Londres, 13 de noviembre de 1868.

Muy señor mío:

Una visita del Continente me ha impedido contestar antes a su carta del 9 de nov.

1) En cuanto al empréstito ruso al que aludí en mi carta anterior, no tengo noticia de que nunca se haya negado. Trataré de encontrar su fecha exacta en el *Money Market Review*, que en su momento publicó un artículo sobre él. Observo, de paso, que el gobierno ruso ha manejado mal últimamente sus operaciones en los mercados monetarios francés, holandés e inglés. Bajo una presión financiera creciente, ha abusado del asunto y con ello ha despertado sospechas. En cuanto a que sus empréstitos sean empréstitos ferroviarios, esto es un pretexto y no es un pretexto. Rusia quiere desarrollar rápidamente un sistema arterial de ferrocarriles con fines de concentración militar y de facilidad en los movimientos militares. Al mismo tiempo, el dinero recaudado para este fin se gasta continuamente en otro.

2) Jamás afirmé que el gobierno ruso pudiera impedir al gobierno británico suspender la Ley de Peel. Lo que afirmo es que, en determinadas coyunturas del mercado monetario, el gobierno ruso podría tomar desprevenido al Banco a pesar de la voluntad y el poder del gobierno británico de acudir en su rescate.

Usted sabe que el 11 de mayo de 1866 la reserva bancaria perdió más de 4 millones de libras esterlinas y quedó así reducida a 3 millones. (La suma era en realidad mucho menor, pues en esos 3 millones se incluían todas las reservas de las sucursales del Banco de Inglaterra.) Sólo en la noche de aquel día recibió Gladstone la visita de los delegados de los principales bancos de Londres. En esta conferencia el subgobernador del B. de I. fingió no admitir que hubiera necesidad alguna de suspender la Ley, hasta que un director de uno de los bancos por acciones allí presente le recordó cortésmente que «podrían girar un par de cheques mañana por la mañana, lo que obligaría al B. de I. a cerrar sus puertas». Gladstone terció con suavidad: «Pero no lo harán ustedes».

Si el gobierno ruso, el 11 de mayo, hubiera tenido medio millón depositado en el *London and Westminster Bank* y otro medio millón en otro gran banco londinense —esta manera indirecta de depositar dinero en el Banco de Inglaterra habría servido aún mejor a su propósito que un depósito directo en el B. de I.—, la retirada repentina de ese millón ya no habría dependido de la voluntad de los bancos por acciones. Es notorio que, durante el pánico, una conspiración organizada de bajistas se apoderaba deliberadamente de todo síntoma de dificultad y lo exageraba. Ahora bien, si nuestra supuesta firma griega hubiera obligado a las dos de la tarde a los dos grandes bancos por acciones a retirar de repente un millón en billetes del B. de I., y simultáneamente, por medio de unos cuantos bajistas, hubiera alarmado a la Bolsa difundiendo esta noticia, el Departamento Bancario habría tenido que suspender pagos en el plazo de una hora. El *Economist* y el *Money Market Review* reconocieron en aquel momento que, si unos pocos grandes bancos por acciones se hubieran visto forzados, por la impaciencia de sus propios depositantes, a realizar grandes y repentinas retiradas de dinero, todos los demás bancos no habrían tenido otra alternativa que «correr» a retirar sus depósitos del B. de I.

La dificultad, en semejante caso, de que el B. de I. llegara a un entendimiento oportuno con el Gobierno y obtuviera en el acto su carta de autorización, puede juzgarse por la confesión del gobernador del B. de I. de que tuvieron que actuar a una hora en que el ministro de Hacienda probablemente se hallaba aún en brazos de Morfeo. El 19 de mayo (1866), el *Money Market Review* declaraba:

«Si los principales miembros del Gobierno hubieran estado ausentes, como a veces ocurre cuando el Parlamento no está reunido, el B. de Inglaterra habría suspendido pagos. Ciertamente parece extraño que el comercio de una gran nación comercial pueda ser paralizado porque uno o dos ministros no se hallaran en sus puestos; pero la ley, tal como está, puede acarrear una catástrofe tan grave por una causa tan insignificante.»

La crisis de 1866 tuvo lugar excepcionalmente en primavera; los pánicos comerciales ocurren generalmente en otoño, cuando el Parlamento no está reunido. El B. de I. pidió la intervención del Gobierno el viernes (11 de mayo) por la noche, y no el jueves por la noche, porque, en cierta medida, era capaz de calcular los límites de la presión a la que debía hacer frente en el intervalo de un día. Todo cálculo de ese tipo se vuelve imposible desde el momento en que la intriga política entra en escena.

3) Todavía no he tocado un punto importantísimo: la influencia que, en el caso supuesto, un periódico como el *Times* podría ejercer para desencadenar la catástrofe. En realidad, el *Times* hizo extrañas jugarretas durante la crisis de 1866. Desde comienzos de 1866, día tras día y semana tras semana, había estado tocando la trompeta de alarma. En la noche del 10 de mayo (día de la quiebra de Overend), pareció asustado por el pánico, urgió a las delegaciones de los principales bancos a que presionaran inmediatamente al Gobierno, advierte al Gobierno, etc. Viernes noche (11 de mayo) se suspende la Ley. Sábado por la mañana (12 de mayo) el *Times* declara que «la suspensión no era necesaria. El pánico habría remitido por sí solo». Lunes por la mañana (13 de mayo) el *Times* dice: «Suponer que el pánico podría haber remitido por sí solo… habría equivalido a esperar un milagro». «La concesión del ministro de Hacienda no llegó una hora demasiado pronto». Artículo del 25 de mayo: artículo lleno de tergiversaciones deliberadamente falsas y de representaciones burdamente exageradas de los asuntos de la City, con la transparente intención de «avivar» el pánico y ponerlo de nuevo en marcha. En otro artículo, el *Times* arremete contra los «atribulados» banqueros londinenses que «mendigan» ayuda al B. de I. (es decir, que piden sus propios depósitos).

1 de agosto, con ocasión de la moción del Sr. Watkin pidiendo una Comisión Real de investigación sobre la ley bancaria de 1844, etc., el *Times* declara inútil toda investigación y la Ley perfecta. El 2 de agosto dice, en un artículo de fondo: «Los afortunados poseedores de capital y crédito, ya sea en Threadneedle Street o en Lombard Street, se mantienen al margen y administran su poder según principios puramente egoístas. Cuando abunda el dinero, se hacen la competencia a la baja, y el Banco de Inglaterra presta al 2%, alentando así la especulación. Cuando el árbol malo empieza a dar sus malos frutos… entonces el Banco de Inglaterra trafica con los fatales excesos que él mismo ha provocado y exige el 10% a sus propias víctimas. Los demás prestamistas hacen lo mismo, pero es el Banco quien da el ejemplo. Como institución pública, realiza la discutible máxima de que los vicios privados son beneficios públicos… Ciertamente, hay algo odioso en ser el principal exponente de un negocio cuyo beneficio se funda en la desgracia».

y así sucesivamente.

Suyo afectísimo,
Karl Marx