No dejaré de llamar la atención de los católicos miembros de la caballería, de noble cuna, sobre un poema que, aunque escrito por un plebeyo, quizá por eso mismo es tanto más digno de ser conservado como una perla preciosa, como un debido tributo de la humildad burguesa.

En el año de gracia de mil ochocientos cuarenta y dos apareció en Erfurt, publicado por F. W. Otto, un folleto: *Das Wissenswürdigste der Heraldik oder Wappenkunde*, de F. W. Andrea, con una dedicatoria que reza así: «Respetuosamente dedicado a toda la alta nobleza de Alemania, por el editor».

«La aristocracia de derecho es la más excelsa del país,
Las virtudes de sus mayores siempre se estimaron en el más alto grado.
El mérito hereditario ha crecido y se ha multiplicado,

En nada cede el presente ante el pasado.
Así, la reverencia les sale humildemente al paso adondequiera que vayan,
Sobre todo Estado derraman las más ricas bendiciones.

»Un blasón encierra una riqueza de sentido oculto:
Cómo se realizaron las más sublimes hazañas en los tiempos antiguos;
Cómo los soberanos dieron a los nobles todo su justo galardón,
Tanto en la guerra como en los prósperos días de paz.

Así, los blasones se tasan tan alto como las coronas reales:
Sólo las gestas excelsas quedan así consagradas.

»Con toda humildad y deferencia profundamente sentidas
Por la gloria resplandeciente así a través de los eones del tiempo,

Consagro este monumento de reverencia
A los más encumbrados vástagos de estirpe paridora de virtudes.
Os ruego que toméis de una gran intención esta débil muestra;
Acaso os diga aún lo que en mi corazón quedó sin voz.»

¿No merece este hombre ser armado caballero?

Escrito hacia el 19 de agosto de 1842.  
Impreso según el número 241,  
del 29 de agosto de 1842.  
Publicado en inglés por primera vez.

Berlín, 19 de agosto. Le escribo hoy para informarle de que realmente no hay nada que informar desde aquí. Sabe Dios que ahora es la temporada tonta o tiempo de pepinillos, como dicen aquí. ¡No pasa nada, absolutamente nada! La Unión del Cristo histórico no da más señales de vida que la Unión de los Libres,; aunque oficialmente existe, ningún estudiante sabe realmente dónde existe o quién pertenece a ella. Probablemente ocurre lo mismo que con la famosa procesión de antorchas de hace seis meses para el filósofo de la Leipziger Strasse, en la que, también, ningún estudiante admitió después haber participado, y de la que ya se decía la víspera que desgraciadamente eran en su mayoría «filisteos». Las Comisiones de los Estados tampoco se han materializado aún, a pesar de la *Leipziger Zeitung*?, la cual, con su pasión por los huevos prusianos no empollados, entabla debates interminables sobre todo lo que haya de presentarse ante las Comisiones.’ Pero nosotros nos consolamos con la sabiduría de nuestro Rey, y dejamos en paz los huevos no empollados. Se dice que ha traído consigo un tratado comercial y una nueva convención de cartel, ¡y eso ciertamente no serán huevos no empollados! Lejos de preocuparnos por ello, nosotros —me refiero a nosotros los berlineses— envidiamos a los renanos el gran placer que les aguarda dentro de unas pocas semanas, cuando no sólo nuestro Rey, sino muchas otras personas de alto rango, incluido el digno Rey Luis de Baviera, el poeta en el trono, autor de *Walhallagenossen* y fundador del Walhalla,'” asistan a la colocación de la primera piedra de la catedral de Colonia, que ha de completarse como un ornamento para el pueblo alemán. Los *Walhallagenossen* causaron una viva sensación en los círculos cultos locales, y el juicio general y competente dictamina sin reservas que el rey Luis ha añadido una nueva rama de laurel a su corona. Conciso como Tácito, fuerte y elementalmente enérgico, el estilo del Rey puede confiar en ser imitado y, sin embargo, rara vez será igualado.

Escrito el 19 de agosto de 1842.  
Impreso según el número 241,  
del 29 de agosto de 1842.  
Publicado en inglés por primera vez.