Sigue ahora, como prometimos en el capítulo anterior, la prueba
de que la susodicha suma de 25 táleros es propiedad personal del
querido Señor.

¡No tienen dueño! Pensamiento sublime, ningún poder mortal
los posee, pero el elevado poder que navega sobre las nubes
abraza el Todo, incluyendo por tanto los susodichos 25 táleros; con
sus alas tejidas de día y noche, de sol y estrellas, de montañas
imponentes y arenas infinitas, que resuenan como con armonías
y el fragor de la cascada, roza donde ninguna mano mortal alcanza,
incluyendo por tanto los susodichos 25 táleros, y — pero no puedo
decir más, mi ser más íntimo se estremece, contemplo el Todo y a
mí mismo y los susodichos 25 táleros, qué sustancia en estas tres
palabras, su punto de vista es la infinitud, su tintineo es música
angélica, recuerdan el Juicio Final y el erario público, pues — era
Grethe, la cocinera, a quien Escorpión, conmovido por los relatos
de su amigo Félix, arrebatado por su melodía de alas de llamas,
dominado por su vigorosa emoción juvenil, estrecha contra su
corazón, sintiendo un hada dentro de ella.

Concluyo, pues, que las hadas llevan barba, pues Magdalena
Grethe, no la Magdalena arrepentida, estaba ataviada como un
guerrero celoso de su honor con patillas y bigotes; los rizos
sobre las suaves mejillas acariciaban la barbilla finamente modelada
que, como un peñasco en mares solitarios — que los hombres, sin
embargo, contemplan de lejos —, sobresalía del chato plato de sopa
aguanosa de un rostro, enorme y orgullosamente consciente de su
sublimidad, hendiendo el aire, para conmover a los dioses y
abrumar a los hombres.

Primeros experimentos literarios 617

La diosa de la fantasía parecía haber soñado con una belleza
barbada y haberse extraviado en los campos encantados de su
vasto semblante; cuando despertó, he aquí que era la propia Grethe
quien había soñado, sueños espantosos de que ella era la gran
ramera de Babilonia, el Apocalipsis de San Juan y la ira de Dios,
y que sobre la piel finamente surcada Él había hecho brotar un
campo de rastrojo punzante, para que su belleza no incitase al
pecado, y para que su juventud fuese protegida, como la rosa por
sus espinas, para que el mundo

al conocimiento aspirase
y no por ella se abrasase.

Capítulo 12

«¡Un caballo! ¡Un caballo! ¡Mi reino por un caballo!», dijo Ricardo III.⁰
«¡Un marido, un marido, yo misma por un marido!», dijo Grethe.

Capítulo 16

«En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios. Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, y contemplamos su gloria».ⁱ

¡Pensamiento inocente, hermoso! Sin embargo, estas asociaciones
de ideas llevaron a Grethe al pensamiento de que el Verbo habita
en los muslos, así como en Shakespeare Tersites cree que Áyax
lleva el ingenio en el vientre y las entrañas en la cabeza,⁲ y estando
convencida — Grethe, no Áyax — e imbuida de entendimiento de
cómo el Verbo se había hecho carne, vio en los muslos su
expresión simbólica, contempló su gloria y decidió — lavarlos.

Capítulo 19

Pero ella tenía grandes ojos azules, y los ojos azules son vulgares,
como el agua del Spree.

Hay una inocencia tonta, sentimental, en su expresión, una
inocencia que se compadece de sí misma, una inocencia acuosa que
se evapora al acercarse el fuego en vapor gris, y nada más hay
detrás de estos ojos; su mundo entero es azul y su alma un saquito
azul, pero en cuanto a los ojos castaños — suyo es el reino del
ideal, y el infinito, estimulante mundo de la noche dormita en

sus profundidades, relámpagos del alma brotan de ellos, y en su
mirada hay música como las canciones de Mignon, una lejana y
suave tierra de resplandor donde habita un dios rico que suntuosamente
se deleita en sus propias profundidades y, absorto en la universalidad
de su ser, derrama infinitud y sufre infinitud. Estamos como
hechizados, querríamos estrechar contra nuestro pecho al ser
melodioso, profundo, pleno de alma, y sorber el espíritu de sus
ojos y hacer canciones de sus miradas.

Amamos el mundo de rica animación que se abre ante nosotros,
vemos en el trasfondo grandes pensamientos solares, sentimos un
sufrimiento demoníaco, y ante nosotros delicadas figuras siguen
los compases de la danza circular y nos saludan y, como las
Gracias, se retiran tímidamente apenas son reconocidas.

Capítulo 21
Cavilaciones filológicas

Félix se arrancó de los abrazos de su amigo de manera poco
suave, pues no sospechaba la naturaleza profunda y emotiva de
este, y en ese momento estaba ocupado en la continuación de
su — digestión, a la que ahora dirigimos un último requerimiento
para que ponga la piedra de coronación a su gran obra, ya que está
deteniendo nuestra trama.

