[Rheinische Zeitung, núm. 3, 3 de enero de 1843]

La dama de Augsburgo ha llegado a la fase en que el bello sexo ya no se atreve a simular juventud, y ahora no tiene acusación más terrible que lanzar contra sus hermanas que la de la juventud. En el núm. 360, sin embargo, el método de la digna Sibila para calcular la edad la ha despistado de manera sorprendente. Habla ella de un enfriamiento del «ardor juvenil» de la Rheinische Zeitung a propósito de un corresponsal que resulta ser sexagenario y que difícilmente habría esperado encontrar un testimonio de su juventud en las columnas de la Augsburger Allgemeine Zeitung. ¡Pero así son las cosas! La libertad es a veces demasiado vieja, a veces demasiado joven; nunca está a la orden del día, al menos no a la de la Augsburger Allg. Ztg., de la cual se rumorea con insistencia creciente que se publica en Augsburgo.

[Rheinische Zeitung, núm. 12, 12 de enero de 1843]

Si el consejo de redacción de la Rheinische Zeitung deseara añadir a la anterior correspondencia una posdata al estilo de la Allg. A. Ztg., ya que fue tan amable de reconocer en la Rheinische Zeitung al alférez Pistol, sólo podríamos darle a elegir entre Doll Tearsheet y Mistress Quickly. Su viril confesión de fe, sin embargo, la esperaríamos del amigo de esas damas, de Falstaff:

«El honor me aguijonea. Sí, pero ¿y si el honor me aguijonea cuando salgo? ¿Qué entonces? ¿Puede el honor reponer una pierna? No. ¿O un brazo? No. ¿O aliviar el dolor de una herida? No. ¿Es que el honor no entiende nada de cirugía? No. ¿Qué es el honor? Una palabra. ¿Qué hay en esa palabra honor? ¿Qué es ese honor? Aire. ¡Bonita cuenta! ¿Quién lo tiene? El que murió un miércoles. ¿Lo siente él? No. ¿Lo oye? No. ¿Es entonces insensible? Sí, para los muertos. ¿Pero no vivirá con los vivos? No. ¿Por qué? Porque la detracción no lo sufriría: —por tanto, no quiero nada con él. El honor es un mero escudo, y así termina mi catecismo.»*

* W. Shakespeare, El rey Enrique IV, Primera parte, Acto V, Escena 1. — Ed.

Así termina también el catecismo político de la Augsburger A. Z.; así le recuerda a la prensa que se puede perder un brazo y una pierna en tiempos críticos, así detrae del honor, porque ha renunciado a todo honor que pudiera ser detraído.

La Augsburger A. Z. prometió entablar con nosotros una lucha de principios, y ha cumplido su promesa. No ha utilizado principios, de ahí sus principios, contra nosotros en la lucha. De tanto en tanto nos ha asegurado su indignación, ha arrojado mezquinas sospechas, ensayado correcciones menores, hecho gran aparato de menudas realizaciones y reclamado la superioridad de la edad. En cuanto a este último punto, a su título de veterana, podríamos decir lo que el señor Dézamy dice al señor Cabet:

«Que monsieur Cabet ait bon courage: avec tant de titres, il ne peut manquer d’obtenir bientôt ses invalides!»

Madame Augsburgo sobrevive por un error de cálculo, un anacronismo. La forma, lo único que poseía en tiempos anteriores, incluso la forma, el parfum littéraire, la ha perdido. La ha sustituido una falta de forma filistea, difusa y arrogante, y no es probable que nadie tenga por elegante la trivialidad del «señor Puff» y el símil de «la rana que intentó inflarse hasta convertirse en un buey» porque encuentre el mismo tipo de cosas en la Augsburger A. Z.