Este encuentro de la democracia del departamento de Côte d’Or fue indiscutiblemente el más espléndido de toda la serie de banquetes reformistas. Se sentaron a la mesa 1.300 comensales. Estuvieron presentes delegaciones de casi todas las ciudades vecinas e incluso una delegación suiza, compuesta por ciudadanos de Neufchâtel, Ginebra y Lucerna. El carácter del encuentro queda claramente marcado por los nombres de los principales oradores: los señores Louis Blanc, Flocon, Ledru-Rollin, Étienne Arago, todos ellos pertenecientes al partido ultrademocrático representado por La Réforme. Huelga decir que en esta cena no se brindó por Louis Philippe.

El señor Signard, de Gray, localidad vecina, habló en respuesta al brindis: «¡Los demócratas de Lille, que en el reciente banquete de su ciudad se negaron rotundamente a transigir con los falsos liberales y, con su energía, unión e inteligencia, salvaron el honor de la democracia!»

El señor Étienne Arago, conocido literato parisino que muy recientemente había llevado a escena una comedia de gran éxito titulada Las aristocracias, habló a continuación en honor del sentimiento: «¡El desarrollo de la literatura, la ciencia y las bellas artes!»; y expuso en un brillante discurso el rápido avance que la literatura y la ciencia alcanzarían con toda seguridad bajo un sistema libre y democrático.

Al brindis: «El progreso futuro de Francia», el presidente cedió la palabra al señor Louis Blanc, quien fue acogido con gran entusiasmo por la asamblea. Pronunció un magnífico discurso, que contenía numerosas observaciones justas y sorprendentes sobre el desarrollo pasado de Francia; sobre las conclusiones que de ello cabe extraer en relación con el futuro; sobre el carácter particular que la revolución ha impreso indeleblemente al movimiento democrático francés. Fue interrumpido repetidas veces, y con merecimiento, por los aplausos. Fue un discurso digno, en verdad, del primer escritor de historia que Francia posee en la actualidad. Hay, sin embargo, un punto sobre el cual nos permitiremos hacer algunas observaciones, que esperamos sean acogidas con el mismo espíritu amistoso con que las escribimos. Dice el señor Blanc:

«Queremos unión en la democracia. Y que nadie se engañe: no pensamos ni trabajamos solo por Francia, sino por el mundo entero, porque el futuro de Francia contiene en sí el futuro de la humanidad. De hecho, nos hallamos en esta admirable posición de que, sin dejar nunca de ser nacionales, somos necesariamente cosmopolitas, e incluso más cosmopolitas que nacionales. Quien quisiera llamarse demócrata y ser al mismo tiempo inglés, desmentiría la historia de su propio país, pues el papel que Inglaterra ha desempeñado siempre ha sido una lucha del egoísmo contra la fraternidad. Del mismo modo, quien es francés y no quisiera ser cosmopolita, desmentiría el pasado de su patria; porque Francia jamás ha podido hacer predominar idea alguna si no era en beneficio del mundo entero. Señores, en la época de las Cruzadas, cuando Europa fue a conquistar el sepulcro de Cristo, fue Francia quien tomó el movimiento bajo su protección. Después, cuando los sacerdotes quisieron imponernos el yugo de la supremacía papista, los obispos galicanos defendieron los derechos de la conciencia. Y en los últimos días de la vieja monarquía, ¿quién apoyó a la joven América republicana?!* ¡Francia, siempre Francia! Y lo que era verdad para la Francia monárquica, ¿cómo no iba a serlo para la Francia republicana? ¿Dónde, en el libro de la historia, encontramos algo semejante a ese admirable y abnegado desinterés de la República, cuando, agotada por la sangre que había derramado en nuestras fronteras y en el cadalso, encontró aún más sangre que derramar por sus hermanos bátavos? Vencedora o vencida, ¡ilumina a sus propios enemigos con las chispas de su genio! ¡Que Europa nos envíe dieciséis ejércitos, y nosotros le devolveremos la libertad!»

