Acabo de leer en vuestro número de octubre un artículo titulado: *Les maîtres et les ouvriers en Angleterre*; este artículo menciona una reunión, reseñada por *La Presse*, de supuestos delegados de los obreros empleados en la industria algodonera de Lancashire, reunión que tuvo lugar el 29 de agosto pasado en Manchester. Las resoluciones aprobadas en dicha reunión eran tales que, según *La Presse*, demostraban que existe una perfecta armonía entre el capital y el trabajo en Inglaterra.

Habéis hecho muy bien, señores, en reservar vuestro juicio sobre la autenticidad de una información que un periódico de la burguesía francesa ha publicado basándose en periódicos de la burguesía inglesa. La información es exacta, es cierto; las resoluciones se adoptaron tal como *La Presse* las reproduce; sólo hay una pequeña afirmación que carece de exactitud, pero precisamente esta pequeña inexactitud es el meollo de la cuestión: la reunión que *La Presse* describe no fue una reunión de obreros, sino una reunión de capataces.

Señores, yo pasé dos años en el corazón mismo de Lancashire, y esos dos años los pasé entre los obreros; los vi tanto en sus reuniones públicas como en sus pequeños comités, conocí a sus dirigentes y a sus oradores, y creo poder aseguraros que en ningún otro país del mundo encontraréis hombres más sinceramente consagrados a los principios democráticos ni más firmemente resueltos a sacudirse el yugo de los explotadores capitalistas, bajo el cual sufren en la actualidad, que estos obreros de las fábricas de algodón de Lancashire. ¿Cómo, señores, esos mismos obreros a quienes he visto con mis propios ojos arrojar de la plataforma de una sala de reuniones a varias docenas de fabricantes, a quienes he visto, con ojos centelleantes y puños en alto, sembrar el terror entre las filas de los burgueses congregados en esa plataforma, cómo, repito, esos mismos obreros iban a aprobar hoy un voto de gracias a sus maestros porque éstos tuvieron la bondad de preferir una reducción de la jornada de trabajo a una reducción de los salarios?

Pero examinemos el asunto un poco más de cerca. ¿Acaso la reducción de la jornada de trabajo no significa precisamente lo mismo para el obrero que una reducción de salarios? Evidentemente, así es; en ambos casos la situación del obrero empeora en igual medida. No había, pues, motivo posible para que los obreros dieran las gracias a sus maestros por haber preferido el primer método de reducir el ingreso del obrero al segundo. Sin embargo, señores, si estudiáis los periódicos ingleses de finales de agosto, veréis que los fabricantes de algodón tenían buenas razones para preferir una reducción de la jornada de trabajo a una de los salarios. En aquel momento el precio del algodón en rama subía; el mismo número del *London Globe* que reseña la reunión en cuestión decía también que los especuladores de Liverpool iban a apoderarse del mercado algodonero para provocar un alza artificial de los precios. ¿Qué hacen los fabricantes de Manchester en tales casos? Envían a sus capataces a las reuniones y les hacen aprobar resoluciones como las que *La Presse* os ha comunicado. Es un recurso probado y comprobado que se emplea cada vez que los especuladores intentan elevar el precio del algodón. Es una advertencia a los especuladores de que tengan cuidado en no intentar elevar demasiado el precio; pues en ese caso los fabricantes reducirían el consumo y, al hacerlo, provocarían inevitablemente una baja de los precios. De modo que la reunión que a *La Presse* le da motivo para tanta alegría y aclamación no es más que una de esas asambleas de capataces que no engañan a nadie en Inglaterra.

Para daros una prueba más de hasta qué punto esta reunión fue obra exclusiva de los capitalistas, bastará con deciros que el único periódico al que se enviaron las resoluciones, el periódico del que todos los demás las tomaron, fue el *Manchester Guardian*, el órgano de los fabricantes. El periódico democrático de los obreros, *The Northern Star*, también las publica; pero añade que las ha tomado de ese periódico capitalista, observación condenatoria a los ojos de los obreros.

Suyo, etc.