Hay en la descripción del buhonero judío algunos pasajes ingenuos y atractivos, por ejemplo:

La semana vuela, cinco días tan solo

La semana te concede para tu trabajo.

Apresúrate, no tomes aliento,

Gana, gana el pan de cada día.

Los sábados te los prohíbe el Padre,

Los domingos te los prohíbe el Hijo [pág. 55].

Pero luego Beck sucumbe por completo a esa verborrea sobre los judíos típica de los Jóvenes Alemanes liberales. La poesía se agosta tan por entero que uno creería estar escuchando un discurso escrofuloso en la escrofulosa Asamblea de los Estados Sajona: No puedes hacerte artesano, ni «concejal del gremio de merceros», ni labrador, ni profesor, pero la carrera de medicina está abierta para ti. Esto halla expresión poética como sigue:

Un oficio de trabajo te negarían,

Te negarían también un campo que labrar.

No puedes desde la cátedra del maestro

Ofrecer discurso a los jóvenes;

Puedes sanar a los enfermos del país [pág. 57].

¿No podría uno versificar del mismo modo el Código General de Prusia y poner música a los versos de Herr Ludwig de Baviera?

Tras haber declamado a su hijo:

Debes trabajar y ser codicioso,

Siempre ávido de propiedad y oro [pág. 57],

el judío lo consuela con:

Tu honestidad perdura para siempre [págs. 57-58].

LORELEI

Esta Lorelei no es otra que el Oro.

Entonces la torpeza inundó

Toda pureza del espíritu,

Ahogando todo lo sano [pág. 64].

Este Diluvio del espíritu y este ahogamiento de todo lo sano es una mezcla de lo más deprimente de banalidad y rimbombancia. Siguen insignificantes diatribas contra la maldad e inmoralidad del dinero.

Su búsqueda (del amor) es dinero y piedras preciosas

Y nunca corazones ni pureza de almas,

Ninguna choza sencilla por morada [pág. 67].

Si el dinero no hubiera hecho más que desacreditar esta alemana búsqueda de corazones y pureza de almas y la más humilde choza de Schiller con su espacio para una feliz pareja amorosa,* sus efectos revolucionarios merecerían reconocimiento.

CANCIÓN DEL TAMBOR

En este poema nuestro poeta socialista muestra una vez más cómo, atrapado en la miseria pequeñoburguesa alemana, se ve constantemente obligado a malograr el escaso efecto que logra.

Un regimiento marcha con su banda tocando. El pueblo exhorta a los soldados a hacer causa común con ellos. El lector se alegra de que el poeta por fin cobre valor. Pero ¡ay! Finalmente descubrimos que la ocasión es meramente el onomástico del Emperador y que las palabras del pueblo son solo el ensueño improvisado y nunca pronunciado de un joven que observa el desfile. Probablemente un estudiante de Gymnasium:

Así sueña un joven de ardiente corazón [pág. 76].

Mientras que en manos de Heine el mismo material, con la misma intención, contendría la sátira más amarga sobre el pueblo alemán, en el caso de Beck lo único que resulta es una sátira sobre el poeta mismo, que se identifica con el joven impotentemente extático. En el caso de Heine, los arrobamientos de la burguesía son deliberadamente exaltados, para luego ser igualmente derribados a tierra de golpe de manera deliberada; en el caso de Beck es el poeta mismo quien se asocia con esas fantasías y quien naturalmente sufre también las consecuencias cuando se estrella contra el suelo. En el caso de uno, la burguesía siente indignación por la impertinencia del poeta; en el del otro, tranquilidad por las actitudes mentales que comparten. ¡La insurrección de Praga!, en todo caso, le brindó la oportunidad de trabajar un material de carácter completamente distinto al de esta farsa.

EL EMIGRANTE

Quebré una rama de un árbol,

El guarda presentó queja,

El amo me ató a un poste

Y me infligió esta grave injuria [pág. 86].

Lo único que falta aquí es la queja presentada en forma similarmente versificada.

LA PIERNA DE MADERA

Aquí el poeta prueba su mano en la narración y fracasa de manera realmente patética. Esta completa incapacidad para contar una historia y crear una situación, evidente en todo el libro, es característica de la poesía del verdadero socialismo. El verdadero socialismo, en su vaguedad, no brinda oportunidad alguna de relacionar los hechos individuales de la narración

con condiciones generales y hacer así resaltar lo que en ellos hay de llamativo o significativo. Por eso los verdaderos socialistas también rehúyen la historia en su prosa. Donde no pueden evitarla, se contentan ya sea con construcciones filosóficas o con ofrecer un árido y aburrido catálogo de casos aislados de infortunio y casos sociales. Además, a todos les falta el talento necesario para la narración, tanto en prosa como en poesía, y esto está conectado con la vaguedad de toda su visión del mundo.

