I
Ve, pequeño libro, apresúrate,
al sitial de la victoria jubilosa.
No voy contigo, debo quedarme,
pues el rayo de Jove me alcanzó.

II
¡Ve, pobremente vestido y menesteroso!
Lleva el luto de tu Amo,
como cuadra al destierro
y como ordena este tiempo de aflicción.

III
No debe brillar en ti velo de púrpura
que alardee en la sangre del violeta.
Anhelo y esperanza sin provecho
no pueden portar el exaltado resplandor de la alegría.

IV
En vergonzoso silencio oculta tu nombre,
no flote en ti perfume de cedro,
ni brille remate de plata para afrentar
la negrura de tu torcido bastón.

V
A obras bendecidas por Fortuna se debe
tal ornamento, raro y brillante.
Solo mi pena ha de emparejarse contigo,
solo la noche más oscura de mi dolor.

VI
Hirsuto y tosco puedes parecer,
como aquel cuyo cabello sin carda cuelga,
sin que haya sido tornado asombrosamente suave y hermoso
por el alisado bloque de piedra pómez.

VII
Si más oscuro es tu pálido rostro,
es porque por mí fue mancillado.
Oh, cómo mis lágrimas han fluido prestas
y ardientes sobre ti han llovido.

VIII
Ve, libro, y saluda aquellos parajes, saluda
el sagrado sitio tan querido para mí.
Sueños me llevan allí con raudas alas
de mágica palabra y fantasía.

IX
Si alguien, al verte, por fin
sintiera removida su memoria y asediara
con preguntas veloces y densas
sobre aquel que te envió allá, tu Amo:

X
Aún vivo —puedes decirlo—
y que espero pronto rescate,
y si mi pulso aún late,
es una misericordia, no una dádiva.

XI
Si alguien más preguntas te hiciere,
cuida cada palabra pronunciada.
Guárdate de indiscreciones irreflexivas,
en palabra y tono permanece alerta.

XII
Muchos te reñirán y te vituperarán,
recordándote que yo fui el culpable.
Por cómplice mío te tendrán,
y tú abatirás los ojos avergonzado.

XIII
Los insultos y la condena
escucha, pero mantén la boca firmemente cerrada.
El fuego no apagará un incendio,
dos males jamás compondrán un bien.

XIV
Mas algunos habrá, como verás,
que te hablen con derretidos suspiros.
Un manantial de tiernas lágrimas cegará
la luz del anhelo en sus ojos.

XV
Entonces fluirán tiernas y suaves palabras
del pecho agitado:
«Si César pudiera reconciliarse,
si la pena pudiera ser mitigada...»

XVI
Quien dice con solicitud bondadosa:
«Que Dios en lo alto sea misericordioso»,
por él ruego agradecido:
«¡Que el rayo jamás lo alcance!»

XVII
¡Ojalá su deseo pudiera cumplirse!
Oh, dejadme morir allí, en aquel sitial
que los Dioses custodian.
¡Que el rayo de César pierda su ardor!

XVIII
Cuando así mis saludos hayas transmitido,
podrán presentar cargos a mi puerta:
que ninguna forma dulce se ha desplegado
y que mi espíritu no logra elevarse.

XIX
Pero que el crítico tenga presente
en qué tiempos fue realizado el trabajo,
y si su juicio es sensato y justo,
nada has de temer: el peligro ha pasado.

XX
Pues la mágica plenitud de la poesía fluye
de un pecho henchido de exaltación,
mas, oh, un sudario de las más negras desgracias
cubre la frente, mata la inspiración.

XXI
Y entonces todas sus canciones deploran
el destierro del cantor, duro y horrendo,
y tormenta, y mar, y el azote del invierno
en torno a su cabeza desatenta.

XXII
No debe atenazar el miedo con garra helada
si ha de oírse canción espléndida;
paria solitario aquí, lloro:
mira, ¡allá fulgura la espada asesina!

XXIII
Cuanto hasta ahora he hecho
ha ganado al crítico más ecuánime,
y él transmitirá mi mensaje,
llevando en su ánimo mi penosa situación.

XXIV
Tómame por ejemplo a Meónides (Homero),
sumérgelo en la miseria, como a mí:
desaparecerá su mágico poder,
solo el peligro verán sus ojos.

XXV
Ve, libro, prosigue tu camino,
no hagas caso a la voz de la mala fama.
Si gentes desdeñosas te arrojan de sí,
no te abrume la vergüenza.

XXVI
No es que las suaves ondas de Fortuna
me porten tan amorosamente
que mi espíritu anhele alabanza o premio,
que busque recompensa por el canto.

XXVII
Cuando aún yacía apegado al deseo,
entonces manaba inspiración en mí,
estaba encadenado a la sed de gloria,
a la carrera del mundo por la celebridad.

XXVIII
Pero si la Lira suena como antes,
y si el impulso aún arde con fuerza,
¿acaso necesita más mi corazón,
viendo que mi caída nació del canto?

XXIX
Ve: no está prohibido
que veas las pompas de Roma por mí.
¡Si tan solo pudiera yo ir en tu lugar,
contemplado indulgentemente por un Dios!

XXX
No imagines que recorrerás
sin ser reconocido Roma,
que dirigirás al público
tus pasos inadvertido e ignorado.

XXXI
Aunque te falten título y testigos,
tu color delatará tu nombre.
Si aun así me niegas,
te pondrás en evidencia de todos modos.

XXXII
Deslízate silenciosamente por las puertas y vigila
que mis canciones no te inflijan daño.
Ya no cantan las alabanzas del amor que
tanto deleitan al ebrio corazón.

XXXIII
Quien te rechace cruelmente
por haber nacido de mis afanes,
y severamente diga que extravías
la inocencia con voluptuosos peligros,

XXXIV
dile: «Solo lee mi nombre.
Ya no enseño el dulce amor.
Ay, los Dioses se reunieron en consejo
y aprobaron severa sentencia desde lo alto.»

XXXV
No busques trepar a aquel gran palacio
que orgullosamente osa alzarse hacia el Cielo.
No te acerques en absoluto a la jauría de César,
allí donde su columna se eleva aún más.

XXXVI