Trabajo y valor (41 Ricardo hace muy bien en subrayar esto: cómo el obrero nada gana con la elevación de la productividad del trabajo.'* [Ricardo:] “El trabajo... fuente de todo valor, y su cantidad relativa... la medida que regula el valor relativo de las mercancías.” (p. 17)

Ricardo desarrolla la idea de que el trabajo engloba la totalidad del precio, pues el capital también es trabajo. Según lo muestra Say, Ricardo olvida las ganancias del capital y de la tierra, que no son puestos gratuitamente a disposición. Proudhon concluye con razón que, allí donde existe la propiedad privada, una cosa cuesta más de lo que vale: justamente el tributo que es pagado al propietario privado.

[1] Ricardo: “Si la retribución del obrero estuviera siempre en relación con su producción, sería correcto decir que la cantidad de trabajo fijada en la producción de una cosa es igual a la cantidad de trabajo que este objeto puede comprar; ... Pero estas dos cantidades no son iguales ... la segunda experimenta las mismas variaciones que las mercancías y medios de subsistencia con los que puede ser equiparada.” (pp. 10-11) [Marx:1 Bella confesión de Ricardo: “Aunque los perfeccionamientos (debidos a las máquinas) se extendieran a todos los objetos de consumo del obrero, probablemente, como resultado de la competencia, el bienestar del obrero no aumentaría en la práctica, no obstante que el valor de cambio de esos objetos, comparado con el de aquellos cuya fabricación no experimentase ningún perfeccionamiento notable, se reduciría considerablemente, y serían adquiribles a costa de una cantidad de trabajo mucho menor.” (p. 15)

La renta de la tierra La privación, condición de la riqueza [5]

Ricardo separa la fertilidad del suelo en sí de la que éste adquiere gracias a determinados aparatos e instalaciones, a determinado capital invertido en él. Es una división absurda. Smith tiene razón cuando observa que, por lo general, el capital destinado al mejoramiento del suelo no proviene del propietario, y que éste no tendría por qué exigir [si no es] como capitalista, una renta más elevada por un suelo mejorado.

Las “facultades primitivas e indestructibles del suelo”, que constituirían según Ricardo el objeto de la renta, son una abstracción.!”! [6]

Es divertida la observación de Say [en una nota al texto de Ricardo] sobre la función de la propiedad: “Agradable función, en verdad, pero que, no obstante, en el estado actual de nuestras sociedades, ha exigido una acumulación, fruto de una producción y un ahorro, es decir, de una privación anterior.” (p. 81)

El sentido correcto de esta “privación anterior” no es el que piensa Say. Privación, porque [9] Ricardo: “La renta ... es la parte del producto de la tierra que se paga al propietario por el derecho de explotar las capacidades productivas del suelo ... se la debe distinguir del interés y la ganancia del capital.” (p. 56)

Costos de producción y competencia la acumulación presupone ya la privación principal, la propiedad, que es lo que debe explicar. Privación, porque la producción estuvo del lado del obrero y el ahorro del lado del capitalista, “porque con la complejidad de la producción aumenta también el valor de cambio de los productos, de manera que el propietario gana doblemente: primero, porque obtiene una porción mayor y, luego, porque es pagado en productos de un valor más considerable” (p. 93) [Ricardo].

En general, es interesante: El precio natural está constituido, según Smith, por el salario, la renta y la ganancia. La renta no forma parte de los costos de producción necesarios, aunque la tierra es necesaria para la producción. Tampoco la ganancia forma parte de los costos de producción. La necesidad de la tierra y el capital para la producción sólo debe ser incluida en el cálculo de los costos en la medida en que el mantenimiento del capital y la tierra requiere trabajo, etc. Sus costos de reproducción. Pero sólo el plus, ese algo por demás de tales costos, constituye los intereses y la ganancia, el arrendamiento y la renta de la tierra. Así, pues, el precio de todas las cosas es demasiado caro, como lo explicó ya Proudhon.

Además: el precio natural del salario, la renta Abstracción y realidad. Precio natural y precio de mercado y la ganancia dependen por completo de la costumbre o del monopolio —en definitiva, de la competencia—, y no se determina a partir de la naturaleza de la tierra, del capital o del trabajo. Así, pues, incluso los costos de producción se hallan determinados por la competencia y no por la producción.

Ricardo dice (p. 111) que al hablar del “valor de camhio” se refiere siempre al “precio natural” y que piensa dejar de lado los accidentes de la competencia, a los que llama “cierta causa momentánea o accidental”. Para dar más cohesión y precisión a sus leyes, la economía política tiene que suponer la realidad como accidental y la abstracción como real. Sobre esto, Say [en una nota al texto de Ricardo] observa que “el precio natural... parece ser... quimérico. En economía política no hay más precios que los del mercado”. Lo que él demuestra invocando el hecho de que [los precios] del trabajo, el capital y la tierra no se determinan de acuerdo a ninguna tasa fija, sino a la relación que se establece entre la magnitud de la oferta y la magnitud de la demanda. Cuando Smith suponía la existencia de un precio natural, había por lo menos esta cuestión: ¿cómo participan el trabajo, el capital y la tierra en la determinación El circulo vicioso de la economía política de los costos de producción? Una cuestión que tiene sentido si se hace abstracción de la propiedad privada; el precio natural son los costos de producción. En la comunidad, por ejemplo, puede tratarse del siguiente problema: ¿cuál de estos dos productos se dará mejor en este suelo?

¿Compensarán los resultados el trabajo empleado y el capital invertido? Pero, dado que en economía política sólo se trata ya de precios de mercado, las cosas ya no son consideradas con relación a sus costos de producción ni éstos teniendo en cuenta a los hombres, sino que toda la producción es considerada en referencia al tráfico sórdido. '” [9]

Según Ricardo, la legislación sobre los pobres en Inglaterra tiende fatalmente “a transformar la riqueza y la potencia en miseria y debilidad, haciendo renunciar al hom- [$] Ricardo: “El trabajo ... fundamento del valor de las cosas ... la cantidad de trabajo necesaria para producirlas ... la regla que determina las cantidades respectivas de mercancías que se pueden entregar a cambio de otras ... en el precio de mercado de las mercancías cierta desviación accidental y pasajera de este precio primitivo y natural” (p. 105) [Smith: “El trabajo fue el primer precio, la moneda que se pagó en la compra primitiva de todas las cosas. No fue en modo alguno con oro o con dinero, sino con trabajo con lo que fueron compradas originariamente todas las riquezas del mundo. Su valor para quienes las poseen y buscan cambiarlas por nuevos productos es precisamente igual a la cantidad de trabajo que ellas están en condiciones de comprar o encargar.” (pp. 60-61)] bre a todo trabajo que no tenga por fin único el procurarse las subsistencias. No habría ya distinciones en cuanto a las facultades intelectuales; el espíritu no se preocuparía más que de satisfacer las necesidades del cuerpo, hasta que finalmente todas las clases sean víctimas de una.

indigencia universal”. (p. 139)

Mas hay que observar que, al comienzo de este capítulo, el filantrópico Ricardo define los medios de subsistencia como el precio natural del obrero y, por tanto, como el “único fin” de su trabajo, ya que trabaja con miras a su salario." ¿Dónde quedan aquí las “facultades intelectuales”? Pero también Ricardo sólo quiere, en realidad, [justificar] las diferencias entre las diversas clases, Es el habitual círculo vicioso de la economía política: el fin es la libertad espiritual; por consiguiente, se necesita la servidumbre embrutecedora para la mayoría. Las necesidades materiales no constituyen el único fin; por tanto, se convierten en el único fin para la mayoría. O a la inversa: el fin es el matrimonio; por ende, prostitución de la mayoría. El fin es la propiedad; por tanto, carencia de propiedad para la mayoría.