Así pensó también Merten para sí, pues un fuerte golpe, que
Félix sintió, había sido asestado por su ancha mano histórica.

El nombre Merten recuerda a Carlos Martel, y en efecto Félix
creyó haber sido acariciado con un martillo, tan agradable fue la
conmoción eléctrica que recibió.

Abrió los ojos de par en par, se tambaleó sobre sus pies y pensó
en sus pecados y en el Juicio Final.

Pero yo meditaba sobre la materia eléctrica, sobre el galvanismo,
sobre las doctas cartas de Franklin a su geométrica amiga, y sobre
Merten, pues siento intensa curiosidad por saber qué se esconde
detrás de este nombre.

Está fuera de duda que el hombre mismo es un descendiente
directo de Martel: me lo aseguró el sacristán, aunque a este
período le falte toda armonía.

La l se convierte en una n, y puesto que Martel, como sabe todo
el que esté familiarizado con la historia, es un inglés y en inglés la
a se pronuncia a menudo como la «eh» alemana, que aparece como
«e» en Merten, bien puede Merten ser otra forma de Martel.

Puesto que entre los antiguos germanos los nombres servían para
expresar el carácter de su portador, como puede verse por apodos
tales como Krug el Caballero, Raupach el Consejero Áulico, Hegel
el Enano, puede

Primeros experimentos literarios 619

concluirse que Merten es un hombre rico y respetable, aunque de
oficio sea sastre y en esta historia el padre de Escorpión.

Esto justifica una nueva hipótesis: en parte porque es sastre,
en parte porque el nombre de su hijo es Escorpión, es altamente
probable que descienda de Marte, el dios de la guerra, genitivo
Martis, acusativo griego Martin, Mertin, Merten, ya que el arte del
dios de la guerra, como la del sastre, consiste en cortar, pues corta
brazos y piernas y hace pedazos la felicidad de la tierra.

El escorpión, además, es un animal venenoso que mata con la
mirada, cuyas heridas son fatales, cuyos ojos descargan rayos
aniquiladores, fina alegoría de la guerra, cuya mirada es letal,
cuyas consecuencias dejan cicatrices en la víctima que sangran
internamente y ya no tienen curación.

Como, sin embargo, Merten tenía poco del pagano, sino que
era, por el contrario, del más cristiano talante, parece aún más
probable que sea descendiente de San Martín. Un leve desplazamiento
de las vocales nos da Mirtan; la i en el habla del pueblo llano se
pronuncia a menudo e, como en «gib mer» en lugar de «gib mir»,
y en inglés, como ya se ha señalado, la a se pronuncia a menudo «eh»,
lo que con el paso del tiempo puede fácilmente convertirse en e,
especialmente con el crecimiento de la cultura; y así el nombre
Merten evoluciona de modo muy natural y significa un sastre
cristiano.

Aunque este derivado es bastante probable y se funda en profundas
razones, no podemos, sin embargo, abstenernos de mencionar otro
que mucho hace para debilitar nuestra fe en San Martín, a quien
solo sería posible considerar como santo patrono, ya que, a nuestro
leal saber y entender, nunca se casó y por tanto no pudo tener
descendiente varón.

Esta duda parece ser reforzada por el hecho siguiente. Todos
los miembros de la familia Merten, como el Vicario de Wakefield,
tenían por costumbre casarse tan pronto como fuera posible, y así
cada generación se adornaba a tiempo con la corona de Myrthen
[mirto], y esto solo — a menos que se recurra a milagros — explica
el nacimiento de Merten y su aparición en esta historia como
padre de Escorpión.

«Myrthen», por supuesto, tendría que perder la «h», ya que al
concluir un matrimonio la «Eh» se acentúa y así se suprime la
«he», de modo que «Myrthen» se convierte en «Myrten».

La «y» es una «v» griega, no una letra alemana en absoluto.
Puesto que la familia Merten, como hemos establecido, era de
sólida cepa alemana y al mismo tiempo una cristianísima familia
de sastres, la extranjera y

pagana «y» cambió por necesidad en una «i» alemana; y porque

en esta misma familia el matrimonio es el rasgo dominante,
mientras que la vocal «i» es estridente y ascendente en contraste
con la suave dulzura de los matrimonios Merten, se transformó en
una «eh» y más tarde, para que la audaz alteración no llamase la
atención, en «e», la cual, siendo un sonido breve, sirve para indicar
la firmeza de espíritu desplegada en la solemnización del
matrimonio, de modo que en el alemán «Merten», abierto a
diversas interpretaciones, «Myrthen» alcanza la cima de la perfección.

De acuerdo con esta deducción deberíamos tener el sastre
cristiano de San Martín, el acrisolado coraje de Martel, la rápida
resolución del dios de la guerra Marte unidos con aquella
propensión al matrimonio que reverbera en las dos es de «Merten»,
de manera que esta hipótesis reúne dentro de sí todas las
anteriores y al mismo tiempo las invalida.

