@ Hermann Kriege a Harro Harring. — Ed.

Reconocemos plenamente que el movimiento de los reformadores nacionales americanos está históricamente justificado. Sabemos que este movimiento se ha fijado una meta que, aunque por el momento fomente el industrialismo de la moderna sociedad burguesa, no obstante, como producto de un movimiento proletario, como ataque a la propiedad territorial en general y, más particularmente, en las circunstancias imperantes en América, por su propia lógica interna avanzará inevitablemente hacia el comunismo. Kriege, que junto con los comunistas alemanes de Nueva York se ha sumado al movimiento Anti-Rent, encubre este hecho manifiesto con sus habituales frases comunistas y extravagantes, sin entrar nunca en la sustancia positiva del movimiento, demostrando así que él mismo no tiene nada claro en su cabeza sobre la conexión entre la Joven América y las circunstancias imperantes en América. Además de los pasajes sueltos que ya hemos citado de paso, ofreceremos otro ejemplo de cómo su humanitarismo ahoga por completo la cuestión del reparto de la tierra al pequeño agricultor en una escala americana.

En el Núm. 10, «Was wir wollen», leemos:

“Ellos —es decir, los reformadores nacionales americanos— llaman al suelo la herencia comunal de toda la humanidad... y quieren que el poder legislativo del pueblo tome medidas para preservar como propiedad comunal inalienable de toda la humanidad los 1.400 millones de acres de tierra que aún no han caído en manos de especuladores rapaces.”

Para “preservar” comunalmente para “toda la humanidad” esta “herencia comunal”, esta “propiedad comunal inalienable”, adopta el plan de los reformadores nacionales: “poner a disposición de todo agricultor, sea cual fuere el país del que provenga, 160 acres de suelo americano, para que pueda alimentarse”, o, como se dice en el Núm. 14, «Antwort» a Conze:

“De esta propiedad del pueblo aún no tocada, nadie podrá tomar más de 160 acres en posesión, y esto solo si la cultiva él mismo.”

Así, para que el suelo siga siendo “propiedad comunal inalienable”, y por añadidura para “toda la humanidad”, hay que empezar sin demora a dividirlo; Kriege se imagina que puede emplear la ley para prohibir las consecuencias necesarias de ese reparto, esto es, la concentración, el progreso industrial, etc. Considera las 160 acres de tierra como una medida siempre constante, como si el valor de una extensión semejante no variara según su calidad. Los “agricultores” tendrán que intercambiar, si no la tierra misma, al menos los productos de su tierra, entre sí y con terceros, y cuando se llegue a esta coyuntura, pronto se hará evidente que un “agricultor”, aunque no tenga capital, simplemente por su trabajo y la mayor productividad inicial de sus 160 acres, reducirá a su vecino a la condición de su jornalero agrícola. ¿Y acaso importa entonces que sea “la tierra” o el producto de la tierra lo que “caiga en manos de especuladores rapaces”?

Tomemos por un momento en serio el regalo que Kriege hace a la humanidad.

Se pretende “preservar” 1.400 millones de acres como “propiedad comunal inalienable de toda la humanidad”. Específicamente, 160 acres corresponderán a cada “agricultor”. Podemos calcular cuánto abarca “toda la humanidad” de Kriege: exactamente 8 3/4 millones de “agricultores”, cada uno de los cuales, como cabeza de familia, representa una familia de cinco, lo que da un total de 43 3/4 millones de personas. Igualmente podemos calcular cuánto durará “toda la eternidad”, durante la cual “el proletariado en su calidad de humanidad” puede “reclamar” “toda la tierra” — al menos en los Estados Unidos. Si la población de los Estados Unidos sigue creciendo al mismo ritmo que hasta ahora (es decir, si se duplica en 25 años), esta “toda la eternidad” no llegará a 40 años; dentro de ese período se habrán ocupado los 1.400 millones de acres, y no quedará nada que las generaciones futuras puedan “reclamar”. Pero como la liberación de la tierra aumentaría enormemente la inmigración, la “toda la eternidad” de Kriege bien podría vencer aún antes. Tanto más si se considera que la tierra para 44 millones no bastaría ni siquiera para absorber a la población paupérrima actual de Europa, donde uno de cada diez hombres es un indigente y solo las Islas Británicas suministran 7 millones. Una ingenuidad económica semejante se halla en el Núm. 13, «An die Frauen», donde Kriege dice que si la ciudad de Nueva York liberara sus 52.000 acres en Long Island, esto bastaría para aliviar a Nueva York “de un solo golpe” de todo su pauperismo, pobreza y crimen para siempre.

Si Kriege hubiera considerado el movimiento de la tierra libre como una primera forma, en ciertas circunstancias necesaria, del movimiento proletario, como un movimiento que, por la posición social de la clase de la que emana, debe forzosamente desarrollarse hasta convertirse en un movimiento comunista; si hubiera mostrado cómo las tendencias comunistas en América solo podían surgir, por de pronto, en esta forma agraria que parece una contradicción de todo comunismo, entonces no habría nada que objetar. Pero tal como están las cosas, declara que una forma de movimiento todavía subordinada, la de un pueblo real y determinado, es un asunto de la humanidad en general, la presenta, contra su mejor saber, como la meta última y suprema de todo movimiento en general, transformando así los objetivos específicos del movimiento en puro disparate extravagante.

En el mismo ensayo (Núm. 10) prosigue, sin embargo, impertérrito su canto triunfal, de la siguiente manera:

“De este modo, pues, los viejos sueños de los europeos se realizaron por fin; a este lado del océano se les preparó un pedazo de tierra que solo necesitaban colonizar y hacer fructificar con el trabajo de sus manos, y podrían proclamar con orgullo a todos los tiranos del mundo:

Esta es mi choza
que vosotros no habéis construido,
este es mi hogar
cuyo fuego me envidiáis.”

Podría haber añadido: Este es mi estercolero, que yo, mi mujer, mi hijo, el jornalero agrícola, la criada y el ganado hemos producido. ¿Quiénes son, pues, esos europeos cuyos “sueños” se hacen aquí realidad? No los obreros comunistas, sino tenderos y maestros artesanos arruinados, o campesinos pobres arruinados que aspiran a la dicha de volver a ser pequeños burgueses y campesinos en América. ¿Y qué clase de “deseo” es ese que los 1.400 millones de acres harían realidad? Nada menos que convertir a todo el mundo en propietario privado, un deseo tan realizable y comunista como convertir a todo el mundo en emperador, rey o papa. La frase siguiente servirá como última muestra de la perspicacia de Kriege en materia de movimientos revolucionarios comunistas y de condiciones económicas:

“Todo hombre debería aprender al menos lo suficiente de cada oficio para poder sostenerse por sí mismo durante un tiempo, si es necesario, en caso de que la desgracia lo apartara de la sociedad humana.”

Claro que es mucho más fácil “desbordar” “amor” y “entrega” que ocuparse del desarrollo de las condiciones reales y de las cuestiones prácticas.

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