[Deutsche-Brüsseler-Zeitung N.° 93, 21 de noviembre de 1847]

El señor Grün descansa de los esfuerzos de su *Soziale Bewegung in Frankreich und Belgien* dirigiendo una mirada a la falta de movimiento social[*] en su tierra natal. Para variar, decide echar un vistazo al «aspecto humano» del anciano Goethe. Ha cambiado sus botas de siete leguas por zapatillas, se ha puesto la bata y se estira, lleno de autosatisfacción, en su sillón:

«No estamos escribiendo un comentario, solo entresacamos lo que está a la vista de todos» (pág. 244).

Se ha puesto realmente cómodo:

«Había puesto unas rosas y camelias en mi habitación, y reseda y violetas junto a la ventana abierta» (pág. III). «¡Y, sobre todo, nada de comentarios! ... Pero aquí, las obras completas sobre la mesa y un leve aroma de rosas y reseda en la habitación. Veamos hasta dónde llegamos... ¡Solo un bribón ofrece más de lo que tiene!» (pp. IV, V).

Pese a toda su despreocupación, el señor Grün realiza en este libro hazañas del más vigoroso heroísmo. Pero ello no nos sorprenderá cuando le hayamos oído decir de sí mismo que es el hombre que «estaba a punto de desesperar de la trivialidad de los asuntos públicos y privados» (pág. III), que «sentía la mano moderadora de Goethe siempre que corría peligro de verse sumergido por la extravagancia y la falta de forma» (ibíd.), cuyo corazón está «lleno del sentido del destino humano», «¡que ha escuchado el alma del hombre… aunque eso signifique descender al infierno!» (pág. IV). Nada nos sorprenderá ya después de saber que anteriormente había «dirigido una vez una pregunta al hombre feuerbachiano», pregunta ciertamente «fácil de responder», pero que sin embargo parece haber sido demasiado difícil para el hombre en cuestión (pág. 277); y cuando vemos cómo el señor Grün en la pág. 198 «conduce la autoconciencia fuera de un callejón sin salida», en la pág. 102 planea incluso visitar «la corte del emperador ruso» y en la pág. 305 clama al mundo con voz de trueno: «¡Anatema sobre cualquier hombre que proclame relaciones sociales nuevas y permanentes por ley!». Estamos preparados para cualquier cosa cuando el señor Grün se propone en la pág. 187 «examinar más de cerca el idealismo» y «mostrarlo como el golfillo callejero que es», cuando especula sobre «convertirse en un hombre de propiedad»,

«un rico, rico hombre de propiedad, para poder pagar el impuesto sobre la propiedad, obtener un asiento en la Cámara de Representantes de la humanidad, ser incluido en la lista de jurados que juzgan entre lo que es humano y lo que no».

¿Cómo podría no lograr esto, estando como está «sobre el suelo sin nombre de lo universalmente humano»? (pág. 182). Ni siquiera tiembla ante «la noche y sus horrores» (pág. 312), tales como el asesinato, el adulterio, el robo, la prostitución, la licencia y el orgullo inflado. Es cierto que en la pág. 99 confiesa haber conocido también «el infinito tormento del hombre al descubrirse en el punto mismo de su propia insignificancia»; es cierto que «se descubre» ante el ojo público en este «punto» con motivo de los versos:

¿Te comparas solo con el espíritu que tu mente concibe,  
no conmigo?[**]

para ser precisos, de la siguiente manera:

«Estas palabras son como cuando trueno y relámpago se producen juntos, abriéndose la tierra al mismo tiempo. Estas palabras son como cuando el velo del templo se rasga en dos y los sepulcros se abren … el crepúsculo de los dioses está sobre nosotros y el caos antiguo ha vuelto … las estrellas chocan, en un instante una sola cola de cometa incinera nuestra pequeña tierra, y todo lo que existe es de ahora en adelante solo humo y vapor ondulantes. Y si uno se imagina la destrucción más atroz, … ¡todo es casi nada comparado con la aniquilación contenida en estas once palabras!» (pp. 235, 236).

Es cierto, «en la frontera más avanzada de la teoría», a saber en la pág. 295, el señor Grün tiene la sensación «de agua helada corriéndole por la espalda, un verdadero terror estremece sus miembros»; pero supera todo esto con facilidad, pues al fin y al cabo es miembro de «la gran orden de los francmasones de la humanidad» (pág. 317).

Considerándolo todo,[***] con tales cualidades el señor Grün se comportará valientemente en cualquier campo de batalla. Antes de proceder a su productivo examen de Goethe, acompañémosle a algunas de las áreas secundarias de su actividad.

Ante todo, al campo de las ciencias naturales, pues según la pág. 247 «el conocimiento de la naturaleza» es «la única ciencia positiva» y al mismo tiempo «sin embargo, la realización del hombre humanístico» (vulgo: humano). Recopilemos cuidadosamente los pronunciamientos positivos que el señor Grün hace sobre esta única ciencia positiva. En realidad, no entra en el tema muy extensamente; se limita a dejar caer unas cuantas observaciones mientras pasea, por así decirlo, por su habitación, en el intervalo entre la luz del día y la oscuridad, pero los milagros que realiza no son por ello menos «los más positivos».

En relación con el *Système de la Nature* atribuido a Holbach, revela:

«No podemos exponer aquí cómo el Sistema de la Naturaleza se interrumpe a medio camino, cómo se interrumpe en el punto en que la libertad y la autodeterminación tenían que brotar de la necesidad del sistema cerebral» (pág. 70).

El señor Grün podría indicar el punto preciso en que esto o aquello «brota» «de la necesidad del sistema cerebral», y el hombre sería entonces abofeteado también en el interior de su cráneo. El señor Grün podría dar la información más segura y detallada sobre un punto que hasta ahora ha escapado a toda observación, a saber, los procesos productivos de la conciencia en el cerebro. Pero, ¡ay!, en un libro sobre el aspecto humano de Goethe «no podemos exponer esto en detalle».

Dumas, Playfair, Faraday y Liebig han sostenido hasta ahora inocentemente la opinión de que el oxígeno es un gas que no tiene sabor ni olor. Pero el señor Grün, que por supuesto sabe que el prefijo «oxi-» significa de sabor agudo, declara en la pág. 75 que el «oxígeno» es «de sabor agudo». Del mismo modo, en la pág. 229 aporta nuevos hechos a la acústica y la óptica; al postular un «estruendo purificador y luminosidad», sitúa el poder purificador del sonido y la luz fuera de toda duda.

No contento con tan deslumbrantes aportaciones a la «única ciencia positiva», no contento con la teoría de las bofetadas interiores, en la pág. 94 el señor Grün descubre un nuevo hueso:

«Werther es el hombre que no tiene vértebra, que aún no se ha desarrollado como sujeto».

Hasta ahora se había pensado erróneamente que el hombre tenía unas dos docenas de vértebras. El señor Grün reduce estos numerosos huesos no solo a la forma singular normal, sino que además descubre que esta única vértebra tiene la notable propiedad de hacer del hombre un «sujeto». El «sujeto» señor Grün merece una vértebra extra por este descubrimiento.

Finalmente, nuestro naturalista ocasional resume su «única ciencia positiva» de la naturaleza de la siguiente manera:

«¿No es el núcleo de la naturaleza  
la humanidad en el corazón?»[****]

«El núcleo de la naturaleza es la humanidad en el corazón. En el corazón de la humanidad está el núcleo de la naturaleza. La naturaleza tiene su núcleo en el corazón de la humanidad» (pág. 250).

A lo cual nosotros añadiríamos, con permiso del señor Grün: La humanidad en el corazón es el núcleo de la naturaleza. En el corazón, el núcleo de la naturaleza es la humanidad. En el corazón de la humanidad, la naturaleza tiene su núcleo.

Con esta «positiva» y eminente iluminación abandonamos el campo de las ciencias naturales, y nos volvemos a la economía, que, desgraciadamente, según lo anterior, no es una «ciencia positiva». A pesar de ello, el señor Grün, con la mejor esperanza, procede aquí también de manera sumamente «positiva».

«El individuo se enfrentó al individuo, y así surgió la competencia universal» (pág. 211).

En otras palabras, esa oscura y misteriosa concepción que los socialistas alemanes tienen de la «competencia universal» entró en escena, «y así surgió la competencia». Sin duda no se indican razones, porque la economía no es una ciencia positiva.

«En la Edad Media, el vil metal estaba aún atado por la fidelidad feudal, el amor cortés y la piedad; el siglo XVI rompió estas cadenas, y el dinero quedó libre» (pág. 241).

