Doy por sentado que toda revolución parisina victoriosa en 1852 desembocará inmediatamente en una guerra de la Santa Alianza contra Francia. Esta guerra será muy distinta de la de 1792-1794, y los acontecimientos que se produjeron en aquella época no pueden en modo alguno servir de paralelo.

I

Los milagros de la Convención en la derrota militar de la Coalición quedan muy reducidos si se examinan de cerca, y el desprecio de Napoleón por los catorce ejércitos de la Convención es comprensible y, en muchos aspectos, incluso justificado; Napoleón solía decir que el papel principal correspondió a los errores de la Coalición, lo cual es muy cierto, e incluso en Santa Elena seguía considerando a Carnot una mediocridad.

En agosto de 1792, 90.000 prusianos y austríacos cayeron sobre Francia. El rey de Prusia?<sup>?</sup> quería marchar directamente sobre París, pero Brunswick y los generales austríacos no lo deseaban. No había unidad de mando; a veces vacilaciones, a veces avances rápidos, los planes cambiando constantemente. Después de que los aliados atravesaran los desfiladeros del Argonne, se les opuso Dumouriez en Valmy y St. Menehould. Pudieron haberlo flanqueado y dejarlo donde estaba; él habría tenido que seguirlos hasta París, y con un proceder medianamente sensato no habría representado peligro alguno para ellos, ni siquiera en la retaguardia. Pero también podían haber actuado con mayor seguridad y derrotarlo en batalla, lo que no era difícil ya que disponían de más y mejores tropas, como admiten los propios franceses. En lugar de ello, desencadenaron la ridícula cañoneo de Valmy, donde durante la batalla, e incluso durante el ataque de las columnas, más de una vez los generales pasaron de una actitud audaz a otra vacilante. Los dos ataques en sí fueron lamentables en cuanto a masa, vigor y espíritu.<sup>©</sup> No fueron los soldados los culpables, sino las vacilaciones en el mando; los ataques apenas merecían ese nombre, fueron a lo sumo demostraciones. Un avance resuelto en toda la línea habría derribado con toda seguridad a los voluntarios franceses y a los regimientos desmoralizados. Después de la batalla, los aliados permanecieron de nuevo donde estaban sin saber qué hacer, hasta que los soldados enfermaron.

En la campaña de Jemappes, Dumouriez triunfó porque, al principio y de forma casi instintiva, opuso una concentración masiva de fuerzas al sistema austríaco de cordones y frentes interminables (de Ostende al Mosa).<sup>**</sup> En la primavera siguiente, sin embargo, cometió el mismo error —por su capricho de querer conquistar Holanda—; los austríacos, en cambio, avanzaron en formación concentrada; el resultado fue la batalla de Neerwinden y la pérdida de Bélgica.<sup>**</sup> En Neerwinden, y particularmente también en los combates menores de esta campaña, se vio que cuando los voluntarios franceses, esos héroes tan cacareados, no estaban constantemente bajo la mirada de Dumouriez, no luchaban mejor que la «milicia popular» sudalemana de 1849.

Luego, además, Dumouriez desertó, la Vendée se sublevó, el ejército quedó dividido y desanimado, y si los 130.000 austríacos y británicos hubieran marchado resueltamente sobre París, la revolución habría quebrado y París conquistado —exactamente como el año anterior, si no se hubieran cometido semejantes estupideces. En lugar de ello, estos señores pusieron sitio a las fortalezas y se dedicaron a obtener las más mínimas ventajas *en détail*, una tras otra, con el mayor despliegue de pedantería estratégica, y malgastaron seis meses enteros.

El ejército francés, que aún se mantenía unido después de la deserción de Lafayette, puede estimarse en 120.000 hombres, y los voluntarios de 1792 en 60.000. En marzo de 1793 se reclutaron 300.000 hombres. Por lo tanto, en agosto, cuando se decretó la *levée en masse*, el ejército francés debía de tener al menos 300.000-350.000 efectivos. La *levée en masse* lo incrementó en unos 700.000. Teniendo en cuenta todas las deducciones, a principios de 1794 los franceses pusieron en el campo contra la Coalición a unos 750.000 hombres, bastante más de los que la Coalición desplegó contra Francia.

De abril de 1793 a octubre, los franceses fueron derrotados en todas partes, sólo que los golpes no tuvieron efecto decisivo gracias a las demoras sistemáticas de la Coalición. A partir de octubre se sucedieron los éxitos alternos. En invierno se suspendió la campaña, en la primavera de 1794 las *levées en masse* entraron en línea de batalla con pleno efecto; el resultado fueron victorias en todos los frentes en mayo, hasta que finalmente en junio la victoria de Fleurus decidió la suerte de la revolución.<sup>*</sup>

Por lo tanto, la Convención, y el Ministerio del 10 de agosto que la precedió, tuvieron tiempo suficiente para armarse. Desde el 10 de agosto de 1792 hasta marzo de 1793 no ocurrió nada —los voluntarios apenas cuentan—. En marzo de 1793, los 300.000 hombres fueron reclutados —desde entonces hasta marzo siguiente la Convención dispuso de tiempo y libertad sobrados para armarse, todo un año, durante diez meses del cual el partido revolucionario quedó libre de todos los obstáculos con el derrocamiento de los girondinos. Y en un país de 25 millones de habitantes, con la proporción normal de población apta para las armas, cuando se disponía de un año entero, no hacía falta un milagro para movilizar a un millón de soldados, 750.000 de ellos combatientes activos (el 3 por ciento de la población), frente a un enemigo extranjero, por novedoso que fuera en aquella época.

Con la excepción de la Vendée, considero que las revueltas internas carecen de importancia desde el punto de vista militar. Salvo Lyon y Tolón, fueron sofocadas en seis semanas sin que se disparara un tiro. Lyon fue tomada por las *levées en masse*, Tolón gracias a la incursión fulminante de Napoleón mediante un asalto resuelto y a los errores de los defensores.

Los 750.000 hombres que en 1794 se lanzaron contra la Coalición incluían al menos 100.000 viejos soldados de la monarquía y 150.000 soldados más, procedentes en parte de los voluntarios y en parte de la leva de 300.000, que se habían acostumbrado a la guerra en combates continuos durante dieciocho o doce meses respectivamente. Además, al menos la mitad de los 500.000 nuevos reclutas ya habían participado en los combates de septiembre, octubre y noviembre de 1793, y el más joven de ellos debía de llevar al menos tres meses en los batallones cuando se les condujo contra el enemigo. En su campaña de España, Napoleón estimó en 3-4 semanas el tiempo necesario para el adiestramiento: la *école de bataillon*.<sup>*</sup> Sin contar a los suboficiales y oficiales de estado mayor, que en aquella época eran por término medio ciertamente mejores en las fuerzas de la Coalición, el ejército francés de 1794, gracias al tiempo que se le concedió para organizarse y al sistema de combate eternamente inconcluyente de los aliados —sistema que desmoraliza a un ejército probado y particularmente agresivo, y que disciplina al del enemigo, si éste es un ejército joven y está a la defensiva, y lo acostumbra a la guerra—, el ejército francés de 1794 no era, pues, una banda de voluntarios bisoños, ruidosos y entusiastas dispuestos a «morir por la República», sino un ejército muy decente,<sup>?</sup> ciertamente a la altura del enemigo. En 1794, los generales franceses eran en cualquier caso muy superiores, aunque cometieron bastantes errores; pero la guillotina aseguró la unidad de mando y la armonía de las operaciones allí donde los representantes [de la Convención] no cometían estupideces por cuenta propia, lo que solo ocurría excepcionalmente. *Le noble Saint-Just en fit plusieurs.*<sup>></sup>

Notas marginales sobre la táctica de masas:

1. La primera noción tosca de la misma surgió de la exitosa maniobra de Jemappes, resultado del instinto más que de un cálculo militar. Surgió del estado caótico del ejército francés, que necesitaba superioridad numérica para tener algún grado de confianza militar en sí mismo; la masa tenía que ocupar el lugar de la disciplina. La parte de Carnot en este descubrimiento no está nada clara.

