¡Qué ideas tan infames tienes de mí! No se trata en modo alguno ni del bufón ni del leal Eckart (o Eckkardt, como tú lo escribes), sino únicamente de lógica, razón, consecuencia, *propositio major et minor*, etc. Sí, tienes razón. Aquí no se consigue nada con suavidad; estos pigmeos —el servilismo, el dominio aristocrático, la censura, etc.— tienen que ser ahuyentados con la espada. Claro que ahora tendría que despotricar y enfurecerme de verdad, pero tratándose de ti me contendré, para que no tengas que «persignarte» cuando te alcance el «galope salvaje» de mi indómita prosa poética. Ante todo protesto contra tus insinuaciones de que yo he estado dando al espíritu de la época una patada tras otra en el trasero para acelerar su avance. ¡Mi querido amigo, qué cara crees que tengo yo con mi pobre nariz chata! No, le dejo muy a su aire; al contrario, cuando el espíritu de la época se presenta como un huracán y tira del tren sobre los raíles, entonces yo salto rápidamente a un vagón y me dejo arrastrar un trecho. Sí, un hombre como Karl Beck: la loca idea de que como poeta está acabado procede con toda seguridad de ese depravado Wichelhaus, sobre el cual Wurm me ha informado con todo detalle. La idea de que un joven de veintidós años que ha escrito poesía tan arrebatadora vaya a pararse de repente... no, de verdad, nunca me había tropezado con semejante disparate. ¿Podéis creer que Goethe dejó de ser un poeta genial después de haber escrito el *Götz*, o Schiller después de haber escrito los *Räuber*? Aparte de eso, ¡se supone que la historia se ha vengado de la Joven Alemania! ¡Dios me guarde! Efectivamente, si la historia universal ha sido encomendada por el querido Dios a la Dieta Federal como un feudo hereditario, entonces se ha vengado de Gutzkow metiéndolo tres meses en la cárcel. Pero si, como ya no dudamos, reside en la opinión pública (es decir, aquí, en la opinión literaria), entonces se ha vengado de la Joven Alemania en la medida en que se ha dejado conquistar por la Joven Alemania que luchaba con la pluma, y ahora la Joven Alemania está entronizada como reina de la moderna literatura alemana. ¿Cuál fue el destino de Börne? Murió como un héroe en febrero de 1837, y en sus últimos días tuvo la alegría de ver cómo sus sucesores —Gutzkow, Mundt, Wienbarg, Beurmann— se alzaban con tanto poder; ciertamente, las negras nubes del desastre seguían suspendidas sobre sus cabezas y una larga, larga cadena estaba tendida alrededor de Alemania, la cual la Dieta Federal remendaba cada vez que amenazaba romperse. Pero él se ríe todavía ahora de los príncipes, y acaso conoce la hora en que las coronas robadas caerán de sus cabezas. No te salgo fiador de la felicidad de Heine — de todos modos, el tipo lleva ya bastante tiempo revolcándose en el fango. Tampoco de la de Beck, pues está enamorado y se atormenta por nuestra querida Alemania. En lo que respecta a esto último estoy con él; aparte de eso aún tengo mucha lucha por delante. Pero no importa: nuestro buen Señor Dios me ha dado un excelente sentido del humor, lo cual es un gran consuelo para mí. ¿Eres feliz, hombrecillo? — Guárdate tus opiniones sobre la inspiración, de lo contrario nunca llegarás a predicador en Wuppertal. Si yo no hubiera sido educado en la más extrema ortodoxia y piedad, si en la iglesia, en la escuela dominical y en casa no me hubieran inculcado a tambor batiente la creencia más directa e incondicional en la Biblia y en la concordancia de la doctrina de la Biblia con la de la Iglesia, más aún, con la doctrina especial de cada pastor, tal vez me habría quedado estancado mucho tiempo en una especie de supranaturalismo liberal. Hay abundantes contradicciones en la doctrina —tantas como autores bíblicos, y la fe wuppertaliana ha absorbido según eso una docena de individualidades diferentes. En cuanto al árbol genealógico de José, Neander, como sabes, atribuye el de Mateo al traductor griego del original hebreo. Si no me equivoco, Weisse en su *Vida de Jesús* salió contra Lucas casi del mismo modo que tú. Finalmente, la explicación de Fritz se basa en posibilidades tan antinaturales que no puede llamarse explicación en absoluto. Soy ciertamente un πρόμαχος, pero del partido liberal, no de los racionalistas. Las contradicciones van cobrando forma, los puntos de vista se enfrentan con agudeza. Cuatro liberales (que también son racionalistas), un aristócrata que se vino con nosotros pero que, por miedo a atentar contra los principios hereditarios de su familia, volvió corriendo en seguida a la aristocracia, un aristócrata de buenas esperanzas, como confiamos, y diversos zoquetes: tal es el circo donde rugen las disputas. Yo defiendo mi posición como conocedor de la Antigüedad, la Edad Media y la vida moderna, como palurdo, etc., pero la defensa ya ni siquiera es necesaria; mis muchachos están adelantando bastante bien. Ayer les expliqué la operación de la necesidad histórica durante el período 1789-1839 y, además, me enteré con asombro de que se me consideraba en la polémica bastante superior a todos los alumnos aventajados del lugar. Algún tiempo antes había derrotado a dos de ellos en una discusión, y juraron entonces enfrentarme al más listo de todos para que él me derrotara; pero, por desgracia para ellos, él estaba por entonces tremenda y locamente enamorado de Horacio, de modo que lo derroté de calle. Entonces les entró un miedo terrible. Este antiguo horaciano está ahora en muy buenos términos conmigo y ayer por la noche me lo contó todo. Os convenceríais de inmediato de la exactitud de mis reseñas literarias si leyeseis los libros de que tratan.

