El valle del río Ródano, desde su nacimiento al pie del glaciar del Ródano hasta el lago Lemán, es una de las comarcas más hermosas del mundo. A sus costados se alzan las montañas más altas de Europa, dos cadenas ininterrumpidas de una altura media de 12.000 pies, cubiertas de nieves perpetuas, de las que brotan los innumerables riachuelos que alimentan el Ródano y fertilizan las praderas y los campos del valle. Aquí, a pocas horas de camino del invierno eterno, el castaño y la vid prosperan bajo un sol cuyo calor es casi tan intenso como el de las llanuras siempre verdes de Lombardía. Este valle se llama el Valais, y está habitado en parte por alemanes, en parte por franceses. Los alemanes, que entraron en la región desde el nordeste, ocupan la parte más alta y montañosa del valle, donde el terreno es poco propicio para la agricultura, pero excelente para la cría de ganado; en consecuencia, esta parte de la población permanece hasta hoy en casi el mismo estado natural en que sus antepasados ocuparon el Alto Valais. La educación política y religiosa está entregada por completo a unas pocas familias aristocráticas y al clero, quienes, por supuesto, mantienen al pueblo tan estúpido y supersticioso como les es posible. Por el contrario, los franceses se asentaron en el Bajo Valais, donde el ensanchamiento del valle permite introducir la agricultura y otras actividades industriales. Los franceses han fundado las ciudades más importantes del Valais, son instruidos y civilizados y, al lindar con el lago y con el cantón radical de Vaud, entran en contacto con el mundo exterior y están en condiciones de mantenerse al corriente del progreso de las ideas de sus vecinos. No obstante, los rudos montañeses del Alto Valais —no sé cómo— subyugaron hace muchos siglos al Bajo Valais francés y continuaron considerando esta parte del país como una provincia conquistada, excluyendo a sus habitantes de toda participación en el gobierno. En 1798, cuando los franceses derrocaron el viejo sistema aristocrático del despotismo patricio suizo, el Bajo Valais obtuvo su parte de gobierno, pero no en la medida que le correspondía. En 1830, cuando el partido democrático predominaba en toda Suiza, la constitución fue remodelada sobre principios justos y democráticos **?; pero los boyeros dominados por los curas del Alto Valais, y los soberanos regidores de sus mentes, los curas, han intentado desde entonces provocar un cambio en favor del viejo sistema de injusticia. Para precaverse contra ello, el partido radical formó entre ellos y los radicales de Vaud una asociación denominada Young Switzerland —la jeune Suisse—. Fueron atacados y calumniados con la mayor violencia por el clero, que solía acusarlos de impíos, cargo que, en el continente, mueve más a risa que a espanto. En 1840 tuvo lugar el primer estallido contra Young Switzerland, pero, al hallar a los demócratas bien preparados, los engañados por la superstición y la ignorancia se retiraron a sus inexpugnables pasos de montaña, para volver a irrumpir en marzo de 1844. Han conseguido ahora tomar a los radicales por sorpresa, aprovechando la reacción general en favor de los principios conservadores y el hecho de que el cantón director (sede del gobierno federal en funciones), Lucerna, es un cantón conservador. El partido democrático en el Valais está por el momento abatido. Se requerirá la intervención del gobierno federal; queda por ver qué provecho sacarán de su victoria los sacerdotes que acompañaron y encabezaron el ejército conservador; pero en todo caso no hay posibilidad, ni siquiera ahora, de restablecer nada que se parezca al viejo sistema, ni de mantener al Bajo Valais y a sus animosos habitantes en un estado de sujeción. Unos pocos años, es más, meses, pueden devolver la ascendencia al partido democrático.?**

No. 344, 15 de junio de 1844, con un editorial