Una opinión diferente es presentada por el escoliasta que con
gran diligencia y asiduos desvelos escribió comentarios sobre el
antiguo historiador del que hemos entresacado nuestra historia.

Aunque no podemos aceptarla, su opinión merece, no obstante,
una apreciación crítica, ya que se originó en la mente de un hombre
que combinaba una inmensa erudición con una gran pericia en
fumar, de modo que sus pergaminos estaban envueltos en humos
santos de tabaco y así, en un éxtasis pítico de incienso, llenos de
oráculos.

Él cree que «Merten» debe venir del alemán «Mehren»
[multiplicar], que a su vez viene de «Meer» [mar], porque los
matrimonios Merten se multiplicaban como la arena del mar,
y porque en el concepto de sastre se oculta el concepto de un
«Mehrer» [multiplicador], ya que de simios hace hombres.

Es sobre investigaciones tan minuciosas y profundas como estas
que él ha fundado su hipótesis.

Al leer esto, quedé como mareado de asombro, el oráculo
tabáquico me transportó, pero pronto la fría y discernidora razón
despertó y reunió los siguientes contraargumentos.

Concedo al susodicho escoliasta que el concepto de sastre
pueda incluir el de multiplicador, pero el concepto de multiplicador
no debe considerarse de ningún modo que abarque el concepto de
disminuidor, ya que esto sería una contradictio in terminis, que
nosotros podemos explicar a las damas como la equiparación de
Dios con el Diablo, la charla de salón con el ingenio, y a las
propias damas con filósofos. Pero si «Merten» se derivaba de
«Mehrer», entonces claramente la palabra habría perdido, por tanto
no ganado, una «h», lo que se ha demostrado que está en contradicción
con la sustancia de su naturaleza formal.

Así, «Merten» no puede posiblemente derivarse de «Mehren», y
su derivación de Meer queda refutada por el hecho de que las

familias Merten nunca han caído al agua ni han vacilado jamás,
sino que han sido una piadosa familia de sastres, lo cual está en
contradicción con el concepto de un mar salvaje y tormentoso, por
cuyas razones se hace manifiesto que el susodicho autor, pese a su
infalibilidad, se equivocó y que la nuestra es la única deducción
verdadera.

Tras esta victoria estoy demasiado fatigado para proseguir y
saborearé la dicha de la autosatisfacción, un momento de la cual,
como declara Winckelmann, vale más que toda la alabanza de la
posteridad, aunque de esto estoy tan convencido como lo estuvo
Plinio el Joven.

Capítulo 22

“Quocumque adspicias, nihil est nisi pontus et aer,
Fluctibus hic tumidis, nubibus ille minax.

Inter utrumque fremunt immani turbine venti:
Nescit, cui domino pareat, unda maris.

Rector in incerto est: nec quid fugiatve petatve
Invenit: ambiguis ars stupet ipsa malis.” *

“Mires donde mires, nada hay que ver sino Escorpión y Merten,
Aquél en torrentes de lágrimas, éste anublado de ira.
Salvaje es la tormenta de palabras que entre ellos ruge sin tregua,
Y el mar agitado no sabe a cuál de los dos obedecer.
Yo, el timonel, no sé escoger entre escribir y callar;
De la confusión, el arte se acobarda en rincones y agujeros.”

Así relata Ovidio en sus libri tristium la triste historia que, como secuela, sucede a lo que antes aconteció. La tarea claramente lo superaba, pero yo prosigo la historia como sigue:

Capítulo 23

Ovidio estaba sentado en Tomis, adonde el dios Augusto lo había arrojado en su cólera, porque poseía más genio que sensatez.

Allí, entre los bárbaros salvajes, se marchitaba el tierno poeta del amor, cuya ruina el amor mismo había causado. Sumido en profundos pensamientos, apoyaba la cabeza en la mano derecha, y sus ojos anhelantes vagaban hacia el lejano Lacio. El corazón del cantor estaba partido, y sin embargo no podía abandonar la esperanza, y su lira no podía callar, y en dulces cantos de apasionada melodía expresaba su añoranza y su dolor.

En torno a los frágiles miembros del anciano silbaba el viento del norte, de modo que lo invadían escalofríos desconocidos, pues su vida había florecido en la cálida tierra del Sur, y allí su imaginación había ataviado sus ricas y ardientes travesuras con ropajes de esplendor, y cuando estos hijos del genio se volvían demasiado audaces, entonces sobre sus hombros la Gracia echaba con suavidad su divina y envolvente guirnalda de velos, de suerte que los pliegues etéreos se extendían ampliamente y caía una lluvia de cálidas gotas de rocío.

“¡Pronto polvo, pobre poeta!”, y una lágrima rodó por la mejilla del anciano, cuando— se oyó el potente bajo de Merten, incitado contra Escorpión

Capítulo 27

“Ignorancia, ignorancia ilimitada.”