K. Beck es un talento enorme, más aún, es un genio. Produce imágenes como

«Se oye la voz del trueno proclamar en alto / lo que el rayo escribió sobre las nubes»

en enorme profusión. Escucha lo que dice de Börne, a quien adora. Habla a Schiller:

«Tu Posa no fue una vana fantasía; / pues ¿no pereció Börne por todos nosotros? / Escaló las cumbres de la humanidad; / un Tell, tocó la trompeta de la Libertad. / Allí arriba, afiló tranquilamente la punta de su flecha, / apuntó y disparó. Y la flecha de la Libertad se clavó / en la manzana, en la Tierra redonda».

¡Y cómo describe la miseria de los judíos y la vida estudiantil! Es soberbio, ¡y ahora el *Fahrende Poet*! Hombre, ten un poco de sensatez y léelo. Mira, si refutas el ensayo de Börne sobre el *Tell* de Schiller, entonces puedes quedarte con todos los derechos de autor que espero obtener por mi traducción de Shelley. Te perdonaré el que hayas despedazado tan a fondo mi artículo sobre Wuppertal, pues lo volví a leer hace poco y me quedé asombrado del estilo. Después no he vuelto a escribir ni de lejos tan bien. No te olvides de Leo y Michelet para la próxima. Como te he dicho, te equivocas de medio a medio si crees que los jóvenes alemanes queremos apoyar al espíritu de la época. Pero piensa un momento: cuando este πνεῦμα sopla y sopla justo hacia nosotros, ¿no seríamos tontos si no desplegáramos las velas? No quedará olvidado que estuviste en el entierro de Gans. Pronto haré que se mencione en la *Elegante Zeitung*. La manera en que todos vosotros pedíais luego tan amablemente perdón por el pequeño alboroto que armasteis me parece muy divertida. Aún no sabéis maldecir ni jurar; pero aquí vienen todos: Fritz me manda al infierno, me acompaña hasta la puerta y me empuja adentro con una profunda inclinación, para luego poder él volar de regreso al Cielo. Ves todo doble a través de tus gafas de palo y tomas a mis tres amigos por espíritus del Venusberg. — Hombrecillo, ¿por qué llamas al leal Eckart? Mira, ahí está, un pequeño tipo de perfil agudamente judío. Su nombre es Börne, y basta con darle carta blanca para que despeje toda la caterva de la Venus Servilia. Entonces tú también harás tus más humildes despedidas — mira, el señor Peter™ también llega, sonriendo con una mitad de la cara y gruñendo con la otra, vuelto hacia mí primero el gruñido y después la sonrisa.

En nuestra querida Barmen el sentimiento literario empieza a removerse ahora. Freiligrath fundó una sociedad de lectura de obras dramáticas, en la cual, desde su marcha, Stricker y Neuburg (un empleado de Langewiesche) son los πρόμαχοι de las ideas liberales. Ahora bien, el señor Ewich ha hecho los siguientes descubrimientos perspicaces: (1) que el espíritu de la Joven Alemania ronda esta sociedad, (2) que la sociedad *in pleno* compuso las «Cartas desde Wuppertal» aparecidas en el *Telegraph*. También ha descubierto de repente que los poemas de Freiligrath son la cosa más insulsa del mundo y que Freiligrath está muy por debajo de de la Motte Fouqué y será olvidado en tres años. Precisamente lo que afirmó una vez Beck.

¡Oh Schiller, Schiller, espíritu siempre vibrante, / Oh tú el más grande corazón que latió en el pecho más cálido, / Eternamente joven, para nosotros fuiste el Profeta / que llevó la bandera de la Libertad delante de los demás. / Cuando el mundo entero desertó de la lucha, / Y los pusilánimes no pudieron hacer otra cosa que rezar, / Oh, tú fuiste verdaderamente pródigo de tu sangre; / Tu vida más cálida, tu vida más profunda la arrojaste / ante el mundo en sacrificio. / Contenta, fría, el mundo comprendió mal, / Sin prestar atención a la honda miseria de tu corazón, / Y sólo escuchó la música de las esferas, / cuando a sus oídos llegaron olas de poesía / que tú habías henchido con tus propias lágrimas teñidas de sangre.

¿Quién escribió eso? — Es de *Der Fahrende Poet* de Karl Beck, con todos sus versos poderosos y su magnífica imaginería, pero también con su oscuridad, sus extravagantes hipérboles y metáforas. Pues ahora está decidido que Schiller es nuestro más grande poeta liberal. Él sintió la nueva época que amanecería después de la Revolución Francesa, cosa que Goethe no hizo, ni siquiera tras la Revolución de Julio, y cuando ésta se le acercó demasiado, de modo que casi tuvo que creer que algo nuevo venía, se retiró a su cuarto y cerró la puerta para permanecer cómodo. Eso le quita mucho a Goethe; pero tenía cuarenta años cuando estalló la revolución, y era un hombre hecho, así que no se le puede reprochar por ello. Para terminar, ¿te hago un dibujo?

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Adjunto montones de poemas. Repartídmelos entre vosotros.

Tuyo,

Friedrich Engels