Colonia, 20 de enero de 1850

Al día siguiente de haberles enviado mi última correspondencia, llegó aquí la noticia del «arreglo de la cuestión» acerca de quién había de gobernar sobre toda Alemania. El «Interin», compuesto por dos delegados austriacos y dos prusianos, ha conseguido por fin convencer al viejo archiduque Juan para que se retire de los negocios. Han tomado, en consecuencia, las riendas de un poder que, sin embargo, no será de larga duración. Expira en el próximo mes de mayo, y hay buenas razones para esperar que, incluso antes de ese plazo, ciertos «acontecimientos adversos» arrastren a estos cuatro gobernantes provisionales de Alemania. Los nombres de estos cuatro satélites del despotismo militar son muy significativos. Austria ha enviado al señor Kübeck, ministro de Hacienda bajo Metternich, y al general Schönhals, la mano derecha del carnicero Radetzky. Prusia está representada por el general Radowitz, miembro de la orden de los jesuitas, favorito del rey e inventor principal de todas esas tramas mediante las cuales Prusia ha logrado, por el momento, aplastar la revolución alemana; y por el señor Bötticher, gobernador, antes de la revolución, de la provincia de Prusia Oriental, donde es recordado cariñosamente (?) como «represor» de reuniones públicas y organizador del sistema de espionaje. No necesitarán que les diga lo que hará semejante cuadrilla de bribones. Sólo mencionaré un ejemplo. El gobierno de Wurtemberg, forzado por la revolución, había contratado con el príncipe de Thurn y Taxis —quien, como saben, tiene el monopolio del transporte de cartas por correo y del traslado de pasajeros en gran parte de Alemania, con exclusión de los gobiernos—, el gobierno de Wurtemberg, digo, había contratado con ese bandolero a escala nacional ceder, a cambio de una suma considerable, su monopolio en favor de dicho gobierno. Habiendo mejorado los tiempos para quienes viven del saqueo nacional, el príncipe de Thurn y Taxis valora su monopolio por encima de la suma pactada y no quiere desprenderse de él. El gobierno de Wurtemberg, libre ya de la presión exterior, encuentra este cambio de opinión muy razonable; y ambas partes recurren —el príncipe públicamente, el gobierno arriba mencionado en secreto— al «Interin», el cual, so pretexto de un artículo de la antigua acta de 1815, declara el contrato nulo e ilegal. Todo esto está muy bien. Es mucho mejor que el señor Thurn y Taxis conserve su privilegio unos meses más; el pueblo, cuando acabe con todo el cúmulo de privilegios, se lo quitará no sólo sin darle nada, sino que, por el contrario, le obligará a devolver incluso el dinero que les ha robado hasta ahora.

El despotismo militar en Austria se vuelve cada día más intolerable. La prensa reducida casi a la aniquilación, todas las libertades públicas destruidas, el país entero pululando de espías —encarcelamientos, consejos de guerra, flagelaciones en todas partes del país—: éste es el significado práctico de esas constituciones provinciales que el gobierno publica de vez en cuando, y que no se preocupa en absoluto de violar en el mismo momento de su publicación. Sin embargo, todo tiene un fin, incluso los estados de sitio y el gobierno del sable. Los ejércitos cuestan dinero, y el dinero es algo que ni el más poderoso emperador puede crear a voluntad. El gobierno austriaco ha logrado, hasta ahora, mantener sus finanzas a flote mediante emisiones inmensas de papel moneda. Pero también esto tiene un límite; y a pesar de aquel teniente prusiano que en cierta ocasión quiso batirse conmigo en duelo porque le dije que un rey o un emperador no podía emitir tantos dólares de papel* como quisiera, —a pesar de ese profundo economista político, el Emperador de Austria? ve cómo su papel moneda, aunque inconvertible, se descuenta entre un veinte y un treinta por ciento con respecto a la plata, y casi un cincuenta por ciento con respecto al oro. El empréstito extranjero que proyectaba se ha venido abajo gracias a los esfuerzos del señor Cobden. Los capitalistas extranjeros han suscrito sólo 500.000 libras esterlinas, y él necesita quince veces esa suma; mientras que su país, exhausto, no puede prestarle nada. El déficit, que a fines del pasado septiembre era de quince millones y medio, habrá alcanzado ya entre veinte y veinticuatro millones, pues la mayor parte de los gastos de la guerra húngara eran pagaderos en el último trimestre de 1849. Así, a Austria no le queda más que una alternativa: la bancarrota, o una guerra exterior para que el ejército se pague a sí mismo y reconquiste el crédito comercial mediante batallas ganadas, provincias conquistadas y contribuciones de guerra impuestas. Así, el señor Cobden, al oponerse a los empréstitos austriaco y ruso? bajo el pretexto de preservar la paz, ha contribuido más que nadie —pues Rusia se encuentra en la misma situación embarazosa que Austria— a precipitar esa campaña coaligada contra la República Francesa que, de todos modos, no puede demorarse mucho más.