MacCulloch y Blanqui, que hasta ahora habían estado bajo el error de que el dinero estaba «atado en la Edad Media» por las deficientes comunicaciones con América y las masas de granito que cubrían las vetas del «vil metal» en los Andes, MacCulloch y Blanqui dirigirán un voto de gracias al señor Grün por esta revelación.[*****]

El señor Grün intenta dar un carácter positivo a la Historia, que tampoco es una «ciencia positiva», yuxtaponiendo los hechos tradicionales y una serie de hechos de su imaginación.

En la pág. 91, «el Catón de Addison se apuñaló en la escena inglesa un siglo antes de Werther», testimoniando así un notable cansancio de la vida. Pues, según este relato, «se apuñaló» cuando su autor, que nació en 1672, ¡era aún un niño de pecho!

En la pág. 175, el señor Grün corrige el *Tag- und Jahreshefte* de Goethe en el sentido de que la libertad de prensa no fue en absoluto «declarada» por los gobiernos alemanes en 1815, sino solo «prometida». Así, los horrores que nos cuentan los filisteos de Sauerland y otros lugares sobre los cuatro años de libertad de prensa de 1815 a 1819 son solo un sueño: cómo en aquel tiempo la prensa sacó a la luz toda su ropa sucia y pequeños escándalos, y cómo finalmente los decretos federales de 1819 pusieron fin a este reinado del terror por la opinión pública.

El señor Grün nos dice además que la Ciudad Libre Imperial de Fráncfort no era en absoluto un Estado, sino «solo un pedazo de sociedad civil» (pág. 19). Alemania, dice, no tiene Estados de ninguna clase, y la gente empieza por fin a «darse cuenta cada vez más de las ventajas peculiares de esta condición sin Estado de Alemania» (pág. 257), ventajas que consisten especialmente en lo baratas que resultan las palizas. Los autócratas alemanes se verán así obligados a decir: *«la société civile, c’est mov»* —aunque les siente mal, ya que según la pág. 101 la sociedad civil es solo «una abstracción».

Si, sin embargo, los alemanes no tienen Estado, tienen en cambio «una masiva letra de cambio sobre la verdad, y esta letra de cambio debe ser realizada, pagada y convertida en moneda contante y sonante» (pág. 5). Esta letra de cambio es pagadera sin duda en la misma oficina donde el señor Grün paga su «impuesto sobre la propiedad», «para obtener un asiento en la Cámara de Representantes de la humanidad».

[Deutsche-Brüsseler-Zeitung N.° 94, 25 de noviembre de 1847]

Las cosas «positivas» más importantes sobre las que nos ilustra conciernen a la Revolución Francesa, sobre cuya «significación» ofrece una «digresión» especial. Comienza con la sentencia oracular de que la contradicción entre el derecho histórico y el derecho racional es ciertamente importante, pues ambos son de origen histórico. Sin desear en modo alguno menospreciar el descubrimiento del señor Grün, tan nuevo como importante, de que también el derecho racional surgió en el curso de la historia, nos aventuraríamos tímidamente a observar que un encuentro tranquilo en la quietud de su gabinete con los primeros volúmenes de la *Histoire parlementaire* de Buchez debería mostrarle qué papel desempeñó esta contradicción en la Revolución.

[*] En alemán hay un juego de palabras con *Bewegung* (movimiento) y *Stillstand* (falta de movimiento). — Ed.

[] J. W. Goethe, *Fausto*, Parte I, Escena 1 («Noche»). — Ed.

[*] Engels da esta frase en inglés. (Shakespeare, *Hamlet*, Acto I, Escena 2 [parafraseado]). — Ed.  
    (La frase original en inglés era «Take it all in all».)

[****] J. W. Goethe, «Ultimatum» (ciclo «Gott und Welt»). — Ed.

[*****] Se refiere a los libros: J. R. MacCulloch, *The Principles of Political Economy* y A. Blanqui, *Histoire de l’économie politique en Europe*. — Ed.

El señor Grün, sin embargo, prefiere darnos una extensa prueba de la índole malvada de la Revolución, que al final se reduce a una sola queja, pesada y maciza, contra ella: que no «examinó el concepto del hombre» [pág. 195]. En verdad, tan grave pecado de omisión es imperdonable. ¡Si tan sólo la Revolución hubiera examinado el concepto del hombre, no se habría planteado siquiera un noveno Termidor o un decimoctavo Brumario!²; Napoleón se habría contentado con su nombramiento de general y tal vez en su vejez habría redactado reglamentos de instrucción militar «desde el aspecto humano». —Asimismo, en el curso de nuestra ilustración, aprendemos «acerca de la significación de la Revolución» que, en el fondo, no hay diferencia entre deísmo y materialismo, y por qué no. De aquí comprobamos con algún placer que el señor Grün no ha olvidado del todo todavía a su Hegel. Cf. por ejemplo Hegel, Geschichte der Philosophie, III, págs. 458, 459 y 463, segunda edición. —Luego, también para ilustrarnos «acerca de la significación de la Revolución», se exponen varios puntos sobre la competencia, de los cuales ya hemos anticipado los más importantes más arriba; además, se dan largos extractos de los escritos de Holbach para demostrar que él explicaba el crimen como originado en el Estado; «la significación de la Revolución» se dilucida de igual manera mediante una generosa antología de la Utopia de Tomás Moro, la cual Utopia es a su vez dilucidada en el sentido de que en el año 1516 retrató proféticamente nada menos que a «la Inglaterra actual» (pág. 225), hasta en los más mínimos detalles. Y al fin, después de todas estas vues et considérants, sobre las que se extiende largamente a lo largo de 36 páginas, sigue el veredicto final en la pág. 226: «La Revolución es la realización del maquiavelismo». ¡Un ejemplo que sirve de advertencia a todos aquellos que aún no han examinado el concepto del «hombre»!

A modo de consuelo para los desdichados franceses, que no han logrado sino la realización del maquiavelismo, en la pág. 73 el señor Grün les dispensa una pequeña gota de bálsamo:

«En el siglo XVIII, el pueblo francés fue como un Prometeo entre las naciones, que reivindicó los derechos humanos frente a los de los dioses.»

No nos detengamos en el hecho de que presumiblemente debió, después de todo, haber «examinado el concepto del hombre», ni en el hecho de que «reivindicó» los derechos humanos no «frente a los de los dioses», sino frente a los del rey, la aristocracia y el clero; pasemos por alto estas bagatelas y cubrámonos la cabeza en silenciosa aflicción: pues aquí al señor Grün mismo le ha ocurrido algo «humano».

El señor Grün, verá usted, ha olvidado que en publicaciones anteriores (cf., por ejemplo, el artículo en el volumen I de los Rheinische Jahrbücher,* «Die soziale Bewegung», etc.) no sólo se había extendido sobre cierto argumento acerca de los derechos humanos que se encuentra en los Deutsch-Französische Jahrbücher,© «popularizándolo», sino que, con el más auténtico celo plagiario, lo había llevado hasta extremos disparatados. Ha olvidado que allí había puesto en la picota los derechos humanos como derechos del épicier,⁎ del filisteo, etc.; aquí los transforma de pronto en «derechos humanos», los derechos del «hombre». Lo mismo le sucede al señor Grün en las págs. 251 y 252, donde «el derecho con el que nacimos y que, ¡ay!, es universalmente ignorado», del Fausto, se convierte en «tu derecho natural, tu derecho humano, el derecho de traducir en práctica las propias ideas y de disfrutar los frutos del propio trabajo»; aunque Goethe lo contrapone directamente a «la ley y los derechos», que «se transmiten de generación en generación como una enfermedad eterna»,b es decir, al derecho tradicional del antiguo régimen, con el cual sólo entran en conflicto los «derechos humanos innatos, eternos e inalienables» de la Revolución, pero en modo alguno los derechos del «hombre». Esta vez, cierto es, el señor Grün tuvo que olvidar su punto anterior para que Goethe no perdiese su aspecto humano.

El señor Grün, sin embargo, no ha olvidado aún del todo lo que aprendió de los Deutsch-Französische Jahrbücher y de otras publicaciones de la misma tendencia. En la pág. 210 define, por ejemplo, la libertad en Francia en aquella época como «la libertad de seres no libres (!), comunes (!!) (!!!)». Este no-ser ha surgido del ser común de las págs. 204 y 205 de los Deutsch-Französische Jahrbücher y de las traducciones de esas páginas al lenguaje corriente del socialismo alemán de entonces. Los argumentos que hacen abstracción de la filosofía y contienen expresiones del derecho, la economía, etc., son incomprensibles para los verdaderos socialistas, quienes por eso tienen la costumbre general de condensarlos en un abrir y cerrar de ojos en una única y breve frase acuñada, tachonada de expresiones filosóficas, y luego grabarse este sinsentido en la memoria para usarlo en cualquier ocasión imaginable. De este modo, el «ser común» jurídico de los Deutsch-Französische Jahrbücher se ha transformado en el filosófico-disparatado «ser general» arriba mencionado; la liberación política, la democracia, ha adquirido su fórmula filosófica abreviada en la «liberación del ser general no libre», y ésta el verdadero socialista puede guardársela en el bolsillo sin temer que su erudición le resulte demasiado pesada.

