaciones mutuas de los partidos políticos no son más que otra expresión, vuelve a ser casi exactamente la misma que el 22 de febrero de 1848. Sólo que ahora están en juego otras cuestiones, que los obreros son mucho más conscientes y, en particular, que una clase hasta ahora políticamente muerta, el campesinado, ha sido arrastrada al movimiento y ganada para la revolución.

En esto radica la necesidad, para la burguesía gobernante, de intentar abolir el sufragio universal lo más rápidamente posible; y en esta necesidad radica, a su vez, la certeza de la victoria inminente de la revolución, incluso haciendo abstracción de las circunstancias exteriores.

La tensión de la situación en general se expresa en el cómico proyecto de ley propuesto por el representante del pueblo Pradié, quien intenta, en aproximadamente 200 cláusulas, impedir los golpes de Estado y las revoluciones mediante un decreto de la Asamblea Nacional. Y la enorme falta de confianza que la alta finanza siente por el “orden” ahora aparentemente restaurado aquí y en otras capitales se puede ver en el hecho de que hace unos meses las diversas ramas de la casa Rothschild prorrogaron sus escrituras de sociedad por un solo año: un período de una brevedad sin precedentes en los anales del comercio en gran escala.

Mientras el continente se ha estado ocupando durante los dos últimos años de revoluciones, contrarrevoluciones y las inundaciones de retórica inseparables de éstas, la Inglaterra industrial ha estado traficando con un artículo muy distinto: la prosperidad. Aquí, la crisis comercial que estalló a su debido tiempo en el otoño de 1845 fue interrumpida dos veces: a principios de 1846 por las decisiones librecambistas del Parlamento, y a principios de 1848 por la Revolución de Febrero. Una cantidad de mercancías que deprimía los mercados de ultramar había ido encontrando gradualmente salida entre tanto. La Revolución de Febrero eliminó precisamente en esos mercados la competencia de la industria continental, mientras que la industria inglesa no perdió mucho más a causa de la perturbación del mercado continental de lo que habría perdido de todos modos en el desarrollo ulterior de la crisis. De esta manera, la Revolución de Febrero, al paralizar momentáneamente la industria continental de forma casi completa, ayudó a los ingleses a capear un año de crisis de manera bastante tolerable, contribuyó sustancialmente a despejar las existencias acumuladas de mercancías en los mercados de ultramar e hizo posible un nuevo ascenso industrial en la primavera de 1849. Este ascenso, que por lo demás se extendió a gran parte de la industria continental, ha alcanzado en los últimos tres meses un nivel tal que los fabricantes afirman no haber conocido nunca tiempos tan buenos, afirmación que siempre se hace en vísperas de una crisis. Las fábricas están sobrecargadas de pedidos y trabajan a ritmo acelerado; se buscan todos los medios para eludir la Ley de las Diez Horas y ganar nuevas horas de trabajo; se construyen nuevas fábricas en gran número en todas las partes de las regiones industriales, y las viejas se amplían. El dinero afluye al mercado, el capital ocioso quiere aprovechar la ocasión del beneficio universal; la especulación rebosa de operaciones de descuento, que se lanza a la producción o al comercio de materias primas, y casi todos los artículos muestran un alza absoluta y todos un alza relativa de precio. En una palabra, Inglaterra goza de la “prosperidad” en su flor más espléndida, y la única cuestión es cuánto durará esta embriaguez. No mucho tiempo, en todo caso. Varios de los mercados más grandes, en particular la India Oriental, están ya casi atiborrados; la exportación es ya menos favorable a los mercados realmente grandes que a los emporios del comercio mundial, desde donde las mercancías pueden dirigirse a los mercados más ventajosos. Pronto, los mercados que aún quedan, particularmente los de América del Norte y del Sur y Australia, estarán igualmente atiborrados, dadas las colosales fuerzas de producción que la industria inglesa añadió a las que ya tenía entre 1843 y 1845, en 1846 y 1847, y especialmente en 1849, y que aún se añaden diariamente. Y con los primeros informes de esta saturación, estallará el pánico simultáneamente en la especulación y en la producción, quizás ya hacia finales de la primavera, en julio o agosto a más tardar. Sin embargo, esta crisis, puesto que está destinada a coincidir con grandes colisiones en el continente, traerá resultados muy diferentes de los de todas las crisis anteriores. Mientras que cada crisis hasta ahora ha sido la señal para un nuevo avance, una nueva victoria de la burguesía industrial sobre la propiedad territorial y la burguesía financiera, esta crisis señalará el comienzo de la revolución inglesa moderna, una revolución en la que Cobden asumirá el papel de un Necker.