Ahora bien, sin intención de menospreciar en modo alguno los heroicos esfuerzos de la Revolución Francesa ni la inmensa gratitud que el mundo debe a los grandes hombres de la República, creemos que la posición relativa de Francia e Inglaterra con respecto al cosmopolitismo no queda en absoluto fielmente reflejada en el esbozo anterior. Negamos por completo el carácter cosmopolita que se atribuye a Francia antes de la revolución; los tiempos de Luis XI y Richelieu pueden servir de prueba. Pero ¿qué es lo que el señor Blanc atribuye a Francia? Que jamás pudo hacer predominar idea alguna si no era para beneficiar al mundo entero. Pues bien, creemos que el señor Louis Blanc no podría mostrarnos ningún país del mundo que hubiese podido obrar de otro modo que como se dice que obró Francia. Tomemos, por ejemplo, a Inglaterra, que el señor Blanc coloca en directa oposición a Francia. Inglaterra inventó la máquina de vapor; Inglaterra construyó el ferrocarril; dos cosas que, a nuestro entender, valen tanto como muchísimas ideas. Ahora bien, ¿las inventó para sí misma o para el mundo? Los franceses se jactan de extender la civilización por doquier, sobre todo en Argelia. Pero ¿quién ha extendido la civilización por América, Asia, África y Australia sino Inglaterra? ¿Quién fundó la misma república en cuya liberación participó Francia en cierta medida? Inglaterra, siempre Inglaterra. Si Francia ayudó a liberar la república americana de la tiranía inglesa, Inglaterra liberó la república holandesa, doscientos años antes, de la opresión española.²⁰² Si Francia dio, a finales del siglo pasado, un glorioso ejemplo al mundo entero, no podemos pasar por alto en silencio el hecho de que Inglaterra, ciento cincuenta años antes, dio ese mismo ejemplo, y entonces ni siquiera Francia estaba dispuesta a seguirlo. Y en lo que respecta a las ideas, esas mismas ideas que los filósofos franceses del siglo XVIII —Voltaire, Rousseau, Diderot, D’Alembert y otros— tanto hicieron por popularizar, ¿dónde se originaron sino en Inglaterra? No olvidemos nunca a Milton, el primer defensor del regicidio, a Algernon Sidney, a Bolingbroke y a Shaftesbury, predecesores de sus más brillantes seguidores franceses.

Si un inglés «quisiera llamarse demócrata, desmentiría la historia de su propio país», dice el señor Blanc. Pues bien, nosotros consideramos que es la prueba más fehaciente de auténtica democracia el tener que desmentir a su país, el tener que repudiar toda responsabilidad por un pasado repleto de miseria, tiranía, opresión de clase y superstición. Que los franceses no se constituyan en excepción respecto a los demás demócratas; que no asuman la responsabilidad por los actos de sus reyes y aristócratas de antaño. Así, lo que el señor Blanc considera una desventaja para los demócratas ingleses, nosotros lo consideramos una gran ventaja: que deben repudiar el pasado y mirar solo al futuro.

Un francés es necesariamente cosmopolita. Sí, en un mundo dominado por la influencia francesa, las costumbres, las modas, las ideas, la política francesas. En un mundo en el que cada nación ha adoptado las características de la nacionalidad francesa. Pero eso es precisamente lo que no agradará a los demócratas de otras naciones. Muy dispuestos a abandonar las asperezas de su propia nacionalidad, esperan lo mismo de los franceses. No se conformarán con la afirmación, por parte de los franceses, de que son cosmopolitas; afirmación que equivale a exigir a todos los demás que se conviertan en franceses.

