[Bremen] 11 de septiembre [1838]

Querida Marie:

«Esperando recibir de ti otra carta de cuatro páginas, quedo, etc.». ¡Sí, pequeña tonta, tendrás cuatro páginas, pero conforme al dicho de que con la misma medida con que midáis se os medirá, y aun eso es demasiado para ti. Pues yo consigo meter en una página pequeña como ésta tanto como tú en una grande, y te prohíbo semejante desperdicio de papel en adelante; cuando el Gordo escribe tan desparramado, eso es otra cosa. ¿Me entiendes, pequeña señorita? — Si este año no vais a Xanten, tienes que decir:

Consuélate con Job
y unge al monje con jarabe.

Yo no puedo remediarlo, dicen aquí en Bremen. Podéis imaginaros que ya habéis estado allí; y, Marie, ¿no sabes cómo se puso Hermann cuando tomó una copa de vino? La bebió muy despacio, para gozar del placer largo rato. Así que debéis deciros: si estuviéramos ahora en Xanten, no podríamos alegrarnos de tener todavía que ir, pero ahora tenemos todo un año lleno de esperanza por delante y podemos alegrarnos a nuestras anchas. Mira, ésa es la manera política: Sócrates y Eulenspiegel dirían exactamente lo mismo. Recuérdalo para el futuro. Ya ves que puedo sermonearte yo tan bien como tú a mí. Y cuando vuelvas a escribirme, no empieces cada párrafo con «Figúrate». ¿Cómo has adquirido tan noble costumbre? ¿Cómo puedes decir «no sé de qué más escribir» si aún no me has contado qué boletín de notas tenéis Anna y tú y quién ha elaborado vuestro programa este año? El Gordo también habrá soltado un par de bromas en las ocho semanas que llevo fuera; ¿no habrías podido escribirme algo al respecto? ¡Cuántas otras cosas pueden haber ocurrido de las que yo no sé nada! Dime, ¿qué clase de excusa es «no sé de qué más escribir»? Yo tampoco sé sobre qué escribir. Cuando empiezo una línea, todavía no sé qué pondré en la siguiente, pero siempre se me ocurre algo, y espero que lo que te escribo te sea útil y de no poca ganancia. Pero tú, en cuanto llenas dos páginas con renglones muy separados, en seguida crees haber realizado un colosal trabajo hercúleo, ¿y qué hay de mí? Cuando termine esta carta para ti, todavía tengo que escribir otras tres, y han de estar listas para el correo mañana o pasado. Y no tengo mucho tiempo, pues esta tarde la Panchita zarpa para La Habana, y así tengo que copiar cartas en lugar de escribir algunas por mi cuenta. A mediodía espero una carta de Stricker, y luego también querrá respuesta, y no puedo escribir exactamente lo mismo a uno que lo que he escrito a otro. Así que, ¿ves que sería justo que me escribieras seis páginas y no deberías quejarte si yo sólo te escribiera una sexta parte de página? Sin embargo, este sermón ya es tan largo como toda tu carta, y para que veas que también puedo escribir sobre otras cosas, me tomaré ahora la libertad de decirte que, si tengo pinceles antes de que salga esta carta, adjuntaré unos cuantos dibujos de los trajes de los campesinos de Bremen. — Pero ahora tienes razón, no sé sobre qué más escribir, pero quiero ver si se me ocurre algo más. Las cuatro páginas se llenarán, y además con toda honestidad.

Lo que es muy desagradable es que por las tardes cierran las puertas de la ciudad al oscurecer, y quien quiera salir o entrar tiene que pagar un peaje; ahora empieza a las siete, cuando hay que pagar dos groschen, y esto aumenta a medida que se hace más tarde. Después de las nueve se pagan tres groschen, a las diez seis y a las once doce. Si vas a caballo tienes que pagar aún más. Yo también he tenido que pagar peaje una o dos veces. — El Cónsul está en este momento hablando con el señor Grave sobre las cartas que hay que escribir esta tarde. Estoy escuchando con la mayor emoción, como un bribón que ve regresar al jurado y espera oír «Culpable» o «No culpable». En cuanto Grave empieza a escribir, antes de darme cuenta tengo seis, siete, ocho o incluso más cartas que copiar, cada una de las cuales puede ser de una, dos o quizá tres páginas. En el tiempo que llevo aquí ya he copiado cuarenta páginas, cuarenta páginas en un enorme cuaderno de copias. Otra carta para Baltimore está ahora delante de mí, y mira, las cuatro páginas están llenas, son las 11:30 y voy a ir al correo con el pretexto de recoger las cartas del Cónsul, pero en realidad para ver si hay carta de Stricker.

Adieu, querida Marie, espero con ansias cuatro páginas grandes.

Tu hermano

Friedrich