Karl Marx

17. —oMEÉ 5

GLOSAS
SOBRE EL ÚLTIMO EJERCICIO DE DICCIÓN MINISTERIAL
DE FEDERICO GUILLERMO IV!

Vorwárts!, n° 66 del 17 de agosto de 1844.

«Yo no puedo abandonar la tierra patria, si bien sólo sea también
por breve tiempo, sin expresar públicamente el agradecimiento pro-
fundamente sentido en nombre Mío y de la reina, que mueve nuestro
corazón; < agradecimiento >> producido por las infinitas muestras ver-
bales y escritas de amor hacia Nos, que levantó el atentado del 26 de
julio; de un amor que nos aclamó en el momento mismo del crimen,
cuando la mano del Todopoderoso acababa de desviar el proyectil
mortífero arrojándolo de nuestro pecho al suelo. Con la mirada puesta
en Mi divino salvador Me dirijo lleno de ánimo a Mi tarea diaria
para concluir lo comenzado, poner por obra lo planeado, combatir el
mal con nueva confianza en la victoria y ser para mi pueblo lo que Me
impone Mi alto ministerio, y el amor de Mi pueblo merece.

»Erdmannsdorf, a 5 de agosto de 1844

(firm.) Federico Guillermo.»

1. El 26 de julio de 1844 el ex alcalde Storkow, cesante como funciona-
rio, había disparado en Berlín por este motivo dos tiros de pistola contra el rey
Federico Guillermo IV, Los tiros erraron el blanco. Marx ridiculiza en el lenguaje
hinchado y religioso del rey tanto la cultura oficial de la monarquía como la figura
del rey mismo. El artículo cierra así la fase antimonárquica. El próximo trabajo
publicado, La Sagrada Familia, vuelve sus armas ya contra la burguesía. Incluso
los Manuscritos de París dejan de ocuparse directamente con el rey. La «Intro-
ducción» a la crítica de Hegel había dicho en efecto: «De comenzar por el statu
quo vigente en Alemania, el resultado no pasaría de un anacronismo, incluso si
la tarea se abordase de la única manera apropiada, es decir negativamente».
(Supra, pág. 211.)

El afecto a bocajarro es un mal escritor. La carta que, lleno de
emoción, escribe el amante a la amada, no es un modelo estilístico;
pero precisamente lo confuso de la expresión es la expresión más clara,
más plástica, más conmovedora del poder que ejerce el amor sobre
quien escribe. El poder del amor sobre él es el poder que ejerce sobre
él la amada. Así que esa apasionada obscuridad y agitada confusión del .
estilo halaga el corazón de la amada, toda vez que la naturaleza refleja,
general y por tanto ambigua del lenguaje, ha cobrado un carácter di-
rectamente individual, violentamente sensual y por tanto absolutamente
de fiar. Por otra parte con nada disfruta más la amada de sí, nada le
da más fe en sí misma que la fe ingenua en la verdad del amor que el
amante manifiesta por ella.

La consecuencia de estas premisas es que al pueblo prusiano le es-
tamos haciendo un favor inmenso, mostrando irrefutablemente lo ínti-
mamente verdadero que es el agradecimiento regio. Y esta veracidad
la vamos a dejar por encima de toda duda posible, demostrando el po-
der que tienen los sentimientos de gratitud sobre el escritor regio. Y el
poder de estos sentimientos sobre el escritor regio lo demostraremos
probando la confusión del estilo en que se halla redactada la orden
` ministerial de agradecimiento. Con que no se interprete mal la finalidad
de nuestro patriótico análisis.

«Yo no puedo abandonar la tierra patria, si bien sólo sea también
por breve tiempo, sin expresar públicamente el agradecimiento pro-
fundamente sentido en nombre Mío y de la reina, que mueve Nuestro
corazón.»

La construcción sintáctica hace creer en un primer momento que
los pechos regios se hallan movidos por su propio nombre. Una vez
que el asombro ha hecho afinar la reflexión sobre tan insólito movi-
miento, se da uno cuenta de que la proposición de relativo: «que mue-
ve Nuestro corazón», no se refiere al nombre sino al agradecimiento,
situado más lejos. +

«Nuestro corazón», por los corazones del rey y de la reina, puede
quedar justificado como audacia poética, como cordial expresión de la
unidad cordial de la egregia y cordial pareja. +

El lacónico «en nombre Mío y de la reina» induce fácilmente a
falsas interpretaciones. «En nombre Mío y de la reina» podría ser in-
el nombre del marido es del marido y la mujer. Ahora bien, innega-
blemente un privilegio de los grandes hombres y de los niños es que, en

vez de decir «yo», hacen de su nombre el sujeto. Así un César, en vez
de decir «vencí», puede decir «César venció». Así los niños, en vez
de «quiero ir a Viena a la escuela», dicen: «Federico, Carlos, Guiller-
mo, etc. quiere ir a Viena a la escuela». En cambio sería una peligrosa
innovación convertir el propio «yo» en sujeto y aseverar a la vez que
este «yo» habla en nombre «propio». Una aseveración así pudiera con-
tener aparentemente la confesión de que lo normal no es hablar por
propia inspiración.