["] Ricardo: “El precio natural del trabajo es aquel que proporciona a los obreros en general los medios para subsistir y para perpetuar su especie, sin aumento y sin disminución ... el precio natural del trabajo depende del precio de las subsistencias y de las cosas necesarias o útiles para el mantenimiento del obrero y su familia. Una elevación de los precios de estos objetos hará que se eleve el precio natural del trabajo, el cual bajará si dichos precios bajan.” (p. 115)

Los milagros de la economía política (10]

En la economía política no sólo se da el milagro de una sobreproducción acompañada de supermiseria, sino también el de un crecimiento de los capitales y sus modos de inversión, por un lado, y una escasez de oportunidades productivas, como consecuencia de ese crecimiento, por otro.

La importancia de la doctrina de Ricardo para la situación actual estriba solamente en esto: muestra que la competencia entre los capitalistas —que tiene lugar en una acumulación progresiva— y la reducción de sus ganancias no condicionan de ninguna manera una necesaria elevación de los salarios (como lo suponía Smith). La cantidad de obreros supera actualmente a la demanda en todos los países industriales y puede reclutarse en cualquier momento, como sucede efectivamente todos los días, en el proletariado sin trabajo. A la inversa, la acumulación, junto con la competencia, tiene por consecuencia una reducción cada vez mayor del salario.

La pregunta que Ricardo no puede responder —y tampoco el señor Say, que concuerda con él y que fue el primero en establecer el principio de que la demanda de productos sólo se encuentra limitada por la propia producción— es la siguiente: ¿Cómo es posible la competencia y Ganancia individual y ganancia nacional las quiebras, crisis comerciales, etc. que resultan de ella, si todo capital encuentra su oportunidad de inversión correspondiente, si las posibilidades de inversión están siempre en proporción al número de capitales? Con una sola frase, estos señores anularían su principio central, la competencia, así como el fundamento de este principio y de toda su sabiduría; fundamento según el cual es cada individuo (individuo “no desadinerado”, se entiende) quien mejor sabe lo que conviene a sus intereses y, en consecuencia (un “en consecuencia” de mucho contenido), al interés de la sociedad. ¿Cómo es que estos “sabios” individuos llegan a arruinarse a sí mismos y a otros, dado que para todo capital existe un lugar de inversión lucrativo y desocupado? (11]

Ricardo dice no entender la distinción de Say entre las ganancias del comercio externo y las del comercio interno. En ambos casos, dice, la ganancia es una utilidad producida y el objetivo del comercio es el mismo: aumentar la producción. Á este ingenuo asombro de Ricardo, el señor Say responde: las ganancias no provienen solamente de una utilidad o un valor producido, sino también de las pérdidas soportadas por otro individuo. En-el caso del comercio interno, La verdad inhumana de la economía política sus ganancias no son ganancias para la nación, sino solamente un desplazamiento de un bolsillo a otro. En cambio, si el otro individuo es un extranjero, “la nación a que pertenece el primero gana lo que la otra nación pierde”. Esto es claro.

[Ricardo:] %...el interés general nunca está mejor asegurado que mediante la distribución más productiva del capital general, es decir, mediante un comercio universalmente libre.” (p. 187)

Este último “es decir” sería correcto si afirmara: es decir, mediante la anulación de la propiedad.

113]

Al negar toda importancia al ingreso bruto, es decir, a la cantidad de la producción y el consumo que no constituye el excedente, y negar, por tanto, toda importancia a la vida misma, la abstracción propia de la economía política alcanza el colmo de la infamia." Resulta así: [$] Ricardo: “¿Qué beneficio puede sacar un país de una cantidad grande de trabajo productivo si, sea con esta cantidad o con una más pequeña, el total de sus ingresos y ganancias permanece constante? El producto total de la industria y la tierra de todo país se divide en tres partes: salarios, ganancias y renta, Sólo en el caso de estas dos últimas es po1] que la economía política no se preocupa en absoluto del interés nacional, del hombre, sino únicamente del ingreso neto, de la ganancia, de la renta, y que éstos aparecen como el fin último de la nación; 2] que la vida de un hombre no tiene en sí ningún valor; 3] que el valor de la. clase obrera se reduce exclusivamente a los costos de producción necesarios y que los obreros sólo existen para el ingreso neto, es decir, para la ganancia de los capitalistas y la renta del terrateniente. Ellos son y deben ser máquinas de trabajo en las que sólo se gastan los medios que son indispensables para mantenerlas en funcionamiento. Poco importa si el número de estas máquinas de trabajo es mayor o menor, siempre que el producto neto permanezca constante. Sismondi dice con razón que, de acuerdo con Ricardo, si el rey de Inglaterra pudiera obtener el mismo ingreso gracias a máquinas distribuidas por todo el país, podría prescindir del pueblo inglés.

Pero cuando Say y Sismondi [...] combaten a Ricardo, lo único que hacen es combatir la sible aumentar los gastos o hacer ahorros: ya que la primera, cuando es adecuada, es siempre igual a los costos de producción necesarios. Así, pues, a una persona que haga 2 000 libras de ganancia con un capital de 20 000 libras, le será completamente igual que su capital ponga en movimiento a 100 hombres o a 1000, o que sus productos se vendan por 10 000 o por 20 000 libras, siempre que sus ganancias no bajen de 2000 libras. ¿Y acaso el interés real de una nación no es el mismo? Si su ingreso neto y real, sus rentas y ganancias permanecen iguales, ¿qué importa si ella se compone de 10 o de 12 millones de individuos?” (p. 194.)

La distinción entre ingreso neto e ingreso bruto desde el punto de vista de la nación expresión cínica de una verdad económica. Desde el punto de vista de la economía política, la tesis de Ricardo es verdadera y consecuente.

¿Qué viene a demostrar, con referencia a la economía política, el hecho de que Sismondi y Say tengan que salirse de ella para combatir sus resultados inhumanos? Una sola cosa: que lo humano se halla fuera de la economía política y lo inhumano dentro de ella.

(Introducir las reflexiones políticas y sentimentales [de Sismondi y Say], para combatirlas.) Al afirmar que la distinción entre producto bruto y producto neto no tiene ningún sentido para la nación, sino únicamente para los individuos, Say reconoce que la propiedad privada sólo obedece al interés individual y que, desde el punto de vista político, nacional, debería ser abolida.

Si esta distinción no tiene ningún sentido, ninguna importancia para la nación, ¿por qué ésta tiene entonces que tolerarla? ¿Por qué la economía política se ocupa únicamente de esta distinción? El sentido correcto de la tesis de Ricardo es éste: el ingreso neto de una nación no es otra cosa que la ganancia del capitalista y la renta del terrateniente, [es un ingreso que] no le incumbe para nada al obrero. Por tanto, salvo en la medida en que es la máquina de estos beneficios privados, tampoco la economía le incumbe al obrero.

Las objeciones económicas y políticas que hace Say son de mal gusto: Con 7 millones de obreros se alcanzaría un ahorro mayor que con 3 millones. Una población numerosa daría mejor protección, ante posibles “Atilas”, que la ofrecida por “los capitalistas especuladores, ocupados en lo oscuro de sus contadurías en balancear los precios de mercado de las principales bolsas de Europa y América”. Entre 7 millones de obreros habría una masa de felicidad mayor que entre 5 millones.

A esto se puede contestar: con 7 millones, el despilfarro es mayor que con 5. Por lo demás, ya lo dice Ricardo: el valor del hombre está en proporción con la magnitud dada de ahorro. La segunda razón considera a la población como carne de cañón, como cuerpo de protección al servicio de los capitalistas especuladores en sus contadurías. Pero, por otro lado, ¿acaso una población numerosa no amenaza con volverse peligrosa para estas cabezas especulativas y querer participar del ingreso neto? Por último, entre 7 millones de obreros hay más miseria que entre 5 millones.

Say dice finalmente: “Parecería que el hombre no está en el mundo para otra cosa que para ahorrar y acumular... Producir y consumir, he aquí lo que es propio de la vida humana, he aquí su objetivo Interés particular de los capitalistas e interés de la nación principal.” (p. 198 n.)