LA PATATA
Melodía: ¡Morgenrot, Morgenrot!

¡Pan sagrado!

Tú que viniste en nuestra aflicción,

Tú que llegaste por mandato del cielo

Al mundo, para que los hombres comieran—
¡Adiós, pues ahora estás muerto! [pág. 105].

En la segunda estrofa llama a la patata

...esa pequeña reliquia
Que nos quedaba del Edén,

y describe la plaga de la patata:

Entre los ángeles la plaga campa.

En la tercera estrofa Beck aconseja a los pobres que se pongan de luto:

¡Vosotros, los pobres!
Id y poneos de luto.
De nada tenéis ya necesidad,
Ay, todo lo vuestro se ha ido,
¡Llorad, los que aún tengáis lágrimas que derramar!

Muerto en la arena
Yace tu Dios, oh tierra melancólica.
Mas que estas palabras os sirvan de consuelo:
¡Nunca pereció redentor
Que luego no resucitara! [pág. 106].

¡Llorad, los que aún tengáis lágrimas que derramar, con el poeta! Si él no estuviera tan falto de energía como su pobre hombre de patatas sanas, se habría regocijado con la sustancia que ese dios burgués, la patata, uno de los ejes de la sociedad burguesa existente, adquirió el pasado otoño. Los terratenientes y burgueses de Alemania no se habrían hecho ningún daño haciendo cantar este poema en las iglesias.

Por este esfuerzo Beck merece una corona de flor de patata.

LA SOLTERONA

No examinaremos más de cerca este poema, ya que se alarga interminablemente, extendiéndose a lo largo de noventa páginas enteras con indecible aburrimiento. La solterona, que en los países civilizados es en su mayoría solo un fenómeno nominal, es en Alemania, hay que admitirlo, un «caso social» significativo.

La forma más común de reflexión autocomplaciente socialista es decir que todo iría bien si no fuera por los pobres del otro lado. Este argumento puede desarrollarse con cualquier material concebible. En el centro de este argumento yace la hipocresía filantrópica pequeñoburguesa, perfectamente feliz con los aspectos positivos de la sociedad existente y que solo lamenta que el aspecto negativo de la pobreza exista junto a ellos, inseparablemente ligado a la sociedad presente, y solo desea que esta sociedad pueda seguir existiendo sin las condiciones de su existencia.

Beck desarrolla este argumento en este poema a menudo de la manera más trivial posible, por ejemplo, en relación con la Navidad:

Oh día que suavemente edificas los corazones humanos,

Serías más suave aún y doblemente querido—
Si no albergaran en los corazones de los niños pobres,
Cuya mirada huérfana recorre
Los cuartos festivos de sus ricos compañeros de juego,
La envidia y las semillas del pecado,
¡Junto con rabiosa blasfemia!

Sí.

… más dulcemente me sonaría la alegría
Infantil a mis oídos a la luz de las velas navideñas,
Si tan solo en húmedas cavernas la indigencia
No tiritara sobre paja podrida [pág. 149].

Hay, por cierto, pasajes ocasionalmente buenos en este poema amorfo e interminable, por ejemplo, la descripción del lumpenproletariado:

Que día tras día, incansables,

Cazan basura en las fétidas cunetas;

Que revolotean como gorriones tras la comida,
Remendando cacerolas y afilando cuchillos,
Almidonando ropa con dedos rígidos,
Empujando sin aliento el pesado carro,
Cargado de frutos apenas madurados,
Gritando lastimosamente: ¡Quién compra, quién compra!
Que se pelean por un cobre en la inmundicia;
Que en las esquinas cada día

Cantan alabanzas al Dios en quien creen,
Pero apenas se atreven a tender la mano,
Siendo la mendicidad contraria a la ley;
Que con oídos sordos, acosados por el hambre,

Pulsan el arpa y soplan la flauta,
Año tras año, la misma vieja tonada—
Bajo cada ventana, en cada portal—
Poniendo a bailar los pies de la niñera

Pero sin oír ellos mismos la melodía;
Que tras el crepúsculo iluminan la ciudad
Mas no tienen luz para su propio hogar;
Que cargan fardos y parten leña,
Que no tienen amo, y que tienen demasiados;
Que corren a rezar, a procurar y a hurtar
Y ahogan con bebida el vestigio de un alma [págs. 158-160].

Beck se eleva aquí por primera vez por encima de la moral habitual de la burguesía alemana al poner estos versos en boca de un viejo mendigo a cuya hija está pidiendo permiso para acudir a una cita con un oficial. En los versos anteriores le da una imagen amarga de las clases a las que pertenecería entonces su hijo, deriva sus objeciones de su inmediata posición social y no le predica moral, y por esto merece crédito.