«No es sino un apetito de la sangre y un permiso de la voluntad.» *

Colonia, 29 de noviembre. En su ocasional polémica contra la *Rheinische Zeitung*, el *Augsburg Allgemeine Zeitung* emplea unas tácticas tan características como loables, las cuales, si se prosiguen de manera consecuente, no dejarán de impresionar al sector superficial del público. A todo rechazo que merecen sus ataques a los principios y a la orientación de la *Rheinische Zeitung*, a todo tema esencial de controversia, a todo ataque de principio por parte de la *Rheinische Zeitung*, la respuesta del periódico de Augsburgo ha sido envolverse en el ambiguo manto del silencio, de modo que siempre resulta imposible decidir si ese silencio debe su discreta existencia a una conciencia de debilidad que le impide replicar, o a una conciencia de superioridad que le hace no querer replicar. No tenemos ningún reproche especial que hacer al periódico de Augsburgo por este motivo, pues nos trata simplemente como trata a Alemania, a la que —según cree— puede mostrar de la manera más benéfica su simpatía guardando un meditabundo silencio, interrumpido tan sólo de tarde en tarde por apuntes de viaje, boletines de salud y epitalamios parafraseados. Bien puede ser que el periódico de Augsburgo acierte al considerar su silencio como una contribución al bien público.

Además de las tácticas del silencio, la dama de Augsburgo emplea, empero, otro método de controversia, el cual, con su verbosa, complaciente y arrogante locuacidad, viene a ser, por así decirlo, el complemento activo de la anterior quietud pasiva y melancólica. La dama de Augsburgo calla cuando se trata de una lucha de principios, de la esencia del asunto, pero acecha, observa desde lejos, y aprovecha la ocasión en que su adversaria descuida el vestido, da un paso en falso en el baile o deja caer el pañuelo; y entonces «remilga la virtud y menea la cabeza». Lanza al aire su enojo largamente reprimido y bienintencionado con imperturbable aplomo, con toda la indignación de la mojigatería en el vestir, y grita a Alemania: «¡Ahí lo veis, ése es el carácter, ése es el temple de ánimo, ésa es la consecuencia de la *Rheinische Zeitung*!».

«Ahí están el infierno, ahí las tinieblas, ahí el abismo sulfuroso, ardor, hedor abrasador, consumción; ¡uf, uf, uf! ¡pah, pah! Dadme una onza de algalia, buen boticario».

Mediante tan ruidosos impromptus, la dama de Augsburgo es capaz no sólo de recordar al público olvidadizo su virtud fenecida, su honorable carácter y su madura edad, y de adornar sus sienes hundidas con gastados y desvaídos recuerdos, sino incluso de obtener subrepticiamente algunos otros éxitos prácticos, aparte de estos mezquinos e inocuos triunfos de coquetería. Se enfrenta a la *Rheinische Zeitung* cual campeadora robusta, *quasi re bene gesta*,* vociferando, vituperando, provocando, y sus insolentes provocaciones hacen que el mundo olvide su senil silencio y su retirada más reciente. Además, se crea y cultiva diligentemente la apariencia de que la lucha entre el *Augsburg A. Z.* y la *Rheinische Zeitung* gira en torno a esta clase de mezquindades, escándalos y solecismos indumentarios. La legión de gentes poco inteligentes e irresponsables, que no comprenden la lucha esencial en la que nosotros hablamos y la dama de Augsburgo calla, pero que, en cambio, reconocen su propia alma bella en las quisquillosas censuras y críticas mezquinas del *Augsburg A. Z.*, aplaude y rinde pleitesía a la honorable dama que castiga a su díscola adversaria con tanta habilidad y moderación, más para educarla que para herirla. En el número 329 del *Augsburg A. Z.* se encuentra otra muestra de esta polémica excesivamente sutil, repelente y pueblerina.

Un corresponsal informa desde el Main que el *Augsburg Allg. Ztg.* elogió la novela política de Julius Mosen, *El Congreso de Verona*, porque la editó la casa editorial Cotta. Confesamos que, por su falta de valor, sólo hojeamos de vez en cuando la sección de crítica literaria del *Augsburg A. Z.*, y no conocemos su crítica de Mosen. En este asunto depositamos sin reservas nuestra confianza en la conciencia del corresponsal. Suponiendo que el hecho sea correcto, el informe no es en sí inverosímil, pues, según recientes explicaciones que han sido respondidas con una refutación basada en argucias y no en razones sólidas, la independencia de la conciencia crítica del *Augsburg A. Z.* respecto al lugar de impresión en Stuttgart se halla al menos en entredicho. Por consiguiente, lo único que queda es que no sabíamos dónde se había impreso la novela política, y, en fin, no saberlo no es un pecado político mortal.