Si éste es el objetivo de la vida, la economía política se aviene muy mal con él, pues en ella el consumo y la producción no son la determinación del obrero. ¿Qué consecuencia se deriva del hecho de que la distinción entre ingreso neto e ingreso bruto no sea una distinción desde el punto de vista de la nación? La distinción entre capital y ganancia, entre tierra y renta, entre tu capital y el mío, etc. carece de importancia económico-nacional. ¿Por qué, entonces, tendría la clase obrera que abstenerse de abolir esta distinción, que no tiene sentido para la comunidad y que es fatal para ella? Y si el punto de vista económico-nacional no debe quedar como abstracción, entonces, el capitalista, el terrateniente —así como el obrero—, como miembro de su nación, tiene que sacar la siguiente conclusión : no se trata de que yo gane tanto más, sino de que esta ganancia nos beneficie a todos; dicho de otro modo, el capitalista tendría que abolir el punto de vista del interés particular, y si él no quisiera hacerlo por sí mismo, otros tendrían el derecho de hacerlo en su lugar.

[Ricardo: *...”]

Varias veces hemos tenido ya ocasión de admirar el cinismo de economista, exento de toda ilusión humana, propio de Ricardo. En tal sentido, es divertida la observación siguiente en contra de Say: “ “Felizmente, dice el señor Say, la tendencia natural de las cosas no lleva a los capitales preferentemente hacia donde hacen mayores ganancias, sino hacia donde sus efectos son más beneficiosos para la sociedad.” Lo que el señor Say no nos dice es cuáles son esas inversiones que, pese a ser poco beneficiosas para el particular, no lo son igualmente para el estado. Si los países con capitales limitados pero con tierras fértiles de sobra no se dedican anticipadamente al comercio externo, se debe a que este comercio es poco ventajoso para el capital privado y, por tanto, también para el estado.” (p. 199)

A esto, Say responde: “[. ..] Hay incluso inversiones de capital que, pese a la ganancia que proporcionan al capitalista, no aportan ningún ingreso al país. Los beneficios que se alcanzan en la especulación con efectos públicos, todo beneficio que un individuo alcanza debido a una pérdida de otro es provechoso para el particular que gana, sin serlo para el país.” (Loc. cit.)

A esto debe responderse: [...] En todo caso, la ganancia del país es únicamente la de los capitalistas y los terratenientes. La observación de Say se reduce a afirmar que las ganancias de los capitalistas individuales pueden aumentar, sin que aumente el total de las ganancias de todos los capitalistas; debido a que el uno gana lo que el otro pierde. Por tanto, la objeción de Say no refuta la tesis de Ricardo. Sólo demuestra que hay ramas en las que la ganancia de un capitalista excluye la ganancia de otro. Pero no demuestra que la ganancia de los capitalistas en general sea distinta de la ganancia del país. ¿Qué afirma, en último análisis, la observación de Ricardo? Sólo una cosa: que la ganancia del país, separada de la de los capitalistas, es una ficción, ya que por “país” entendemos el conjunto de los capitalistas. En cuanto al capitalista individual, podría éste afirmar a su vez que el conjunto de los capitalistas es para él sólo una ficción y que él es el país, y su propio beneficio el beneficio del país. Si se admite que los intereses particulares de los capitalistas son los del país, ¿por qué no habría de admitirse que el interés particular de un capitalista individual es idéntico al interés general de todos los capitalistas? El mismo derecho que tiene el interés particular de los capitalistas para presentarse como interés general del país lo tiene también el interés particular del capitalista individual para presentarse como interés común de todos los capitalistas, como interés del país. Se trata de una ficción arbitraria de la economía política; parte de la oposición entre el interés particular y el interés común, y La patria de los capitalistas La ley abstracta de la economía política y el movimiento real sostienen que, pese a esta oposición, el interés particular es el interés general.

Igualmente, cuando Ricardo no comprende por qué, según Say, sólo en el caso del comercio exterior —y no en el del comercio interno— toda ganancia constituye una utilidad producida, lo que quiere decir con ello no es otra cosa que: tanto en un caso como en otro hay robo, y poco importa a la nación que sus comerciantes se enriquezcan despojando al extranjero más bien que a sus compatriotas; pues todo comerciante no es más que un extranjero para su propia nación, así como, en general, el país se extiende para el propietario privado tan lejos como sus propiedades, y el extranjero comienza para él exactamente allí donde comienza la propiedad de los otros. He ahí por qué la economía política liberal, que ha descubierto esta ley y ha encontrado en la competencia, es decir, en la guerra, la relación adecuada entre estos extranjeros, rechaza con razón los monopolios nacionales, que descansan en el prejuicio según el cual los propietarios privados tendrían patria.

Al hablar de la compensación mutua del valor del dinero y el valor de los metales preciosos, y al presentar los costos de producción como el único factor en la determinación del valor,” Mill —como en general toda la escuela de Ricardo— comete el error de formular la ley abstracta, sin mencionar el cambio o la abolición constante de esta ley, que es precisamente lo que le permite existir. Por ejemplo, si es una ley constante que los costos de producción determinan el precio (valor) en última instancia o, más bien, cuando periódicamente, casualmente, la oferta y la demanda se equilibran, también es una ley no menos constante que este equilibrio no se da; es decir, que valor y costos de producción no se encuentran en una relación necesaria. En efecto, la oferta y la demanda sólo se equilibran momentáneamente, en virtud de la fluctuación precedente de la oferta y la demanda, en virtud de la divergencia entre costos de producción y valor de cambio; fluctuación o divergencia que sucede nuevamente a ese equilibrio momentáneo. De este movimiento real, del cual la ley no es más que un momento abstracto, casual y unilateral, los economistas modernos hacen algo accidental, inesencial. ¿Por [9] Mill: “La cantidad de dinero puede ser tan grande, que su valor puede caer por debajo del que tiene como metal precioso; en tal caso, la relación original se restablece gracias a la restitución inmediata del metal precioso acuñado a su estado de metal precioso en barras.” (p. 136)

“Si el valor del dinero se halla determinado por el valor del metal precioso, ¿cómo se regula este último valor? ... El oro y la plata son mercancías, productos que requieren una inversión de trabajo y capital; por tanto, los costos de producción regulan el valor del oro y de la plata, como el de todos los demás productos.” (p. 137)

El dinero, actividad mediadora enajenada qué? Porque si quisieran expresar abstractamente ese movimiento, dada la reducción que hacen de la economía política a fórmulas rigurosas y exactas, la fórmula fundamental tendría que decir: en la economía política, la ley está determinada por su contrario, por la ausencia de leyes. La verdadera ley de la economía política es el azar, de cuyo movimiento nosotros, los hombres de ciencia, fijamos arbitrariamente algunos momentos en forma de leyes.

Mill resume perfectamente en un concepto la esencia del dinero cuando lo califica de ¿ntermediario del intercambio.” Lo esencial del dinero no consiste ante todo en ser la enajenación de la propiedad, sino en el hecho de que la actividad mediadora —el movimiento o acto humano, social, mediante el cual los productos del hombre se complementan unos a otros— se encuentra enajenada en él y convertida en atributo suyo, como atributo de una cosa material, exterior al hombre. Por cuanto el hombre renuncia aquí a esta actividad mediadora esencial, los actos que realiza son los de un hombre que se ha perdido a sí mismo, de un hombre deshumanizado. Incluso la relación con las cosas, la ope- [197 Mill: “El intermediario del intercambio es aquel artículo que hace efectivo el intercambio entre otros dos artículos al ser recibido a cambio del uno y entregado a cambio del otro.” (p. 125) Oro, plata, dinero. [Marx]

