[Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 73, 12 de septiembre de 1847]

Los Cantos del pobre hombre comienzan con un canto a una casa acaudalada.
A LA CASA DE ROTHSCHILD

Para evitar malentendidos, el poeta se dirige a Dios como «SEÑOR» y a la casa de Rothschild como Señor.

Desde el principio consigna su ilusión pequeñoburguesa de que el «dominio del oro» obedece a los «caprichos» de Rothschild; ilusión que da pie a toda una serie de fantasías sobre el poder de la casa de Rothschild.

No es la destrucción del poder real de Rothschild, de las condiciones sociales en que se basa, lo que el poeta amenaza; sólo desea que se ejerza de modo humanitario. Lamenta que los banqueros no sean filántropos socialistas, ni entusiastas de un ideal, ni bienhechores de la humanidad, sino simplemente... banqueros. Beck canta la miserable cobardía pequeñoburguesa, al «pobre hombre», al pauvre honteux con sus deseos pobres, piadosos y contradictorios del «hombrecito» en todas sus manifestaciones, y no al proletario orgulloso, amenazante y revolucionario. Las amenazas y reproches que Beck prodiga a la casa de Rothschild suenan, pese a todas sus buenas intenciones, aún más ridículas al lector que un sermón de capuchino. Se basan en la ilusión más infantil sobre el poder de los Rothschild, en el desconocimiento total de la conexión entre ese poder y las condiciones existentes, y en una completa incomprensión de los medios que los Rothschild tuvieron que emplear para adquirir poder y conservarlo. Pusilanimidad y falta de entendimiento, sensiblería mujeril y las actitudes miserablemente prosaicas y sobrias de la pequeña burguesía: ésas son las musas de esta lira, y en vano se violentan para intentar parecer terribles. Sólo resultan ridículas. Su bajo forzado quiebra constantemente en un cómico falsete; su interpretación dramática de la lucha titánica de un Encélado sólo logra producir los movimientos espasmódicos, disparatados y ridículos de un títere.

El dominio del oro obedece a tus caprichos,
¡oh, si tus obras pudieran ser tan espléndidas
y tu corazón tan grande como tu poder! (pág. 4).

Es una lástima que Rothschild tenga el poder y nuestro poeta el corazón. «Si ambos fueran uno solo, sería demasiado para la tierra». (Herr Ludwig de Baviera.)

La primera figura con la que se enfrenta Rothschild es, por supuesto, el propio trovador, más exactamente, el trovador alemán que habita en «altas, celestiales buhardillas».

Cantando la justicia, la luz y la libertad,
el único DIOS verdadero en trinidad,
el laúd de los bardos se inspira con melodía:
ahora los hombres con oídos atentos seguirán
a los espíritus (pág. 5).

Este «DIOS», tomado del lema del Leipziger Allgemeine Zeitung, precisamente por su existencia como trinidad, no surte efecto alguno en el judío Rothschild, pero produce efectos verdaderamente mágicos en la juventud alemana.

Restablecida en su salud, la juventud pronuncia una advertencia
y la semilla fecunda de la inspiración
brota en una miríada de nombres espléndidos (pág. [5-]6).

El veredicto de Rothschild sobre los poetas alemanes es distinto:
El canto que los espíritus nos hicieron cantar,
tú lo llamas hambre de fama y de comida [pág. 6].

Aunque la juventud pronuncia una advertencia y su miríada de nombres espléndidos brotan, consistiendo su esplendor en el hecho mismo de que nunca pasan de la mera inspiración, aunque «los clarines tocan valientes a la batalla» y «el corazón late tan fuerte por la noche»;

El necio corazón siente el apremio
de una impregnación celestial (pág. 7).

¡Ese necio corazón, esa Virgen María!—aunque

La juventud como un sombrío Saúl (de Karl Beck, publicado por Engelmann, Leipzig, 1840),
en lucha con DIOS y consigo misma [pág. 8.],

a pesar de todo eso y de todo lo demás, Rothschild mantiene la paz armada que, según cree Beck, depende sólo de él.

La noticia periodística de que la Santa Sede ha enviado a Rothschild la Orden del Redentor brinda a nuestro poeta la ocasión de demostrar que Rothschild no es ningún redentor; igualmente podría haber sido la ocasión para la prueba igualmente interesante de que Cristo, aunque fue Redentor, no era sin embargo caballero de la Orden del Redentor.

¿Tú, un redentor? (pág. 11).

Y luego le demuestra que, a diferencia de Cristo, nunca luchó en noche amarga, nunca sacrificó el orgulloso poder terrenal
por una misión misericordiosa y alegradora
a ti confiada por el gran ESPÍRITU (pág. 11).

Hay que decir del gran ESPÍRITU que no muestra mucha sagacidad espiritual en la elección de sus misioneros y ha recurrido al hombre equivocado para actos de misericordia. Lo único grande en él son sus mayúsculas.

La escasez de talento de Rothschild como redentor se le demuestra ampliamente mediante tres ejemplos: cómo reaccionó ante la Revolución de Julio, los polacos y los judíos.

Se alzó el intrépido vástago de los francos (pág. 12),
en una palabra, estalló la Revolución de Julio.

