BALADA

I

Todo ataviada de galas  
se alza, de púrpura vestida;  
una cinta de raso, recatada,  
se esconde en su pecho.  

Y juguetonas brillan allí  
dulces rosas en su cabello,  
unas como copos de nieve,  
las otras —sangre y fuego.  

Mas nunca juega una rosa  
sobre su rostro pálido.  

Se hunde, angustiada, inclinándose,  
como ciervo herido en la caza.  

Trémula, pálida se mira  
en pleno resplandor de diamantes.  
La sangre huye de sus mejillas  
hacia su corazón.  

«Otra vez me han arrastrado  
al falso encanto de la alegría,  
el corazón oprimido de dolor,  
mis pasos vacilantes se sienten inseguros.  

«Sobre el mar de alto oleaje del alma  
otros anhelos han llamado.  
Basta ya de esta exhibición,  
tan carente de amor y tan fría.  

«No puedo comprenderlo,  
dentro de mi pecho esta llama;  
sólo el cielo puede concederla,  
ningún mortal nombrarla.  

«Soportaría incluso el sufrimiento,  
de buena gana moriría,  
para que mereciese el Cielo,  
para ver un país mejor.»  

Alza la mirada anegada en lágrimas  
hacia el resplandor del Cielo,  
las fantasías de su seno  
en suspiros profieren.  

En silencio se recuesta  
y dice una oración sentida.  
El sueño la envuelve suavemente,  
un ángel la vela.  

II  

Los años han volado raudos,  
hundidas sus mejillas se tornaron.  
Más callada, más triste está,  
más lejana, más retraída.  

Lucha, pero en vano,  
combatiendo una enorme agonía,  
por dominar aquellos poderes potentes;  
su corazón salta con violencia.  

Soñando, un día yace  
en el lecho, mas sin dormir,  
ahogándose en la nada…  
El golpe ha calado muy hondo.  

Su mirada se vuelve fija,  
hueca, vacía, insensible.  
Desvaría, sin darse cuenta,  
en salvaje delirio.  

Y de sus ojos mana  
la sangre que nada detiene.  
El dolor ahora parece más callado,  
ya brillan los rayos del Espíritu.  

«Las puertas del Cielo ceden,  
y me sobrecoge un estremecimiento.  
Mis esperanzas se cumplirán,  
más cerca de las estrellas me acercaré.»  

Trémulos en labios tan pálidos,  
el alma quisiera vagar.  
Los espíritus suaves navegan  
hacia su morada etérea.  

Un afán profundo la ha arrastrado,  
atraída por un lazo mágico.  
Demasiado fría le ha sido la vida,  
demasiado pobre esta tierra terrenal.