La niña que, como sabéis, una vez escribió a Goethe,
queriendo hacerle creer que él la amaba,
fue al teatro un buen día.
Un Uniforme se plantó entonces en su camino
y se le acercó con sonrisa amistosa.
«Amable señor, Bettina desea, por un rato,
herida de dulce deseo, reposar
su rizada cabeza sobre vuestro pecho.»
El Uniforme respondió entonces más bien secamente:
«Bettina, ¡eso queda enteramente a vuestro arbitrio!»
«Cariño —contestó ella en un santiamén—,
¿a que estás seguro de que no tengo piojos?»