Karl Marx  
Al director de «The Standard»  
13 de julio de 1871  

Al director de The Standard.  

Señor director: —En el Standard de esta mañana su corresponsal en París traduce de la Gazette de France una carta fechada en Berlín, 28 de abril de 1871, y que pretende estar firmada por mí. Me permito manifestar que esta carta es de principio a fin una falsificación, exactamente igual que todas las anteriores pretendidas cartas mías publicadas últimamente en el Paris Journal y otros periódicos policíacos franceses. Si la Gazette de France afirma haber tomado la carta de periódicos alemanes, también eso debe de ser una falsedad. Un periódico alemán jamás habría fechado esa falsificación en Berlín. —Soy, señor director, su seguro servidor,  
KARL MARX.  

Londres, 13 de julio.  

Friedrich Engels  

Notas sobre Giuseppe Mazzini  

Mazzini, autor del manifiesto y los estatutos, rechazado — era completamente centralista, democrático-vulgar y de sociedad secreta. — Los italianos y Wolff permanecieron hasta el asunto Lefort, cuando Wolff abandonó la sesión; los demás no se retiraron hasta después de Le Lubez, unos 3 meses después de la fundación. Querían una Asociación internacional de sociedades de socorros mutuos (Friendly Societies) y se asombraban ante el malentendido; pretendían algo completamente distinto a nosotros. Ya en el Journal de Liège, frente a Vésinier, el Consejo Central declaró que Mazzini nunca había pertenecido a la Asociación y que su proyecto fue rechazado.  

Folleto sobre la insurrección de Junio de L. Blanc contra Mazzini, quien denunció a los insurgentes exactamente como ahora a los burgueses.  

Friedrich Engels  
La intervención de Giuseppe Mazzini contra  
la Asociación Internacional de los Trabajadores  

Mazzini en su Llamamiento a los obreros italianos dice:  

«Esta Asociación, fundada años atrás en Londres y a la que yo rehusé desde el principio mi cooperación… Un núcleo de individuos que pretenda gobernar directamente a una vasta multitud de hombres diversos por patria, tendencias, condiciones políticas, intereses económicos, medios de acción, acabará siempre por no obrar o tendrá que obrar tiránicamente. Por esto yo me retiré, y poco después se retiró la sección obrera italiana, etc.»  

Ahora bien, he aquí los hechos. Después de la reunión del 28 de septiembre de 1864, en la que se fundó la Asociación Internacional de los Trabajadores, tan pronto como el consejo provisional elegido en aquella Asamblea se reunió, el mayor L. Wolff presentó un manifiesto y un proyecto de Estatutos redactados por el propio Mazzini. En ese proyecto no solamente no se hallaba dificultad alguna para gobernar directamente a una multitud, etc., y no solamente no decía que ese núcleo de individuos… acabará siempre por no obrar o tendrá que obrar tiránicamente, sino que, por el contrario, los estatutos estaban inspirados en una conspiración centralizada, otorgando poderes tiránicos al cuerpo central. El manifiesto era del estilo habitual de Mazzini: la democracia burguesa que ofrecía derechos políticos a los obreros para poder conservar los privilegios sociales de las clases medias y superiores.  

Este manifiesto y proyecto de estatutos fueron, naturalmente, rechazados. Los italianos permanecieron como miembros hasta que algunas cuestiones fueron nuevamente suscitadas por culpa de ciertos burgueses franceses que querían servirse de la Internacional. Al no lograrlo éstos, primero Wolff y después los demás se retiraron. Y así la Internacional acabó con Mazzini. Algún tiempo después, el Consejo central provisional, respondiendo a un artículo de Vésinier, declaró en el «Journal de Liège» que Mazzini no había sido nunca miembro de la asociación internacional y que sus proyectos, manifiestos y estatutos habían sido rechazados. Mazzini ha atacado furiosamente la Comuna de París, incluso en la prensa inglesa. Esto es precisamente lo que ha hecho siempre, cuando los proletarios se han levantado; después de la insurrección de Junio de 1848 hizo lo mismo, denunciando a los proletarios insurgentes de manera tan ultrajante que el propio Louis Blanc escribió un folleto contra él. ¡Y Louis Blanc repitió varias veces en aquel tiempo que la insurrección de Junio era obra de agentes bonapartistas!  

