Se acaba de publicar y distribuir un curioso documento, como regalo de Año Nuevo para la Cámara de los Diputados. Se trata de una exposición de hechos que explica cómo un tal M. Petit obtuvo la plaza de recaudador de contribuciones (receveur particulier) en Corbeil, cerca de París, y lo ha publicado el propio M. Petit. M. Petit se ha visto forzado a ello a consecuencia de un pleito de separación pendiente entre él y su mujer, en el cual se había alegado que había comprado su puesto prostituyendo a su esposa a un caballero íntimamente vinculado con M. Guizot. Ahora declara en su publicación:

«Sí, mi puesto fue comprado, como se compran hoy día todos los puestos; pero no fue comprado con prostitución, sino solamente con dinero contante y sonante».

A continuación, pasa a detallar cómo al principio aspiró al cargo de Consejero Referendario del Tribunal de Cuentas; cómo el ministerio le prometió esa plaza con tal de que pudiera obtener la dimisión de uno de los consejeros; cómo el secretario del ministro le indicó cuáles de los consejeros estarían más dispuestos a vender su cargo; cómo entonces, por 15.000 francos, obtuvo la dimisión deseada; cómo luego le dijeron que tenía que procurar la dimisión de un Consejero Referendario, no de segunda clase, sino de primera, porque el gobierno la necesitaba para cumplir una promesa hecha al llegar al poder; cómo, mediante diferentes arreglos, se cubrió la diferencia de precio entre las dos dimisiones; cómo al fin se obtuvo la dimisión; cómo entonces el ministerio no quería solo una dimisión como la presentada, sino otra de grado aún más alto, la de un Consejero Maestre; cómo también esta nueva dimisión se obtuvo por medio de «dinero al contado»; cómo finalmente se ofreció a M. Petit aceptar la recaudación de contribuciones de Corbeil, en lugar del puesto en el Tribunal de Cuentas; cómo M. Petit aceptó; cómo entonces las diferentes dimisiones fueron firmadas y canjeadas por las sumas de dinero estipuladas; y cómo, dos días después, se publicó todo el conjunto de reales ordenanzas aceptando las dimisiones y ascendiendo y nombrando a las distintas personas implicadas para los cargos estipulados en la transacción.

Tales son los hechos principales del asunto. Hay otros de menor importancia, que demuestran cómo a M. Petit, una vez enganchado por haber pagado la primera suma, se le hizo pagar más y más. Pero los paso por alto. Solo menciono que en la publicación de M. Petit todos los nombres aparecen por extenso.

Fácilmente se imaginará el lector el ruido que ha causado este pequeño folleto en París. Todos los periódicos están llenos de él, y tanto más cuanto que el ministro de Hacienda (a cuyo departamento pertenece el Tribunal de Cuentas), bajo cuya dirección se realizaron las mencionadas transacciones, había negado abiertamente que jamás hubiera ocurrido nada semejante cuando fue interpelado en la Cámara por M. Luneau. M. Luneau, en aquel momento, declaró que la venta de cargos en dicho departamento era un hecho de pública notoriedad. Conocido por la mayoría lo mismo que por la oposición. Conocido por todos, en suma, salvo, según parecía, por el propio ministro. M. Lacave contestó con una negativa rotunda. Ahora el asunto ha salido a la luz de un modo que hace imposible todo silenciamiento. Y sin embargo, aunque todo París no habla de otra cosa desde hace casi una semana, el gobierno no ha abierto la boca.

Nos limitamos a repetir las palabras del viejo Dupin, pronunciadas cuando M. Luneau planteó el asunto en la Cámara:

«Apenas valía la pena hacer una revolución para abolir la venalidad de los cargos, si se tolera que este infame sistema vuelva a levantar cabeza».