En Prusia asistimos a otro acto de «concienciosidad regia». Saben que Federico Guillermo IV, el hombre que jamás ha faltado a su palabra, dispersó por la fuerza en noviembre de 1848 la representación nacional e impuso a su pueblo una constitución a su antojo; que convino en que esta hermosa obra de artesanía fuera revisada por el primer parlamento que se reuniera; que en ese parlamento la Segunda Cámara (Cámara de los Comunes) fue disuelta, incluso antes de que llegaran a la tarea de revisión, y se impuso al pueblo otra reforma electoral, mediante la cual se eliminó muy elegantemente el sufragio universal y se aseguró una mayoría de nobleza terrateniente, funcionarios del gobierno y burgueses. Esta Cámara, por cuya elección se negó a votar todo demócrata, de manera que ha sido elegida por una quinta o una sexta parte del total de los electores, —esta Cámara, en unión con la vieja Primera Cámara, emprendió la revisión de la Constitución y la ha vuelto, por supuesto, aún más grata al rey de lo que él mismo la había hecho en un principio. Ya casi han terminado con ella. Ahora pensarán ustedes que Su Majestad se dignará aceptar esta Constitución enmendada y prestar el juramento prescrito en ella. Pues no, en verdad. Envía a su fiel parlamento un mensaje regio, manifestando que está sumamente satisfecho con lo que sus dos Cámaras han hecho de su Constitución, pero que, antes de que su «concienciosidad regia» le permita prestar el juramento antedicho, su propia Constitución debe ser modificada en alrededor de una docena de puntos. ¿Y cuáles son esos puntos? Pues bien, Su Majestad es lo bastante modesto para no exigir más que las siguientes bagatelas. 1. La Primera Cámara, ahora elegida por los grandes terratenientes y capitalistas, se convierta en una completa Cámara de los Lores, que contenga a los príncipes de la sangre, alrededor de cien pares hereditarios nombrados por Su Majestad, sesenta pares elegidos por los grandes propietarios territoriales, treinta por los grandes intereses dinerarios y seis por las universidades. 2. Que los ministros sean responsables ante el rey y el país, no ante el parlamento. 3. Todos los impuestos actualmente consignados en el presupuesto se perciban para siempre, sin que el parlamento tenga facultad para negarlos. 4. Una «Cámara Estrellada», o Tribunal Superior de Justicia, para juzgar los delitos políticos —sin hacer mención de jurados—. 5. Una ley especial que defina y restrinja los poderes de la Segunda Cámara del parlamento, etc. Ahora bien, ¿qué piensan ustedes de esto? Su Majestad impone a los buenos prusianos una nueva Constitución, para que sea enmendada por el parlamento. Su parlamento la enmienda eliminando todo lo que se asemeje a un resto de derechos populares. Y el rey, no contento con eso, declara que su «concienciosidad regia» le prohíbe aceptar su propia Constitución, enmendada en su propio interés, sin las ulteriores modificaciones antedichas. ¡Verdaderamente, ésta es una concienciosidad auténticamente «regia»! Hay pocas probabilidades de que incluso este parlamento de pacotilla se pliegue a tal insolencia. La consecuencia será la disolución, y el fin momentáneo de todos los parlamentos en Prusia. El secreto de todo esto es la expectativa de la gran guerra de coalición antes mencionada. El «concienzudo» caballero del trono de Prusia espera que su país rebelde sea invadido hacia marzo o abril por un millón de bárbaros asiáticos, para marchar, junto con «su propio glorioso ejército», contra París, a fin de conquistar esa hermosa tierra que produce el champán que tanto le deleita el corazón. Y una vez liquidada la República, restaurado en el trono de Francia el vástago de San Luis, ¿de qué servirían ya las constituciones y los parlamentos en casa?

Mientras tanto, el espíritu revolucionario revive rápidamente en toda Alemania. El más empedernido ex liberal que, después de marzo de 1848, se unió al rey para combatir al pueblo, ve ahora que —como dice el refrán en Alemania— aunque sólo le dio al diablo la punta del dedo meñique, ese caballero le ha agarrado ya toda la mano. Las constantes absoluciones por jurados en los procesos políticos son la mejor prueba de ello. Cada día trae un nuevo hecho en ese sentido. Así, hace pocos días, los obreros de Mülheim —que en mayo de 1849 arrancaron las vías del ferrocarril para impedir el envío de tropas a Elberfeld sublevado— han sido absueltos aquí en Colonia. En el sur de Alemania, las dificultades financieras y los impuestos acrecentados muestran a todo burgués que la situación actual no puede durar. En Baden, los mismos burgueses que traicionaron la última insurrección y saludaron con júbilo la llegada de los prusianos, son castigados y llevados a la desesperación por esos mismos prusianos y por el gobierno, que bajo su protección los empuja a la ruina y a la desesperanza. Y los obreros y campesinos en todas partes están en alerta, aguardando la señal de una insurrección que, esta vez, no cesará hasta que se hayan asegurado el dominio político y el progreso social de los proletarios. Y esta revolución se aproxima.

III