Mazzini llama a Marx hombre de ingenio… disolvente, de temperamento dominador, etc., quizás porque Marx ha sabido muy bien disolver la cábala urdida por Mazzini en perjuicio de la Internacional, dominando de tal modo la mal disimulada libídine de autoridad del viejo conspirador, que lo ha vuelto para siempre inofensivo para la Asociación. Si así es, la Internacional debe alegrarse de poseer entre sus miembros un ingenio y un temperamento que, disolviendo y dominando de esa manera, la ha mantenido en pie durante siete años, trabajando más que ningún otro hombre para llevarla a su actual y soberbia posición.  

En cuanto al desmembramiento de la Asociación que, según Mazzini, ya ha comenzado en Inglaterra, el hecho es que dos miembros ingleses del Consejo, que se habían vuelto demasiado íntimos con la burguesía, encontraron «el Manifiesto sobre la guerra civil» demasiado vivo y se retiraron. En su lugar, cuatro nuevos miembros ingleses y uno irlandés han entrado a formar parte del Consejo General, el cual se considera con ello más fortalecido que antes.  

En vez de hallarse en un estado de disolución, la Internacional es ahora, por primera vez, reconocida públicamente por toda la prensa inglesa como una gran potencia europea; y nunca un pequeño folleto ha causado en Londres tanta impresión como el Manifiesto del Consejo General sobre la guerra civil en Francia, del cual se publicará ahora la tercera edición.  

Es necesario que los obreros italianos observen que el gran conspirador y agitador Mazzini no tiene para ellos otro consejo que: ¡Educaos, instruíos lo mejor que podáis (¡como si esto pudiera hacerse sin medios!), esforzaos por crear con más frecuencia sociedades cooperativas de consumo (¡ni siquiera de producción!) y confiad en el porvenir!  

Friedrich Engels  
Al director de «The Times»  
7 de agosto de 1871  

Al director de The Times  

Señor director: —Los comentarios de The Times sobre el repetido aplazamiento del juicio de los comuneros presos en Versalles han dado sin duda en el clavo y han expresado el sentir del público francés. La nota airada del Journal Officiel en respuesta a esos comentarios no es sino una de las muchas pruebas del hecho. A raíz del artículo del Times, se han dirigido muchas reclamaciones a la prensa parisina, reclamaciones que, en estas circunstancias, no tenían posibilidad alguna de ser publicadas. Tengo ante mí la carta de un francés cuyo cargo oficial le permite conocer los hechos sobre los que escribe y cuyo testimonio acerca de los motivos de esta inexplicable demora debería tener algún valor. He aquí algunos extractos de esa carta:  

«Todavía nadie sabe cuándo comenzarán las sesiones del tercer consejo de guerra. La causa parece ser que el capitán Grimai, Comisario de la República (acusador público), ha sido sustituido por otro hombre más fiable; a última hora, al examinar el informe general que debía leer ante el tribunal, se ha descubierto que quizá era un poco republicano, que había servido a las órdenes de Faidherbe, etc., en el Ejército del Norte, etc. — Bueno; de repente se presenta otro oficial en su despacho diciendo: aquí está mi nombramiento, soy su sucesor; el pobre capitán quedó tan sorprendido que casi enloquece… || El señor Thiers tiene la pretensión de hacerlo todo por sí mismo; esta manía llega hasta el extremo de que no sólo ha reunido en su gabinete, contra todas las reglas de la equidad, a todos los jueces de instrucción, sino que pretende incluso regular la composición del público que debe ser admitido en el tribunal; él mismo, a través del señor B. St. Hilaire, distribuye las tarjetas de entrada __  

»Entretanto, los prisioneros en Satory mueren como moscas: la muerte despiadada trabaja más rápido que la justicia de estos pequeños estadistas… En la prisión celular de Versalles hay un grandullón que no habla una palabra de francés; se supone que es irlandés. Cómo se metió en este lío sigue siendo un misterio. Entre los prisioneros hay un hombre muy honesto llamado  , lleva dos meses en su celda y aún no ha sido interrogado. Es infame.»  

Soy, señor director,  
su seguro servidor,  
Justitia.  

Londres, 7 de agosto de 1871.  