En la pág. XXVI, el señor Grün explota lo que se dice en La Sagrada Familia sobre el sensacionismo y el materialismo,d de una manera análoga a la que emplea respecto a las citas de Holbach antes mencionadas y su interpretación socialista; la indicación contenida en aquella publicación de que en los materialistas del siglo XVIII, incluido Holbach, se encuentran vínculos con el movimiento socialista de la época actual.

Pasemos a la filosofía. Por la que el señor Grün siente un profundo desprecio. Ya en la pág. VII nos informa de que «no tiene ya utilidad alguna para la religión, la filosofía y la política», que estas tres «han existido y no resurgirán jamás de su disolución» y que de todas ellas, y de la filosofía en particular, «no retendrá más que el hombre mismo y el ser social capaz de actividad social». El ser social capaz de actividad social y el mencionado hombre humano bastan, ciertamente, para consolarnos de la ruina irreversible de la religión, la filosofía y la política. Pero el señor Grün es demasiado modesto. No sólo ha «retenido» de la filosofía al «hombre humanístico» y a diversos «seres», sino que es además el orgulloso poseedor de una considerable, aunque confusa, masa de tradición hegeliana. ¿Cómo habría de ser de otra manera, cuando hace varios años se arrodilló reverentemente en varias ocasiones ante el busto de Hegel? Se nos pedirá que no introduzcamos semejantes detalles personales, escabrosos y escandalosos; pero el señor Grün mismo confió este secreto al hombre de prensa. No diremos aquí dónde. Ya hemos citado las fuentes del señor Grün con capítulo y versículo tan a menudo que bien podemos solicitarle una vez un servicio análogo. Para darle, ya de paso, una prueba más de nuestras benévolas intenciones hacia él, le confiaremos el hecho de que su veredicto final en la controversia sobre el libre albedrío, que da en la pág. 8, lo ha tomado del Traité de l'Association de Fourier, sección «du libre arbitre». Únicamente la idea de que la teoría del libre albedrío es una «aberración de la mente alemana» es una peculiar «aberración» por parte del propio señor Grün.

Por fin nos vamos acercando a Goethe. En la pág. 15, el señor Grün le concede a Goethe el derecho a existir. Pues Goethe y Schiller son la resolución de la contradicción entre «placer sin actividad», es decir, Wieland, y «actividad sin placer», es decir, Klopstock. «Lessing fue el primero en asentar al hombre sobre sí mismo». (Uno se pregunta si el señor Grün podrá emularle en esta proeza acrobática.) —En esta construcción filosófica tenemos reunidas todas las fuentes del señor Grün. La forma de la construcción, la base de todo el asunto, es el mundialmente famoso ardid hegeliano para la reconciliación de las contradicciones. «El hombre asentado sobre sí mismo» es terminología hegeliana aplicada a Feuerbach. «Placer sin actividad» y «actividad sin placer», esta contradicción con la que el señor Grün hace que Wieland y Klopstock ejecuten las variaciones arriba mencionadas, está tomada de las Obras completas de M[oses] Hess. La única fuente que echamos de menos es la historia literaria misma, que no tiene la más remota idea de este batiburrillo y que, por consiguiente, el señor Grün ignora con razón.

Ya que hablamos de Schiller, viene al caso la siguiente observación del señor Grün: «Schiller fue todo lo que se puede ser en la medida en que no se es Goethe» (pág. 311). Con perdón, también se puede ser señor Grün. —Dicho sea de paso, nuestro autor está aquí arando en el mismo surco que Luis de Baviera:

Roma, te faltan los dones de Nápoles, a ella los que
tú reclamas;
si tan solo las dos fueseis una, habría sido demasiado para la tierra.

Esta construcción histórica prepara el camino para la entrada de Goethe en la literatura alemana. «El hombre asentado sobre sí mismo», de Lessing, sólo en manos de Goethe puede continuar su evolución. Pues al señor Grün le corresponde el mérito de haber descubierto en Goethe al «hombre», no al hombre natural, engendrado por hombre y mujer en los placeres de la carne, sino al hombre en el sentido superior, al hombre dialéctico, el caput mortuum en el crisol donde han sido calcinados Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, el cousin germain del Homunculus en el Fausto —en suma, no el hombre como Goethe habla de él, sino el hombre como tal, como habla de él el señor Grün. ¿Quién es, pues, ese «hombre como tal» del que habla el señor Grün?

«En Goethe no hay nada que no sea contenido humano» (pág. XVI). —En la pág. XXI oímos «que Goethe retrató y concibió al hombre como tal, tal como nosotros queremos realizarlo hoy». —En la pág. XXII: «Goethe hoy, y eso significa sus obras, es un verdadero compendio de la humanidad». —Goethe «es la humanidad cumplida» (pág. XXV). —«Las obras literarias de Goethe son (!) el ideal de la sociedad humana» (pág. 12). —«Goethe no pudo convertirse en poeta nacional porque estaba destinado a ser el poeta de todo lo humano» (pág. 25). —Sin embargo, según la pág. 14, «nuestra nación» —es decir, los alemanes— debería, no obstante, «discernir su propia esencia transfigurada» en Goethe.

He aquí la primera revelación sobre «la esencia del hombre», y podemos confiar tanto más en el señor Grün en este asunto cuanto que sin duda ha «examinado el concepto del hombre» con la máxima profundidad. Goethe retrata al «hombre» tal como el señor Grün quiere realizarlo, y al mismo tiempo retrata a la nación alemana transfigurada: «el hombre» no es, pues, otra cosa que «el alemán transfigurado». Tenemos confirmación de esto en todo el texto. Así como Goethe no es «un poeta nacional» sino «el poeta de todo lo humano», así también la nación alemana no es una nación «nacional», sino la nación «de todo lo humano». Por esta razón leemos en la pág. XVI otra vez: «Las obras literarias de Goethe, que emanan de la vida,... ni tuvieron ni tienen nada que ver con la realidad». Exactamente igual que «el hombre», exactamente igual que «los alemanes». Y en la pág. 4: «En este mismo momento, el socialismo francés aspira a llevar la felicidad a Francia,...

* K. Grün, «Politik und Socialismus».— Ed.
© Véase Marx, «Sobre la cuestión judía» (presente edición, vol. 3, pp. 160-168).— Ed.
⁎ Tendero, comerciante.— Ed.
b J. W. Goethe, Faust, acto I, escena 4 («El estudio de Fausto»).— Ed.
d Véase la presente edición, vol. 4, pp. 124-134.— Ed.

Los escritores alemanes tienen puestos sus ojos en el género humano. (Mientras que “el género humano” está en su mayor parte acostumbrado a “tenerlos” no delante de “sus ojos”, sino delante de una parte algo opuesta de la anatomía.) En innumerables ocasiones, el señor Grün expresa, por tanto, su satisfacción por el hecho de que Goethe quisiera “‘liberar al hombre desde dentro” (por ejemplo, pág. 225), ¡forma de liberación verdaderamente germánica que hasta ahora se ha negado a emerger “desde dentro”!

Tomemos debida nota, pues, de esta primera revelación: el “Hombre” es el alemán “transfigurado”.

[Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 95, 28 de noviembre de 1847]

Observemos ahora cómo el señor Grün rinde homenaje al “poeta de todo lo humano”, al “contenido humano en Goethe”. Descubriremos así de la mejor manera quién es el “hombre” de quien habla el señor Grün. Veremos que el señor Grün revela aquí los pensamientos más secretos del verdadero socialismo, lo cual es típico del modo en que su afán general de gritar más que todos sus compinches lo lleva, imprudentemente, a trompetearle al mundo asuntos que el resto del grupo prefiere guardarse para sí. Su transformación de Goethe en “el poeta de todo lo humano” se le vio facilitada, de paso, por el hecho de que el propio Goethe solía emplear las palabras “hombre” y “humano” con un énfasis especial. Goethe, ciertamente, las utilizaba solo en el sentido en que se aplicaban en su propia época y más tarde también por Hegel; por ejemplo, el atributo “humano” se otorgaba en particular a los griegos, en contraposición a los bárbaros paganos y cristianos, mucho antes de que estas expresiones adquiriesen su significado místico-filosófico a través de Feuerbach. En Goethe, especialmente, suelen tener un significado sumamente no filosófico y de carne y hueso. Al señor Grün le corresponde el mérito de haber sido el primero en convertir a Goethe en un discípulo de Feuerbach y en un verdadero socialista.