“¡Porque (remite a un capítulo anterior) sus rodillas se doblegaban demasiado hacia cierto lado!”; pero falta la definición, la definición, y ¿quién definirá, quién determinará cuál es el lado derecho y cuál el izquierdo?

Dime, mortal, de dónde viene el viento, o si Dios tiene nariz en el rostro, y yo te diré cuál es el derecho y cuál el izquierdo.

¡Nada más que conceptos relativos, beber de la sabiduría es ganar solo locura y frenesí!

Oh, vano es todo nuestro afán, nuestra añoranza es locura, hasta que hayamos determinado cuál es el derecho y cuál el izquierdo, pues él pondrá los cabritos a la mano izquierda y las ovejas a la derecha.

Si se vuelve, si mira en otra dirección, porque de noche tuvo un sueño, entonces, según nuestras mezquinas ideas, los cabritos estarán de pie a la derecha y los piadosos a la izquierda.

Defíneme, pues, cuál es el derecho y cuál el izquierdo, y todo el enigma de la creación queda resuelto, Acheronta movebo, deduciré para ti con exactitud en qué lado vendrá a parar tu alma, de lo cual inferiré además en qué escalón te encuentras ahora; pues aquella relación primordial parece ser mensurable con ayuda de la definición del Señor respecto a dónde estás, pero tu posición presente puede juzgarse por el grosor de tu cráneo. Estoy aturdido —si apareciera un Mefistófeles, yo sería Fausto, pues es evidente que todos y cada uno de nosotros somos un Fausto, ya que no sabemos cuál es el lado derecho y cuál el izquierdo; nuestra vida es, por tanto, un circo, corremos en círculos, intentamos encontrar lados, hasta que caemos en la arena y el gladiador, la Vida, nos mata. Necesitamos un nuevo salvador, pues —me robas el sueño, pensamiento atormentador, me robas la salud, me estás matando— no podemos distinguir el lado izquierdo del derecho, no sabemos dónde se hallan.

Early Literary Experiments 623

Capítulo 28

“Claramente en la luna, en la luna yacen las piedras lunares, la falsedad en el pecho de las mujeres, la arena en el mar y las montañas en la tierra”, respondió un hombre que llamó a mi puerta sin esperar a que yo lo invitara a entrar.

Rápidamente hice a un lado mis papeles, dije que me alegraba mucho no haberlo conocido antes, pues así tenía ahora el placer de hacerlo, que en su enseñanza había gran sabiduría, que todas mis dudas quedaban acalladas por sus palabras; pero lo único era que, por rápido que yo hablara, él hablaba aún más rápido, sonidos sibilantes brotaban de entre sus dientes, y el hombre entero, según percibí con un escalofrío al examinarlo e inspeccionarlo más de cerca, parecía un lagarto reseco, nada más que un lagarto, que se había arrastrado fuera de mampostería desmoronada.

Era de complexión rechoncha, y su estatura tenía mucho en común con la de mi estufa. Sus ojos podían llamarse verdes antes que rojos, puntitos antes que relámpagos, y él mismo más duende que hombre.

¡Un genio! Lo reconocí rápida y certeramente, pues su nariz había brotado de su cráneo como Palas Atenea de la cabeza del padre Zeus, hecho al que atribuí también su delicado resplandor escarlata, indicador de origen etéreo, mientras que la cabeza misma podría describirse como carente de pelo, a no ser que se quisiera aplicar el término de cobertura craneal a una gruesa capa de pomada que, junto con diversos productos del aire y de los elementos, incrustaba ricamente la montaña primigenia.

Todo en él delataba altura y profundidad, pero su estructura facial parecía traicionar a un hombre de papeles, pues las mejillas estaban ahuecadas como lisas palanganas y tan bien protegidas contra la lluvia por las gigantescas prominencias de los pómulos, que podían servir de recipientes para documentos y decretos gubernamentales.

En suma, todo revela que era el mismísimo dios del amor, si no fuera porque se parecía a sí mismo, y que su nombre tiene una dulce resonancia como el amor, si no recordara más bien a un enebro.

Le rogué que se calmara, pues afirmaba ser un héroe, a lo que yo interpuse humildemente que los héroes habían sido de complexión algo más fina, que los heraldos, por su parte, habían tenido voces de tono más simple, menos artificioso, más armonioso, y que Hero, por último, era la belleza transfigurada, una naturaleza verdaderamente bella en la que forma y alma rivalizaban entre sí, pretendiendo cada una ser la única fuente de su perfección, y que, por tanto, ella no era adecuada para su amor.