ración humana con ellas, se vuelve la operación de una entidad exterior al hombre y que está sobre él. El hombre mismo debería ser el mediador para los hombres, pero, en lugar de ello, a causa de este mediador ajeno, el hombre contempla su voluntad, su actividad, su relación con los otros como [si fueran] un poder independiente de él y de los otros. Su esclavitud llega así al colmo. Puesto que el mediador es el poder real sobre aquello con lo que me pone en relación, es claro que se convierte en el Dios efectivo. Su culto se vuelve un fin en sí. Los objetos pierden su valor si son separados de este mediador. Si en un principio parecía que era el mediador el que tendría valor sólo en la medida en que representase a los objetos, son éstos ahora los que sólo tienen valor en la medida en que lo representan." Esta inversión de la relación original es necesaria. Por lo tanto, así como la propiedad privada es la actividad genérica enajenada del hombre —la mediación enajenada entre la producción humana y la producción humana—, así, a su vez, este mediador es la esencia enajenada, que se ha vuelto exterior y se ha perdido a sí misma, de la propiedad privada. Todos los atributos que en la producción 4] Mill: “La parte del producto anual que no ha entrado de ninguna manera en el intercambio -—como la que fue consumida directamente por los productores o la que no fue entregada a cambio de dinero— no debe ser incluida en el cálculo porque todo aquello que no puede ser cambiado por dinero es, con respecto al dinero, como si no existiera.” (pp. 132, 133) El dinero y Cristo El intercambio y el dinero corresponden a la actividad genérica del hombre pasan a ser atributos de este mediador. Así, pues, en la medida en que este mediador se enriquece, el hombre se empobrece como hombre (es decir, como hombre separado de este mediador). Cristo representa originalmente: 1] a los hombres frente a Dios; 2] a Dios para los hombres; 3] a los hombres ante el hombre.

De igual manera, el dinero representa originalmente, según su concepto: 1] a la propiedad privada para la propiedad privada; 2] a la sociedad para la propiedad privada; 3] a la propiedad privada para la sociedad. Y Cristo es tanto el Dios enajenado como el hombre enajenado. Dios ya sólo tiene valor en la medida en que representa a Cristo; igualmente el hombre. Lo mismo sucede con el dinero. ¿Por qué tiene la prop:.edad privada que avanzar hasta lá institución del dinero? Porque el hombre, como ser social, tiene que avanzar hasta el intercambio, y porque el intercambio —bajo las condiciones de la propiedad privada— tiene que avanzar hasta el valor. En efecto, el movimiento mediador del hombre que intercambia no es un movimiento humano, una relación humana; es la relación abstracta de la propiedad privada con la propiedad privada: esta 1eLa economia política y el sistema monetario lación abstracta es el valor, cuya existencia como valor es el dinero. El hecho de que las cosas pierdan su significación de propiedad personal, humana, se debe a que los hombres que intercambian no se comportan entre sí como hombres. La relación social entre propiedad privada y propiedad privada es ya una relación en la que la propiedad privada está enajenada de sí misma. Por ello, el dinero, la existencia para sí de esta relación, es la enajenación de la propiedad privada, la eliminación de su naturaleza personal, específica. Por esta razón, la oposición de la economía política moderna al sistema monetario no puede alcanzar, pese a todo su acierto, una victoria decisiva. La tosca superstición económica del pueblo y de los gobiernos se aferra a la bolsa de dinero visible, palpable, apresable, y cree así que el valor de los metales preciosos es absoluto y que su posesión es la única realidad de la riqueza. Por ello, cuando el economista ilustrado, conocedor del mundo, viene y les demuestra que el dinero es una mercancía como todas —y que su valor, como el de cualquier otra mercancía, depende de la relación entre los costos de su producción y la oferta y demanda (competencia) de otras mercancías—, ellos responden con razón que, de todas maneras, el valor real de las cosas es su valor de cambio, que éste existe en el dinero —y en última instancia en los metales preciosos— y que, por tanto, el dinero es el verdadero valor de las cosas y la más deseable de las cosas. En verdad, las doctrinas de los propios economistas están ya encaminadas hacia esta sabiduría; sólo que el economista posee la capacidad de abstracción suficiente para reconocer esta existencia del dinero como un tipo de mercancía y, por tanto, para no creer en el valor exclusivo de su existencia oficial como metal precioso. Esta existencia del dinero como metal precioso es solamente la expresión oficial más evidente del alma del dinero que anima a todos los elementos de las producciones y movimientos de la sociedad civil.

La oposición de los economistas modernos al sistema monetario se reduce al hecho de que han sabido captar la esencia del dinero en su abstracción y generalidad, y se han liberado de la oscura superstición sensualista que cree en la presencia exclusiva de esa esencia en los metales preciosos. En lugar de esta superstición tosca, los economistas modernos instauran la superstición refinada. Sin embargo, por cuanto ambas tienen la misma raíz, la forma liberada o ilustrada de la superstición no logra desalojar por completo a la forma tosca y sensualista de la misma: no combate la esencia de esta superstición sino su forma determinada. La presencia personal del dinero como dinero —y no sólo La esencia del crédito como relación interna, en sí, de las mercancías que dialogan y se comparan entre sí— es tanto más adecuada a la esencia del dinero cuanto más abstracta es, cuanto menor es su relación natural con las otras mercancías, cuanto más evidente es su carácter de producto y no obstante de no-producto del hombre, cuanto menor es el elemento natural que la constituye, cuanto mayor es su carácter de creación humana; dicho en términos de economía política: cuanto mayor es la proporción inversa entre su valor como dinero y el valor de cambio o precio del material en el que existe. Por esta razón, el papel moneda y los numerosos representantes en papel del dinero (como letras de cambio, Órdenes de pago, pagarés, etc.) son la forma perfeccionada de presencia del dinero como dinero, y constituyen un momento necesario en el progreso y desarrollo del sistema monetario, En el sistema crediticio, cuya expresión acabada es el sistema bancario, se da la apariencia de una neutralización del poder de esa entidad ajena, material, la apariencia de una abolición del estado de autoenajenación y de un retorno a las relaciones humanas entre los hombres. Engañados por esta apariencia, los sainsimonianos consideran que el desarrollo del dinero hasta sus representaciones en papel y hasta el sistema crediticio y bancario constituye una abolición gradual de la separación entre el hombre y las cosas, entre el capital y el trabajo, entre la propiedad privada del dinero y el dinero humano: de la separación entre el hombre y el hombre.

Por ello, su ideal es un sistema bancario organizado. Pero se trata solamente de una apariencia: esta abolición de la enajenación, este retorno del hombre a sí mismo, y por tanto a los otros hombres, es en realidad una autoenajenación tanto más extrema e infame cuanto que su elemento no es ya la mercancía, el metal o el papel, sino la existencia moral, la existencia social, el interior mismo del pecho humano; cuanto que, bajo la apariencia de la confianza, es la máxima desconfianza, la enajenación total.

¿En qué consiste la esencia del crédito? (Hacemos aquí abstracción del contenido del crédito, que no es otro que el dinero, Hacemos abstracción, pues, del contenido de esta confianza según la cual un hombre reconoce a otro por el hecho de prestarle valores y —en el mejor de los casos, es decir, cuando no cobra por el crédito. cuando no es usurero— de no tenerlo por un pillo sino por un hombre “bueno”. Para el que da su confianza, como para Shylock, hombre “bueno” es aquel “que paga”.) El crédito es concebible en dos relaciones y bajo dos condiciones distintas. En la primera de estas dos relaciones, una persona rica concede un crédito a una persona pobre, a quien tiene por trabajadora y honesta. Este tipo de crédito pertenece a la parte romántica, sentimental, de la economía; a sus desvíos y excesos: a sus excepciones, no a su regla. Pero incluso si se supone esta excepción, si se acepta esta posibilidad romántica, de todos modos, tanto la vida del pobre como su talento y su actividad no son para el rico más que una garantía de devolución del dinero prestado; es decir, todas las virtudes sociales del pobre, el contenido de su actividad vital, su existencia misma representan para el rico el reembolso de su capital más los intereses correspondientes. En este sentido, nada puede ser peor para quien concede el crédito que la muerte del pobre: es la muerte de su capital y de los intereses. Considérese la abyección que implica la valoración de un hombre en dinero, tal como tiene lugar en la relación crediticia. Por lo demás, se sobreentiende que quien concede el crédito no tiene únicamente la garantía moral de su “buen hombre”, sino también la garantía de la coerción jurídica, y otras garantías más o menos reales, Cuando en el segundo tipo de relación crediticia la persona favorecida con el crédito posee también fortuna, el crédito se vuelve simplemente un ¿intermediario agilizador del intercambio, es decir, es el dinero mismo, elevado a una forma completamente ideal. El crédito es el juicio en términos económicos sobre la moralidad de un hombre. En el crédito, en.