No podemos, por supuesto, hablar aquí detalladamente del propio Goethe. Solo quisiéramos llamar la atención sobre un punto. En sus obras, la actitud de Goethe hacia la sociedad alemana contemporánea es dual. A veces se muestra hostil hacia ella; intenta escapar de lo que encuentra repulsivo en ella, como en *Ifigenia* y, sobre todo, a lo largo de todo el viaje a Italia; se rebela contra ella como Götz, Prometeo y Fausto, la azota con su más amarga sátira como Mefistófeles. Pero otras veces se muestra en términos amistosos con ella, se “acomoda” a ella, como en la mayoría de las *Xenias suaves* y en muchos escritos en prosa, la celebra, como en las *Mascaradas*, e incluso la defiende contra el movimiento histórico que se avecina, particularmente en todos los escritos en los que llega a hablar de la Revolución Francesa. No se trata simplemente de que Goethe acepte unos aspectos de la vida alemana en contraste con otros que le resultan repugnantes. Con más frecuencia es cuestión de los distintos estados de ánimo en que se encuentra; hay una lucha continua dentro de él entre el poeta genial que siente repulsión por la miseria de su entorno, y el cauteloso vástago del patriciado de Fráncfort o el consejero íntimo de Weimar que se ve obligado a avenirse con ella y acostumbrarse a ella. Así, Goethe es en un momento una figura imponente, en el siguiente, mezquino; en un momento un genio obstinado, burlón y lleno de desprecio por el mundo, en el siguiente un filisteo circunspecto, de pocas exigencias y estrecho. Ni siquiera Goethe fue capaz de vencer la miseria alemana; por el contrario, ella lo venció a él, y esta victoria de la miseria sobre el más grande de los alemanes es la prueba más concluyente de que no se la puede superar en absoluto “desde dentro”. Goethe era una naturaleza demasiado universal, demasiado activa, demasiado hombre de carne y hueso para buscar refugio de esta miseria en una huida schilleriana hacia el ideal kantiano; era demasiado perspicaz para no ver cómo, en última instancia, tal huida no equivalía sino al intercambio de una forma prosaica de miseria por una grandilocuente. Su temperamento, sus energías, toda su disposición mental lo inclinaban hacia la vida práctica, y la vida práctica que encontró a su alrededor era miserable. Este dilema de tener que existir en un entorno al que solo podía despreciar, y estar sin embargo atado a este entorno como el único en que podía actuar, este dilema enfrentó siempre a Goethe, y cuanto más envejecía, más el poderoso poeta se retiraba *de guerre lasse* detrás del insignificante ministro de Weimar. A diferencia de Börne y Menzel, no criticamos a Goethe por no ser liberal, sino por ser capaz también de filisteísmo ocasional; no por ser insensible a todo entusiasmo por la libertad alemana, sino por sacrificar su instinto estético, que eruptaba espasmódicamente y era más verdadero, a un temor pequeñoburgués a todos los grandes movimientos históricos contemporáneos; no por ser un hombre de la corte, sino por ser capaz de atender con tan solemne gravedad los asuntos más nimios y los *menus plaisirs* de una de las más pequeñas cortes alemanas, en la época en que un Napoleón estaba limpiando el gran establo de Augías que era Alemania. No lo criticamos desde un punto de vista moral ni de partido, sino, a lo sumo, desde el punto de vista estético e histórico; a Goethe no lo medimos ni por patrones morales ni políticos ni “humanos”. No podemos involucrarnos aquí en una descripción de la relación de Goethe con toda su época, con sus precursores y contemporáneos literarios, su proceso de desarrollo y su posición en la vida. Por tanto, nos limitamos simplemente a constatar los hechos.

Veremos respecto de cuál de estos aspectos las obras de Goethe son un “verdadero compendio de la humanidad”, la “humanidad realizada” y el “ideal de la sociedad humana”.

Consideremos primero la crítica de Goethe a la sociedad existente y después pasemos a la descripción positiva del “ideal de la sociedad humana”. Habida cuenta del rico contenido del libro del señor Grün, huelga decir que en cualquiera de los dos ámbitos solo pondremos de relieve unos pocos puntos de característico brillo.

Como crítico de la sociedad, Goethe hace ciertamente maravillas. Él “condena la civilización” (págs. 34-36) dando voz a unas cuantas quejas románticas de que esta borra todo lo característico y distintivo del hombre. Él “profetiza el mundo de la burguesía” (pág. 78) al representar en *Prometeo*, *tout bonnement*, el origen de la propiedad privada. En la pág. 229 es “juez del mundo..., el Minos de la civilización”. Pero todas estas cosas son meras bagatelas.

En la pág. 253 el señor Grün cita *Catequización*:

Reflexiona, hijo mío. ¿De quién tienes esos talentos?
Tú mismo no puedes tenerlos, bien lo sabes. —
Pues todo me lo ha dado papá. —
¿Y a él quién se lo dio? — Mi abuelo. —
¡No, no! ¿De quién puede haberlos recibido él, tu abuelo? —
Pues él los tomó, sin más.

¡Hurra!, proclama el señor Grün a todo pulmón, *la propriété, c’est le vol*⁠⁠: ¡Proudhon en persona!

Leverrier puede volverse a casa con su planeta y entregar su medalla al señor Grün; porque esto es algo más grande que Leverrier, esto es algo más grande incluso que Jackson y sus vapores de éter sulfúrico. Pues al hombre que ha condensado la tesis del robo de Proudhon, que en verdad resulta inquietante para muchos miembros pacíficos de la burguesía, en las inocuas dimensiones del anterior epigrama de Goethe: ¡la única recompensa para él es la gran cruz de la Legión de Honor!

*El general ciudadano* presenta más dificultades. El señor Grün lo contempla un rato desde todos los ángulos, hace unas cuantas muecas de duda, lo que es inusual en él, y empieza a cavilar: “muy cierto... algo aguado... esto no equivale a una condena de la Revolución” (pág. 150).... ¡Esperen! ¡Ahora lo tiene! ¿Cuál es el objeto en cuestión? ¡Una jarra de leche!¹⁾ y por tanto: “No olvidemos... que aquí, una vez más... es la cuestión de la propiedad la que se pone sobre el tapete” (pág. 151).

Si dos viejas estuvieran peleándose debajo de la ventana del señor Grün por una cabeza de arenque en salazón, ojalá el señor Grün nunca encuentre demasiada molestia bajar de su habitación, con su fragancia a “rosas” y reseda, para informarles de que para ellas también “es la cuestión de la propiedad la que se pone sobre el tapete”. La gratitud de todas las personas bien pensantes será la mejor recompensa para él.

[Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 96, 2 de diciembre de 1847]

Goethe realizó una de las mayores hazañas de la crítica cuando escribió *Werther*. *Werther* no es, en modo alguno, una historia de amor meramente sentimental, como han creído hasta ahora quienes han leído a Goethe “desde el aspecto humano”.

En *Werther*, “el contenido humano ha encontrado una forma tan adecuada que nada se puede hallar en ninguna de las literaturas del mundo que merezca siquiera remotamente ser puesto a su lado” (pág. 96). “El amor de Werther por Carlota es un mero instrumento, un vehículo para la tragedia del panteísmo radical del sentimiento... Werther es el hombre que no tiene vértebra, que todavía no se ha convertido en sujeto” (pág. 93 [94]). Werther no se pega un tiro por enamoramiento, sino “porque él, ese infeliz espíritu panteísta, no pudo avenirse con el mundo” (pág. 94). “*Werther* describe, con magistral dominio artístico, toda la condición podrida de la sociedad, agarra los males sociales por sus raíces más profundas, por su base filosófico-religiosa” (cuya “base” todo el mundo sabe que es de origen más reciente que los “males”), “por la comprensión vaga y nebulosa... Concepciones puras y bien ventiladas de la verdadera naturaleza humana” (¡y sobre todo vértebra, señor Grün, vértebra!) “serían la muerte de ese estado de miseria, de esas condiciones carcomidas y desmoronadizas que llamamos vida burguesa” [pág. 95].

Un ejemplo de cómo “*Werther* describe, con magistral dominio artístico, la condición podrida de la sociedad”. Werther escribe:

“¡Aventuras! ¿Por qué uso esta estúpida palabra... nuestras falsas relaciones burguesas, ellas son las verdaderas aventuras, ellas son las verdaderas monstruosidades!”

