Colonia, noche del 8 de mayo. La revolución se avecina cada vez más. Mientras en Dresde el pueblo da muestras del mayor valor en su lucha contra los mercenarios sajones y prusianos, y de todas partes afluyen refuerzos armados para repeler la invasión prusiana; mientras en el Palatinado el pueblo se agrupa en torno al Consejo de Defensa, la milicia popular se moviliza y se arma, los militares se ponen de su parte y los funcionarios del gobierno se pliegan a ella, toda Alemania está en efervescencia. Franconia no espera sino el momento en que también ella pueda separarse de Baviera; el pueblo de allí se encuentra en un estado de gran agitación, y los campesinos, en especial, aguardan con impaciencia el estallido de la lucha. Mañana estaremos en condiciones de proporcionar detalles al respecto. En Baden y Wurtemberg incluso los militares se han declarado a favor de la Constitución imperial. Informes similares han llegado de Turingia, Hesse-Kassel y Darmstadt.

Finalmente, en Prusia el movimiento cobra impulso día a día y se vuelve cada vez más revolucionario. Breslavia se halla en un estado de profunda agitación; los pequeños tumultos, la concentración de tropas, las patrullas, los grupos de gente que se congregan en las calles, son todos presagios de acontecimientos más graves. Toda Silesia se encuentra en un estado de tensión similar a la espera de las noticias de Hungría y Viena. Berlín está tranquilo, sojuzgado por el gobierno del sable. En el Rin y en Westfalia los planes del despotismo de los Hohenzollern se malogran por la resistencia de la reserva del ejército, que se niega a dejarse utilizar como instrumento de nuevos golpes de Estado. Todo el país de Berg, el distrito de Hagen, Mülheim an der Ruhr, Krefeld —en fin, precisamente las regiones con el mayor número de partidarios del negro y blanco se han pasado de repente a la insurrección abierta.

La camarilla Brandenburg-Manteuffel hace, entre tanto, todo lo posible por provocar al pueblo a la revolución. El Staats-Anzeiger que ha llegado hoy contiene una circular dirigida a todos los jefes de las administraciones provinciales, instándoles a adoptar medidas enérgicas contra toda actividad «revolucionaria» en apoyo de la Constitución imperial, así como la correspondencia entre el comisario imperial Bassermann y el señor Brandenburg, en la que este último afirma: 1) Prusia se niega de una vez por todas a reconocer la Constitución imperial, y 2) la Autoridad Central ha de abstenerse para siempre de inmiscuirse en los asuntos internos de Prusia, tales como la disolución de la Cámara, la proclamación del estado de sitio, etc.

Recomendamos estas últimas muestras de arrogancia de los Hohenzollern al pueblo del Rin. Parece que, mediante su despreciativa denegación incluso de las concesiones más triviales, la dinastía se propone empujar al pueblo a la revolución.

Si llega a producirse otra revolución, señor von Hohenzollern, ¡quién sabe si esta vez el pueblo se conformará con gritar «¡Abajo los sombreros!»!