2. Esta táctica de masas permaneció en el más tosco de los estados y, en 1794, en Tourcoing<sup>*</sup> y Fleurus, por ejemplo, no se aplicó en absoluto (los franceses, y el propio Carnot, cometieron las equivocaciones más flagrantes), hasta que finalmente Napoleón en 1796, en la campaña de seis días del Piamonte y en la aniquilación efectiva *en détail* de una fuerza superior,<sup>*</sup> mostró a la gente el objetivo hacia el que se encaminaban sin haber tenido antes una idea clara de él.

3. En cuanto al propio Carnot, es un tipo de quien cada vez sospecho más. Por supuesto, no puedo emitir un juicio definitivo, no tengo sus despachos a los generales. Pero por lo que se conoce, su principal mérito parece haber consistido en la ignorancia e incapacidad ilimitadas de sus predecesores Pache y Bouchotte, y en el total desconocimiento de los asuntos militares de todos los demás miembros del *Comité de salut public*. *Dans le royaume des aveugles, le borgne est roi.*<sup>*</sup> Carnot, antiguo oficial de ingenieros, que había sido él mismo representante [de la Convención] ante el ejército del Norte, sabía lo que una fortaleza o un ejército necesitaban en materia de pertrechos, etc., y particularmente lo que les faltaba a los franceses. Tenía necesariamente, también, cierta comprensión del modo de movilizar los recursos militares de un país como Francia, y puesto que, en relación con una *levée en masse* revolucionaria, donde en cualquier caso hay un desperdicio considerable,<sup>*</sup> un cierto derroche de recursos no importa siempre que se alcance el objetivo principal, la rápida movilización de esos recursos, se sigue que no hay necesidad de atribuir a Carnot un gran grado de genio para explicar sus resultados. Lo que me hace dudar *pour sa part* en la invención de la guerra de masas que se le atribuye es, en particular, que sus planes más audaces de 1793-94 se basaban precisamente en el modo de guerra opuesto; dividió los ejércitos franceses en vez de concentrarlos, y operó contra los flancos del enemigo de tal manera que éste acabó concentrándose. Y luego está su carrera posterior, su despliegue de virtud caballeresca bajo el Consulado, etc., su cacareada defensa de Amberes —la defensa de una fortaleza es, por término medio, el mejor puesto en el que un oficial mediocre, metódico pero dotado de cierta tenacidad puede distinguirse, y, después de todo, el sitio de Amberes en 1814 no duró tres meses—, y, finalmente, su intento de imponer a Napoleón en 1815 los métodos de 1793, enfrentados a los 1.200.000 soldados centralizados de la Coalición, y ello bajo un sistema de guerra totalmente distinto, y su filisteísmo en general; todo eso no testimonia el genio de Carnot. Y luego, ¿cuándo se ha sabido de un tipo decente que se haya abierto paso a fuerza de faroles, como él hizo, a través de Termidor, Fructidor, Brumario,<sup>*</sup> etc.?

*Summa summarum.* La Convención se salvó única y exclusivamente porque la Coalición no estaba centralizada y, por tanto, se dio a la Convención un año entero para armarse. Se salvó, como el viejo Fritz se salvó en la Guerra de los Siete Años,<sup>*</sup> y como Wellington se salvó en España en 1809, aunque los franceses eran, cuantitativa y cualitativamente, al menos tres veces tan fuertes como todos sus adversarios juntos, y su colosal poder quedó paralizado solo porque, en ausencia de Napoleón, los mariscales se jugaban toda clase de malas pasadas unos a otros.

II

<sup>?</sup> Federico Guillermo II. — Ed.  
<sup>©</sup> Esta palabra está en inglés en el original. — Ed.  
<sup>**</sup> Se trata de la misma nota a pie de página.  
<sup>*</sup> Engels se refiere aparentemente a la «Note sur la position actuelle de l’armée en Espagne», Bayona, 1808, de Napoleón, en la obra: W. F. P. Napier, *History of the War in the Peninsula...*, vol. I. — Ed.  
<sup>?</sup> Engels utiliza esta expresión en inglés en el original. — Ed.  
<sup>></sup> El noble Saint-Just cometió varias. — Ed.  
<sup>*</sup> En el reino de los ciegos, el tuerto es rey. — Ed.

Para entonces la Coalición ha superado hace mucho las estupideces
de 1793. Está espléndidamente centralizada. Ya lo estaba en
1813. La campaña rusa de 1812 convirtió a Rusia en el centro de
gravedad de toda la Santa Alianza para una guerra en el Continente.
Las tropas rusas formaban la masa principal en torno a la cual solo más tarde
se agruparon los prusianos, austríacos, etc., y siguieron siendo
la masa principal durante todo el camino hasta París. Alejandro era de hecho el
comandante en jefe de todos los ejércitos (es decir, el estado mayor
general ruso detrás de Alejandro). Pero desde 1848 la Santa Alianza
se ha construido sobre una base aún mucho más sólida. El desarrollo
de la contrarrevolución en 1849-51 había reducido al Continente,
apart from Francia, a la misma posición con respecto a Rusia que la
de la Federación del Rin *° e Italia con respecto a Napoleón: una
de puro vasallaje. Nicolás, es decir, Paskevich, es el dictador inevitable de
la Santa Alianza en cas de guerre* así como Nesselrode lo es en temps de
paix.*

Además, en lo que concierne al arte moderno de la guerra, este ha
sido completamente desarrollado por Napoleón. Hasta que ciertas condiciones
entren en vigor, de las que trataremos más abajo, no queda otro
camino que imitar a Napoleón en la medida en que las condiciones lo permitan. Este
arte moderno de la guerra, sin embargo, es universalmente conocido. En Prusia se
le ha inculcado a cada teniente segundo ya antes de su examen de
alférez, en la medida en que puede inculcarse. En cuanto a los austríacos,
conocieron a sus malos generales, específicamente austríacos, en la
campaña húngara y se deshicieron de ellos—tales como Windischgrätz,
Welden, Götz y otras solteronas. Por otra parte—puesto que
ya no tenemos ninguna Neue Rheinische Zeitung en la que escribir, ya no necesitamos
albergar ilusiones—están las dos campañas de Radetzky
en Italia, la primera excelente, la segunda magistral.*”* Quién le
ayudó en este sentido carece de importancia; en todo caso el
viejo tiene bon sens* bastante para captar las excelentes ideas de otras
personas. Su posición defensiva en 1848 entre las cuatro fortalezas de
Peschiera, Mantua, Legnago y Verona, los cuatro lados del
rectángulo bien protegidos, y su defensa de esta posición hasta que llegó
ayuda, en medio de un país sublevado, sería una obra maestra
si su capacidad para resistir no se hubiera visto tremendamente facilitada
por el liderazgo lamentable, la desunión y la vacilación interminable de
los generales italianos, las intrigas de Carlos Alberto y el apoyo de
los aristócratas reaccionarios y el clero en el campo enemigo. Tampoco
debe olvidarse que estaba situado en el país más fértil del
mundo y no tenía preocupaciones por las provisiones para su ejército.

