[Morgenblatt für gebildete Leser No. 249, 17 de octubre de 1840]  
Bremen, septiembre.

Por fin, otra vez un tema que va más allá del chismorreo de salón, que excita de tal modo a todo el público de nuestra Ciudad Libre que cada cual toma partido a favor o en contra, y que da que pensar incluso a los más serios. La tormenta en el cielo de nuestra época ha estallado también en Bremen; la lucha por una concepción más libre o más estrecha del cristianismo se ha encendido incluso aquí, en la capital del fundamentalismo del norte de Alemania; las voces que se alzaron recientemente en Hamburgo, Kassel y Magdeburgo han encontrado eco en Bremen.— En pocas palabras, el curso de los acontecimientos fue el siguiente: el pastor F. W. Krummacher, el Papa de los calvinistas de Wuppertal, el San Miguel de la doctrina de la predestinación, visitó aquí a sus padres y predicó dos sermones en lugar de su padre¹ en la iglesia de San Ansgarius. El primer sermón trató de su espectáculo favorito, el Juicio Final; el segundo, de un pasaje de anatema de la Epístola a los Gálatas; ambos estaban redactados con la elocuencia ardiente, el esplendor poético —aunque no siempre bien elegido— de imágenes por el que este orador sagrado, ricamente dotado, es famoso; pero ambos, en especial el último, relampaguean de maldiciones contra los que piensan de modo diferente, como cabía esperar de un místico tan adusto. El púlpito se convirtió en el sillón presidencial de un tribunal de inquisición desde el cual se lanzaba la maldición eterna contra todas las corrientes teológicas que el inquisidor conocía y dejaba de conocer. Todo aquel que no aceptaba este craso misticismo como cristianismo absoluto era entregado al diablo. Y con una sofística que

resultó ser extrañamente ingenua, Krummacher siempre se las arregló para escudarse tras el apóstol Pablo. «¡No soy yo quien maldice, no! ¡Hijos, reflexionad, es el apóstol Pablo quien os condena!» — Lo peor del caso era que el apóstol escribió en griego y los eruditos aún no han podido ponerse de acuerdo sobre el significado exacto de ciertas expresiones suyas. Entre estas palabras dudosas se halla el anatema que se usa en este pasaje, al que Krummacher, sin más, atribuyó el sentido más extremo, el de una sentencia de condenación eterna. El pastor Paniel, el principal representante del racionalismo en este púlpito, tuvo la desgracia de interpretar esa palabra en su sentido más atenuado y, en general, de oponerse al modo de pensar de Krummacher; por eso predicó sermones polémicos. Sea cual sea la opinión que se tenga de sus puntos de vista, su comportamiento es irreprochable. Krummacher no puede negar que, al componer sus sermones, no pensaba sólo en la mayoría racionalista de la congregación, sino en particular en Paniel; no puede negar que un predicador invitado no debe tratar de indisponer a una congregación contra sus pastores titulares; tiene que admitir que a madera tosca, cuña tosca. ¿A qué venían todas esas invectivas contra Voltaire y Rousseau, a quienes hasta el peor racionalista de Bremen teme como al diablo, o todas las maldiciones contra la teología especulativa, sobre la cual, salvo dos o tres excepciones, todo su auditorio era tan incapaz de juzgar como él mismo, sino para disimular la intencionalidad muy concreta, incluso personal, de los sermones? — Los sermones polémicos de Paniel estaban predicados, ciertamente, en el espíritu del racionalismo de Paulus y, a pesar de la alabada pulcritud de su disposición y de su patetismo retórico, adolecen de todas sus debilidades. Todo es vago y verboso; cuando se pone en marcha el impulso poético, es como el funcionamiento de una hiladora, y el tratamiento del texto, como un brebaje homeopático; Krummacher tiene más originalidad en tres frases que su adversario en tres sermones.— A una hora de Bremen vive un pastor rural pietista que se siente tan superior a sus campesinos que ha llegado a creerse un gran teólogo y lingüista. Publicó un opúsculo contra Paniel en el que puso en juego todo el aparato de un teólogo filológico del siglo pasado. Las pretensiones científicas del digno pastor rural fueron desinfladas de la manera más dolorosa en un escrito anónimo. Con tanto ingenio como erudición, el autor anónimo, que se cree un merecido y docto vecino de nuestra ciudad, ya varias veces mencionado en mi anterior informe, ha demostrado al listo «palabra de Dios campestre» todos los absurdos que éste había extraído con gran trabajo de viejos manuales anticuados. Krummacher publicó una Theologische Replik a los sermones polémicos de Paniel, en la que atacó sin disimulo a su persona entera y, además, de una manera que anulaba la acusación de calumnia que se le había hecho a su adversario. Aunque la réplica se aprovecha hábilmente de las debilidades del racionalismo, en particular las de su adversario, Krummacher procede torpemente al intentar demoler la interpretación de Paniel. El trabajo más capaz escrito desde el punto de vista pietista en esta controversia fue el panfleto del pastor Schlichthorst, que vive en los alrededores, en el que se retrotraía el racionalismo, y el del pastor Paniel en particular, de manera serena y desapasionada a su base, la filosofía kantiana, y se planteaba la pregunta: ¿Por qué no sois lo bastante sinceros para admitir que el fundamento de vuestra fe no es la Biblia, sino su interpretación según la filosofía kantiana tal como la expone Paulus? Se espera que dentro de poco salga de la imprenta un nuevo escrito de Paniel. Sea cual sea su contenido, él ha removido la vieja levadura, ha hecho entrar en razón a los bremenses, que creían en todo menos en sí mismos, y el pietismo, que hasta ahora había considerado un don de Dios el hecho de que sus adversarios estuvieran divididos entre sí en tantos partidos, tendrá que aprender por una vez que todos estamos unidos cuando se trata de combatir el oscurantismo.

¹ «sung, am 12., 19. und 26. Juli 1840 gehalten.— Ed.»