¿Estabas preparado? ¿Resonó tu oro
alegre como el trino de las alondras dando la bienvenida
a la primavera que despertaba en el mundo?
¿Que rejuveneció aquellas anhelantes esperanzas
que dormían profundamente sepultadas en nuestros pechos,
y las trajo de vuelta al mundo vivo? (pág. 12).

La primavera que despertaba era la primavera de la burguesía, para quien el oro, tanto el de Rothschild como cualquier otro, resuena ciertamente alegre como el trino de las alondras. En efecto, las esperanzas que en la época de la Restauración dormían profundamente sepultadas no sólo en el pecho sino también en las ventas carbonarias fueron rejuvenecidas entonces y devueltas al mundo vivo, y al pobre hombre de Beck le tocó recoger las migajas. Pero tan pronto como Rothschild se convenció de que el nuevo gobierno tenía fundamentos firmes, se alegró de hacer trinar a sus alondras... al tipo de interés habitual, por supuesto.

Hasta qué punto Beck está enredado en ilusiones pequeñoburguesas lo muestra el estatus de santo que se concede a Laffitte en comparación con Rothschild:

Apegada junto a tus muy codiciados salones
se halla una morada burguesa de santa reputación (pág. 13),

es decir, la morada de Laffitte. El pequeño burgués inspirado se enorgullece del carácter burgués de su casa comparada con los codiciados salones del Hotel Rothschild. Su ideal, el Laffitte de su imaginación, naturalmente ha de vivir también en verdadera sencillez burguesa; el Hotel Laffitte se encoge hasta convertirse en una morada burguesa alemana. El propio Laffitte es presentado como un virtuoso jefe de familia, un hombre de corazón puro; se lo compara con Mucio Escévola y se dice que sacrificó su fortuna para volver a poner en pie a la humanidad y al siglo (¿estará pensando Beck en el Paris Siècle?). Se lo llama soñador juvenil y finalmente mendigo. Su funeral se describe con conmovedoras palabras:

Acompañando el cortejo fúnebre
marchaba con paso sordo la Marsellesa (pág. 14).

Junto a la Marsellesa iban los carruajes de la familia real, y justo detrás de ellos el Sr. Sauzet, el Sr. Duchâtel y todos los ventrus y lobos cervales de la Cámara de Diputados.

¡Pero cómo debió de apagar realmente su paso la Marsellesa cuando Laffitte condujo en triunfo a su compadre, el duque de Orleans, al Hôtel de Ville después de la revolución de Julio y pronunció la sorprendente declaración de que de ahora en adelante gobernarían los banqueros!

En el caso de los polacos, la crítica no va más allá de que Rothschild no mostró suficiente caridad hacia los emigrados. El ataque a Rothschild queda aquí reducido al nivel de una anécdota de pequeña ciudad y pierde por completo la apariencia de un ataque al poder del dinero en general, representado por Rothschild. Todos sabemos cómo la burguesía ha acogido a los polacos con los brazos abiertos e incluso con entusiasmo allí donde detenta el poder.

Un ejemplo de esta compunción: entra un polaco, mendigando y suplicando. Rothschild le da una moneda de plata, el polaco
Temblando de alegría acepta la moneda de plata
y pronuncia su bendición sobre ti y tu linaje [pág. 16],

situación de la que el Comité Polaco de París ha librado hasta ahora en general a los polacos. Todo el episodio del polaco sólo sirve para que nuestro poeta pueda adoptar una actitud:
Pero yo arrojo de vuelta esa felicidad de mendigo
con desprecio a tu bolsa de dinero,
¡vengando así a la humanidad ofendida! (pág. 16),

semejante blanco directo a la bolsa de dinero requiere mucha práctica y destreza en el lanzamiento. Finalmente, Beck se asegura contra posibles procesos por agresión actuando no en su propio nombre sino en el de la humanidad.

Ya en la pág. 9 se reprocha a Rothschild haber aceptado una carta de ciudadanía de la gorda ciudad imperial de Austria,
Donde tus muy acosados compatriotas judíos
pagan por su luz del día y su aire.

Beck cree realmente que con esta carta de ciudadanía vienesa Rothschild ha obtenido las bendiciones de la libertad.

Ahora, en la pág. 19, se le pregunta:
¿Has liberado a tu propio pueblo
que siempre espera y sufre mansamente?

Rothschild debía entonces haberse convertido en el redentor de los judíos. ¿Y cómo debía haber emprendido Rothschild esta tarea? Los judíos lo habían elegido rey porque su oro era el que más pesaba. Debía haberles enseñado a despreciar el oro, «a sufrir privaciones por el bien del mundo» (pág. 21).

Debía haber borrado de su memoria el egoísmo, la astucia y la práctica de la usura; en resumen, debía haber aparecido en sayal y ceniza como un predicador de moralidad y expiación. La atrevida exigencia de nuestro poeta equivale a pedir a Luis Felipe que enseñe a la burguesía de la revolución de Julio a abolir la propiedad. Si cualquiera de ellos cometiera semejante locura, perdería el poder de inmediato, pero los judíos no borrarían de su memoria el regateo, ni la burguesía la propiedad.