Para los austríacos, sin embargo, la campaña de 1849 no tuvo precedentes.
Los piamonteses, en lugar de cerrar el camino a Turín en Novara
y Mortara (una línea de tres millas de largo) con una masa concentrada de
tropas, lo que habría sido el mejor curso, o de avanzar desde
allí hacia Milán en dos o tres columnas, tomaron posiciones desde Sesto
hasta Piacenza —una línea de veinte millas— con 70.000 hombres, solo 3.500
hombres por milla alemana,* e implicando 3 a 4 días de dura marcha de
un ala a la otra. Una miserable operación concéntrica contra
Milán, para la que estaban en todas partes demasiado débiles. Radetzky, viendo
que los italianos estaban usando el viejo sistema austríaco de 1792,
operó contra ellos exactamente como Napoleón lo habría hecho. La
línea piamontesa fue cortada en dos pedazos por el Po, un error garrafal.
Radetzky rompió la línea cerca del Po, separó las dos
divisiones del sur de las tres del norte interponiendo entre ellas
una cuña de 60.000 hombres, atacó rápidamente las tres divisiones del norte
(una concentración de apenas 35.000 hombres) con toda su
fuerza, las arrojó a los Alpes y separó los dos cuerpos
del ejército piamontés entre sí y de Turín. Esta
maniobra, que puso fin a la campaña en tres días y fue casi
literalmente copiada de la realizada por Napoleón en 1809 en
Abensberg y Eggmühl,*” la más brillante de todas las maniobras
de Napoleón, prueba en cualquier caso que los austríacos están lejos
de seguir actuando de acuerdo con el viejo lema "siempre lentamente
hacia adelante"*. Fue precisamente la velocidad lo que decidió todo aquí. Los
actos de traición de los aristócratas y Ramorino facilitaron las cosas,
especialmente debido a la información precisa sobre la posición y
los planes de los italianos, y también por la mezquindad de la brigada
saboyana en Novara, que no luchó sino que saqueó. Pero desde el
aspecto militar, la disposición lamentable de las fuerzas piamontesas y
la maniobra de Radetzky bastan plenamente para explicar el éxito de este último.
En todas las circunstancias, estos dos hechos estaban destinados a tener este
resultado.

Finalmente, por la naturaleza misma de su ejército, los rusos se ven obligados
a adoptar un sistema de guerra que se acerca mucho al
moderno. La fuerza principal de su ejército consiste en infantería masiva,
semi-bárbara y, por tanto, torpe, y una numerosa fuerza
de caballería irregular, ligera y semi-bárbara (cosacos). En los encuentros
decisivos, en las batallas a gran escala, los rusos nunca han operado
con otras que no fueran fuerzas masivas; Suvorov ya lo comprendió
al asaltar Ismail y Ochakov.*” La movilidad que les falta se
compensa en parte con la caballería irregular, que pulula a su alrededor
por todos lados y enmascara cualquier movimiento del ejército. Pero es
precisamente este carácter masivo y pesado del ejército ruso lo que
lo hace eminentemente apto para formar el núcleo y la columna vertebral, el
pivote, de un ejército de coalición, cuyas operaciones están siempre destinadas
a ser más lentas que las de un ejército nacional. Este papel lo desempeñaron
los rusos con distinción en 1813 y 1814, y en esos años
apenas aparece un plan de batalla en el que las macizas columnas rusas no
destaquen de inmediato entre todas las demás por su profundidad y densidad.

Desde 1812, los franceses difícilmente pueden considerarse como los portadores preeminentes
de la tradición napoleónica. Esta tradición ha pasado más o menos
a todos los grandes ejércitos europeos; en cada uno de ellos, en su mayor parte
ya en los últimos años del Imperio, ha resultado en una
revolución; cada uno de estos ejércitos en su estrategia y táctica ha
adoptado el sistema napoleónico, en la medida en que armoniza con
el carácter del ejército. La influencia niveladora de la época
burguesa se manifiesta también aquí; las viejas peculiaridades nacionales están
desapareciendo también en los ejércitos, y los ejércitos francés, austríaco
y prusiano, e incluso en gran medida el ejército británico, son
máquinas más o menos igualmente bien organizadas para llevar a cabo
las maniobras napoleónicas. Esto no impide que tengan
cualidades muy diversas en lo que respecta al combate, etc. Sin embargo, de todos los (grandes)
ejércitos europeos, solo el ejército ruso, semi-bárbaro, es
capaz de tener su propia táctica y estrategia, pues es el único que aún no está
maduro para el sistema de guerra moderno completamente desarrollado.

En cuanto a los franceses, debido a la pequeña guerra en Argelia*”*
han interrumpido incluso la continuidad de la tradición napoleónica de
la guerra a gran escala. Queda por ver si en esta guerra de rapiña
las consecuencias desventajosas para la disciplina son superadas por
las ventajas de la curtida en la guerra, si la guerra acostumbra a los hombres
a la dureza o los destroza por el esfuerzo excesivo; y finalmente, si
tampoco arruina el coup d'œil* de los generales en una guerra a gran escala. En todo
caso, la caballería francesa se está arruinando en Argelia, está olvidando
lo que constituye su fuerza, el choc* compacto, y se está
acostumbrando a un sistema de hostigamiento en el que los cosacos,
húngaros y polacos siempre le serán superiores. Entre los
generales, Oudinot hizo el ridículo ante Roma, y solo
Cavaignac se distinguió en junio—pero todo eso aún no
equivale a grandes épreuves.°

En conjunto, por tanto, las posibilidades de superioridad en estrategia y
táctica están al menos tanto a favor de la Coalición como a favor
de la revolución.

III

Pero, ¿no hará surgir una nueva revolución que lleve al poder a una clase completamente
nueva, como la primera, nuevos medios y maneras de
hacer la guerra, en comparación con los cuales los actuales napoleónicos
parecerán tan obsoletos e ineficaces como los de la Guerra de los Siete
Años comparados con los de la primera Revolución?

La guerra moderna es el producto necesario de la Revolución
Francesa. Su premisa es la emancipación social y política
de la burguesía y los pequeños campesinos. La burguesía proporciona
el dinero, los pequeños campesinos suministran los soldados. La emancipación
de ambas clases de las trabas feudales y gremiales es necesaria para
proporcionar los ejércitos colosales de la actualidad; y el grado de
riqueza y educación conectado con esta etapa del desarrollo social
es igualmente necesario para proporcionar el material en cuanto
a armas, municiones, provisiones, etc., necesarios para los ejércitos
modernos, y para proporcionar el número requerido de oficiales
instruidos y dar al propio soldado el grado necesario de
inteligencia.

Trato el moderno sistema de guerra tal como fue plenamente desarrollado por
Napoleón. Sus dos pivotes son: el carácter masivo de los medios de ataque en
hombres, caballos y cañones, y la movilidad de estos medios de ataque.
La movilidad es la consecuencia esencial de la masividad. Los ejércitos modernos
no pueden, como los pequeños ejércitos de la Guerra de los Siete Años, marchar de acá
para allá durante meses en un área de veinte millas. No pueden llevar en su
tren almacenes que contengan sus requerimientos totales de alimentos. Deben
abatirse sobre una región como una plaga de langostas, arrasar todos sus
suministros de alimentos al alcance de la caballería, y deben partir cuando
todo ha sido devorado. Los almacenes son adecuados si bastan
solo para contingencias imprevistas; son continuamente
vaciados y reabastecidos; tienen que seguir la marcha rápida del
ejército y, por tanto, rara vez bastan para cubrir las necesidades del ejército
siquiera durante un solo mes. El moderno sistema de guerra es, por tanto,
imposible durante un largo período en un país pobre, semi-bárbaro, escasamente
poblado. Debido a esta imposibilidad, los franceses perecieron
lentamente en España y rápidamente en Rusia. Por otra parte, sin embargo,
los españoles también resultaron arruinados debido a los franceses, su país
fue succionado hasta secarse en gran medida. Incluso en Polonia los rusos no pueden
hacer uso de su propio y torpe sistema de guerra de masas durante un largo
período, y en la propia Rusia no pueden hacer uso de él en absoluto mientras
no tengan ferrocarriles. La defensiva en el Dniéper y el Dvina
significaría la ruina para Rusia.

