Las *Memorabilien* de Immermann aparecieron pocas semanas después de su muerte. ¿Era él, un hombre en la plenitud de la vida, ya lo bastante maduro para escribir sus propias memorias? Su destino dice que sí, su libro dice que no. Sin embargo, no debemos considerar las *Memorabilien* como un ajuste de cuentas final de un anciano con la vida, mediante el cual declara cerrada su carrera; Immermann estaba más bien ajustando cuentas con una época anterior, la exclusivamente romántica de su obra, y de ahí que en este libro impere un espíritu distinto del de las obras de aquel período. Además, los acontecimientos aquí descritos habían retrocedido tanto por los grandes cambios de la última década que incluso para él, su contemporáneo, la historia parecía haber terminado con ellos. Y, sin embargo, creo tener razón al sostener que dentro de diez años Immermann habría captado el presente y su actitud hacia la guerra de liberación, en la que se articula su obra, de manera más profunda y más libre. Pero por el momento tenemos que tomar las *Memorabilien* tal como son.

Si el romántico anterior, en los *Epigonen*, ya había aspirado al punto de vista superior de la plasticidad y el reposo goethianos, y *Münchhausen* descansaba ya firmemente sobre la base de la moderna manera poética, su obra póstuma muestra aún más claramente cuán bien apreciaba Immermann los últimos desarrollos literarios. El estilo y, con él, su visión de las cosas son enteramente modernos; solo el contenido más profundamente pensado, la ordenación más rigurosa, la individualidad del carácter acuñada con nitidez y las opiniones antimodernas del autor, aunque bastante veladas, distinguen este libro de la masa de descripciones, caracteres, memorias, reseñas, situaciones, estados de cosas, etc., con los que nuestra literatura, jadeante en busca de un aire sano y poético, se sofoca hoy. Immermann, además, tiene suficiente tacto como para solo rara vez someter al foro de la reflexión asuntos que tienen derecho a un tribunal distinto al de la mera razón.

El presente primer volumen encuentra su materia en «la juventud de hace veinticinco años» y las influencias que la dominaban. Lo precede un «conocimiento de embarque» en el que se esboza con la mayor fidelidad el carácter del conjunto. Por un lado, un estilo moderno, consignas modernas e incluso principios modernos; por otro, las peculiaridades del autor, cuyo significado ha muerto desde hace tiempo para un círculo más amplio. Immermann escribe para alemanes modernos, como él dice con bastante franqueza, para aquellos que se hallan igualmente lejos de los extremos del germanismo y del cosmopolitismo; tiene una concepción enteramente moderna de la nación y establece premisas que conducirían lógicamente a la autocracia como destino del pueblo; se pronuncia enfáticamente contra esa «falta de confianza en sí mismo, la furia de servir y de arrojarse»* que padecen los alemanes. Y, sin embargo, al mismo tiempo Immermann tiene una preferencia muy insuficientemente fundada por el prusianismo, y la fría indiferencia con que habla de las aspiraciones constitucionales en Alemania revela con demasiada claridad que aún no ha comprendido en absoluto la unidad de la vida espiritual moderna. Se ve que el concepto de lo moderno no le atrae en modo alguno, pues se resiste a muchos de sus aspectos, pero, sin embargo, no puede deshacerse del concepto.

Las memorias propiamente dichas comienzan con las «Reminiscencias de la niñez». Immermann cumple su promesa de describir solo aquellos momentos en los que «la historia hizo su tránsito a través de él». Los acontecimientos mundiales crecen con la conciencia del niño y se erige el colosal edificio del que él había de presenciar la caída; al principio rugiendo a lo lejos, las olas de la historia rompen el dique del norte de Alemania en la batalla de Jena, barren la complaciente Prusia, haciendo que la frase de su gran rey «*après moi le déluge*» resulte particularmente cierta para su propio Estado,* e inundan al instante primero Magdeburgo, la ciudad natal de Immermann. Esta parte es la mejor del libro; Immermann es más fuerte en la narración que en la escritura reflexiva, y ha logrado de manera excelente percibir cómo los acontecimientos mundiales se reflejan en el corazón individual. Este es también el punto en el que él se vincula francamente al progreso, aunque solo sea por el momento. Para él, como para todos los voluntarios de 1813, la Prusia de antes de 1806 es el *ancien régime* de este Estado, pero también, lo que ahora se admite menos a menudo, la Prusia de después de 1806 es una Prusia enteramente renacida, un nuevo orden de cosas. El renacimiento de Prusia es, sin embargo, un asunto peculiar. El primer renacimiento, a través del gran Federico, ha sido tan alabado con ocasión del jubileo del año pasado que resulta difícil comprender cómo un interregno de veinte años pudo hacer ya necesario otro.* También se afirma que, a pesar del doble bautismo de fuego, el viejo Adán ha mostrado últimamente nuevos y fuertes signos de vida. En la presente sección, sin embargo, Immermann nos ahorra las alabanzas del *statu quo*, de modo que el punto en que el camino de Immermann se aparta del de la época moderna solo se hará más claro en el curso de estas líneas.

