[Rheinische Zeitung, núm. 130, 10 de mayo de 1842]

En una ciudad como Berlín, un forastero cometería un verdadero crimen contra sí mismo y contra el buen gusto si no inspeccionara todos los lugares de interés. Sin embargo, lo más notable de Berlín, aquello que distingue a la capital prusiana por encima de todas las demás, pasa con demasiada frecuencia inadvertido para él; me refiero a la Universidad. No hablo de la imponente fachada de la Plaza de la Ópera, ni de los museos de anatomía y mineralogía, sino de las numerosas aulas con profesores ingeniosos y pedantes, con estudiantes jóvenes y viejos, alegres y serios, con novatos y veteranos, aulas en las que se han pronunciado y se pronuncian a diario palabras que se difunden más allá de las fronteras de Prusia e incluso más allá de los límites dentro de los cuales se habla alemán. La Universidad de Berlín goza de la reputación, como ninguna otra, de estar en la corriente principal del pensamiento contemporáneo y de haberse convertido en una verdadera palestra de batallas intelectuales. ¡Cuántas otras universidades —Bonn, Jena, Giessen, Greifswald e incluso Leipzig, Breslau y Heidelberg— se han retirado de estas batallas y se han hundido en esa apatía erudita que ha sido en todos los tiempos la plaga de la ciencia alemana! Berlín, por el contrario, cuenta entre su personal académico con representantes de todas las tendencias, permitiendo así una viva polémica que ofrece a los estudiantes un panorama general fácil y claro de las tendencias actuales. En estas circunstancias, me sentí tentado a aprovechar el privilegio, hoy comúnmente concedido, de asistir como oyente a las clases, y así fui una mañana, justo al comenzar el semestre de verano. Varios profesores ya habían iniciado sus cursos; la mayoría comenzaban ese día. De todas las clases a mi alcance, la más interesante fue el inicio del curso de Marheineke sobre la introducción de la filosofía hegeliana en la teología. En general, las primeras clases de los hegelianos locales en este semestre revestían un interés muy particular, porque de varias de ellas se podía estar seguro de antemano de polémicas directas contra la filosofía de la revelación de Schelling, mientras que de otras cabía esperar que no vacilaran en salvar el honor de los manes ofendidos de Hegel. El curso de Marheineke se dirigía de un modo tan evidente contra Schelling que no podía dejar de atraer una atención especial. El aula se llenó mucho antes de su llegada; jóvenes y viejos, estudiantes, oficiales y sabe Dios quién más, sentados y de pie, apiñados. Por fin entra él; la charla y el murmullo de voces cesan al instante, los sombreros vuelan como por arte de magia. Una figura firme y recia, el rostro serio y resuelto de un pensador, la alta frente coronada de cabellos encanecidos en la dura fatiga del pensar; durante la clase misma, un noble porte, nada del erudito que hunde la nariz en los apuntes de los que está leyendo, ninguna gesticulación histriónica; una postura juvenil y erguida, la mirada fija firmemente en el auditorio; la exposición misma, tranquila, digna, lenta pero siempre fluida, llana pero infinitamente rica en pensamientos impactantes que se suceden uno tras otro, cada uno más penetrante que el anterior. En la cátedra, Marheineke impresiona por su seguridad, su imperturbable firmeza y dignidad, y también por la libertad de espíritu que irradia toda su personalidad. Hoy, sin embargo, subió a la cátedra con un talante muy especial, impresionando a su auditorio con mucha más fuerza aún que de costumbre. Si durante todo un semestre había soportado pacientemente las indignas manifestaciones de Schelling sobre el difunto Hegel y su filosofía, si había escuchado tranquilamente las lecciones de Schelling hasta el final —y para un hombre como Marheineke eso no es ciertamente poca cosa—, había llegado ahora el momento en que podía responder al ataque, en que podía conducir altivos pensamientos al campo de batalla contra altivas palabras. Comenzó con observaciones generales en las que describió con trazos magistrales la actitud actual de la filosofía hacia la teología, se refirió con aprecio a Schleiermacher, diciendo que sus discípulos habían sido conducidos a la filosofía por su pensamiento, que estimulaba a pensar, y que quienes habían tomado un camino diferente debían culparse a sí mismos. Gradualmente pasó a la filosofía hegeliana y pronto hizo una clara alusión a Schelling.