Pero este grado de movilidad exige también un cierto grado de instrucción en el soldado, que en muchos casos ha de saber valerse por sí mismo. La considerable extensión de las expediciones de patrulla y forrajeo, del servicio de avanzadas, etc., la mayor actividad que se demanda de cada soldado, la frecuencia cada vez mayor de situaciones en las que el soldado ha de obrar por cuenta propia y fiarse de sus propios recursos intelectuales y, por último, la gran importancia que en el combate tienen las escaramuzas, cuyo éxito depende de la inteligencia, del golpe de vista y de la energía de cada soldado individual, todo esto presupone un grado de instrucción del suboficial y del soldado raso superior al que existía en tiempos del viejo Fritz. Ahora bien, una nación bárbara o semibárbara es incapaz de ofrecer un grado de instrucción de las masas tal que 500.000 ó 600.000 hombres reclutados al azar puedan, de una parte, ser disciplinados y adiestrados para actuar como máquinas y, al mismo tiempo, adquirir o conservar ese golpe de vista para la guerra en pequeña escala. Los bárbaros, por ejemplo los cosacos, están por naturaleza dotados de ese golpe de vista del salteador; pero, por otra parte, son tan incapaces de cumplir deberes militares regulares como los infantes siervos rusos lo son, a la inversa, para la escaramuza propiamente dicha.

Este grado medio universal de instrucción que el sistema moderno de guerra exige en cada soldado sólo se encuentra en los países más desarrollados: en Gran Bretaña, donde el soldado, por muy rudo patán que sea, pasa por la escuela civilizadora de las ciudades; en Francia, donde los pequeños campesinos emancipados y la astuta turba de las ciudades (los *remplaçants*) constituyen el ejército; en el norte de Alemania, donde el feudalismo ha sido igualmente destruido o ha adoptado formas más o menos* burguesas, y donde las ciudades proporcionan un contingente considerable al ejército; por último, después de las últimas guerras, parece existir también, al menos, en aquella parte del ejército austríaco que se recluta en las regiones menos feudales. Aparte de Gran Bretaña, la pequeña explotación campesina es en todas partes la base del ejército, y el ejército está tanto más capacitado para el sistema moderno de guerra cuanto más se aproxima la situación del pequeño campesino a la del propietario libre.

Pero la movilidad de las masas, así como la del soldado individual, presupone el grado de civilización de la época burguesa. La lentitud de los ejércitos prerrevolucionarios está estrechamente ligada al feudalismo. La masa de los transportes de los oficiales constituía por sí sola un obstáculo para todo movimiento. Los ejércitos se arrastraban tan lentamente como todo el movimiento. La burocracia ascendente de las monarquías absolutas introdujo un poco más de orden en la gestión del material bélico, pero al mismo tiempo su alianza con la alta finanza condujo al fraude organizado *en gros*, y allí donde la burocracia fue de algún provecho para los ejércitos, les hizo un daño doble al infectarlos con un espíritu de esquematismo y pedantería. *Witness* el mismísimo viejo Fritz. Incluso hoy Rusia padece todos estos males; el ejército ruso, al que se estafa y esquilma por doquier, se muere de hambre, y durante la marcha los hombres mueren como moscas. Sólo un Estado burgués alimenta de modo tolerable a sus tropas y, por consiguiente, puede contar con la movilidad de su ejército.

En lo que respecta a la movilidad, ésta es, por tanto, en todos los sentidos, una característica de los ejércitos burgueses. Pero la movilidad no es sólo el complemento necesario del carácter de masas del ejército, sino que a menudo lo sustituye (Napoleón en el Piamonte, 1796).

El carácter de masas, sin embargo, es una característica especial de los ejércitos civilizados modernos tanto como lo es la movilidad.

Por muy diversos que sean los métodos de reclutamiento –conscripción, reserva del ejército prusiano, milicia suiza, leva en masa–, la experiencia de los últimos sesenta años demuestra que, bajo el régimen de la burguesía y de los pequeños campesinos libres, en cualquier guerra popular no se puede poner bajo las armas a más del 7 por ciento de la población; de ahí que aproximadamente un 5 por ciento pueda ser empleado de manera activa. En consecuencia, Francia, en el otoño de 1793, con una población estimada de 25 millones, habría podido reunir 1.750.000 soldados y 1.250.000 combatientes activos. En aquel momento, esos 1.250.000 se hallaban, más o menos, en las fronteras, ante Tolón y en la Vendée, tomando en consideración aquí a ambos bandos. En Prusia –con 16 millones de habitantes en la actualidad– el 7 por ciento y el 5 por ciento equivaldrían a 1.120.000 y 800.000 hombres respectivamente. Pero la totalidad de las fuerzas prusianas, ejército regular y reserva, apenas alcanza los 600.000 hombres. Este ejemplo muestra cuánto supone incluso el 5 por ciento para una nación.

*Eh bien*: mientras que Francia y Prusia pueden poner fácilmente bajo las armas al 5 por ciento de su población, y en caso de necesidad incluso al 7 por ciento, Austria, en el caso más extremo, puede movilizar a lo sumo el 5 por ciento, y Rusia apenas el 3 por ciento. Para Austria, el 5 por ciento serían 1.750.000 hombres, sobre una población estimada de 35 millones. En 1849 Austria se esforzó al máximo. Tenía alrededor de 550.000 hombres. Los húngaros, cuyas fuerzas se habían duplicado a consecuencia de los billetes de Kossuth, tenían tal vez 350.000. Añado además 50.000 lombardos que habían escapado al reclutamiento o que servían en el ejército piamontés, lo que hace un total de 950.000 hombres; por consiguiente, ni siquiera el 2⅔ por ciento de la población; al mismo tiempo, los confinarios croatas*, que vivían en condiciones excepcionales, suministraron al menos el 15 por ciento de su población. Rusia, según un cálculo bajo, tiene 72 millones de habitantes; por tanto, al 5 por ciento debería poder reclutar 3.600.000 hombres. En lugar de ello, nunca ha podido reunir más de 1.500.000, contando tropas regulares e irregulares, y en su propio territorio nunca ha podido conducir contra el enemigo a más de 1.000.000 de éstos; es decir, su fuerza total nunca sobrepasó el 2 1/12 por ciento, y su fuerza activa nunca el 1 7/12, o el 1,39 por ciento. La escasa población sobre un área enorme, la falta de comunicaciones y la reducida producción nacional lo explican fácilmente.

Al igual que la movilidad, el carácter de masas de los medios de ataque es necesariamente el resultado de una fase superior de civilización y, en particular, la proporción moderna de la masa armada con respecto a la población total es incompatible con cualquier estado de la sociedad inferior al de la burguesía emancipada.

Por consiguiente, la guerra moderna presupone la emancipación de los burgueses y de los campesinos; es la expresión militar de esta emancipación.

También la emancipación del proletariado tendrá su expresión militar particular, dará origen a un método de guerra nuevo y específico. *Cela est clair*. Incluso es posible ya determinar qué tipo de base material tendrá esta nueva guerra.

Pero así como la mera conquista del poder político por parte del actual proletariado francés y alemán, mal definido, que en parte forma la cola de otras clases, dista mucho de la verdadera emancipación del proletariado, que consiste en la abolición de todas las contradicciones de clase, del mismo modo la guerra inicial en la revolución venidera está igualmente lejos de la guerra del proletariado verdaderamente emancipado.

La verdadera emancipación del proletariado, la abolición completa de todas las diferencias de clase y la concentración completa de todos los medios de producción, en Alemania y en Francia, presupone la cooperación de Gran Bretaña y al menos una duplicación de los medios de producción existentes hoy en Alemania y Francia. Pero precisamente ésa es también la premisa para una nueva forma de guerra.

Los magníficos descubrimientos de Napoleón en la ciencia de la guerra no pueden ser borrados por un milagro. La nueva ciencia de la guerra debe ser un producto tan necesario de las nuevas relaciones sociales como la ciencia de la guerra creada por la revolución y por Napoleón fue el resultado necesario de las nuevas relaciones engendradas por la revolución. Pero así como en la revolución proletaria la cuestión, para la industria, no es abolir las máquinas de vapor sino multiplicarlas, para la guerra no se trata de disminuir, sino de intensificar el carácter de masas y la movilidad de los ejércitos.