«Hasta que entra en la vida pública, la juventud es educada por la familia, por el estudio, por la literatura. Para la generación que consideramos aquí, se añadió el despotismo como otro, un cuarto medio de educación. La familia la ampara y la cuida, el estudio la aísla, la literatura la conduce de nuevo a campos más amplios; el despotismo nos dio los comienzos del carácter.»*

Este es el patrón según el cual está ordenada la parte reflexiva del libro, y que tiene el gran e innegable mérito de mostrar el desarrollo de la conciencia en sus sucesivas etapas.— La sección sobre la familia es excelente en tanto describe a la familia antigua, y solo es lamentable que Immermann no se haya esforzado más en combinar aspectos de luz y de sombra en un todo. Las observaciones que hace aquí son todas muy acertadas. En cambio, su concepto de la familia moderna muestra de nuevo que él todavía no se ha desprendido del viejo prejuicio y resentimiento contra los fenómenos de la última década. Ciertamente, la «antigua comodidad», la satisfacción con el hogar familiar, ceden cada vez más el paso al mal humor, al descontento con las alegrías de la vida familiar; pero sobre ese trasfondo, la filisteísmo de la forma de vida patriarcal, el halo alrededor del gorro de dormir, se van perdiendo cada vez más, y las causas del mal humor, casi todas las cuales Immermann subraya muy correctamente y con demasiado brillo, no son más que los síntomas de una época aún en lucha, inacabada. La época que precedió a la dominación extranjera estaba concluida y, como tal, llevaba el sello del reposo, pero también de la indolencia, y contenía en sí los gérmenes de la decadencia. Nuestro autor podría haber dicho muy brevemente: la razón por la que la familia moderna no puede deshacerse de un cierto sentimiento de malestar es que se le plantean nuevas exigencias que todavía no sabe conciliar con sus propios derechos. Como Immermann admite, la sociedad ha cambiado, la vida pública se ha añadido como un elemento enteramente nuevo; la literatura, la política, la ciencia, todo esto penetra ahora más profundamente en la familia, y a esta le cuesta acomodar a todos estos huéspedes ajenos. ¡Ese es el punto! La familia vive todavía demasiado al viejo estilo para poder llegar a un adecuado «entendimiento—

Tratando con los intrusos y manteniendo buenas relaciones con ellos, y aquí en efecto se está produciendo una regeneración de la familia; el desagradable proceso sencillamente ha de recorrerse, y a mi parecer la vieja familia lo necesita con urgencia. Dicho sea de paso, Immermann estudió la familia moderna precisamente en aquella parte de Alemania, en el Rin, que es la más móvil y receptiva a las influencias modernas, y aquí el malestar del proceso de transición salió a la luz con la mayor claridad. En las ciudades provincianas del interior de Alemania la vieja familia sigue viviendo, moviéndose y teniendo su ser en la piadosa sombra de la bata; la sociedad sigue estando donde se hallaba en el año 1799 d. C., y la vida pública, la literatura, la ciencia, son despachadas con calma y deliberación, sin que nadie permita que su cómoda rutina sea perturbada. —El autor añade «anécdotas pedagógicas» para probar lo que ha expuesto sobre la vieja familia, y luego concluye la parte narrativa del libro con «Uncle», un personaje típico de los viejos tiempos. La educación que la generación adolescente recibe de la familia se completa; los jóvenes se arrojan a los brazos del estudio y la literatura. Aquí empiezan las secciones menos logradas del libro. El estudio tocó a Immermann en una época en que la filosofía, el alma de toda ciencia, y el conocimiento del mundo antiguo, la base de todo lo que se ofrecía a los jóvenes, estaban inmersos en una revolución vertiginosa, e Immermann no tuvo la ventaja de poder seguirla hasta su meta como estudiante. Cuando ésta tocaba a su fin, él había superado hacía ya mucho la escuela. Y, por el momento, no dice mucho más que la enseñanza en aquellos días era estrecha, y lo compensa tratando a los pensadores más influyentes de la época en artículos separados. Hablando de Fichte, nos obsequia con una filosofía que a los señores familiarizados con el tema les parecería bastante peculiar. Aquí se deja arrastrar a una discusión ingeniosa sobre un asunto que requiere algo más que una mirada ingeniosa y poética para penetrarlo. ¡Cómo se estremecerán nuestros estrictos hegelianos cuando lean la historia de la filosofía tal como se presenta aquí en tres páginas! Y hay que admitir que no sería fácil discutir la filosofía de un modo más diletante del que aquí se hace. La primera frase misma, que dice que la filosofía oscila siempre entre dos puntos, buscando la certeza ya en la cosa, ya en el yo, fue claramente escrita en deferencia al hecho de que a la «cosa en sí» de Kant siguió el «Yo» de Fichte, y puede, con dificultad, aplicarse a Schelling, pero en ningún sentido a Hegel — Sócrates es llamado la encarnación del pensar y por esa misma razón se le niega la capacidad de tener un sistema; se dice que en él se combina la doctrina pura con una penetración directa del empirismo, y dado que trascendía el concepto, esta unión, se declara, sólo podía manifestarse como personalidad, no como doctrina. ¿No son éstas frases que han de sumir en la mayor confusión a una generación que ha crecido bajo la influencia hegeliana? ¿No termina toda filosofía allí donde la conformidad del pensar y el empirismo «trasciende el concepto»? ¿Qué lógica puede mantenerse en pie allí donde se afirma que la falta de sistema es un atributo necesario de la «encarnación del pensar»?