Karl Marx  
Al redactor de «L’International»  
17 de agosto de 1871  

Al Redactor de L’International  

Señor:  

En un artículo titulado «La Sociedad «La Internacional»», dice usted:  

«Aparte de sus duros ahorros, los obreros, infatuados de sí mismos, proporcionan a los miembros del Consejo todo el confort deseable para vivir agradablemente en Londres.»  

Le hago notar que, a excepción del Secretario general, que percibe un salario de 10 chelines por semana, todos los miembros del Consejo desempeñan sus funciones, y las han desempeñado siempre, gratuitamente.  

Solicito la inserción de estas líneas en su próximo número.  

Si su periódico continúa difundiendo semejantes calumnias, será perseguido judicialmente.  

Tengo el honor de saludarle,  
K. Marx  

Karl Marx  
Al director de «Public Opinion»  
19 de agosto de 1871  

Al director de «Public Opinion»  

Señor director: —En su publicación de hoy, traduce usted del Berlin National Zeitung, notorio órgano de Bismarck, una libelo atrocísimo contra la Asociación Internacional de los Trabajadores, en el que aparece el siguiente pasaje: —«“El capital”, dice Karl Marx, “trafica con la fuerza y la vida del obrero”; pero este nuevo Mesías no ha dado un solo paso adelante; le quita al mecánico el dinero que el capitalista le paga por su trabajo y, generosamente, le da a cambio una letra contra un Estado que posiblemente exista dentro de mil años. Las edificantes historias que se cuentan sobre la vil corrupción de los agitadores socialistas, el vergonzoso abuso que hacen del dinero que se les confía y las mutuas acusaciones que se lanzan a la cara, son cosas que hemos aprendido abundantemente por los congresos y por los órganos del partido. Aquí hay un monstruoso volcán de inmundicia, de cuyas erupciones no podía salir nada mejor que una Comuna parisina.»  

En respuesta a los escritores venales del National Zeitung, considero suficiente declarar que jamás he solicitado ni recibido un solo penique de la clase obrera de éste o de cualquier otro país.  

Salvo el secretario general, que percibe un salario semanal de diez chelines, todos los miembros del Consejo General de la «Internacional» trabajan gratuitamente. Las cuentas financieras del Consejo General, presentadas anualmente a los Congresos Generales de la Asociación, han sido siempre aprobadas por unanimidad, sin provocar discusión alguna.  

Soy, señor director, su seguro servidor,  
KARL MARX.  

Haverstock Hill, 19 de agosto de 1871.  

Karl Marx  
Al redactor de «Le Gaulois»  
24 de agosto de 1871  

Brighton, 24 de agosto de 1871.  

Al redactor de Le Gaulois:  

Señor:  

Puesto que usted ha publicado extractos del relato de una conversación que mantuve con uno de los corresponsales del New York Herald, espero que publicará también la siguiente declaración que he enviado al New York Herald. Le comunico esta declaración en su forma original, es decir, en inglés.  

Tengo el honor de ser su servidor,  
Karl Marx.  

Londres, 17 de agosto de 1871  

Al director del «New York Herald».  

Señor director:  

En el Herald del 3 de agosto encuentro un informe de una conversación que mantuve con uno de sus corresponsales. Debo declinar toda responsabilidad, absoluta y completa, por las afirmaciones que se me atribuyen en dicho informe, ya se refieran a individuos relacionados con los recientes sucesos de Francia o a opiniones políticas y económicas cualesquiera. De lo que se dice que dije, una parte la dije de manera diferente y otra no la dije en absoluto.  

Suyo, atentamente,  
KARL MARX.  

Karl Marx  
Carta al director del «Sun», Charles Dana  
Brighton, 23 de agosto de 1871.

Muy señor mío:

Ante todo, he de rogarle que disculpe mi prolongado silencio. Hace tiempo que hubiera debido contestar a su carta, si no me hubiera hallado completamente abrumado de trabajo, hasta el punto de quebrantarse mi salud y de que mi médico considerase necesario desterrarme por unos meses a este lugar de baños de mar, con la estricta prohibición de hacer nada.

Atenderé su deseo después de mi regreso a Londres, cuando se presente una ocasión favorable para lanzarme a la imprenta.

He enviado una declaración al *New York Herald*, en la que rechazo toda y cada responsabilidad por las basuras y burdas falsedades con que me carga su corresponsal. Ignoro si el *Herald* la ha publicado.

