En un sermón reciente pronunciado en Elberfeld sobre Josué 10, 12-13, donde Josué manda al sol que se detenga, Krummacher expuso la interesante tesis de que los cristianos piadosos, los elegidos, no deben deducir de este pasaje que Josué se acomodara a las concepciones del pueblo, sino creer que la tierra está inmóvil y el sol se mueve alrededor de ella. Para defender esta opinión mostró que la misma se expresa a lo largo de toda la Biblia. El gorro de bufón que el mundo les dará por ello, ellos, los elegidos, deben guardarlo alegremente en el bolsillo junto con los muchos otros que ya han recibido. — Celebraríamos recibir una refutación de esta triste anécdota, que nos llega de fuente fidedigna.

Escrito en mayo de 1839. Impreso según el periódico Telegraph für Deutschland, núm. 84, mayo de 1839.

DE ELBERFELD

  ? Véase este volumen, págs. 22-23. — Ed.

Desde hace algún tiempo se oyen quejas ruidosas y amargas sobre el deplorable poder del escepticismo; acá y allá se miraba con pesadumbre el edificio derruido de la vieja fe, aguardando con ansiedad que se disipasen las nubes que cubren el cielo del futuro. Con un sentimiento semejante de melancolía dejé a un lado los Lieder eines heimgegangenen Freundes; son las canciones de un muerto, un genuino cristiano wuppertalense, que recuerdan el tiempo feliz en que todavía se podía albergar una fe infantil en una doctrina cuyas contradicciones ahora pueden enumerarse con los dedos, cuando se ardía en celo piadoso contra el liberalismo religioso, un celo ante el cual hoy se sonríe o se sonroja. — El mero lugar de impresión muestra que esos versos no deben juzgarse con las medidas ordinarias, que aquí no se hallarán pensamientos brillantes ni el vuelo libre de un espíritu libre; en efecto, sería injusto esperar otra cosa que un producto del pietismo. El único criterio adecuado que cabe aplicar a esos poemas lo suministra la literatura wuppertalense anterior, sobre la cual ya he desahogado largamente mi irritación, para permitir que uno de sus productos sea juzgado por una vez desde un punto de vista diferente. Y es innegable que este libro revela un progreso. Los poemas, que parecen proceder de un laico, aunque no carente de formación, están por su pensamiento al menos al nivel de los de los predicadores Döring y Pol; a veces, incluso un tenue atisbo de romanticismo, en la medida en que ello puede conciliarse con la doctrina calvinista, es inconfundible. En lo tocante a la forma, son indiscutiblemente lo mejor que ha producido hasta ahora Wuppertal; se emplean no sin habilidad rimas nuevas o insólitas; el autor se eleva incluso al dístico o a la oda libre, formas que en realidad le son demasiado elevadas. La influencia de Krummacher* es inconfundible; sus frases y metáforas se utilizan en todas partes. Pero cuando el poeta canta:

Peregrino: Aunque cordero del rebaño de Jesús seas,
no veo en ti ornamento alguno suyo,
oh cordero tan quieto.
Corderito: Oprimido, mas sólo para alzarse,
el cordero irá al Paraíso.
Calla, Peregrino, sé cordero;
manso y humilde por la puerta podrá pasar,
calla, ruega, y sé cordero,

esto no es imitación, ¡es el mismísimo Krummacher! No obstante, se pueden hallar pasajes en estos poemas que conmueven por su autenticidad de sentimiento; pero, ¡ay!, uno no puede olvidar nunca que ese sentimiento es, las más de las veces, morboso. Y sin embargo, aquí se puede ver lo vigorizante y consoladora que es una religión que ha llegado a ser realmente cosa del corazón, incluso en sus más tristes extremos. Amable lector, perdóname por presentarte un libro que puede ser de un interés infinitamente pequeño para ti; no naciste en Wuppertal, tal vez nunca has estado en sus colinas y has visto las dos ciudades” a tus pies. Pero también tú tienes una patria y acaso vuelves a ella con el mismo amor que yo, por vulgar que parezca, una vez que has desahogado tu cólera contra sus extravíos.