La enajenación en el sistema crediticio lugar del metal precioso o del papel, es el propio hombre el que se convierte en mediador del cambio; pero no como hombre, sino como modo de existencia de un capital y de los intereses. Así, pues, es cierto que el medium del intercambio ha retornado de su figura material y se ha reincorporado en el hombre, pero esto ha sucedido sólo porque el propio hombre se ha desalojado de sí y se ha vuelto para sí mismo una figura material. Lo que acontece en la relación crediticia no es una abolición del dinero y su superación en el hombre, sino la trasmutación del hombre en dinero, la encarnación del dinero en el hombre. La individualidad humana, la moral humana se ha vuelto, por un lado, un artículo de comercio y, por otro, el material en el que existe el dinero. La materia, el cuerpo del espíritu del dinero no es ya el dinero, o sus representantes en papel, sino mi propia existencia personal, mi carne y mi sangre, mi virtud y mi valía sociales. Carne y corazón humanos son la moneda en que el crédito calcula sus valores. A tal punto toda inconsecuencia y todo progreso que tiene lugar dentro de un sistema falso son la máxima consecuencia de la abyección y el máximo retroceso. Dentro del propio sistema crediticio se comprueba doblemente su carácter enajenado con respecto al hombre, oculto bajo su apariencia de máximo reconocimiento económico del hombre: 1] La oposición entre capitalista y obrero, entre gran capitalista y pequeño capitalista se vuelve aun mayor por cuanto el crédito se concede únicamente a quien ya posee y puede constituir una nueva oportunidad de inversión para el rico, o por cuanto el pobre ve que toda su existencia es confirmada o negada según el capricho del rico o la opinión casual que se ha formado sobre él, que depende completamente de esta casualidad; 2] por cuanto el engaño de unos a otros, la hipocresía y la santurronería son llevados al colmo cuando, al simple juicio que califica de pobre a quien no recibe el crédito, se suma el juicio moral que lo define como un hombre malo que no merece confianza, como un paria social que carece de reconocimiento; y por cuanto a la miseria del pobre vienen a sumarse esta humillación y el humillante ruego para que el rico le conceda el crédito; 3] por cuanto, dada esta existencia completamente ideal del dinero, la falsificación de la moneda no puede tener lugar sobre otro material que la propia persona humana: el hombre mismo tiene que convertirse en moneda falsa, que engañar y sobornar para alcanzar el crédito; por cuanto esta relación crediticia —tanto por el lado de quien concede la confianza como por el de quien la recibe— se vuelve un objeto de comercio, un objeto de engaño y abuso mutuos. Aquí se muestra, con toda claridad, la desconfianza como la base de esta conComunidad real y comunidad humana fianza económica; el cálculo desconfiado para conceder el crédito o para negarlo; el espionaje en busca de los secretos de la vida privada, etc.

del solicitante; la denuncia de una mala situación momentánea del rival para descalificarlo mediante una brusca pérdida de su crédito, etc.

Todo el sistema de las quiebras, de las empresas fingidas, etc. ...En los créditos estatales, el estado ocupa exactamente el lugar que en lo anterior tiene el hombre... En la especulación con los valores estatales se muestra cómo el estado se ha vuelto el juguete de los comerciantes; etc.

4] El sistema crediticio alcanza finalmente su perfección en el sistema bancario. La creación del banquero, el dominio estatal del banco, la concentración de la fortuna en estas manos, este areópago económico de la nación es la digna culminación de la existencia del dinero. Cuando, en el sistema crediticio, el reconocimiento moral de un hombre adquiere la forma del crédito, se revela el secreto que está en la mentira del reconocimiento moral: la abyección inmoral de esta moralidad; asimismo, cuando la confianza en el estado, etc. adquiere dicha forma, la hipocresía y el egoísmo que se esconden tras ella se muestran tal como son en realidad. El intercambtro, tanto de la actividad humana en el propio proceso de producción como de los froductos humanos entre sí, equivale a la actividad genérica y al goce genérico, cuyo modo de existencia real, consciente y verdadero esla actividad social y el goce social. Por cuanto el verdadero ser comunitario es la esencia humana, los hombres, al poner en acción su esencia, crean, producen la comunidad humana, la entidad social, que no es un poder abstracto-universal, enfrentado al individuo singular, sino la esencia de cada individuo, su propia actividad, su propia vida, su propio goce, su propia riqueza. Por tanto, no es en virtud de la reflexión que aparece esta comunidad verdadera, sino en virtud de la necesidad y del egoísmo de cada individuo; es decir, es producida de manera inmediata en la realización de la existencia humana. La realidad de esta comunidad no depende de la voluntad humana; pero, mientras el hombre no se reconozca como hombre y, por tanto, organice al mundo de manera humana, esta comunidad aparecerá bajo la forma de la enajenación. Debido a que su sujeto, el hombre, es un ser enajenado de sí mismo, Esta comunidad son los. hombres; no en una abstracción, sino como individuos particulares, vivos, reales. Y el modo de ser de ellos es el modo de ser de la comunidad. Por ello, es exactamente igual decir que el hombre se enajena de sí mismo y decir que la sociedad de este hombre enajenado es la caricatura de su comunidad real, de su verdadera vida genérica; que, por tanto, su actividad se le presenta comunidad humana según la economia política ta como un tormento, su propia creación como un poder ajeno, su riqueza como pobreza; que el vínculo esencial que le une a los otros hombres se le presenta como un vínculo accesorio, y más bien la separación respecto de los otros hombres como su existencia verdadera; que su vida se le presenta como sacrificio de su vida, la realización de su esencia como desrealización de su vida, su producción como producción de su nada, su poder sobre el objeto como poder del objeto sobre él; que él, amo y señor de su creación, aparece como esclavo de esta creación.

Ahora bien, la economía política concibe a la comunidad de los hombres —es decir, a su esencia humana en acción, a su complementación en la vida genérica, en la verdadera vida humana— bajo la forma del intercambio y el comercio. La sociedad, dice Destutt de Tracy [Elementos. .., pp. 68, 78], es una serie de intercambios recíprocos. La sociedad, dice Adam Smith [Investigaciones ..., p. 46), es una sociedad de actividades comerciales. Cada uno de sus miembros es un comerciante.

Puede verse la manera como la economía política fija la forma enajenada del intercambio social como forma esencial y original, adecuada a la determinación humana.

La economía política, siguiendo el movimien La enajenación de la propiedad privada to real, parte de la relación del hombre con el hombre como relación de propietario privado con propietario privado. Si se presupone al hombre como propietario privado, es decir, como poseedor exclusivo que afirma su personalidad, se diferencia de los otros hombres y está en referencia a ellos en virtud de esa posesión exclusiva —la propiedad privada es su existencia personal, distintiva, y por tanto esencial—, resulta entonces que la pérdida de la propiedad privada o la renuncia a ella es una enajenación del hombre en tanto que propiedad privada.

Veamos ahora sólo lo que concierne a esta última caracterización. Cuando yo cedo mi propiedad privada a otro, ella deja de ser mía; se vuelve para mí una cosa externa, independiente, que se encuentra fuera de mi alcance. Yo enajeno mi propiedad privada. La pongo como propiedad privada enajenada respecto a mí. Pero sólo lo hago en general, como cosa enajenada; lo único que hago es anular mi relación personal con ella, devolverla a las fuerzas elementales de la naturaleza. Esto es así cuando la enajeno solamente en referencia a mí. Para que se vuelva propiedad privada enajenada es necesario que, al mismo tiempo que deja de ser mi prop:edad privada, continúe siendo propiedad privada en general, es decir, que entre con otro hombre extraño a mí en la misma relación en que estuvo La reciprocidad de la enajenación anteriormente conmigo; en una palabra, que se vuelva propiedad privada de otro hombre. Sin contar el caso de la violencia, ¿cómo es que llego a enajenar mi propiedad privada a otro hombre? La economía política responde: debido a la carencia, a la necesidad. El otro hombre es también propietario privado, pero de otra cosa; de algo que me hace falta y de lo que no puedo o no quiero privarme, de algo que parece responder a una necesidad en el cumplimiento de mi existencia y en la realización de mi esencia.