Fuerzas productivas incrementadas fueron la premisa de la guerra napoleónica; nuevas fuerzas productivas tienen que ser igualmente la premisa para todo nuevo perfeccionamiento de la guerra. Los ferrocarriles y el telégrafo eléctrico proporcionarán ya hoy a un general talentoso o a un ministro de la Guerra la ocasión para combinaciones completamente nuevas en una guerra europea. El aumento gradual de las fuerzas productivas, y con ellas de la población, ha brindado asimismo la oportunidad para una mayor acumulación de masas. En Francia, con 36 millones de habitantes en lugar de 25, el 5 por ciento da ahora no 1.250.000 sino 1.800.000 hombres. En ambos casos, el poder de los países civilizados ha aumentado en comparación con el de los países bárbaros. Sólo los primeros poseen grandes redes ferroviarias, y su población ha crecido el doble de rápido que la de Rusia, por ejemplo.

Todos estos cálculos prueban, dicho sea de paso, que un sometimiento duradero de Europa occidental a Rusia es del todo imposible y se hace cada día más imposible.

El poderío del nuevo tipo de guerra que resultará de la abolición de las clases no puede residir, sin embargo, en el hecho de que, con el crecimiento de la población, el 5 por ciento disponible constituya masas cada vez más considerables. Ha de residir en que se hará posible poner bajo las armas no al 5 ni al 7 por ciento de la población, sino al 12-16 por ciento, es decir, a la mitad o a dos tercios de los varones adultos –personas sanas de 18 a 30, o eventualmente hasta 40 años de edad–. Pero así como Rusia no puede aumentar su fuerza disponible del 2-3 por ciento al 5 por ciento sin una revolución completa de toda su organización social y política interior y, sobre todo, de su producción, del mismo modo Alemania y Francia no pueden elevar su fuerza disponible del 5 al 12 por ciento sin revolucionar su producción y más que duplicarla. Sólo cuando, mediante maquinaria, etc., el trabajo de cada individuo valga por término medio el doble que en la actualidad, podrá duplicarse –aunque sólo sea por poco tiempo, pues ningún país ha mantenido nunca durante largo tiempo en pie al 5 por ciento– el número de quienes pueden ser retirados de la producción.

Si se cumplen las condiciones necesarias para ello, si la producción nacional ha sido suficientemente incrementada y centralizada, si las clases han sido abolidas –lo cual es absolutamente esencial–, el voluntario prusiano de un año*, mientras no sea suboficial u oficial de la reserva, jamás, debido a su posición social, aristocrática, ...

* Sustitutos de aquellos que han comprado la exención del servicio militar.— Ed.
* Más o menos.— Ed.
* Esta palabra aparece en inglés en el original.— Ed.

sea un soldado útil junto a los campesinos y obreros —entonces la única limitación a la leva efectiva es el número de la población capaz de portar armas, es decir, en una emergencia extrema, por un breve lapso, se puede armar al 15-20 por ciento de la población y conducir efectivamente contra el enemigo al 12-15 por ciento. Estas masas enormes, sin embargo, presuponen un grado de movilidad bastante diferente incluso del de los ejércitos actuales. Sin una red ferroviaria completa no pueden ser concentradas ni alimentadas, ni se las puede mantener abastecidas de municiones o en condiciones de moverse. Y sin el telégrafo eléctrico es del todo imposible dirigirlas; y como en el caso de tales masas es imposible que el estratega y el táctico (quien manda en el campo de batalla) sean una y la misma persona, aquí entra en juego la división del trabajo. Las operaciones estratégicas, la cooperación de los distintos cuerpos, tienen que ser dirigidas desde el punto central de las líneas telegráficas; las operaciones tácticas tienen que ser dirigidas por los generales individuales. Es claro que bajo estas condiciones, las guerras pueden y deben decidirse en un tiempo mucho más corto del que requerían incluso en tiempos de Napoleón. El factor del gasto lo exige, el necesario efecto decisivo de cada golpe con tales masas lo hace inevitable.

Por tanto, en masa y movilidad estratégicas, estos ejércitos tienen que ser formidablemente sin precedentes. Con tales soldados, la movilidad táctica (en patrullaje, escaramuzas y en el campo de batalla) debe ser también considerablemente mayor; son más robustos, ágiles e inteligentes de cuanto puede ofrecer la sociedad actual.

Por desgracia, sin embargo, todo esto sólo puede ser llevado a efecto después de un largo período de años y en un momento en que, debido a la falta de un enemigo adecuado, tales guerras en escala de masas no pueden ya producirse. Las condiciones primarias para todo esto no existen en el primer período de la revolución proletaria, y menos que nada en el año 1852.

El proletariado en Francia en la actualidad es ciertamente apenas el doble del porcentaje de la población que era en 1789. En aquel entonces —al menos entre 1792 y 1794— el proletariado se hallaba en un estado de fermentación y tensión tales como sólo se repetirán en el futuro próximo. Ya entonces se hizo evidente que en las guerras revolucionarias con violentas convulsiones internas se necesita la masa del proletariado para el empleo dentro del país. Lo mismo volverá a ocurrir ahora y probablemente más que nunca, ya que las probabilidades del inmediato estallido de guerras civiles aumentan a medida que avanzan los aliados. De ahí que el proletariado sólo podrá enviar un pequeño contingente al ejército activo; la fuente principal de la leva seguirá siendo la plebe y los campesinos. Es decir, la revolución tendrá que hacer la guerra con los medios y según los métodos de la guerra moderna en general.

Sólo un teórico ideológico podría preguntar si no sería posible con estos medios, es decir, con un ejército activo del 4-5 por ciento de la población, idear nuevas combinaciones y descubrir nuevos y sorprendentes métodos de aplicación. Así como es imposible cuadruplicar la producción del telar sin sustituir la fuerza motriz, el trabajo manual, por el vapor, sin descubrir un nuevo medio de producción que poco tenga en común con el viejo telar manual, así es imposible en el arte de la guerra producir nuevos resultados con los viejos medios. Sólo la producción de nuevos medios, más poderosos, permite alcanzar resultados nuevos, más grandiosos. Todo gran general que señala una época en la historia de la guerra debido a nuevas combinaciones, o bien inventa él mismo nuevos medios materiales, o bien descubre el primero el uso correcto de nuevos medios materiales inventados antes de él. Entre Turenne y el viejo Fritz se sitúa la revolución en el empleo de la infantería, la sustitución de la pica y el mosquete de mecha por la bayoneta y el fusil de chispa; y la realización del viejo Fritz que hace época en la ciencia de la guerra reside en el hecho de que, en general, dentro de los límites de la guerra de aquel tiempo, transformó y desarrolló las viejas tácticas en conformidad con los nuevos instrumentos. Así como la realización de Napoleón que hace época reside en el hecho de que encontró la única aplicación táctica y estratégica correcta para las masas de ejército más colosales hechas posibles por la revolución, y además desarrolló esta aplicación tan completamente que, en conjunto, los generales modernos, lejos de poder ir más allá que él, en sus operaciones más brillantes e ingeniosas sólo tratan de copiarlo.

Summa summarum, la revolución tendrá que combatir con medios de guerra modernos y el arte de la guerra moderno contra medios de guerra modernos y el arte de la guerra moderno. Las probabilidades de talento militar son por lo menos tan grandes para la Coalición como para Francia: Ce seront alors les gros bataillons qui l’emporteront.*

* Entonces vencerán los grandes batallones. — Ed.

IV

Veamos ahora qué batallones pueden ser llevados a la línea de batalla y cómo pueden ser empleados.

1. Rusia. El ejército ruso sobre el pie de paz consta nominalmente de 1.100.000 hombres; en realidad, de unos 750.000. Desde 1848, el gobierno ha trabajado continuamente para alcanzar una fuerza de 1.500.000 hombres sobre pie de guerra, y Nicolás y Paskievich han llevado a cabo personalmente una revisión, en lo posible, en todas partes. Por un cálculo bajo, pues, Rusia ha alcanzado ahora efectivamente sus efectivos en tiempo de paz completos de 1.100.000 hombres. De éstos hay que deducir, en una estimación alta:

Para el Cáucaso: 100.000 hombres
Para el interior de Rusia: 150.000 ”
Para las provincias polacas: 150.000 ”
Para enfermos, depósitos, etc.: 150.000 ”

550.000 hombres.