Este grito de lamentación de un sensiblero lacrimoso por la discordancia entre la realidad burguesa y sus no menos burguesas ilusiones acerca de esta realidad, este suspiro pusilánime que se deriva únicamente de la falta de la experiencia más común, es presentado por el señor Grün en la pág. 84 como crítica social incisiva. El señor Grün incluso afirma que la “angustia desesperada de la vida” que expresan las palabras anteriores, “este insano afán de poner las cosas patas arriba para que adquieran al menos una apariencia diferente” (!) “acabó por excavar para sí la madriguera de la Revolución Francesa”. La Revolución, antes la realización del maquiavelismo, se convierte aquí meramente en la realización de los sufrimientos del joven Werther. La guillotina de la Plaza de la Revolución no es sino una pálida imitación de la pistola de Werther.

De acuerdo con esto, es evidente, según la pág. 108, que en *Stella* también Goethe se ocupa de “material social”, aunque aquí solo se describan “las circunstancias más deshonrosas” (pág. 107). El verdadero socialismo es mucho más tolerante que Nuestro Señor Jesucristo. Pues donde dos o tres se reúnen —ni siquiera necesitan hacerlo en su nombre—, allí está él en medio de ellos, y hay “material social”. Como su discípulo el señor Grün, se asemeja por lo general, de manera sorprendente, a “esa especie de entrometido estúpido y pagado de sí mismo que hace de todo asunto suyo sin llegar jamás al fondo de nada” (pág. 47).

1⁾ *Tired of the struggle.* — Ed. (traducción: Cansado de la lucha.)
2⁾ L. Börne, *Pariser Briefe*; W. Menzel, *Die deutsche Literatur*. — Ed.
3⁾ Pequeños entretenimientos (con gasto suplementario). — Ed.
4⁾ *Muy simplemente.* — Ed.
5⁾ *La propiedad es un robo.* — Ed.
6⁾ Alusión a P. J. Proudhon, *Qu’est-ce que la propriété?* — Ed.
7⁾ J. W. Goethe, *Briefe aus der Schweiz* (escritas en forma de extractos de cartas supuestamente halladas entre los papeles del protagonista de *Die Leiden des jungen Werthers*). — Ed.

Nuestros lectores recordarán tal vez una carta que Wilhelm Meister 
escribe a su cuñado² en el último tomo del Lehrjahre, en la 
cual, tras unos comentarios bastante triviales sobre las ventajas de 
crecer en circunstancias acomodadas, se reconoce la superioridad de la 
aristocracia sobre la burguesía de miras estrechas y se sanciona 
la posición subordinada de esta última, así como la de todas las demás 
clases no aristocráticas, sobre la base de que por el momento no es 
posible cambiarla. Se dice que sólo el individuo 
es capaz, en ciertas circunstancias, de alcanzar un nivel de igualdad con la 
aristocracia. El señor Grün comenta a propósito de esto: 

«Lo que dice Goethe de la preeminencia de las clases altas de la sociedad es absolutamente 
cierto si se toma clase alta como idéntica a clase culta, y en el caso de Goethe esto es 
30» (págs. 264-65). 

Y ahí deja la cosa. 

Vayamos al punto central tan debatido: la actitud de Goethe 
hacia la política y hacia la Revolución Francesa. Aquí el libro del señor Grün 
ofrece una lección práctica de lo que significa resistir contra viento 
y marea; aquí la devoción del señor Grün da buena cuenta de sí. 

Para que la actitud de Goethe hacia la Revolución pueda aparecer 
justificada, Goethe, naturalmente, tiene que estar por encima de la Revolución y haberla 
trascendido incluso antes de que ocurriera. Ya en la pág. XXI 
nos enteramos, por tanto, de que: 

«Goethe había sobrepasado a tal punto el desarrollo práctico de su época que sentía que 
sólo podía adoptar hacia él una actitud de rechazo, una actitud defensiva». 

Y en la pág. 84, a propósito de Werther, quien, como ya vimos, 
encarna toda la Revolución en nuce³: «La historia muestra 1789, 
Goethe muestra 1889». De modo similar en las págs. 28 y 29, Goethe se ve obligado en 
unas pocas y breves palabras a «despachar radicalmente toda la gritería sobre 
la libertad», ya que allá por los años setenta hizo imprimir un artículo⁴ en los 
Frankfurter Gelehrte Anzeigen que no discute en absoluto la libertad que 
los «gritones» reclaman, sino que sólo se ocupa en unas cuantas reflexiones 
generales y bastante sobrias sobre la libertad como tal, el concepto de 
libertad. Además: porque en su disertación doctoral⁵ Goethe 
propuso la tesis de que en realidad era el deber de todo legislador 
introducir una cierta forma de culto —una tesis que Goethe 
mismo trata meramente como una paradoja divertida, inspirada por toda suerte 
de rencillas clericales pueblerinas en Frankfurt (que el propio señor Grün 
cita)—, a causa de esto «el estudiante Goethe desechó 
todo el dualismo de la Revolución y del presente Estado 
francés como un par de zapatos viejos» (págs. 26 y 27). Casi parecería como 
si el señor Grün hubiera heredado «los zapatos gastados del estudiante Goethe» y 
los hubiera usado para solar las botas de siete leguas de su «movimiento social». 

Esto arroja ahora, por supuesto, una nueva luz para nosotros sobre las declaraciones 
de Goethe acerca de la Revolución. Ahora queda claro que estando muy por encima de ella, 
habiéndola «despachado» ya quince años antes, habiéndola «desechado 
como un par de zapatos viejos» y llevándole cien años de 
ventaja, no podía sentir simpatía por ella ni podía tener 
interés en una nación de «gritones por la libertad», con quienes había 
ajustado cuentas allá por el año setenta y tres. El señor Grün 
ahora lo tiene fácil. Goethe puede convertir toda la sabiduría heredada y trillada 
en elegantes dísticos, puede filosofar sobre ella con 
toda la estrechez de miras del filisteo, puede retroceder con todo el 
horror pequeñoburgués ante los grandes témpanos de hielo que amenazan su 
pacífico nicho de poeta, puede comportarse con toda la mezquindad, 
cobardía y servilismo que quiera, pero no puede ir demasiado lejos 
para su paciente glosador. El señor Grün lo alza sobre sus incansables 
hombros y lo carga a través del lodazal; más aún, transfiere 
todo el lodazal a la cuenta del verdadero socialismo, sólo para asegurar que 
las botas de Goethe permanezcan limpias. Desde la Campagne in Frankreich hasta la 
Natürliche Tochter, el señor Grün asume la responsabilidad (págs. 133-170) 
de todo, todo sin excepción, muestra una devoción 

² A Werner. — Ed. 
³ En germen. — Ed. 
⁴ J. W. Goethe, «Alexander von Joch über Belohnung und Strafen nach türkischen Gesetzen». — Ed. 
⁵ J. W. Goethe, «De Legislatoribus» — Ed. 

que podría conmover hasta las lágrimas a un Buchez. Y si todo esto no ayuda, si 
el lodazal es sencillamente demasiado profundo, entonces se engancha a la tarea 
una exégesis social superior, entonces el señor Grün [pág. 137] parafrasea como sigue: 

El triste destino de Francia, que los poderosos lo mediten, 
Mas en verdad los humildes deberían ponderarlo más. 

Los poderosos perecieron; mas ¿quién defiende a la multitud 
De la multitud? La multitud fue tirana de sí misma.⁶ 

«¿Quién defiende», grita el señor Grün con todas sus fuerzas, con cursivas, 
interrogaciones y todos los «vehículos de la tragedia del panteísmo 
radical de la emoción» [pág. 93], «quién, en particular, defiende a la 
multitud desposeída, la llamada chusma, contra la multitud 
poseedora, la chusma legisladora?» (pág. 137). «¿Quién en particular 
defiende» a Goethe contra el señor Grün? 

De este modo, el señor Grün explica toda la serie de mundanos y sensatos 
preceptos burgueses contenidos en los Epigramas Venecianos: 

«Son como una bofetada asestada por la mano de Hércules que sólo ahora» 
(después de pasado el peligro para el filisteo) «nos parece que realmente aciertan de lleno de manera 
bastante tolerable ahora que tenemos a nuestras espaldas una grande y amarga experiencia» (amarga en verdad para el 
filisteo) (pág. 136). 

De la Belagerung von Mainz, el señor Grün 

«no quisiera pasar por alto el siguiente pasaje por nada del mundo: “El martes 
... me apresuré ... a rendir homenaje a Su Alteza, y tuve la gran dicha de 
ser recibido por el Príncipe ... mi siempre clemente Señor”, etc.» [pág. 147]. 

