Colonia, 9 de mayo. Parece que en los últimos días de su existencia y de la existencia del Estado prusiano, el Gobierno del Herr von Hohenzollern quiere una vez más justificar plenamente la antigua reputación del nombre prusiano y de los Hohenzollern.

¿Quién no conoce la descripción del poema de Heine:

Un niño con cabeza tan grande como una calabaza,
Con el bigote caído de un palurdo canoso,
Con brazos de araña, largos pero fuertes,
Con la panza de un gigante, mas tripas no tan largas,
Un niño cambiado….*

¿Quién no conoce las traiciones, las perfidias, la caza de herencias, mediante las cuales esa familia de cabos que lleva el nombre de Hohenzollern ascendió a la grandeza?

Es bien sabido que el llamado «Gran Elector» (¡como si algún «Elector» pudiera ser “grande”!) perpetró la primera traición a Polonia cuando, siendo aliado de Polonia contra Suecia, se pasó súbitamente al lado de los suecos para poder saquear a Polonia más a fondo mediante la Paz de Oliva.

La gente conoce bien la figura absurda de Federico I y la brutal grosería de Federico Guillermo II.

Es bien sabido que Federico II, inventor del despotismo patriarcal, amigo de la Ilustración con ayuda de los azotes, vendió su país en subasta a los mejores postores entre los empresarios franceses; es bien sabido que se alió con Rusia y Austria para llevar a cabo la violación de Polonia, un acto que aún hoy, después de la revolución de 1848, sigue siendo una mancha permanente en la historia alemana.

Es bien sabido que Federico Guillermo II ayudó a consumar la violación de Polonia y que regaló los bienes nacionales y eclesiásticos polacos robados a sus cortesanos.

Es bien sabido que en 1792 entró en una coalición con Austria e Inglaterra para suprimir la gloriosa Revolución Francesa e invadió Francia; es igualmente bien sabido que su «glorioso ejército» fue expulsado de Francia de la manera más ignominiosa.

Es bien sabido que luego dejó en la estacada a sus aliados y se apresuró a concertar la paz con la República Francesa.

Es bien sabido que, mientras fingía estar entusiasmadamente a favor del legítimo rey de Francia y Navarra, compró las joyas de la corona de ese mismo rey por una miseria a la República Francesa y así se benefició de la desgracia de su «querido hermano».

Es bien sabido que él, cuya vida entera fue una típica mezcla hohenzollern de opulencia y misticismo, lascivia senil y superstición infantil, pisoteó la libre expresión de las opiniones mediante los edictos de Bischoffswerder.

Es bien sabido que su sucesor, Federico Guillermo III, el «Justo», traicionó a sus viejos aliados ante Napoleón a cambio de Hannover, arrojado a él como un cebo.

Es bien sabido que inmediatamente después traicionó a Napoleón ante esos mismos antiguos aliados, cuando, estando a sueldo de Inglaterra y Rusia, atacó a la Revolución Francesa encarnada en la persona de Napoleón.

Es bien sabido cuál fue el resultado de este ataque: la derrota sin precedentes del «glorioso ejército» en Jena, el repentino estallido de una enfermedad moral de todo el cuerpo político prusiano, una serie de actos de traición, bajeza y servilismo por parte de los funcionarios prusianos de los que Napoleón y sus generales se apartaron con repugnancia.

Es bien sabido que en 1813 Federico Guillermo III, con hermosas palabras y magníficas promesas, indujo realmente al pueblo prusiano a creer que luchaba una «guerra de liberación» contra los franceses, aunque se trataba únicamente de suprimir la Revolución Francesa y restaurar el antiguo régimen por la gracia de Dios.

Es bien sabido que las hermosas promesas fueron olvidadas tan pronto como la Santa Alianza hizo su entrada triunfal en París el 30 de marzo de 1814.

Es bien sabido que en el momento del regreso de Napoleón desde Elba, el entusiasmo del pueblo alemán ya se había enfriado de nuevo hasta tal punto que los Hohenzollern tuvieron que intentar reavivar su celo desfalleciente mediante la promesa de una Constitución (el Edicto del 22 de mayo de 1815 —cuatro semanas antes de la batalla de Waterloo).

La gente recuerda las promesas contenidas en el Acta de Federación y el documento final de Viena: libertad de prensa, una Constitución, etc.

Es bien sabido cómo el «justo» Hohenzollern mantuvo su palabra. La Santa Alianza y los congresos para la supresión de las naciones, los acuerdos de Carlsbad, censura, despotismo policial, dominio de la nobleza, arbitrariedad burocrática, administración despótica de la justicia por órdenes ministeriales, persecución de demagogos, condenas en masa, dilapidación de los recursos financieros, y… ninguna Constitución.