Pero él replicó que tenía una p-p-potente estru-u-uctura ósea, que tenía una s-s-sombra tan buena como la de cualquiera e incluso mejor, porque arrojaba más s-s-sombra que luz en torno suyo, y así su e-e-esposa podría refrescarse en su sombra, prosperar y convertirse ella misma en una s-s-sombra, que yo era un hombre to-to-tosco y un genio de alcantarilla y un zoquete por añadidura, que se ll-llamaba Engelbert, nombre que sonaba m-m-mejor que E-E-Escorpión, que yo me había equivocado en el Capítulo 19 porque los ojos azules eran más hermosos que los marrones, y los ojos de p-p-paloma* eran los más es-p-p-irituales, y que, aunque él mismo no fuera una paloma, era al menos sordo** a la razón, y además defendía el derecho de primogenitura y poseía un lavabo.

“E-E-Ella recibirá mi m-m-mano derecha en esponsales, y basta ya de tus investigaciones sobre el derecho y el izquierdo; ella vive justo enfrente, ni a la derecha ni a la izquierda.”

La puerta se cerró de golpe, de mi alma emanó una aparición celestial, los dulces tonos de la conversación cesaron, pero por el ojo de la cerradura llegó un susurro fantasmal: “¡Klingholz, Klingholz!”.

Capítulo 29

Permanecí sumido en profundos pensamientos, dejé a un lado a Locke, Fichte y Kant, y me entregué a una reflexión profunda para descubrir qué podía tener que ver un lavabo con el derecho de primogenitura, y de repente me vino como un relámpago, y en una melodiosa sucesión de pensamientos, uno tras otro, mi visión se iluminó y una forma radiante apareció ante mis ojos.

El derecho de primogenitura es el lavabo de la aristocracia, pues un lavabo solo existe con el propósito de lavar. Pero lavar blanquea, y así da un pálido brillo a lo lavado. Así también el derecho de primogenitura platea al hijo mayor de la casa, le da un pálido brillo plateado, mientras que a los demás miembros les imprime el pálido tinte romántico de la penuria.

Quien se baña en los ríos, se arroja contra el elemento impetuoso, combate su furia y con fuertes brazos forcejea contra él; pero quien se sienta en el lavabo, permanece en reclusión, contemplando las esquinas de las paredes.

* Taube en alemán. — Ed.
** Tauber en alemán. — Ed.

Early Literary Experiments 625

El mortal ordinario, es decir, el que no tiene derecho de primogenitura, combate las tormentas de la vida, se arroja al mar ondulante y arrebata perlas de derechos prometeicos de sus profundidades, y ante sus ojos aparece en gloria la forma interior de la Idea, y crea con mayor audacia; pero al que tiene derecho a la herencia de primogenitura solo le caen gotas encima, por miedo a forzarse un miembro, y así se sienta en un lavabo.

¡Hallada, la piedra filosofal!

Capítulo 30

Así, en nuestro tiempo, como se desprende de las dos consideraciones que acabo de exponer, no puede componerse epopeya alguna.

En primer lugar, al entregarnos a profundas especulaciones sobre el tema del lado derecho y el izquierdo, despojamos a estas expresiones poéticas de su ropaje poético, como Apolo desolló a Marsias, y las convertimos en una encarnación de la duda, como el deforme mandril, que tiene ojos para no ver y es un Argo al revés; pues este último tenía cien ojos para hallar lo perdido, mientras que aquel, el miserable asaltante del cielo, la duda misma, posee cien ojos para volver invisible lo visto.

Pero el lado, la situación, es uno de los prerrequisitos principales de la poesía épica, y tan pronto como no hay más lados, lo cual ha quedado demostrado que es nuestro caso, la poesía épica solo puede surgir de su sueño de muerte cuando el estruendo de las trompetas despierte a Jericó.

Además, hemos descubierto la piedra filosofal; todo el mundo apunta por desgracia a la piedra y ellos

Capítulo 31

Yacían en el suelo, Escorpión y Merten, pues la aparición sobrenatural (remite a un capítulo anterior) les había destrozado los nervios de tal modo que, en el caos de la expansión, que, como el embrión, aún no se había desprendido de las relaciones mundanas para asumir forma separada, la fuerza cohesiva de sus miembros se había desintegrado, de suerte que sus narices les colgaban hasta el ombligo y sus cabezas se hundían en el suelo.

Merten derramaba espesa sangre que contenía mucho hierro —cuánto, no puedo determinarlo, el estado general de la química sigue siendo insatisfactorio.

La química orgánica en particular se vuelve cada día más confusa a fuerza de simplificación, en la medida en que cada día se descubren nuevos elementos que tienen esto en común con los obispos: que llevan los nombres de países que pertenecen a los infieles y están situados in partibus infidelium, nombres, además, que son tan extensos como el título de un miembro de numerosas sociedades doctas y de los príncipes imperiales alemanes, nombres que son librepensadores entre los nombres, porque no se dejan atar a ninguna lengua.

En general, ¡la química orgánica es una hereje al pretender explicar la vida mediante un proceso muerto! Pecando contra la vida, como si yo pretendiera derivar el amor del álgebra.