Más tarde, informada del error sobre el lugar de impresión, la redacción declaró en una nota:

«Acabamos de saber que *El Congreso de Verona*, del poeta Julius Mosen, no fue publicado por Cotta y, por tanto, rogamos a nuestros lectores que hagan esta corrección al informe del Main inserto en el número 317 de este año».

Puesto que el principal reproche dirigido por el corresponsal del Main contra el *Augsburg Allgemeine Zeitung* se basaba exclusivamente en la premisa de que *El Congreso de Verona* había sido publicado por Cotta, puesto que nosotros hemos explicado que no era así, y puesto que todo argumento queda invalidado cuando su premisa queda abolida, teníamos derecho cuando menos a hacer la extravagante exigencia a la inteligencia de nuestros lectores de que corrigieran el informe del Main a la luz de esta declaración, y podíamos creer que habíamos reparado nuestra injusticia con el *Augsburg A. Z.* Pero ¡ved la lógica de Augsburgo! La lógica de Augsburgo interpreta nuestra corrección del siguiente modo:

«Si *El Congreso de Verona* de Mosen hubiera sido publicado por Cotta, todos los amigos del derecho y de la libertad tendrían que considerarlo como un libro sucio e invendible; pero, como después hemos sabido que se publicó en Berlín, rogamos a nuestros estimados lectores que, en palabras del propio poeta, lo acojan como uno de los espíritus de la eterna juventud, que avanzan por su senda radiante pisoteando sin piedad a la vieja pandilla».

«¡Ese tipo maneja su arco como un guardacuervos: trázame una vara de pañero! —¡Al blanco, al blanco, juá!».

«Eso —exclama triunfante la dama de Augsburgo—, ¡eso es lo que la *Rheinische Zeitung* llama su temple de ánimo, su consecuencia!».

¿Ha declarado alguna vez la *Rheinische Zeitung* que las consecuencias de la lógica de Augsburgo sean su consecuencia, o que el temple de ánimo en que esta lógica se basa sea su temple de ánimo? La dama de Augsburgo sólo podía concluir: «¡Ésa es la manera como se malentienden en Augsburgo la consecuencia y el temple de ánimo!». ¿O cree seriamente el *Augsburg Allgemeine Zeitung* que, mediante el brindis de Mosen, habríamos querido ofrecer un comentario correctivo para enjuiciar *El Congreso de Verona*? Tratamos la fiesta de Schiller con bastante extensión en un artículo de fondo. Señalamos a Schiller «como el profeta del nuevo movimiento de los espíritus» (núm. 326, correspondencia de Leipzig) y destacamos el significado resultante de aquella celebración. ¿Por qué habríamos de repudiar el brindis de Mosen, que subrayaba ese significado? ¿Acaso porque contiene una pulla contra el *Augsburg Allgemeine Zeitung*, que éste ya merecía por su condena de Herwegh? Pero todo eso nada tenía que ver con el informe del Main, pues en tal caso hubiéramos tenido que escribir, como la dama de Augsburgo nos imputa: «El lector debe juzgar el informe del Main del número 317 a la luz del poema de Mosen del número 320». La lógica de Augsburgo inventa deliberadamente este disparate para poder arrojárnoslo. El juicio de la *Rheinische Zeitung* en el artículo de fondo del número 317 sobre el «Bernhard von Weimar» de Mosen demuestra, aunque no necesita demostración, que en lo que respecta a Mosen no se ha apartado ni un ápice de su acostumbrada crítica objetiva.

Por lo demás, reconocemos ante la dama de Augsburgo que ni siquiera la *Rheinische Zeitung* es apenas capaz de repeler a los condotieros literarios, esa chusma importuna y repugnante que ha surgido por toda Alemania en la era periodística de la que el *Augsburg A. Z.* es la encarnación.

Por último, el periódico de Augsburgo nos recuerda la balista que «lanza grandes palabras y frases que dejan intacta la realidad». El *Augsburg A. Z.*, desde luego, roza todas las realidades posibles, la realidad mexicana, la brasileña, pero no la realidad alemana, ni siquiera la realidad bávara; y si por una vez roza algo de ese género, invariablemente toma la apariencia por realidad y la realidad por apariencia. Cuando se trata de la realidad espiritual y verdadera, la *Rheinische Zeitung* podría exclamar a la dama de Augsburgo con las palabras de Lear: «Haz lo peor, ciego Cupido… Lee tú este desafío», y la dama de Augsburgo respondería con Gloucester: «Aunque todas tus letras fueran soles, no podría ver».