Quedan 550.000 hombres disponibles para servicio activo contra enemigos exteriores. Esa estimación es apenas superior al número que Rusia envió efectivamente a través de las fronteras en 1813.

2. Prusia. El espléndido ejército, si se llama a todos los reservistas del primer y segundo llamamiento, los supernumerarios y todo lo demás, asciende por lo menos a 650.000 hombres. En el momento actual, sin embargo, el gobierno puede movilizar a lo sumo 550.000 hombres. Yo pongo la cifra en sólo 500.000. Éstos necesitan destacar apenas un poco más del segundo llamamiento (150.000 hombres) para guarniciones, etc., ya que en todas partes la llamada gradual de los supernumerarios y de los nuevos conscriptos para el año próximo —a lo que Nicolás ya estará tomando medidas— así como las tropas rusas en marcha continua por el país, formarían una reserva suficiente contra cualquier intento interno de sublevación. Además, los prusianos tienen menos enfermos, ya que están concentrados en su propio país y tienen una distancia menor que marchar hasta el Rin que los rusos. Sin embargo, al igual que en el caso de los rusos, deduzco la mitad, dejando disponible la otra mitad, que asciende a 250.000 hombres.

3. Austria. Por un cálculo bajo, Austria tiene sobre las armas y con licencia, estando estos últimos tan rápidamente disponibles para el ejército como la reserva prusiana, 600.000 hombres. También aquí deduzco la mitad, ya que para por lo menos dos tercios de la monarquía, hasta la formación de nuevas reservas, los rusos que avanzan sirven de reserva dentro del país y mantienen en jaque los focos de insurrección. Quedan 300.000 hombres disponibles para su empleo contra el enemigo.

4. La Confederación Germánica. Puesto que los señores viven cerca del Rin y toda la Coalición marcha a través de su territorio, apenas necesitan guarnición alguna contra el interior, tanto menos cuanto que con los primeros éxitos de la Coalición contra Francia los ejércitos de reserva se apostarían a través de toda Alemania, de norte a sur. La Confederación Germánica proporciona por lo menos 120.000 hombres.

5. Las fuerzas de los gobiernos italianos, daneses, belgas, holandeses, suecos, etc., las estimo por el momento en 80.000 hombres.

En consecuencia, la masa total de las tropas de la Coalición asciende a 1.300.000 hombres, que o bien están ya sobre las armas o pueden ser llamados inmediatamente. Todas las estimaciones se han puesto intencionadamente demasiado bajas. Las solas deducciones por enfermos son tan considerables que solamente de los convalecientes, etc., dos meses después del comienzo de las operaciones puede formarse en la frontera francesa un segundo ejército de 350.000 hombres. Pero como hoy en día ningún gobierno es tan imprudente como para empezar una guerra sin, al mismo tiempo que despliega el ejército activo, levantar nuevas levas, tan fuertes como sea posible, y enviarlas tras el primer ejército, este segundo ejército debería resultar considerablemente más fuerte que la cifra anterior.

La concentración del primer ejército (los 1.300.000 hombres) puede completarse en unos dos meses, como sigue. Que los prusianos y austriacos pueden tener sus contingentes arriba mencionados disponibles en dos meses ya no está sujeto a duda después del armamento llevado a cabo en noviembre pasado. En cuanto a los rusos, sus tres puntos de concentración definitivos son, en primer lugar, Berlín, Breslau* y Cracovia o Viena (véase más abajo). De San Petersburgo a Berlín hay aproximadamente 45 días de marcha, y de Berlín al Rin 16 días, lo que hace un total de 61 días de marcha, a 5 millas alemanas por día. De Moscú a Breslau son 48 días de marcha, de Breslau a Maguncia 20, juntos 68 días. De Kiev a Viena se requieren 40 días, de Viena a Basilea 22, juntos 62 días. Añádanse a esto los días de descanso, que en el caso de las tropas rusas y las marchas forzadas arriba indicadas no deben omitirse de ningún modo, y es claro que incluso las tropas estacionadas en Moscú, San Petersburgo y Kiev pueden alcanzar cómodamente el Rin en tres meses, aun suponiendo que las tropas se desplacen exclusivamente a pie y que no se haga uso alguno de ferrocarriles o vehículos. Pero tales medios pueden emplearse en Alemania casi en todas partes, y en Rusia y Polonia al menos parcialmente, lo que en total acortaría seguramente el transporte de las tropas en 15-20 días. Sin embargo, la masa principal de las tropas rusas está ya concentrada actualmente en las provincias polacas, y tan pronto como las condiciones políticas hagan probable una crisis, se enviarán más tropas allí, de modo que los puntos de partida de la línea de marcha no serán San Petersburgo, Moscú y Kiev, sino Riga, Vilna, Minsk, Dubno y Kamieniec, lo que significa que la línea de marcha se acortará en unas 60 millas — 12 días de marcha más 4 de descanso. Además, una gran parte de la infantería —especialmente la que viene de estaciones más remotas— puede ser transportada una distancia de cinco millas cada tercer día o día de descanso por lo menos, de modo que para esta parte de la infantería los días de descanso contarán como días de marcha. Los ferrocarriles quedarían entonces libres para el material de artillería, municiones y pertrechos, mientras que las dotaciones de artillería y el personal de servicio marcharían o serían transportados, y así, en cualquier caso, llegarían antes que por el modo hasta ahora adoptado.

* El nombre polaco es Wrocław. — Ed.

En vista de todo lo anterior, me parece que no hay nada que impida que la concentración del ejército de la Coalición en el Rin tenga lugar dos meses después del estallido de la revolución, de la manera siguiente:

Primer ejército:  
1. Primera línea sobre el Rin y ante el Piamonte:  
Prusianos, austriacos, etc. ........... 750.000 hombres  \ 1.050.000 hombres  
Rusos .................................. 300.000 hombres /  
2. Segunda línea, reserva,  
a 10 días de marcha detrás, rusos .......... 250.000 hombres  
Total .................................. 1.300.000 hombres  
(como arriba)

Segundo ejército:  
1. Reserva de los miembros menores de la Coalición,  
prusianos, austriacos, etc., incluidos en ...

LA CONCENTRACIÓN ........................................... 200.000 hombres  
2. Reserva rusa en marcha, 350.000 hombres  
A 20 días de marcha detrás ............................. 150.000 hombres  
Total de los dos ejércitos ............................ 1.650.000 hombres  

Fundamentalmente, en las condiciones actuales apenas se necesitan de 5 a 6 semanas para llevar 300.000 rusos al Rin, y en el mismo período Prusia, Austria y los aliados menores pueden llevar sus contingentes, como se ha mencionado antes, al Rin; pero para tener debidamente en cuenta los obstáculos imprevistos que surgen en toda coalición, supongo dos meses completos. En el momento en que Napoleón regresó de Elba, la disposición de las tropas aliadas en relación con una marcha hacia Francia no era ni de lejos tan favorable como la actual; con todo, los rusos estaban en el Rin cuando Napoleón combatía contra los ingleses y prusianos en Waterloo.*  

* ¡Leva en masa! ¡Dos millones de hombres a las fronteras! — N. de la ed.  

¿Con qué recursos cuenta Francia para oponerse a los de los aliados?  

1. Las tropas de línea ascienden a unos 450.000 hombres, de los cuales 50.000 no pueden ser retirados de Argelia. De los 400.000 restantes hay que descontar los enfermos, el mínimo necesario para guarnecer fortalezas y pequeños destacamentos para las zonas interiores no seguras, con lo que quedan disponibles como mucho 250.000 hombres.  