El pasaje en el que Goethe deposita su humilde devoción a los pies 
del señor Rietz, Gentilhombre, Cornudo y Alcahuete de Cámara del Rey de Prusia⁷, 
el señor Grün no lo considera oportuno citarlo. 

[Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 97, 5 de diciembre de 1847] 

A propósito del Bürgergeneral y los Ausgewanderten leemos: 

«Toda la antipatía de Goethe hacia la Revolución, siempre que se expresó en 
forma literaria, se refería al eterno lamento de ver a la gente expulsada de 
circunstancias de propiedad bien merecida y bien acostumbrada, de la que luego se apropiaban 
intrigantes y envidiosos, etc. ... esta misma injusticia del despojo. ... Su naturaleza pacífica 
y domesticada se indignaba ante esta violación del derecho de propiedad, que, 
siendo infligida arbitrariamente, convertía en refugiados desposeídos a masas enteras de personas» 
(pág. 151). 

Pongamos sin más este pasaje a cuenta del «hombre», 
cuya «naturaleza pacífica y domesticada» se siente tan a gusto en 

⁶ J. W. Goethe, «Venezianische Epigramme». — Ed. 
⁷ Federico Guillermo II. — Ed. 

circunstancias «de propiedad» «bien merecidas y bien acostumbradas», por decirlo sin rodeos, bien ganadas, 
que declara que la tempestad de la 
Revolución que barre estas circunstancias sans façon es 
«arbitraria» y obra de «intrigantes y envidiosos», etc. 

A la luz de esto no nos sorprende que el señor Grün «encuentre 
el placer más puro» (pág. 165) en el idilio burgués Hermann und 
Dorothea, sus tímidos y mundanos pequeñoburgueses y los campesinos 
que se lamentan y huyen con miedo supersticioso ante el ejército 
sans-culotte y los horrores de la guerra. El señor Grün 

«incluso acepta con alivio el papel pusilánime que se asigna al final ... al 
pueblo alemán: 

No le corresponde al alemán estar a la cabeza de un movimiento 
Huyendo con terror, ni vacilar ora hacia aquí, ora hacia allá».⁸ 

El señor Grün hace bien en derramar lágrimas de simpatía por las víctimas de 
tiempos crueles y en alzar los ojos al cielo con patriótica desesperación ante tales 
golpes del destino. De todos modos, hay suficientes personas arruinadas y degeneradas, 
que no tienen corazón «humano» en el pecho, que prefieren 
unirse a cantar la Marsellesa en el campo republicano y tal vez 
incluso hacen bromas lascivas en la alcoba abandonada de Dorothea. El señor 
Grün es un tipo decente que se indigna ante la falta de 
sentimiento con la que, por ejemplo, un Hegel mira por encima del hombro a las «pequeñas 
y mudas flores» que han sido aplastadas por la avalancha de la 
historia y se burla de la «letanía de virtudes privadas de la modestia, 
la humildad, el amor al prójimo y la caridad» que se esgrime 

«contra los hechos de la historia universal y quienes los realizan»⁹. 
El señor Grün hace bien en esto. Sin duda recibirá su recompensa en 
el cielo. 

Concluyamos estas observaciones «humanas» sobre la Revolución con 
lo siguiente: «Un verdadero humorista bien podría tomarse la libertad de encontrar 
la Convención misma infinitamente ridícula», y hasta que se encuentre a este 
«verdadero humorista», el señor Grün nos provee entre tanto las 
instrucciones necesarias (págs. 151, 152). 

De modo similar, el señor Grün arroja alguna luz sorprendente sobre la actitud 
de Goethe hacia la política después de la Revolución. Sólo un ejemplo. Ya 
sabemos del profundo resentimiento que el «hombre» siente en su corazón 
hacia los liberales. Al «poeta de todo lo humano» no se le puede permitir, 
por supuesto, irse al descanso eterno sin habérselas específicamente 
con ellos, sin haber clavado un memorándum explícito a 
los señores Welcker, Itzstein y sus compinches. Este memorándum nuestro 

⁸ J. W. Goethe, Hermann und Dorothea, 9. Gesang («Urania»). — Ed. 
⁹ G. W. F. Hegel, Vorlesungen über die Philosophie der Geschichte, Einleitung. — Ed. 

«entrometido autosatisfecho» lo desentierra en lo siguiente de los Zahme 
Xenien (pág. 319): 

Todo eso es la misma vieja tripa, 
¡Adquieran un poco de sensatez! 
¡No estén siempre sólo marcando el paso, 
Sino hagan algún progreso! 

El veredicto de Goethe: «Nada es más repulsivo que la mayoría, pues 
consiste en unos pocos líderes fuertes, en bribones que se 
acomodan, en débiles que se adaptan, y en la masa 
trota detrás sin tener la más remota idea de lo que 
quiere»¹⁰ —este veredicto tan típico del filisteo, cuya ignorancia 
y miopía sólo son posibles dentro de los estrechos límites de 
un pequeño principado alemán, le parece al señor Grün como «la crítica 
del posterior» (es decir, moderno) «Estado constitucional».¹¹ Cuán importante es 
puede descubrirse «por ejemplo, en cualquier Cámara de Diputados que se quiera 
elegir» (pág. 268). Según esto, es sólo por ignorancia que 
el «vientre» de la Cámara francesa cuida de sí mismo y de sus semejantes de 
manera tan excelente. Unas páginas más adelante, en la pág. 271, el señor Grün 
encuentra «la Revolución de Julio» «mal concebida», y ya en la pág. 34, 
la Unión Aduanera¹² es duramente criticada porque «encarece aún más 
los harapos que los desnudos y los tiritantes necesitan para cubrir su 
desnudez, a fin de hacer a los pilares del trono (!!), a los 
liberales amos del dinero» (de quienes todo el mundo sabe que están 
en oposición al «trono» en toda la Unión Aduanera) «algo 
más resistentes a la descomposición». Todo el mundo sabe cómo en Alemania los 
filisteos siempre sacan a relucir a los «desnudos» y «tiritantes» siempre 
que se trata de combatir aranceles protectores o cualquier otra 
medida burguesa progresista, y el «hombre» se une a su número. 

¿Qué luz arroja ahora la crítica de Goethe a la sociedad y al Estado, vista 
a través de los ojos del señor Grün, sobre «la esencia del hombre»? 

En primer lugar, «el hombre», según la pág. 264, exhibe un respeto de lo más marcado 
por «los estamentos cultos» en general y una deferencia decorosa 
hacia una alta aristocracia en particular. Y luego se distingue 
por un poderoso terror ante cualquier gran movimiento de masas y cualquier acción 
social decidida, ante cuya proximidad o bien se escabulle tímidamente 
a su rincón del hogar o bien huye con todos sus bienes y 
enseres. Mientras dura, tal movimiento es «una amarga experiencia» 
para él; apenas termina, ocupa una posición dominante en el 
proscenio y con la mano de Hércules asesta bofetadas en el 

¹⁰ J. W. Goethe, Zahme Xenien, IX. — Ed. 
¹¹ En el original: «die Kritik des spätem... konstitutionellen Staates». — Ed. 
¹² Zollverein. — Ed.

4 J. W. Goethe, *Sobre la ciencia natural en general, consideraciones y aforismos sueltos*. — *Ed.*
> El original alemán dice: «“Gesetzesstaat”». — *Ed.*

El socialismo alemán en verso y prosa 267

el rostro que ahora por primera vez le parecen oler a casa realmente de modo tolerable, y encuentra todo el asunto «infinitamente ridículo». Y en todo momento permanece de todo corazón apegado a «circunstancias de propiedad bien merecida y bien acostumbrada»; por lo demás, es de naturaleza muy «pacífica y doméstica», poco exigente y modesto, y no desea que tormenta alguna lo perturbe en sus tranquilos y pequeños placeres. «El hombre es feliz dentro de una esfera limitada» (pág. 191, reza la primera frase de la segunda parte); no envidia a nadie y da gracias a su creador si lo dejan en paz. En una palabra: «el hombre», que, como ya hemos visto, es alemán de nacimiento, empieza poco a poco a convertirse en la viva imagen de un pequeño burgués alemán.

