En cuanto vi tu carta me di cuenta al instante de que era tuya,
aunque no conozco tu letra. Porque la carta es exactamente como
tú: escrita con muchísima prisa, todo en una encantadora confusión,
sermones que no van en serio ni un ápice: qué tal estás, tu salud,
noticias de Emilchen y Adelinchen, accidentes, todo revuelto.
Aquí también tuvimos un accidente, un pintor de brocha gorda
—el segundo en una semana— se cayó del andamio y murió en
el acto.

Es una gran sorpresa enterarse de que Emilchen y Adelinchen
se marchan. Los Treviranus, en todo caso, se quedaron muy
asombrados; todos creían que Karl las estaba educando.

29 de agosto

Es muy bueno que quieras ir a Xanten, y realmente deberías ir
si Madre le prometió a la tía y a la abuela que irías. Tienes que
arreglártelas para ir durante la temporada de las uvas, porque
entonces podrás comer todo lo que te quepa. Aquí también tenemos
uvas en nuestro jardín, pero aún no están maduras. Pero tenemos
manzanas que están maduras —manzanas del Paraíso—; son
mucho más deliciosas que las del gran árbol del patio de Caspar,
ese que acaban de talar.

Fíjate, Marie, aquí tenemos una gallina clueca con siete pollitos
de apenas ocho días, y cuando no hay nada que hacer en la oficina
bajamos al patio y cazamos moscas, jejenes y arañas, y entonces
viene la gallina vieja y se las quita de las manos y se las da de comer
a los pollitos. Pero hay un pollito negro, del tamaño de un canario,
que engulle las moscas directamente de nuestras manos. Y todas
estas criaturitas se convertirán en gallinas con buche y con plumas
que les crezcan en las patas. Te apuesto que esta gallina y sus
pollitos te encantarían. Tú misma eres una pollita, exactamente
igual que ellos. Tienes que decirle a Madre que el año que viene
ella también ponga huevos bajo una gallina. También hay palomas
aquí, no solo en casa de los Treviranus, sino también en casa de los
Leupold, palomas de moño y buchonas, que aquí llaman coronadas
(porque tienen un moño en la frente que aquí se llama corona).

Las de moño son especialmente hermosas. Nosotros —Eberlein y
yo— las alimentamos todos los días. No comen arveja, que aquí
no crece, pero comen guisantes o hayucos muy pequeños, que no
son mayores que un guisante.

Tendrías que ver alguna vez, cuando por la mañana el mercado
está lleno, los trajes tan llamativos que llevan las campesinas. Sus
cofias y sombreros de paja son particularmente notables. Si alguna
vez puedo observar tranquilamente a una de ellas, trataré de
dibujarla y enviártela. Las mozas llevan sobre el pelo, recogido en
un rodete, unos gorritos rojos muy pequeños, mientras que las
viejas llevan grandes capotas con alas ceñidas que les caen sobre la
frente, o grandes gorros de terciopelo guarnecidos por delante con
encaje fruncido negro. Resulta de lo más extraño.

La ventana de mi cuarto da a un callejón que es inquietante. Si
todavía estoy levantado tarde por la noche, hacia las once, las cosas
empiezan a armar ruido en el callejón, y los gatos chillan, los perros
ladran, los fantasmas ríen y aúllan y sacuden las ventanas de la casa
de enfrente. Pero todo es muy natural, porque el farolero vive en
el callejón y sale de ronda a las once.

Ahora ya he escrito dos páginas enteras y, si quisiera hacer lo
que tú haces, escribiría ahora: “Ahora probablemente quedarás
satisfecha porque te he contado tantas cosas. La próxima vez te
contaré otras tantas”. Así es como lo haces tú: me escribes dos
páginas, con las líneas muy separadas, y las otras dos páginas las
dejas completamente en blanco. Pero para que veas que yo no hago
lo mismo que tú y no pago con la misma moneda, haré todo lo
posible por llenarte cuatro páginas de letra apretada.

Esta mañana pasó un barbero y el señor pastor quiso que me
afeitara, pues dijo que yo tenía un aspecto repugnante. Pero no lo
haré. Padre dijo que dejara mis navajas bajo llave hasta que las
necesitara, y se marchó hace hoy quince días, y seguro que mi
barba no ha podido crecer tanto en ese tiempo. Y ahora no me
afeitaré hasta que tenga un bigote tan negro como un cuervo. Y
sabes, Madre le dijo a Padre que me diera una navaja para llevarme,
y Padre respondió que eso sería tentarme a empezar a afeitarme, y
que él mismo me compraría una en Manchester, pero yo, por
principio, no las uso.

Acabo de volver del desfile que se celebra todos los días en la
Domshof. Allí hace sus ejercicios el gran ejército hanseático,
compuesto por unos 40 soldados y 25 músicos de banda, más 6 u 8
oficiales, y (si dejo aparte al tambor mayor) entre todos tienen
tanto bigote como un solo húsar prusiano. La mayoría no tiene
barba en absoluto; otros, apenas una sospecha de ella. El desfile
dura enteros dos minutos. Los soldados llegan, forman, presentan
armas y vuelven a marcharse. Pero la música es buena (muy buena,
maravillosa, hermosa, dicen los bremenses). Ayer trajeron a uno de
esos soldados hanseáticos, que había desertado. Este sujeto era
judío y recibía instrucción religiosa con el pastor Treviranus y
quería ser bautizado. Luego desertó, sin abandonar la ciudad, pero
escribió una carta al pastor Treviranus diciendo que estaba en
Brinkum y que un pariente lo había convencido de ir allí. Pidió al
pastor que intercediera por él para que le mitigaran el castigo. El
pastor también quería hacerlo, cuando de repente detuvieron ayer
al sujeto cerca de Bremen y se supo dónde estaba. Ahora
probablemente le caiga una condena o sesenta bastonazos, pues a
los soldados aquí siempre los azotan.

En Bremen no vive ningún judío, solo un par de judíos con
permiso de residencia en los arrabales, pero ninguno puede
instalarse en la ciudad.

Hoy ha estado lloviendo otra vez todo el santo día. Ayer hizo
una semana que, por una vez, no llovió en todo el día; si no, ha
llovido cada día, aunque a menudo solo un poco. El domingo hizo
mucho calor y ayer también el aire estaba algo bochornoso, aunque
el cielo se nublaba con frecuencia, pero lo de hoy es realmente
insoportable. En cuanto asomas la nariz fuera de la puerta te pones
calado hasta los huesos. ¿Cómo está el tiempo por allá? Ahora voy
a escribir a Madre.— ¿Ya hiciste las paces con los Kampermann,
viejos gansos?
Adiós, Marie.

Tu hermano

Friedrich