Todo el asunto descansa claramente en la teoría del proceso, que aún no ha sido propiamente elaborada, ni podrá serlo jamás, porque se basa en el juego de cartas, un juego de puro azar, en el que el as desempeña un papel protagonista.

El as es, sin embargo, el fundamento de toda la jurisprudencia reciente, pues una noche Irnerio perdió a las cartas, vino directamente de una reunión de damas, primorosamente vestido con un frac azul, zapatos nuevos de largas hebillas y un chaleco de seda carmesí, y se sentó y escribió una dissertatio sobre el as, lo cual lo llevó luego a comenzar a enseñar derecho romano.

Ahora el derecho romano lo abarca todo, incluso la teoría del proceso e incluso la química —pues es el microcosmos que se ha desprendido del macrocosmos, como ha demostrado Pacius. 
Los cuatro libros de las Institutiones son los cuatro elementos, los siete libros de las Pandectas son los siete planetas y los doce libros del Codex son los doce signos del zodíaco. 
Ningún espíritu, sin embargo, penetraba el todo; era simplemente Grethe, la cocinera, que anunciaba que la cena estaba lista. 
En violenta agitación, Escorpión y Merten habían mantenido los ojos cerrados y por eso habían confundido a Grethe con un hada. Cuando se recuperaron de su terror español, que databa de la última derrota y de la victoria de Don Carlos, Merten se arrojó sobre Escorpión y se alzó como un roble, pues ¡oh! Moisés dirá: que el hombre contemple las estrellas y no mire hacia el suelo; entretanto, Escorpión agarró la mano de su padre y colocó su cuerpo en una posición peligrosa, poniéndolo sobre sus dos pies.

Capítulo 35

«¡Por Dios! ¡El sastre Merten es bueno para ayudar, pero también cobra precios altos!»
«¡Vere! beatus Martinus bonus est in auxilio, sed carus in negotio!»

Experimentos literarios tempranos 627

exclamó Clodoveo tras la batalla de Poitiers cuando los sacerdotes de Tours le dijeron que había sido Merten quien confeccionó los calzones de montar con los que había cabalgado el fogoso corcel que le aseguró la victoria, y le exigieron doscientos florines de oro por los servicios de Merten.

Pero la verdad de todo el asunto es

Capítulo 36

Estaban sentados a la mesa, Merten a la cabecera, Escorpión a su derecha, a su izquierda Félix el aprendiz más antiguo, y más abajo de la mesa, dejando un cierto vacío entre los principes y la plebe, los miembros subordinados del cuerpo político de Merten, habitualmente denominados aprendices.

El vacío, que ninguna criatura humana podía ocupar, no lo llenaba el espectro de Banquo sino el perro de Merten, que todos los días debía bendecir la mesa, pues Merten, que cultivaba las Humaniora, sostenía que su Bonifacio —ése era el nombre del perro— era una y la misma persona que San Bonifacio, el apóstol de Alemania, citando como prueba un pasaje en el que este último anuncia que es un perro que ladra (véase Epist. 105, pág. 145, ed. Seraria). Sentía, por tanto, una reverencia supersticiosa por ese perro, cuyo lugar en la mesa era con mucho el más elegante; pues su Bonifacio estaba sentado sobre una suave alfombra carmesí de finísima cachemira con un fleco de borlas de seda, tapizada como un suntuoso diván, sostenida por resortes hábilmente entrelazados, y en cuanto la reunión se disolvía, el asiento era llevado a la reclusión de una alcoba remota, que parece ser la misma que describió Boileau en su patrie como el templo del reposo del preboste.

Bonifacio no estaba en su sitio, el vacío no estaba lleno, y el color se esfumó de las mejillas de Merten. «¿Dónde está Bonifacio?», llamó desde un corazón profundamente turbado, y toda la mesa se conmovió visiblemente. «¿Dónde está Bonifacio?», preguntó Merten de nuevo, y cómo se sobresaltó de miedo, cómo tembló en todos sus miembros, cómo se le erizó el cabello, cuando oyó que Bonifacio no estaba allí.

Todos se levantaron de un salto para buscarlo; la calma habitual de Merten parecía haberlo abandonado por completo; tocó la campanilla, entró Grethe, con el corazón temiendo lo peor, pensó

«Eh, Grethe, ¿dónde está Bonifacio?», y ella se alivió visiblemente, y entonces él volcó la lámpara con sus brazos que tanteaban, de modo que todo quedó velado en la oscuridad, y la noche cayó, tempestuosa y preñada de desastre.

