¿Por qué las compañías de los griegos y sus veloces caballos marchan a través de la gran ciudad de los poderosos hijos de Cadmo? ¿Y por qué en toda la llanura hombres de blancos escudos, con armaduras bruñidas, se mueven en torno a los largos muros?

Contra la ciudad del esforzado hijo de Agénor avanza un ejército de varones argivos por un poderoso botín; allí llegan los caudillos de los dánaos, trayendo guerra a Tebas: Tideo, Capaneo y Partenopeo, el rey Anfiarao, la fuerza divina de Hipomedonte, el rey Adrasto y Polinices, rey de hombres; todos marchan juntos con caballos y carros.

En el campo relumbran lanzas de hierro, escudos abollonados y espadas tachonadas de plata. Tal como una serpiente de súbito se enrosca en torno a una oveja y la envuelve, encerrando todos sus miembros, así los dánaos cercaron la morada de Tebas.

Pero cuando todas las filas hubieron tomado posición, lanza en mano, salieron hombres de la ciudad, con yelmos de bronce centelleante, y entre ellos iba Eteocles, el esforzado hijo de Edipo y audaz guerrero. Y cuando los jefes de los beocios y los soldados de los argivos se encontraron, chocaron entre sí sus escudos, sus lanzas y el poderío de los hombres acorazados de bronce: y se alzó un espantoso estruendo. Sangrienta fluía la corriente de la célebre Dirce, sangriento el Ismeno, mientras hombre derribaba a hombre.

Y en la vanguardia se enfurecía Eteocles con su lanza de bronce; y muchos fueron los guerreros que cayeron a tierra, vencidos por su agudo asta. Y el hijo de Agénor, divisando al poderoso Polinices que avanzaba a grandes pasos entre los argivos, oró a Atenea: «Palas, hija de Zeus portador de la égida, Atritona, escúchame. Si alguna vez quemé en tu honor gruesos muslos de bueyes y de cabras, concédeme esta plegaria. Deja que hunda mi lanza de luenga sombra en el pecho de ese hombre, del linaje del célebre Edipo que, aunque es mi hermano, el noble Polinices, ha venido sin embargo desde la sedienta Argos con los soberanos de los argivos a devastar su tierra natal.»

Así habló, y luego dirigió aladas palabras a su hermano: «Hijo de Edipo, Polinices de la voz resonante, es contigo con quien el corazón dentro de mi pecho me ordena combatir: ven aquí como campeón de todos frente al divino Eteocles.»

Así habló; y su hermano oró a la soberana Hera: «Escúchame, Hera, hermana y esposa de Zeus, pues tuyo soy ahora, ya que he desposado a una mujer argiva, la hija de Adrasto, que reina sobre los argivos; concédeme ahora matar con mi lanza al esforzado Eteocles, porque él no respetó su juramento de lealtad en Tebas.» Así habló, y entonces Eteocles, rey de hombres, avanzó al centro del campo, e hizo contener a las filas en el terreno. Y a ambos bandos dirigió estas palabras: «Escuchadme, dánaos y aqueos de hermosas grebas, para que os diga lo que el ánimo dentro de mi pecho me ordena. Los argivos y los pueblos de Beocia están pereciendo en porfiada contienda. Y la empresa no se cumple. Mi ánimo me impele a combatir con mi hermano. Así lo declaro, y que Zeus me sea testigo. Si él me vence con su bronce de larga hoja, que reine sobre los cadmeos en medio del pueblo. Pero si yo lo venzo, y Atenea me concede su lanza, mía será la dignidad y el reino de mi padre, y vosotros, argivos, podréis regresar de nuevo a vuestros hogares.»

Así habló. Y los aqueos y los beocios se regocijaron, y formaron sus caballos en filas, y desmontaron ellos mismos, se quitaron sus armaduras y las depositaron en tierra cerca unos de otros, y quedó poco espacio alrededor.

Eteocles arroja ahora su lanza de luenga sombra, y el señorial hijo de Agénor, viéndola acercarse, esquivó la negra Muerte, y la lanza de bronce voló sobre él.

Y el divino Polinices, desenvainando veloz su espada tachonada de oro, se lanzó contra su adversario, y chocaron el uno contra el otro como dos salvajes leones, hermanos y vástagos de una misma sangre. Y mientras se apresuraba, por su cinturón de oro........... la oscuridad. Y se abalanzó sobre él, confiado en su pesada mano. Al punto, negra sangre comenzó a manar de la herida. Y al mismo tiempo, la afilada espada de Polinices, rey de hombres, atravesó coraza y pecho de Eteocles. Y ambos cayeron a tierra, y la oscuridad cubrió sus ojos. Allí quedaron tendidos, el hermano tras haber matado al hermano con el bronce de larga hoja. Así pereció la estirpe del noble Edipo.