Berlín, 21 de junio. Cuanto más se desarrolla nuestra conciencia política y más libre y alto se hace oír la voz pública de Prusia, tanto más nos sentimos unidos a las demás tribus alemanas y mayor es el interés con que contemplamos las manifestaciones de su vida estatal. Es éste un testimonio irrefutable de que han caído las barreras que durante tanto tiempo existieron en la opinión pública entre Prusia y la Alemania constitucional, y de que ya no existe la división nacional que resultaba, de un lado, de la arrogante autosuficiencia de muchos prusianos y, de otro, de la desconfianza de los liberales del sur de Alemania hacia nuestro gobierno. El año pasado, la reconciliación entre los representantes del progreso del norte y del sur de Alemania ya se expresó en la acogida que Welcker recibió en Berlín y en el resto del norte de Alemania,* pero sólo desde que la censura en Prusia es más libre* las dos grandes mitades de nuestra patria comenzaron a fundirse cada vez más visiblemente en un único afán de libertad. Los prusianos han abandonado inesperadamente su autosuficiencia, su jactancioso alarde de que sus instituciones son intachables; en menos de medio año se han descubierto defectos que la mayoría de nuestros conciudadanos se había negado a imaginar. Los alemanes del sur, por su parte, gracias a la prensa prusiana, de mentalidad independiente y a menudo directamente oposicionista, se han desprendido de los últimos restos de sus prejuicios contra el pueblo prusiano y el grado de educación política de éste. En tales circunstancias, es comprensible que sigamos con el mayor interés los debates de la Cámara de Diputados de Baden. Después de que los prusianos hubiesen demostrado en la prensa que habían alcanzado su madurez política, se esperaba que los alemanes del sur hiciesen todo lo posible para no quedarse rezagados con respecto a nosotros. La Cámara de Wurtemberg, sin embargo, demostró con demasiada claridad en sus debates sobre el procedimiento judicial cuánto echa de menos a los viejos corifeos de 1833.* Por el contrario, de Baden se podía esperar que, tras lo sucedido en la Cámara disuelta,* la vida política no se durmiese tan fácilmente. Los poderosos movimientos durante las elecciones fueron un signo bienvenido de atención e interés por los asuntos internos; y aunque no se permitió a la prensa que nos hiciese participar en ellos desde lejos y con el pensamiento, encontraron expresión en los debates electorales de la Cámara y ahora se nos presentan con plena evidencia. Estos debates, junto con las alusiones que la prensa contenía aquí y allá sobre las celebraciones preparadas para algunos diputados, nos dieron una clara imagen de aquellos días de tensión y lucha. También se puso de manifiesto, una vez más de la manera más evidente, en relación con la elección de Schwetzingen-Philippsburg, entre otras cosas, que nada es más perjudicial para los gobiernos en cualquier parte que el celo exagerado de los funcionarios. Las maquinaciones a las que se recurrió aquí para asegurar votos a Rettig no tienen precedentes en la historia constitucional de Baden. El simple hecho de que una circunscripción que durante veinte años consecutivos estuvo siempre representada por von Itzstein, lo haya dejado caer de repente, después de que él haya dado con frecuencia suficientes pruebas de su actitud, y haya elegido a un diputado del partido gubernamental, prueba suficientemente que esta elección no fue libre. Tanto más bienvenida fue, por tanto, la reparación que la Cámara ofreció a von Itzstein.* Allí fue un placer oír a los veteranos del libre pensamiento, Itzstein y Welcker, así como a representantes de la generación más joven, Rindeschwender y otros, hablar a la manera antigua y familiar. El hecho de que se asegurase la elección de Mathy como diputado a pesar de toda la hostilidad causa una impresión tanto mejor cuanto que, en general, es el primer periodista de Alemania que ocupa un escaño en una Cámara.