2. El medio predilecto adoptado por los rojos de hoy, a saber, reincorporar bajo banderas a los soldados que han cumplido su tiempo de servicio, puede aplicarse con éxito por la fuerza a lo sumo a seis clases de edad, es decir, de 27 a 32 años de edad. Cada grupo de edad en el alistamiento asciende a 80.000 hombres. Los estragos de la guerra de Argelia y de su clima, la mortalidad normal durante doce años, la deducción de los que han quedado inútiles o han emigrado, y de aquellos que de una u otra manera han logrado eludir el reenganche en un momento en que, en todo caso, la administración entra en un estado de desorden, reducirán los 480.000 antiguos reclutas de estas seis clases de edad a un máximo de 300.000 que se reincorporen. De éstos hay que descontar 150.000 para guarnecer fortalezas, que se extraerán principalmente de esta clase de hombres mayores, en su mayoría casados, quedando 150.000 hombres. Si se cuenta con una dirección medianamente experta, éstos podrían ser movilizados sin dificultad en dos meses.  

3. La milicia popular, los voluntarios, la leva en masa o cualquier otro término que se emplee para designar esta carne de cañón subordinada. Con excepción de unos 10.000 de la Garde Mobile que pueden ser reunidos, ninguno de los anteriores está más familiarizado con las armas que cualquier miembro de la milicia cívica alemana. Los franceses aprenden más rápidamente a manejar las armas, pero dos meses es un tiempo muy corto, y si Napoleón pudo asegurar que sus reclutas pasaran por la escuela de batallón en cuatro semanas, lo logró sólo con cuadros excepcionales, mientras que el primer resultado de la revolución venidera será la desorganización de los cuadros en el ejército de línea. Además, nuestros revolucionarios franceses son conocidos por seguir la tradición y su primer grito será: ¡Levée en masse! Deux millions d’hommes aux frontières!* Los dos millones de hombres estarían muy bien si se pudiera esperar nuevamente de la Coalición torpezas semejantes a las de 1792 y 1793 y si se dispusiera de tiempo para instruir gradualmente a esos dos millones de hombres. Pero no hay que pensar en eso. Hay que estar dispuesto a encontrarse con un millón de soldados enemigos activos en la frontera en el plazo de dos meses, y se trata de oponerse a este millón con posibilidades de éxito.  

Si los franceses se comportan de nuevo como imitadores tradicionales de 1793, emprenderán la repetición de la experiencia con los dos millones, lo que significa que emprenderán tanto que el resultado real en el corto tiempo disponible será nulo. La instrucción y organización de 2.500.000 hombres en ocho semanas sin cuadros experimentados equivale en la práctica a un despilfarro insensato de todos los recursos sin fortalecer el ejército ni siquiera con un solo batallón utilizable.  

Si, por el contrario, los franceses tienen un buen Ministro de la Guerra que posea algún conocimiento de la guerra revolucionaria y de los métodos para crear un ejército rápidamente, y si no se interponen obstáculos estúpidos debidos a la ignorancia y a una ansia de popularidad, entonces se mantendrá dentro de los límites de lo posible y podrá hacer mucho. El resultado habrá de ser algo más o menos conforme al siguiente plan:  

Las fuerzas armadas constan, para empezar, de dos componentes: 1. la guardia proletaria en las ciudades, la guardia campesina en el campo, en la medida en que esta última sea fiable para el servicio en el interior; 2. el ejército regular contra la invasión.  

El servicio de fortaleza es desempeñado por la guardia proletaria y campesina; el ejército sólo proporciona los destacamentos más indispensables. París, Estrasburgo, Lyon, Metz, Lille, Valenciennes, las fortalezas más importantes, que son al mismo tiempo grandes ciudades, requerirán para su defensa, además de su propia guardia y algunos destacamentos campesinos de los alrededores, sólo unas pocas tropas de línea. La guardia proletaria disponible en el interior, en la medida en que se componga de obreros desempleados, será reunida en un campo de instrucción y adiestrada por viejos oficiales y suboficiales no aptos para el servicio en el campo, a fin de llenar los huecos en las filas del ejército activo. El campamento podría situarse cerca de Orleáns, donde al mismo tiempo sería una amenaza para las comarcas legitimistas.  

Las tropas de línea, en la medida en que estén en Francia, deben triplicarse, pasando de 400.000 a 1.100.000 hombres. Esto se hace de la siguiente manera: cada batallón se convierte en un regimiento; la inevitable promoción general no será menos efectiva que la guillotina y los consejos de guerra para inspirar respeto por la revolución entre los oficiales y suboficiales. La inevitable extensión de los cuadros se lleva a cabo al mismo tiempo de la manera más gradual posible, y lo que pueda ganarse en cuanto a oficiales se gana. Esto es muy importante en vista de que es imposible sacar oficiales de la nada en dos meses. Además, aún prevalece tanto sentimiento nacional entre los grados medios e inferiores del ejército francés, que con un cierto grado de promoción, una dirección enérgica de los departamentos de guerra y alguna probabilidad de éxito, estos hombres al principio se desempeñarán bastante bien, sobre todo si se hacen algunos ejemplos con amotinados y desertores. Los alumnos de las escuelas militares y los funcionarios de ponts-et-chaussées* serán excelentes oficiales de artillería e ingenieros, y después de algunas acciones empezarán a destacarse esos hombres de talento entre los rangos inferiores, tan frecuentes entre los franceses, capaces de dirigir una compañía una vez que han estado bajo el fuego.  

* Administración de caminos y puentes. — N. de la ed.  

En lo que respecta a los soldados mismos, se tendrá:  

Tropas de línea ........................................ 400.000 hombres  
Reincorporados ........................................ 300.000 hombres  
Que aún deben ser llamados a filas e instruidos .......... 500.000 hombres  
Total ............................................... 1.200.000 hombres  
Descontar por enfermos ................................ 100.000 hombres  
(saldo) .............................................. 1.100.000 hombres  

Tropas de línea ........................................ 250.000 hombres  
Reincorporados ........................................ 150.000 hombres  
Reclutas .............................................. 400.000 hombres  
                                                 800.000 hombres  

Lo que pueda lograrse con éstos se verá. Pero la instrucción en dos meses de 400.000 a 500.000 hombres como reclutas para el ejército de línea, hombres que se fusionarán con los soldados ya existentes y reincorporados en los regimientos y batallones, no es tan excesivamente difícil si se emprende la tarea con rapidez, le lendemain de la révolution.* Todos estos refuerzos irían a la infantería y a la artillería; en dos meses es ciertamente posible instruir a un soldado de infantería o a un artillero capaz al menos de los deberes más simples del cañón, pero no a un jinete. De ahí que el aumento de la caballería sería muy débil.  

* Al día siguiente de la revolución. — N. de la ed.  

Todo el plan para desarrollar el ejército presupone que habrá un buen Ministro de la Guerra, capaz de valorar las condiciones políticas, que posea conocimientos estratégicos, tácticos y detallados de todas las armas, que tenga el grado adecuado de energía, rapidez y decisiveness,* y al que los burros que gobernarán junto a él le den carta blanca. Pero ¿dónde tiene el partido «rojo» en Francia un hombre así? Lo más probable es lo contrario: que, como de costumbre, un tipo ignorante, que es tenido y se tiene a sí mismo, por supuesto, por un bon démocrate competente para desempeñar cualquier papel, trate de hacer de Carnot, decrete levas en masa, desorganice todo por completo y muy pronto se quede sin ideas, tras lo cual lo dejará todo a la rutina de los viejos funcionarios subalternos y permitirá que los ejércitos enemigos lleguen hasta París. Hoy en día, sin embargo, para poder resistir una coalición europea habría que ser, no Pache o Bouchotte, ni siquiera Carnot, sino Napoleón, o bien tener enemigos terriblemente estúpidos y una dosis terriblemente grande de suerte.  

* Engels emplea la palabra inglesa. — N. de la ed.  

No debe pasarse por alto que todos estos cálculos de las fuerzas armadas de la Coalición suponen una cifra mínima para la fuerza total y una cifra máxima para las deducciones, de modo que con una dirección simplemente mediana, la masa de tropas disponible será mayor y el tiempo necesario para su concentración menor que las estimaciones aquí dadas. En el caso de Francia, por el contrario, se han hecho las suposiciones opuestas; el tiempo disponible se ha supuesto lo más largo posible, la fuerza total que es posible organizar se ha puesto muy alta y las deducciones bajas, por lo que la masa de tropas disponible se ha estimado en la cifra más alta posible. En resumen, dejando de lado los acontecimientos imprevistos y los grandes errores por parte de los aliados, todos estos cálculos presentan el caso más favorable posible para la revolución.  