¿En qué se resume, en realidad, la crítica que hace Goethe de la sociedad según la expone el señor Grün? ¿Qué encuentra «el hombre» de objetable en la sociedad? En primer lugar, que no corresponde a sus ilusiones. Pero esas ilusiones son precisamente las ilusiones de un filisteo ideologizante, en especial de uno joven, y si la realidad filistea no corresponde a esas ilusiones, es únicamente porque son ilusiones. Por eso mismo corresponden tanto más plenamente a la realidad filistea. Solo se diferencian de ella como la expresión ideologizante de un estado de cosas se diferencia en general de ese estado de cosas, y por tanto ya no puede ni hablarse de que se realicen. Un ejemplo sorprendente de esto lo proporciona el comentario del señor Grün sobre *Werther*.

En segundo lugar, la polémica de «el hombre» se dirige contra todo lo que amenaza el régimen filisteo de Alemania. Toda su polémica contra la Revolución es la de un filisteo. Su odio a los liberales, a la Revolución de Julio y a los aranceles protectores es la expresión absolutamente inconfundible del odio que un pequeño burgués oprimido e inflexible siente por el burgués independiente y progresista. Daremos otros dos ejemplos de esto.

Todo el mundo sabe que el sistema gremial marcó el período de florecimiento de la pequeña burguesía. En la página 40 dice el señor Grün, hablando en nombre de Goethe, en otras palabras, de «el hombre»: «En la Edad Media, la corporación reunía a un hombre fuerte en alianza defensiva con otros hombres fuertes». Los agremiados de aquella época son «hombres fuertes» a los ojos de «el hombre».

Pero en la época de Goethe el sistema gremial ya estaba en decadencia, la competencia irrumpía por todos lados. Como verdadero filisteo, Goethe da voz, en un pasaje de sus memorias<sup>a</sup> que el señor Grün cita en la página 88, a un lamento desgarrador sobre la podredumbre que se instala entre la pequeña burguesía, la ruina de familias acomodadas, la decadencia de la vida familiar asociada a ello, la relajación de los lazos domésticos y otras lamentaciones pequeñoburguesas que en los países civilizados son tratadas con merecido desprecio. El señor Grün, que olfatea en este pasaje una crítica capital de la sociedad moderna, hasta tal punto no puede moderar su deleite que hace imprimir en cursiva todo su «contenido humano».

Pasemos ahora al «contenido humano» positivo en Goethe. Podemos avanzar más deprisa ahora que estamos sobre la pista de «el hombre».

Ante todo, comuniquemos la buena nueva de que «Wilhelm Meister abandona la casa paterna» y de que en *Egmont* «los ciudadanos de Bruselas reclaman privilegios y libertades» por ninguna otra razón más que para «llegar a ser hombres» (pág. XVII).

El señor Grün ya ha detectado una vez antes afinidades con Proudhon en el Goethe de edad avanzada. En la página 320 vuelve a tener ese placer:

«Lo que él quería, lo que todos queremos, salvar nuestra personalidad, la anarquía en el verdadero sentido de la palabra; sobre este tema dice Goethe lo siguiente:

Pues ¿por qué habría de tener para mí
tanto atractivo en los tiempos modernos la anarquía?
Cada cual vive según su propio criterio
y eso también es ganancia para mí», etc.

El señor Grün está fuera de sí de alegría al encontrar en Goethe esa anarquía social verdaderamente «humana» que fue proclamada por primera vez por Proudhon y adoptada por aclamación por los verdaderos socialistas alemanes. Esta vez, no obstante, se equivoca. Goethe habla de la ya existente «anarquía en los tiempos modernos», que ya «es» ganancia para él y mediante la cual cada cual vive según su propio criterio; en otras palabras, de la independencia en el trato sociable que ha sido traída por la disolución del sistema feudal y de los gremios, por el ascenso de la burguesía y la exclusión del patriarcalismo de la vida social de las clases cultas. Simplemente por razones gramaticales, por tanto, no puede hablarse aquí en absoluto de la amada anarquía futura en el sentido superior del señor Grün. Goethe no habla aquí para nada de «lo que él quería», sino de lo que encontraba a su alrededor.

Pero un pequeño desliz así no debe inquietarnos. Porque tenemos el poema: *Propiedad*.

<sup>a</sup> J. W. Goethe, *De mi vida*, Parte 2, Libro 7. — *Ed.*

Sé que nada es mío propio
salvo el pensamiento que en paz
secreta de mi espíritu,
y cada instante de dicha
que el destino benéfico
me da a saborear plenamente.

El socialismo alemán en verso y prosa 269

Si no está claro que en este poema «la propiedad tal como ha existido hasta ahora se desvanece en humo» (pág. 320), la comprensión del señor Grün se ha detenido por completo.

[*Deutsche-Brüsseler-Zeitung* n.° 98, 9 de diciembre de 1847]

Pero dejemos a su suerte estas entretenidas pequeñas diversiones exegéticas del señor Grün. Son en todo caso legión y cada una lleva invariablemente a otras aún más sorprendentes. Reanudemos más bien nuestra búsqueda de «el hombre».

«El hombre es feliz dentro de una esfera limitada», como hemos leído. También lo es el filisteo.

«Las primeras obras de Goethe tenían un carácter puramente social’ (es decir, humano) .... Goethe se aferraba a lo más inmediato, lo más pequeño, lo más doméstico» (pág. 88).

Lo primero positivo que descubrimos sobre «el hombre» es su deleite en la naturaleza muerta «más pequeña, más doméstica» de la pequeña burguesía.

«Si podemos encontrar un lugar en el mundo», dice Goethe, según lo resume el señor Grün,
«donde descansar con nuestras posesiones, un campo que nos dé alimento, una casa que nos cobije— ¿no es eso una Patria para nosotros?»

Y exclama el señor Grün:
«¡Cómo expresan estas palabras nuestros pensamientos más profundos hoy!» (pág. 32).

En esencia, «el hombre» va vestido con una *redingote à la propriétaire* y con ello también se revela como un *épicier*<sup>*</sup> de pura cepa.

El burgués alemán, como todo el mundo sabe, es un fanático de la libertad a lo sumo por un breve instante, en su juventud. Eso es característico de «el hombre» también. El señor Grün menciona con aprobación cómo en sus últimos años Goethe «condena» el «ansia de libertad» que todavía ronda a *Götz*, ese «producto de un muchacho libre y mal educado», e incluso cita *in extenso* esta cobarde retractación en la página 43. Lo que el señor Grün entiende por libertad puede deducirse del hecho de que en el mismo pasaje identifica la libertad de la Revolución francesa con la de los suizos libres en la época del viaje a Suiza de Goethe; en otras palabras, la libertad moderna, constitucional y democrática, con la dominación de patricios y gremios en las ciudades imperiales medievales y especialmente con la barbarie germánica primitiva de las tribus alpinas criadoras de ganado. Los *montagnards*<sup></sup> del Oberland bernés incluso

<sup>*</sup> Tendero. — *Ed.*
<sup></sup> Juego de palabras: «*montagnards*» — literalmente «habitantes de las montañas»; fue también el nombre adoptado por los jacobinos, los representantes del partido de la Montaña en la Convención durante la Revolución francesa. — *Ed.*

El respetable burgués es un enemigo jurado de toda frivolidad y burla de la religión: «el hombre» igualmente. Si Goethe en varias ocasiones se expresó de manera verdaderamente burguesa sobre este tema, el señor Grün toma esto como otro aspecto del «contenido humano en Goethe». Y para hacer el argumento bien creíble, el señor Grün reúne no meramente estos granos de oro, sino que en la página 62 añade incluso un número de meritorios sentimientos propios, en el sentido de que «aquellos que se burlan de la religión... son vasijas vacías y simplones», etc. Lo cual honra mucho sus sentimientos como «el hombre» y burgués.

El burgués no puede vivir sin un «rey al que ama», un padre de su país al que tenga en estima. Tampoco puede «el hombre». Por eso en la página 129 Karl August es para Goethe un «príncipe excelentísimo». ¡El robusto y viejo señor Grün, entusiasmándose todavía por «príncipes excelentísimos» en el año 1846!

Un acontecimiento interesa al burgués en la medida en que incide directamente sobre sus circunstancias privadas.

«Para Goethe, incluso los acontecimientos del día se convierten en objetos ajenos que o bien aumentan o bien detraen de su comodidad burguesa y que pueden suscitar en él un interés estético o humano, pero nunca político» (pág. 20).

El señor Grün «encuentra, pues, un interés humano en una cosa» si nota que esta «o bien aumenta o bien detrae de su comodidad burguesa». El señor Grün confiesa aquí de la manera más abierta posible que la comodidad burguesa es lo principal para «el hombre».

*Fausto* y *Wilhelm Meister* proporcionan al señor Grün ocasión para capítulos especiales. Veamos primero *Fausto*.