Pero ¿por qué perseguir a Immermann en una esfera que él mismo sólo quiso atravesar volando? Baste decir que no se desenvuelve mejor con los conceptos filosóficos de siglos anteriores que uniendo la filosofía de Fichte con su personalidad. Por el contrario, vuelve a describir excelentemente el carácter de Fichte, el orador de la nación alemana, y al entusiasta de la gimnasia Jahn. Estas semblanzas arrojan más luz sobre las fuerzas efectivas y las ideas que influían en la juventud de la época de lo que pudieran hacerlo largos discursos. Allí donde la literatura constituye el tema, disfrutamos mucho más leyendo la descripción de la relación en que la «juventud de hace veinticinco años» se hallaba con los grandes poetas, que la demostración insuficientemente fundamentada de que, a diferencia de todas sus hermanas, la literatura alemana tiene un origen moderno, no romántico. Siempre parecerá forzado hacer brotar a Corneille de una raíz romántica medieval y atribuir más en Shakespeare a la Edad Media que la materia prima que encontró a mano. ¿Es tal vez la conciencia no del todo clara del antaño romántico que trata de rechazar la acusación de seguir cultivando un cripto-romanticismo?

La sección sobre el despotismo, a saber, el de Napoleón, tampoco agradará. La adoración de Heine por Napoleón es ajena a la conciencia del pueblo, pero a nadie le contentará que Immermann hable como un prusiano ofendido, mientras reclama la imparcialidad del historiador. Debió de percibir que el punto de vista nacional alemán, y particularmente el prusiano, necesitaba ser superado aquí; de ahí que sea tan cauteloso como le es posible en el estilo, adapte su punto de vista lo más posible al moderno y se aventure sólo en asuntos menores e incidentales. Sin embargo, gradualmente se vuelve más audaz, admitiendo que no alcanza a ver por qué Napoleón deba contarse entre los grandes hombres, estableciendo un sistema completo de despotismo y mostrando que en este oficio Napoleón era un principiante y chapucero bastante malo. Pero éste no es, ni con mucho, el modo correcto de comprender a los grandes hombres.

Así pues, aparte de unas pocas ideas que se adelantan a sus convicciones, Immermann se halla en lo fundamental muy lejos de la conciencia moderna. Sin embargo, no se le puede encasillar en ninguno de los partidos en que suele dividirse el *statu quo* espiritual de Alemania. Rechaza explícitamente la tendencia a la que parece estar más próximo, el germanismo. El bien conocido dualismo en las convicciones de Immermann se expresaba, por un lado, como prusianismo, por el otro, como romanticismo. El primero, sin embargo, decayó gradualmente, especialmente en Immermann como funcionario, en la prosa más sobria y mecanicista; el último, en una efusividad ilimitada. Mientras permaneció en este punto, Immermann no pudo alcanzar un verdadero reconocimiento y se vio obligado a darse cuenta cada vez más de que estas tendencias no sólo eran polos opuestos, sino que dejaban cada vez más indiferente el corazón de la nación.