El número de refugiados de la Comuna que llegan a Londres va en aumento, mientras que nuestros recursos para mantenerlos disminuyen cada día, de suerte que muchos se hallan en un estado muy deplorable. Haremos un llamamiento de auxilio a los norteamericanos.

Para darle una idea del estado de cosas que, bajo la República Thiers, impera en Francia, le contaré lo que les ha ocurrido a mis propias hijas.

Mi segunda hija, Laura, está casada con el señor Lafargue, médico. Abandonaron París pocos días antes del comienzo del primer sitio, con rumbo a Burdeos, donde residía el padre de Lafargue. Éste, habiendo caído gravemente enfermo, deseaba ver a su hijo, quien lo atendió, y de hecho permaneció a su cabecera hasta el momento de su muerte. Luego, Lafargue y mi hija siguieron en Burdeos, donde aquél posee una casa.

Durante la Comuna, Lafargue actuó como secretario de las secciones de Burdeos de la Internacional, y fue también enviado como delegado a París, donde permaneció seis días para enterarse del estado de las cosas allí. Durante todo ese tiempo no fue molestado por la policía de Burdeos. A mediados de mayo, mis dos hijas solteras partieron hacia Burdeos, y de allí, junto con la familia Lafargue, a Bagnères de Luchon, en los Pirineos, cerca de la frontera española... Allí, la hija mayor, que había sufrido un grave ataque de pleuresía, tomó las aguas minerales y se sometió a tratamiento médico regular. Lafargue y su mujer tuvieron que atender a un bebé moribundo, y mi hija menor se distraía en lo que las aflicciones familiares le permitían, en los encantadores alrededores de Luchon. Luchon es un lugar de estancia para enfermos y para el gran mundo, y sobre todo, el menos apropiado para intrigas políticas. Mi hija, la señora Lafargue, tuvo además la desgracia de perder a su hijo, y poco después del entierro —en la segunda semana de agosto—, ¿quién se presenta en la morada? El ilustre Kératry, bien conocido por las infamias que cometió durante la guerra de México, y por el papel equívoco que desempeñó durante la guerra franco-prusiana, primero como prefecto de policía en París, y más tarde como supuesto general en Bretaña, y ahora prefecto de la Haute-Garonne, y el señor Delpech, procurador general de Toulouse; ambos dignos personajes acompañados de gendarmes.

Lafargue había recibido un aviso la víspera por la noche y había cruzado la frontera española, provisto de un pasaporte español obtenido en Burdeos.

Aunque hijo de padres franceses, nació en Cuba y, por tanto, es español. Se practicó un registro domiciliario en la vivienda de mis hijas, y ellas mismas fueron sometidas a un severo interrogatorio por los dos poderosos representantes de la República Thiers. Se las acusó de mantener una correspondencia insurreccional. ¡Dicha correspondencia consistía simplemente en cartas a su madre, cuyo contenido, por supuesto, no era nada halagüeño para el Gobierno francés, y en ejemplares de algunos periódicos de Londres! Durante aproximadamente una semana, su casa fue vigilada por gendarmes. Tuvieron que prometer que abandonarían Francia, donde su presencia resultaba demasiado peligrosa, tan pronto como pudieran hacer los preparativos necesarios para su partida, y, entretanto, debían considerarse como personas puestas bajo la alta vigilancia de la policía.

Kératry y Delpech se habían hecho la ilusión de encontrarlas desprovistas de pasaportes, pero afortunadamente poseían pasaportes ingleses en regla. De lo contrario, habrían tenido que compartir el trato infame de la hermana de Delescluze y de otras damas francesas tan inocentes como ellas. Todavía no han regresado y es probable que estén esperando noticias de Lafargue.

Entre tanto, los periódicos de París contaban las mentiras más increíbles; *Le Gaulois*, por ejemplo, convertía a mis tres hijas en tres hermanos míos, conocidos y peligrosos agentes de la propaganda internacional, aunque yo no tengo hermanos.