En la página 116 se nos dice:

«Solo el hecho de que Goethe diera con una clave del misterio de la organización de las plantas» le permitió «completar su delineación del hombre humanístico» (porque no hay manera de escapar del hombre «humano») «*Fausto*. Pues Fausto es elevado a la cima de su propia naturaleza (!) tanto como por la ciencia natural».

Ya hemos visto ejemplos de cómo ese «hombre humanístico», el señor Grün, «es elevado a la cima de su propia naturaleza por la ciencia natural». Observamos que esto es inherente a la raza.

Luego, en la página 231 oímos que los «huesos de esqueletos animales y humanos» en la primera escena significan «la abstracción de nuestra vida entera» — y el señor Grün trata *Fausto* en general exactamente como si tuviera ante sí el *Apocalipsis* de San Juan el Teólogo. El macrocosmos significa la «filosofía hegeliana», la cual, en la época en que Goethe escribía esta escena (1806), existía solo en la mente de Hegel o, a lo sumo, en el manuscrito de la *Fenomenología* en la que Hegel trabajaba entonces. ¿Qué tiene que ver la cronología con el «contenido humano»?

La representación del moribundo Sacro Imperio Romano en la Segunda parte de *Fausto*, el señor Grün (pág. 240) la imagina sin más como una

El socialismo alemán en verso y prosa 271

representación de la monarquía de Luis XIV, «¡en la cual», añade, «tenemos automáticamente la Constitución y la República!». «El hombre» naturalmente «tiene por sí mismo» todo lo que los demás han de procurarse por sí mismos a fuerza de trabajo y esfuerzo.

En la página 246 el señor Grün nos confía que la Segunda parte de *Fausto* se ha convertido, en lo que respecta a su aspecto científico, en «el canon de los tiempos modernos, así como la *Divina Comedia* de Dante fue el canon de la Edad Media». Recomendaríamos esto a los científicos naturales, que hasta ahora han buscado muy poco en la Segunda parte de *Fausto*, y a los historiadores, ¡que han buscado algo muy distinto de un «canon de la Edad Media» en el poema progibelino del florentino<sup>10</sup>! Diríase que el señor Grün mira la historia con los mismos ojos con que Goethe, según la página 49, miraba su propio pasado: «En Italia, Goethe contemplaba su pasado con los ojos del Apolo de Belvedere», ojos que, *pour comble de malheur*, ni siquiera tienen globos oculares.

*Wilhelm Meister* es «un comunista», es decir, «¡en teoría, sobre la base de un enfoque estético!» (!!) (pág. 254).

En nada pone él gran empeño,
y sin embargo todo el vasto mundo es suyo<sup>6</sup> (pág. 257).

Naturalmente, tiene bastante dinero, y el mundo le pertenece, como pertenece a todo burgués, sin que tenga que molestarse en convertirse en “un comunista sobre la base de una perspectiva estética”. — Bajo los auspicios de esta “nada” a la que Wilhelm Meister concede gran valor y que, como vemos en la pág. 256, es en verdad una “nada” extensa y muy sustancial, hasta las resacas quedan eliminadas. El señor Grün “apura cada copa hasta las heces, sin malestar, sin dolor de cabeza”. Tanto mejor para el “hombre”, que ahora puede adorar tranquilamente a Baco con impunidad. Para el día en que todo esto se cumpla, el señor Grün ha descubierto ya, entretanto, la canción de taberna para el “hombre verdadero” en A nada le concedo gran valor<sup>b</sup> — “esta canción se cantará cuando la humanidad haya dispuesto sus asuntos de una manera digna de sí misma”; pero el señor Grün la ha reducido a tres estrofas y ha suprimido las partes no aptas para la juventud y el “hombre”.

En Wilhelm Meister Goethe establece

“el ideal de la sociedad humana”. “El hombre no es un ser que enseña, sino un ser que vive, actúa y crea.” “Wilhelm Meister es este hombre.” “La esencia del hombre es la actividad” (una esencia que comparte con cualquier pulga) págs. 257, 258, 261.

Por último, las *Wahlverwandtschaften*. Esta novela, bastante moral en sí misma, es todavía más moralizada por el señor Grün, hasta el punto de que casi parece* 
* Como desgracia final. — Ed.
<sup>b</sup> J. W. Goethe, «¡Vanitas! Vanitatum vanitas!» (parafraseado). — Ed.
como si se preocupara por recomendar las *Wahlverwandtschaften* como manual adecuado para colegios de señoritas. El señor Grün explica que Goethe

“distinguía entre amor y matrimonio, de modo que para él el amor era una búsqueda del matrimonio y el matrimonio era amor encontrado y cumplido” (pág. 286).

Por consiguiente, el amor es la búsqueda del “amor que ha sido encontrado”. Esto se explica además diciendo que después de “la libertad del amor juvenil”, el matrimonio debe surgir como “la relación final del amor” (pág. 287). Exactamente como en los países civilizados un padre prudente deja primero que su hijo corra sus mocedades durante unos años y luego le busca una esposa adecuada como “relación final”. Sin embargo, mientras que en los países civilizados hace mucho que se ha superado la etapa de considerar esta “relación final” como algo moralmente vinculante, y al contrario, en esos países el marido mantiene amantes y su esposa le corresponde con cuernos, el filisteo acude una vez más al rescate del señor Grün:

“Si el hombre ha tenido una elección realmente libre,… si dos personas basan su unión en sus mutuos deseos racionales” (aquí no se mencionan ni la pasión, la carne ni la sangre) “haría falta la mentalidad de un libertino para considerar el trastorno de esta relación como una nadería, como algo no tan cargado de sufrimiento e infelicidad como lo veía Goethe. Pero en Goethe no cabe hablar de libertinaje” (pág. 288).

Este pasaje matiza la tímida polémica contra la moral que el señor Grün se permite de vez en cuando. El filisteo ha llegado a comprender que hay tanto más motivo para hacer la vista gorda ante el comportamiento de los jóvenes cuanto que son precisamente los jóvenes más disolutos los que luego hacen los mejores maridos. Pero si volviesen a comportarse mal después de la boda… nada de clemencia, nada de piedad con ellos; pues eso “exigiría la mentalidad de un libertino”.

“¡La mentalidad de un libertino!” “¡Libertinaje!” Casi se puede ver al “hombre” en carne y hueso, llevándose la mano al corazón y exclamando rebosante de orgullo: ¡No! Estoy limpio de toda frivolidad, de “fornicación y libertinaje”, jamás he arruinado deliberadamente la felicidad de un matrimonio satisfecho, siempre he practicado la fidelidad y la honradez y nunca he codiciado a la mujer del prójimo… ¡No soy un “libertino”!

El “hombre” tiene razón. No está hecho para aventuras amorosas con mujeres hermosas, nunca se ha entregado a la seducción ni al adulterio, no es un “libertino”, sino un hombre de conciencia, un honrado, virtuoso filisteo alemán. Es él

..l’épicier pacifique,
Fumant sa pipe au fond de sa boutique;
Il craint sa femme et son ton arrogant;
De la maison il lui laisse l’empire,
Au moindre signe obéit sans mot dire
Et vit ainsi cocu, battu, content.

(Parny, Goddam, chant III.)

El socialismo alemán en verso y prosa 273

Nos queda por hacer una sola observación. Si más arriba sólo hemos considerado un aspecto de Goethe, la culpa es únicamente del señor Grün. Él no presenta en absoluto la talla imponente de Goethe. O bien pasa rápidamente por encima de todas las obras en las que Goethe fue realmente grande y genial, como las *Römische Elegien* del Goethe “libertino”, o bien las inunda con un gran torrente de trivialidades, lo que sólo demuestra que no puede sacar nada de ellas. En cambio, con una laboriosidad para él poco común, busca cada muestra de filisteísmo, de mojigatería mezquina y de estrechez de miras, las recopila, las exagera a la manera de un verdadero escritorzuelo mercenario, y se alegra cada vez que puede encontrar apoyo para sus propias opiniones estrechas en la autoridad de Goethe, a quien, además, deforma con frecuencia.

La venganza de la Historia contra Goethe por ignorarla cada vez que ella se le enfrentaba cara a cara no fueron los ladridos de Menzel ni la estrecha polémica de Börne. No,

así como Titania en el país de la magia feérica
encontró a Nick Bottom en sus brazos,

así una mañana Goethe se encontró al señor Grün en sus brazos. La apología del señor Grün, las cálidas gracias que balbuce a Goethe por cada palabra filistea, ésa es la más amarga venganza que la Historia ofendida pudo pronunciar sobre el más grande poeta alemán.

Sin embargo, el señor Grün “puede cerrar los ojos con la conciencia de no haber deshonrado su destino de ser hombre” (pág. 248).