El siguiente tema que ocupa a los periódicos es la captura de Abd-el-Kader, y la resolución que tomará el gobierno respecto a su futura residencia. No hay duda de que confirmará y ejecutará la promesa del duque de Aumale, enviando al emir a Egipto. Es curioso que casi todos los periódicos de la oposición, desde el National hasta el Constitutionnel, hayan exigido que se rompa esa promesa. Ahora bien, no cabe duda de que la promesa se concedió condicionalmente, dejando al gobierno en libertad de confirmarla o no. La negativa a confirmarla no implicaría directamente, como dice el Sun, una infamia. Pero tampoco hay duda de que un acto análogo por parte de cualquier otro gobierno, en particular el inglés, habría sido tratado por esos mismos periódicos como la traición más infame. Es evidente que, siendo imposible restablecer las cosas en el mismo estado en que se hallaban cuando Abd-el-Kader se rindió condicionalmente, negarle la confirmación de las condiciones de la rendición implicaría una falta de generosidad de primer orden. Pero en estas cuestiones esos periódicos nacionales están ciegos, y cometerían los mismos actos por cuya comisión censuran a otros. Los dos únicos periódicos que se han pronunciado a favor de confirmar el tratado con Abd-el-Kader son la Presse y la Réforme. El primero, periódico monárquico, quería que se confirmase porque el gobierno no podía desmentir a un hijo del rey, a un hijo de Francia; resucitando así el viejo título de los príncipes de sangre real anteriores a la revolución.

«No —dijo la Réforme—, el asunto es delicado: está en juego el honor de nuestro país; en estas cuestiones más vale ser demasiado generosos que demasiado mezquinos, y, por tanto, confirmar la palabra dada, aunque sea la de un príncipe».

También en esto la Réforme ha sido la única en adoptar el punto de vista correcto.

En conjunto, es a nuestro juicio muy afortunado que el caudillo árabe haya sido capturado. La lucha de los beduinos era una lucha sin esperanza, y aunque sea muy censurable el modo en que soldados brutales, como Bugeaud, han conducido la guerra, la conquista de Argelia es un hecho importante y afortunado para el progreso de la civilización. Las piraterías de los estados berberiscos, en las que el gobierno inglés jamás interfirió mientras no molestaban a sus barcos, no podían ser suprimidas sino mediante la conquista de uno de esos estados. Y la conquista de Argelia ya ha obligado a los beyes de Túnez y Trípoli, e incluso al emperador de Marruecos, a emprender el camino de la civilización. Se vieron obligados a buscar otra ocupación para su pueblo que la piratería, y otros medios de llenar sus arcas que los tributos que les pagaban los Estados más pequeños de Europa. Y si podemos lamentar que se haya destruido la libertad de los beduinos del desierto, no debemos olvidar que esos mismos beduinos eran una nación de ladrones, cuyos principales medios de vida consistían en hacer incursiones, ya fuera unos contra otros, ya contra los aldeanos sedentarios, tomando cuanto encontraban, degollando a cuantos oponían resistencia y vendiendo como esclavos a los prisioneros restantes. Todas estas naciones de bárbaros libres parecen muy orgullosas, nobles y gloriosas a distancia, pero basta acercarse a ellas para descubrir que, al igual que las naciones más civilizadas, las gobierna la codicia, solo que emplean medios más rudos y crueles. Y, después de todo, el burgués moderno, con la civilización, la industria, el orden y al menos una relativa ilustración que le siguen, es preferible al señor feudal o al bandido merodeador, con el estado bárbaro de la sociedad al que pertenecen.

M. Guizot ha presentado a las Cámaras parte de la correspondencia diplomática relativa a Suiza e Italia. La primera demuestra de nuevo que ha sido burlado sistemáticamente por lord Palmerston, y ambas prueban la íntima alianza que Francia ha contraído con Austria. Esa era la última infamia que aún se le había ahorrado a la Francia de Luis Felipe. ¡El representante de la tiranía, de la opresión conseguida por los medios más infames —el país de la estabilidad y la reacción—, aliado de Francia, tal como ésta ha sido reconstituida por dos revoluciones! Más bajo no puede hundirse. Pero eso está bien. Cuanto más hunde la burguesía a este país, más se acerca el día del ajuste de cuentas. Y llegará antes de que la burguesía lo piense. Hay un partido que ellos no toman en cuenta, y ese partido es el noble, el generoso, el valiente pueblo francés.

La disputa entre la Réforme y el National ha sido sometida a un jurado escogido por ambas partes. Todas las hostilidades están suspendidas. A fin de este mes se dictará la decisión. Sea como fuere, esperamos que la Réforme continúe en la única senda que puede salvar la democracia de Francia.