El objeto es la materia de la propiedad privada, y la naturaleza específica del objeto es el vínculo que pone en referencia mutua a los dos propietarios privados. El deseo, es decir, la necesidad del objeto del otro le muestra al propietario privado, lo vuelve consciente de que, además de la relación de propiedad privada, él mantiene con los objetos otra relación esencial; lo vuelve consciente de que él no es ese ser particular que cree ser, sino un ser total, cuyas necesidades están en relación de propiedad interna también con los productos del trabajo del otro. Porque la necesidad de una cosa es la prueba más evidente e irrefutable de que esa cosa pertenece a mi esencia, de que su ser es para mí, de que su propiedad es la propiedad, o el atributo propio de mi esencia. Vemos, pues, que ambos propietarios se ven impulsados a renunciar a su propiedad Equivalente, valor, valor de cambio privada, pero a renunciar de tal manera que, al mismo tiempo, confirman a la propiedad privada; es decir, a renunciar a la propiedad privada dentro de la relación de propiedad privada. El uno enajena una parte de su propiedad privada al otro.

Por lo tanto, la conexión o relación social entre ambos propietarios es la reciprocidad de la enajenación. Mientras en el caso de la propiedad privada simple la enajenación sólo tiene lugar en referencia a sí, unilateralmente, en este caso la relación de enajenación está puesta en ambos lados; la enajenación se presenta como la relación entre ambos propietarios.

El intercambio o comercio de trueque es por tanto, dentro de la propiedad privada, el acto genérico, el ser comunitario, la interacción e integración sociales de los hombres; es, por ello, el acto genérico que se ha vuelto extraño a sí mismo, enajenado. Por esta razón se presenta precisamente como comercio de trueque. También por esta razón es lo contrario de la relación social, La enajenación recíproca de la propiedad privada ha hecho que ésta adquiera por sí misma la determinación de propiedad privada enajenada. En primer lugar, ha dejado de ser el producto del trabajo, la personalidad distintiva, exclusiva de su poseedor; enajenada por su productor, ella se ha separado de él y ha adquirido una significación personal para alguien que no la produjo. Ha perdido su significación personal para el poseedor. En segundo lugar, ha sido puesta en referencia a otra propiedad privada, incluida en ella. Su lugar ha sido ocupado por una propiedad privada de otra naturaleza, tal como ella, en su nuevo lugar, representa también a una propiedad privada de otra naturaleza. La propiedad privada aparece, para las dos partes, como representante de una propiedad privada de otra naturaleza, como el equivalente de otro producto natural; la una representa a la existencia de la otra, y la relación recíproca entre ellas hace de cada una el substituto de la otra y de sí misma. La existencia de la propiedad privada en cuanto tal se ha vuelto la de un substituto, la de un equivalente. Ya no existe como unidad inmediata consigo misma sino solamente como referencia a otra. Su existencia como equivalente ya no es su existencia peculiar. Se ha convertido en valor y, consecuentemente, en valor de cambio. Su existencia como valor es distinta de su existencia inmediata, es exterior a su esencia específica; es una determinación enajenada de sí misma; es sólo un modo de existencia relativo de su esencia.

Corresponde a otro lugar la exposición de la determinación más precisa de este valor y de la manera en que se convierte en precio.

El trabajo como trabajo lucrativo Una vez presupuesta la relación de intercambio, el trabajo aparece como trabajo dirigido inmediatamente al lucro. Esta determinación del trabajo enajenado alcanza su culminación: 1] cuando tanto el trabajo lucrativo como su producto no se encuentran en relación inmediata con las facultades y las necesidades del trabajador, sino que son determinados por combinaciones sociales ajenas a él; 2] cuando el comprador del producto no produce él mismo, sino intercambia lo producido por otros, En el comercio de trueque, configuración imperfecta de la propiedad privada enajenada, cada propietario privado producía aquello hacia lo que le dirigían sus necesidades, su constitución y el material natural disponible. Cada uno intercambiaba con el otro el excedente de su propia producción. El trabajo era no solamente su fuente inmediata de subsistencia sino también la confirmación de su existencia individual. Con el intercambio, su trabajo se vuelve en parte fuente de lucro. Su finalidad se vuelve diferente de su existencia. El producto es producido como valor, como valor de cambio, como equivalente, y ya no a causa de su relación personal inmediata con el productor.

El trabajo cae tanto más en la categoría de trabajo lucrativo cuanto mayor es, por un lado, la diferenciación de la producción y de las necesidades, y, por otro, la unilateralidad del rendimiento del productor. Este proceso culmina cuando el carácter lucrativo del trabajo se vuelve exclusivo y cuando resulta casual e inesencial tanto el que el productor esté en relación de necesidad personal y de goce inmediato con su producto como el que la actividad, la acción del propio trabajo, signifique para él un gozarse. de su personalidad, una realización de sus disposiciones naturales y de sus fines espirituales. El trabajo lucrativo incluye: 1] el carácter enajenado y casual del trabajo con respecto al sujeto trabajador; 2] el carácter enajenado y casual del trabajo con respecto a su objeto; 3]

la determinación del trabajador por las necesidades sociales, las que sin embargo son para él ajenas e impuestas; el trabajador se somete a la imposición social debido a su carencia, a su necesidad egoísta; la sociedad sólo significa para él una oportunidad de saciar su carencia, así como él sólo existe para la sociedad como esclavo de las necesidades sociales; 4] el hecho de que al trabajador se le presenta el mantenimiento de su existencia como la finalidad de su actividad; de que su hacer sólo tiene para él la función de un medio; de que pone en acción su vida para ganar medios de vida.

El hombre se vuelve tanto más egoísta, carente de sociedad, enajenado de su propia esencia. cuanto mayor y más desarrollado se presenta el poder social dentro de las relaciones de propiedad privada. La división del trabajo Así como el intercambio mutuo de los productos de la actividad humana, aparece como comercio de trueque, como tráfico sórdido, así también la complementación y el intercambio mutuos de la propia actividad aparecen como división del trabajo. Ésta hace del hombre un ser abstracto; lo convierte, en la medida de lo posible, en una máquina para tal o cual efecto, en un aborto espiritual y físico.

Fl hecho de que sea precisamente la unidad del trabajo humano la que es considerada sólo como división se debe a que la esencia social sólo adquiere existencia bajo la forma de la enajenación, es decir, como lo contrario de sí misma. La división del trabajo se agudiza con el proceso de civilización.

Bajo las condiciones de la división del trabajo, el producto, el material de la propiedad privada adquiere para el individuo cada vez más la significación de un equivalente; y si lo que él da a cambio no es ya su excedente —puesto que el objeto de su producción le puede ser completamente indiferente—, tampoco lo que recibe inmediatamente a cambio de su producto es ya el objeto que necesita. El equivalente alcanza así su existencia como equivalente en dinero, el cual, por su parte, como mediador del intercambio, es resultado inmediato del trabajo lucrativo. [Véase más arriba.]

En el régimen del dinero, en la completa indiferencia tanto hacia la naturaleza del material o naturaleza específica de la propiedad privada como hacia la personalidad del propietario privado, se hace manifiesto el dominio completo de la cosa enajenada sobre el hombre.

Lo que fue dominio de una persona sobre otra es ahora dominio general de la cosa sobre la persona, del producto sobre el productor. Si en el equivalente, en el valor, se encontraba ya el carácter de enajenación de la propiedad privada, en el dinero es esta enajenación en cuanto tal la que tiene su existencia sensible, objetiva.

