Quien busca saber cómo fue la edad de Augusto tiene muchas cosas por las cuales juzgarla: en primer lugar, una comparación con otros períodos de la historia romana; pues si se muestra que la edad de Augusto fue similar a períodos anteriores que son llamados felices, pero distinta a aquellos en los cuales, según el juicio contemporáneo y reciente, las costumbres habían cambiado y empeorado, el estado estaba escindido en facciones e incluso se sufrían derrotas en la guerra, de ellos puede extraerse una conclusión acerca de la edad de Augusto; luego debe inquirirse qué dijeron los antiguos sobre ella, qué opinión tenían los pueblos extranjeros acerca del imperio, si lo temían o lo despreciaban, y, finalmente, cuál era el estado de las artes y las ciencias.

Para no ser más prolijo de lo necesario, compararé con la edad de Augusto la época más excelsa anterior a Augusto, que fue hecha feliz por la sencillez de sus costumbres, el afán de excelencia y el desinterés de los funcionarios y del pueblo común, y en la cual fue subyugada la Italia inferior, y también la época de Nerón, que fue peor que cualquier otra.

En ningún tiempo estuvieron los romanos menos inclinados a cultivar las bellas artes que en el período anterior a las guerras púnicas; el saber era tenido en menos estima, pues los hombres más importantes de aquellos tiempos dedicaban principalmente sus esfuerzos y trabajos a la agricultura; la elocuencia era superflua, ya que usaban pocas palabras para hablar de lo que había de hacerse y no buscaban la elegancia del discurso, sino que daban más importancia al contenido; la historia, en verdad, no tenía necesidad de elocuencia, pues se ocupaba solo de los hechos realizados y se limitaba a la compilación de anales.

Pero toda la época estuvo llena del conflicto entre patricios y plebe; porque desde la expulsión de los reyes hasta la primera guerra púnica hubo disputa sobre el derecho de cada parte y una gran parte de la historia se ocupa solo de las leyes hechas por tribunos o cónsules que contendían enconadamente entre sí.

Lo que en este período merece ser alabado ya lo hemos dicho.

Si queremos describir el período de Nerón, no necesitamos muchas palabras; pues ¿quién habría de preguntar cómo fue esta edad, puesto que los mejores ciudadanos fueron asesinados, prevaleció un arbitrismo vergonzoso, se violaron las leyes, la ciudad fue incendiada y los generales prefirieron buscar renombre mediante la paz antes que mediante la guerra, porque temían excitar sospechas con hechos bien realizados y porque nada había que los inspirase a realizar grandes hazañas?

Que la edad de Augusto fue distinta a esta nadie puede negarlo, pues su reinado estuvo marcado por su dulzura. Aunque toda libertad, incluso toda apariencia de libertad, había desaparecido, las instituciones y las leyes fueron alteradas por orden del soberano, y todos los poderes anteriormente poseídos por los tribunos de la plebe, los censores y los cónsules estaban ahora en manos de un solo hombre, los romanos creían que ellos mismos gobernaban y que emperador era solo otro nombre para los poderes que antes poseían los tribunos y los cónsules, y no veían que habían sido despojados de su libertad. Es, sin embargo, una prueba elocuente de dulzura el que los ciudadanos puedan dudar quién es el soberano y si ellos mismos gobiernan o son gobernados.

En la guerra, empero, los romanos nunca fueron más afortunados, pues los partos fueron subyugados, los cántabros conquistados, sometidos los retios y vindélicos; pero los germanos, los peores enemigos de los romanos, contra quienes César había luchado en vano, vencieron a los romanos en algunos encuentros aislados mediante perfidia, astucia y bravura, y gracias a sus bosques; pero en conjunto el poder de muchas de las tribus germánicas fue quebrantado por Augusto al conceder la ciudadanía romana a individuos, por las armas de generales experimentados y por la hostilidad que estalló entre los propios pueblos germánicos.

En la paz y en la guerra, por tanto, la edad de Augusto no puede compararse con el tiempo de Nerón y de gobernantes aún peores.

Las parcialidades y conflictos, sin embargo, que ocurrieron en el período anterior a las guerras púnicas, habían cesado de existir, pues vemos que Augusto había combinado todas las parcialidades, todos los títulos honoríficos y todo el poder en su propia persona. De ahí que el poder soberano no pudiera estar desunido dentro de sí, lo cual acarrea el mayor peligro a todo estado, porque con ello se disminuye su autoridad entre los pueblos extranjeros y los asuntos públicos se administran más para la ambición de los individuos que para el bienestar del pueblo.

La edad de Augusto no debe, sin embargo, considerarse de tal modo que no se vea que fue inferior a aquel período anterior en muchos aspectos, pues si las costumbres, la libertad y la valía se ven disminuidas o definitivamente desplazadas, mientras prevalecen la avaricia, la prodigalidad y la intemperancia, esa edad misma no puede llamarse feliz. Pero la grandeza de Augusto, las instituciones y leyes de los hombres que seleccionó para poner el estado atribulado en mejor condición, hicieron mucho por acabar con el desorden suscitado por las guerras civiles.

Por ejemplo, vemos que Augusto purgó el senado, en el que habían penetrado hombres sumamente corruptos, de residuos de crimen, expulsando de él a muchos cuyas costumbres le eran odiosas y admitiendo a muchos otros que se distinguían por su capacidad e inteligencia.

Bajo el gobierno de Augusto, hombres de descollante valía y sabiduría sirvieron siempre al estado, pues ¿quién puede nombrar hombres más grandes de aquel período que Mecenas y Agripa? Aunque el soberano recurrió ocasionalmente a la disimulación, aparentemente no abusó de su poder y ejerció la fuerza odiosa en forma más dulce. Y si el estado, tal como existía antes de las guerras púnicas, era el más adecuado para aquel tiempo porque estimulaba a los hombres a realizar grandes hechos, infundía terror a sus enemigos y suscitaba una noble emulación entre patricios y plebe, de la cual sin embargo no siempre estaba ausente la envidia, el estado, tal como Augusto lo instituyó, nos parece el más adecuado para su tiempo, pues cuando los hombres se han vuelto blandos y la sencillez de las costumbres ha desaparecido, pero el estado se ha engrandecido, un gobernante es más capaz que una república libre de dar libertad al pueblo.

Llegamos ahora al juicio de los antiguos sobre la edad de Augusto.

Él mismo fue llamado divino, y considerado no como hombre, sino más bien como un dios. Esto no podría decirse si uno se fiase solo del testimonio de Horacio, pero el distinguido historiador Tácito habla también de Augusto y de su edad con el mayor respeto, la mayor admiración e incluso amor.

En ningún tiempo florecieron más las artes y las letras, pues en aquella edad vivió un número muy grande de escritores de los cuales, como de una fuente, todos los pueblos extrajeron el saber.

Puesto que, por tanto, el estado aparece bien ordenado, el gobernante deseoso de felicidad para el pueblo y, por su autoridad, los cargos públicos ocupados por los mejores hombres, puesto que, además, la edad de Augusto parece no ser inferior a los mejores períodos de la historia romana, pero sí distinta de los peores, y puesto que se ve que las parcialidades y disensiones han cesado, mientras que las artes y las letras florecieron, la edad de Augusto merece ser contada entre las épocas mejores y el hombre tenido en alta estima quien, aunque todo le estaba permitido, sin embargo tras su ascenso al poder tuvo solo un objetivo: asegurar la salvaguardia del estado.

Marx