Al mismo tiempo que *La France*, órgano parisino de Thiers, ofrecía un relato sumamente embellecido de los sucesos de Luchon y aseguraba que el señor Lafargue podía regresar tranquilamente a Francia sin correr peligro alguno, el Gobierno francés pedía al Gobierno español que detuviera a Lafargue como miembro de la Comuna de París, ¡a la que nunca había pertenecido, y a la que, como residente en Burdeos, no podía pertenecer! Lafargue fue, de hecho, detenido y, bajo escolta de gendarmes, conducido a Barbastro, donde hubo de pernoctar en la prisión de la localidad; de allí, a Huesca, desde donde el gobernador, por orden telegráfica del ministro español de la Gobernación, tuvo que remitirlo a Madrid. Según el *Daily News* del 24 de agosto, por fin ha sido puesto en libertad.

Todo el proceso de Luchon y en los periódicos no fue más que un mezquino intento del señor Thiers y comparsas de vengarse de mí por ser el autor del mensaje del Consejo General de la Internacional sobre la guerra civil. Entre su venganza y mis hijas se interpuso el pasaporte inglés; y el señor Thiers es tan cobarde en sus relaciones con las potencias extranjeras como desaprensivo para con sus compatriotas desarmados.

En cuanto a Cluseret, no creo que fuera un traidor, pero ciertamente se encargó de representar un papel para el que carecía de temple, y con ello causó gran daño a la Comuna. No sé nada de su paradero. Y ahora, ¡addio!

Su viejo amigo,  
KARL MARX.

La Comuna y el arzobispo Darboy

Señor mío—El pasaje del Manifiesto del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, «Sobre la guerra civil en Francia», que dio la señal de los gritos de indignación moral por parte de la prensa londinense, era éste: «El verdadero asesino del arzobispo es Thiers».

Por la carta adjunta, dirigida al señor Bigot, abogado del señor Assi ante el consejo de guerra de Versalles, por el señor Eugène Fondeville, quien está dispuesto a confirmar sus afirmaciones mediante declaración jurada, verá usted que el propio arzobispo compartía realmente mi opinión sobre el caso. En el momento de la publicación del «Manifiesto», yo no estaba aún informado de la entrevista del señor Fondeville con el señor Darboy, pero ya entonces la correspondencia del arzobispo con el señor Thiers revelaba sus extraños recelos acerca de la buena fe del jefe del Ejecutivo francés. Otro hecho ha quedado ahora fuera de toda duda, a saber: que en el momento de la ejecución de los rehenes, el gobierno de la Comuna ya había dejado de existir, y, por tanto, no se le debería hacer responsable por más tiempo de aquel suceso.

Soy, etc.,  
KARL MARX.  
Londres, 29 de agosto.

Londres, 19 de agosto de 1871.

Señor mío:

Me tomo la libertad de escribirle para informarle de la existencia de ciertos documentos relativos a los sucesos de la Comuna y para rogarle tenga a bien valerse de los privilegios de su profesión y de su calidad de defensor de un acusado para obtener que se presenten en los debates.

Hacia el 15 de abril, un periódico de París reproducía una carta dirigida al *Times* en la que un individuo declaraba haber visitado a los rehenes en Mazas, y acusaba a la Comuna de tratos bárbaros hacia ellos. Queriendo cerciorarme absolutamente de la veracidad de semejantes afirmaciones, me trasladé a esa prisión, donde pude comprobar lo contrario. Aquel día conversé con los señores Darboy, Bonjean, Deguerry y con el señor Petit, secretario del arzobispo, quien, ya que vive, podrá darle informes al respecto. Posteriormente, les hice frecuentes visitas, y pocos días antes de la caída de la Comuna, los señores Darboy y Bonjean me entregaron unos autógrafos cuyo contenido le doy, aproximadamente, a continuación.

He aquí el resumen sucinto del documento de Darboy. Lleva por título: «Mi arresto, mi detención y mis reflexiones en Mazas». De él se desprende que, a excepción de su arresto, del que acusa a la Comuna, hace recaer sobre el gobierno de Versalles toda la responsabilidad de su detención; lo acusa sobre todo de sacrificar a los rehenes para reservarse una especie de derecho de represalia para el futuro. Apoya esto en sus tentativas por escrito, por una parte, y en las gestiones de sus amigos cerca del señor Thiers, gestiones y negociaciones que solo condujeron a negativas, en particular la del señor Lagarde. Afirma que no solo se trató de canjear a los rehenes por Blanqui, sino incluso por el cadáver del general Duval. Declara, además, haber sido bien tratado, y elogia largamente la conducta del ciudadano Garau, director de Mazas. Ya prevé su muerte, y he aquí lo que escribe al respecto: «Está claro que Versalles no quiere ni canje ni conciliación; por otra parte, si la Comuna tuvo poder para arrestarnos, no lo tiene para ponernos en libertad; pues en este momento nuestra puesta en libertad sin canje provocaría en París una revolución que derribaría a la Comuna.»