«Hegel», dijo, «deseaba por encima de todo que en la filosofía se elevara uno por encima de la propia vanidad y no se comportara como si hubiera adivinado algo especial y aquí pudiera descansar ya el asunto; en particular, no era él hombre de salir con grandes promesas y palabras deslumbrantes, sino que se contentaba con dejar que la obra filosófica hablara por él. Jamás ha sido el miles gloriosus* de la filosofía que se jactaba mucho de sí mismo. — Ahora, por supuesto, nadie se considera demasiado ignorante o demasiado limitado para emitir un juicio adverso sobre él y su filosofía; y nadie puede dejar de labrar su fortuna si lleva en el bolsillo una refutación completa de la misma; pues con qué facilidad podría insinuarse con ella se ve en aquellos que se limitan a prometer una refutación y luego no cumplen su palabra.»

Ante estas últimas palabras, el aplauso del auditorio, del que ya se habían producido estallidos aislados, prorrumpió en una tormentosa aclamación que, por ser algo nuevo en una clase de teología, sorprendió sobremanera al profesor y, en su fresca espontaneidad, ofreció un contraste sorprendente con los secos vítores, apenas producidos por subvenciones, al final de las lecciones que Marheineke estaba atacando. Él calmó el aplauso con un gesto y continuó:

«Esta deseada refutación, sin embargo, no está disponible todavía, ni lo estará, mientras se empleen la irritación, el mal humor, la envidia y la pasión en general, en lugar del examen científico y sereno; mientras el gnosticismo y la fantasía se consideren suficientes para destronar al pensamiento filosófico. La primera condición de esta refutación es, por supuesto, comprender correctamente al adversario, y aquí muchos de los enemigos de Hegel son como el enano que luchaba contra el gigante, o el aún más conocido caballero que arremetía contra molinos de viento.»

Tal es el contenido principal de la primera lección de Marheineke, en la medida en que pueda interesar al gran público. Marheineke ha mostrado una vez más cuán valeroso y sereno se muestra siempre en el campo de batalla cuando se trata de defender la libertad de la ciencia. En virtud de su carácter y su perspicacia, descuella mucho más como sucesor de Hegel que Gabler, a quien suele otorgarse este título. La grandiosa y libre visión con que Hegel abarcó todo el reino del pensamiento y aprehendió los fenómenos de la vida es también herencia de Marheineke. ¿Quién le condenará si no está dispuesto a sacrificar su convicción largamente sostenida, su logro arduamente conquistado, a un desarrollo que solo ha tenido lugar en los últimos cinco años? Marheineke ha avanzado con los tiempos lo bastante como para tener derecho a un balance científico. Es en él una gran cualidad sentirse en casa incluso en las regiones más apartadas de la filosofía y hacer suya su causa, como ha hecho todos los días, desde los Hegelianos de Leo hasta la destitución de Bruno Bauer.**

Por lo demás, Marheineke se propone imprimir estas lecciones cuando estén terminadas.*

II
[Rheinische Zeitung, núm. 144, 24 de mayo de 1842]

Unos pocos estudiantes se hallaban dispersos en una amplia aula esperando al profesor. El aviso en la puerta decía que el profesor von Henning debía comenzar a esa hora una clase pública sobre el sistema financiero prusiano. Atraído por el tema, puesto al orden del día por Bülow-Cummerow, y por el nombre del profesor, uno de los discípulos más antiguos de Hegel, me sorprendió que no pareciera suscitar mayor interés. Henning entró, un hombre delgado en la flor de la edad, de fino cabello rubio, y comenzó a exponer su tema con un discurso que fluía rápidamente, quizás demasiado minucioso.

«Prusia», dijo, «se destaca entre todos los demás Estados por tener un sistema financiero basado enteramente en la moderna ciencia de la economía política, y por haber tenido el coraje, hasta ahora único, de aplicar en la práctica los resultados teóricos de Adam Smith y sus seguidores. Inglaterra, por ejemplo, donde se originaron las teorías modernas, sigue metida hasta los ojos en el viejo sistema de monopolio y prohibición; Francia, casi más aún, y ni Huskisson en el primer país ni Duchâtel en el segundo han sido capaces de superar los intereses privados con sus puntos de vista más razonables, por no hablar de Austria y Rusia; mientras que Prusia ha reconocido firmemente el principio del libre comercio y la libre industria, y ha abolido todos los monopolios y aranceles prohibitivos. Este aspecto de nuestro sistema político nos sitúa, pues, muy por encima de Estados que en otro respecto, el desarrollo de la libertad política, nos llevan mucha ventaja. Si la realización de nuestro gobierno en materia financiera ha sido tan extraordinaria, hay que admitir también, por otra parte, que existían condiciones singularmente favorables para tal reforma. El desastre de 1806 despejó el terreno sobre el que se podía erigir el nuevo edificio; las manos del gobierno no estaban atadas por un sistema representativo que permitiera a los intereses particulares imponerse. Pero desgraciadamente aún hay viejos señores cuya estrechez de miras y mal humor les hacen criticar lo nuevo y acusarlo de ser una construcción antihistórica, impráctica, impuesta por la fuerza y derivada de la teoría abstracta; como si la historia se hubiera detenido en 1806 y fuera un error que la práctica se conformara a la teoría, a la ciencia; como si la esencia de la historia fuera el estancamiento o el movimiento circular, y no el progreso; como si realmente pudiera existir una práctica desprovista de toda teoría.»