Es bien sabido que en 1820 se dio al pueblo la garantía de que los impuestos y las deudas del Estado no aumentarían, y cómo el Hohenzollern mantuvo su palabra: transformando la Compañía de Comercio de Ultramar en un banco secreto de préstamos para el Estado.

Es bien sabido cómo respondió el Hohenzollern al llamamiento del pueblo francés durante la revolución de Julio: concentrando tropas en la frontera, reprimiendo a su propio pueblo, aplastando el movimiento en los pequeños Estados alemanes y, finalmente, esclavizando a estos Estados bajo el knut de la Santa Alianza.

Es bien sabido que este mismo Hohenzollern violó la neutralidad durante la guerra ruso-polaca permitiendo a los rusos atravesar su territorio y atacar así a los polacos por la retaguardia, poniendo los arsenales y depósitos prusianos a disposición de los rusos y ofreciendo a cada cuerpo ruso derrotado un refugio seguro en Prusia.

Es bien sabido que todos los esfuerzos del knyaz subordinado de los Hohenzollern, en consonancia con los objetivos de la Santa Alianza, se dirigieron a fortalecer el dominio de la nobleza, la burocracia y el ejército, y a aplastar por la fuerza bruta toda libertad de expresión, toda influencia sobre el Gobierno ejercida por el «limitado entendimiento del súbdito», y además no sólo en Prusia, sino también en el resto de Alemania.

Es bien sabido que rara vez ha habido un reinado en el que tan loables intenciones se llevaran a la práctica por medios más brutales y violentos que el de Federico Guillermo III, particularmente en 1815-1840. Nunca y en ninguna parte hubo tantos arrestos y condenas, nunca estuvieron las fortalezas tan llenas de presos políticos, como bajo este «justo» gobernante. Además, debe tenerse en cuenta qué inofensivos simplones eran estos demagogos.

¿Deberíamos hablar también del Hohenzollern que, según el monje de Lehnin, «será el último de su tribu»? ¿Deberíamos hablar del renacimiento de la grandeza cristiano-germánica, de la aparición de una espantosa penuria financiera, de la Orden del Cisne, del tribunal supremo de censura, de la Dieta Unida y del Sínodo General, del «papelucho», de los vanos intentos de tomar dinero a préstamo, y de todas las demás hazañas de la gloriosa época de 1840-1848? ¿Deberíamos demostrar, remitiéndonos a Hegel, por qué precisamente habrá de ser un comediante quien cierre la serie de los Hohenzollern?

No será necesario. Los datos aportados bastan para una caracterización completa del nombre prusiano de los Hohenzollern. Cierto es que hubo un momento en que el esplendor de este nombre se empañó, pero desde que la pléyade de Manteuffel y Cía. rodea la corona, la vieja grandeza ha revivido. Una vez más, como antiguamente, Prusia es una provincia vice-regia bajo la supremacía rusa; una vez más el Hohenzollern es un knyaz subordinado del autócrata de todas las Rusias, y knyaz superior sobre todos los pequeños boyardos de Sajonia, Baviera, Hessen-Homburg, Waldeck, etc.; una vez más el limitado entendimiento del súbdito queda reinstaurado en su viejo derecho, el de obedecer órdenes. «Mi glorioso ejército», en tanto el zar ortodoxo no haga uso de él, tiene permiso para establecer en Sajonia, Baden, Hessen y el Palatinado el orden que ha imperado durante dieciocho años en Varsovia, y en su propio país y en Austria se le permite pegar los pedazos de las coronas destrozadas con la sangre de los súbditos. Nos importa tan poco la palabra dada anteriormente en un momento de miedo y apuro como a nuestros difuntos antepasados, y tan pronto como hayamos puesto en orden nuestra casa, marcharemos con bandas de música y banderas desplegadas contra Francia y conquistaremos la tierra donde crecen las viñas de Champaña, y destruiremos a la gran Babilonia, ¡la madre de todo pecado!

Tales son los planes de nuestros augustos gobernantes; tal es el puerto seguro hacia el cual navega nuestro noble Hohenzollern. De ahí las cada vez más frecuentes imposiciones y golpes de Estado; de ahí las repetidas patadas a la cobarde Asamblea de Frankfurt; de ahí los estados de sitio, los arrestos y las persecuciones; de ahí la intervención de la soldadesca prusiana en Dresde y la Alemania meridional.

Pero existe otro poder, al cual, es cierto, los señores de Sans-Souci prestan poca atención, pero que no obstante interpondrá su palabra como un trueno. Ese poder es el pueblo, el pueblo que, en París y en el Rin, en Silesia y en Austria, con furiosa cólera espera el momento del levantamiento, y que —quién sabe cuán pronto— dará su merecido a todos los Hohenzollerns, y a todos los knyazes superiores e inferiores.