Capítulo 37

David Hume sostenía que este capítulo era el locus communis del precedente, y lo sostenía, en verdad, antes de que yo lo hubiese escrito. Su prueba era la siguiente: puesto que este capítulo existe, el capítulo anterior no existe, sino que este capítulo ha desalojado al anterior, del cual surgió, aunque no mediante la operación de causa y efecto, pues eso lo ponía en duda. Empero, todo gigante —y por tanto también todo capítulo de veinte líneas— presupone un enano, todo genio un filisteo de mente estrecha, y toda tormenta en el mar... lodo, y tan pronto como los primeros desaparecen, los segundos empiezan, se sientan a la mesa, extendiendo arrogantemente sus largas piernas.

Los primeros son demasiado grandes para este mundo, y por eso son arrojados fuera. Pero los segundos echan raíces en él y permanecen, como puede verse por los hechos, pues el champán deja un persistente y repulsivo regusto, el héroe César deja tras de sí al teatral Octaviano, el emperador Napoleón al rey burgués Luis Felipe, el filósofo Kant al caballero de salón Krug, el poeta Schiller al Hofrat Raupach, el cielo de Leibniz al aula de Wolf, el perro Bonifacio a este capítulo.

Así, las bases se precipitan, mientras el espíritu se evapora.

Capítulo 38

Esa última frase sobre las bases era un concepto abstracto y, por tanto, no una mujer, pues, como exclama Adelung, ¡qué diferentes son un concepto abstracto y una mujer! Sin embargo, yo sostengo lo contrario y lo probaré debidamente, sólo que no en este capítulo, sino en un libro sin capítulos en absoluto que pienso escribir tan pronto como haya aceptado la Santísima Trinidad.

Capítulo 39

Si alguien desea obtener una concepción concreta, no abstracta, de la misma —no me refiero a la griega Helena ni a la romana Lucrecia, sino a la Santísima Trinidad—, no puedo aconsejarle nada mejor que soñar con la Nada, siempre que no se duerma, sino que, por el contrario, vele en el Señor y examine esta frase, pues en ella reside la concepción concreta. Si ascendemos a su altura, planos enteros por encima de nuestra posición presente y flotando sobre ella como una nube, nos enfrentamos al gigantesco «No»; si descendemos a su mitad, contemplamos con miedo la enorme «Nada», y si nos hundimos en su profundidad, entonces ambas se reconcilian armoniosamente en el «No» que, en sus erguidos y audaces caracteres de llama, sale a su encuentro.

«No»
«Nada»
«No»

ésa es la concepción concreta de la Trinidad, pero en cuanto a la abstracta... ¿quién podrá sondearla? Pues

«¿Quién subió al cielo y descendió? ¿Quién encerró los vientos en sus puños? ¿Quién ató las aguas en un paño? ¿Quién afirmó todos los términos de la tierra? ¿Cuál es su nombre, y el nombre de su hijo, si lo sabes?», dice el sabio Salomón.*

* Proverbios 30:4.— Ed.

Capítulo 40

«¡No sé dónde está, pero de esto estoy seguro: un cráneo es un cráneo!», exclamó Merten. Ansiosamente se agachó para descubrir qué cabeza tocaba su mano en la oscuridad, y entonces retrocedió como de terror mortal, pues los ojos

Capítulo 41

¡Sí, en verdad! ¡Los ojos!

Son un imán y atraen el hierro, por cuya razón nos sentimos atraídos hacia las damas, pero no hacia el Cielo, pues las damas nos miran desde dos ojos, pero el Cielo desde uno solo.

Capítulo 42

«¡Le probaré lo contrario!», me dijo una voz invisible, y cuando miré a mi alrededor para ver quién hablaba, vi —no lo creeréis, pero os aseguro, juro, que es verdad— vi —pero no debéis enfadaros, no temáis, pues no tiene nada que ver ni con vuestra esposa ni con vuestra digestión— me vi a mí mismo, pues me había ofrecido como prueba de lo contrario.

El pensamiento —«¡Ah! ¡Soy un doble!»— me asaltó como un relámpago, y los Elixires del diablo de Hoffmann

Capítulo 43

— Estaba sobre la mesa ante mí justo cuando meditaba por qué el Judío errante es nativo de Berlín y no un español; pero coincide, veo, con la contraprueba que debo proporcionar, por lo cual, en aras de la precisión, no haremos ni lo uno ni lo otro, sino que nos contentaremos con la observación de que el Cielo está en los ojos de las damas, pero no los ojos de las damas en el Cielo, de donde se sigue que no son tanto los ojos los que nos atraen sino más bien el Cielo, pues no vemos los ojos sino sólo el Cielo dentro de ellos. Si fueran los ojos los que nos atrajeran y no el Cielo, entonces nos sentiríamos atraídos hacia el Cielo y no hacia las damas, pues el Cielo no tiene un ojo, como se dijo más arriba, sino ningún ojo en absoluto, y sin embargo el Cielo mismo no es sino una mirada de amor infinito de la Divinidad, sí, el suave y melodioso ojo del espíritu de la luz, y un ojo no puede tener un ojo.