En cuanto al señor Bonjean, me entregó un largo tratado de economía agrícola que había compuesto en la cárcel, dos cartas para su familia y una especie de diario de su detención. Aunque este documento no tenga el mismo valor desde el punto de vista de la defensa que el del señor Darboy, prueba que los rehenes fueron tratados en Mazas con humanidad.

Como es inútil insistir en la importancia de semejantes documentos, voy a explicarle ahora por qué cúmulo de circunstancias me vi desposeído de ellos.

Obligado a abandonar el Ministerio de Obras Públicas el lunes 22 de mayo por la mañana, tuve que refugiarme en el único establecimiento que se hallaba abierto, en la rue du Temple; allí deposité mi baúl y mis papeles. El jueves 25, una vez que los versalleses se hubieron apoderado de ese barrio, pensé, antes de retirarme, en poner a buen recaudo estos documentos. El dueño del hotel, en quien había creído poder confiar, me cedió un armario de una habitación del segundo piso, cuya llave me llevé. Además de los documentos citados más arriba, deposité también cinco cartas de MacMahon que me habían sido entregadas en la Prefectura de Policía, varios documentos oficiales, entre los cuales se hallaban mi nombramiento de delegado en Neuilly durante el armisticio del 25 de abril, dos pases de circulación, una carta dirigida desde Londres al señor Thiers y algunas fotografías de diversos miembros de la Comuna.

El 27 de mayo envié a dos hombres a la rue du Temple; debían traerme, al mismo tiempo que mi baúl, los papeles depositados en el armario. El propietario del hotel respondió a su solicitud que, habiendo dicho varios de sus vecinos en repetidas ocasiones que un miembro de la Comuna se había refugiado en su casa, había estimado prudente forzar el armario y quemar los papeles.

El baúl me fue traído; también había sido forzado, y mis papeles privados, tales como certificados y otros, me habían sido sustraídos. Ahora bien, y a pesar de que el dueño del hotel me ha confirmado personalmente la destrucción de esos documentos, estoy convencido de lo contrario, y los avisos que me llegan de París me aseguran que aquel a quien se los confié los tiene aún en su poder, o los ha entregado hace poco a la policía.

Siguen informaciones para obtener los documentos señalados, y los saludos de costumbre. La carta fue enviada a Bigot, el 19 de agosto de 1871.

E. FONDEVILLE,  
Propietario en St. Macaire.

Karl Marx
Al redactor de «La Vérité»
30 de agosto de 1871

Asociación Internacional de los Trabajadores,
256, High Holborn, Londres. – W.C.
30 de agosto de 1871

Señor Redactor:

Habiendo leído en el Daily News de hoy que el Sr. Renaut atribuye a la Internacional un manifiesto en el que se invita a los campesinos franceses a quemar todos los castillos posibles, etc., el Sr. John Hales, secretario general del Consejo General de la Asociación Internacional de los Trabajadores, ha enviado inmediatamente al Sr. L. Bigot, el defensor de Assi, este despacho telegráfico:

«Proclama incendiaria atribuida a la Internacional es una falsificación. Estamos dispuestos a hacer una declaración jurada al respecto ante un magistrado inglés.»

Ahora me apresuro a advertir al público francés, por mediación de su honorable periódico, que todos los manifiestos impresos en París a nombre de la Internacional desde la entrada de las tropas del gobierno francés en París, que todos esos manifiestos, sin excepción alguna, son falsificaciones.

Le hago esta declaración no sólo bajo mi palabra de honor, sino que estoy dispuesto a prestar la declaración jurada («the affidavit») ante un magistrado inglés.

Tengo razones para creer que esas producciones infames no emanan siquiera directamente de la policía, sino del señor B., de un individuo vinculado a uno de esos periódicos parisinos que el Standard (periódico tory) señala en uno de sus últimos números como los órganos del demi-monde.

Reciba, Señor, la seguridad de mi
perfecta consideración
Karl Marx