Permítaseme examinar más de cerca estos últimos puntos, con los que la opinión pública en Alemania, y particularmente en Prusia, se declarará seguramente de acuerdo; ya es hora de oponerse resueltamente a la eterna cháchara de cierto partido sobre el «desarrollo histórico, orgánico, natural», sobre el «Estado natural», etc., y desenmascarar públicamente estas deslumbrantes visiones. Si hay Estados que deben ciertamente tener en cuenta el pasado y se ven obligados a avanzar más lentamente, esto no se aplica a Prusia. Prusia no puede avanzar con suficiente rapidez, no puede desarrollarse con suficiente celeridad. Nuestro pasado yace enterrado bajo las ruinas de la Prusia anterior a Jena, ha sido barrido por el torrente de la invasión napoleónica. ¿Qué nos encadena? Ya no tenemos que arrastrar a nuestros pies esas bolas y cadenas medievales que entorpecen el progreso de tantos Estados; la suciedad de los siglos pasados

ya no se nos pega a las suelas. ¿Cómo, pues, puede hablarse aquí de desarrollo histórico sin que ello signifique un retorno al antiguo régimen? Un retroceso que sería el más vergonzoso que jamás haya existido, la negación más cobarde de los años más gloriosos de la historia prusiana, una traición —consciente o inconsciente— a la patria, ya que haría necesaria otra catástrofe como la de 1806. No, tan claro como la luz del día es que la salvación de Prusia reside únicamente en la teoría, en la ciencia, en el desarrollo por medio del intelecto. O, visto desde otro ángulo, Prusia no es un Estado «natural», sino uno que ha llegado a ser mediante la política, mediante la acción deliberada, mediante el intelecto. Desde el lado francés se ha intentado recientemente presentar esto como la mayor debilidad de nuestro Estado; por el contrario, esta circunstancia es nuestra principal fuerza, siempre que se la utilice correctamente. Prusia, si así lo quiere, puede elevarse tan por encima de los Estados «naturales» como el intelecto consciente está por encima de la naturaleza inconsciente. Dado que las diferencias provinciales en Prusia son tan grandes, el sistema debe surgir puramente del pensamiento para que ninguna provincia resulte perjudicada; entonces se producirá por sí misma una fusión gradual de las distintas provincias, disolviéndose todas las peculiaridades particulares en la unidad superior de una conciencia estatal libre, mientras que de otro modo no bastarían varios siglos para lograr la unidad legislativa y nacional interna de Prusia, y el primer golpe violento habría de acarrear consecuencias para la cohesión interna de nuestro Estado frente a las cuales ningún hombre podría ofrecer garantías fiables. El camino que otros Estados han de recorrer está determinado de antemano por un carácter nacional definido; nosotros estamos libres de esa coacción; podemos hacer de nosotros mismos lo que queramos; dejando de lado todas las demás consideraciones, Prusia puede seguir únicamente la inspiración de la razón; puede, como ningún otro Estado, aprender de la experiencia de sus vecinos; puede erigirse —lo que ningún otro país puede— como el Estado modelo de Europa, a la altura de su tiempo, y representar en sus instituciones la plena conciencia estatal de su siglo.

Ésta es nuestra vocación, para esto ha sido creada Prusia. ¿Vamos a malbaratar este futuro por unas cuantas frases huecas de una corriente muerta? ¿No escucharemos a la historia misma, que nos confía esta vocación de llevar a la vida la flor de toda teoría? La base de Prusia, lo repito una vez más, no son las ruinas de los siglos pasados, sino el espíritu eternamente joven que se hace consciente en la ciencia y se crea su propia libertad en el Estado. Y si renunciásemos al espíritu y a su libertad, estaríamos negándonos a nosotros mismos, estaríamos traicionando nuestra posesión más sagrada, estaríamos asesinando nuestra propia fuerza viva

y ya no seríamos dignos de figurar por más tiempo en las filas de los Estados europeos. Entonces la historia pronunciaría sobre nosotros su terrible sentencia de muerte: «Has sido pesado en la balanza y hallado falto».