En la pág. 24 se critica a Rothschild por desangrar a la burguesía, como si no fuera deseable que la burguesía fuera desangrada.

En la pág. 25 se dice que ha extraviado a los príncipes. ¿Acaso no deben ser extraviados?

Ya tenemos pruebas suficientes del fabuloso poder que Beck atribuye a Rothschild. Pero prosigue en un crescendo. Después de entregarse en la pág. 26 a fantasías sobre todo lo que él (Beck) haría si fuera propietario del sol, es decir, ni siquiera la centésima parte de lo que el sol hace sin él, de pronto se le ocurre que Rothschild no es el único pecador, sino que existen otros hombres ricos además de él. Sin embargo:

Tú ocupaste con elocuencia la cátedra del maestro,
atentamente los ricos se sentaron como tus discípulos;
tu tarea: conducirlos al mundo,
tu papel: ser su conciencia.
Ellos se han desbocado —y tú miraste,
ellos están corrompidos— y tuya es la culpa (pág. 27).

Así que Lord Rothschild podría haber impedido el desarrollo del comercio y la industria, la competencia, la concentración de la propiedad, la deuda nacional y el agiotaje, en una palabra, todo el desarrollo de la sociedad burguesa moderna, si tan sólo hubiera tenido algo más de conciencia. Se necesita realmente toute la désolante naiveté de la poésie allemande para atreverse a publicar semejantes cuentos de hadas. Rothschild se convierte en un verdadero Aladino.

Aún no satisfecho, Beck confiere a Rothschild
La vertiginosa grandeza de la misión
De aliviar los sufrimientos del mundo entero [pág. 28],
misión que todos los capitalistas del mundo entero ni remotamente son capaces de cumplir.

¿No se da cuenta nuestro poeta de que cuanto más sublime e imponente intenta parecer, más ridículo resulta? ¿de que todas sus críticas a Rothschild se transmutan en la más servil adulación? ¿de que está ensalzando el poder de Rothschild como no podría haberlo ensalzado el más astuto panegirista? Rothschild debe felicitarse al ver qué forma monstruosa asume su insignificante personalidad reflejada en la mente de un poeta alemán.

Después de que nuestro poeta ha rimado hasta ahora las románticas e ignorantes fantasías de un pequeño burgués alemán sobre lo que estaría al alcance de un gran capitalista si tan solo fuese un hombre de buena voluntad, después de haber inflado la fantasía de ese poder hasta donde le es posible en la hinchada y vertiginosa grandeza de su misión, da rienda suelta a la indignación moral del pequeño burgués ante la discrepancia entre ideal y realidad, en un paroxismo de emoción que haría soltar carcajadas incluso a un cuáquero de Pensilvania:

¡Ay, ay de mí, cuando en la larga noche (21 de diciembre)
cavilé con la frente febril,

entonces mis cabellos se erizaron, sí,

me pareció estar tirando de las mismas cuerdas del corazón de DIOS,

un campanero en la campana de incendios (pág. 28),
lo cual debió ser, sin duda, la última puntilla en el ataúd del viejo. Cree que los «espíritus de la historia» le han confiado así ideas que no le está permitido ni susurrar ni pregonar en voz alta. De hecho, llega a la desesperada decisión de bailar el cancán en su tumba:

Mas cuando yazga en sudario que se descompone,

mi cadáver se estremecerá con gozosos temblores,

cuando hasta mí (el cadáver) llegue la noticia
de que las víctimas humean sobre los altares (pág. 29).

Empiezo a resultarme inquietante el joven Karl.

Así termina la canción sobre la Casa Rothschild. Ahora sigue, como es costumbre entre los poetas líricos modernos, una reflexión rimada sobre este canto y el papel que el poeta ha desempeñado en él.

Sé que tu brazo poderoso
puede castigarme hasta hacerme sangrar (pág. 30),

en otras palabras, que puede administrarle cincuenta de los buenos. El austríaco nunca olvida la vara. Ante este peligro, un sentimiento de exaltación le infunde valor:

A la orden de DIOS y sin temor
canté con toda libertad cuanto sabía [pág. 30].

El poeta alemán canta siempre a la orden. Por supuesto, el amo es el responsable y no el siervo, de modo que Rothschild ha de vérselas con DIOS y no con Beck, su siervo. Es, en efecto, la práctica general de los poetas líricos modernos:

1. Jactarse del peligro al que creen exponerse con sus inocuas canciones;

2. recibir una paliza y luego encomendarse a Dios.

La canción «A la Casa Rothschild» se cierra con unos cuantos sentimientos conmovedores sobre la susodicha canción, a la que se calumnia aquí en los siguientes términos:

Libre es y orgullosa, puede ordenaros,
deciros las cosas por las que con fe jura (pág. 32),

es decir, por su propia excelencia, como se ejemplifica en esta conclusión. Tememos que Rothschild pudiera llevar a Beck ante los tribunales, no por la canción, sino por este acto de perjurio.

[Deutsche-Brüsseler-Zeitung, núm. 74, 16 de septiembre de 1847]