Antes de examinar el fundamento y la esencia y los efectos de la unión de Cristo con los creyentes, veamos si esta unión es necesaria, si está determinada por la naturaleza del hombre, si el hombre no puede por sí mismo alcanzar el fin para el cual Dios lo llamó a la existencia de la nada.

Si volvemos nuestra atención a la historia, esa gran maestra de la humanidad, hallaremos grabado en ella que todo pueblo, aun cuando hubiera alcanzado el más alto nivel de civilización, cuando de su seno hubieran brotado los más grandes hombres, cuando las artes hubieran florecido en él en todo su esplendor, cuando las ciencias hubieran resuelto los problemas más difíciles, fue sin embargo incapaz de despojarse de los grilletes de la superstición; que nunca concibió ideas dignas y verdaderas ni de sí mismo ni de la Deidad; que incluso su moral y su ética nunca se vieron libres de mezclas extrañas, de ruines limitaciones, y que sus mismas virtudes debieron su origen más bien a una grandeza tosca, a un egoísmo desenfrenado, a una pasión por la fama y a hazañas audaces que al anhelo de la verdadera perfección.

Y los pueblos antiguos, los salvajes, que aún no han oído la enseñanza de Cristo, revelan una íntima inquietud, un temor a la ira de sus dioses, una convicción interior de su propia iniquidad, al ofrecer sacrificios a sus dioses, imaginando que pueden expiar sus pecados mediante sacrificios.

En efecto, el más grande sabio de la antigüedad, el divino Platón, expresa en más de un pasaje un profundo anhelo de un ser superior, cuya aparición colmaría el insatisfecho afán de verdad y de luz.

Así, la historia de los pueblos nos enseña la necesidad de la unión con Cristo.

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Cuando consideramos también la historia de los individuos, cuando consideramos la naturaleza del hombre, es cierto que siempre vemos en su pecho una chispa de divinidad, una pasión por lo bueno, un afán de conocimiento, un anhelo de verdad. Pero las chispas de lo eterno son extinguidas por las llamas del deseo; el entusiasmo por la virtud es ahogado por la voz tentadora del pecado, es escarnecido tan pronto como la vida nos hace sentir todo su poder; el afán de conocimiento es suplantado por un vil afán de bienes mundanos, el anhelo de verdad es extinguido por el dulce y lisonjero poder de la mentira; y así se halla el hombre, el único ser de la naturaleza que no cumple su fin, el único miembro de la totalidad de la creación que no es digno del Dios que lo creó. Pero ese bondadoso Creador no podía odiar su obra; quiso elevarla hacia Sí y envió a su Hijo, por medio del cual nos proclamó:

«Vosotros ya estáis limpios por la palabra que os he hablado» (Juan 15:3).
«Permaneced en mí, y yo en vosotros» (Juan 15:4).

Habiendo visto así cómo la historia de los pueblos y la consideración de los individuos prueban la necesidad de la unión con Cristo, examinemos la última y más segura prueba, la palabra del propio Cristo.

En ninguna parte expresa Él con mayor claridad la necesidad de la unión consigo mismo que en la hermosa parábola de la vid y los sarmientos, en la que se llama a sí mismo la vid y a nosotros los sarmientos. El sarmiento no puede dar fruto por sí mismo, y por eso dice Cristo: sin mí nada podéis hacer. Lo expresa aún con más fuerza diciendo:

«Si alguno no permanece en mí...», etc. (Juan 15:4, 5, 6).

Debe entenderse, sin embargo, que esto se aplica únicamente a quienes han podido conocer la palabra de Cristo; pues no podemos juzgar la decisión de Dios respecto de otros pueblos e individuos, ya que ni siquiera somos capaces de comprenderla.

Nuestro corazón, la razón, la historia, la palabra de Cristo, nos dicen, pues, en voz alta y convincente, que la unión con Él es absolutamente imprescindible, que sin Él no podemos alcanzar nuestro fin, que sin Él seríamos rechazados por Dios, que sólo Él puede redimirnos.

Penetrados así de la convicción de que esta unión es absolutamente imprescindible, deseamos averiguar en qué consiste este sublime don, este rayo de luz que desciende de mundos superiores para animar nuestros corazones y elevarnos purificados al cielo, cuál es su naturaleza íntima y su fundamento.

Una vez comprendida la necesidad de esta unión, el fundamento de la misma —nuestra necesidad de redención, nuestra naturaleza inclinada al pecado, nuestra

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razón vacilante, nuestro corazón corrompido, nuestra iniquidad ante los ojos de Dios— se nos hace claramente visible y no necesitamos indagar más en qué consiste.