«Yo no puedo abandonar la tierra patria, si bien sólo sea también
por breve tiempo», es una paráfrasis —ni muy hábil ni muy clara que
digamos— de: «no puedo abandonar el suelo patrio, ni siquiera por
corto tiempo, sin», etc. Esta dificultad procede de la combinación de
tres ideas: 1.2) el rey abandona su tierra; 2.) la abandona sólo por
breve tiempo; 3.2) siente la necesidad de manifestar su agradecimiento
al pueblo. La expresión excesivamente comprimida de estos tres pen-
samientos hace que el rey parezca estar expresando su agradecimiento
por abandonar su tierra. Pero en caso de que el agradecimiento fuese
sincero, de que procediese del corazón, de ningún modo tenía que ne-
cesitar para expresarse de hechos accidentales como éste. Un corazón
desbordante se desahoga en cualquier situación.

Agradecimiento «producido por las infinitas muestras orales y es-
critas de amor hacía Nos, QUE levantó el atentado del 26 de julio; DE
un amor que nos aclamó en el momento mismo del crimen, cuando la
mano del Todopoderoso acababa de desviar el proyectil mortífero,
arrojándolo de nuestro pecho al suelo».

No se sabe si el atentado ha levantado el amor o las muestras de
amor, tanto menos cuanto el genitivo «de amor» reaparece tras el punto
y coma como la parte dominante y acentuada del período. La audacia °
estilística con que se repite el genitivo salta a la vista. La dificultad
crece, si consideramos el contenido de la frase. El amor que hablaba
y sentía ¿podía ser designado directamente como el sujeto que alboro-
taba en la calle? La verdad cronológica ¿no requería comenzar con el
amor que se manifestó nada más producirse los hechos, y sólo entonces
pasar a las muestras externas de amor de palabra y por escrito?

¿Es que no se podía evitar la sospecha de que el rey quería halagar
a la vez a la aristocracia y al pueblo? A la aristocracia, por cuanto sus
muestras orales y escritas de amor, a pesar de ser posteriores crono-
lógicamente a las populares, desde el punto de vista efectivo consiguie-
ron producir antes el agradecimiento en el corazón regio. Al pueblo,

por cuanto su amor exultante es declarado idéntico con el otro amor
escritor y orador; es decir, que en el amor se halla suprimida la nobleza
hereditaria. +

Por último no parece lo más adecuado que la mano de Dios sea
quien detenga directamente el «proyectil». Un pensamiento mediana-
mente consecuente llegará así a concluir sofísticamente que Dios ha
dirigido la mano del criminal contra el rey, a la vez que ha desviado
del rey el disparo. ¿Cómo se va a suponer si no que una acción de Dios
sea unilateral?

«Con la mirada puesta en Mi divino salvador Me dirijo lleno de
ánimo a Mi tarea diaria para concluir lo comenzado, poner por obra
lo planeado, combatir el mal con nueva confianza en la victoria y ser
para mi pueblo lo que Me impone Mi alto ministerio, y el amor de
Mi pueblo merece.»

No está bien decir: «Me dirijo» «a ser algo». A lo sumo cabe diri-
girse a «convertirse en algo». Aunque tampoco reconozcamos como
correcto este último giro, al menos presenta el movimiento de devenir
como resultado del movimiento de dirigirse. El que Su Majestad «se
dirija con la mirada puesta en Dios» a «concluir lo comenzado y poner
por obra lo planeado», parece prometer tan pocas posibilidades de con-
cluir como de poner por obra. Para concluir lo comenzado y realizar lo
planeado, hay que fijar la mirada en lo comenzado y planeado, sin mirar
a las nubes por encima de estos objetos. Quien realmente «va con la
mirada puesta en Dios», ¿no se «quedará en la contemplación de
Dios»? ¿No se le irán todos los planes e ideas mundanos? +

La frase final, aislada, cerrada en sí misma por una coma —«y el
amor de Mi pueblo merece»— parece apuntar a un complemento im-
plícito, oculto, como sería: <el amor de Mi pueblo > «merece el láti-
go de <Mi> cuñado Nicolás <I de Rusia> y la política del compa-
dre Metternich»; o también: «merece la constitucioncita del Señor de
Bunsen» ?

2. Federico Guillermo IV había encargado una reforma de la Constitución
prusiana al embajador en Londres, Christian C. J. Bunsen. Entre abril y junio
de 1844 Bunsen había presentado en una serie de memoriales sus propuestas a
este respecto.