Así, el resultado final de nuestra investigación es que la razón por la que nos sentimos atraídos hacia las damas y no hacia el Cielo es que en el Cielo no vemos los ojos de las damas, mientras que en los ojos de las damas sí vemos el Cielo; que, por tanto, nos sentimos atraídos hacia los ojos, por así decirlo, porque no son ojos, y porque el errante Asuero es nativo de Berlín, pues es viejo y achacoso y ha visto muchas tierras y ojos, y sin embargo todavía no se siente atraído hacia el Cielo, sino muy atraído hacia las damas, y no hay sino dos imanes: un Cielo sin ojos y un ojo sin Cielo.

El uno está sobre nosotros y nos eleva, el otro debajo de nosotros y nos arrastra a las profundidades. Y Asuero es arrastrado poderosamente hacia abajo, pues ¿de otro modo vagaría eternamente por las tierras de la Tierra? ¿Y vagaría eternamente por las tierras de la Tierra si no fuera nativo de Berlín y estuviera acostumbrado a las arenas?

Capítulo 44
Segundo fragmento de la carpeta de cartas de Halto

Llegamos a una casa de campo, era una hermosa noche azul oscuro. Tu brazo estaba en el mío y querías liberarte, pero yo no te soltaba; mi mano te retenía cautiva como tú retenías mi corazón, y tú lo consentiste.

Murmuré palabras de anhelo, mi expresión era la más sublime y la más hermosa que un hombre mortal puede pronunciar, pues no dije absolutamente nada, estaba recogido en mí mismo, vi alzarse un reino en el que el aire flotaba tan ligero y sin embargo tan pesado, y en aquel éter se alzaba una imagen divina, la belleza personificada, como una vez, en los sueños profundos de la fantasía, la había intuido pero no conocido; ella

Experimentos literarios tempranos 631

estaba radiante con fuego espiritual, sonreía, y tú eras esa imagen.

Me maravillé de mí mismo, pues me había vuelto grande a través de mi amor, como un gigante; contemplé un mar sin confines, pero ya ninguna marea lo henchía, pues había alcanzado profundidad y eternidad, su superficie era cristal y en su oscuro abismo temblaban rutilantes estrellas doradas, cantaban canciones de amor, despedían fuego radiante y el mar mismo estaba resplandeciente.

¡Ah, si este camino hubiera sido la vida!

Besé tu dulce y suave mano, hablé del amor y de ti. Sobre nuestras cabezas flotaba una fina niebla, su corazón se rompió y derramó una gran lágrima que cayó entre nosotros, sentimos la lágrima y enmudecimos

Capítulo 47

«¡O es Bonifacio o un par de pantalones!», gritó Merten. «¡Luz, digo, luz!», y hubo luz. «¡Por Dios, no es un par de pantalones, sino Bonifacio, tendido aquí en este rincón oscuro, y sus ojos arden con un fuego siniestro, pero ¿qué veo? ¡Está sangrando!», y sin una palabra más se arrojó al suelo. Los aprendices miraron primero al perro y luego a su maestro. Por fin él se puso en pie violentamente de un salto. «¡Asnos! ¿Qué estáis mirando boquiabiertos? ¿No veis que el santo Bonifacio está herido? Iniciaré indagaciones estrictas, y ay, tres veces ay, para el culpable. Pero, rápido, llevadlo a su asiento, llamad al médico, traed vinagre y agua tibia, ¡y no olvidéis llamar al maestro de escuela Vitus! ¡Sus palabras tienen una influencia poderosa sobre Bonifacio!» Así siguieron las órdenes tajantes. Salieron corriendo por la puerta en todas direcciones, Merten examinó más de cerca a Bonifacio, en cuyos ojos aún no había aparecido un brillo más apacible, y sacudió la cabeza muchas veces.

«¡Temo una desgracia, una gran desgracia! ¡Llamad a un sacerdote!»

Capítulo 48

Como todavía no había aparecido ninguno de sus ayudantes, Merten se puso en pie de un salto varias veces, desesperado.

«¡Pobre Bonifacio! ¡Pero espera! ¿Y si mientras tanto me atreviera a administrar yo mismo el tratamiento? Estás todo con fiebre, la sangre te mana de la boca, rechazas el alimento, veo convulsiones violentas que te sacuden el vientre, te comprendo, Bonifacio, yo

—¡... entenderos! —y entonces entró Grethe con agua tibia y vinagre.

—¡Grethe! ¿Cuántos días hace que Boniface no ha tenido una deposición? ¿No te ordené que le administraras una lavativa al menos una vez por semana? ¡Pero veo que en el futuro tendré que encargarme yo mismo de asuntos tan graves! ¡Trae aceite, sal, salvado, miel y un clister!

—¡Pobre Boniface! ¡Estás estreñido con tus santos pensamientos y reflexiones, pues ya no puedes aliviarte en el habla y la escritura!

—¡Oh admirable víctima de la profundidad! ¡Oh piadoso estreñimiento!

APÉNDICES