Como se comprenderá, la economía política sólo puede concebir todo este proceso como un factum, como el engendro de una imposición casual. La separación del trabajo respecto de sí mismo equivale a la separación entre el obrero y el capitalista, entre trabajo y capital; su forma primitiva se compone de propiedad raiz y propiedad flotante... La determinación originaria de la propiedad privada es el monopolio; por ello, cuando la propiedad privada se da a sí misma una constitución política, ésta adquiere el carácter del monopolio. La forma acabada del monopolio es la competencia.

La economía política distingue: producción, consumo y, como intermediario entre ellos, ¿ntercambio o distribución. La separación entre producción y consumo, entre actividad y goce, Producción y necesidad tenga ella lugar en distintos individuos o en uno solo, es la separación del trabajo respecto de su objeto y respecto de sí mismo como goce. La distribución es el proceso activo del poder de la propiedad privada.

La separación entre el trabajo, el capital y la propiedad de la tierra, así como la separación de cada uno de ellos respecto de sí mismo, y finalmente la separación entre el trabajo y el salario, entre el capital y la ganancia, y entre la propiedad de la tierra y la renta, vuelve manifiesta la enajenación tanto en la figura de autoenajenación como en la de enajenación recíproca. [15]

Con su acostumbrada claridad y su cínica agudeza, Mill analiza aquí el intercambio sobre la base de la propiedad privada.” [12] Mill: “Es consumo improductivo todo aquel que no viene a acrecentar el producto, que no sirve para adquirir mediante una cosa otra equivalente.” (p. 240)

“El consumo productivo es de por sí un medio, un medio para la producción; el consumo improductivo no es un medio, es un fin; el placer que da el consumo es el motivo de toda la operación precedente.” (p. 241)

“Todo lo que se consume de manera productiva es capital, Ésta es una propiedad especialmente curiosa del consumo productivo. Lo que se consume de manera productiva es capital y deviene capital mediante el consumo.” (p. 242)

“El trabajo productivo corresponde al consumo productivo y el trabajo improductivo al consumo improductivo” (p. 246)

“El consumo se regula de acuerdo a la medida de la producción: el hombre produce solamente porque necesita poseer. El hombre produce únicamente con el fin de poseer: ésta es la premisa fundamental de la propiedad privada. La finalidad de la producción es la posesión. Pero la producción no tiene sólo esta finalidad utilitaria; tiene además una finalidad egoísta: el hombre produce con el único fin de poscer para sí mismo; el objeto de su producción es la objetivación de su necesidad egoísta inmediata. El hombre que es para sí —en estado salvaje, bárbaro— tiene la medida de su producción en el alcance de su necesidad inmediata, cuyo contenido está constituido inmediatamente por el propio objeto producido.

Si el objeto producido es lo que desea poseer, y si ha reunido ya la cantidad que necesita de él, deja de trabajar ... Si produce más, es porque quiere poseer otro objeto, obteniéndolo a cambio del excedente del primero ... Produce una cosa a causa del deseo de poseer otra ... Si un hombre produce únicamente para sí mismo, el intercambio no llega a realizarse ... No desea comprar nada ni ofrece nada en venta ... Si a este caso se le aplica, como metáfora, la expresión “oferta y demanda”, puede decirse que la oferta equivale exactamente a la demanda. (p 251) “Dos cosas son necesarias para constituir una demanda: el deseo de poseer una mercancía y la posesión de un objeto equivalente que pueda ofrecerse a cambio de ella. Por demanda se entiende el deseo de comprar y el medio para hacerlo. Si falta uno de los dos, la compra no puede realizarse. La posesión de un objeto equivalente es la base necesaria de toda demanda. En vano desea un hombre poseer un determinado objeto, si no posee nada que pueda dar para recibirlo, El objeto equivalente que se entrega es el instrumento de la demanda. La magnitud de la demanda se mide de acuerdo al valor de este objeto. La demanda y el objeto equivalente son términos que pueden substituirse mutuamente. Como se vio anteriormente, ... la magnitud del deseo de un hombre de poseer otros objetos se mide de acuerdo a la suma total de su producción, menos la parte que retiene para su consumo propio ... Su voluntad de comprar y su medio para hacerlo son por tanto equivalentes...” (pp. 252-253)

Cuando el intercambio tiene lugar El hombre en estado salvaje produce lo que necesita inmediatamente, y nada más. El límite de su necesidad determina el límite de su pro- - ducción. Su producción se mide según su necesidad. La oferta cubre exactamente a la demanda. Su intercambio es nulo o, mejor dicho, se reduce al cambio de su trabajo por el producto de su trabajo: este intercambio es la forma latente (el germen) del intercambio real.

Cuando el intercambio tiene lugar, la producción sobrepasa el límite inmediato de la posesión. Esta producción excedentaria no es sin embargo una superación de la necesidad egoísta.

No es más que una manera mediata de satisfacer una necesidad que no tiene su objetivación en esta producción sino en la producción de otro.

La producción se ha vuelto fuente de lucro, trabajo lucrativo. Así pues, mientras en el primer caso la necesidad era la medida de la producción, en el segundo, la producción o, mejor dicho, la posesión del producto es la medida del grado en que pueden ser satisfechas las necesidades. Yo he producido para mí y no para ti, así como tú has producido para ti y no para mí. El resultado de mi producción tiene de por sí tan poca relación contigo como el resultado de tu producción la tiene inmediatamente conmigo.

Es decir, nuestra producción no es una producción del hombre para el hombre en tanto que hombre: no es una producción social. Ninguno de los dos mantiene, en tanto que hombre, una relación de goce con el producto del otro. No existimos en calidad de hombres para nuestras producciones recíprocas. Por tanto, nuestro intercambio no puede ser el movimiento mediador en que se confirmaría que mi producto es para ti por el hecho de ser una objetivación de tu propia esencia, de tu necesidad. No lo puede ser porque el vínculo de nuestras producciones recíprocas no es la esencia humana. El intercambio no puede hacer otra cosa que efectuar, confirmar el carácter que tiene cada uno de nosotros con respecto a su propio producto y a la producción del otro. Lo único que ve cada uno de nosotros es, en su producto, su propio egoísmo objetivado y, en el producto del otro, un egoísmo diferente, ajeno, objetivado con independencia de él. No cabe duda que tú mantienes una relación humana con mi producto: tienes necesidad de mi producto. Éste se encuentra presente para ti como objeto de tu deseo y tu voluntad. Pero tu necesidad, tu deseo, tu voluntad son impotentes ante mi producto. Es decir, tu poder, tu propiedad sobre mi producto no son los de tu esencia humana —la que, en cuanto tal, sí está en relación interna y necesaria con mi producción humana. No lo pueden ser porque en mi producción no se encuentra reconocida la peculiaridad, el poder de la esencia humana. Tu poder y tu propiedad son más bien el lazo que te vuelve dependiente de mí al ponerte en dependencia de mi producto. Lejos de ser el medio capaz. de darte poder sobre mi producción, son el medio que me da a mí poder sobre ti.

Cuando yo produzco más de lo que puedo necesitar inmediatamente del objeto producido, adapto calculadamente mi plus-producción a tu necesidad. Sólo en apariencia produzco un excedente del mismo objeto. En verdad produzco con miras a otro objeto, al objeto de tu producción, por el cual pienso cambiar mi excedente; intercambio que está ya realizado en mi pensamiento. La relación social en que estoy contigo, mi trabajo para tu necesidad, no es por tanto más que una simple apariencia; y nuestra complementación mutua es igualmente una simple apariencia, cuya realidad es el despojo mutuo.