Por fin osó un avance poético y escribió los *Epigonen*. Apenas había salido esta obra de la imprenta cuando mostró a su autor que sólo su tendencia anterior había impedido un reconocimiento más general de su talento por parte de la nación y de los literatos más jóvenes. Los *Epigonen* fueron apreciados casi en todas partes y dieron lugar a diatribas sobre el carácter de su autor como Immermann no había estado acostumbrado anteriormente. La Joven Literatura, si se nos permite aplicar este nombre a los fragmentos de lo que nunca fue un todo, fue la primera en reconocer la significación de Immermann y la responsable de que llegara a ser debidamente conocido por la nación. Había estado interiormente resentido por la división cada vez más aguda entre el prusianismo y la poesía romántica, y también por la popularidad relativamente escasa de que gozaban sus escritos, e inconscientemente había ido imprimiendo cada vez más en sus obras el sello de un aislamiento crudo. Ahora que había dado un paso adelante y ganado reconocimiento, un espíritu diferente, más libre, más alegre, se apoderó de él. El viejo entusiasmo juvenil se descongeló de nuevo y en *Münchhausen* inició una reconciliación con el lado práctico, razonable de su carácter. Las simpatías románticas que aún permanecían en el fondo de su mente las apaciguó con *Ghismonda* y *Tristan*; pero ¡qué diferencia con su anterior poesía romántica, y sobre todo qué plasticidad comparada con *Merlin*!

En el fondo, el romanticismo no era para Immermann más que una cuestión de forma. La sobriedad del prusianismo le salvó del ensueño de la escuela romántica, pero ésta fue también la causa de una cierta resistencia en él a los desarrollos de la época. Sabemos que en cuestiones religiosas Immermann era muy liberal; en política, sin embargo, era un partidario demasiado celoso del gobierno. Ciertamente, su actitud hacia la Joven Literatura lo acercó a las aspiraciones políticas del siglo y le enseñó a considerarlas desde otro aspecto; pero, como muestran los *Memorabilien*, el prusianismo seguía estando muy firmemente atrincherado en él. Sin embargo, precisamente en este libro encontramos no pocas afirmaciones que contrastan tan fuertemente con las opiniones básicas de Immermann y descansan tanto sobre una base moderna, que la influencia significativa de las ideas modernas sobre él es del todo inconfundible. Los *Memorabilien* muestran claramente el empeño de su autor en mantenerse a la altura de su tiempo, y quién sabe si la corriente de la historia no habría terminado por socavar el dique conservador prusiano tras el cual se mantenía atrincherado Immermann.

Y ahora una observación más. Immermann dice que el carácter de la época que describe en los *Memorabilien* era primordialmente juvenil; motivos juveniles se pusieron en juego y estados de ánimo juveniles se expresaron. ¿No es esto también cierto de nuestra época? La vieja generación se ha extinguido en la literatura, y la juventud ha tomado la palabra. Nuestro futuro depende más que nunca de la generación que crece, pues esta generación tendrá que resolver contradicciones de intensidad cada vez mayor. Los viejos pueden quejarse de los jóvenes, y es cierto que son desobedientísimos; pero déjeselos seguir su propio camino: encontrarán su orientación, y quienes se pierdan no tendrán más que a sí mismos que culpar. Pues tenemos una piedra de toque para los jóvenes en la forma de la nueva filosofía; han de abrirse paso a través de ella y, sin embargo, no perder el entusiasmo de la juventud. Quien tenga miedo del denso bosque en el que se alza el palacio de la Idea, quien no lo atraviese a golpe de espada y despierte con un beso a la hija dormida del rey, no es digno de ella ni de su reino; puede irse y hacerse pastor rural, comerciante, asesor, o lo que le plazca, tomar esposa y engendrar hijos con toda piedad y respetabilidad, pero el siglo no lo reconocerá como hijo suyo. No necesitáis, pues, convertiros en viejos hegelianos y arrojar a diestro y siniestro «en y para sí», «totalidad» y «lo esto», pero no debéis rehuir el trabajo del pensar, pues sólo es genuino aquel entusiasmo que, como el águila, no teme ni las nubes densas de la especulación ni el aire tenue y enrarecido de las regiones superiores de la abstracción cuando se trata de volar hacia el sol de la verdad. Y en este sentido, la juventud de hoy ha pasado efectivamente por la escuela de Hegel, y en el corazón de los jóvenes ha brotado espléndidamente más de una semilla de la seca cáscara del sistema. Éste es también el fundamento de la más audaz confianza en el presente; que su destino no depende del miedo cauteloso a la acción y del arraigado filisteísmo de los viejos, sino del noble e incontenible ardor de la juventud. Por tanto, luchemos por la libertad mientras seamos jóvenes y estemos llenos de vigor ardiente; ¡quién sabe si podremos hacerlo aún cuando la vejez se nos eche encima!