Y ahora llegamos a América. El acontecimiento más importante que ha ocurrido aquí, más importante incluso que la Revolución de Febrero, es el descubrimiento de las minas de oro de California. Ya ahora, después de apenas dieciocho meses, se puede predecir que este descubrimiento tendrá consecuencias mucho más impresionantes que el descubrimiento mismo de América. Durante trescientos treinta años, todo el comercio de Europa con el Océano Pacífico se ha realizado con la paciencia más conmovedora alrededor del Cabo de Buena Esperanza o del Cabo de Hornos. Todas las propuestas para cortar el istmo de Panamá han fracasado a causa de los mezquinos celos de las naciones comerciantes. Hace apenas dieciocho meses que se descubrieron las minas de oro de California, y los yanquis ya han empezado a trabajar en un ferrocarril, una gran carretera y un canal desde el Golfo de México; los barcos de vapor hacen ya viajes regulares de Nueva York a Chagres y de Panamá a San Francisco; el comercio del Pacífico empieza ya a concentrarse en Panamá y la ruta del Cabo de Hornos ha quedado obsoleta. Una costa de treinta grados de latitud, una de las más bellas y fértiles del mundo, hasta ahora prácticamente deshabitada, se está transformando visiblemente en un país rico y civilizado, densamente poblado por gentes de todas las razas, desde el yanqui hasta el chino, desde el negro hasta el indio y el malayo, desde el criollo y el mestizo hasta el europeo. Ríos de oro californiano se derraman sobre América y la costa asiática del Océano Pacífico, y arrastran a las naciones bárbaras más renuentes al comercio mundial, a la civilización. Por segunda vez, el comercio mundial toma una nueva dirección. El papel que desempeñaron Tiro, Cartago y Alejandría en la Antigüedad, y Génova y Venecia en la Edad Media, el papel que Londres y Liverpool han desempeñado hasta ahora —el de los emporios del comercio mundial— lo asumen ahora Nueva York y San Francisco, San Juan de Nicaragua y León, Chagres y Panamá. El centro de gravedad del comercio mundial, Italia en la Edad Media, Inglaterra en los tiempos modernos, es ahora la mitad meridional de la península norteamericana. La industria y el comercio de la vieja Europa tendrán que realizar enormes esfuerzos si no quieren caer en la misma decadencia que la industria y el comercio de Italia desde el siglo XVI, si Inglaterra y Francia no han de convertirse en lo que son hoy Venecia, Génova y Holanda. Dentro de pocos años tendremos un servicio regular de vapores-correo desde Inglaterra a Chagres y desde Chagres y San Francisco a Sydney, Cantón y Singapur. Gracias al oro californiano y a la incansable energía de los yanquis, ambas costas del Océano Pacífico estarán pronto tan pobladas, tan abiertas al comercio y tan industrializadas como lo está hoy la costa de Boston a Nueva Orleáns. Y entonces el Océano Pacífico desempeñará el mismo papel que hoy desempeña el Atlántico y que el Mediterráneo desempeñó en la Antigüedad y en la Edad Media: el de la gran vía acuática del comercio mundial; y el Atlántico decaerá al rango de un mar interior, como hoy el Mediterráneo. La única posibilidad que tienen las naciones civilizadas de Europa de no caer en la misma dependencia industrial, comercial y política a la que están reducidas hoy Italia, España y Portugal, radica en una revolución social que, mientras haya tiempo todavía, revolucione el modo de producción y el comercio de acuerdo con las necesidades de la producción mismas, tal como surgen de las modernas fuerzas productivas, haciendo así posible la creación de nuevas fuerzas productivas que aseguren la superioridad de la industria europea y compensen así las desventajas de su posición geográfica.

Y, finalmente, otra curiosidad característica de China, que el conocido misionero alemán Gützlaff ha traído consigo. La sobrepoblación lenta pero constantemente creciente en este país había hecho que las condiciones sociales fueran allí particularmente opresivas para la gran mayoría de la nación. Luego llegaron los ingleses y arrancaron para sí el libre comercio en cinco puertos. Miles de barcos ingleses y americanos navegaron hacia China, y en poco tiempo el país quedó atiborrado de baratas manufacturas industriales británicas y americanas. La industria china, dependiente del trabajo manual, sucumbió a la competencia de la máquina. El imperturbable Reino Medio fue sacudido por una crisis social. Los impuestos dejaron de entrar, el Estado llegó al borde de la bancarrota, la población se hundió en masa en el pauperismo, estalló en revueltas, se negó a reconocer a los mandarines del Emperador o a los sacerdotes de Fo, los maltrató y mató. El país llegó al borde de la ruina y se encuentra ya amenazado por una poderosa revolución. Pero lo peor estaba por venir. Entre la plebe sublevada aparecieron individuos que señalaban la pobreza de unos y la riqueza de otros, y que exigían, y siguen exigiendo, una distribución diferente de la propiedad e incluso la abolición completa de la propiedad privada. Cuando el señor Gützlaff volvió a encontrarse entre gentes civilizadas y europeos tras una ausencia de veinte años, oyó hablar de socialismo y preguntó qué podría ser aquello. Cuando se lo explicaron, exclamó horrorizado:

“¡Oh! ¿Es que en ninguna parte escaparé a esta perniciosa doctrina? ¡Desde hace ya algún tiempo, muchos de la chusma predican exactamente lo mismo en China!”

Ahora bien, el socialismo chino puede ciertamente guardar con el socialismo europeo la misma relación que la filosofía china con la filosofía hegeliana. No obstante, es un hecho gratificante que, en ocho años, los fardos de calicó de la burguesía inglesa hayan llevado al reino más antiguo e imperturbable de la tierra a la víspera de una convulsión social que, en todo caso, está destinada a tener los resultados más significativos para la civilización. Cuando nuestros reaccionarios europeos, en su huida actualmente inminente a través de Asia, lleguen por fin a la Gran Muralla china, a las puertas que conducen a la fortaleza de la archirreacción y el archiconservadurismo, quién sabe si no leerán sobre ellas la siguiente inscripción:

République française. Liberté, Égalité, Fraternité.