Puesto que nuestro intercambio es egoísta tanto de tu parte como de la mía, la intención de despojar, de engañar al otro está necesariamente al acecho; puesto que todo egoísmo trata de superar al egoísmo ajeno, ambos buscamos necesariamente la manera de engañarnos el uno al otro. Esa suma de poder sobre tu objeto, que está incluida en el mío, necesita, por supuesto, de tu reconocimiento para convertirse en un poder real. Pero nuestro reconocimiento recíproco, Propiedad ideal y propiedad efectiva referido como está al poder recíproco de nuestros objetos, es una lucha; y en toda lucha vence el que posee mayor energía, fuerza, sagacidad o destreza. Cuando basta con la fuerza física, lo que hago es despojarte directamente. Cuando el imperio de la fuerza física ha perdido su vigencia, lo que hacemos es ofrecernos mutuamente una apariencia mientras el más hábil explota al otro. Cúal de los dos lo hace es algo que resulta casual con respecto a esta relación como un todo.

La explotación ideal, intencional, tiene lugar por ambas partes; es decir, cada uno de los dos, según su propio juicio, ha explotado al otro.

El intercambio tiene así su mediación necesaria para ambas partes en el objeto de la producción y la posesión recíprocas. La relación ideal con los objetos recíprocos de nuestra producción es, por supuesto, nuestra necesidad recíproca. Pero la relación real, que se hace efectiva, la relación que tiene lugar verdaderamente es tan sólo la de la posesión recíproca exclusiva de la producción recíproca. Lo único que a mi objeto le otorga para mí un valor, una dignidad, una efectividad, es precisamente tu objeto, el equivalente del mío. Así pues, nuestro producto recíproco es el medio, la mediación, el instrumento, el poder reconocido que tienen, la una sobre la otra, nuestras necesidades recíprocas. Tu demanda y el equivalente de tu posesión son para mí términos Lenguaje humano y lenguaje enajenado de significación y validez idénticas, y tu demanda sólo adquiere una efectividad y por tanto un sentido cuando éstos se encuentran en referencia a mí. Si tú eres simplemente un hombre y careces de este medio, tu demanda es para ti un requerimiento insatisfecho, y para mí una ocurrencia que no me incumbe. “Fú, como hombre, no tienes ninguna relación con mi objeto porque yo mismo no tengo una relación humana con él, El verdadero poder sobre un objeto es el medio; por esta razón, tú y yo vemos recíprocamente en nuestro objeto el poder del uno sobre el otro y sobre sí mismo. Es decir, nuestro propio producto se ha vuelto contra nosotros; parecía ser propiedad nuestra, pero en verdad somos nosotros su propiedad. Estamos excluidos de la verdadera propiedad porque nuestra profiedad excluye al otro hombre.

El único lenguaje comprensible que hablamos entre nosotros son nuestros objetos en su relación entre sí. Un lenguaje humano nos resultaría incomprensible e inefectivo: el primero lo usaría como una petición, como un ruego, sabría por tanto que se degrada y se sentiría avergonzado, humillado; el otro lo escucharía teniéndolo por un atrevimiento, y lo rechazaría como a un desvarío. A tal punto estamos mutuamente enajenados de la esencia humana, que el lenguaje inmediato de esta esencia nos parece un El hombre, instrumento o medio de su objeto atentado contra la dignidad humana, mientras el lenguaje enajenado de los valores cosificados se nos presenta como la realización adecuada de la dignidad humana en su autoconfianza y autorreconocimiento.

Sin duda: desde tu punto de vista, tu producto es un instrumento, un medio que te sirve para apoderarte de mi producto y para satisfacer tu necesidad. Pero: desde mi punto de vista, tu producto es el fín de nuestro intercambio; para mí eres más bien tú el medio o instrumento de la producción de ese objeto. Pero: 1] lo que el uno hace es en realidad lo que el otro ve que hace; para apoderarte de mi objeto, tú te has vuelto en realidad el medio, el instrumento de producción de tu propio objeto; 2] tu propio objeto es para ti sólo la envoltura sensible, la figura en que se esconde mi objeto; la producción de tu objeto significa, quiere expresar esto: la adquisición de mi objeto. Es decir, tú te has vuelto efectivamente para ti mismo el medio, el instrumento de tu objeto; tu deseo ha sido esclavizado por éste y tú mismo has hecho labor de esclavo para merecer nuevamente la generosidad del objeto en favor de tu deseo. Esta esclavitud nuestra respecto del objeto aparece también realmente, en los comienzos del desarrollo, como relación de dominio y esclavitud; ésta sólo es la expresión cruda y sincera de nuestra relación Ena suposición: producir en tanto que hombres esencial.

El valor que tenemos el uno para el otro es el valor que damos recíprocamente a nuestros objetos. Por lo tanto, el hombre en cuanto tal es recíprocamente carente de valor para ambos.

Supongamos que hubiéramos producido en tanto que hombres: cada uno de nosotros habría afirmado doblemente en su producción tanto al otro como a sí mismo. 1] Yo habría objetivado mi individualidad y su peculiaridad en mi producción; habría por tanto gozado doblemente: durante la actividad, la experiencia de una expresión vital individual, y, al contemplar el objeto, la alegría individual de saber que mi personalidad es un poder objetivo, comprobable sensiblemente y que está por tanto fuera de toda duda. 2] En tu goce o consumo de mi producto, yo habría gozado de manera inmediata tanto la conciencia de haber satisfecho una necesidad humana con mi trabajo como la conciencia: 1] de haber objetivado la esencia humana y proporcionado así el objeto correspondiente a la necesidad de otro ser humano; 2] de haber sido para ti el mediador entre tú y la comunidad, de haber estado por tanto en tu experiencia y tu conciencia como un complemento de tu propia esencia y como una parte necesaria de ti mismo, es decir, de haberme confirmado tanto en tu pensamiento como en tu amor; 3| de haber creado tu expresión vital individual en la mía propia, de haber por tanto confirmado y realizado inmediatamente en mi actividad individual mi verdadera esencia, mi esencia comunitaria, humana. Nuestras producciones serían otros tantos espejos cuyos reflejos irradiarían nuestra esencia ante sí misma.

Esta relación... la manera en que en ella, recíprocamente, se realice de tu parte lo que se realiza de la mía.

Consideremos los diferentes momentos tal como aparecen en la suposición: Mi trabajo sería expresión vital libre, por tanto goce de la vida. Bajo las condiciones de la propiedad privada es enajenamiento de la vida, pues yo trabajo para vivir, para conseguir un medio de vida. Mi trabajo no es vida.

En segundo lugar: por ser el trabajo la afirmación de mi vida ¿ndividual, la peculiaridad de mi individualidad estaría incluida en él. El trabajo sería entonces la propiedad verdadera, activa. Bajo las condiciones de la propiedad privada, la enajenación de mi individualidad es tal, que esta actividad me resulta detestable; es un tormento; sólo es más bien la apariencia de una actividad, y por ello una actividad obligada, que se me impone por un requerimiento exterior y casual y no por un requerimiento interno y necesario, En el objeto de mi trabajo, mi trabajo sólo puede mostrarse de la manera en que es. Su apariencia no puede mostrarlo como él no es según su esencia. Por ello, mi trabajo sólo aparece como la expresión objetiva, sensible, observable y por tanto indudable de mi pérdida de mí masmo y de mi impotencia. DEL CUADERNO V [16]

El único Es comprensible que Mill, como lo hace también impuesto justo Ricardo, niegue airadamente tener la intención según la .

Ss” de convencer a los gobiernos para que hagan de economia . ”os .

política la renta de la tierra la única fuente de los impuestos; sería, dice, una carga injusta, hecha con criterio parcial, a una clase de individuos en especial. Pero —y éste es un “pero” decisivo y revelador—, desde el punto de vista de la economía política, el impuesto sobre la renta de la tierra es el único impuesto justo, el único impuesto que no es dañino. En efecto, la única objeción que presenta la economía política, lejos de ser disuasiva, es más bien seductora: “que, incluso en un país de población y extensión regulares, la magnitud del impuesto sobre la renta de la tierra sobrepasaría las necesidades del gobierno” (p. 26). [17]

Los precios, los Prevost alaba a los ricardianos, “estos profundos aos de eccnomistas, por haber dado a la ciencia una broducción . ns procueció gran simplicidad al tomar como base los proy la competencia . . . . medios, dejando de lado todas las circunstancias