Comparemos con Alemania. Alemania es la patria de un inmenso número de inventos —de la imprenta, por ejemplo. Alemania ha producido —y así se reconoce universalmente— un número mucho mayor de ideas generosas y cosmopolitas que Francia e Inglaterra juntas. Y Alemania, en la práctica, siempre ha sido humillada, siempre se ha visto defraudada en todas sus esperanzas. Ella puede decir mejor que nadie lo que ha sido el cosmopolitismo francés. En la misma medida en que Francia tiene que quejarse —y con razón— de la perfidia de la política inglesa, Alemania ha experimentado una política igualmente pérfida por parte de Francia, desde Luis XI hasta Luis Felipe. Si aplicáramos la medida del señor Louis Blanc, los alemanes serían los verdaderos cosmopolitas, y sin embargo no lo pretenden.

Baste por ahora con lo dicho sobre este punto. Queremos abrir un debate al respecto, pues ello solo conducirá a un entendimiento mutuo y a una unión firme de la democracia francesa e inglesa.

Después del señor Blanc, habló el señor Flocon en respuesta al brindis: «Los demócratas de Europa».

El señor Flocon dijo:

«Mirad a vuestro alrededor, escuchad las voces que se alzan desde los países extranjeros; quejas o amenazas, suspiros o esperanzas, ¿qué dicen? Invocan el principio de la Revolución Francesa; proclaman ante todos los despotismos su inmortal lema: Liberté, Egalité, Fraternité. Sí, esas mismas naciones que, en los delirios de la esclavitud y la ignorancia, hicieron una guerra impía a la revolución, acuden ahora por millares a retomar su bandera y prometen ser las defensoras más ardientes de los gloriosos principios que en tiempos pasados no comprendían. Este hecho sorprendente está a la vista de todo el mundo, y no conozco nada más terrible para nuestros enemigos, nada que pueda recordarnos con mayor eficacia nuestro deber. En Inglaterra, junto a las viejas facciones, frente a la aristocracia más rica y tiránica del mundo, el pueblo se está organizando. Una inmensa asociación, dirigida por líderes experimentados, enrola diariamente a miles de trabajadores que se proponen vengar los agravios de la humanidad. Y los derechos del hombre no son una consigna nueva en Inglaterra. En tiempos de las antiguas guerras civiles, en medio del fanatismo religioso y las pasiones políticas, varios partidos ya vieron con claridad la gran verdad social:

When Adam delved and Eve span
Where was then the gentleman??*

Eso fue proclamado por los covenanters* hace casi trescientos años. La misma pregunta se vuelve a plantear, y los señores del algodón desdeñan escuchar la queja de los hijos del trabajo tanto como lo hicieron los terratenientes de antaño. Por lo tanto, pedir lo que es justo no bastará; el pueblo debe ser lo bastante fuerte para tomarlo, y el pueblo inglés lo sabe. En Bélgica, en este mismo momento, se está organizando una sociedad que une a los demócratas de todas las naciones, se prepara un Congreso Democrático. En Alemania, mientras los príncipes juegan a conceder constituciones graciosas, el pueblo se prepara para labrarse su propia salvación.»

El orador pasó revista brevemente a los movimientos polaco, italiano y suizo, y concluyó su discurso con estas palabras:

«Sí, la semilla de la revolución está germinando, el suelo es fértil, la espléndida flor de la esperanza adorna los campos del futuro. Pero el invierno ha sido largo, y debemos empuñar pronto la hoz para hacer nuestra cosecha. Reanudemos, pues, la obra de la revolución allí donde nuestros padres la dejaron. Apresurémonos; de lo contrario, tendremos que reanudarla donde ellos la comenzaron.» (Grandes aplausos.)

El siguiente brindis: «La soberanía del pueblo», fue respondido por el diputado señor Ledru-Rollin.

Se leyeron cartas de disculpa de los señores François Arago, Lamennais, Dupont de L’Eure, y la reunión se disolvió.

Esta manifestación demuestra que los demócratas de provincias abandonan cada vez más el partido del National para agruparse en torno al partido de La Réforme.

* Los discursos reproducidos aquí y a continuación están citados según los informes del banquete de Dijon publicados en La Réforme, 24 y 25 de noviembre de 1847.—Ed.