Además, se supone que la revolución y la invasión no darán lugar inmediatamente a una guerra civil en el interior del país. En la actualidad, sesenta años después de la última guerra civil en Francia, es imposible determinar en qué medida el fanatismo de los legitimistas es capaz de una insurrección que vaya más allá de lo efímero; está claro, sin embargo, que a medida que los aliados avancen, también aumentarán las probabilidades de un levantamiento como el de 1793 en Lyon, Tolón, etc., de una alianza temporal de todas las clases y facciones políticamente derrocadas. También aquí, sin embargo, supongamos el caso más favorable para la revolución, a saber, que la guardia revolucionaria proletaria y campesina es capaz de desarmar con éxito a los departamentos y clases rebeldes.  

En breve trataremos de las perspectivas que la revolución podría recibir de los levantamientos en Alemania, Italia, etc.  

V  

Llegamos ahora a la conducción real de la guerra.  

Si se coloca una pata de un compás sobre el mapa en París y se describe un círculo alrededor de la ciudad con la distancia de París a Estrasburgo como radio, entonces, en el sur, la circunferencia de este círculo toca la frontera francesa entre Grenoble y Chambéry en Pont de Beauvoisin, la sigue en dirección norte por Ginebra, el Jura, Basilea, Estrasburgo y Hagenau, y luego sigue el curso del Rin hasta su desembocadura. Si está a una distancia de.

el Rin en algunos puntos, esta distancia no excede nunca la longitud de dos jornadas de marcha. Si el Rin fuese la frontera de Francia, entonces, desde el punto en que los Alpes dejan de proteger esta frontera hasta el Mar del Norte, París se hallaría a una distancia igual de esa frontera. El sistema militar francés, con París como centro, habría satisfecho entonces todas las condiciones geográficas para ello. Este sencillo arco desde Chambéry hasta Rotterdam, que reduce todos los puntos de la única frontera abierta de Francia —y además de la frontera más próxima a la capital— a una distancia igual de unas 70 millas alemanas —14 jornadas de marcha— de París, y que al mismo tiempo protege la frontera mediante un ancho río, es la verdadera base militar de la afirmación de que el Rin es la frontera natural de Francia.

Sin embargo, la misma peculiar configuración de su curso hace del Rin también el punto de partida de todas las operaciones concéntricas contra París, pues para que los distintos ejércitos puedan llegar simultáneamente frente a París y amenazarlo al mismo tiempo desde diversos lados, tienen que partir simultáneamente de puntos equidistantes de él. Las operaciones de cualquier ejército de la coalición contrarrevolucionaria contra Francia han de ser concéntricas, por muy peligrosas que sean todas las operaciones concéntricas en las que el punto de concentración se halla dentro del territorio del enemigo o constituye incluso la base de operaciones de éste: 1. porque con París se conquista toda Francia; 2. porque no se puede permitir que quede desguarnecida ninguna parte de la frontera situada dentro de la esfera de operaciones de los ejércitos franceses, ya que de lo contrario los franceses, enviando fuerzas armadas, podrían provocar insurrecciones en el territorio de la Coalición, a retaguardia de los ejércitos de ésta; 3. porque las masas de fuerzas que cualquier coalición se ve obligada a lanzar contra Francia requieren múltiples líneas de operación para su abastecimiento de víveres.

Para ambos ejércitos, la frontera que hay que cubrir va de Chambéry a Rotterdam. Por el momento, la frontera española puede ser desatendida. La frontera italiana, desde el Var hasta el Isère, está protegida por los Alpes y se aleja cada vez más de París, ya que forma la tangente al círculo antes mencionado. Sólo puede entrar en consideración: 1. si los desfiladeros fortificados de los Alpes de Saboya, particularmente el del Mont Cenis, se hallan en manos de los franceses; 2. si se desea hacer una diversión sobre la costa, para lo cual tendrían que existir razones especiales; 3. si los ejércitos franceses, después de haber salvaguardado la frontera en todos los demás puntos, quieren lanzar una ofensiva como la que Napoleón hizo en 1796. En todos los demás casos está demasiado lejos.

Las operaciones activas, por tanto, tanto para la Coalición como para Francia, se limitan a la línea que va de Chambéry o del Isère hasta el Mar del Norte, y a la región comprendida entre esta línea y París. Y precisamente esta parte de Francia ofrece un terreno que, por así decirlo,

Condiciones y perspectivas de una guerra de la Santa Alianza contra Francia 565

está creado para la defensa, y posee un sistema de montañas y ríos que, desde el punto de vista militar, difícilmente podría ser mejorado.

Desde el Ródano hasta el Mosela, la frontera está protegida por una larga cadena montañosa que es difícil de franquear y sólo en ciertos puntos: el Jura, al que se unen los Vosgos, los cuales a su vez tienen su prolongación en el Hochwald y el Idarwald. Ambas cadenas montañosas corren paralelas a la frontera y, además, los Vosgos están protegidos por el Rin. Entre el Mosela y el Mosa, el camino a París está cubierto por las Ardenas, y al otro lado del Mosa por las Argonas. Sólo la región desde el Sambre hasta el mar queda al descubierto, pero aquí la posición de cualquier ejército que avance se torna más peligrosa a cada paso hacia adelante: en caso de contar con un fuerte ejército francés que opere con alguna habilidad, el ejército enemigo corre el riesgo de ser cortado de Bélgica y empujado al mar. Es más, toda la línea desde el Ródano hasta el Mar del Norte está salpicada de fortalezas, algunas de las cuales, por ejemplo Estrasburgo, dominan provincias enteras.

Desde la unión del Jura y los Vosgos, en dirección suroeste hacia Auvernia, corre una cadena montañosa que forma la divisoria de aguas entre el Mar del Norte y el océano, por un lado, y el Mediterráneo, por el otro. De ella fluye hacia el sur el Saona, y hacia el norte, paralelos entre sí, el Mosela, el Mosa, el Marne, el Sena y el Yonne. Entre cada dos de estos ríos, al igual que entre el Yonne y el Loira, se ramifican largas cadenas de montañas que separan los valles fluviales unos de otros y que están atravesadas por sólo unos pocos caminos. Es cierto que todo este territorio montañoso es en su mayor parte practicable para todas las armas, pero es muy infértil y ningún gran ejército puede mantenerse largo tiempo en él.

Si estas montañas también han sido superadas, así como las igualmente infértiles zonas montañosas de Champaña que separan la región del Mosa de la del Sena, el ejército enemigo entra en la región del Sena. Y es sólo aquí donde las notables ventajas militares de la posición de París se revelan plenamente.

La cuenca del Sena, aguas abajo hasta la desembocadura del Oise, está formada por una serie de ríos que corren en arcos casi paralelos en dirección noroeste —el Yonne, el Sena, el Marne, el Oise y el Aisne—, cada uno de los cuales tiene asimismo afluentes que corren en dirección similar. Todos estos valles en forma de arco se unen bastante estrechamente unos con otros, y en el centro de estas confluencias se halla París. Los caminos principales hacia París desde todas las fronteras terrestres entre el Mar Mediterráneo y el Escalda discurren por estos valles fluviales y confluyen concéntricamente en París. De ahí que el ejército que defiende París pueda ser siempre concentrado y trasladado de un punto amenazado a otro en menos tiempo que el ejército atacante, ya que, de dos círculos concéntricos, el interior tiene la circunferencia menor. La admirable utilización de estas ventajas, el incesante movimiento a lo largo de la circunferencia del círculo interior, permitió a Napoleón, en su brillante campaña de 1814, mantener en jaque a toda la Coalición en la región del Sena con un puñado de soldados durante dos meses enteros.*