Pero ¿quién podría expresar la naturaleza de esta unión más bellamente de lo que Cristo lo hizo en la parábola de la vid y los sarmientos? ¿Quién, en extensos tratados, podría exponer ante nuestros ojos, en todas sus partes, el fundamento más íntimo de esta unión tan cabalmente como Cristo lo hizo con estas palabras:

«Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el labrador» (Juan 15:1).
«Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Juan 15:5).

Si el sarmiento pudiera sentir, ¡con qué alegría miraría al labrador que lo cuida, que lo libra cuidadosamente de malas hierbas y lo ata firmemente a la vid de la que extrae el alimento y la savia para formar flores más hermosas!

En la unión con Cristo, por tanto, volvemos ante todo nuestros ojos amorosos a Dios, sentimos hacia Él la más ardiente gratitud, nos postramos gozosos de rodillas ante Él.

Entonces, cuando mediante la unión con Cristo ha salido para nosotros un sol más hermoso, cuando sentimos toda nuestra iniquidad pero al mismo tiempo nos regocijamos por nuestra redención, podemos por primera vez amar a Dios, que antes se nos aparecía como un soberano ofendido y ahora aparece como un padre perdonador, como un maestro bondadoso.

Pero, si pudiera sentir, el sarmiento no sólo miraría hacia arriba al labrador, sino que se acurrucaría amorosamente contra la vid, se sentiría muy íntimamente unido a ella y a los sarmientos que de ella han brotado; amaría a los otros sarmientos, aunque sólo fuera porque el labrador los cuida y la vid les da fuerza.

Así, la unión con Cristo consiste en la comunión más íntima y vital con Él, en tenerlo ante nuestros ojos y en nuestros corazones, y estando tan penetrados del amor más elevado hacia Él, volvemos al mismo tiempo nuestros corazones hacia nuestros hermanos, a quienes Él ha unido estrechamente a nosotros y por quienes también Él se sacrificó.

Pero este amor a Cristo no es estéril; no sólo nos llena de la más pura reverencia y respeto hacia Él, sino que nos lleva a guardar sus mandamientos sacrificándonos unos por otros, siendo virtuosos, pero virtuosos únicamente por amor a Él. (Juan 15:9, 10, 12, 13, 14.)

Este es el gran abismo que separa la virtud cristiana de cualquier otra y la eleva por encima de todas: éste es uno de los mayores efectos que la unión con Cristo produce en el hombre.

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La virtud ya no es una imagen oscura y deformada, como la pintaba la filosofía de los estoicos; no es el fruto de una rigurosa teoría del deber, como la encontramos entre todos los pueblos paganos, sino que lo que ella realiza lo lleva a cabo por amor a Cristo, por amor a un ser divino, y cuando brota de esta fuente pura se ve libre de todo lo terrenal y verdaderamente divina. Todos los aspectos repulsivos desaparecen, todo lo terrenal queda suprimido, toda grosería es eliminada, y la virtud resplandece más al haberse vuelto a la vez más suave y más humana.

Nunca habría podido ser representada de este modo por la razón humana; su virtud siempre seguiría siendo una virtud limitada, terrenal.

Una vez que el hombre ha alcanzado esta virtud, esta unión con Cristo, aguardará los golpes del destino con serena compostura, se opondrá con valentía a las tempestades de la pasión y soportará impertérrito la ira de los inicuos, pues ¿quién podrá oprimirlo, quién podrá arrebatarle a su Redentor?

Lo que pide, sabe que se cumplirá, porque sólo pide en unión con Cristo, por tanto sólo lo que es divino, y ¿quién podría dejar de ser elevado y consolado por esta seguridad que el Salvador mismo proclama? (Juan 15:7.)

¿Quién no soportaría gustoso el sufrimiento, sabiendo que por su permanencia en Cristo, por sus obras, Dios mismo es glorificado, que por su perfección el Señor de la creación es exaltado? (Juan 15:8.)

Por tanto, la unión con Cristo otorga exaltación interior, consuelo en el sufrimiento, serena seguridad y un corazón abierto al amor a la humanidad, a todo lo noble, a todo lo grande, no por ambición, no por deseo de fama, sino sólo por Cristo. Por tanto, la unión con Cristo otorga una alegría que el epicúreo se esfuerza vanamente en obtener de su frívola filosofía, o el pensador más profundo de los más recónditos abismos del conocimiento, una alegría que sólo conoce el ánimo ingenuo, infantil, que está unido a Cristo y por Él a Dios, una alegría que hace la vida más elevada y más bella. (Juan 15:11.)

Marx